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on Thursday, April 25, 2013
"Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir". Miguel de Unamuno

Departiré de un escritor-filósofo considerado como el máximo representante de la “Generación del 98”, Miguel de Unamuno y Jugo. Imaginemos a don Miguel con las perneras del pantalón abombadas por las rodillas, y su chaleco de lana hasta el cuello, haciéndolo así, lo estaremos viendo como realmente parecía.

Miguel nació el 29 de septiembre de 1864 en la calle Ronda de Bilbao. Al acabar sus estudios primarios en el Colegio San Nicolás, pasó al Instituto bilbaíno donde viviría la experiencia del asedio de la ciudad durante la Tercera Guerra Carlista. Sin embargo, fueron, quizás, los momentos más felices de su mocedad: se pasaba el día jugando y tras los bombardeos, entraba en las iglesias semidestruidas para juguetear entre sus naves. Sobre todas estas peripecias, confeccionaría años después su primera novela “Paz en la Guerra”; pero todavía no es el momento de hablar de su obra…

En septiembre de 1880 se matricula en la Universidad de Madrid para estudiar Filosofía y  Letras. Al cumplir diecinueve años, finaliza sus estudios con la calificación de sobresaliente. En 1888 oposita a la  cátedra de Lengua Griega en la Universidad de Salamanca que obtiene en primera instancia. En 1901 sería elegido rector de dicha Universidad. Toda su vida fue crítico de los distintos regímenes políticos en los que vivió, y, como consecuencia de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, fue desterrado a Fuerteventura; de allí logró escapar y se exilió voluntariamente a Hendaya (Francia). Tras la caída del dictador, vuelve triunfalmente a España y fue diputado durante la II República. Siempre fue rebelde, y no encontró nunca la paz atormentado por dudas religiosas y existenciales, su vida tuvo una gran actividad intelectual de incesante lucha con su propio ser.

En cuanto a su ideología, Unamuno dice que “no era de derechas ni de izquierdas, sino liberal en el más amplio sentido”. Fue militante del PSOE pero por poco tiempo, pues rompió con el partido por contradicciones políticas e intelectuales. y abandonó su militancia, por lo que fue muy despreciado y zaherido, especialmente por Manuel Azaña.

Unamuno es el escritor español más preocupado por los temas del lenguaje.  Su universo es el de la palabra, por eso, Iré hasta los aspectos más profundos, a partir del análisis de sus textos y auxiliado por las voces de quienes mejor entendieron su obra. Empezaré por la Poesía.

A punto de cumplir 40 años, atraviesa una mala racha, fallece su hijo Raimundo, el niño enfermo que le acompañaba mientras escribía y por si fuera poco, en abril de 1903 se vive en Salamanca un enfrentamiento entre guardias y estudiantes que finaliza con el asalto del claustro universitario por parte de la policía y la muerte de dos jóvenes.  El rector salmantino, que intentó serenar a sus alumnos diciendo: “Contra la razón de la fuerza, oponed la fuerza de la razón”, se gana enemistades que sumadas a las que ya tenía, acrecientan la campaña para expulsarle del rectorado. El periódico “El Lábaro” le ataca día sí, día también. El obispo de Salamanca le reprocha que quiera “descatolizar” a la juventud -Unamuno decía que “España necesita que la cristianicen descatolizándola”- y en una carta al presidente del Gobierno exige la cabeza del rector (muy bíblico, por otra parte).

Unamuno fue el poeta que quiso ser en la voz de su poesía. Sin embargo la poesía fue una actividad tarda para él. Su primer libro, titulado “Poesías”, apareció en 1907, apunto de cumplir 43 años. Pero él hace de la poesía su quehacer más habitual. Su obra poética más extensa es “Cancionero” que fue componiendo a modo de diario entre 1928 y 1936, aunque hasta 1953 no vería póstumamente la luz. Miguel alumbró también: “Rosario de Sonetos líricos” en 1912, “El Cristo de Velázquez” en 1920, “Teresa” en 1924, y “Romancero del destierro” en 1927.

Es bien sabido que a finales del siglo XIX se vive  en España un largo periodo de crisis de valores, lo que llevó a los intelectuales a volver la mirada hacia la palabra como único espacio de reconciliación del yo con el mundo.

Y ahora, departiré de las novelas de Unamuno. Pudiéramos decir que excepto “Paz en la guerra” y “San Manuel Bueno, mártir”, las demás, son esquemas de ideas. Su novelística supone la primera gran ruptura con el realismo de la literatura española. En sus novelas elimina cualquier alusión al paisaje, en este sentido, sus novelas contrastan con las costumbristas, en las que el ambiente lo es todo. Para él, la persona no es algo estático, sino en constante devenir. Por eso, sus novelas no presentan un conflicto sicológico de personajes, sino de cómo éstos van deviniendo. Según Unamuno, el personaje novelesco tiene tanta vida como la del autor que lo crea; la misma fuerza que el hombre tiene frente a Dios la tiene el personaje novelesco frente a su autor. En “Niebla”, sin ir más lejos, el protagonista se subleva contra Unamuno, resistiéndose a morir, como su creador le ordena imperiosamente. “La vida es teatro y el teatro es quizás más vida que la vida misma. El hombre no quiere morir, quiere ser inmortal". Las novelas de Unamuno, son pinturas de almas al estilo de Dostoiewski, con quien compartía la idea de la salvación de Europa mediante Cristo; pero un Cristo ibérico contrario al trascendental de la Iglesia.

Su primera novela, ya lo he dicho, fue “Paz en la guerra”, de 1897, obra que puede considerarse la más atípica de Unamuno, puesto que él renunciaba de siempre a detallar los escenarios, y en ésta el verdadero protagonista es la ciudad de Bilbao, de la que narra la vida colectiva de aquella época. En 1902, rompió ya el realismo literario con “Amor y Pedagogía”, una severa crítica a la educación materialista. El tema de “Amor y Pedagogía” es el típico del fracaso y desengaño de los hombres del 98. Una sinopsis de su argumento, sería: Un personaje prepara a su hijo para que llegue a ser un genio. A tal fin, enfila toda su educación. Pero el intento fracasa rotundamente; el hijo sale un tarambana y termina suicidándose. Ante las muchas críticas de que aquello no era una novela, el autor decidió llamar a las suyas "nivolas" y definirlas como "relatos dramáticos de realidades íntimas, sin bambalinas ni realismos". “Diríase –advierte en el prólogo- que el autor, no se atreve a expresar ciertos desatinos, y adopta el artificio de ponerlos en boca de personajes absurdos, soltando así lo que él piensa”. El propósito de “Amor y Pedagogía” es desdeñar todo lo que se presenta como científico e intenta organizar la vida de un modo exclusivamente racionalista.

En 1913, publica su colección de cuentos titulada “El espejo de la muerte”. Y en 1914 “Niebla”, que es la más traducida, y que no se trata de una novela en el sentido usual del término, por lo que Miguel la llamó, como ya he dicho, “nívola”: “Inventé un género, e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las reglas que me place”. “Estoy más seguro de la realidad histórica de Don Quijote que la de Cervantes. Hamlet hizo a Shakespeare y no éste a aquél”. En “Niebla” Unamuno plantea la libertad del individuo frente a su autor que puede destruirlo como y cuando quiera. El personaje principal de "Niebla" se llama Augusto Pérez, el hombre que no llega a querer ser y por lo tanto, “no es”. El momento culminante de “Niebla” es la presentación de Augusto Pérez a su autor, Miguel de Unamuno. Augusto Pérez consulta al escritor sobre su deseo de matarse así mismo.  Unamuno le prohíbe que se suicide, pero le obliga a que se muera. Está considerada una de las mejores páginas de todo su amplio repertorio. “No quiere usted dejarme ser yo –dice Augusto Pérez- salir pues bien, mi señor creador Don Miguel, también usted morirá y se volverá a la nada de la que salió. ¡Se morirá usted sin que usted lo quiera, y se morirán todos los que lean mi historia, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como todos vosotros”.

