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on Friday, March 29, 2013
Había pasado más de una hora lluviosa desde que el humo blanco anunciara la buena nueva. La Plaza de San Pedro era un hervidero de paraguas multicolores bajo los que aguardaban los rostros esperanzados de cientos de seres humanos que alzaban los ojos, impacientes por ver abrirse las puertas del balcón por el que haría su aparición el nuevo Obispo de Roma y Guía espiritual de la Iglesia Católica.

Curiosamente todos los rostros parecían contentos a pesar de desconocer quién iba a calzar, a partir de ahora, las sandalias del Pescador. En verdad pensé, ésta no es una elección al uso. La mayoría de los presentes habría sido bautizada, pero muchos de ellos a duras penas cumplirían con los Mandamientos de la Iglesia. Escasamente un puñado de los presentes conseguiría algún beneficio material fuera quien fuese el elegido; nadie de entre ellos habría podido votar a su candidato favorito; ninguno era conocedor de su programa de actuaciones; no habían visto su rostro repetido hasta la saciedad en los medios de comunicación ni habían escuchado sus promesas, y ni tan siquiera conocían a sus adversarios, si es que los tenía; no contaban por tanto con el menor dato orientativo que justificara su permanencia allí en medio de aquel gentío en esa tarde de perros, ni mucho menos era fácil de entender que todos ellos compartieran esa sensación de paz interior, de alegría compartida, de ilusión colegiada que se mascaba… pero allí estaban.

Como hace tiempo que he descubierto que hay pocas cosas tan breves como la vida misma, disfruto presenciando los acontecimientos trascendentes, únicos e irrepetibles, antes de que me los cuenten. Y me dirán ustedes, ¿irrepetible un cónclave? Pues sí,  porque aunque  ya han sido varios los que han tenido lugar durante mi paso por este mundo, en cada uno de ellos ha variado el paisaje y el paisanaje y, sobre todo, mi circunstancia y yo nunca hemos sido los mismos. Por tanto allí estaba ahora frente al televisor y mientras aguardaba, me entretenía en rodar mentalmente mi propia película en cinemascope y technicolor en la que veía a Jesús, con el que me había cruzado hacía apenas unos meses por las calles de Jerusalén, elaborando junto al Padre y al Espíritu -Misterio de misterios de nuestra fe- aquel primer cónclave en lo más profundo del corazón. ¿Por qué decidiría nombrar a Pedro, sabiendo que a las primeras de cambio le traicionaría? ¿En qué medida aceptarían los primeros cristianos el cambio de líder? ¿De qué manera conseguiría Dios que aquel puñado de pescadores y campesinos seguidores del Maestro fueran capaces de hacer germinar una semilla que no ha cesado de crecer, contra viento y marea y a pesar de todos los pesares, a lo largo y ancho de  más de dos mil años?…

En el siguiente plano fueron apareciendo, como en un fantasmagórico collage, posiblemente entresacado de las pinturas de los clásicos; de nuestra riquísima imaginería o de los filmes más o menos afortunados de las Semanas Santas de mi infancia, los rostros desdibujados de los cientos de pontífices que dejaron para bien, y en más de una triste ocasión para mal, su impronta en la historia terrenal y divina de la cristiandad. Cuando por fin mi imaginación descansaba del variopinto recorrido en la figura familiar y querida del Padre amigo Juan XXIII, un enorme griterío me sacó de mi ensimismamiento y lo primero que alcancé a escuchar fueron las palabras del anciano cardenal protodiácono francés: “Vocabor Franciscus”. Me había perdido todos los datos previos, pero los tres Franciscos; Javier, Borja y el Poverello me eran tan familiares como el pasillo de casa; había estado en Asís poco antes del fatídico terremoto, y la región de las Marcas tan cercana a Umbría me es tan querida como el Sansebas de mi alma. Así, mientras ese flash se hacía hueco en mi mente se asomó al balcón la figura nívea, serena, de apariencia sencilla e intrascendente del nuevo Papa que, según se aproximaban las cámaras, crecía en humanidad dejando asomar una sonrisa abierta sin ambages ni artificios, y volví a disfrutar en lo más profundo de mi alma de aquella sensación de cercanía de mi niñez, cuando las páginas de huecograbado de ABC exportaron desde Italia la sonrisa de Angelo Roncalli, aquella sonrisa que fue capaz de inundar de bondad y ternura los mejores años de nuestra vida. ¡No podía creer que aquello se había vuelto a producir una vez más!

Han ido pasando los días y he podido comprobar con una alegría hoy ya razonada, motivada y no por ello menos sentida que, en estos momentos en los que humana y materialmente somos tan deficitarios; en los que todo un sistema establecido parece venirse abajo; en los que el relativismo moral, el laicismo radical, y la debilidad de la fe, alejan a Europa de las raíces cristianas haciendo crujir los cimientos de una civilización que amenaza ruina, nos llega desde Argentina un hijo de emigrantes italianos que, huyendo de pompas y boatos y desafiando todos los estúpidos estándares establecidos, nos pide humildemente que recemos por él; abraza a propios y extraños, se honra con su pobreza, predica la alegría y el optimismo a los cuatro vientos y dedica su primera alocución a predicar la bondad y la fraternidad entre los hombres mientras que sin el menor empacho, pronuncia desde el primer púlpito del mundo ¡POR FIN! esa palabra de la que tantos tienen miedo o les provoca un pudor absurdo: TERNURA.

Estamos malacostumbrados a la prepotencia de quienes nos gobiernan en casa y en la ajena, a las predicas ex cátedra de todos esos que en muchos casos no pasan de  maestrillos ciruela. Nos abruma al excesivo buen concepto que de sí mismos tienen los políticos; los empresarios, los sindicatos, los divos de cualquier ramo, incluida la parte non sancta y reprobable de nuestra iglesia, empecinados todos en sus errores sin reconocer jamás que ninguno está en posesión de la verdad absoluta y que nadie de entre ellos podría arrojar la primera piedra. Así que resulta espectacular comprobar el éxito mundial que este mensaje humilde ha producido en tirios y troyanos. Sin duda éramos muchos, incluso sin ser conscientes de ello, los que estábamos sedientos de sencillez, de razón, de fe, de esperanza y de caridad, virtudes que en modo alguno están reñidas, sino todo lo contrario, con la capacidad, la espiritualidad, el buen hacer, la preparación, la profunda formación o el nivel de inteligencia de nuestro recién entronizado Pontífice.

Hoy que hasta las torres más altas han caído, yo estaba necesitada de esa bondad, como creo que lo están muchos de cuantos a mi lado, creyentes o ateos, andando como bola sin manija, sobrellevan un calvario provocado por otros en algarabía, y sufrido por ellos en silencio. El mundo precisaba de esta revolución pastoral que se anuncia ya en los primeros  gestos del Papa criollo, tendentes a procurar que los predicadores sigan los pasos de la figura evangélica de Cristo, no esperando a que las gentes entren en las iglesias sino saliendo a buscarlas por calles y plazas, como Él hiciera en Jerusalén, como Bergoglio repitiera en su Argentina natal,  pobre y entregado pero sereno y valiente.

Hoy entiendo con rara nitidez, la renuncia de nuestro Papa emérito así como el ”no tengáis miedo“ de Juan Pablo II con su mensaje de santidad, eucaristía, reconciliación, importancia de la gracia y anuncio de la palabra. Cobran otra dimensión los textos del sabio Papa emérito y se descubre el hilo de una madeja eficazmente tejida y devanada más allá de nuestro humano intelecto, y hasta comprendo la ironía del desastre de que no haya habido un solo acierto en los diferentes pronósticos leídos y escuchados sobre el perfil del que había de ser el nuevo Pontífice. Decididamente esta no es una elección al uso.

A estas alturas deben ser ya muy pocos los que ignoren la vida y milagros del Papa Francisco, que no será primero hasta que llegue el segundo. Ha habido una avalancha de información que conviene saborear despacio separando la paja del trigo. Comienzan a aparecer publicaciones de sus entrevistas más notables; sus frases más señaladas, su biografía pública y privada; sus filias y sus fobias.

Nos va, dejando pistas de su futura actuación tanto en sus palabras como en sus silencios. No es fácil olvidar su desprecio por el obispo infiel al que niega hasta el favor de una mirada, como no lo es, el respeto palmario por todos y cada uno de los miembros de la prensa que han cubierto su entronización, cuando casi solicita su permiso para ofrecerles su afecto y su oración interior por temor a herirlos, para no lastimarlos...

Dios escribe derecho en renglones torcidos. No sé de qué manera lo ha sabido pero el caso es que contra todo pronóstico, nos ha traído a Francisco quien, abriendo de par en par el balcón de su sonrisa, ha hecho que nos sintamos queridos y respetados, y que vuelvan a recobrar su auténtico sentido las benditas palabras del Padrenuestro, porque somos conscientes, maravillosamente  conscientes, de que no estamos huérfanos.

Por Elena Méndez-Leite

on Sunday, March 10, 2013
Herodes Atticus (101 - 177 d.C.)
El sofismo, dice que ninguna actuación puede ser considerada "buena ni "mala" en sí misma. Que todo depende de la "opinión" (dóxa) de los sujetos. Es moralmente bueno lo que a ellos les parece moralmente bueno, mas sólo durante el tiempo en que se lo parece. Y no existe –dicen- ninguna conducta que pueda ser considerada en sí mima censurable. Los primeros que ejercieron la profesión de sofistas, se limitaban a las letras y las ciencias humanas, pero dejaron al margen la religión. Se abstuvieron de disputar sobre cosas en que cualquier decisión pudiera conmover a la gente común del pueblo.                                                                

La palabra sophistes significaba maestro en sabiduría. Y como tales se presentaban, simulaban saber, de todo: astronomía, geometría, aritmética, música, pintura… Pero no buscaban la verdad, sino mostrar su apariencia de saber porque esta apariencia, les revestía de cierta autoridad. Enseñaban el “areté” para quedar a la altura de las circunstancias políticas de su época. La palabra areté, traducida generalmente como virtud, no tenía entonces las connotaciones morales que la virtud tiene ahora. “Areté” era "lo que es propio de". Y eso era el dominio de las palabras para ser capaces de persuadir a otros. De "Poder convertir en fuertes los argumentos más débiles", diría Protágoras que decía también que con las palabras se puede “tanto envenenar como embelesar”.

Pero su “arte de la persuasión” no estaba al servicio de la verdad sino de los intereses del que hablaba. A eso, los sofistas le llamaban "conducción de almas", Platón diría, más tarde, que realmente era "captura de almas”. Por cierto, el platonismo con su creencia en la inmortalidad del alma, fue una predicción del cristianismo. San Agustín dijo «Nadie se ha acercado tanto a nosotros». Los sofistas, decía yo, no eran filósofos tal como hoy se entiende el término, no creían que el humano fuese capaz de conocer una verdad que resultara válida para todos. Cada quien tiene "su" verdad -enseñaban-. Pero su arrogancia no era tan ciega como para aventurarse al peligro de tener que beber la cicuta por la osadía de mantener una opinión contra la creencia de las mayorías. No olvidaban que, por ese motivo, Sócrates tuvo que hacerlo porque el magno ateniense dio en oponerse a las supersticiones con que las personas trastornaban el culto que se daba a los dioses.

