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on Wednesday, December 11, 2013
“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión”. Nelson Mandela

Llanto y danzas, cantos y sollozos por la muerte de Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013). Un líder íntegro en sus principios, carismático en sus horizontes y valiente en los desafíos de la vida. Una personalidad que reflejaba sin alboroto ni algarabía lo esencial de la vida humana: la convivencia pacífica en el respeto mutuo, la libertad constructiva y la dignidad inviolable de la persona humana. Por encima de toda frontera étnica y geográfica, más allá de todo linde religioso y cultural. A pesar del abominable y atroz calvario de su vida Mandela cultivó en el silencio de su alma libre y compungida el sentido profundo de la reconciliación, del perdón y del amor. Fue capaz de desbaratar con sus iluminadoras palabras y vencer con sus elocuentes acciones los fáciles caminos de la violencia popular.

Del “amor a los enemigos” Mandela hizo la divisa genial de su esperada liberación el 11 de febrero de 1990. Tenía dos opciones en una Sudáfrica maltrecha y vapuleada por bestia infernal del apartheid: el camino de la guerra o la senda de la paz. Ante ese difícil, arriesgado y laborioso dilema personal, Mandela optó por la vía de la reconciliación y de la paz. Salió de prisión y era un hombre libre, no sólo físicamente hablando sino también interiormente. Como siempre lo había sido. Pero no abandonó el calabozo para arremeter contra sus infames perseguidores, como tantos lo esperaban, sino para construir con paciencia una sociedad nueva, democrática y libre en la que hubiera un espacio digno y vital para cada uno de sus miembros. No importa quienes fueran. Era una tarea ingente y piramidal. En un país que había sufrido los arañazos y golpes, la represión e crueldad de la más vil, infame y rabiosa discriminación.

Nada ni nadie consiguió arrebatarle el don inestimable de la libertad humana, plantada y enraizada profundamente en lo más íntimo de su ser. Ni la persecución, ni el dolor. Ni el aislamiento, ni la cárcel. Ni el desprecio, ni las amenazas, ni el racismo. Luchó con todas sus fuerzas para sobrevivir a la maldad, a la violencia, a la ira contra el enemigo.  Fue fiel a los sólidos, firmes e inquebrantables principios que habitaban su alma. No permitió que el mal, en sus múltiples y variadas expresiones, dañara sus profundas convicciones, empañara sus grandes ideales, dinamitara la vía dolorosa de la paz y la concordia. Era duro, complejo y peliagudo estrujar el odio y la rabia que se habían acumulado en millones de ciudadanos a lo largo de la historia. Era complicado poner en marcha cambios radicales y unir todas las energías a favor de la convivencia civil. Pero no había otra posible hoja de ruta en un país cuya realidad social y humana reflejaba el arco iris del cielo.

La otra opción era propagar la lacra de la violencia sectaria, ahondar en la vileza del odio racial, acabar en la vorágine de un  conflicto nacional sin vencedores ni vencidos. En calles y plazas. En ciudades, pueblos y aldeas. Una sociedad multirracial en la que los caudillos y mandarines más poderosos, férreos y aguerridos  dominarían con las armas y el mosquetón, la porra y el gatillo, los tanques y la cárcel. No con las herramientas de la democracia y la libertad, de la dignidad y la reconciliación, de la igualdad y el derecho. Sería fácil aullar como fieras en el campo, ladrar como perros en los patios, vociferar como enajenados en las calles, chillar como dementes en las plazas. Pero todo eso se convertiría en hueca y grisácea espuma popular. En esa línea nada se haría para medicar las fibras laceradas y curar las heridas infectadas de la sociedad sudafricana. El viejo y rojizo caldero de la discordia y la embestida, de la crueldad y la infamia, de la lucha y la contienda continuaría en ebullición perenne y amenazadora, peligrosa y descontrolada.

No cabía en la mente sagaz y aguda, lúcida y clarividente de Mandela que su propio país acabara siendo la fosa de la demencia social y la tierra del fuego racista. Corría el serio peligro de convertirse en el páramo de la miseria humana y el volcán de la insania política. Su gran espíritu de magnanimidad se fue forjando a través de sus luchas personales y tejiendo en los duros años en prisión. A pesar de su largo periplo en solitario, de sus reveses e infortunios familiares. Pero sobre todo, su coraje y valentía se templaron a través del combate sin tregua contra el horror, la esclavitud y la barbarie del apartheid. Mandela se convirtió en el gran héroe de la nación. No en el libertador populista de la arenga enfebrecida, las promesas grandilocuentes y el pisoteo rabioso de los adversarios políticos. Comenzó defendiendo la dignidad de los africanos negros y ahora defendía la dignidad de todos los sudafricanos. Un mosaico de colores, con todos los posibles significados, era el diseño ideal en la mente de Mandela. Con miles de gamas y talentos, de razas y pueblos, de orígenes y lenguas, de caras y aristas. Como los preciados, insustituibles y valiosos diamantes de Kimberley.