En “Abel Sánchez” (1917) trata de la envidia como el gran pecado español. Trata el tema de la rivalidad fraterna. Abel y Joaquín, la versión moderna del tema bíblico de Caín y Abel, los dos amigos, son en el fondo enemigos irreconciliables. Para Unamuno, Joaquín Monegro es la pasión del “querer ser más”. A lo largo de la ficción, la envidia se va convirtiendo en un ansia insuperable. Como ya vimos en “Niebla”, para Unamuno, sólo es real el personaje que quiere ser. La envidia es para Unamuno –insisto- el gran pecado nacional. (En 1909 ya había escrito una obra menor titulada “La envidia hispánica”). Según Miguel, la envidia, el odio y la intolerancia, son los vicios fundamentales de los españoles. (Se cree que la novela está marcada por las propias vivencias del autor, que tenía un hermano que murió solterón y llevó muy mal la fama de Miguel. Cuentan que hasta llegó a colgarse un cartelito que decía:  ¡No me hable usted de mi hermano!).

El capítulo XXI de “Abel Sánchez” contiene el germen de su posterior drama “El Otro”, que es el “otro” que todos llevamos dentro, la parte aborrecida, lo que odiamos en los demás por rechazarlo en nosotros. Lo mismo que Unamuno buscaba en el “Cristo yacente de las Clarisas de Palencia” el Cristo terreno, la esencia de la religiosidad hispana, advierte ahora en Joaquín Monegro el valor de la pasión de querer ser, el ansia de infinitivo.

En 1920 publica “Tres novelas ejemplares y un prólogo”, donde plantea el ser por querer ser.                   Un año después, “Tía Tula”, obra en la venía trabajando desde años atrás. La magnífica novela, trata del tema (hoy tan actual) de la maternidad sin tener que someterse al acto  sexual previo. Para muchos críticos “Tía Tula” es la mejor novela de Unamuno. Según su autor, “Tía Tula” tiene “raíces quijotescas”. Tula es el personaje que representa al puritanismo femenino español, nunca se quiso casar, para no tener que profanarse con el sexo; por eso repudia a su hermana que sí se casó, y la ve como si fuera una ramera. Pero Tula no quiere renunciar a ser madre. Una vez muerta su hermana, se entrega de lleno a la causa de “educar” a los hijos de aquella y para protegerse de la pasión que su cuñado viudo siente por ella, evita encontrarse con él, y siempre lleva a uno de los niños por delante. Quiere ser madre, pero sin tener que pasar por la “humillación” del sometimiento sexual a un varón, Pudiéramos decir que “Tía Tula” es la novela de la envidia femenina, y “Abel sánchez” de la envidia masculina.

En 1921, publica “San Manuel Bueno, mártir”, quizás el punto culminante de su creación literaria: “Tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana.” En esta obra culmina el proceso de renovación del género novelístico que Unamuno había comenzado a principios de siglo. Tanto en “Tía Tula” como en “San Manuel Bueno, mártir” plantea el superar la muerte a través de la propia obra, y del sacrificio por los demás. Este sacrificio se basa con frecuencia sobre la necesidad de elegir entre lo real, que mata por su crudeza, o la mentira que permite seguir viviendo. “Es el problema de la personalidad el que ha inspirado casi todos mis personajes de ficción” -dirá-. “San Manuel Bueno, mártir”, es el hombre que de puro “querer creer”, logra mantener en un pueblo la fe que él mismo no tiene en realidad. El cabecilla que como Moisés, llevará a su pueblo a la tierra prometida,  en la que, sin embargo, él no podrá entrar.

El Teatro de Unamuno ha sido menos exitoso que sus novelas y su poesía, y ello, porque la profundidad de sus ideas no va acompañada del resplandor escénico. La crítica especializada dice que el teatro es lo menos interesante de Unamuno. Es un teatro esquemático que muestra cierto interés temático, pero resulta pobre en recursos escénicos. Sólo citaré sus dos obras breves “La princesa doña Lambea” y “La Difunta” (ambas de 1909). Y entre sus nueve dramas largos “Medea” (de 1933), una versión de la "Medea" de Séneca que fue  representada en el Teatro Romano de Mérida. Si las novelas de Unamuno son “descarnadas”, que lo son, sus dramas son esquemáticos a tope. Su dramaturgia se caracteriza por la misma escasez que la de sus primeras novelas. Carencia que se manifiesta por la supresión de todo lo accesorio, tanto escenográfico: Falta de decorados, limitación de vestuario, de personajes secundarios, incluso ausencia de monólogos brillantes, o de otra cualquier añadidura, para resaltar sobre todo el conflicto dramático.  Pero esto conlleva que sus obras se quedaran en “puros esqueletos”.

Hablemos ahora de Unamuno Ensayista: Miguel forma, junto con Ortega y Gasset y Javier Zubiri, el trío de filósofos más importantes del siglo XX. Para Unamuno no existe separación entre filosofía y teología. “Para ser de verdad hay que ser eterno, pero la garantía de eternidad sólo la puede dar la fe religiosa. La eternidad personal sólo se puede alcanzar fuera de la fe en las creaciones personales, en los ensueños, en la creación de personajes. El hombre se inmortaliza en sus criaturas al crearlas, y éstas dan vida al autor, aunque la relación entre ambos siga siendo siempre agónica”- nos enseña-.

Entre sus ensayos sobresale “En torno al catolicismo” de 1985, un intento donde describe Castilla, su tierra y su gente, para acercarse a la idea del casticismo español. “Castizo –dice- significa puro, exento de elementos extraños, no contaminado". “En torno al casticismo”, es un ataque a la “casta dominante”. Mucho de lo que se ha escrito después –y todavía se escribe hoy– sobre el dogmatismo conceptual y lingüístico de la cultura del “Siglo de Oro”, queda ya determinado en ese libro. En este ensayo, trata de negar toda veracidad a una Historia que ha paralizado y estancado a España, quizás para siempre, Historia a la que Unamuno llama “falsa historia de hechos y fechas gloriosas”, a lo que él opone la noción de intrahistoria: “aquello que vive el pueblo al que nunca se le consulta y que sólo sale a la superficie en los momentos de auténtica crisis”.

En 1905 firma el mejor de sus libros de ensayo, ”Vida de don Quijote y Sancho”, una enaltecida glosa al Quijote, tomándolo como símbolo del espíritu nacional. Don Quijote representa el ansia y la locura, la España eterna contra la España racional. La “Vida de don Quijote y Sancho” sirve como antítesis a la idea de la europeización de España. El problema de España se debe, según Miguel, precisamente a una falta de "Quijotes"; y recomienda "rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura”.

De entre la abundante producción filosófica, de Unamuno muchos expertos piensan que lo mejor es “Del sentimiento trágico de la vida” de 1911, que trata de la inmortalidad y el conflicto entre la inteligencia y el sentimiento. Lo cierto es que Fe y razón se necesitan: la fe necesita a la razón para hacerse transmisible, mientras que la razón sólo puede asentirse sobre la fe, pero ni la fe es transmisible racionalmente, ni la razón es vital. “Del sentimiento trágico de la vida” nos dice que "La mente busca lo muerto pues lo vivo se le escapa, para analizar un cuerpo, hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo.  La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga vida”.