Yo no sé si nuestros tiempos habrán dado de sí alguien asimilable por talento a aquellos Sócrates, Platón y Aristóteles, pero me parece que no. Los Sofistas sí, ellos se otorgaban a sí mismos la categoría de Sócrates o Platones modernos. Para esos “filósofos”, entre comillas y con minúscula, no existían diferencias entre Mahoma, Jesucristo, Confucio o Moisés. Toda religión, decían, es pura invención política, todo es superstición. Lo que a mí sí me consta, es que las instituciones civiles y los estados, han hecho degenerar al hombre de su propio ser natural. Y sé, por la simple experiencia de mis ya muchos años, que los poderosos constituyen una especie de clan con pocos escrúpulos que pretenden imponer una forma de esclavitud generalizada. Pero nada menos que Voltaire, un personaje nada beatífico, nos dijo que "es ignorancia supina creer que el alma humana puede ser sólo materia". Si los sofistas se contentaran con profesar la religión que eligiesen, sin meterse a reformadores del mundo, entonces, tal vez, Dios juzgaría su causa. Y es que, en ocasiones,  el talento, y aun la ciencia, se limitan a la ostentación. Los decretos morales, resumidos en cuerpos científicos, deberían moderar las costumbres para gobernar a los pueblos, y para que el hombre lograse en este mundo la felicidad. Pero esos decretos amontonados en el cerebro de los sofistas, servían sólo  para conseguir autoridad y renombre entre un puñado de literatos de la misma cuerda. Y lo que más sorprende en el proceder de ciertos nuevos maestrillos de opiniones envejecidas, es la insolencia con que acometen a los defensores de la religión, siendo ellos, como son, tan obstinados en defender sus opiniones.

La Filosofía es una ciencia excelsa que enseña humanidad, moderación y honestidad. Pero ni aun la verdadera concede privilegios especiales a esos maestrillos, para maltratar a los que quieran defender sus voluntariamente elegidas doctrinas. Y ellos, refugiados en el carnet de “filósofos de guardia”, lanzan mordaces sátiras contra el clero y los propios fieles.  Les concedemos todas las ventajas que ha logrado el género humano, por los simples “inventos filosóficos” de sus dos o tres poetas, y de una veintena de verdaderos intelectuales,  que ejercen la facultad de hablar o escribir mal de todos, sin que nadie intente defenderse de sus chismes y habladurías, porque cualquier tipo de defensa, sería calificada por ellos de fanatismo.

Sus esfuerzos supuestamente intelectuales, sus exclamaciones más mímicas que verbales, y su actitud ante el prójimo, intentan hacer creer a los demás, que todas las religiones del mundo son una en sí. Señores, hemos nacido en un tiempo en el que los filósofos ya no nos engañan, ni se contradicen. El Raciocinio y la reflexión han logrado ya la certeza que echaban de menos los antiguos que se ejercitaban en averiguar el por qué de las cosas. Y es que los Sócrates, los Platones, los Aristóteles, y otros genios de la antigüedad griega, que dieron principio a la formación de las letras y las ciencias, no acabaron de encontrar la Verdad. Aquellos sabios que conocieron la falsedad de la mayor parte de las religiones que dominaban entonces el mundo, no pudieron substituirla por un conocimiento más exacto de lo que era la auténtica Divinidad. Y es que acaso, el conocimiento de la Razón humana estaba reservado para el siglo XX. Pero pienso que si sólo la Razón es suficiente para que el hombre sea religioso según la intención de su Creador, necesariamente habrá de enseñar a todos los hombres un mismo dogma puesto que la verdad es sólo una. Por eso, la filosofía moderna intentó forjar una nueva concepción del mundo y de la sociedad y, aunque en principio, no prescindió de la influencia religiosa, reclamó la resolución de los problemas mediante la libertad de razonamiento. Abandonó gradualmente las verdades absolutas, intentando sustituir lo divino por lo humano, y resolvió zanjar la polémica entre la fe y la razón en favor de esta última. La nueva filosofía contribuyó a la liberación de la individualidad; y esta contribución fue simultánea a la lucha por la liberación de los grupos nacionales que pugnaban por quebrar el imperialismo medieval. Por eso, aunque sólo de algún modo, la filosofía moderna se vincula al surgimiento de los nacionalismos. Otro semblante del pensamiento moderno es el intento de acercar la filosofía y la ciencia. En esa época comenzaron a estructurarse las ciencias naturales, entendidas como un sistema de conocimientos rigurosamente clasificado y verificado. Y el pensamiento moderno acabó convirtiendo a la filosofía en colaboradora de la ciencia. A partir de ese momento, fue  frecuente que una misma persona reuniera la doble condición de científico y filósofo. Galileo y Newton son  buenos ejemplos de ese importante cambio.

La filosofía moderna se  suele dividir en cuatro periodos: el Renacimiento, el Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración. Hacia 1350 surge una crisis social debido a las epidemias de peste: las gentes se refugian en los burgos y se produce una concentración de la población. Se paraliza la agricultura debido a la disminución de mano de obra, debido a las epidemias, por un lado, y a las migraciones, por otro.

Ante tal situación, el régimen feudal (que se basaba en un compromiso entre el señor y el vasallo por el cuál éste le trabaja la tierra y el señor le defendía, decae tanto que el feudal se ve obligado a comprar la mano de obra. Así surgió, señores, la burguesía, un concepto que, en principio, se refería a los habitantes de las ciudades llegados del campo, pero que pasó a designar una nueva clase social que, frente a la aristocracia, descubre que la fuente de riqueza es el trabajo, y lo hace con la afirmación de que “el hombre vale lo que produce”. También las naciones modernas surgen con la burguesía, realmente son un fenómeno burgués, porque el poder de los reyes fue creciendo en las ciudades, estando las monarquías amparadas por el capital burgués. La transformación del poder y el régimen feudal monárquico aportó como consecuencia la unificación de las leyes, que hasta entonces eran múltiples y variadas. Por cierto, Marx considera que es en esa época es cuando surge el capitalismo.

Si reuniésemos  a todos los filósofos y  les preguntáramos sobre cada uno de los puntos que aquí tratamos, yo les adelanto que no coincidirían en sus decisiones. Para demostrarlo, haré un experimento sobre la marcha: someterme a las enseñanzas de los Filósofos con mayúsculas, ya que uno ha nacido para someterse a un orden acomodado. Pero ¿Cuál es ese orden? Unos me dirán que la regla a seguir es el interés personal;  otros, que hay que obedecer el impulso de las pasiones. Aquél que me acomode a la ordenación general.  Alguno opinará que tenemos alma y otros que no. Incluso habrá quien diga que no se sabe si la tenemos, o que importa poco que la tengamos.

Continuamente leo las palabras Optimismo, Materialismo, Fatalismo, y otros tantos “ismos” que me hacen ir de aquí para allá, sin saber  a qué atenerme.  En cualquier caso, la felicidad humana ni puede, ni debe estribar en opiniones porque, de lo contrario, ya no sería felicidad sino congoja, y angustia.

Poco nos importa a los hombres comunes  no saber qué son los púlsares (estrellas con neutrón altamente magnetizado) o resolver una ecuación cuántica, porque ni una ni otra cosa contiene el resultado de la humanidad. Pero sí nos  importa mucho, saber cómo debemos actuar, hacia dónde dirigir éticamente nuestros pasos, y conocer qué objeto tienen nuestras acciones, porque si lo ignoramos, nunca acertaremos a cumplir con el orden establecido para nuestra propia naturaleza.

Si leemos a Karl Raimund Popper (Viena 1902/ Londres 1994), filósofo, sociólogo y teórico de la ciencia.) Leyendo, digo, en Popper los fundamentos del Optimismo, encontraremos las mismas razones que aducían los antiguos platónicos. Si estudiamos a Claude-Adrien Helvétius (París, 1715 / Versalles 1771)(su apellido puede españolizarse y escribirse "Helvecio”), observo cómo se fatiga en hacerme creer, que no hay otra virtud en los hombres que el interés, aunque Protágoras le arrebata la gloria de haber sido el primero en decir  tal absurdo.

En los Estoicos, encuentro al mismo tiempo el fatalismo y el materialismo.  Y en los Epicúreos descubro la inutilidad de la Providencia.  Claro que ya dijo Aristóteles que “Los tiempos pasados son regularmente la imagen de los venideros”, y lo estamos comprobando, pasarán siglos y la Imaginación, en el estado de estancamiento en que hoy se halla, no enseñará a los venideros más que lo que enseñó tres mil años atrás a los Egipcios, los Caldeos y los Griegos. Porque siempre habrá Optimistas, Fatalistas, Materialistas y otros “listos” y “listas” que harán ruido, porque siempre habrá personas que gusten de hacer ruido.

Entre los Hebreos hubo pocas sectas, porque su Revelación daba una idea de Dios más cierta y sublime que la que podría dar la razón de todos los hebreos juntos.  Ellos caminaban sin guía y buscaban cuanto podía sugerirles la débil luz de la razón;  inventaron todo lo inventable en estas materias. ¿Qué dejaron, pues, por hacer para sus posteriores?.  Yo creo que, simplemente, repetir un mecánico empleo de la verdad.

Voltaire, del que ya hemos hablado, que no era precisamente un beato, dijo que “Adorar a Dios y ser justo son las precisas obligaciones del hombre,  y que todo lo demás depende del arbitrio”. Pero ¿a qué Dios debemos adorar?, ¿Al de Epicuro, al de Espinosa, acaso al de Helvetio?. Otro importante pensador, el francés Montesquieu (1689/1755), nos  sugiere el suicidio, como si aconsejara un gran bien. No, debemos adorar al Dios verdadero, no hay duda; pero ¿como sabremos cuál es el auténtico, si cada uno de éstos me dice con mucha formalidad, que el genuino es el suyo?

En vano se cansó el ginebrino Rousseau en probar que el riguroso ejercicio del Cristianismo no es “a propósito para criar buenos soldados”. Debiera haber considerado, que si los hombres se subordinaran a la exacta observancia de la Moral cristiana, no habría tanta necesidad de soldados en el mundo, ni los Estados experimentarían las turbulencias en que hierven hoy por la inobservancia de dicha Moral.

Figúrense nuestros filósofos el sistema de un mundo cristiano tan puro, que todos los individuos observasen la Ética y la Moral a rajatabla. Entonces comprenderían que no es posible  dar un ejemplo más justo, pacífico y benéfico que el predicado por Jesucristo.

Como habrá comprobado, amable lector, me he atrevido a contradecir los sofismas de la filosofía actual, exponiendo en su contra las verdades de una razón, sujeta a los decretos del Dios que la creó. No sé si este análisis desempeñará cumplidamente el propósito que yo me había propuesto. En todo caso, me conformo con haberlo intentado.

Pero, por favor, contrapongan ustedes mis argumentos particulares con los  anti-cristianos, y decidan en consecuencia. Los puntos principales que he intentado demostrar son,                        la corrupción del hombre, la flaqueza de la Razón;  y la necesidad, acaso, de una  nueva Revelación…

Esta conferencia, muy ambiciosa en su concepto, aunque modesta en su desarrollo, escrita en diversos tiempos, y con distintos humores, no ofrece, desde luego, un cuerpo de doctrina.  Es más, si tuviera que empezar a escribirla, confieso que no me atrevería.

Sin embargo, las posibles pruebas que confirmarían mis propuestas, darían un amplio campo a la meditación del juicio y a la amenidad del ingenio. Si por suerte algún día cayeran en mentes más talentosas que la mía, se verían probadas, a mi parecer, la libertad del hombre y la necesidad de que en sus obras haya moralidad intrínseca, así como la inmortalidad del alma, puntos sobre los que versan principalmente las controversias de los sofistas.

En fin, creo que resulta tanteada, hasta donde mis posibilidades lo han permitido, lo que sería gran merced de una nueva Revelación, porque si ésta tuviera lugar, no quedaría el menor refugio a los sofistas para seguir opinando que los dogmas del Cristianismo son contrarios a la Razón. 