Mandela tuvo la valentía de deshacerse de las envenenadas redes de la venganza política para emprender la senda real en la que debía haber cabida para todos en base a la dignidad humana. Un camino arduo, difícil y peliagudo. Sembrado de pegas y obstáculos, barreras e insidias. Pero Mandela había atravesado ya el umbral del color, de la diversidad y del pluralismo para situarse en la esfera de la creación de un espacio de humanidad para todos. Blancos, negros, mestizos. Sin olvidar las lacerantes cicatrices y la memoria histórica de su nación. Aprendiendo las amargas y denigrantes lecciones de la historia para nunca jamás repetirlas en suelo sudafricano. En esa visión ideal poco importaba el mosaico de los colores, la configuración de las razas, los laberintos del pasado. Atrás quedaba el racismo visceral, la esclavitud cotidiana, la discriminación social. Todo ello había producido muerte y desolación, aflicción y sufrimiento. Mandela lo sintetizó con estas palabras: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Es entonces cuando él se transforma en tu compañero” Se requiere una colosal fuerza interior para desafiar el muro de las voces discordantes y enfrentarse a las críticas acerbas y mordaces de los ciudadanos. Para desafiar el furor rebelde, vengativo y desencajado de los que clamaban a pleno pulmón el desquite, la revancha y el ajuste de cuentas. Pero Mandela no estaba dispuesto a acuñar “la nueva moneda negra” de las represalias raciales para reemplazar “la vieja moneda blanca” del apartheid desalmado. Eso significaría volver a las tinieblas del pasado, destruir todavía más el país, fomentar el racismo con etiqueta diversa. El revanchismo político nunca orbitó ni anidó en su organigrama político de gran presidente africano. A pesar de que las autoridades racistas del país habían agrietado y desgarrado su vida durante largos años de acecho y desolación. El odio y la violencia contra sus feroces enemigos nunca se enquistaron en su alma.

El gran estadista sudafricano era conocido con el nombre familiar de “Madiba” en referencia a su clan de pertenencia de la etnia Xhosa. Luto nacional de diez días por uno de los hijos más famosos de África. Ha fallecido el implacable defensor de los derechos humanos, el icono global de la reconciliación, el gran conciliador de blancos, negros y mestizos de la nación sudafricana. Todos sin excepción, árabes y europeos, africanos y americanos, orientales y occidentales, norteños y sureños quieren honrar la memoria del  Mandela. La muerte de Mandela ha robustecido el espíritu acogedor y solidario del mundo. Con minutos de silencio en asambleas, parlamentos y senados. Los medios de comunicación, la prensa escrita y los documentales han enaltecido la vida, el coraje y las proezas del célebre líder sudafricano. Hasta la Bolsa de New York ha tomado un inusitado respiro. Ocurre por lo general en las grandes crisis económicas o en los vaivenes climáticos. Se ha parado de forma inusual la avalancha agobiante de las inversiones y el palabrerío ensordecedor de los agentes en memoria del prisionero más famoso de todos los tiempos. La del prisionero 46664, el número de Nelson Mandela en Robben Island. Las Naciones Unidas no han querido dejar pasar el conmovedor evento de su fallecimiento y han guardado un riguroso minuto de silencio en su honor y memoria. Por aquel a quien la misma Organización había declarado “terrorista”. Fue cuando Mandela fundó el comando Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) después de la Conferencia Pan-Africana de 1961.

La turbulenta historia relacionada con su trayectoria de vida tiene muchas luces y sombras. Mandela, él mismo lo repetía, “me caí y me levanté”. Se refería a sus propios bandazos, errores y decisiones. Todo lo resumía con la famosa frase, “no soy un santo”. Pasó 27 años en prisión de los cuales 18 en la infame prisión de Robben Island y el resto en otras cárceles sudafricanas. En Robben Island disponía de una celda de cemento de cuatro metros cuadrados. Fría, despiadada y gélida en invierno. Tórrida, sofocante y malsana en verano. Una isla utilizada por las potencias coloniales de Holanda y Gran Bretaña como hábitat de leprosos, locos y prisioneros. Mandela sufrió en su propia piel el escarnio malvado, la opresión cruenta y el desprecio cruento de la discriminación. No por motivos ideológicos y revolucionarios, sino sencillamente por ser lo que era: de piel negra. Sin tener culpa alguna de haber venido al mundo en un clan africano y en un grupo étnico también africano. Como nadie de los humanos ha podido hacerlo, tampoco Mandela eligió a sus padres, ancestros y antepasados. Tampoco había elegido el clan. Ni el color de la piel, ni el lugar de nacimiento, ni el año de su venida a Sudáfrica. Por lo tanto el racismo, en la aguda, lúcida y clara mente de Mandela,  era el símbolo del oprobio más infame, de la crueldad más perversa, en la barbarie más depravada. ¿Cómo era posible que él no pudiera ser, en su propia tierra, lo que la vida le había dado en su propia carne: ser madiba, negro y africano? ¿Por qué tenía que avergonzarse de lo que era? Su inquebrantable convicción personal, madurada en tantos años de silencio y aislamiento, le llevaba a una diáfana e irrevocable conclusión: luchar por la dignidad de los negros sudafricanos. Pero no con la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente” contra los  blancos sudafricanos, sino con la grandeza de la reconciliación nacional.