Un rasgo muy significativo de la literatura española es el inquebrantable paralelismo entre realismo e idealismo, Sancho Panza y su reverso Don Quijote. Un idealismo que lo es por contraste con lo real; y un realismo cuya fuerza radica en su alianza con el idealismo. Unamuno es el más genial representante de esta dialéctica. Y como el concepto erótico de Miguel de Unamuno es bastante contradictorio, amar es para él algo pasajero, que no garantiza la eternidad ni la sobrevivencia. “Hay que buscar la vida eterna en la idea y en la ficción. La vida hay que hacerla a fuerza de sueños y de intelecto” -escribiría-.

Miguel de Unamuno y Jugo, falleció el 31 de diciembre de 1936, que cayó en jueves y nevó en Salamanca. Hacia las cinco de la tarde, en esa tan taurina hora, murió un hombre viejo de sólo 70 años. Los que le vieron en su lecho de muerte, recordarían la placidez de su rostro.   Al principio, la gente pensó que lo habían matado; hasta varias horas después no se confirmó que había fallecido de muerte natural. Los médicos certificaron su muerte por congestión cerebral. Ortega y Gasset, dijo que había muerto “por el mal de España”. Pocos meses antes de su muerte, le había dicho a Gómez de la Serna: “¿yo que ni fumo ni bebo, por qué no he de vivir hasta los 90 años?". Y Ramón recuerda: “estaba más cascarrabias que nunca”. Pero la Guerra Civil le traumatizó como una enfermedad irreversible. Gutiérrez Solana meses antes lo había pintado febril y esclerótico, sobre un fondo oscuro del que emergían cientos de libros amontonados. En el retrato, los ojos miopes de Unamuno taladraban el cristal de sus gafas de concha negra. Y la pajarita de papel blanco, haciendo juego con el cuello de su camisa, y la barba, se posaba junto al negro de su vestimenta. Pero todo se había terminado. Aquella máquina de proferir gritos discrepantes había enmudecido para siempre; mientras, a su alrededor, todo el mundo enloquecía por la pena.


"Unamuno", de J. Gutierrez Solana (1886 - 1945)

En octubre del 36, Salamanca fue elegida como sede del cuartel general de Franco, porque estaba a prudente distancia del campo de batalla, pero cerca de Madrid. En plena guerra civil, ciertamente, los muertos se contaban por cientos a diario; pero  aquel, desde luego, no era un muerto cualquiera. Por dos veces habían solicitado para él el Premio Nobel de Literatura; había escrito casi un centenar de libros; había sido rector de la Universidad más antigua de España durante muchos años, y profesor de lenguas griega y castellana, concejal del ayuntamiento salmantino, diputado a Cortes en la Segunda República, y doctor honoris causa por las Universidades de Oxford y Grenoble.

La anécdota de que pidió confesión y sacramentos en sus últimos momentos, y esto quiero dejarlo bien claro, es pura patraña, toda vez que Miguel falleció de forma repentina, durante la tertulia que habitualmente mantenía con unos amigos.

La cosa fue así: el 31 de diciembre de 1936 uno de esos amigos, exclama: ¡Dios ha abandonado a España! Al oírlo, según todos los testimonios, Unamuno dio un fuerte puñetazo en la mesa diciendo “Dios no puede abandonar a España”... y cayó fulminado de un ataque al corazón.

Hacía mucho frío aquella tarde en Salamanca. Y de esta manera, acaso un poco precipitada concluyo este ensayo que he escrito con entusiasmo, intentando trasladarles mi admiración  por el personaje que representa la genialidad ya desaparecida de nuestro entorno patrio. Padeció persecuciones, fue atacado con insidias y resentimientos", pero pese a ello, siguió siendo Unamuno, contra viento y marea.

Por Juan Antonio Cansinos

on Sunday, March 10, 2013
Herodes Atticus (101 - 177 d.C.)
El sofismo, dice que ninguna actuación puede ser considerada "buena ni "mala" en sí misma. Que todo depende de la "opinión" (dóxa) de los sujetos. Es moralmente bueno lo que a ellos les parece moralmente bueno, mas sólo durante el tiempo en que se lo parece. Y no existe –dicen- ninguna conducta que pueda ser considerada en sí mima censurable. Los primeros que ejercieron la profesión de sofistas, se limitaban a las letras y las ciencias humanas, pero dejaron al margen la religión. Se abstuvieron de disputar sobre cosas en que cualquier decisión pudiera conmover a la gente común del pueblo.                                                                

La palabra sophistes significaba maestro en sabiduría. Y como tales se presentaban, simulaban saber, de todo: astronomía, geometría, aritmética, música, pintura… Pero no buscaban la verdad, sino mostrar su apariencia de saber porque esta apariencia, les revestía de cierta autoridad. Enseñaban el “areté” para quedar a la altura de las circunstancias políticas de su época. La palabra areté, traducida generalmente como virtud, no tenía entonces las connotaciones morales que la virtud tiene ahora. “Areté” era "lo que es propio de". Y eso era el dominio de las palabras para ser capaces de persuadir a otros. De "Poder convertir en fuertes los argumentos más débiles", diría Protágoras que decía también que con las palabras se puede “tanto envenenar como embelesar”.

Pero su “arte de la persuasión” no estaba al servicio de la verdad sino de los intereses del que hablaba. A eso, los sofistas le llamaban "conducción de almas", Platón diría, más tarde, que realmente era "captura de almas”. Por cierto, el platonismo con su creencia en la inmortalidad del alma, fue una predicción del cristianismo. San Agustín dijo «Nadie se ha acercado tanto a nosotros». Los sofistas, decía yo, no eran filósofos tal como hoy se entiende el término, no creían que el humano fuese capaz de conocer una verdad que resultara válida para todos. Cada quien tiene "su" verdad -enseñaban-. Pero su arrogancia no era tan ciega como para aventurarse al peligro de tener que beber la cicuta por la osadía de mantener una opinión contra la creencia de las mayorías. No olvidaban que, por ese motivo, Sócrates tuvo que hacerlo porque el magno ateniense dio en oponerse a las supersticiones con que las personas trastornaban el culto que se daba a los dioses.

Yo no sé si nuestros tiempos habrán dado de sí alguien asimilable por talento a aquellos Sócrates, Platón y Aristóteles, pero me parece que no. Los Sofistas sí, ellos se otorgaban a sí mismos la categoría de Sócrates o Platones modernos. Para esos “filósofos”, entre comillas y con minúscula, no existían diferencias entre Mahoma, Jesucristo, Confucio o Moisés. Toda religión, decían, es pura invención política, todo es superstición. Lo que a mí sí me consta, es que las instituciones civiles y los estados, han hecho degenerar al hombre de su propio ser natural. Y sé, por la simple experiencia de mis ya muchos años, que los poderosos constituyen una especie de clan con pocos escrúpulos que pretenden imponer una forma de esclavitud generalizada. Pero nada menos que Voltaire, un personaje nada beatífico, nos dijo que "es ignorancia supina creer que el alma humana puede ser sólo materia". Si los sofistas se contentaran con profesar la religión que eligiesen, sin meterse a reformadores del mundo, entonces, tal vez, Dios juzgaría su causa. Y es que, en ocasiones,  el talento, y aun la ciencia, se limitan a la ostentación. Los decretos morales, resumidos en cuerpos científicos, deberían moderar las costumbres para gobernar a los pueblos, y para que el hombre lograse en este mundo la felicidad. Pero esos decretos amontonados en el cerebro de los sofistas, servían sólo  para conseguir autoridad y renombre entre un puñado de literatos de la misma cuerda. Y lo que más sorprende en el proceder de ciertos nuevos maestrillos de opiniones envejecidas, es la insolencia con que acometen a los defensores de la religión, siendo ellos, como son, tan obstinados en defender sus opiniones.