Por Juan Antonio Cansinos

on Thursday, February 14, 2013
John Locke (1632 - 1704)
"Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía". John Ruskin

En las últimas semanas, a raíz de la presentación del Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, ha vuelto a abrirse la caja de los truenos, y las voces en pro y en contra, no sé si con la suficiente y debida información, han empuñado pancartas y altavoces, únicas armas que deben esgrimir en democracia los manifestantes, por todo lo ancho y largo de España, teniendo una especial incidencia en parte de nuestras Comunidades a las que afecta de algún modo la regulación absurdamente problemática, de la cooficialidad de lenguas. Mantengo la esperanza de que todos los implicados lleguen con conocimiento de causa y sin mentiras veladas, a acuerdos beneficiosos para las partes pero, sobre todo, permanezco en mis trece en el sentido de que de poco servirá todo el complejo entramado que conforma el proceso educativo si, entre todos los agentes, no se consigue implicar, entusiasmar y yo diría que atrapar al único protagonista de excepción: el educando, hasta conseguir que la sed de aprendizaje se incardine en su vida de tal manera que, tras haber pasado por todas las etapas establecidas para su formación pedagógica, esté convencido de que siempre es menos lo que sabe que lo que ignora, y, por tanto, deberá ocuparse y preocuparse por seguir aprendiendo mientras le quede un aliento de vida. Y eso se puede aplicar en cualquiera de las etapas vitales del ser humano, incluida, por supuesto la edad adulta. Quiero romper una lanza por la educación de y para mayores, que está cumpliendo una extraordinaria función en este nuevo siglo, ante la celeridad de los múltiples cambios económicos, sociales y tecnológicos que se van produciendo sin solución de continuidad. Ahora, más que nunca, necesitamos una permanente puesta al día para poder estar a la altura de aquellos a quienes pretendemos enseñar.

Hay  quienes afirman, no sin parte de razón, que el sistema educativo en nuestro entorno europeo ha perdido protagonismo en esta nueva sociedad de la información por una serie de motivos, entre los que se encontrarían; el cambio de roles sociales: la inmigración masiva;  la globalización la revolución de las comunicaciones, etc. Estas y otras causas alzan unas  barreras que parecen imposibles de superar, porque cuestionan seriamente la manera de contemplar la educación, de la que nos habíamos servido durante siglos, pero no hemos de permitir que los movimientos actuales destruyan todo lo edificado, puesto que hay mucho de bueno en ello. Es más oportuno apuntalar los cimientos evitando su caída y después ir revocando fachadas, puliendo tejados e interiores, incluyendo cuantos elementos, técnicos y humanos sean precisos hasta lograr el conjunto adecuado ante los retos de este siglo XXI al que un puñado de ilustres mangantes –perdón- magnates se había empeñado en llevar a la ruina.

Así las cosas -y curiosamente-, el progreso actual parece que no afecta al ámbito de las cuestiones ideológicas. En esto seguimos al ralentí, y los cambios son poco llamativos. Si acaso, el más evidente es el de la falta de ideas: Por un lado el conformismo pasivo y por otro el inconformismo sin soluciones y mediatizado en muchas ocasiones. Pero esto no ha sido siempre así, ha costado muchos años de esfuerzos ir adquiriendo derechos; ir conociendo y valorando al hombre y su entorno; ir progresando como seres superiores; ir desterrando analfabetismo e incultura; erradicar la miseria; aminorar las guerras; implantar la justicia y arrinconar los miedos. Es bueno también que no olvidemos que, tras esos logros y por la ineficacia y la desvergüenza de unos cuantos,  hemos dado un tremendo salto atrás  hasta la llamada situación de crisis de valores en que nos encontramos. Sólo si encuadramos debidamente la realidad seremos capaces de reflexionar todos juntos, sobre cuál es la forma de recuperar el timón de nuestra existencia, y si las doctrinas en las que se fundamentan o debieran fundamentarse los programas de gobierno, se han quedado obsoletas o es que  por culpa de esa prepotencia que acompaña a la ignorancia, y que se ha extendido como reguero de pólvora, se han dejado de consultar desde hace demasiado tiempo. 

En la política contemporánea, y en relación con los países de tradición democrática liberal según el papel que el Estado desempeña en la gestión del orden social y económico, podemos distinguir tres formas de estado: el Estado Liberal, o Estado de Derecho, de finales del XVIII y mayoritaria implantación en el XIX, nacido como respuesta al absolutismo, con la función primordial de proteger a los ciudadanos frente a los abusos de poder: el Estado Social de principios del siglo XX, en el que el Estado, como garante de las condiciones básicas de existencia del ciudadano, tutelaba las relaciones económicas, a través de derechos sociales; regulando la actividad privada y promoviendo la participación ciudadana y, por último, el Estado de bienestar que, basado en las tesis keynesianas de los años 30, tras la 2º Guerra Mundial, y ante un fuerte crecimiento económico encargó al Estado la prestación creciente de servicios públicos de carácter social; la redistribución de la riqueza y la tutela de los derechos de los obreros.

Mi reflexión en estas líneas tiene como fin saber si, tras el derrumbe de los regímenes totalitarios y el caos del último gobierno socialista unido al cataclismo y la desvergüenza de un capitalismo salvaje que nos ha llevado al desastre, podemos aún servirnos del Liberalismo y la Democracia Cristiana, doctrinas que ustedes conocen bien y por las que siento afinidad, que no fanatismo, reflexionando sobre las ventajas o desventajas que en esta nuestra Europa común, ambos sistemas democráticos aportan en la consecución de una nueva forma de vida en la que recuperemos para la educación de nuestros hijos los valores del humanismo cristiano, mal que le pese a alguno.

La ya anciana Democracia Liberal sienta las bases de lo que hoy entendemos por democracia, y aún sigue formando parte, con leves puestas al día y nombres diversos, de los idearios de gobiernos llamémosle “civilizados” de nuestro siglo XXI. Mientras que la Democracia Cristiana que, tiene su origen en la Doctrina Social de la Iglesia y aplica los fundamentos del catolicismo a la actividad política, parece abocada a formar parte de minorías en gran parte de nuestra Europa. ¿Continúan  siendo válidas estas dos propuestas en nuestro siglo XXI? ¿Hace falta remozar y alimentar las ideas, o simplemente la urgencia cotidiana de resolver en lo económico, ha asesinado a la pausada reflexión, a la importancia del método, a la eficacia de los principios, a la práctica de los valores? ¿Sería deseable una  DEMOCRACIA universal y única que incluyera en su ideario el conjunto de aportaciones  de unos y otros partidos en una coincidencia racional de intereses? ¿Cómo resistiría la llamada clase política esta unificación? ¿De qué manera los corresponsables de la Educación; familia, escuela, administraciones públicas y medios de comunicación deberían implicarse en ella? ¿Es esto una simple utopía?

Como doctrina filosófico-política-económica de la burguesía, sujeta al Estado de derecho y enraizada en el derecho natural, surge el liberalismo tras la Revolución Industrial, a finales del así llamado “Siglo de las Luces”, amparado en la nueva concepción del mundo y con el fin primordial de establecer límites a la acción de los gobiernos y de proteger el ámbito privado del individuo de toda soberanía política y social.

En Francia, nace en 1805 el que luego será figura clave del liberalismo internacional, El vizconde Alexis de Tocqueville. Su extensa obra escrita en defensa de lo que él llama las libertades cotidianas, sienta las bases del liberalismo democrático que llega al poder en ese país con la Revolución de 1830 y continúa en los reinados de Luis XVIII y Carlos X con el liberalismo doctrinario, Este liberalismo es mucho más descafeinado y menos progresista que el anterior: La soberanía es compartida por el rey y la nación y en lugar de Constitución se rigen por una Carta Otorgada del propio soberano, por la que solo tienen derecho a voto los propietarios, o la burguesía.

En España, ya a principios del siglo XIX, el liberalismo tiene una de sus más tempranas apariciones con las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 y es allí donde primero se emplea el término liberal, como sinónimo de abierto, magnánimo y condescendiente con las ideas de los demás. A la muerte de Fernando VII, la regente Maria Cristina intenta apaciguar el enfrentamiento entre liberales y carlistas, pero sin éxito, Se declara una guerra civil en la que los pequeños propietarios rurales y el clero se muestran a favor de los carlistas, absolutistas significados, mientras que la gran mayoría del pueblo de las grandes ciudades lucha en el bando liberal, con la intención de restaurar la Constitución de 1812. Durante la Regencia de Maria Cristina se consolida el liberalismo progresista, con la desamortización de Mendizábal, la supresión de los gremios y el reforzamiento del ejército. No obstante el pueblo descontento se subleva en 1836 en La Granja, lo que dará origen a la Constitución de 1837. A la que seguiría otra posterior ratificada en 1845. Con Isabel II los liberales divididos ya  en Moderados y Progresistas, ven mermadas sus posibilidades y sus ideas pierden fuerza hasta desaparecer con  los Austrias y los primeros Borbones en tiempos de la República.

En Inglaterra, tras la caída del ultimo rey absolutista, el Estuardo Jacobo II, se produce la llamada revolución sin sangre, en la que su yerno y sucesor, el holandés Guillermo II de Orange consolida en Gran Bretaña el liberalismo político que venía preconizando John Locke. El primer partido netamente liberal ve la luz en 1832. Tras él y también auspiciado por las tesis de Locke, se funda el Partido liberal en Estados Unidos en 1834, en el que, curiosamente, los liberales son los políticos considerados de izquierdas, y, a menudo, los republicanos les aventajan en planteamientos liberales. En otros países de América del Norte, como Canadá, el Partido liberal ha estado en el gobierno durante la mayor parte del siglo XX y en la actualidad es el segundo partido de la oposición. Volviendo a Europa, en Alemania sólo hay presencia liberal en los estados del Sur y escasamente en el centro del país, mientras que en los Países Bajos y Escandinavos se produce el paso del absolutismo al liberalismo de manera gradual y sin mediar revoluciones.

En Italia existe en los años veinte del siglo pasado un Partido Liberal, prohibido con posterioridad. En los años 40 se crea el PLI llegando a obtener la presidencia de la República en dos ocasiones, más tarde es postergado, y en los años 80 forma parte de algunos gobiernos de coalición. En 1994 se acuerda su disolución. Los liberales actuales se reparten en partidos de espectro muy variado, desde la Unione Liberale Italiana a la Forza Italia de Berlusconi. En los albores del siglo XXI, se refunda el PLI con un acercamiento a las doctrinas neoliberales y al centro derecha.

En Portugal, el liberalismo tiene su origen en los partidos progresistas, reformadores y republicanos del siglo XIX. Y tras avatares y fusiones desaparece en la primera mitad del siglo XX. En 1985 se crea el Partido Renovador Democrático como alternativa centrista y en el 99 cambia su  nombre por el de Partido Nacional Renovador, pasando a ser un partido liberal. En 2005 se funda el MLS (Movimiento Liberal Social), que da por obsoleta la división entre izquierda y derecha y que se siente muy próximo a los liberales demócratas europeos, pero no cuenta con representación en ese grupo. En la actualidad muchos políticos de corte liberal están integrados en la rama socio-liberal del Partido Social Demócrata portugués, que ahora gobierna. Finalmente, en lo que concierne al Parlamento Europeo existe el Partido Europeo Liberal Demócrata Reformista como tercera fuerza política de ese Parlamento, que engloba a 50 partidos miembros pertenecientes a 31 países de Europa (Por España figuran Convergencia democrática de Cataluña, Unió Mallorquina y  Centro Democrático Liberal).

