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on Wednesday, October 9, 2013
"Su madre tenía una especie de nobleza sólo por el hecho de regirse por normas privadas. Los sentimientos de ella eran realmente suyos y no los que el estado le mandaba tener". George Orwell, "1984"

De unos años a esta parte, nuestra sociedad ha degenerado en un sistema de extracción intensiva, en donde las diferentes administraciones se dedican a exprimir sin compasión los bolsillos de los ciudadanos. Unas administraciones ineficientes, mayoritariamente hipertrofiadas, en ocasiones duplicadas y generalmente mal gestionadas, a consecuencia de haber puesto muchas de ellas en manos de personas irresponsables, indignas y en no pocos casos también corruptas.

Y es que en realidad, el principal objeto de todo ese desmesurado afán recaudatorio no es otro que el de disimular, tapar, reparar y mantener los continuos despropósitos en los que incurren quienes las dirigen, a la vez que ello les permite conservar un puesto de trabajo que pocas veces merecen, para el que normalmente no están capacitados y por el que frecuentemente perciben una remuneración económica excesiva e improcedente.

Para llevar a cabo la extracción y conservar el tinglado que tienen montado, no sólo ya no se conforman con haber elevado las tasas impositivas hasta niveles insostenibles para la mayoría de los ciudadanos, sino que, siendo ello insuficiente para sufragar sus despropósitos, se dedican a promover un sistema de extracción paralelo o complementario, en base al incremento irracional y desmesurado de las sanciones administrativas.

Así y mediante un uso perverso e inadecuado de la ley, se van estableciendo en todos los ámbitos de la vida infinidad de nuevas restricciones e infracciones, cada vez más próximas a los usos y costumbres habituales de las personas. Hábitos que a partir de ese momento dejarán de circunscribirse al marco de las libertades individuales, para pasar a ser considerados como hechos punibles y constitutivos de posible sanción administrativa. A modo de ejemplo, baste con mencionar que en España se publican todos los años más de un millón (!!) de páginas de boletines oficiales, o que existen en nuestro estado más de 100.000 normas vigentes y de obligado cumplimiento.

Pero es que además, todo ese exceso regulativo y normativo se lleva a cabo desde 17 Comunidades Autónomas diferentes y competidoras entre sí, cuyas distintas legislaciones terminan en ocasiones siendo incluso contradictorias cuando no incompatibles, algo que con frecuencia también constituye una seria traba para el adecuado desarrollo económico y empresarial de la nación. Una exacerbación legislativa encebada a la sombra de un paternalismo insoportable, inasumible e insostenible, que trata de convertir a la inmensa mayoría de los ciudadanos en delincuentes, o como mínimo en infractores habituales, cuando la realidad es que la mayoría de esas personas son honestas y cuando lo normal es que hagan un uso adecuado, racional y responsable de una libertad que por derecho propio les corresponde.

Más aún, quienes se erigen en garantes y reguladores de esa libertad; quienes instan todo ese excesivo e inapropiado marco legal para promover la sanción, no sólo hacen un uso abusivo del mandato recibido por parte de esos mismos ciudadanos, sino que además están moralmente deslegitimados para hacerlo. Y digo que carecen de legitimidad moral, en primer lugar porque entre sus filas y partidos se concentran la mayor parte de los grandes casos de infracciones graves y corrupción conocidos en España. Y en segundo lugar porque a muchos de ellos no se les conoce otro mérito, experiencia o profesión alguna, más que el haber hecho carrera dentro de su propio partido político, lo que por si sólo no debería de ser suficiente para justificar los cargos que a veces desempeñan, o la supuesta ascendencia intelectual -no digamos ya moral- que pretenden tener sobre el resto de ciudadanos, como para poder decirnos lo que esta bien y lo que esta mal.

No quiero que estos políticos, cuya labor durante las últimas décadas es más que reprobable y cuya catadura intelectual, ética y moral es más que cuestionable, me digan a cada instante lo que puedo o debo hacer en todos y cada uno de los ámbitos de la vida. Quiero pasear por el campo, andar por la ciudad, poder cambiar una batería a mi vehículo o dar de comer al perro en la calle, patinar o montar en bicicleta junto a mis hijos como me apetezca y por donde considere oportuno, sin muchas más restricciones que las mínimas necesarias para poder regular adecuadamente la circulación y la convivencia en sociedad, junto a las que imponen la prudencia, la educación y el uso adecuado de la propia libertad. Una libertad que por derecho me corresponde y que en absoluto les debo a ellos.

Entre otras cosas, porque el respeto y la consideración que merecen las personas que me rodean, el sentido común, la responsabilidad y el uso adecuado de mi libertad, evitará que corte una calle para hacer una fotografía o que vaya atropellando con la bicicleta a los peatones que pasean por las aceras... Y si en algún momento llegara a equivocarme, y al margen de lo que puedan decir las leyes que ya tenemos, confío en que esos otros mismos ciudadanos sabrán recordarme, con su reprobación, cuál es mi sitio, lo que seguramente llevarán a cabo con la misma sinceridad, prudencia y sentido común que he conocido desde que tengo uso de razón, al menos en lo que se refiere a las personas de la calle. Ojalá pudiera decir lo mismo de todos los políticos y de aquellos que se erigen en garantes y reguladores de nuestros derechos y libertades.

Por Alberto de Zunzunegui

Referencias:




on Thursday, July 25, 2013
"El dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade de que esta vida no es un juego, sino un deber". Cesare Cantú

Desde HUMANISMO Y VALORES queremos trasladar todo nuestro apoyo y cariño a las víctimas y familiares del accidente ferroviario de Santiago de Compostela del pasado 24 de julio.

Que la dureza de estos momentos sirva también para recordarnos una vez más que la mayor y peor crisis no es la económica –por más que la mayoría suframos sus rigores-, sino la que atañe a la conservación de la propia vida, a los valores humanos en los que se fundamenta y a nuestra sensibilidad frente al dolor de los demás. Una sensibilidad que en no pocas ocasiones permanece adormilada en el regazo de nuestro egoísmo y entre los pliegues de nuestra incapacidad para pensar en el bien común, hasta que alguien nos sacude el alma y recuperamos la consciencia y la conciencia. A veces son esas víctimas las que nos tienen que sacar del letargo en el que estábamos sumidos, en un acto de heroísmo póstumo, en donde la frontera entre lo que parece estar pasando y lo que de verdad ocurre, queda difuminada en el marco de nuestra humanidad extraviada. A veces también son esas mismas víctimas las que nos sacan a los demás de entre los hierros retorcidos de nuestro tren... de nuestro tren de vida. 

Quizás algún día, la misma sensibilidad y generosidad que con frecuencia somos capaces de demostrar de manera puntual ante el sufrimiento sobrevenido, sea la que guíe nuestras vidas en todo momento; probablemente seguiremos sin poder evitar que de tanto en tanto suceda algún terrible accidente, pero tal vez entre todos consigamos que el día a día y hasta la propia vida, dejen de ser una verdadera tragedia para millones de seres humanos.

Nada puede sustituir a un ser querido que se ha ido; nada puede reemplazar a un padre, una madre, un hermano, un hijo o un amigo arrebatados por la muerte. Pero el efecto que su memoria, que esa vida, que esa huella indeleble de dolor deja en cada uno de nosotros, si puede servir para recordarnos que nada nos es más preciado que la parte afectiva de la vida; que el amor que profesamos a los demás y el que recibimos de ellos es nuestro mayor tesoro y que aquello que verdaderamente echamos de menos cuando nos falta, no es lo que podemos tocar o contar, sino a los que podemos abrazar... Y a esa fuerza invisible e intangible que nos une para siempre a las personas que comparten la vida con nosotros.