La Filosofía es una ciencia excelsa que enseña humanidad, moderación y honestidad. Pero ni aun la verdadera concede privilegios especiales a esos maestrillos, para maltratar a los que quieran defender sus voluntariamente elegidas doctrinas. Y ellos, refugiados en el carnet de “filósofos de guardia”, lanzan mordaces sátiras contra el clero y los propios fieles.  Les concedemos todas las ventajas que ha logrado el género humano, por los simples “inventos filosóficos” de sus dos o tres poetas, y de una veintena de verdaderos intelectuales,  que ejercen la facultad de hablar o escribir mal de todos, sin que nadie intente defenderse de sus chismes y habladurías, porque cualquier tipo de defensa, sería calificada por ellos de fanatismo.

Sus esfuerzos supuestamente intelectuales, sus exclamaciones más mímicas que verbales, y su actitud ante el prójimo, intentan hacer creer a los demás, que todas las religiones del mundo son una en sí. Señores, hemos nacido en un tiempo en el que los filósofos ya no nos engañan, ni se contradicen. El Raciocinio y la reflexión han logrado ya la certeza que echaban de menos los antiguos que se ejercitaban en averiguar el por qué de las cosas. Y es que los Sócrates, los Platones, los Aristóteles, y otros genios de la antigüedad griega, que dieron principio a la formación de las letras y las ciencias, no acabaron de encontrar la Verdad. Aquellos sabios que conocieron la falsedad de la mayor parte de las religiones que dominaban entonces el mundo, no pudieron substituirla por un conocimiento más exacto de lo que era la auténtica Divinidad. Y es que acaso, el conocimiento de la Razón humana estaba reservado para el siglo XX. Pero pienso que si sólo la Razón es suficiente para que el hombre sea religioso según la intención de su Creador, necesariamente habrá de enseñar a todos los hombres un mismo dogma puesto que la verdad es sólo una. Por eso, la filosofía moderna intentó forjar una nueva concepción del mundo y de la sociedad y, aunque en principio, no prescindió de la influencia religiosa, reclamó la resolución de los problemas mediante la libertad de razonamiento. Abandonó gradualmente las verdades absolutas, intentando sustituir lo divino por lo humano, y resolvió zanjar la polémica entre la fe y la razón en favor de esta última. La nueva filosofía contribuyó a la liberación de la individualidad; y esta contribución fue simultánea a la lucha por la liberación de los grupos nacionales que pugnaban por quebrar el imperialismo medieval. Por eso, aunque sólo de algún modo, la filosofía moderna se vincula al surgimiento de los nacionalismos. Otro semblante del pensamiento moderno es el intento de acercar la filosofía y la ciencia. En esa época comenzaron a estructurarse las ciencias naturales, entendidas como un sistema de conocimientos rigurosamente clasificado y verificado. Y el pensamiento moderno acabó convirtiendo a la filosofía en colaboradora de la ciencia. A partir de ese momento, fue  frecuente que una misma persona reuniera la doble condición de científico y filósofo. Galileo y Newton son  buenos ejemplos de ese importante cambio.

La filosofía moderna se  suele dividir en cuatro periodos: el Renacimiento, el Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración. Hacia 1350 surge una crisis social debido a las epidemias de peste: las gentes se refugian en los burgos y se produce una concentración de la población. Se paraliza la agricultura debido a la disminución de mano de obra, debido a las epidemias, por un lado, y a las migraciones, por otro.

Ante tal situación, el régimen feudal (que se basaba en un compromiso entre el señor y el vasallo por el cuál éste le trabaja la tierra y el señor le defendía, decae tanto que el feudal se ve obligado a comprar la mano de obra. Así surgió, señores, la burguesía, un concepto que, en principio, se refería a los habitantes de las ciudades llegados del campo, pero que pasó a designar una nueva clase social que, frente a la aristocracia, descubre que la fuente de riqueza es el trabajo, y lo hace con la afirmación de que “el hombre vale lo que produce”. También las naciones modernas surgen con la burguesía, realmente son un fenómeno burgués, porque el poder de los reyes fue creciendo en las ciudades, estando las monarquías amparadas por el capital burgués. La transformación del poder y el régimen feudal monárquico aportó como consecuencia la unificación de las leyes, que hasta entonces eran múltiples y variadas. Por cierto, Marx considera que es en esa época es cuando surge el capitalismo.

Si reuniésemos  a todos los filósofos y  les preguntáramos sobre cada uno de los puntos que aquí tratamos, yo les adelanto que no coincidirían en sus decisiones. Para demostrarlo, haré un experimento sobre la marcha: someterme a las enseñanzas de los Filósofos con mayúsculas, ya que uno ha nacido para someterse a un orden acomodado. Pero ¿Cuál es ese orden? Unos me dirán que la regla a seguir es el interés personal;  otros, que hay que obedecer el impulso de las pasiones. Aquél que me acomode a la ordenación general.  Alguno opinará que tenemos alma y otros que no. Incluso habrá quien diga que no se sabe si la tenemos, o que importa poco que la tengamos.

Continuamente leo las palabras Optimismo, Materialismo, Fatalismo, y otros tantos “ismos” que me hacen ir de aquí para allá, sin saber  a qué atenerme.  En cualquier caso, la felicidad humana ni puede, ni debe estribar en opiniones porque, de lo contrario, ya no sería felicidad sino congoja, y angustia.

Poco nos importa a los hombres comunes  no saber qué son los púlsares (estrellas con neutrón altamente magnetizado) o resolver una ecuación cuántica, porque ni una ni otra cosa contiene el resultado de la humanidad. Pero sí nos  importa mucho, saber cómo debemos actuar, hacia dónde dirigir éticamente nuestros pasos, y conocer qué objeto tienen nuestras acciones, porque si lo ignoramos, nunca acertaremos a cumplir con el orden establecido para nuestra propia naturaleza.

Si leemos a Karl Raimund Popper (Viena 1902/ Londres 1994), filósofo, sociólogo y teórico de la ciencia.) Leyendo, digo, en Popper los fundamentos del Optimismo, encontraremos las mismas razones que aducían los antiguos platónicos. Si estudiamos a Claude-Adrien Helvétius (París, 1715 / Versalles 1771)(su apellido puede españolizarse y escribirse "Helvecio”), observo cómo se fatiga en hacerme creer, que no hay otra virtud en los hombres que el interés, aunque Protágoras le arrebata la gloria de haber sido el primero en decir  tal absurdo.

En los Estoicos, encuentro al mismo tiempo el fatalismo y el materialismo.  Y en los Epicúreos descubro la inutilidad de la Providencia.  Claro que ya dijo Aristóteles que “Los tiempos pasados son regularmente la imagen de los venideros”, y lo estamos comprobando, pasarán siglos y la Imaginación, en el estado de estancamiento en que hoy se halla, no enseñará a los venideros más que lo que enseñó tres mil años atrás a los Egipcios, los Caldeos y los Griegos. Porque siempre habrá Optimistas, Fatalistas, Materialistas y otros “listos” y “listas” que harán ruido, porque siempre habrá personas que gusten de hacer ruido.