Mandela nació en su pueblo natal de Mvezo. Una aldea insignificante, de poca monta y de pocos habitantes, en la región del Transkei. Allí bebió en las fuentes de las tradiciones tribales y la sabiduría de los ancianos. Le contaron la experiencia de los combates sin tregua contra la recalcitrante supremacía blanca. Pasaban el áspero y violento rodillo del odio por encima de la dignidad africana. ¿Por qué inculpar y discriminar,  atropellar y perseguir, someter y esclavizar a alguien a causa del color de su piel? Así de dura, pétrea y desconcertante era la razón profunda del racismo que Mandela, como tantos millones de sudafricanos, sentían en su propia carne. Por eso desde joven sentía el impulso arrollador de que los carteles de “blancos por un lado y negros por otro” tenían que desaparecer. Costara lo que costara, aún a costa de su propia vida. Así lo explicitó en el Juicio de Rivonia (Tribunal Supremo de Pretoria) el 20 de abril de 1964 durante el discurso de su defensa en el tribunal de justicia: “Yo he luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. Yo he valorado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas viven juntas en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero conseguir. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado para morir” Su famoso abogado defensor, Abram Louis Fischer (1908-1975), leal e incansable activista contra el apartheid, le había aconsejado eliminar ese parágrafo de su discurso. Pero Mandela, que lo había escrito durante quince días en la cárcel, se negó rotundamente a hacerlo. Era consciente del terrible riesgo que corría: acabar en el patíbulo. En vez de sentarse en el banquillo optó por ponerse en pie delante del tribunal que lo juzgaba. Con una lectura lenta, incisiva y pausada leyó todo lo que había preparado aislado y entre rejas. Le habían acusado de sabotear el Estado y de organizar una revolución violenta en Sudáfrica. Los medios a utilizar eran la conspiración del Congreso Nacional Africano (CNA), la lucha armada del movimiento militar Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) y la acción del Partido Comunista. El brío y el arrojo del discurso de Nelson Mandela quedarán para la posteridad como el símbolo luminoso de la defensa de la dignidad humana, no sólo de los africanos, sino de todo ser humano. Nelson Mandela demostró una vez más sus grandes cualidades de abogado y orador. Junto con su  compañero de ruta, Oliver Tambo (1917-1993), fueron los dos primeros abogados negros sudafricanos que se graduaron en derecho. Cursaron sus estudios en la Universidad de Witwantersrand, fundada en 1896 y que tiene como lema (Scientia et Labore).

La luminosa y excepcional figura de Madiba nos deja en herencia la pasión viva y singular de un hombre libre. Luchó con todo el tesón de sus fuerzas por la dignidad, el respeto y la concordia entre gentes, pueblos y razas. No lo hizo solamente con palabras vacías y acicaladas, ni tampoco con propuestas ideológicas y altisonantes. Lo consiguió con la admirable y tenaz arma de su conducta y de su vida. Una prodigiosa sinfonía de portada global con dos instrumentos inigualables: la palabra y la acción. Conoció el racismo recalcitrante y corrosivo desde sus años de estudiante. Huyó a Argelia y Etiopía para entrenarse en la lucha armada. Remó a contracorriente en las aguas turbulentas de su alma interior ante la tentación de volver de nuevo a las armas. Pero para Mandela esa era una vía impracticable a la que renunciaría libremente antes de abandonar la cárcel de la isla maldita. No era el hombre destinado a vivir del embrujo de  los mitos guerreros, del tablao de las ideologías utópicas, de la algarabía de la política torpe y cerril. Al contrario, su viaje terrenal fue un combate diario y constante por el derecho a la vida digna. La de todos, sin excepción alguna. Cada uno con el inestimable bagaje de su propio origen y cultura, de su lengua y religión, de su tradición e identidad. Después de la vida de Madiba el color de la piel ya no es lo más sagrado e importante, o no debería serlo, en la vida de los pueblos del planeta. Un duro y penoso adviento de días mejores, reflejado en una carta que escribió en abril de 1971 desde Robben Island: “A veces mi corazón no bate y se va parando por la tremenda carga de la espera”. En sus dolores y sueños encuentran hoy inspiración, fuerza y esperanza millones de habitantes de la tierra. Construyó una nueva calzada, tejió una nueva red, diseñó una nueva senda de luz para la humanidad. Porque la memoria de Madiba nadie jamás la borrará. A la profusión de las lágrimas por su muerte se suman también las sonrisas de felicidad por su vida. Ya no importa el color de la piel. 

Por Justo Lacunza Balda

on Monday, November 25, 2013
“Se encontraron las tinieblas
y fueron a tientas al mediodía
como si fuese de noche”
Job, V, 14.


En la España que ve asomarse con temor el final del año 2011 nadie parece ser capaz, o no quiere, juzgarse a sí mismo o a sus conciudadanos de acuerdo con criterios morales, y ello a pesar de que en lenguaje imperante de la corrección política, compartido por empresas, instituciones públicas y partidos, no deja de apelarse constantemente a los códigos éticos y de buenas prácticas de todo tipo, unos códigos de los que todo el mundo habla y en los que parece que nadie en realidad cree.

Y es que, en realidad, parece ser un sentimiento socialmente compartido que todo el mundo actúa persiguiendo sus propios intereses en un juego en el todo puede llegar a valer como estrategia, en el que todo se puede manipular a la hora de hablar para justificar cualquier postura, y en el que parecen haber desaparecido los hechos, puesto que, en nombre de unos principios supuestamente democráticos, se sostiene la idea de que todo el mundo tiene derecho a opinar lo que quiera de todo lo que desee, porque todas las opinones son sagradas e igual de respetables, no existiendo en realidad los hechos, ya que todo puede interpretarse de mil maneras distintas. No deja de ser curioso que, en un país en el que los medios de comunicación son cada vez menos libres y están cada vez mas condicionados por los intereses económicos y la sumisión a los poderes políticos, se quiera dar la impresión de que todo el mundo tiene acceso a una esfera de la opinión que en realidad ha dejado ya de existir, asfixiada por los lemas vacíos de los partidos políticos, los sofismas baratos de decenas de tertulianos y supuestos analistas que copan con éxito todos los medios de comunicación, dejando la verdad, la realidad y los hechos ocultos bajo la espesa capa del silencio.

Decía Thomas Jefferson en una carta a Edward Carrington del día 10 de enero de 1787: “si me dieran a elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un instante en escoger lo segundo” (Gardner, 2011, p. 51). Tenía razón, pero al contrario que en su época lo que ahora ocurre en España y sus universidades es que los gobiernos y los periódicos son lo mismo, puesto que quienes ejercen el poder no sólo consiguen constantemente ahogar la opinión, sino ocultar la verdad.