En lo que respecta a la Democracia Cristiana, esta doctrina tiene variadas manifestaciones e incidencia en los distintos países, siendo más prominente en Italia, Alemania, Paises Bajos, y  asimismo en América Latina donde presenta un cariz más progresista. El primer país del que se tiene noticia de Democracia Cristiana es Bélgica y se debe a la iniciativa de Hellepute, Pottier, Verhaegen y Monseñor de Harlez, pero es en Francia, baluarte de la evolución socio-cultural, política y religiosa de Europa, donde en 1840, el Catedrático de Historia de la Universidad de Lyon, Federico Ozanán, cristiano convencido, comienza la batalla dialéctica en contra del principio de los liberales que afirman que “la religión debe mantenerse aparte como  una de las dimensiones más relevantes del ámbito privado a proteger”. Ozanán lucha desde su cátedra por una democracia participativa, de raíz y principios cristianos, en la que el protagonismo del pueblo sea real, atendiendo a sus necesidades y reconociendo sus derechos, permitiéndole formar parte de la gestión de los asuntos públicos, garantizándole el trabajo y la desaparición de la pobreza. Propone para ello la creación de un movimiento que integre a todos los cristianos que quieran organizar la sociedad en base a la justicia, la solidaridad y la libertad, y desde su periódico “L’ère nouvelle” extiende paulatinamente sus ideas a los barrios obreros de una Francia en la que más de cien mil individuos se encuentran en paro, y crea, de aquella semilla belga llamada Democracia Cristiana, un movimiento social  de carácter confesional, que será origen de todos los partidos que aparecerán después bajo ese nombre. Tras él el Insigne Cura Dehon, autor del texto “Educación y enseñanza según el ideal cristiano” y fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón se convierte en uno de los exponentes del cambio social, afirmando que para todo sacerdote el compromiso con la justicia social debe formar parte sustancial de su ministerio. El Religioso cuenta con su amigo León Harmel, un empresario católico que en 1860 crea el subsidio familiar; las cajas de ahorros; las pensiones y los consejos de empresa, decantándose por los sindicatos estrictamente obreros y creando el primer circulo obrero en 1890 en Reims. Se había dado así el primer paso para el desarrollo cristiano de la justicia social en el país galo.

En Italia, a principios del siglo XX, el político italiano Sturzo funda el Partido Popular Italiano, que basa su actuación en el humanismo cristiano. El de la Democracia Cristiana se inicia en 1942 y forma parte de todos los gobiernos italianos desde 1944 hasta 1994, siendo siempre el partido más votado, salvo en las elecciones del 84. Deja de estar activo diez años más tarde por culpa de los escándalos de corrupción. En 2002 nace la Unión de los Demócratas y Cristianos con la unión de otros tres partidos centristas. En la actualidad es miembro del Partido Popular Europeo y de la Internacional Demócrata Cristiana. Uno de sus representantes más destacados fue Aldo Moro, por dos veces primer ministro, quien secuestrado por las Brigadas Rojas, y ante la negativa del gobierno italiano a acceder a sus demandas, apareció asesinado en el maletero de un coche. Las causas siguen siendo  hoy en día una incógnita.

En Alemania, tras la Segunda Guerra Mundial aparece la CDU (Christlich Demokratische Union Deutschlands) que se define como un partido de centro, demócrata cristiano, liberal y conservador. Desde entonces han formado parte de los gobiernos, solos o en coalición. Son representantes destacados los Presidentes: Adenauer, Kohl y Merkel. La Fundación KAS (Konrad Adenauer Stiftung) fomenta a nivel mundial los ideales democristianos de justicia, libertad y paz.

Mientras que en España, fracasado el primer proyecto democristiano en 1922, también la quizá excesiva prudencia de Gil Robles aborta el de 1934. Luego llegan los cuarenta años de dictadura y la llamada transición democrática donde, en 1977 se forma la coalición de UCD, que luego sería el primer partido del gobierno democrático tras la dictadura y ve la luz una nueva Constitución pero... vuelven a perder los democristianos. El primer partido de estas características es el PNV (que cuenta ya 100 años desde su fundación), aunque actualmente es aconfesional y progresista en sus tesis. Y la UDC catalana (con más de 75 años de vida). Al día de hoy la Internacional Demócrata Cristiana agrupa a un centenar de partidos de esta ideología, que no necesariamente se dirige a un electorado religioso.

Las dos doctrinas políticas que nos ocupan tienen en común la defensa de los derechos humanos y la iniciativa individual, y han contado a través de los tiempos con principios sólidos de pensamiento elaborados por mentes de una preclara inteligencia, y con eminentes representantes políticos que supieron ponerlas en práctica con mayor o menor éxito. El progreso de las naciones y la lucha de la clase obrera fue ayudando a establecer unas teorías políticas acordes a los tiempos nuevos. La evolución de los acontecimientos; la madurez; y el horror de dos guerras mundiales fueron conquistando unos derechos y explicitando unos deberes, que iban plasmándose en las Cartas Magnas de los distintos países de nuestro entorno y de fuera de él, alejándonos poco a poco de pasados absolutismos y tiranías y dando paso a las distintas democracias en buena parte del globo. La alternancia en el poder  contribuía a consolidar el régimen democrático -nunca a hundirlo-, otorgando voz y voto a las variadas corrientes de opinión que integraban las cámaras representativas, aunque como ya dijera Max Weber: “No son triviales las diferencias entre la teoría del trabajo intelectual y la práctica política”. Esto lo hemos podido comprobar también quienes nos hemos tomado la molestia de leer los distintos programas de los partidos de uno u otro signo en el último cuarto de siglo, anotando con decepción que no siempre su posterior cumplimiento se evidenciaba en el día a día de la acción gubernamental. Cierto es que los tremendos cambios que se producen en la vida actual, hace que, de hoy a mañana, haya que modificar propuestas y revisar proyectos, pero no es menos verdadero que con frecuencia las promesas quedan en aguas de borrajas y contemplamos con decepción creciente que “éste no es mi Juan que me lo han cambiao”.

El tiempo ha ido limando los errores que existían, porque errores había, en las tesis radicales e individualistas de los primeros pensadores y activistas liberales y cristianos. La práctica demostró que ni el mercado era tan abierto, ni los hombres tan racionales para sobrevivir en un liberalismo a ultranza. Sería muy prolijo detallar lo que en la práctica supuso, especialmente para las clases obreras, las cuales ante un capitalismo atroz veían mermados sus derechos con horarios abusivos, trabajos extenuantes, pagas misérrimas, etc., pero también fue un varapalo para los propietarios que ante la escasez de demanda hubieron de hacer frente a periodos de depresión que tuvo su mayor exponente en la crisis del 29.

Esta primera debacle económica mundial y la influencia de las corrientes socialistas suavizaron las tesis liberales y provocaron la aparición de nuevos centros de poder, sindicatos, asociaciones, etc., a más del reconocimiento de la utilidad de un gobierno preparado para incidir en el desarrollo económico. Tras la Segunda Guerra Mundial la intervención del Estado en Europa alcanza al plano social, y se crea el llamado Estado del Bienestar con el fin de proporcionar unas condiciones de vida dignas para todos los ciudadanos en el que se ven afectados, las leyes; los servicios y las ayudas económicas. La redistribución de la riqueza, mediante el sistema tributario, da lugar a servicios públicos como la educación, la sanidad, las pensiones, los subsidios, etc. Durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX resurgen las tesis de la primacía del mercado con la llamada Escuela de Chicago que crea una corriente capitalista conocida como neoliberalismo. Posteriormente los partidos liberales han pecado quizás de pragmatismo. Por mantener el poder han consensuado políticas de compromiso que traicionaban sus principios, creando alianzas con socialdemócratas, reformistas, etc., desorientando a sus electores, perdiendo fuelle e incluso desapareciendo del mapa político actual o incluyendo descafeinadamente parte de sus ideas en los distintos programas de partidos que intentan “vender” las mejores cualidades de esta doctrina. Es notable advertir que el liberalismo hoy, excepto en Alemania, no goza de gran predicamento, sin embargo las conductas verdaderamente liberales suelen contar con el beneplácito de una gran mayoría de individuos.

Años después, el liberalismo económico se erige en defensor de la economía de mercado, de la libertad de comercio; de la libre circulación de personas, capitales y bienes; del mantenimiento de un sistema monetario rígido, del cumplimiento de las promesas y contratos; de la limitación y control del  gasto público y del principio del presupuesto equilibrado; y del mantenimiento de un nivel reducido de impuestos, pero paulatinamente van depravándose las costumbres hasta que ya en los últimos tiempos llegamos a unos límites de despilfarro, falta de honradez y superficialidad que tenían que explotar de alguna manera, y desgraciada, o afortunadamente, así ha sido, y digo “o afortunadamente” porque quizá esta catarsis haga nacer a un ser político con nuevas metas y nobles intereses, propiciando el saneamiento de  la economía -que había perdido todo el trasfondo filosófico que fundamentaba el progreso y la creación de riqueza en medios lícitos-, para que la sociedad europea vuelva a ocupar el lugar  honorable que le corresponde, dejando tiempo y sitio oportunos  a los diversos aspectos de una vida de múltiples facetas y hermosos valores por desarrollar, en la que los hijos de nuestros hijos reciban una educación conveniente que  reafirme nuestros aciertos sin repetir nuestros errores.

Es en este  nuevo ser humano, que comienza ahora su andadura por este mundo, en el que debemos pensar a la hora de elaborar una ley de educación que, por fin, pueda ser eficaz y duradera, y no me cabe duda de que muchas de las propuestas que incluyan han de estar basadas en una exquisita atención a las circunstancias actuales, al mundo que nos rodea, y a los cambios que sobrevendrán, pero también deberán tener una base ideológica y argumental fruto de un concienzudo estudio de logros y desastres de las distintas políticas que desde cualquiera de sus doctrinas dieron origen a sus predecesoras, que siendo ya tantas, fueron tan escasamente eficaces a la vista de los resultados obtenidos. 

Por Elena Méndez-Leite

Bibliografía y notas: Liberalismo y Democracia: Norberto Bobbio. Fondo de Cultura de España, 2000. www.cdu.de Análisis crítico de la Democracia Cristiana: Jaime Guzmán. Revista Realidad, año 5, nº 53

on Sunday, December 16, 2012
En las ciudades milenarias siempre hay recintos amurallados en los que el polvo del camino, la suciedad, el descuido y la pobreza,  se convierten en coprotagonistas involuntarios del recuerdo. Aquí en Oriente Medio sucede algo parecido pero suavizado, porque los tejidos gastados y descoloridos de las chilabas y yihabs árabes se mezclan con el arco iris de los mil y un artículos de sus apretados comercios que, en interminables hileras van ofreciendo, junto al brillo dorado, plateado y cobrizo de un sin fin de emblemas religiosos o cachivaches laicos de dudosa utilidad, sus tejidos bordados, recamados, orlados y adornados en un millar de tonalidades llamativas y alegres, entre aromas de azafrán, anís, menta, cilantro comino o incienso que, desde los recovecos insospechados de angostas calles, despiertan nuestros sentidos y envuelven nuestro laberíntico deambular mañanero. Las sonrisas de los niños judíos, musulmanes o cristianos, todos ellos cuidados, protegidos y uniformados, a los que se respeta y quiere por encima de todo, viajan a estas horas tempranas a nuestro lado. Son cientos de ojos, en su mayoría de un negro profundo, que nos miran curiosos cuando, muy de mañana de camino a la escuela, se encuentran con nosotros. Sé que en este viaje no podré detenerme a charlar con ellos, ni con nadie y eso me duele porque los paisajes siempre son mudos e inexpresivos cuando no hay contacto verbal con sus gentes y la perspectiva queda incompleta, cuando no distorsionada.