Entre los Hebreos hubo pocas sectas, porque su Revelación daba una idea de Dios más cierta y sublime que la que podría dar la razón de todos los hebreos juntos.  Ellos caminaban sin guía y buscaban cuanto podía sugerirles la débil luz de la razón;  inventaron todo lo inventable en estas materias. ¿Qué dejaron, pues, por hacer para sus posteriores?.  Yo creo que, simplemente, repetir un mecánico empleo de la verdad.

Voltaire, del que ya hemos hablado, que no era precisamente un beato, dijo que “Adorar a Dios y ser justo son las precisas obligaciones del hombre,  y que todo lo demás depende del arbitrio”. Pero ¿a qué Dios debemos adorar?, ¿Al de Epicuro, al de Espinosa, acaso al de Helvetio?. Otro importante pensador, el francés Montesquieu (1689/1755), nos  sugiere el suicidio, como si aconsejara un gran bien. No, debemos adorar al Dios verdadero, no hay duda; pero ¿como sabremos cuál es el auténtico, si cada uno de éstos me dice con mucha formalidad, que el genuino es el suyo?

En vano se cansó el ginebrino Rousseau en probar que el riguroso ejercicio del Cristianismo no es “a propósito para criar buenos soldados”. Debiera haber considerado, que si los hombres se subordinaran a la exacta observancia de la Moral cristiana, no habría tanta necesidad de soldados en el mundo, ni los Estados experimentarían las turbulencias en que hierven hoy por la inobservancia de dicha Moral.

Figúrense nuestros filósofos el sistema de un mundo cristiano tan puro, que todos los individuos observasen la Ética y la Moral a rajatabla. Entonces comprenderían que no es posible  dar un ejemplo más justo, pacífico y benéfico que el predicado por Jesucristo.

Como habrá comprobado, amable lector, me he atrevido a contradecir los sofismas de la filosofía actual, exponiendo en su contra las verdades de una razón, sujeta a los decretos del Dios que la creó. No sé si este análisis desempeñará cumplidamente el propósito que yo me había propuesto. En todo caso, me conformo con haberlo intentado.

Pero, por favor, contrapongan ustedes mis argumentos particulares con los  anti-cristianos, y decidan en consecuencia. Los puntos principales que he intentado demostrar son,                        la corrupción del hombre, la flaqueza de la Razón;  y la necesidad, acaso, de una  nueva Revelación…

Esta conferencia, muy ambiciosa en su concepto, aunque modesta en su desarrollo, escrita en diversos tiempos, y con distintos humores, no ofrece, desde luego, un cuerpo de doctrina.  Es más, si tuviera que empezar a escribirla, confieso que no me atrevería.

Sin embargo, las posibles pruebas que confirmarían mis propuestas, darían un amplio campo a la meditación del juicio y a la amenidad del ingenio. Si por suerte algún día cayeran en mentes más talentosas que la mía, se verían probadas, a mi parecer, la libertad del hombre y la necesidad de que en sus obras haya moralidad intrínseca, así como la inmortalidad del alma, puntos sobre los que versan principalmente las controversias de los sofistas.

En fin, creo que resulta tanteada, hasta donde mis posibilidades lo han permitido, lo que sería gran merced de una nueva Revelación, porque si ésta tuviera lugar, no quedaría el menor refugio a los sofistas para seguir opinando que los dogmas del Cristianismo son contrarios a la Razón. 

Por Juan Antonio Cansinos

on Monday, February 18, 2013
"Abandonar puede tener justificación; abandonarse jamás".
Fotografía de Rafa Llano
Cuando D. Guillermo Trebín me honró pidiéndome que pronunciase una conferencia en los cada vez más afamados “Lunes de Ginzo”, acepté por supuesto, ilusionado como tantas otras veces, y elegí algo que tuviera interés general. Dado que tenía la oportunidad de dirigirme a ustedes, no iba a desaprovecharla dándoles un discurso sobre el Raciocinio, por ejemplo. Consideré que eso sería perder el tiempo, ya que explicarles una materia tan compleja, requeriría todo un curso y no una conferencia de 50 minutos.  Otra opción hubiera sido dar lo que se denomina una charla divulgativa, es decir, “algo” que intentara hacerle creer a ustedes, personas formadas y con experiencia, que  ya entienden de algo más que realmente no entienden, satisfaciendo así lo que considero uno de las más bajas pretensiones de la gente moderna, es decir, una curiosidad superficial acerca de los  nuevos conocimientos.

Rechacé, pues, ambas alternativas y decidí hablarles sobre un asunto que es esencial para todos, con la esperanza de que ello les ayude a aclarar sus ideas acerca del mismo, incluso en el caso de que estén en total desacuerdo con lo que yo vaya a decirles, por lo que, como se decía antiguamente, cuento con su comprensión y benevolencia.

Los estrés –que ya saben ustedes de que se trata - y las “estenias”, que son los cansancios corporales y mentales de cualquier tipo, constituyen los burladeros recurrentes de este tiempo, en los que siempre nos refugiamos. Pero lo cierto es que este mundo, empeñado en crear un ambiente confortable es, muy por el contrario, un mundo que cansa. Y téngase en cuenta que el cansancio moderno de la vida es mucho más que la adición de los cansancios físicos que nos cansan, como iremos viendo.

En un momento, demasiado largo ya, culturalmente triste y oscuro como el que vivimos para nuestra infelicidad; en pleno ocaso de ideologías, de falta de creencias trascendentales y de valores religiosos. En una etapa como ésta de auténtica incertidumbre, no se debe minimizar o subestimar el moderno cansancio de la vida que afecta a mucha gente, porque tal cansancio es el resultado consecuente y lógico de las  citadas carencias.

Cuando ese cansancio, no es temporal sino que dura una temporada relativamente larga,  de quince días por ejemplo, es preciso reponer fuerzas para sumergirse en otro ciclo con nuevos impulsos; para ello, tenemos que planificar días de reposo y sosiego, llenándolos de tranquilidad y equilibrio.

En estos tiempos que nos han tocado, hablamos demasiado y ostentosamente de “calidad de vida” en un sistema de bienestar; pero cada vez vivimos más angustiados y desengañados de casi todo. Y eso es debido a que muchas de las necesidades que nos creamos no son otra cosa que intensos pero sólo aparentes deseos. Las actuales prisas, son como corchetes o “esposas” que nos aprisionan, y el alma se arruga ante tanta precipitación sin sentido. ¿Por qué y para qué tanta prisa?, tendríamos que preguntarnos.  Yo reconozco que, hasta hace pocos años,  también corría sin saber bien hacia donde, de alucinación en alucinación, en una carrera errática y fatigosa.

Pero, si lo pensamos bien, admitiremos que desconocemos muchas cosas importantes de la vida, porque no nos detenemos lo suficiente en ellas. ¡Cansados de la vida! participamos en la maratón de una existencia verdaderamente agotadora. Y olvidamos con frecuencia que saber vivir, no es ni mucho menos, una cuestión fácilmente hacedera. Como dijo Juan Ramón Jiménez, cargado de la poesía que llevaba en sus entrañas: “Saber vivir es respirar a fondo  para descubrir, al fin, el perfume.”

La fatiga que produce el cansancio moderno de la vida, no se refiere a nada en concreto.   Su alusión es muy imprecisa, ya que describe a la vida como totalidad, como proyecto.  Sin embargo, les diré que el examen de ese estado de ánimo, demanda, para ser superado, tres cosas fundamentales, a mi modo de pensar:

1) Buscar su porqué (Etología).
2) Describir lo que el sujeto experimenta interiormente (Vivencía) y,
3): Diseñar un plan que permita salir de dicho estado de ánimo (Terapia).