En las universidades españolas del crepúsculo del año 2011 podríamos decir que son ciertas dos célebres frases: la del Qohelet, (9, 10), cuando este sabio judío afirmaba que “mucha sabiduría conlleva mucha aflicción y quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor”, y la de un mujer judía alemana de fines del siglo XVIII, Rahel Varnhagen, que decía que: “la verdad es muy difícil de encontrar y además hay que ocultarla (Arendt, 2000).

Hoy, día 24 de noviembre del año 2011, se publica en la prensa una sorprendente noticia. En Afganistán, una mujer violada por un hombre casado es juzgada y acusada de adulterio, aunque puede redimir su pena casándose con su violador. Está claro que esta sentencia es una auténtica burla al derecho y a la dignidad humana, pero por desgracia el modo de razonar en que se basa es absolutamente habitual en nuestra sociedad y en nuestras instituciones. España no es Afganistán, a pesar de que, según se dice, sus tropas junto con muchas otras han conseguido instaurar allí una democracia y salvaguardar la libertad y los derechos humanos. En España no podría pasar esto porque difícilmente lo toleraría la opinión pública, a pesar de estar acostumbrada a escuchar algunas sorprendentes sentencias judiciales. Pero en España, en sus debates políticos, en sus medios de comunicación y en muchas de sus instituciones a veces se razona formalmente también así.

Si una mujer que se acuesta con un hombre casado es una adúltera, nuestra víctima lo es, claro está, si prescindimos de los hechos y las circunstancias y obviamos la violación, pero como la ley es la ley, si quiero puedo aplicarla utilizando una verdad a medias, porque así me conviene. En las formas actuales de la argumentación pública los hechos se utilizan parcialmente, de forma artera, cambiándose los argumentos en cada caso. Lo que vale para uno no vale para otro. Lo que dice un político sobre el mismo hecho cambia según esté en el gobierno o en la oposición y todo es revisable, opinable y manipulable, porque parece haber desaparecido el respeto a la verdad y todo parece haberse convertido en una ficción, en la que nadie es responsable de nada.

Decía Fréderic Bastiat que “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo” (“L’État”, en Journal des Débats, 25-IX-1848, p.3 9). Si era verdad en su época, cuando el Estado era muy pequeño en poder económico y político, ahora lo es aun mucho más en todas y cada una de sus partes. Y es que es un sentimiento compartido en España que todo se puede conseguir del Estado, siendo los destinatarios de sus beneficios los partidos políticos los empresarios y en menor medida los ciudadanos, a los que no deja nunca de recordárseles que están viviendo gracias al Estado del bienestar.

La política y las instituciones públicas españolas parecen ser sólo un campo de juego en el que sobreviven mucho mejor los tahures ventajistas, ya sean grandes o pequeños banqueros, empresarios pillados o no in fraganti en redes de corrupción, o simples maquiavélicos provinciales, locales o institucionales, cuyo mayor timbre de gloria es ser capaces de agotar toda su inteligencia en el tejido y destejido de redes y tramas económicas o institucionales de todo tipo.

En este mundo sobreviven los que se creen mejores por ser más capaces de maniobrar, y el único patrón moral que comparten es el logro de su éxito, ya que todos ellos se creen plenamente legitimados para moverse en un tablero de juego en el que ya nadie es responsable de los fracasos ni de los daños causados a los demás o a las instituciones públicas, puesto que los beneficios que cada cual se apunta siempre serán privados: sólo los daños son públicos y compartidos.

En la moral y el derecho son esenciales las nociones de responsabilidad y la de culpa. La responsabilidad y la culpa son básicamente individuales, pero pueden darse casos en los que surja una auténtica culpa colectiva, como cuando toda una nación o una sociedad, con su silencio, su cobardía y su complicidad facilita que se cometa un crimen de grandes dimensiones y consecuencias irreparables. Este fue el caso del Holocausto, tal y como señaló el filósofo alemán Karl Jaspers (Jaspers, 1947), quien acuñó el concepto de Schuldfrage o culpa colectiva del pueblo alemán, de sus jueces, militares, policías, médicos, empresarios, profesores y muchos ciudadanos de a pie que ampararon con su complicidad y su silencio, e incluso justificaron y negaron, una catástrofe de la que fueron espectadores y cómplices.

España no es Afganistán, y en ella no se está practicando un genocidio, claro está, pero sí que se está viviendo una gran crisis económica, social e institucional, una crisis en la que el primer muerto ha sido la verdad, de la que hasta ahora se decía que era la primera baja que se producía cuando estallaba una guerra real.

Y esa verdad desaparecida en el fragor de la crisis y silenciada por todos ha caído hace años en primera línea también en la universidad española, lo cual sería lógico si consideramos que no es más que un parte de la sociedad. Sin embargo, este caso es mucho más grave si tenemos en cuenta que en las universidades la verdad debe buscarse y enseñarse. Y aunque sin duda muchos siguen haciendo esto en su trabajo a nivel individual, sin embargo parece haberse dejado de hacer a nivel colectivo, es decir, en lo que se refiere a los discursos públicos que las universidades y sus gobernantes ofrecen sobre sí mismos.

La pérdida del respeto a la verdad, omnipresente en el discurso que la universidad ofrece sobre sí misma, va a la par de la idea de que en las universidades no hay ninguna responsabilidad institucional, ningún inocente y ningún culpable. Sus supuestos éxitos se exhiben al público con técnicas de marketing de vendedor de feria, sus fracasos se ocultan o se atribuyen a los demás: a los políticos, si son del partido contrario, a la economía, a la falta de interés de los estudiantes, a la incomprensión de la sociedad, etc.