Y para ellos ¿qué soy yo para ellos? Tan solo una mirada más entre todas las miradas de las gentes que acuden a su tierra, porque muchos de estos pequeños todavía ignoran que para millones de seres humanos su raíz y su fin no tienen más norte ni guía que estas piedras pulidas por el tiempo y teñidas con la sangre de todas las así llamadas civilizaciones que fueron construyendo y destruyendo poblaciones; arrasando y edificando preciosas y preciadas obras de arte; matando y engendrando seres humanos; levantando y derrumbando símbolos, confirmando o renegando de creencias y doctrinas; luchando, en fin, con las armas menos adecuadas, las de la guerra, por preservar la fe que defendían, cada uno en nombre del que para ellos era el único dios. Estos sufridos parajes reciben desde hace milenios el nombre de Tierra Santa y por ellos caminaron, hace ya una eternidad, David en nombre de Yahvé, Mohamed profeta de Alá, y Jesucristo quien, para los cristianos, fue y es la encarnación del Hijo de Dios. 

Han pasado miles de años, y cada día comprobamos que las luchas fratricidas siguen asolando estos parajes, de manera intermitente, pero incesante, mientras la comunidad internacional amedrantada por los intereses creados sigue adorando al becerro de oro que, últimamente les está saliendo rana, y mira hacia otro lado permitiendo, cuando no alentando, una situación de dominio-sumisión, vergonzosa y excesivamente peligrosa en pleno siglo XXI, y uno se pregunta sin hallar respuesta la razón por la cual las dos religiones con más fieles del mundo conocido, el cristianismo y el islamismo, junto al judaísmo, que es la más antigua de las creencias monoteístas, tiene su origen en estos territorios que con tanta frecuencia parecen abandonados de la mano del hombre y lo que es más cruel: de la de Dios.  

La población judía apareció 2000 años antes de Cristo en la llamada Tierra Prometida, hoy conocida como Israel, con Moisés y la entrega de la Torá en el Monte Sinaí, pero pronto fueron expulsados por los romanos quienes junto a bizantinos y otomanos impidieron su posterior regreso. El cincuenta por ciento de los judíos de hoy aceptan el sionismo de Theodor Herzl como movimiento político salvador que propugnó desde sus inicios el restablecimiento de una patria para los israelitas en dicha tierra, consiguiéndolo, aunque parcialmente, en 1948. De esa mitad de población judía no todos practican de idéntica manera su religión. Los hay laicos y poco interesados en ella; los hay tradicionales pero escasamente practicantes y otros son ortodoxos que participan asiduamente en sus rituales sin rechazar la evolución del mundo actual. La mayoría de ellos son profesionales capacitados y reconocidos que visten a la manera occidental y pasan inadvertidos a nuestro lado por las calles del viejo o del nuevo Jerusalén. 

Sin embargo hay  otro cincuenta por ciento que llama nuestra atención a simple vista debido a su atuendo especial, La ley judía dicta que tanto mujeres como hombres judíos se vistan siguiendo las normas de tznius (recato) y los llamados ultra ortodoxos siguen inflexibles este mandato. Ellas y ellos suelen ser jóvenes agraciados, quizá porque los de mayor edad abandonan sus barrios con menor frecuencia. Ellas visten blusas claras y amplias faldas negras, largas hasta el tobillo, presentan caras lavadas y tersas, mirada baja y apresurado el paso, deben ser solteras porque no cubren sus cabellos con pelucas o tocados como las ultra ortodoxas casadas.  Ellos van de negro con camisa blanca, y por debajo de la levita o americana asoman los Tzitzit (flecos) del talit (chal) de cuatro puntas que prescribe la Torá (nuestro Pentateuco). Van tocados siempre con sombrero o kipá,  que es ese gorrito de tela o lana bien tejida, que se confecciona hoy en día de los más diversos tonos, y que estos ultras ortodoxos llevan siempre en negro, y del que no se desprenden en toda la jornada, ello se debe a que obedecen el estricto precepto de que el hombre no debe mostrarse descubierto delante de Dios sino que ha de colocar sobre la cabeza una prenda que le recuerde que por encima de él siempre está Yahvé. El resto de judíos solo se cubre en lugares de culto o en ceremonias especiales. La utilización de los bucles en las sienes o  peyes  que tanto nos choca,  se debe a otro de sus mandamientos que reza: "No cortarás circularmente los extremos de tu cabeza, ni estropearás la punta de tu barba." (Vaikrá/Levítico 19:27).

Al verlos pasar junto a mi, serenos y clonados, no puedo por menos de pensar, con el mayor de los respetos, si serán capaces de cumplir con tanta fidelidad los seiscientos trece mandamientos que les obligan y dictan hasta los más nimios aspectos de su vida cotidiana, y un escalofrío me recorre el alma…

Junto a ellos en Jerusalén conviven o sobreviven los musulmanes desde que en el siglo VII asediaron la ciudad expulsando a los bizantinos. La creencia musulmana tiene su origen tan solo unos años antes, en el 610 d. C. en Arabia cuando el Arcángel Gabriel, se aparece para revelar a Mahoma los designios de Alá en la cima del Monte Hira, al este de la Meca. Esta revelación reproducida en aleyas, da forma a los ciento catorce suras o capítulos de  su texto sagrado; El Corán, que va desgranando los cinco mandamientos básicos que lo inspiran; la profesión de fe, la oración; la práctica de la limosna; el ayuno y la peregrinación a la Meca. A su vez, los musulmanes también están divididos en una gran mayoría suní; un diez por ciento de chiis y unos cuantos jarydíes testimoniales. El origen de esta división viene dado por las diferencias de criterio que hubo en su día, para elegir al sucesor de Mahoma, pero en estos veinte siglos son demasiado profundas las brechas que se han ido abriendo y de las que ni siquiera nos permitiríamos hablar. En la actualidad su barrio comienza en una de las siete puertas de la ciudad; la del León, allí tienen sus viviendas y comercios, parecen más bulliciosos y locuaces y algunos de ellos nos sonríen al pasar.

Aquí en Israel, judíos y musulmanes forman, casi igualados en número, la mayoría de la población y tampoco es fácil saber a golpe de vista cuantos de estos palestinos, consideran vital la práctica de su religión. Por este pacto tácito de silencio, sin olvidar que el árabe es tan complicado para un occidental como el hebreo, tampoco con ellos hablamos más allá de los comentarios en inglés, provocados por las escasas compras o debidos a una cortesía que ellos practican desde la distancia, pero he podido escuchar algunas opiniones autorizadas sobre la situación, que me hace sospechar que como en el caso de los cristianos, se van debilitando paulatinamente los signos externos aunque permanece arraigada en ellos lo que nosotros hemos dado en llamar la fe del carbonero.

Finalmente, el total de población cristiana  que, mundialmente es la primera religión, aquí en Tierra Santa no llega a un catorce por ciento, reuniendo católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos y evangelistas. Razón tenía Jesús cuando al llegar a Nazareth se sintió preterido por los suyos: "Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su propia casa". (Marcos, 6/16)

Ha sido demasiado fugaz esta estancia. Recuerdo todos los parajes, las basílicas e iglesias en las que todas las creencias y oraciones se entremezclan, Me llevo en la retina ese mar nocturno de Galilea donde el Gran Pescador mandaba echar las redes y paraba tormentas, esos cementerios enormes con palmas, piedras o flores, muy juntos, sin solución de continuidad; y ese temblor de estar ante el Pesebre y luego en el Calvario redentor. Difícilmente describir el paso por Getsemaní: “Mi alma siente angustias de muerte, quedaos aquí y velad conmigo”. (Mateo, 26/39) y no escuchar una y otra vez aquella voz  de infinita clemencia en medio del dolor: “Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen”, (Lucas, 23/24). Y Ya, como a María, no me queda más que "guardar todas estas cosas  meditándolas en el corazón".  (Lucas 2/199.) 

No he podido entrar y permanecer unos minutos ni en una sinagoga ni en una mezquita lo que junto a este obligado silencio y el total alejamiento de sus gentes hace que una parte de mi necesite volver para remediar estas carencias evidentes, pero ello no ha sido obstáculo para advertir que algo ha ocurrido durante este breve espacio de tiempo. Quizá sea prematuro aventurar en qué instante tiene lugar esa revolución interior que sin duda y, a pesar de mi absoluta convicción de que esas cosas no ocurren, se ha producido en mí. No ha habido ningún signo externo; ningún instante mágico y especial; no he caído como Pablo del caballo en pleno éxtasis contemplativo; no he sentido llamadas exclusivas; ni nada que a la luz de la razón pueda explicar de modo conveniente. No me siento cambiada, sino reconfortada. He comprendido el porqué de las renuncias, el verdadero valor de la bondad no recompensada; el sentido de una actitud constante de optimismo y gratitud a la vida que, a pesar de caídas, desmayos y tropiezos mantengo con firme lealtad y sin condiciones durante tanto tiempo. Percibo con amplia claridad que mis eternas dudas se acaban y que, según van pasando los días, el puzzle sin terminar de toda mi existencia va, por fin encajando. Se van abriendo en mi mente parcelas cerradas a cal y canto hasta el momento, y me he reafirmado en el valor de las palabras de San Agustín que presiden cada uno de mis días desde hace tanto tiempo: “Ama y haz lo que quieras”, y he empezado a bucear en otras religiones buscando al Dios de amor y perdón que como un paciente y comprensivo padre les acompañe, y confieso que perdida entre tantos preceptos y mandatos en ninguna de ellas lo he podido encontrar, aunque… se me han llenado las entrañas de sonrisas porque muy en el fondo sé que ya lo había hallado; que ya nada volverá a ser como cuando partí en peregrinación a Tierra Santa y sé también, curiosamente, que todo sigue siendo tan sencillo y tan difícil como lo era antes de partir.   

Por Elena Méndez-Leite

on Sunday, December 2, 2012
Conferencia de Justo Lacunza impartida el día 27 de noviembre de 2012, en la FUNDACIÓN CARLOS DE AMBERES. Título completo: “Recordando el 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Charles Lavigerie en Europa: Proyección de un gran evento en la historia de Europa y África”.

Introducción

La celebración de unas efemérides, un cumpleaños o un aniversario evoca tres sentimientos principales. El primero, es la memoria del hecho o evento cuyo recuerdo se celebra, se aplaude y se conmemora. El segundo sentimiento es la visión del contexto y de las circunstancias que motivaron tal acontecimiento u evento. El tercero es la mirada al horizonte para analizar a las consecuencias que nacen y brotan, se intuyen y vislumbran después de que tal hecho histórico tuviera lugar. 

El hilo conductor

Esos tres faros principales (recuerdo, contexto y consecuencias) nos van a servir de hilo conductor en las palabras y reflexiones personales que les quiero dirigir esta tarde. Sea dicho de paso, esos tres eslabones de mi cadena de transmisión tienen que ver con el tiempo. Yo les agradezco vivamente el hecho, para mí de gran significado, de que me ofrezcan su tiempo, lo mejor que uno tiene, y que hayan venido a escucharme con motivo del 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Carlos Lavigerie. Su inquebrantable defensa de la dignidad de los africanos y su apasionada campaña contra la esclavitud, y en favor de la libertad, hicieron de él una de las figuras más carismáticas e influyentes en la historia de su época. Fue un puente seguro y eficaz de comunicación entre África y Europa, una arena fecunda de ideas y pensamiento, lenguas y culturas, un espacio libre y acogedor de diálogo a nivel político, social y religioso en el tiempo que le toco vivir.