Por Alberto de Zunzunegui


on Thursday, June 6, 2013
El día 13 de enero de 1914 aparecía en el periódico londinense The Times el siguiente anuncio: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.  El aviso había sido publicado a instancias del explorador Ernest Shackleton (1.874 – 1.922), al objeto de reunir la tripulación necesaria para su proyecto de atravesar el Polo Sur. La posterior gesta que protagonizaría el propio Shackleton junto a las 27 personas finalmente seleccionadas, terminaría por convertirse en uno de los fracasos más exitosos de la historia reciente de la humanidad y en un ejemplo sin parangón de liderazgo y supervivencia en condiciones extremas, que hoy sigue siendo objeto de estudio en escuelas y universidades de todo el mundo. Los 20 meses que pasaron atrapados en el antártico, durante los que recorrieron 554 kilómetros a través de un desierto de hielo, 800 millas sobre mares embravecidos, a bordo de una embarcación que no llegaba a 7 metros de eslora y 35 kilómetros a través de escarpadas montañas heladas, culminaron con el regreso de la expedición y sin que llegara a lamentarse la pérdida de una sola vida humana. Una aventura excepcional llevada a cabo por hombres excepcionales, que quedó inmortalizada a través de las espectaculares imágenes de Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, cuyo impresionante trabajo es igualmente digno de admiración.

Al margen de la sobrecogedora gesta humana vivida por la expedición de Shackleton, desde el primer momento me pareció sorprendente el hecho de que un anuncio redactado en semejantes términos, pudiera reunir en pocos días la friolera de 5.000 solicitudes… hasta que caí en la cuenta de que lo que proponía el texto del anuncio no era demasiado diferente a la realidad que vivían miles de personas en la Inglaterra de aquellos años, especialmente entre el proletariado urbano. De hecho y salvando las distancias, ni siquiera resulta tan diferente de la realidad en la que viven hoy –en la que vivimos hoy- millones de seres humanos en todo el planeta… A los efectos, recuerdo una vez más el texto del anuncio: “…viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.


EL MAR COMO CATALIZADOR DE EXPERIENCIAS VITALES

Es obvio que el mar constituye un entorno diferente a aquel en el que habitualmente desarrollamos nuestra vida y sin duda tiene sus propias particularidades, lo que nos permitirá descubrir sensaciones y emociones diferentes y en algunos casos, nuevas para nuestros sentidos. Con todo, la mayor parte de las experiencias que pueden vivirse hoy en el mar, no son radicalmente diferentes de las que podemos encontrar en nuestra vida en tierra. Quizás por ello y no solamente por mi amor al mar, me resisto a dar por válidas las palabras del montañés Fray Antonio de Guevara, quien allá por el año 1539 componía “El arte de marear”, una de las más famosas invectivas que se conocen sobre los océanos y el arte de la navegación. En su texto, ornamentado con una persistente letanía entresacada de nuestro refranero, “la vida de la galera, déla Dios a quien la quiera”, podemos encontrar argumentos de esta índole: “A mi parecer sobra de codicia, y falta de cordura inventaron el arte de navegar; pues vemos por experiencia, que para los hombres que son poco bulliciosos, y menos codiciosos, no hay tierra en el mundo tan mísera, en la cual les falte lo necesario para la vida humana”…  Y un poco más adelante continúa diciendo: “Ni miento, ni me arrepiento de lo que digo, y es, que si no hubiese en los corazones de los hombres codicia, no habría sobre las mares flota: porque esta es la que les altera los corazones, los saca de sus casas, les da vanas esperanzas, les pone nuevas fuerzas, los destierra de sus patrias, les hace torres de viento, los priva de su quietud, los ajena de su juicio, y los lleva vendidos a la mar, y aun los hace mil pedazos en las rocas”… En todo caso y aún aceptando que en algún tiempo más o menos distante, o bajo determinadas circunstancias hubiera podido ser así, bien miradas, sus acres palabras tanto valdrían para otros tantos ámbitos de la vida del ser humano, pues basta apenas una pizca de imaginación, aliñada con algo de la ácida realidad que nos toca vivir, para encontrar sustitutos al “mar” y al “navegar” de mayor actualidad y vigencia. Es en esos otros procelosos piélagos, como los del economicismo, los del materialismo, los de la lucha por el poder, los del juego político, o los del insaciable anhelo de riquezas y no en nuestro querido mar azul, en donde verdaderamente termina naufragando el ser humano y con él la sociedad a la que pertenece. 

A pesar de ello y antes al contrario, al tratarse de un entorno que nos resulta en cierto modo extraño y diferente a aquel en el que transcurre nuestra vida, si posee el mar una notable virtud: cataliza, acelera y concentra la experiencia vital y eso es, precisamente, lo que lo convierte en un entorno ideal para la formación, la educación y el aprendizaje, tanto de conocimientos y aptitudes intelectuales, como de virtudes y valores humanos.

Si entendemos cualquiera de estos términos como un proceso –y difícilmente pueden entenderse de otra manera-, ello implicará necesariamente experiencias, vivencias, ejercicios y situaciones diferentes, que serán las que en definitiva den forma a cada uno de esos procesos de aprehensión. Un proceso, que en el caso de la educación, Martin Buber define como “la configuración del mundo que elige una persona”.

Ahora bien, para elegir lo primero que necesitamos es conocer: sin conocimiento no hay elección posible, tan solo aceptación de la realidad o sumisión a la realidad que otros nos quieren imponer. Un conocimiento que pasa necesariamente por conocernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, en un proceso transversal y retroalimentado, pues la percepción de lo que somos, ayuda a conocer mejor a quienes nos acompañan en este viaje. De manera recíproca, el conocimiento de quienes comparten la vida con nosotros, permite vernos reflejados en ellos y por lo tanto, reconocer mejor quiénes somos, cuáles son nuestras motivaciones, anhelos, sueños, inquietudes, virtudes y defectos. Si no alcanzamos a ser conscientes de nuestra realidad, difícilmente podremos conocer a los demás, entenderlos y relacionarnos con ellos adecuadamente. Los seres humanos somos tan semejantes entre sí, que nuestra individualidad se basa más la conciencia de ser que de tener, en la singularidad de los detalles, que por ser realmente diferentes en lo esencial.

Por desgracia, el ritmo de vida frenético de la mayoría de las sociedades occidentales, en las que el tener prevalece habitualmente sobre el SER, marcan la pauta dominante de un entorno social, en donde las máscaras y las poses mantenidas dominan nuestras relaciones con los demás. Un escenario en el que rara vez se permite conocer a las personas como realmente son; que con frecuencia ni siquiera facilita el que podamos llegar a conocernos adecuadamente a nosotros mismos, vernos tal y como somos. Un ambiente en donde impera el ruido circundante, a veces en tono de bronca airada o como una estridente cacofonía, que llega incluso a enmudecer la voz de nuestra conciencia y los lamentos de una ética en parte olvidada y a veces hasta perseguida.

Por el contrario, en el mar y en particular a bordo de un barco, especialmente si es de vela y en travesías de varios días, las tornas se invierten: inmediatamente tener queda relegado a un segundo plano y se empieza a reconocer el SER. De forma natural, voluntaria y no violenta, el disfraz cae a las pocas horas y el individuo, el número, el contribuyente, el empleado, el jefe, el alumno y hasta el propio maestro, dejan paso la persona que todos llevamos dentro. Un entorno perfecto para la meditación y la reflexión, en donde la calma, el silencio, la soledad compartida y una actitud mental más receptiva, adquieren el papel protagonista. Y es que tal y como nos recuerda el filósofo Antonio Medrano, “la superación del actual desorden requiere, como primer paso, como condición imprescindible y sine qua non, la superación del desorden interno que cada cual porta en su propio vivir personal. Lo prioritario es la edificación y renovación de nuestra propia persona, la formación y articulación de nuestro propio mundo personal”.

No debemos perder de vista que es precisamente en esos desequilibrios, en donde tienen su origen las principales causas de infelicidad y frustración de las personas; en esa falta de sintonía entre lo que deseamos, lo que pensamos y lo que terminamos haciendo. 

Por ello, y como parte inseparable de los procesos educativos y formativos, nuestra sociedad necesita –hoy más que nunca- personas íntegras y formadas en valores. Personas de honor, responsables y predispuestas a buscar la excelencia en cada uno de sus comportamientos y actuaciones en la vida. Personas equilibradas, a las que el mar puede ayudar a encontrar esa necesaria armonía existencial, que les permita entrar en comunión con su propia esencia, con las demás personas y con el mundo que habitan.