En la universidad nadie es responsable de ningún fracaso. Si un rector deja su universidad endeudada hasta las orejas, la culpa será de un sistema de financiación insuficiente – cosa que ocurre en general a todos los endeudados, ya que sus gastos son mayores que sus ingresos -, pero los endeudados normales acaban viviendo en la calle, las empresas endeudadas van a la quiebra y sus trabajadores al paro. Sólo las universidades endeudadas en España pueden seguir proclamando en sus balances contables su absoluta falta de responsabilidad, pues sus rectores saben que sus sueldos seguirán asegurados y sus funcionarios – de momento- no van a ser despedidos.

La ausencia de responsabilidad y consecuentemente de culpa de quienes vienen gobernando las universidades españolas en las últimas décadas es más fácil de comprender si tenemos en cuenta que no son responsables de sus actos en el terreno económico, como ocurriría si dirigiesen empresas y las llevasen a la quiebra. Las universidades se rigen por el derecho administrativo, que cubre las responsabilidad personal en el ejercicio de la función pública, lógicamente excepto en los casos en los que se incurra en responsabilidad penal o en falta disciplinaria. Y como los rectores españoles – de acuerdo con la ley – son las más altas autoridades sancionadoras en el campo disciplinario de sus propias universidades, siendo sus resoluciones solo recurribles en la jurisdicción contencioso-administrativa, consecuentemente disfrutan de un gran margen de inmunidad, lo que explica la libertad que a veces pueden tomarse en el ejercicio de sus cargos, justificándose a veces todo lo que creen que pueden hacer en nombre de la autonomía universitaria (un derecho constitucional que debería amparar a las universidades frente a un control ideológico que curiosamente sus propios gobernantes intentan implantar cada vez más).

La sensación de impunidad que se vive en la universidad española es meramente subjetiva, porque en España sí que existe un estado de derecho que regula el ejercicio de la responsabilidad pública y privada cuando es sabido y llega a hacerse público el incumplimiento de las leyes. Con el fin de intentar evitar que esto llegue a producirse, quienes gobiernan intentan desesperadamente controlar la opinión pública en el seno de sus instituciones, e influir además en la opinión pública general a través de los políticos. En esta labor nuestros gobernantes académicos han sido unos auténticos maestros, intentando convencer a la sociedad española de que sin las universidades, tal y como ellos las conciben, el país entero se hundirá, razón por la cual se merecen continuar siendo financiados del mismo modo en un época de crisis global que en una de abundancia, lo que lleva a que reclamen que se amorticen sus cuantiosas deudas a costa de las arcas públicas.

Dicen nuestros rectores que las universidades crean el conocimiento y que el conocimiento es riqueza, por lo cual hay que poner en sus manos cada vez una riqueza mayor, ya que en manos de estos supuestos reyes Midas todo lo que toquen se convertirá en oro. Sin embargo ocultan, a pesar de que lo saben, pues son personas cultas, inteligentes y bien formadas – o al menos deberían serlo -, que eso que ellos tan machaconamente afirman no es verdad en modo alguno.

En contra de lo que parecen querer decir, se puede afirmar que no hay una clase de conocimiento – siempre convertible en dinero -, sino muchas, y un descubrimiento científico sólo creará riqueza si pasa a formar de un proceso productivo en el que alguien consigue que ese conocimiento con alguna aplicación técnica concreta funcione como parte de un capital empresarial. Pero para que eso sea cierto el conocimiento se tiene que convertir primero en propiedad de alguien, que será quien legitimamente obtenga beneficios de él. Y los propietarios de las empresas, en nuestro mundo, no son las comunidades académicas ni la sociedad en general, sino los empresarios, razón por la cual nuestras autoridades académicas los admiran cada vez más, aspirando en algunos casos a convertirse en uno de ellos, pero eso sí, sin dejar el seguro castillo de la función pública, desde el que predican sus alabanzas a favor del mercado libre y la empresa privada.

Las universidades españolas no sólo no crean riqueza, sino que básicamente la consumen, consumen la renta del Estado, y parecen creer que al Estado todo el mundo le puede dar, continua y legalmente, sablazos, aunque sólo muy pocos puedan hacerlo a gran escala. Las universidades españolas triplicaron su financiación para la investigación en el mismo periodo de tiempo en el que se gestó y estalló la burbuja inmobiliaria. Es cierto que no son responsables de ella, aunque se financiaron con la alegría de los fondos públicos que en parte esa burbuja generó, pero también lo es que no han sido ni serán capaces de crear otro tejido productivo alternativo gracias a su labor investigadora, para que se pueda absorber los millones de parados de un país en el que la mano de obra no cualificada aun sigue siendo esencial.

Del mismo modo, también es cierto que en su discurso las autoridades académicas confunden el conocimiento con las meras publicaciones en revistas científicas reconocidas (unas revistas que son un gran negocio para sus editores, nunca españoles, que sí son empresarios de verdad). Los universitarios españoles viven en gran parte al margen de la realidad y por ello confunden su sistema de honores académicos, al que han convertido en un suma y sigue de cientos de papers, con la acumulación de capital y riqueza en el mercado productivo, en el que no vivieron ni viven, y cuya implacable dureza sólo sabrán apreciar si algún día, para su desgracia, tienen que vivir en él. Mientras tanto se conformarán con seguir pidiendo dinero.

Pero en España llegó un momento en el que la renta pública se vio seriamente comprometida, en el que se alzaron unas amenazantes tinieblas y en el que nuestros sonámbulos académicos tuvieron que comenzar a andar a tientas en pleno día. Ese momento es ahora mismo. ¿Cómo están reaccionando ante él? Pues negando la realidad y siendo incapaces de ver que es básicamente su torpeza la causa de sus males, pues como decía el viejo Cicerón, “omnia malorum stultitia est mater” (Rhetorica ad Herennium, II, 2).