¿Quién era el Cardinal Carlos Lavigerie? (1825-1892)

El Cardenal Lavigerie nació el 31 de octubre de 1825 en Bayona, en la región vasco-francesa, ciudad que apenas tenía en aquella época 18.000 habitantes. Fue bautizado en la Parroquia del Espíritu Santo con el nombre de Carlos, al que  fueron añadidos los dos nombres de su abuelo paterno, Marcial y Aleman. El baptisterio de esa parroquia está hoy adornado por una pintura mural alusiva a la memoria de Carlos Lavigerie, considerado un ilustre hijo de la villa de Bayona, hermanada en la actualidad con la Ciudad de Pamplona. En la placa, situada en la verja de su casa nativa, a orillas del río Ardour, se lee que el barrio se llamaba Huire y que fue allí donde nació Carlos Lavigerie.

Desde joven Carlos Lavigerie, mente inquieta y alma buscadora, con pronunciada afición a la poesía y a la literatura, sentía en su juventud una creciente inclinación hacia la vida religiosa. Sus padres, Laura y Pierre, que no eran particularmente devotos, veían el hecho con gran preocupación familiar. Después de finalizar los estudios en su ciudad natal Carlos Lavigerie, de carácter impulsivo, firme y decidido, viajó en diligencia a Paris acompañado por un dentista amigo de la familia. 

A Paris: Cambio de rumbo

En la capital francesa el joven Carlos Lavigerie entró en el Seminario de San Nicolás de Chardonnet y más tarde en el de San Sulpicio para cursar los estudios de teología. Su padre, Pierre pensaba que en Paris se callarían los grillos de la vida religiosa que piaban en el alma de su hijo y que éste tomaría otra dirección, más conforme y adecuada a sus dotes y talentos. Pero no fue así. Carlos Lavigerie fue ordenado sacerdote el 2 de Junio de 1849, continuó sus estudios de grado y en 1854 fue accedió a la cátedra de profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de La Sorbonne. 

Descubrimiento del Oriente

En 1860 Lavigerie fue nombrado director de las Obras de Oriente y con ese motivo viajó a Líbano y Siria, sobre todo para asistir, ayudar y reconfortar a los cristianos que habían sido perseguidos por los Drusos. En uno de sus viajes se encontró con Abd El Kader ibn Muhyyidin (1808-1883), famoso místico musulmán y líder argelino, que luchó contra la invasión francesa de Argelia en 1830. Fue expulsado por las autoridades francesas y después de un periodo de tiempo en Francia fue exiliado a Siria.

El Cardenal Lavigerie y Abd El Kader se encontraron en Damasco. Lavigerie quedó impresionado por la vasta cultura musulmana del místico argelino y sobre todo por la abierta defensa y protección que ofreció a los cristianos después de la masacre de 1860 a manos de los Drusos. A este propósito, el gobierno francés le concedió a Abd El Kader la medalla de la Legión de Honor. Por su parte, el Presidente Abraham Lincoln 1809-1865), después de conocer la noticia de la benevolencia de Abd El Kader hacia los cristianos, le envió como regalo varios revólveres que hoy se encuentran expuestos en el Museo de Argel. 

De Nancy a Argel

En 1863 fue nombrado obispo de Nancy (Francia). En 1867, cuando iba a ser nombrado arzobispo de Lión, Lavigerie pidió que le nombraran a la sede episcopal de Argel, petición que fue aceptada al ser enviado como  arzobispo de Argel en 1867. Desde 1830 Argelia fue colonizada bajo el gobierno de Napoleón III y pasó a ser parte del territorio nacional francés. Argelia era conocida con el nombre de “Reino Árabe” en referencia a la población árabe musulmana. Desde el comienzo de la colonización francesa Lavigerie dejó muy claro ante las autoridades coloniales de Francia que su preocupación no se limitaría solamente a los ciudadanos franceses, sino que se extendería a todos, europeos y argelinos.

No faltaron los roces verbales con el gobernador general de Argelia, el mariscal Mac-Mahon, héroe de Crimea y duque de Magenta. Lavigerie era testigo incómodo de la pobreza y miseria de miles de argelinos. No cesaba de suplicar la abolición de un sistema político que levantaba barreras y sembraba obstáculos en las relaciones entre franceses y argelinos. El gobierno francés advertía a Lavigerie que se abstuviera de todo proselitismo, ya que los programas que Lavigerie intentaba poner en marcha, el gobierno francés los veía como una vía de conversión de los musulmanes argelinos.

El Emperador Napoleón III y el ministro de la Guerra consideraban a Lavigerie como un enemigo de la libertad de conciencia de los musulmanes de Argelia. Sin embargo, el arzobispo de Argel no se achantaba antes tan infundadas y graves acusaciones cuando escribía al gobernador general MacMahon:

“Yo no pido la menor restricción de la libertad ajena. Yo pido simplemente que se respete mi libertad, pido que me sea permitido, como está permitido en Egipto y Turquía, la apertura y conservación de asilos donde sean recibidos los huérfanos abandonados de todos, las viudas, los ancianos, los enfermos. Pido establecer casas de socorro, allí donde los indígenas lo soliciten, para curar sus llagas y aliviar sus miserias”.

No hay lugar a duda que el gobierno francés consideraba a Lavigerie como un obispo incómodo y rebelde, que no aceptaba las orientaciones coloniales y, sobre todo, la discriminación de la que eran víctimas los argelinos. Su tenacidad y empeño, su tesón y empuje le permitían obrar con libertad a pesar de las trabas, críticas y obstáculos del poder colonial francés.

El mismo emperador Napoleón III se interesó por el desafío frontal que la actitud de Lavigerie suponía para la administración colonial francesa y escribió a Lavigerie diciéndole:

“Tenéis, señor arzobispo, una gran misión que realizar: la moralización de los 200.000 católicos que viven en Argelia. En cuanto a los árabes, dejad al gobernador general el cuidado de disciplinarlos y habituarlos a nuestra dominación”.

Nada podía atemorizar a Lavigerie que no dudó en pedir al emperador Napoleón III que le acordara una audiencia. Pasó mucho tiempo, pero por fin lo recibió. Lavigerie relata en su correspondencia que el emperador lo recibió muy fríamente, lo cual lejos de cortarle la palabra y de desanimarle, le estimuló y le dio todavía más ánimos para defender sus proyectos en favor de la población local y mantener intactas sus convicciones ante el poder imperial. Era fácil desalmarse y doblegarse viendo el reto de los administradores coloniales, que en realidad estaba envuelto en un velo sutil de racismo, intolerancia y obstinación. 

Fundación de los Padres Blancos

Pero los sueños apostólicos de Carlos Lavigerie eran todavía más ambiciosos. En 1968 fundó la Sociedad de los Misioneros de África y en 1869 la Congregación de las Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas). Los Misioneros de África son  conocidos popularmente como los Padres Blancos por la vestimenta tradicional de estilo árabe: túnica blanca (gandura) y capa blanca (bournus). El ambicioso plan de Lavigerie era enviar misioneros a África después de ser nombrado Vicario apostólico del Sahara y del Sudan. Los esclavos venían de los países conocidos como Bilad al-Sudan (“El territorio de los negros”). El término “Sudán” proviene de la lengua árabe y significa “las gentes de color negro (aswad) o allí donde las poblaciones comienzan a tener la piel más oscura”).

Los primeros misioneros llegaron al Lago Tanganika y se establecieron en Ujiji (Tanzania) el 22 de Enero de 1879. Habían atravesado el territorio conocido como Tanganika (“la tierra de la vegetación exuberante”), hoy Tanzania, a partir de la costa. Fue en esa ciudad portuaria, Ujiji, centro propulsor de la esclavitud en África, donde David Livingstone (1813-1873), explorador y misionero británico, se encontró con Henry Morton Stanley (1841-1904), aventurero y periodista de The New York Times, en Octubre de 1871. Un monumento de granito, que representa el mapa de África con impresa una cruz de Norte a Sur y de Este a Oeste, atestigua el tan renombrado encuentro. La celebre frase, Dr. Livingstone, supongo, ha quedado en la memoria de dos célebres personajes en la historia de África.

Con motivo de la celebración del centenario del memorable encuentro de Livingstone con Stanley, The New York Times envió a un periodista con la consigna de que recorriera la Calle Livingstone de Ujiji hasta el monumento llevando la bandera americana. El periodista en cuestión sacó la bandera, pero acabó en el puesto de policía por ofensa al honor de la nación. Después de unos meses juntos Livingstone y Stanley se separaron en 1872 en la ciudad de Tabora, ciudad que fue fundada por los mercaderes árabes. Una cabaña de barro y adobe en la aldea de Kwihara, transformada en museo y a unos once kilómetros de Tabora en la ruta de los esclavos, es el memorial visible del paso de Livingstone. Aquí vivió unos ocho meses. De ahí continuaría el  camino hasta Bangweulu (Zambia) donde moriría  a causa de la malaria el 1 de mayo de 1873.

La primera vez que estuve en Ujiji fue el 3 de junio de 1970. Fui al antiguo mercado de los esclavos, a poca distancia del Lago Tanganika, y la imagen quedó impresa en mi mente para el resto de mis días. Era en ese mercado donde se hacía una primera selección de los esclavos africanos. Los más jóvenes, fuertes y resistentes salían encadenados camino de la costa y de las islas de Zanzíbar, Mafia y Pemba. De aquí eran embarcados para diferentes destinos: Arabia, India, Persia, China. Por esa ciudad de Ujiji pasaron miles y miles de esclavos procedentes de la región de Manyema en el Congo. Tuve la gran suerte de vivir tres años en Kigoma, apenas a ocho kilómetros de Ujiji, y mis visitas a la ciudad de los esclavos eran frecuentes, rutinarias y periódicas. Muchos de los habitantes eran descendientes de antiguos esclavos.  Esto era patente al no tener una tribu, un grupo étnico o un determinado clan como referencia de parentesco. Además, no conocían otra lengua que la lengua suahili. 

Las noticias de África

No eran los tiempos del móvil y de Internet. Las cartas, si así las podemos llamar, y las noticias tardaban meses en llegar a Europa, pero llegaban. Los misioneros describían las nefastas y pavorosas condiciones de miseria, pobreza e indigencia de las poblaciones africanas. Pero, sobre todo, relataban la trata de esclavos. Lavigerie y Livingstone no era los únicos. El Cardinal Lavigerie se había ya encontrado con Daniel Comboni (1831-1881), otro gran defensor de la dignidad de los africanos, que en 1857 salió para el Sudán. Lavigerie conocía también las crónicas de David Livingstone, que, después de su llegada a África del Sur en 1841, había hablado en numerosas ocasiones de los estragos, devastación y ultraje de la esclavitud. 

Campaña contra la esclavitud 

El espíritu de Lavigerie estaba turbado por la trata de esclavos. A los misioneros les había invitado a luchar por la dignidad y la liberación de los esclavos. Le llegaban noticias escalofriantes de los misioneros, que habían comenzado las tareas de evangelización en los países africanos en los que se secuestraba y compraba, vendía y traficaba con seres humanos como si fueran mercancía. La esclavitud iba contra la dignidad y la humanidad del ser humano. Por eso, en la visión de Carlos Lavigerie, el mensaje evangélico tenía una dimensión liberadora para miles de hombres y mujeres en África, víctimas de la esclavitud y del comercio organizado por jefes y reyezuelos, mercantes y mercaderes de vidas humanas.

Así escribía Carlos Lavigerie: “La esclavitud es contraria al Evangelio y contraria al derecho natural. Yo soy una persona humana y la opresión me indigna. Soy una persona humana y las crueldades contra tan gran numero de mis semejantes solo me inspira horror”. En varias ocasiones Lavigerie había intentado lanzar una campaña contra la esclavitud, pero se había encontrado con el muro de la apatía y de la indiferencia. Surgió una nueva ocasión: la abolición de la esclavitud en Brasil en 1888. Lavigerie aprovechó para pedir al Papa Leon XIII que en su carta a los obispos del Brasil no se limitara solamente  a comentar la extinción de un mal social, sino también a buscar remedio a tal situación.