Y para aquellos que ante la posibilidad de recibir formación a bordo de un barco, puedan alegar como motivo de objeción los eventuales rigores propios del entorno, como inclemencias, mareos o la bravura del mar en determinados momentos, no puedo evitar recordarles que en el mar, como en la propia vida, las condiciones de navegación no son siempre las que uno desearía, sino las que la realidad se obstina en presentar a cada preciso momento. Saber navegar bajo cualquier condición y afrontar las circunstancias más difíciles nos prepara para poder superar nuevas dificultades en el futuro, pero sobre todo nos humaniza, ayuda a que comprendamos mejor el presente y nos hacen mejorar en todos los aspectos. Quizás por ello, me inclino a pensar que la mayoría de nuestros gobernantes deberían amarrarse uno año –o dos- al pie de un mástil y buscar en el mar lo que no han sabido hallar en tierra: sentido de la responsabilidad, vocación de servicio, disciplina, honestidad, respeto hacia los compañeros de travesía; comprender lo que significa el bien común y navegar en un mismo barco… En definitiva, humanidad.


LA CAPACIDAD FORMATIVA DEL MAR

Pese a todas esas indudables bondades, en España, hasta ahora, nos hemos acercado al mar fundamentalmente desde los ámbitos económico, lúdico, deportivo o defensivo, pero la parte formativa la tenemos prácticamente abandonada. Sin duda sorprende que en un estado con casi 8.000 km. de costa, apenas hayamos empezado a descubrir el valor formativo de nuestros mares y las magníficas posibilidades que ofrece, no ya sólo para la formación integral de las personas o en ámbitos concretos, sino también como medio ideal en el que desarrollar proyectos de integración social para personas con discapacidad, o para sectores marginales, como los relacionados con el consumo de drogas, el alcohol o la delincuencia. Un entorno, el mar, en donde quizás los españoles también podríamos aprender –de una vez por todas- que la convivencia es posible y que el barco en el que navegamos es el mismo para todos.

En definitiva, un entorno altamente formativo, que además de resultar imprescindible para la deseada y necesaria regeneración social, podría producir empleo, incrementar las posibilidades turísticas de España, diversificar e incrementar la oferta, promover la internacionalización de nuestro destino, aumentar el nivel medio de gasto por visitante y mejorar la calidad del turismo en general.

De hecho, la mayoría de estos últimos aspectos fueron recogidos en su día en el Plan del Turismo Español Horizonte 2020, pero en algunos casos, como sin duda ocurre con el Turismo Náutico, la falta de planificación y gestión eficaz, han terminado convirtiendo parte de esos objetivos en poco más que meras frases bienintencionadas, que en muchos casos siguen durmiendo el sueño de los justos entre los cajones, archivadores y despachos de las administraciones públicas autonómicas y estatales. Quizás algún día nos tomemos en serio la apuesta por el Turismo Náutico y las posibilidades que ofrece el mar contemplado desde esta perspectiva y más allá de nuestras playas, como una importante fuente de riqueza. De forma paralela, quizás también en algún momento se comprenda en España la importancia del mar para la formación humana, que es lo que en realidad constituye la fuente de riqueza de mayor trascendencia: la que se refiere a la riqueza moral y espiritual del ser humano. Desde luego, creo firmemente que la supervivencia de nuestra sociedad pasa necesariamente por otra manera de entender la formación de las personas, en donde el conocimiento de nosotros mismos, de nuestros semejantes y del mundo que habitamos se lleve a cabo en base a unos determinados principios y valores, que prevalezcan sobre la concepción mercantilista y utilitarista de la vida y hasta de la propia educación.

Fuera de nuestras fronteras ya hace mucho tiempo que supieron comprender el importante papel que podía desempeñar el mar respecto a la formación de las personas, así como a la hora de consolidar los principios morales y los valores humanos sobre los que se sustenta toda sociedad. Quizás por ello, en otros países es frecuente encontrar barcos e instituciones específicamente dedicados a realizar programas de formación en el mar: En Estados Unidos la SEA EDUCATION ASOCIATION, el PICTON CASTLE en Canadá, el STAD AMSTERDAM y el EENDRACHT en Holanda, la JUBILEE SAILING TRUST en Reino Unido, el GÖTHEBORG  y la FUNDACIÓN ELIDA en Suecia… los ejemplos son numerosos.

Por lo que se refiere a España y como ya se ha señalado, lamentablemente la formación en un entorno náutico y más concretamente a bordo de un barco, continúa siendo una actividad minoritaria y salvo contadas y meritorias excepciones, como la FUNDACIÓN AULAMAR o el propio CERVANTES SAAVEDRA, también en este sentido seguimos viviendo de espaldas al mar.


CONCLUSIÓN

Más allá de los grandes imperios que hicieron posible y perfeccionaron el arte de navegar, como egipcios, fenicios, griegos, romanos, árabes, vikingos, portugueses, españoles, holandeses o ingleses; más allá de las grandes gestas que tuvieron como escenario los mares y océanos de nuestro planeta, desde la Odisea de Homero, el comercio y el encuentro de culturas en el Mediterráneo, hasta las expediciones de Enrique “El Navegante”, la primera circunnavegación del globo, el descubrimiento de América, el Tornaviaje, o la conquista del Polo Sur; más allá de héroes que surcaron las aguas, acercaron culturas, consolidaron civilizaciones, ganaron batallas o sucumbieron en la profundidad de sus aguas o arrecifes, como Erik El Rojo, Colón, Hernández de Córdoba, Grijalva, Magallanes, Elcano, Vasco de Gama, Legazpi, San Francisco Javier, Álvaro de Bazán, Blas de Lezo, Darwin, Cook, Malaspina o el propio Shackleton, con el que abría esta intervención; más allá, digo, de ese indudable papel protagonista que el mar ha ocupado a lo largo de nuestra historia, lo que sigue siendo imprescindible para el ser humano es llevar a cabo la gran gesta, la aventura y la odisea de ese viaje de exploración y descubrimiento al interior de cada uno de nosotros. Y para ello el mar ha sido y sigue siendo un entorno excepcionalmente privilegiado.

Un marco perfecto para profundizar en el conocimiento de lo que somos y a la vez reconocer a quienes nos acompañan, no ya sólo en la travesía ocasional y voluntaria que puede realizarse a bordo de un barco, sino, sobre todo, en esa otra singladura insoslayable que es nuestra propia vida. 

Todo ello es algo que también supo comprender en su día nuestro querido y recordado Felipe Segovia Olmo, en memoria de quien celebramos hoy este XII FORO DE TURISMO NÁUTICO, dedicando la mayor parte de su vida a la educación y formación de las personas, de las que, entre otras muchas, también yo soy un ejemplo. Seguramente también por ello entregó una parte importante de sus últimos años al mar y, sobre todo, a acercar el mar a los alumnos de sus colegios y universidades, en las que ese mar, también ocupa hoy un lugar destacado en los programas de formación. Sólo por ello y porque una parte de lo que soy también se lo debo a él, vaya hoy, junto a este homenaje, todo mi cariño, respeto y agradecimiento.

Me gustaría terminar con otras palabras de Antonio Medrano: “Quien adolece de falta de formación o cultivo personal, quien no se halla suficientemente formado o cultivado, no estará en modo alguno preparado  para afrontar los difíciles retos que plantea un momento histórico sumamente crítico como este que actualmente atravesamos y, por ello, difícilmente podrá  ser un elemento valioso en ninguna empresa de reconstrucción que requiera un especial empeño combativo”… “Tenemos que emprender la indispensable labor cultural, educativa y formativa de nosotros mismos si queremos tener un legítimo protagonismo en las vicisitudes de nuestra época, dar una respuesta adecuada a los problemas de la sociedad en que vivimos y cumplir con nuestro deber en el momento histórico presente”.

Creo firmemente que la formación humana en el mar puede contribuir decisivamente a conseguir todo ello.