Nadie parece querer saber qué es lo que está pasando en la universidad española, la única institución del país en la que al parecer todo estaba bien. La institución que había conseguido desarrollar la más alta cota de autotestima colectiva en España, un país aficionado a denigrarse a sí mismo, por otra parte. Y es que ¿cómo puede pasar algo si todo estaba bien, si todos lo hacían todo bien, si todo lo malo venía de fuera? ¿Cómo es posible que en ese mundo perfecto y feliz en el que todo parecía estar tan bien para todos, aunque para algunos todo estuviese mucho mejor que para los demás, algo estuviese yendo mal? ¿Cómo es posible que en ese mundo en que muchos se sentían tan a gusto porque se sentían muy reconocidos en sus méritos y en algunos casos recompensados en sus bolsillos, oscuras nubes de tormenta amenazasen el horizonte? No podía ser posible, ya que por supuesto todos somos inocentes, no existe ningún culpable y nadie hizo nada mal, porque la responsabilidad y la culpa no existen. Nadie pudo casi nunca hablar de nada verdaderamente negativo, y por eso se llegó a creer que todo estaba marchando muy bien. Y eso fue posible gracias al gigantesco silencio colectivo que cubrió las universidades españolas a partir del primer mandato de J.L. Rodriguez Zapatero, sólo interrumpido esporádicamente por el eco de algunas palabras sueltas que apenas resonaban al caer en el pozo de ese silencio.

Pero lo cierto es que sí existen la responsabilidad y la culpa. En el mundo hay inocentes y culpables. Hay personas que toman decisiones y otras que sufren sus consecuencias, y si algo tendría que enseñar la universidad es a ver cómo ocurre eso en la realidad, cómo se puede analizar, cómo se puede prever, y si es posible corregir las consecuencias de los errores de quienes la gobiernan.

Situándonos en este punto de vista moral, que no es más que el de cualquier ciudadano consciente y de cualquier profesor responsable, a continuación pasaremos a enumerar las responsabilidades políticas y morales cuya dejación ha permitido que las universidades españolas hayan llegado a la situación en la que están en la víspera de su reconversión, transformación o remodelación.

En las universidades españolas han sido culpables y responsables colectivamente de su crisis:

1)- Los rectores, como máximos responsable académicos de cada universidad y del conjunto del sistema universitario español, por las razones siguientes:

a)- por olvidar que las universidades públicas, financiadas por el Estado, son un servicio público destinado a la formación de los ciudadanos, y consecuentemente que en ellas la función docente es prioritaria y esencial, teniendo que estar la función investigadora integrada en ella.

b)- por haber entrado en una competencia disparatada e irresponsable entre ellos a la hora de la implantación de titulaciones, cayendo en una lucha de todos contra todos y buscando como fin prioritario favorecer el crecimiento de su propia universidad a costa de todas las demás.

c)- por haber administrado de modo poco responsable sus ingresos, cayendo en el endeudamiento y considerando prioritarios gastos no esenciales, partiendo siempre del principio de que el dinero público es inagotable y que su institución es merecedora de grandes cotas de él.

d)- por primar los intereses de promoción académica personal del profesorado y los funcionarios frente a las necesidades reales del servicio, generando en muchos casos plantillas – sobre todo de profesores – hinchadas, desequilibradas entre áreas y campos y cada vez menos funcionales.

e)- por generar un discurso falso de la universidad como empresa, contradicho en su labor diaria por su propia formar de entender y gobernar a sus propias instituciones.

f)- por permitir, en aras de ese discurso, la progresiva intromisión de bancos y empresas en las universidades, favoreciendo los intereses de los mismos, que pueden ser legítimos, a costa de los de su propia institución.

g)- por hacer entrar a las universidades en todos los juegos políticos partidistas, favoreciendo las rivalidades locales, autonómicas o de otro tipo.

h)- por subordinar en algunos casos su cargo a su futura promoción política o empresarial, lo que pudo condicionar el ejercicio del mismo, aun respetando la legalidad de sus actuaciones.

i)- por crear a sabiendas sistemas de control enormemente costosos, pero ineficaces, concebidos por mimetismo con la empresa privada, y por destinar partidas presupuestarias cada vez mayores a ellos, junto con las plantillas de profesores y administrativos necesarios para ponerlos en funcionamiento.

j)- por admitir un doble discurso y una doble moral, en el que lo que se afirma por una parte se niega por otra, en aras de justificar unas situaciones de hecho y el mantenimiento de determinados sistemas de privilegios institucionales y personales.

k)- por haber asumido, alabado, ampliado y consolidado el discurso político y económico que hizo posible la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, al someterse a los intereses particulares de los partidos y algunas empresas

l)- por contribuir a crear un ambiente general de control y asfixia de la opinión académica y generar sistemas de incentivos que favorecen la sumisión de profesores, funcionarios y estudiantes.

m)- por contribuir a generar, mantener e incrementar un caos normativo, del que son plenamente conscientes, pero que defienden porque amplía su libertad y capacidad de maniobra.