Fue el 21 de Mayo de 1888 cuando el Carlos Lavigerie inició la campaña contra la esclavitud en la Iglesia del Gesù en Roma. Había obtenido el beneplácito y el apoyo del Papa León XIII para lanzar un llamamiento general en Europa contra el comercio, la compra y la venta de esclavos. Era imperativo defender la dignidad de los hombres y mujeres de África, devolverles la libertad, promover los derechos humanos. Lo exigía el mensaje del Evangelio. Lavigerie no se dirigía únicamente a los cristianos, sino a toda la población ya que la dignidad sagrada de cada persona pasa por encima de las culturas, lenguas, etnias y religiones.

Llamada a la conciencia

La Campaña de Carlos Lavigerie fue un evento que sacudió las conciencias de los gobiernos europeos, influenció la opinión pública y contribuyó a contener, sino a parar al menos en parte, la sangría más cruel y perversa, el horror más bárbaro y atroz, el plan más salvaje y brutal de la historia de África: las razzias e incursiones, la compraventa y el tráfico de seres humanos, el pisoteo sistemático y planificado de la dignidad humana. La esclavitud, de cualquier tipo que esa sea, destruye la dignidad de la persona.

Si hay algo en la historia de la humanidad que reviste una importancia básica y fundamental es la dignidad sacrosanta e inviolable del ser humano. Por encima de toda barrera ideológica, de toda demarcación étnica y geográfica, de toda frontera religiosa y cultural. Porque la dignidad inherente al ser humano no es fruto de acuerdos internacionales, ni el resultado de votos parlamentarios. No puede estar sometida a legislación política alguna, ni debe pasar por las urnas democráticas de los estados y naciones. Nace en el surco profundo de la persona humana y es parte integrante del ser humano. La dignidad humana no puede estar sometida al dictamen de leyes y normas, ni tampoco puede ser encadenada por decretos estatales, de cualquier naturaleza que estos sean. Todo ser humano se resiste a someterse por la fuerza para ser transformado en un vil esclavo sin dignidad, sin derechos, sin libertad. Pero con la violencia física y psicológica de la esclavitud la dignidad humana es brutalmente asesinada, la libertad física violentamente suprimida y los derechos humanos salvajemente pisoteados. 

La trata de seres humanos

Bien que la esclavitud y la trata de seres humanos habían existido desde la antigüedad, en la época del Cardenal Lavigerie las diferentes regiones del continente africano se habían convertido en inmensos mercados de esclavos, con sofisticadas redes de comunicación, aprovisionamiento y recursos. Barcos y navíos, puertos e infraestructuras, planes, intereses  e inversiones. No eran solo los mercados de materias preciosas (oro, diamantes, plata, etc.) y materiales preciados (marfil, madera, pieles, etc.), sino también mercados de “mercancía humana” con una proyección internacional. Los puertos se habían convertido en recintos feriales de esclavos donde estos venían expuestos, se subastaban, se pujaba el precio, se compraba y se vendía.

Comerciantes africanos participaron activamente en la trata de esclavos vendiendo cautivos, prisioneros, secuestrados y criminales. El Rey Gezo de Dahomey, hoy Benin, decía en 1840: “El comercio de esclavos es el principio que gobierna mi pueblo. Es la fuente y la gloria de su riqueza”. El Rey de Bonny (Nigeria) al oir que el Parlamento británico había abolido la esclavitud en 1807, quedo estupefacto: “Creemos que ese comercio debe continuar. Es el veredicto de nuestro oráculo y el de nuestros sacerdotes. Dicen que vuestro país, a pesar de lo grande que es, no puede prohibir aquello que ha sido decretado por Dios”.

Millones de africanos fueron esclavizados y privados de su dignidad, comprados y vendidos, intercambiados, encadenados y transportados a lugares desconocidos. Se calcula que entre 1650 y 1900 unos 12 millones de esclavos africanos llegaron a América. Procedían de diferentes regiones y territorios de África: Angola, Benin, Camerún, Congo, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Mozambique y Senegal. Familias fragmentadas, poblaciones diezmadas, territorios despoblados, tribus dispersas. La compraventa se realizaba a la luz del día mientras comerciantes y financieros, mercaderes y traficantes, seleccionaban, examinaban, compraban, vendían y transportaban esclavos como si se tratase de productos mercantiles. En 1789 en la ciudad de Charleston (Carolina del Sur) un anuncio publicitario de venta de esclavos decía: “Charleston 24 de Julio de 1789. Para la venta. Cargamento de noventa y cuatro negros. Sanos y en excelente estado: treinta y nueve hombres, quince chicos jóvenes, veinticuatro mujeres y dieciséis chicas jóvenes. Acaban de llegar en el Brigantine Dembia de Sierra Leone, Francis Bare, Master. David & John Deas”. 

El juego triangular

Los descubridores de América vieron grandes posibilidades de comercio e imaginaron las  ganancias aseguradas en la explotación de las riquezas naturales y de las tierras. Por eso, la mano de obra de los esclavos, ahora emigrantes forzados, se hacía necesaria, esencial e indispensable. Los colonizadores europeos entran de lleno en el juego triangular de la esclavitud: Europa, África y América. La penosa travesía del Atlántico era conocida como el Middle Passage o el Pasaje del Medio: salida de África, viaje en el Atlántico y llegada a las Américas. Por una parte, con sus barcos y navíos países como Dinamarca, España, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y Suecia, exportan a las regiones tribales del Golfo de Guinea, sobre todo, materiales textiles y armas, a cambio de esclavos. Estos son transportados en infames y deplorables condiciones a los diversos territorios americanos. Buques, barcos, veleros y navíos estaban preparados para el transporte de un determinado número de esclavos. La “mercancía” debía llegar a su destino en perfectas condiciones y por eso se tomaban todas las precauciones para evitar amotinamientos y revueltas, algaradas y trifulcas durante la navegación. Por ejemplo, el navío francés Le Saphir salió del puerto de La Rochelle en 1784 con destino al norte de la desembocadura del Río Congo y cargó unos 500 esclavos para transportarlos y venderlos en Santo Domingo.

La industria más floreciente

El comercio de esclavos era una de las industrias que más ganancias proporcionaba a empresas, gobiernos y multinacionales: construcciones navales, servicios portuarios, servicios médicos, transporte marítimo, oficinas de cambio, administración local,  instrumentación de a bordo, herramientas agrícolas, logística de comunicaciones, manutención de buques y navíos, reclutamiento de marineros, mano de obra. Combatir el complejo sistema global de la esclavitud era enfrentarse a extensos imperios financieros, desafiar al comercio internacional de esclavos y luchar contra grandes centros de poder, tanto político como económico. A lo largo de los años se había tejido un tupido entramado de intereses, una extensa red de comunicaciones marítimas y un complejo sistema comercial. Al mismo tiempo la abolición de la esclavitud significaba ingentes pérdidas económicas y desequilibrios políticos de insospechadas consecuencias. De hecho, en la esclavitud participaron cuatro continentes y millones de personas a lo largo de siglos. Por eso era difícil combatir la esclavitud de los africanos, recuperar el sentido de la dignidad de los esclavos e influenciar la opinión pública. 

Moneda de cambio

El esclavo se había convertido en la moneda de cambio y su valor era cuantificado después de un riguroso examen de sus condiciones físicas. Las plantaciones, el desarrollo de las tierras y los mercados de Estados Unidos, Brasil y las Islas del Caribe eran el destino final de los esclavos africanos. Entre 1550 y 1750 unos 15 millones de esclavos fueron transportados a diferentes partes de las costas americanas. Durante ese periodo el precio de un esclavo africano era de 25 dólares mientras que en Estados Unidos valía 150 dólares.

Pero no todos los esclavos que formaban el cargo de los barcos llegaban a buen puerto. Las bajas eran numerosas a causa de la deshidratación y las enfermedades durante la penosa navegación y la larga travesía del Atlántico. Sin olvidar las rebeliones, las revueltas y las muertes a causa de los abusos, violencia y castigos. Fueron numerosos los navíos que naufragaron por las galernas, el acoso y la furia del océano. Así ocurrió con el velero francés, Adelaide, que se hundió en las costas de Cuba en 1714 con un gran número de esclavos africanos. Lo mismo sucedió al navío  británico Henrietta Marie, que acabó en el fondo del Atlántico cerca de Marquesas Keys (Florida) en 1700. O el Kron-Printzen, de bandera danesa, que fue a la deriva en 1706 con más de 800 esclavos africanos. 

El poderío de Gran Bretaña

A partir de 1640 Gran Bretaña gestionaba el lucrativo comercio de esclavos a través de muchas compañías. Una de ellas, la Royal African Company, era la más importante. Obtuvo el monopolio en 1672. Las otras compañías protestaron vehementemente y el monopolio acabó en 1698. Los navíos que transportaban esclavos volvían a los puertos europeos con cargamento de café, azúcar, tabaco y arroz. Todo ello procedía de las plantaciones en las que trabajaban los esclavos de origen africano. 

Abolición de la esclavitud

En 1807 el Parlamento británico aprobó la ley que prohibía el comercio de esclavos. Los Estados Unidos declararon ilegal la esclavitud de 1808. Sin embargo, la trata de esclavos continuó hasta 1863 dentro de las fronteras estadounidenses. 

Sayyid Said en África Oriental 

Si el comercio y tráfico de esclavos había crecido desmesuradamente en los países del Golfo de Guinea, de Gambia a Angola, lo mismo se podía afirmar de la costa oriental del continente africano. Las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia estaban bajo influencia y control de la dinastía al-Busaid de Omán. Las habían conquistado venciendo a los portugueses que se replegaron a Msumbiji, nombre antiguo de Mozambique.

Sayyid Said bin Sultan (1790-1856) transfirió la capital de Omán a Zanzíbar en 1840. Su objetivo principal era transformar radicalmente la isla de Zanzíbar, hasta entonces un puerto de pescadores, convirtiéndola en el centro del comercio mundial. Era un ambicioso plan que pronto comenzó a dar excelentes y lucrativos resultados. Introdujo las plantaciones de clavos y especias en Zanzíbar, dando fama internacional a la isla. Invitó a los banqueros indios, conocidos como los banyan, para que se ocuparan de la gestión y administración de las finanzas del Sultanato. 

El poderío de Sayyid Said

Sayyid Said controlaba Omán, el Cuerno de África, las islas y las costas del Océano Indico, desde Mogadiscio hasta el Norte de Mozambique. Los Estados Unidos abrieron despachos comerciales en Zanzíbar. Dos agencias de negocios se establecieron en la isla: John Bertram & Co de Massachussets y Arnold Hines & Co de New York. Gran Bretaña abrió una oficina consular en 1841 y a continuación lo hicieron Alemania, Austria, Bélgica, Francia e Italia.

El sultán de Zanzíbar controlaba el comercio de esclavos africanos que estaba en manos de mercaderes, tratantes y navegantes árabes. No podemos dejar de lado la referencia al comerciante de esclavos y marfil más poderoso del África Oriental, Hamed bin Mohamed al-Marjebí (1837-1905), más conocido con el nombre de Tippu Tip. Nacido en Zanzíbar, se convirtió en el hombre fuerte y el personaje político indispensable en los acuerdos, tratados y chantajes de todo tipo. El Rey Leopoldo II, rey de los belgas, en acuerdo con el Sultán Bargash de Zanzíbar (1837-1888), lo nombró gobernador del Estado Libre del Congo. Era en definitiva un evidente e inequívoco reconocimiento a su autoridad, poder y hegemonía. Pero tres años después estalló la guerra entre el todopoderoso Tippu Tip y el ejército del Estado Libre a causa de la explotación sistemática del curso superior del Río Congo.  Tippu Tip, que para entonces poseía, miles de esclavos, numerosas plantaciones y muchas propiedades, se retiró a Zanzíbar donde escribió su biografía en suahili con caracteres árabes. Murió en Zanzíbar, su ciudad natal en 1905.