Repito: etología, vivencia y terapia.

Hace unos treinta años, existía evidente desigualdad entre los recursos financieros disponibles y los proyectos a realizar. Éstos eran mucho más numerosos que aquéllos.  Ahora, por el contrario,  y pese a la crisis, tenemos al menos en el llamado “primer mundo”, y hasta en España, numerosos recursos, pero apenas disponemos de planes para aplicarlo. Pensemos en la escolaridad que en nuestro país es forzosa. De modo que, cuando los niños nacen, después de haber ido a una guardería, tiene que ir a una escuela, y luego, a otra;  así, hasta los 14 años, y todo ello, exigido e impuesto por ley, y eso, naturalmente, origina el cansancio moderno de la vida que tanto nos preocupa. Yo diría más, diría que es la raíz del cansancio de la vida más frecuente en nuestro tiempo.

La tan añorada libertad humana, consiste básicamente en hacer algo que tú deseas libremente; por ejemplo, lo que yo estoy haciendo ahora aquí es dictar una conferencia sobre “El moderno cansancio de la vida”, y puedo, darla o no darla, y hasta si no se me ocurran más que tonterías, que es bastante posible; yo renunciaría y sería una conferencia frustrada desde el principio. Pero mi proyecto inicial estaba  bien determinado: se trataba de concebirla, escribirla y exponerla, lo mejor que fuese posible dentro de mis cualidades y características.

En tal caso de abandono, amigos, sólo nos quedaría el automatismo, que es una forma de actuar sin decisión previa sino repetida. Por ejemplo, el hombre moderno que dispone de recursos económicos, tiene que ir los fines de semana a su casa de la sierra, cuidar el jardín, vigilar que no salgan goteras, realizar alguna pequeña reparación de urgencia, etc. Y a eso le llamamos, modernamente, disfrutar del tiempo libre, ¡qué sarcasmo!.

Pregúntense ustedes cuantas veces al día, aun estando ya jubilados, dicen “tengo que hacer” tal o cual cosa. Incluso las tareas que más nos apetecen, decimos que tenemos que hacerlas. Es el mecanismo perverso de la anticipación… Hay en cartel una obra de teatro que deseamos ver sin falta, pero hay que sacar las entradas 15 ó 20 días antes. Yo quiero ir a verla hoy, día 6, pero no quedan localidades hasta el 25, y yo no sé si tendré ganas de ir al teatro el día 25.  Esta es la forma que impone la vida moderna, aun disponiendo de recursos; ¡ y no estoy inventando nada!.

Ortega nos enseñó que el hombre es futurizo. Y el sufijo “izo” (en estas cuestiones lingüísticas me siento bastante cómodo) en español, quiere decir que está “orientado a”, “proyectado a”. Así decimos que el suelo está resbaladizo, cuando resbala, que alguien es “olvidadizo” cuando olvida fácilmente, “enamoradizo” cuando se enamora muchas veces.  O que es un lugar fronterizo el que está próximo a la frontera. Pues bien, el hombre es “futurizo”, porque está proyectado hacia el futuro.

Señoras y señores, estamos ahora aquí y en este momento ustedes acaso estén pensando que ¿cuándo terminará este “rollo”? y qué van a hacer luego, y mañana, y hasta que lleguen las vacaciones de Semana Santa que son las más inmediatas. Y el ensueño queda cohibido por otros proyectos que no son los suyos, pero que no han tenido más remedio que aceptar. Lo que quiero decir llanamente es que la causa más radical del cansancio moderno de la vida, es la mutilación de la actividad proyectiva de la que venimos hablando.

En cualquier caso, resulta imprescindible, penetrar en el tema de la vida para situarnos. Y ¿Qué es la vida?, Ortega nos dice en su famosa “Historia como sistema” que la vida es “la realidad radical” porque a ella han de referirse todas y cada una de las cosas que nos rodean.

En los últimos quince o veinte años, utilizamos un lenguaje cada vez más rimbombante y se habla mucho, ostentosa y pomposamente, de la filosofía de la vida humana. Y es que, en realidad, nuestra vida está constituida por una mezcla de muy diversos componentes con los que el ser humano tiene que jugársela a diario. Por eso, resulta más exacto, hablar de  mi vida como la obligación primordial que tiene el hombre. (Cuando digo “mi vida”, me refiero también, por supuesto, a la singular y particular vida de cada uno de ustedes).

Cuando alguien dice "Mi vida", coinciden especialistas y pensadores, se refiere a lo que lo que ustedes son, a lo que ustedes hacen, a la situación en que cada uno se encuentra y “su circunstancia” (“yo soy yo y mi circunstancia” que nos dictó Ortega y Gasset). Si la filosofía sirve para algo, que evidentemente “sí que sirve”, es para iluminar la vida de cada uno, para emplazarla lo mejor posible. Porque toda filosofía, amigos, es meditación de la vida.

Resumiré esta cuestión que se me antoja fundamental: Mi vida, la de cada uno de ustedes,  y la de todos los seres humanos, tiene dos aspectos fundamentales, que yo llamo “las dos pes”: Personalidad y Proyecto. Y la plataforma sobre el que ambos conceptos se apoyan, resulta ser la auténtica realidad de cada uno. La que el maestro Ortega llama “la realidad radical”.

Una frase de la calle –nunca olvidemos que el lenguaje lo crea el pueblo llano- lo refleja cabalmente. La frase es: “yo hago mi vida”. Y así es, en efecto, porque a través de "su vida" es como  cada uno va diseñando su personalidad y su proyecto concretos.

¿Están ustedes cansados de estar cansados?. ¿Atraviesan un periodo de misterioso cansancio?. ¿Están ustedes hartos de quejarse de lo cansados que están?. Me parece, señores, que se encuentran en plena crisis de cansancio vital. Pero no se preocupen que no se trata de ninguna enfermedad letal, aunque, eso sí, es sumamente contagiosa. Las causas de tal fenómeno se encuentran, sobre todo, en la excesiva exigencia a que sometemos a nuestra mente y nuestro cuerpo, durante  el moderno vivir cotidiano.

La sociedad cambia a una velocidad vertiginosa, los adelantos tecnológicos nos abruman, y la cantidad de información que recibimos diariamente es gigantesca. Y a todo eso hemos de añadir nuestro particular ritmo de vida, las compras, el control de las facturas, la familia y sus múltiples demandas, los amigos, el ocio, la formación, y las señoras, además, las inacabables tareas domésticas.

Por cierto, una de las cosas que nos produce mayor cansancio es la disputa con los reveses y las frustraciones que la vida comporta. Claro que para intentar algo medianamente grande hay que dejarse la piel, como suele decirse. Mas sentirse angustiado, sólo debiera ocurrir en casos de catástrofes, o sucesos realmente graves, no de dificultades o males sin  importancia por más que nos empeñemos en dramatizarlos…

En cualquier caso, deberíamos valorar con equidad, justicia e imparcialidad, tanto los hechos negativos como los positivos, para concluir con un balance ecuánime que no fuese ni triunfalista, ni derrotista.

Pero creo que me estoy desviando de mi intentona que no es otra que estudiar las vivencias del individuo moderno cansado de la vida. Porque hay que admitir que esa sensación de aburrimiento y hastío, está cada vez más extendida y ha calado hondo en todos nosotros, jóvenes y viejos, incluso quizás más en el mocerío, porque se observa hoy, en la juventud, un complejo cóctel de desgana, apatía y dejadez. Da la impresión, muy posiblemente acertada, de que el hombre y la mujer actuales hacen todo con tan “excesivo esfuerzo” que, al cansarse tanto, terminan haciéndose vagosLa personalidad humana se ha teñido modernamente de un regusto apático donde se ponen en fila el desaliento, la pereza, el pesimismo, el desánimo, la melancolía, y qué se yo cuántas cosas más, que  hacen, dicho en pocas palabras, que nos sintamos impotentes ante la vida.