Por Alberto de Zunzunegui Balbín
Conferencia impartida el 31 de mayo de 2013, en el XII FORO DE TURISMO NÁUTICO de la REAL LIGA NAVAL ESPAÑOLA

on Tuesday, April 16, 2013
"Cuanto más se prolongue la violencia, tanto más difícil les resulta, a aquellos que la han empleado, encontrar la forma de realizar actos compensatorios no violentos. Se crea una tradición de violencia y los hombres aceptan escalas de valores, de acuerdo con las cuáles los actos de violencia se computan como hechos heroicos o virtuosos". Aldous Huxley

Las víctimas del terrorismo son siempre víctimas. No importa en qué lugar del mundo o bajo qué bandera mueran. En el dolor extremo no hay grados: ni se puede morir más, ni se puede morir menos. 

Matar a otro ser humano o emplear con él la violencia extrema, es sencillamente algo execrable, especialmente cuando se lleva a cabo desde la premeditación, la frialdad y una actitud despiadada. La finalidad del terrorismo y del terrorista no es otra más que la de aterrorizar a una sola persona, a un grupo o a toda una sociedad, para tratar de obtener por medio de la coacción y el terror lo que las urnas, las leyes o la razón no les conceden. Con frecuencia los objetivos son además inconfesables y pasan por algo tan miserable y material como el dinero, o tan mezquino como el poder, el odio o el partidismo político. Nada justifica semejante forma de actuar; nada es tan contrario al bien común, ni vale tanto, como la vida de un sólo ser humano. 

Más allá de la propia conducta criminal de los asesinos que llevan a cabo los actos de terrorismo, quienes defienden, amparan, toleran, apoyan o participan -aunque sea indirectamente- de forma activa o pasiva en semejante indignidad, merecen igualmente el más firme rechazo social y la acción implacable de la justicia. También los que incitan a ello desde las brumas subjetivas de su razón o la supuesta bondad de una causa que, sin saberlo o premeditadamente, les lleva a terminar deambulando, ebrios de torpeza, sobre esa delgada línea invisible, pero presente, que separa la armonía y la convivencia pacífica del caos y la guerra. Son terroristas de red social, de calles incendiadas y asaltos al Congreso; terroristas de salón. De guante blanco. Terroristas de insultos y amenazas; de acoso disfrazado de "escrache". De conciencia ausente.

Sólo a un necio -que son los más-, a un cínico o a un desalmado se le ocurriría tratar de justificar toda esa violencia por motivo alguno; la misma violencia que, sin dudarlo, jamás desearían para si, o para sus seres queridos. Son los adalides exaltados de la "no violencia"; de la violencia "light". Son tullidos del alma, que pretenden erigirse en abanderados de "la libertad". Son los modernos correveidiles de "la democracia", cuyo verdadero sentido y desde su manifiesta discapacidad ética, en modo alguno alcanzan a comprender, por más que se encaramen a su pretendida progresía o a la razón de "su razón". Son los torpes, los zoquetes sin remisión, los perversos, los enemigos de la raza humana; los que no tienen valor para disparar a nadie, ni la convicción necesaria como para hacerlo y afrontar con entereza las consecuencias de ese crimen, pero que con sus palabras, silencios y acciones, consciente o inconscientemente, apuntan a diario en la nuca de sus semejantes y contribuyen a que muchos otros aprieten el gatillo. 

De entre ellos, quienes creen ser plenamente conscientes del alcance de sus acciones y las llevan a cabo con la intención de hacer el mayor daño posible o para conseguir algún tipo de ventaja política, constituyen la escoria: los restos de serie de la raza humana. La muestra palpable de que la destrucción de valores, la falta de ética y la sinrazón se han apoderado de una buena parte de nuestra sociedad, en donde en determinados ámbitos el amor por nuestros iguales se ha convertido en algo proscrito y en donde a diario triunfan unas ideas que, aún sin saber realmente bien en favor de qué o para quién, son defendidas y propagadas a ultranza por estos hijos bastardos del amor, ignorando que realmente están inmersos en un proceso que incluye su propia destrucción. Basta con justificarlo a través de su deseo de venganza y del egoísmo más absoluto, en el que prevalece la filosofía del "yo primero y luego yo" y en donde fermenta un odio atávico, que trasciende generaciones y fronteras, por más que sean incapaces de justificar su comportamiento de manera coherente o con una cierta equidad. En ellos no hay el más mínimo atisbo de generosidad, pues nada hay más contrario a ello que contribuir a propagar dolor y sufrimiento, sembrando maldad.

Para estas personas no sería suficiente pedirles que se atrevieran a mirar a las víctimas a la cara, o a lanzar ante ellas sus exabruptos amparando la violencia o defendiendo a quienes la cometen... No; estas personas necesitan en realidad pasar por un completo proceso de re-humanización, que en su caso significaría convivir con el dolor que han contribuido a producir y que en tan poco estiman. Deberían acudir a los hospitales en donde se recibe a las víctimas de un atentado, en donde se amputan miembros desechos y se trabaja en los quirófanos a vida o muerte. Deberían pasear por las salas en donde esperan familiares consternados y abatidos, caminado como muertos vivientes entre la realidad y un millón de sueño rotos, entre la incredulidad y el dolor más lacerante. Deberían acudir, junto al asistente social, a dar la noticia a un padre, a una madre, a un hermano o a una novia; a unos hijos que todavía son niños y que a partir de ese momento habrán dejado de serlo. Y no deberían dejar de pasar por la morgue a reconocer a todos y cada uno de los cadáveres; ni dejar de asistir a su entierro, para no perderse todos esos "por qué" reflejados en cada una de las caras de los más allegados. Deberían luego acudir a casa de la viuda o de los huérfanos y convivir con ellos la eternidad que dura un duelo; acudir por las noches para consolar y ayudar a conciliar el sueño o llevar a los niños al colegio, al que ya no volverán con esa madre o ese padre ausentes... contribuir a mantener a flote ese hogar, ahora deshecho. Si; deberían de sufrir con las víctimas y a través de su dolor llegar a la comprensión y el reconocimiento.

Deberían esculpir en la retina y en lo más profundo de su corazón cada uno de esos detalles; guardar cada lágrima en su alma y aprender a convivir con todos esos recuerdos propiciados por su terrorismo de salón. Quizás así volverían a ser humanos y jamás volverían a ensalzar, justificar o amparar la violencia; menos todavía a participar en ella. Deberían, desde el arrepentimiento sincero y su recién recuperada humanidad, solicitar el perdón de las víctimas que, ahora si, otorgarían sin dudarlo y desde la generosidad única del que ha sufrido. Un perdón concedido sin exigir nada más a cambio, excepto un mínimo respeto y algo de ese reconocimiento que sin duda merece cualquier víctima de la violencia.

Sin cómplices, sin ideólogos de pacotilla, sin descerebrados irresponsables, sin palabras necias a modo de cortina de humo o fuego de cobertura, sin toda esa violencia de salón, quizás seguirá existiendo el terrorismo... pero seguramente triunfar le resultará bastante más difícil y el dolor de las víctimas no sería tan intenso.

Por Alberto de Zunzunegui 

on Saturday, April 6, 2013

"En el sentimiento del amor existe algo singular capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre aquella felicidad total cuya consecución es el fin de la vida".
León Tolstoi

La descomposición de nuestra sociedad es el resultado de haber hecho de la incoherencia la norma, del egoísmo un motivo y del odio un voto.

Desde esa postura, hay quien convierte su vida en una reivindicación permanente en favor de un mal entendido concepto de libertad, sin darse cuenta de que, en realidad, ellos son los que se han convertido en esclavos de la sinrazón, de la mentira, del cinismo y hasta de su propia necedad. Sin darse cuenta de que la verdadera independencia es la que se consigue mediante el pensamiento crítico y la búsqueda permanente de la verdad, no en base a la que proporcionan las barreras físicas, idiomáticas, culturales o a través de la enajenación de un pedazo de tierra.