El comercio de esclavos y productos del interior de África llegaba a la costa a través de tres rutas. La primera enlazaba Zanzíbar con la región de Manyema en el Congo; la segunda venía del África Central bordeando el Lago Tanganika y la tercera unía Zanzíbar con Uganda. Las dos primeras tenían como plaza comercial de referencia la ciudad de Ujiji a orillas del Lago Tanganika mientras que la tercera se unía a las otras dos en la ciudad de Tabora, en la región central de Tanzania. En 1811 se abrió el mercado de esclavos en Zanzíbar.

Viví en la ciudad de Tabora año y medio. Las palmeras, mangos y cocoteros indican hoy las rutas de la trata de esclavos en las cercanías del barrio de Makokola. Pero no era solamente la mano de obra que necesitaba Sayyid Said, y los sucesivos sultanes, para las nuevas plantaciones agrícolas de Zanzíbar, sino también todos aquellos productos que era de gran valor en el comercio exterior: marfil, oro, pieles, madera, coral, minerales. Era tal la influencia de Sayyid Said en las rutas comerciales del interior de África que hay un dicho en las tradiciones suahili que resume su vasto y innegable poderío: “Cuando la flauta suena en Zanzíbar se oye en el Lago Tanganika”. 

La campaña contra la esclavitud

Las noticias dramáticas, enviadas por los misioneros desde la ciudad de esclavos, Ujiji, alertan al Cardenal Lavigerie y le empujan a alzarse en contra del comercio y tráfico de esclavos africanos. Habla y discute con el Papa León XIII sobre el escándalo, la ignominia y la crueldad de la esclavitud. Esta vez Lavigerie no se rinde, ni está dispuesto a dar el brazo a torcer. Condenar la trata de esclavos y romper las cadenas de la esclavitud debe ser una prioridad absoluta de la misión de la Iglesia en África. Pero eso exige que los  gobiernos europeos tomen conciencia y sacudan la actitud de apatía institucional ante el horror, la infamia y el oprobio del comercio de esclavos africanos. 

Viaje a Paris  

Inaugurada la campaña contra la esclavitud el 21 de Mayo de 1888 en la Iglesia del Gesù en Roma, el Cardinal Lavigerie se preparó para el tour europeo. Eran tres las capitales europeas previstas en su programa inicial de conferencias, encuentros y visitas: París, Londres y Bruselas. Lavigerie recordaba aquello que había pensado en muchas otras ocasiones, cuando intentaba concienciar la opinión pública y los gobiernos europeos sobre las atrocidades, la barbarie y el terror de la esclavitud. Lo dijo abiertamente en Paris durante la conferencia pronunciada en San Sulpicio el 1 de Julio de 1888: “Para salvar el interior de África hay que provocar la ira del mundo".

Nadie podía permanecer indiferente ante el espíritu libre, valiente y arrollador de Lavigerie. Sus elocuentes palabras reflejaban el eco profundo de sus convicciones personales y mostraban su pasión indefectible por la defensa de la dignidad humana. Relatar la crudeza de los hechos era la única manera de sacudir la modorra colectiva, de limpiar la hojarasca de la apatía generalizada, de erradicar la broza de la ceguera mental europea. Durante siglos los europeos parecían contemplar con ojos benévolos la compraventa de esclavos africanos.

En esa época dos millones de seres humanos desaparecían cada año, es decir, cinco mil africanos eran raptados, secuestrados, asesinados, comprados, vendidos o transportados cada día. Estos hechos significaban la destrucción sistemática de los pueblos y gentes del  continente africano.

Lavigerie iba consiguiendo que los pueblos europeos, de fe y tradición cristianas, abrieran la mente a la cruda y monstruosa realidad del tráfico de seres humanos. Desde la capital francesa Lavigerie lanzó una llamada a voluntarios y periodistas de toda Europa para que difundieran el mensaje, explicaran los hechos y trabajaran por la liberación de los esclavos. Pero sobre todo, para que los gobiernos, las empresas y las compañías pusieran fin a la esclavitud de una vez para siempre. Lo pedía sin más tardar y lo  exigía sin más demora el respeto indiscutible de la dignidad humana y la salvaguardia inaplazable de millones de seres humanos. 

Viaje a Londres

En Gran Bretaña le esperaba un público mucho más informado sobre la esclavitud. La  sociedad antiesclavista, la Anti Slavery Society, fundada en 1839 y la única existente en Europa para combatir el comercio de esclavos, había invitado Lavigerie para la campaña antiesclavista. Ejercía una gran influencia a nivel diplomático. El diario londinense, The Times, había publicado la noticia de la visita de Lavigerie y del impacto que había tenido su conferencia de Paris. Las autoridades británicas le ofrecieron la sala conocida con el nombre de Prince’s Hall. La presentación y la presidencia corrió a cargo de Lord Granville, antiguo Secretario de Estado en el ministerio de Exteriores y artífice del tratado impuesto a Zanzíbar en 1873, prohibiendo la exportación marítima de esclavos.

El Cardenal Lavigerie impartió su conferencia el 31 de Julio de 1888, comenzando con las palabras que David Livingstone escribió en Kwihara (Tabora, Tanzania) un año antes de su muerte. “Todo lo que puedo añadir en mi soledad, es pedir que las abundantes bendiciones del cielo desciendan sobre cada uno, sea americano, inglés o turco, para curar la llaga abierta del mundo”. Estas palabras son las que están escritas en la tumba de David Livingstone, situada en la Abadía de Westminster y que Lavigerie había visitado con anterioridad. La referencia a “la llaga abierta del mundo”  tiene una connotación particular y se refiere a la esclavitud. Lavigerie dijo en su discurso en el Prince’s Hall: “Yo no soy un político, solamente un pastor que ha venido a hablaros de la crueldad de la esclavitud africana. El mío es un grito de indignación y de angustia”.

La presencia, contactos y visitas del Cardenal Lavigerie en Gran Bretaña tuvieron un significado particular en el campo de las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y el Comunión Anglicana. Desde que Enrico IV rompió con la Iglesia, católicos y protestantes lucharon por el control del poder. El proyecto del combate contra la esclavitud, la llamada a las instituciones para su supresión total y la propaganda popular para su abolición, constituyeron una base común de cooperación y colaboración a favor de los derechos humanos y libertades civiles de los pueblos africanos. Como Livingstone, también para Lavigerie “la llaga abierta” de la esclavitud había que curarla. Una tarea ardua, difícil y prolongada en el tiempo.

El Museo de Bristol (Reino Unido), puerto de gran importancia en el comercio de esclavos, organizó una Exhibición sobre La Esclavitud  en 1999. Uno de los visitantes escribió este comentario en un folio de papel: “Soy africano. Gracias por esta exhibición. La gente no tendría que olvidar lo que nuestro pueblo sufrió. Pidamos para que nunca más se vuelva al pasado o a otra forma de crueldad contra una raza, sólo porque es diferente”. 

Viaje a Bruselas 

La etapa siguiente del periplo europeo de Carlos Lavigerie será Bélgica. Es consciente de las dificultades que su presencia puede suscitar. Sabe que no podrá criticar de manera directa lo que ocurre en el Congo sin importunar al Rey Leopoldo II, ni molestar al país. Después de la Conferencia de Berlín de 1884, convocada por Francia y el Reino Unido y organizada por el Canciller de Alemania, Otto von Bismarck, Bélgica, el reino europeo más pequeño por su extensión geográfica, recibió la asignación colonial del inmenso Congo, sesenta veces más grande. La Conferencia de Berlín tomó varios acuerdos, entre ellos la abolición de la esclavitud. Sin embargo, el comercio de esclavos continuaba a pesar de haber sido prohibido y declarado ilegal. La campaña de Lavigerie contra la esclavitud no debería levantar, en principio,  demasiadas sospechas por posibles ingerencias políticas, ni ser considerada como una avanzada estrategia del fundamentalismo religioso.

La conferencia de Lavigerie tiene lugar en Bruselas, en la Basílica de Santa Gudule el 15 de agosto de 1888. No faltan el tacto, ni la diplomacia en su discurso, y tampoco los argumentos convincentes  para que Bélgica se comprometa  a combatir la esclavitud. Lavigerie repite las palabras del Rey Leopoldo II: “La esclavitud que se mantiene todavía en una gran parte del continente africano, es una plaga que todos los amigos de la auténtica civilización tienen que desear ver desaparecer”. En su discurso, Lavigerie hará repetidas veces mención de la región de Manyema en el Congo. Se había convertido en la gran fuente del comercio de esclavos, que eran conducidos a Zanzíbar para ser vendidos en el mercado internacional.

La llamada de Charles Lavigerie fue bien acogida por el Rey de los belgas, Leopoldo II, quien al año siguiente, el 18 de noviembre de 1889, recibió en Bruselas a los representantes de dieciséis gobiernos. Era urgente determinar las medidas necesarias a adoptar para  denunciar, frenar y reprimir la trata de esclavos, resultante de la colonización europea y del reparto de África. El comercio de esclavos no había disminuido su intensidad, ni amainado su fuerza a pesar de la Conferencia de Berlín de 1884.

La Conferencia Internacional de Bruselas del 18 de noviembre de 1889 adoptó en la práctica las orientaciones de Lavigerie. Fue él quien presentó los textos más significativos bajo el título Documents sur la Fondation de l’Oeuvre Antiesclavagiste, textos que fueron distribuidos a cada uno de los 16 representantes oficiales. Seguía siendo verdad la frase de Lavigerie: “Para salvar el interior de África hay que levantar la cólera del mundo”.

Sin olvidar la historia  

El comercio de esclavos africanos, vendidos y transportados a lugares lejanos por mercantes americanos, negociantes europeos, mercaderes árabes y financieros indios es parte integrante de la historia del mundo que nadie debería jamás olvidar. Pero, helas, la historia contemporánea nos demuestra que la esclavitud de los seres humanos, en todo su abanico de facetas y manifestaciones, lugares y contextos, sigue siendo una malvada, cruel y despiadada realidad de nuestro tiempo.

El 125 Aniversario de la campaña antiesclavista de Charles Lavigerie es una llamada firme, un reto audaz y  un desafío punzante para combatir en favor de la dignidad humana y para luchar por las libertades civiles de todos los pueblos. Por encima de toda frontera cultural y geográfica, por encima de toda barrera lingüística y religiosa, por encima de todo mojón ideológico y de toda muga política. En un mundo lleno de guerras y conflictos, sembrado de dolor y miseria, teñido de sangre y pobreza.

Sin embargo, la memoria de un evento histórico, como la campaña contra la esclavitud del Cardenal Lavigerie, puede sacudir la inercia de los estados, despertar la conciencia cívica de la población y dinamizar las  sociedades modernas. En un mundo en el que el potencial humano, en cualquier paraje, lugar y rincón del planeta, debe ser la mejor fuente de libertad, el terreno más fértil de los derechos y el manantial más límpido de la dignidad humana. Sin las cadenas infames de la discriminación, sin las amarras violentas de la intolerancia, sin la esclavitud feroz del ultraje, del odio y del abandono.

Esos son los retos  frontales de nuestro tiempo, y lo seguirán siendo, capaces de transformar profundamente la senda de toda sociedad, de cambiar el rumbo y los horizontes de los pueblos, de hacer frente con entereza, determinación y libertad a los desafíos inherentes al quehacer cotidiano y al devenir constante de la humanidad.

Por Justo Lacunza Balda