2)- Los profesores como colectivo son responsables y culpables.

a)- por haber abandonado su responsabilidad institucional y su espíritu critico.

b)- por avalar y justificar con su silencio colectivo la situación global de hecho.

c)- por su creencia de que expresarse de modo crítico – lo que es no solo su derecho, sino también su obligación – podría perjudicar su carrera profesional.

d)- por su sumisión a cualquier tipo de autoridad académica, racional o no.

e)- por su docilidad en admitir todo tipo de criterios de valoración de su investigación y su docencia, aun sabiendo que suelen ser arbitrarios y ajenos al desarrollo del verdadero conocimiento científico.

f)- por practicar una doble moral, siendo conscientes de todos los males de su institución pero admitiéndolos, comprendiéndolos y justificándolos bajo una sonrisa.

g)- por pretender buscarse soluciones personales dentro de sus universidades, en las empresas o en la política, pero sin dejar nunca sus puestos de funcionarios.

h)- por asumir una supuesta reforma de la docencia y la investigación sin denunciar sus defectos, de los que son plenamente conscientes.

i)- por hacer dejación de su responsabilidad institucional permitiendo la creciente ineficacia en el ejercicio del gobierno, y siendo conscientes y consintiendo que se esté produciendo la promoción de personas cada vez menos aptas.

j)- por renunciar a crear un discurso público alternativo y crítico sobre su institución, al contrario de lo que ocurre en los principales países desarrollados.

k)- por abandonar la solidaridad con sus compañeros y su institución, creyendo que cada uno de ellos podrá salvarse individualmente a costa de todos los demás.

l)- por asumir activa o pasivamente el seudo-discurso empresarial sobre la universidad creado por las autoridades académicas y políticas.

3)- El personal de administración y servicios como colectivo es responsable y culpable, aunque en mucha menor medida:

a)- por aceptar un juego sindical y profesional en el que la promoción individual puede llegar a hacerse al servicio de unos pocos y en contra de los intereses de su propia institución.

b)- por asumir pasivamente el discurso creado por las autoridades académicas y hacer dejación de sus responsabilidades como funcionarios públicos críticos y ciudadanos responsables.

c)- por permitir la degradación de la actividad sindical que ha llevado a convertir a los principales sindicatos en defensores acríticos de determinados intereses, en muchos casos, e instrumentos de promoción política de algunos de sus miembros.

4)- Los estudiantes como colectivo son responsables y culpables en menor medida:

a)- por hacer dejación de su función crítica.

b)- por entrar de buen grado en los juegos de intereses de profesores y autoridades académicas cuando participan en órganos colegiados de gobierno, a pesar de que acaban siendo, por lo general, víctimas de esos mismos juegos.

c)- por creer que su promoción como futuros profesores e investigadores en la propia universidad ha de hacerse a costa de los demás y mediante un mecanismo de sálvese quien pueda, favorecido por sus propios profesores.

d)- por admitir de modo ciego todo el discurso universitario sobre el valor de la investigación y la docencia, de las que se están beneficiando cada vez menos, debido a la degradación de las mismas.

e)- por su desinterés creciente por lo público y por su renuncia cada vez mayor a formarse para poder analizar la realidad de un modo crítico, lo que es su deber como ciudadanos y estudiantes universitarios.

f)- por aceptar cada vez con más resignación su propia falta de futuro y perspectivas de desarrollo profesional.

Han sido todos estos factores, todo este entrelazado juego de dejaciones y silencios, lo que ha hecho posible que la universidad española haya llegado a ser lo que es: una institución desestructurada hasta el caos, costosa, ineficaz y aislada del mundo real. Ha sido todo este juego el que ha permitido generar una institución tan aislada de la realidad que es incapaz de analizar el mundo del que es parte, que es totalmente acrítica e incapaz de analizarse a sí misma o comprender como álguien puede ver algún defecto en ella. Una universidad hecha por y para los profesores, muchas veces demasiado satisfechos de sí mismos, orgullosos de sus saberes y privilegios, a la vez que sumisos a cualquier tipo de autoridad, impotentes e inermes a la hora de poder analizar y enfrentarse a las evidentes amenazas que les vienen del mundo exterior.

Desde el seguro balcón de la universidad española, tanto quienes la gobiernan de su peculiar modo como los demás miembros que forman parte de ella, contemplan desde la resignación y el silencio culpables las amenazas de un mundo que ellos ya no entienden, y que quizás les haga saber, más pronto o más tarde, que a pesar de las antiguas apariencias y de los discursos mutuos de autocomplacencia que se han venido intercambiando los académicos y los políticos, en realidad a los universitarios tampoco casi nadie los apreciaba nada. Y por eso se podría dar el caso de que se llegase a prescindir de muchos de ellos, cuando quienes gobiernan de verdad el mundo real y quienes detentan el poder económico y el control de las riquezas consideren que muchos de esos orgullosos profesores ya no les son útiles. Entonces éstos encontrarán las tinieblas y andarán a tientas al mediodía como si fuese de noche.

Por José Carlos Bermejo BarreraLicenciado en Filosofía y Letras, Doctor en Geografía e Historia, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah (2000): Rahel Varnhagen. Vida una mujer judía, Barcelona, Lumen (New York, 1957).
Gardner, Howard (2011): Verdad, belleza y bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós (New York, 2011).
Jaspers, Karl (1947): The Question of German Guilt, New York, Dial Press.

on Sunday, May 12, 2013
"Allí donde el mando es codiciado y disputado no puede haber buen gobierno ni reinará la concordia". Platón

Pocas épocas tan necesitadas de buenos líderes como esta en la que actualmente vivimos, agitada por una grave crisis y sacudida por acuciantes problemas de todo orden. Pero pocas también tan ayunas de liderazgo auténtico, tan escasas de dirigentes como Dios manda. No se puede decir precisamente que los buenos líderes, los auténticos dirigentes, abunden en nuestros días, aunque haya tantos que aspiren a ser tal cosa o pretendan ser jefes carismáticos. Poco propicios parecen los tiempos que corren para la figura ejemplar, noble, ética, heroica, del conductor de hombres.