Olvidan, que promover la confrontación y recurrir a la violencia, al insulto o a la amenza, desautoriza moralmente aquello que reivindican. Olvidan que, en el mejor de los casos, la supuesta bondad de una determinada causa no es un argumento válido para obviar o llegar a omitir los aspectos éticos de nuestros actos. Olvidan, seguramente, que la sostenibilidad de nuestro bienestar personal depende de la consecución del bien común, de nuestro amor hacia los demás y que nuestro peor enemigo es, precisamente, todo ese egoísmo exacerbado. Solamente quien logra dominar al dragón del Yo hipertrofiado, empieza a descubrir la verdadera belleza de la vida y lo sencillo que puede resultar alcanzar la felicidad.

Vive y deja vivir. Vive y haz más fácil la vida a los demás. Vive y ayuda a que otros también puedan vivir con dignidad y desde la verdadera libertad... ¡VIVE!

Por Alberto de Zunzunegui

on Friday, September 21, 2012
"Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje". Yevgeny Yevtushenko

Vivimos en un mundo que día a día se hace más pequeño. En una alocada carrera por aumentar la curvatura de nuestra esfera, las fronteras reales se difuminan y desaparecen, por más que haya quien se empeñe en atizar o levantar barreras virtuales o desvirtuadas; irresponsables, irreales, imposibles... trasnochadas. Un mundo menguante, en donde las ideologías engañosas y deformes crecen imparables, hundiendo sus raíces parásitarias y trepadoras en la abundancia de nuestra torpeza, de nuestra cerrazón, de nuestra incultura; de nuestra visceralidad. Obesidad mórbida del ego, por encebamiento a base de necedad.

Y todo ello a costa de la ética, enferma de anorexia, pues poco tardamos en vomitar virtudes como la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia, si con ello andamos más ligeros de equipaje para alcanzar ese paupérrimo y fugaz éxito social, por el que casi todo lo damos. Hasta el orgullo y el honor nos ponemos por montera: si es necesario los brindamos al respetable de los tendidos, sin importar sí caerán sobre la arena por el lado adecuado o del revés. Todo por la pasta; todo por la pose. Y al final del pasillo, la discapacidad... la discapacidad ética, derribando a hachazos la puerta tras la que se esconden, aterrados, nuestros sueños; nuestros proyectos; nuestra felicidad.

Por desgracia y por encima de fronteras y continentes, la situación no es sólo algo típico de nuestra maltrecha España: es extrapolable a otras muchas regiones del planeta, en donde la ética también se encuentra postergada y anoréxica. El relativismo y la subjetividad, el economicismo galopante o ese bárbaro y aberrante proceder de una casta política irresponsable e indigna, que tan miserablemente antepone lo propio al bien común, campan a sus anchas entre los bastidores de la mayoría de las democracias. Con todo, tener que ir de tapadillo para ejercer la sinvergonzonería es casi una suerte, comparado con las macabras representaciones que abiertamente tienen lugar en los escenarios de los sistemas autoritarios, a la luz de los focos y al calor de su tórrida y bífida propaganda.

En unos y otros, la ética y la moral son travestidas con el maquillaje esperpéntico de las ideologías, buen disfraz para la indecencia y la indignidad que, a tan alto precio, políticos y especuladores sin escrúpulos, venden al resto de la raza humana. 

Son malos tiempos para dar la cara ante la Vida, para no bajar la mirada ante nuestra conciencia. Lo misérrimo se ha encumbrado hasta la cima social y los principales puestos de liderazgo y responsabilidad; desde allí se obceca en desterrar a todo aquello que pueda poner en riesgo su oscuro reinado, ignorando que al final serán amos de un páramo, gobernadores de un erial, reyes de un yermo. De un mundo tan vacío como su conciencia, en donde únicamente se escucha el estruendoso silencio de su miserable condición: verdaderos majaderos, necios e iletrados, que componen una cohorte de los más indignos personajes que hayan podido poblar la tierra desde el principio de los tiempos.

La indignación crece y también supera fronteras.

Por Alberto de Zunzunegui

on Saturday, August 25, 2012
Areté: excelencia, virtud, dignidad, honor.
"La economía como esencia de la vida es una enfermedad mortal, porque un crecimiento infinito no armoniza con un mundo finito". Erich Fromm

Recientemente leía un interesante artículo firmado por Martín Mucha, aparecido en la edición de EL MUNDO del pasado día 18 de agosto, en donde recordando la idea de Platón de El Gobierno de los Mejores, se presentaba una lista de catorce brillantes personalidades, todos procedentes del mundo empresarial, a modo de lo que podría ser la candidatura perfecta para formar un gobierno ideal. En realidad, lo que me llamó la atención es que en esa lista no se hubiera incluido también a candidatos procedentes de otras disciplinas. Tal y como dejara plasmado en La República el propio Platón, a su juicio Los Mejores, los llamados a gobernar, no eran los comerciantes o los mercaderes, ni siquiera los más adinerados o poderosos, sino los sabios y los filósofos; aquellos mejor facultados para encarnar las virtudes cardinales: prudencia, valor, templanza y justicia. De ello dan testimonio las propias palabras del filósofo: "A menos -proseguí- que los filósofos reinen en las ciudades o cuantos ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se encaminan separadamente a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciudades, ni tampoco, según creo, para los del género humano; ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra" (Platón. La República, libro V).

Sin embargo y en descargo del autor de dicho artículo, a quién además agradezco sinceramente el haber propiciado esta reflexión, es importante señalar que el planteamiento es muy común, puesto que lo llevamos implícito en nuestra propia cultura, empeñada en asociar y equiparar el éxito en la vida al éxito económico; empeñada en asociar la capacidad de generar riqueza y triunfar en el ámbito empresarial, con la justicia, la inteligencia o la sabiduría, olvidando que el limitado alcance de esos conceptos así planteados, es una de las principales causas de nuestra desgracia y de los males que afligen a la humanidad. 

Por ello y al margen de cualquier valoración respecto a los candidatos propuestos, y aceptando que sin duda la elección de esos magníficos profesionales pueda ser realmente acertada aplicada al ámbito empresarial o incluso como respuesta a la situación de crisis económica que vivimos, considero que el éxito en dicho entorno puede ser un claro indicador de la capacidad de una persona en relación a ese ámbito específico, pero me resisto a aceptar la idea de que ello sea considerado, de manera implícita, como la mejor garantía para conseguir una sociedad más próspera, más justa, o más humana. Entre otras cosas, porque ello no implica NECESARIAMENTE que también puedan atesorar esas otras virtudes -prudencia, templanza, valor y justicia-, o que ese éxito profesional o económico se haya logrado bajo la estricta observancia de los preceptos de la ética y los valores humanos. Un estado no es una empresa, ni el objetivo de una sociedad puede ser la maximización de beneficios, entre otras cosas porque aspectos como la justicia, las libertades, los derechos de las personas, la solidaridad o la eficacia de las políticas sociales, no pueden ser evaluados únicamente desde una perspectiva económica. Y mucho menos todavía, la parte espiritual o trascendente de la vida.

La capacidad de generar riqueza, de optimizar recursos, de crear puestos de trabajo, de producir ingresos para el estado o de dar beneficios económicos en un proyecto empresarial, es sin duda algo de gran importancia, digno del mayor respeto y una virtud deseable en cualquier persona o sociedad. Sin embargo, ello no debería de constituir un fin en sí mismo, ni tiene por qué ser a la fuerza sinónimo de otras tantas virtudes, capacidades o valores, como la honestidad, la honorabilidad, la bondad, la abnegación, la generosidad, la sensibilidad o la espiritualidad. De hecho éstas últimas virtudes también podrían concurrir, aumentando todavía más el mérito, las capacidades y la ejemplaridad de esas personas, acercándolas al concepto de excelencia... o por el contrario, ni siquiera estar presentes, como ocurre con demasiada frecuencia. Lamentablemente a nuestro alrededor tenemos numerosos ejemplos, que invitan a disociar algunos de esos conceptos y abundan los individuos que para alcanzar el éxito profesional, social o económico, no han necesitado contar con esos valores, o incluso los que, para lograrlo, no dudaron en desembarazarse del pesado lastre de la conciencia. 