Pero lo que mejor radiografía el cansancio actual de la vida, es la falta de ilusión y el desencanto. El humano, admitámoslo, se ha vuelto enfermizo, y algo brumoso, como envuelto en la tonalidad gris de una tarde tormentosa. Y todo ello, revestido de una desesperación que culmina en una fase en la que la personalidad corre gran peligro, porque el tema que sobrevuela en el fondo de tal vivencia es, ni más ni menos, que la amenaza del propósito personal, de nuestro proyecto personal.

Se ha generado la  verdadera y gran crisis, de la que tanto se habla y que todos padecemos en una u otra medida, por la pérdida de ilusiones en los objetivos propios y, también, no hay que negarlo, por errores de estrategia que nos vienen desde arriba por una mala gestión de los gobiernos. De esa forma, nuestro proyecto se ha desdibujado, y al perder sus líneas básicas, se ha tornado equívoco y borroso. Por eso, me parece, asumimos más de cinco millones de parados –cada uno con su particular tragedia- y más del 45% de desempleo entre los jóvenes. Y claro, no concebimos, ni entendemos lo que nos pasa, porque estamos ciertamente abrumados. Y ese hombre, o esa mujer, ustedes, yo, o cualquier otro, empieza literalmente  a hundirse.

Creo que, hasta donde yo he sabido explicarlo, va quedando claro lo qué es el cansancio reciente de la vida. Pero debo insistir en que ese “cansancio” incide en el quehacer diario del individuo y de la sociedad; en el equilibrio personal y social; reincide en la economía, en la productividad; y en la vida toda, porque todo lo hemos simplificado metiéndolo en el “capacho de la crisis”.

El ser humano, hay que asumirlo, se  ha convertido en el cliente universal de la sociedad de consumo, además, es un usuario manipulado por una técnica que le desborda, todo ello, dentro de en un mundo desencantado. El peso de su propia aparente libertad, se le hace insoportable y termina no sólo cansado, sino también aturdido. El habitante de la gran ciudad, parece solitario entre la multitud, harto de prisas, máquinas, ruidos, ordenanzas y contaminación, y termina atosigado por el cambio de todas las cosas a un ritmo vertiginoso. Esa persona, ustedes, yo, o cualquier otra, a quienes nos sobran, al menos relativamente, los medios, no sabemos cuales son nuestros fines. Dicho de otro modo, el hombre moderno dispone de caña y señuelo, pero no sabe para qué sirven.

La situación es gravísima, señores, y lo es porque la técnica, y la celeridad de los cambios, por primera vez en la historia, pueden hacer del ser humano una masa anónima y despersonalizada. Pueden, incluso –y no trato de dramatizar- destruir a la humanidad.

En su “Discurso preliminar de Zaratrusta”, Nietzche escribió unas palabras que viene bien recordar en este momento: Os muestro - dijo- al último hombre. La tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella se mueven a saltitos los últimos hombres. Hemos inventado la felicidad –dicen los insensatos -. La enfermedad y la desconfianza se les antoja pecado grave que hay que evitar a toda costa..."

Por cierto, el loco del Zaratustra de Nietzsche, iba de aquí para allá con un farol en la mano preguntando si alguien sabía que habíamos matado a Dios, mientras la gente se preguntaba de qué hablaba, pudiera haber pasado hace 2000 años, que alguien, otro loco, hubiera ido por ahí pregonando que Dios ha resucitado, y la gente le miraría con la misma cara, para quizá unos siglos después llegar a la conclusión de que ha llegado el tiempo de abandonar este "cansancio", este "pesimismo", esta "soledad", para empezar a vivir de nuevo con otro talante y  otros valores.

He trascrito esa cita del genial Nietzche, porque me parece reveladora de lo que le está pasando a nuestra sociedad. La filosofía de la Sociedad de Consumo, todavía injustamente llamada del bienestar, es la de esos “últimos hombres”. Se trata de vivir sin problemas, con salud y felicidad; vegetar todo lo posible y, sobre todo, buscar el placer a cambio del mínimo esfuerzo. El símbolo del ordenador, en el que basta apretar un botoncito para disfrutar de paraísos virtuales, es el mejor exponente de  este despreocupado e incoherente tiempo.

Esta Sociedad conduce, como Nietzche dijo sabiamente, a una generación de “últimos hombres”. Y eso sólo podría evitarse de verdad, rompiendo esa estructura, o, lo que es lo mismo, negando la vida del día a día.

Tan claro está lo del cansancio físico por la apresurada vida que llevamos, que yo lo llamaría más que el “cansancio de la vida” la vida del cansancio... Basta mirar por la calle para ver cientos de personas fatigadas, pero no físicamente, sino cansadas de la vida. Y lo peor es que también sufrimos un agotamiento existencial, que se muestra por el abandono de proyectos creadores, ante la inexcusable búsqueda del consumo por el consumo y de tiempo libre. Y aquí ya empezamos a encontrar numerosas contradicciones. Verán ustedes: Ni el salvaje, ni el santo, ni el rebelde sin causa, se cansan de la vida. Y es que para que ocurra eso, el hombre necesita una cierta preparación cultural que permita reflexionar sobre el sistema de valores. Por eso, tal “cansancio” ataca más a la juventud universitaria que, en esta época de dilatada crisis económica, se encuentra desesperanzada por no conseguir trabajo para el que se han preparado ilusionadamente durante años.

Por otra parte, vivimos en núcleos urbanos diseñados por una técnica a la que idolatramos como si fuera una diosa. Lo malo es que la Sociedad debe someterse  a la dirección de esa nueva casta especializada en saberes técnicos que son los tecnócratas. Pero ellos, al igual que el salvaje, el santo o el rebelde sin causa, tampoco nos resuelven excesivo. Se han alcanzado espectaculares éxitos, desde los cohetes interplanetarios a los superordenadores; pero para los problemas emocionales, la técnica cuenta más bien poco. La técnica no nos explica como reducir la violencia generalizada, ni interviene en los simples, pero cada vez más frecuentes, procesos de separación matrimonial y otros desajustes familiares. Y, por desgracia, el individuo normal no puede reparar sus muchos problemas domésticos con el éxito técnico de la llegada a la Luna. Al menos, de momento...

Todo esto, señoras y señores, si ustedes lo piensan bien, se  fundamenta  en lo que Ortega llamó el “hombre masa”. (La edición 1ª de “La Rebelión de las Masas” data de 1937, aunque fue escrita en 1928.) Vivíamos por aquellos años, en un mundo en el que la Sociedad incrustaba al individuo en el conformismo de la masa anónima. Y, lo peor del caso, es que, para nuestro infortunio,  seguimos habitando en ese mismo mundo.

En las primeras décadas del pasado siglo XX, la multitud se concentró, en efecto, en las ciudades, y empezó a ser considerada “masa”. Ortega y Gasset diría que: “El hombre masa es el que no quiere distinguirse y se siente muy a gusto sabiéndose igual que los demás”.   Sería, pienso yo con la timidez propia del que no sabe lo bastante, un tipo de individuo dirigido por otros, frente al dirigido por sí mismo propio de la época liberal, o al dirigido por la tradición, propio  de la época del medievo.