Por descontado, ello no significa que ese pudiera ser el caso de los líderes mencionados en el artículo y, desde una perspectiva profesional, insisto en que se trata sin duda de una magnífica selección de candidatos, que seguramente podría liderar con éxito cualquier proyecto empresarial o económico. Incuestionablemente, todos ellos son brillantes en su área de trabajo o conocimiento -he tenido la oportunidad de compartir tertulia o foro con alguna de esas personas y seguramente también podría ser considerada un ejemplo en lo que se refiere a valores humanos-, pero ello no implica forzosamente que además pudieran liderar una sociedad en todas sus facetas, en donde lo economico siempre será un aspecto esencial y necesario, pero nunca debería constituir la principal o única referencia. El ejemplo es cercano y la constatación del error una realidad.

Deberíamos recordar que esta crisis no es sólo producto de una mala o nefasta gestión económica -que también-, sino que fundamentalmente tiene su origen en un retroceso de la ética y los valores, frente al egoísmo más profundo, el materialismo desmedido, un consumismo exacerbado y un economicismo antagónico con los valores humanos esenciales. Una crisis gestada en el seno de una sociedad plagada de tecnócratas, pero que paradógicamente poco a nada parecen conocer de lo que realmente importa, o de las consecuencias de mantener en el tiempo actitudes equivocadas y errores de bulto, no ya únicamente desde la perspectiva económica, sino simplemente desde el punto de vista humano. De hecho y salvo contadas y meritorias excepciones, resulta poco creíble que muchos de esos magníficos y brillantes economistas, expertos en finanzas, políticos e incluso periodistas, que hoy nos explican desde los medios de comunicación qué deberíamos de hacer para salir de la crisis, no hayan sido conscientes de lo que se avecinaba y no hubieran denunciado antes una situación tan manifiestamente incompatible con el más elemental sentido común. Lo siento, pero la lógica no soporta tamaña incongruencia y más bien invita a pensar que lo ocurrido también tiene que ver con una actitud sumisa, acomodada, inductora, propiciadora y hasta directamente participativa -especialmente en beneficios- de muchos de ellos, más que con la ignorancia, la inocencia o el desconocimiento sincero.

Por todo ello, creo que esa lista estaría bastante más completa si también se hubiera incorporado a ella a otras personas cuyo principal éxito, referencia o ejemplaridad proviniera del terreno de la cultura, el arte o la ciencia; de la ética, los valores humanos o la espiritualidad. Personas de gran valía y profunda sabiduría, cuyo reconocimiento podría -por qué no- estar precisamente derivado de un claro y manifiesto desapego o desinterés por el dinero, la economía o el ámbito empresarial y financiero. 

Si queremos un mundo mejor, no bastará con enderezar la economía y volver a pensar en generar riqueza: habrá que preguntarse también a qué precio ético la generamos y a costa de qué valores la producimos. No bastará con reducir las cifras de parados: habrá que preguntarse también si los empleos son dignos, si contribuyen a una adecuada calidad de vida y si el sacrificio y el esfuerzo que exigen a cambio, se corresponde con la retribución y el nivel de felicidad percibidos. No bastará con escapar de la recesión y volver a cifras de crecimiento positivas; habrá que preguntarse si el planeta y el resto de seres humanos que lo comparten podrán seguir soportando nuestra forma de vida y ese crecimiento sostenido en el tiempo. Deberemos preguntarnos, en definitiva, no sólo por la sostenibilidad económica del sistema, sino si humanamente también es sostenible.  Ese es realmente el terreno perdido que debe recuperar nuestra sociedad de cara a esa regeneración que tantos consideran necesaria, pero para la que, al menos aparentemente, seguimos empeñados en mantener el mismo modelo equivocado que nos ha conducido hasta la situación actual.

Si queremos saber cuál sería el Gobierno de los Mejores, primero deberíamos definir cuál es el modelo de sociedad al que aspiramos y sobre qué valores queremos construirla. Quizás entonces sabríamos contestar a dos preguntas previas esenciales: ¿los mejores para qué?... ¿los mejores para quién?

Por Alberto de Zunzunegui

on Wednesday, August 8, 2012
El aborto no es una cuestión meramente de creencias sino que se trata de un derramamiento de sangre; no es simplemente sobre puntos de vista sino sobre víctimas. Padre Frank Pavone 

Yo podría ser el último paria de mi reino, un leproso abandonado por todos, sin recuerdo y sin esperanza de goce alguno, y aún quisiera vivir. Jacinto Benavente


La peor discapacidad del ser humano y la de mayor trascendencia para su propia vida y la de sus semejantes, no es la física o la mental, sino la que afecta a los principios éticos esenciales. Por desgracia esa tara no aparece en las ecografías ni se detecta a través del diagnóstico prenatal, ya que, con excepción de algunas patologías poco frecuentes, la discapacidad ética (1) suele ser adquirida o inducida, antes que congénita. Afortunadamente para quienes pudieran padecerla en cualquiera de sus modalidades y aunque pudiera ser diagnosticada durante el período de gestación, la generosidad y el buen juicio de quienes no sufren ese tipo de malformación les mantendría alejados de las clínicas abortivas y ello a pesar de ser plenamente conscientes que en el futuro tendrán que padecer, con toda probabilidad, el sufrimiento y la miseria que normalmente generan a su alrededor los discapacitados éticos

Por el contrario, son muchas las personas que con tan importante limitación o minusvalía, determinan quien vive y quien muere en nuestra sociedad, incluso antes de nacer. En algunos casos el argumento puede ser que el nasciturus presenta alguna malformación física o psíquica, en cuyo caso recurrirán al aborto eugenésico para terminar con esa posibilidad, pero la mayoría de ellos simplemente preferirían no tener que justificar absolutamente nada, más allá de la propia voluntad personal, manifestada de forma explícita. Y es que en realidad, lo que reclaman mayoritariamente quienes defienden el aborto, es el aborto libre (2); es decir, poder interrumpir un embarazo de forma sencilla, con las máximas facilidades y utilizando para ello el amparo de la ley. O dicho con palabras menos tibias, la posibilidad de acabar con la vida de un ser humano en proceso de gestación, sin que ello constituya problema alguno de tipo legal o ético y sin tener que dar mayores explicaciones. 

En el caso particular de la discapacidad ética en relación con el problema del aborto inducido (3), ante todo hay que señalar que a nadie se le escapa que tener un hijo implica un importante compromiso, grandes sacrificios, tanto en lo personal como en lo económico y una enorme responsabilidad, condicionantes que normalmente se multiplican bajo determinadas circunstancias y sobre todo en el caso de tener que afrontar un problema de discapacidad física o mental. Por otro lado, tampoco puede obviarse que las ayudas, las coberturas y los esfuerzos de la Administración a los efectos, no son siempre los que deberían; ni siquiera los que podría brindar en caso de una gestión más eficaz y si el establecimiento de prioridades y necesidades se llevara a cabo desde la honestidad y con una mayor coherencia. Por ello, resulta evidente que la opción de traer un ser humano a este mundo es cualquier cosa menos tarea sencilla, como tampoco lo es para las personas sin una minusvalía ética la decisión de poner fin a una vida en gestación, algo que no resulta fácil ni siquiera en el supuesto de los casos más graves, o en aquellos en los que pudiera haber importantes argumentos de peso.

Pero en realidad, eso es sólo una parte de la cuestión, ya que al hablar de discapacitados éticos no me refiero a quien, por una serie de circunstancias trágicas, se ve en la terrible situación de tener que plantearse, muy a su pesar, la interrupción de un embarazo, algo que además lamentará profundamente y probablemente le sumirá en una dolorosa encrucijada ética. Para ese tipo de personas aunque la decisión pueda no ser la acertada, aunque se pueda estar en desacuerdo o incluso abiertamente en contra de la misma, la disyuntiva no habrá sido fácil y le habrá generado un más que serio problema de conciencia, que con toda probabilidad tardará años en desaparecer o incluso con el que deberá cargar de por vida. Todo ello supondría claros indicios de que no estaríamos ante un discapacitado ético, sino ante alguien que, por determinadas circunstancias, normalmente adversas, optó por tener que dejar a un lado la ética, probablemente de manera puntual o circunstancial, seguramente muy a su pesar y quizás incluso por una simple cuestión de supervivencia, algo que también forma parte del comportamiento humano, de nuestra debilidad y de nuestra imperfección y que por lo tanto debería ser, cuando menos, objeto de nuestra comprensión. Quizás por ello, en estos casos sería más apropiado hablar de una disfunción ética condicionada o circunstancial, pero no de una discapacidad ética propiamente dicha, que sería el verdadero objeto de esta reflexión.

Pero incluso aún contando con esa predisposición a la comprensión, que por otro lado debería ser algo común a cualquier ámbito y a todos los seres humanos, el problema del aborto es lo suficientemente significativo y complejo, como para que no resulte sencillo alcanzar un consenso amplio ante esta controvertida cuestión. Ello es debido, entre otras cosas, a la multiplicidad de casos y situaciones diferentes que pueden llegar a darse y que frecuentemente serán complicadas de valorar con objetividad y teniendo en cuenta cada una de esas realidades particulares. Por ello, trazar las fronteras o los plazos que delimitan lo aceptable de lo inaceptable, lo tolerable de lo intolerable o sencillamente entre lo deseable y lo deleznable, no es tarea que pueda resolverse con facilidad, ni probablemente tampoco desde una postura binaria –si / no-, que con seguridad terminaría incurriendo en mayores injusticias que la respectivamente pretendida por cada una de esas dos posibles posturas.

De esta manera, la presente reflexión no estaría basada en enfocar la cuestión del aborto inducido desde una visión dual y en la que prevalecen esas dos posturas absolutas y antagónicas –aborto si / aborto no-, sino en tratar de evitar a toda costa que cualquier posicionamiento ante tan trascendental cuestión se pueda llegar a plantear desde la discapacidad ética; desde la trivialización de la propia vida, desde la más absoluta indiferencia o desde la exención de toda responsabilidad ante la muerte de un ser humano… incluso aunque todavía no hubiera llegado a nacer. 

Así, al hablar de discapacitados éticos, en este caso relacionados con el problema del aborto, fundamentalmente quiero referirme a aquellos individuos cuya percepción ética se encuentra limitada o entorpecida a causa de una alteración en sus valores y a los que el hecho de poner fin a la vida de un ser humano en período de gestación no les causa mayor desazón, inquietud, sonrojo, cuita, o disyuntiva ética o moral. Individuos que llevados por un proceso adquirido o inducido de deshumanización y por un egoísmo en grado de necrosis –necrosis del alma-, son capaces de soslayar el grave problema ético que implicaría para cualquier otra persona sin esa discapacidad el hecho de terminar con la vida de un ser humano, aunque sea en proceso de gestación.

Y es que en el caso del aborto inducido, el mayor problema no son las decisiones que verdaderamente tienen en consideración a la parte más débil, es decir al nasciturus, o las que se someten al juicio implacable de nuestra conciencia, sino aquellas que, desde la más absoluta mezquindad y con la asepsia y la frialdad que proporciona la discapacidad ética, se toman exclusivamente en base al objetivo de que ello no constituya un problema, una responsabilidad, un compromiso, un sacrificio, una carga económica o tan siquiera la más mínima alteración del modo de vida de uno o ambos progenitores. 

De hecho, las cifras (4) en este sentido son contundentes: de acuerdo con los informes estadísticos del MINISTERIO DE SANIDAD, SERVICIOS SOCIALES E IGUALDAD, en el año 2010 se produjeron en España un total de 113.031 Interrupciones Voluntarias del Embarazo (I.V.E.), de las cuáles del 04 de enero al 04 de julio de 2010, es decir antes de que cambiara la legislación y estando todavía en vigor la Ley Orgánica 9/1985, 56.596 casos tuvieron como causa declarada “salud materna”, completándose las cifras para el período con “riesgo fetal” (1.729 casos), “violación” (10 casos) y “otros motivos” (150 casos). Con el cambio de legislación y con la entrada en vigor el 05 de julio de la Ley Orgánica 2/2010, se produjeron en España hasta el 31 de diciembre de 2010, otros 48.463 casos teniendo como causa declarada “a petición de la mujer”, motivo que hasta entonces no constaba y que constituye casi el 90% del total de dicho período, pese a que a partir de el cambio de ley también figuran como otras posibles causas “grave riesgo para la mujer” (4.419 casos), “riesgo de anomalías graves del feto” (1.632 casos) y “otros motivos” (32 casos). 

Lógicamente, al justificar un aborto en base a que éste se lleve a cabo “a petición de la mujer”, excluye los otros posibles motivos contemplados: que exista un "grave riesgo para la mujer”, “riesgo de anomalías graves del feto” e incluso “otros motivos”. Es decir y dado que precisamente existe este último epígrafe de “otros motivos”, cabría considerar que el rotundo “a petición de la mujer”, sirve para que bajo esa denominación puedan caber todos aquellos casos en donde para terminar con la vida del nasciturus no se requiera mayor justificación que el deseo manifiesto de la mujer y sin que ello suponga, por lo tanto, tener que dar mayores explicaciones. De esta manera y con la ley hasta ahora vigente, se daba cumplimiento a una de las más tradicionales reivindicaciones del movimiento feminista en relación con el aborto inducido, tal y como en noviembre de 2008 expresaba la Directora de la Fundación Mujeres, Marisa Soleto Ávila: “Queremos una ley, desde mi organización y desde muchas organizaciones de mujeres en el que el único problema que tengan las mujeres que se acercan a abortar sea el de su propia conciencia y su propia libertad religiosa, esa es la ley que queremos que nos hagan” (5). No habría nada que objetar… si no fuera porque, precisamente, la ausencia de conciencia es una de las principales características de las personas que padecen discapacidad ética, que a su vez son las que recurrirán al aborto con una mayor facilidad o predisposición. 

Por ello y dado que en esos casos no es necesario que exista una razón de peso que pueda mínimamente justificar el aborto desde el interés o por el bien del nasciturus, sólo cabe la posibilidad de que todas esas decisiones se hayan tomado fundamentalmente pensando antes en la madre o en ambos progenitores, que en base al interés de la parte más débil, es decir pensando o tomando en consideración los intereses de ese ser humano en proceso de gestación. 

De esta manera y partiendo de la base de que es el egoísmo y no la generosidad lo que normalmente preside la mayor parte de las decisiones respecto a la interrupción del embarazo, es inevitable que también surja la duda razonable, en cuanto a cuáles son los sentimientos que animan a una buena parte de los defensores del aborto inducido. De hecho la cuestión llama la atención en algunos aspectos, ya que incluso es probable que, paradójicamente, muchos de ellos sean al mismo tiempo abanderados del ecologismo más radical, defiendan a los animales a ultranza y sean contrarios a la caza, a los toros e incluso a la pena de muerte, tomando como argumento la defensa de la vida o la protección de los animales. Así, no deja de resultar un contrasentido que siendo contrarios a la pena capital, o que tocar o coger los huevos de un nido deba constituir para ellos un delito sancionable,  por contra, terminar con la vida de un ser humano en gestación les parezca algo perfectamente aceptable y hasta un derecho. Sorprendentemente, para quienes adoptan esta postura lo que hay dentro de un huevo es un ser indefenso al que hay que proteger por el bien del planeta o de esa especie en concreto, mientras que lo que se gesta en el interior del vientre de una mujer no esta claro lo que es y puede ser eliminado sin mayor trascendencia, en un planteamiento tan incoherente como contradictorio. Por todo ello, en estos casos considero más acertado hablar de discapacidad ética selectiva.

¿Lógica? Ninguna, por descontado; pero en realidad ello no importa. Cuando se trata de justificar nuestro egoísmo la lógica también es frecuente y necesariamente abortada y cualquier argumento es válido, por contrario que sea a la razón, por mucho que carezca de sentido, o por más que contradiga esas otras posturas en defensa de la vida y hasta los valores más elementales.