Pero la verdad es que en las clases más liberales y cultivadas, las cosas se producen de modo muy diferente. Dedicaré a comentarlo apenas un minuto: hemos de defendernos de las interferencias que alteran nuestra singular vida, sobre todo de Internet –del que hablaré en otra oportunidad, ahora ni tenemos tiempo, ni resultaría coherente-  y de la Televisión; en ésta evitaremos caer en un ciclo de programas alimentados por falsos “affaires” que, en realidad, no nos interesan en absoluto. Pero, reconozco que es muy difícil, conseguir “aislarse” del mundanal ruido.

Hoy nos encontramos con una sociedad post industrial que ha acelerado muy mucho el cambio social. Una sociedad en la que se engrandece demasiado el grado de “urbanismo” y donde se hace obligatoria una adaptación a sus múltiples transformaciones. Sabemos que el elemento clave para conseguir tal armonía es la educación. Pero existe otro, que ya no les parecerá tan indiscutible. Me refiero a la publicidad. Alienante, desde luego, pero necesaria. Ustedes podrán pensar, con acierto, que la publicidad, genera situaciones de conformismo. Y tendrán razón, pero también provocan otras de clara desobediencia.

En efecto, algunas personas pueden ser inducidas al lloriqueo por un serial  televisivo; pero también es posible que otras se vean incitadas a una noble reflexión social. Alguien puede ser llevado a un excesivo consumo alcohólico por la publicidad; pero también puede serlo a un mejor  comportamiento  cívico, por otra publicidad distinta. Nos encontramos, como tantas veces, ante las dos caras de una misma moneda. Pero la realidad actual nos muestra que seguimos sometidos a una manipulación que conlleva, aunque parezca contradictorio, que nuestra propia vida, nos la vivan otros...

Después de la descomunal exigencia a que sometemos nuestro organismo, necesitamos restaurar nuevos impulsos. Pero de forma muy diferente a como lo hacemos con el cansancio al que estamos ya habituados, que es el provocado por un esfuerzo principalmente físico, (por ejemplo,  por la práctica deportiva), y nuestro nuevo cansancio no sigue, en absoluto, el mismo patrón para ser eliminado. Por eso, nos desconcierta y nos frustra estar cansados y no entender el porqué. Y claro, si nos frustra no entenderlo, es porque hemos tratado de comprenderlo previamente.

Nos preguntamos una y mil veces: ¿por qué estoy tan cansado?, y no acertamos  con una respuesta que tranquilice a nuestra mente que todo lo quiere comprender para estar tranquila. Y así, corremos el riesgo de quedarnos anclados en una fase de intentar comprender, cuando lo cierto es que entender nuestra situación tampoco sería la solución.

Al mismo tiempo, la mecanización y la globalización, han conquistado tanto poder para organizar el “tiempo libre” de las personas, que es incesante la fabricación de productos cuya finalidad es sólo distraer; hasta el extremo de que el supuesto placer termina en aburrimiento, pues para que siga siendo placer, los ejecutores tienen buen cuidado en que su uso no suponga ningún esfuerzo... Se trata de que el usuario trabaje sin el mínimo esfuerzo intelectual.

Si yo les preguntase, así de repente, ¿Qué hay que hacer para dejar de estar cansados?.   Seguro que responderían, casi unánimemente, que descansar. Y eso es lo solemos hacer: descansar, pero aplicamos la lógica del cansancio del deporte a un problema bien diferente. Y el resultado es que, cuanto más tiempo pasamos en el sofá sin hacer nada, más cansados parecemos sentimos. Porque el cansancio de la vida, requiere, es cierto, una dosis de descanso físico; pero lo que está reclamando a gritos, es un cambio de ritmo de vida y, sobre todo, un endiosado replanteamiento de hacia dónde va nuestra vida. Yo creo que existen otras soluciones, y están en los libros especializados. Pero ni yo tengo suficiente talento para comprenderlas, ni creo que sean accesibles para un público no técnico en tan complicada materia.

Por eso, como remedio alternativo al desaliento que  nos acosa,  a mi se me ocurre un remedio bien sencillo, aunque pueda parecer pueril: la relectura. La relectura nos hace volver a vivir con un sesgo diferente, porque Releer significa amar de nuevo. Y nunca es el mismo libro, por la sencilla razón de que tampoco nosotros somos ya iguales a nosotros mlsmos. Porque descubrimos nuevas emociones en la intimidad del texto, y porque llega un momento, en que no damos tanta importancia al argumento, y nos fijamos más en los pequeños detalles.

Esos detalles que nos permiten seguir el rastro de la emoción y la  esencia  de la belleza.  Los libros útiles deben volver a ser releídos, ya que presentan nuevas etapas, no sólo a cada lector, sino a cada siglo, incluso a la distinta edad de cada individuo.

Ya sé que, con los años releemos más, no sólo porque hemos aprendido a apreciar lo que mayor valor atesora. Releemos más porque hay que aprovechar cada minuto, y no dilapidar el gozo que nos ofrece la luz de cada mañana, o el agradable olor a tierra mojada que produjo el rocío. Pero hay que volver a releer El Quijote, desde luego, La montaña mágica de Thomas Mann. Anna Karenina de Tolstoi, o, como homenaje a nuestro glorioso Miguel Delibes, cualquiera de los libros de su abundante obra, dado que todos contienen acotaciones de nuestra propia vida.

La tensión que vivimos es histórica. Quizás ni siquiera las guerras de antaño producían tanto miedo como el que actualmente padece la mayoría de los ciudadanos españoles. No sólo sienten turbación los que no tienen empleo: quienes lo conservan y pueden afortunadamente seguir adelante –cada vez más asfixiados por las subidas de precios y los recortes– están aterrados por el ambiente de angustia que nos rodea. No gastan, no protestan, no se mueven. Inmersos como están (estamos) en una economía casi de guerra,  donde la consigna es no consumir ni gastar nada inútilmente, aunque ello suponga consumirnos a nosotros mismos. Las noticias nos perturban tanto, que el mundo “se acaba” cada día.

A modo de resumen, de estas 4400 palabras, diré que la mayoría de las causas del cansancio de la vida no son específicas, se presentan muchos orígenes a lo largo del tiempo, y nuestra fantasía no está preparada para su completo estudio. Además, comprender dichas causas tampoco nos solucionaría demasiado. Lo que nos pide la vida en esta situación, es un replanteamiento profundo de  lo que estamos haciendo con nuestra vida, y cubrir las lagunas que tengamos en áreas importantes para sentirnos más comprometidos con nuestro vivir diario, y marcar límites a las exigencias de esta vida moderna que cada vez se muestra más materialista y menos humana.

Antes de terminar, voy a contarles una anécdota, absolutamente verídica, del filósofo y poeta francés, Paul Valery, que era muy despreocupado” y no le prestaba atención a su imagen). Cierto día, se le acercó una joven periodista que le dijo:

- Su aspecto, Sr. Valery, no hace pensar que usted sea un elegido por las musas.
– “Tiene usted razón, señorita” - replicó   Valery en voz baja y con tono misterioso,
– “Es que yo soy de la poesía secreta”.

Y así, algo precipitado como la modernidad exige, y por ser también “de la secreta”, doy por terminada esta conferencia que espero les haya  interesado. Al fin y al cabo, ese era mi objetivo. En pocos minutos, comenzará el debate en el que ustedes pasan a ser los protagonistas, y en el que confío que sean indulgentes con este pobre charlista.

Por Juan Antonio Cansinos
Conferencia impartida el 6 de febrero de 2012