De hecho y como parte del cuadro clínico característico de esta significativa minusvalía, también se da una preocupante y manifiesta tendencia a trivializar el problema, e incluso a no considerarlo como tal. Así, en lugar de contemplar la cuestión si no ya como algo de extrema importancia, si al menos con cierta trascendencia y en donde lo que se esta dilucidando es la terrible posibilidad de acabar con la vida de un ser humano, se trivializa el asunto y se le resta cualquier atisbo de gravedad, en un planteamiento tan inhumano como irresponsable. 

De forma paralela a esa trivialización de la cuestión, durante los últimos años la palabra “responsabilidad” se ha convertido en nuestra sociedad en un mal a erradicar; se ha transformado en una palabra proscrita, de la que la mayoría de las personas huyen como de la peste, o prefieren ignorar como si no existiera. De igual modo, ese mismo egoísmo es el que también explica que en la mayor parte de la información relacionada con la apología del aborto, únicamente se hable de derechos y sólo excepcionalmente de responsabilidades… de derechos de los progenitores; los del ser humano en gestación sencillamente no existen. Sin duda a ello contribuyen documentos como Derechos Sexuales: una declaración de IPPF (6), publicado por la INTERNATIONAL PLANNED PARENTHOOD FEDERATION (IPPF), en donde, sorprendentemente, a lo largo de sus 36 páginas sobre sexualidad, las palabras “derecho” y “derechos” aparecen nada más y nada menos que en 548 ocasiones, mientras que la palabra “responsabilidad” únicamente aparece 8 veces y de ellas, solamente 2 hacen propiamente referencia a la responsabilidad de los depositarios de todos esos supuestos derechos. Mientras vivamos en un mundo con semejante desequilibrio, en el que prácticamente únicamente existen derechos y no responsabilidades, será difícil evitar que la discapacidad ética se extienda como una pandemia y que nadie pueda o quiera asumir, aunque sea mínimamente, la responsabilidad de sus actos.

De esta manera y si cabía alguna duda o discusión de carácter ético-moral respecto al aborto inducido, con la trivialización del asunto y la exención de cualquier sentimiento de responsabilidad, ya no es necesario llegar ni siquiera a esa disquisición ética, que a la postre parece que es lo que quiere evitarse en todo momento, al menos por parte de la gran mayoría de los activistas del aborto. Lo que persiguen no es únicamente la despenalización legal del aborto, sino su despenalización ética y moral, como la forma más sencilla de acallar sus conciencias y justificar su egoísmo… Si se exime a la práctica del sexo de cualquier posible responsabilidad ulterior y llegado el caso, en lugar de quitarle la vida a un ser humano lo que se elimina es una “excrecencia” del cuerpo de una mujer, asunto arreglado, todos contentos y la conciencia tranquila. Si en lugar de que un solo aborto ya nos parezca excesivo o cuando menos una terrible decisión con importantes implicaciones éticas, o si empezamos a asumir sus escalofriantes cifras -alrededor de 1.000.000 de abortos en España durante los últimos 10 años- con la misma naturalidad que si se presentaran los datos de ventas de vehículos, la trascendencia de la cuestión tenderá a diluirse inexorablemente en las oscuras y procelosas aguas del relativismo y el utilitarismo.

He dejado para el final de estas líneas el que considero el caso más extremo y deplorable de discapacidad ética: me refiero a la discapacidad ética por síndrome de codicia, que referida a la cuestión del aborto, es la que normalmente manifiestan quienes se dedican a terminar con la vida en gestación de forma intencionada, profesionalmente, en base a un método estudiado y con una inequívoca vocación de lucro, que es la que constituye su principal motivación y la cuál anteponen a cualquier tipo de consideración ética. No deben de confundirse, por lo tanto, con aquellas otras personas que desempeñando una labor médica habitualmente encomiable y positiva, se ven forzados por las circunstancias, o incluso por las leyes al uso, a tener que practicar abortos de manera puntual y generalmente no más allá de los estrictamente necesarios desde un punto de vista médico o terapéutico. 

Por el contrario, la discapacidad ética por síndrome de codicia, la padecerían aquellos que han conseguido eliminar los problemas de conciencia o de soslayar cualquier disquisición ética, en base a la ventaja competitiva que ello les proporciona a la hora de ganar dinero, en este caso haciendo del aborto su modus vivendi y basando en tan execrable actividad su carrera profesional, el objetivo de un negocio y hasta su posible fortuna o reconocimiento social. Trascender la cuestión ética para poder dedicarse a exterminar seres humanos a cambio de dinero, es sin duda alguna la más lamentable, deplorable, deleznable, aberrante e inhumana actividad a la que un homo sapiens-sapiens (¿sapiens?) puede dedicarse, entre otras cosas porque ello no sólo es incompatible con la vida en sí, sino que atenta directamente contra algunos de nuestros rasgos más genuinos y distintivos como especie: nuestra propia percepción como seres únicos e irrepetibles y la capacidad de amar a nuestros semejantes.

Para concluir, trataré de no caer en el fariseísmo que con frecuencia contemplo a mi alrededor y particularmente con respecto a la cuestión del aborto inducido: las situaciones personales en la vida pueden ser tan difíciles o tan duras como seamos capaces de imaginar e incluso bastante más y la debilidad, la inconsecuencia y el instinto de supervivencia también forman parte de lo que somos. Por ello no me atrevo a predecir, con plena certeza, cuál sería mi postura llegado el caso de tener que afrontar un problema de tal magnitud, o afirmar taxativamente que de ninguna manera accedería a dar mi consentimiento para que se pusiera fin a la vida de un ser humano en proceso de gestación. Pero de lo que no tengo duda alguna, es que jamás podría enfrentarme a esa situación sin que ello implicara para mí un problema ético de enorme trascendencia y con consecuencias determinantes. Afortunadamente no padezco de discapacidad ética y si bien eso no es garantía suficiente para que mi conducta pudiera ser irreprochable en todo momento o bajo cualquier circunstancia, prestar atención y preocuparse por las cuestiones éticas y los valores humanos más elementales, si constituye al menos la mejor base para poder respetar la Vida y tomar las decisiones correctas a lo largo de nuestra existencia. Y ese también es el punto de partida para poder caminar por el mundo sin bajar la mirada, con la cabeza alta, el espíritu sereno y la conciencia tranquila. 

Por Alberto de Zunzunegui


NOTAS:

(1) Los términos utilizados, como el de discapacidad ética y los de sus diferentes variedades, son –salvo error u omisión- términos propios, expresamente acuñados para esta serie de reflexiones y sin pretensión de conferir a los mismos carácter científico o médico alguno.

(2) Fuente: MUJERES EN RED (búsqueda: aborto)
(3) Precisamente por su trascendencia, ya que de ello puede depender nuestra propia existencia, he querido que el aborto inducido fuera el primer tema a tocar en relación con la discapacidad ética, pero por descontado, es una enfermedad que afecta a otros muchos ámbitos, por lo que a éste seguirán posteriores artículos con nuevas reflexiones sobre el tema.
(4) Fuente: MINISTERIO DE SANIDAD, SERVICIOS SOCIALES E IGUALDAD 
(5) Fuente: MUJERES EN RED / Interrupción Voluntaria del Embarazo: la ley que queremos
(6) Fuente: INTERNATIONAL PLANNED PARENTHOOD FEDERATION (IPPF)


DOCUMENTACIÓN:


- Jesús Flórez y Emilio Ruíz, El síndrome de Down: aspectos biomédicos, psicológicos y educativos. Publicado en FUNDACIÓN IBEROAMERICANA DOWN 21

- José Ramón Amor Pan, Informar no es persuadir y mucho menos manipular: la opción del aborto eugenésico. Publicado en FUNDACIÓN IBEROAMERICANA DOWN 21
- CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA – Comité para la Defensa de la Vida, Cien preguntas y Respuestas sobre el Aborto. 
- VIDA HUMANA INTERNACIONAL / Aborto
- PRIESTS FOR LIFE
- Max Silva Abbott, Argumentos a favor del aborto. Publicado en ABORTO: ¿DERECHO O NEGOCIO?