Hoy día todo el mundo quiere ser jefe de algo, detentar alguna parcela de poder, liderar lo que sea, como sea y para lo que sea; sobre todo, claro está, para enriquecerse, presumir y sentirse importante, en una palabra, para satisfacer su ego. Hasta el último mono se cree un líder nato, facultado para asumir un cargo directivo, conducir masas, ponerse al frente de un partido político, dirigir grandes empresas o montar una revolución. Pocos son, sin embargo, los que se plantean en serio si reúnen las condiciones para desempeñar el duro y difícil oficio de líder, y menos aún los que están dispuestos a imponerse la disciplina requerida para la conquista de las cualidades exigidas para ello. Cualquiera se cree legitimado para dirigir, sin más requisitos que su apetencia y deseo de hacerlo. Todos quieren ser líderes, pero nadie está dispuesto a hacer el esfuerzo que la función de liderazgo requiere.

Una constatación se impone con palmaria evidencia: las pretensiones al liderazgo proliferan justo en proporción inversa a las dotes para dirigir, a las virtudes que cualifican para el mando. Cuanto menos capacitado está uno para mandar o dirigir, con mayor vehemencia proclama su derecho a hacerlo; cuanto más indigno se muestra un individuo de ocupar un puesto dirigente, más se obstina en conseguirlo o en mantenerse en él. Es la ambición de poder lo que motiva ese frenesí por mandar; pero, de hecho, y esta es otra constatación cotidiana, a medida que el afán de poder aumenta en alguien, disminuye su capacidad de liderazgo.

Pero, a todo esto, ¿qué se necesita para ser un buen líder?, ¿cuándo se puede decir que nos encontramos ante un liderazgo bien ejercido o ante un individuo que responde al modelo del líder nato, del dirigente perfecto?

Podríamos resumir la cuestión diciendo que el buen líder es el que se esfuerza por serlo. Es decir, aquella persona que se pone como meta alcanzar el ideal dirigente, que se fija como objetivo el hacer realidad en su propia vida tal ideal y que hace del mismo el contenido de suproyecto vital. ¿Cómo he de comportarme para poder llegar a ser un dirigente como Dios manda? He aquí la pregunta que debe formularse cualquier persona con vocación de líder. El mero hecho de plantearse una pregunta semejante es ya un buen indicio: indica que nos encontramos ante alguien con madera de líder, pues tras esa pregunta está la voluntad de ponerse en camino para conquistar la maestría en el arte de dirigir. Muy otra es la postura del anti-líder, el cual se preguntará: ¿qué tengo que hacer para medrar, para escalar puestos, para conseguir más poder, fama o dinero? O quizá, de forma más sibilina: ¿cómo tengo que actuar para parecer un líder nato, poderoso, deslumbrante, genial, y ser aplaudido como tal por la galería?

Ante todo, hay que dejar bien claro que el liderazgo es una cuestión de carácter. Lo fundamental en el arte de dirigir es la fuerza interior, la actitud ética, la mentalidad, la manera de ser y de actuar, el carácter como temple y energía moral. El liderazgo es básica y primariamente un talante afirmador de valores decisivos para la vida humana. Lo primero que tendrá que hacer quien tenga aspiraciones o vocación de líder es construirse un carácter fuerte, sano y sólido, en el que puedan florecer las virtudes y cualidades del buen líder. O, si se prefiere, a la inversa: cultivar aquellos valores, virtudes y cualidades que distinguen al líder cabal, para así ir edificando un auténtico carácter dirigente.

¿Cuáles son estas cualidades y virtudes del buen dirigente? ¿Qué condiciones debe reunir una persona para que de ella se pueda decir que es un líder auténtico, con todas las de la ley? A mi juicio, seis fundamentales: la nobleza, la generosidad, la objetividad, el sentido de la responsabilidad, la humildad y la valentía.

1.- En primer lugar la nobleza, la magnanimidad. El líder es un hombre o mujer de alma grande. Es esta grandeza de alma lo que le da su autoridad. Se impone por propio prestigio, atrae por su encanto personal, por su riqueza interior, por la luminosidad que rodea su ser y que es una irradiación de su nobleza íntima. La mezquindad, la ruindad, el ánimo apocado y miserable invalidan para dirigir. Esta nobleza del dirigente se expresa en las dos dimensiones de su ser: la inteligencia y la voluntad. Noble inteligencia y noble voluntad: he aquí los dos ejes o columnas sustentadoras del liderazgo. Dicho con otras palabras: elliderazgo descansa en la síntesis de sabiduría y amor, de lucidez y bondad, de perspicacia y simpatía, de sagacidad y cordialidad. El líder es persona inteligente y de nobles sentimientos, sagaz y con una voluntad tan vigorosa como espléndida. Piensa noblemente y quiere noblemente. A su capacidad intelectual, que le permite ver las cosas con claridad, captar los problemas y encontrar vías para su solución, se une una gran capacidad afectiva: es capaz de amar sin límites –amar a los suyos, amar su función y su misión, amar su deber, amar todo lo bueno, bello y noble- y capaz también de despertar amor en torno suyo. Con su doble dotación intelectual y emocional, un buen líder ayuda a ver la vida con más claridad y a empeñarse en ella con mayor ilusión; por eso se hace querer y se le sigue con gusto, incluso con entusiasmo.

Desgraciadamente son muchos los dirigentes que, distanciándose de este ideal, prefieren orientar su acción sobre parámetros diametralmente opuestos. En vez de estar guiados por la sabiduría y el amor, se deciden por la necedad y el desamor, cuando no por la demencia y el odio. Tú mismo habrás podido comprobarlo con frecuencia, tanto en el mundo que te rodea como en tu propia actuación personal. De hecho, en más de una ocasión, todos nos hemos dedicado a hacer el tonto y a comportarnos de manera cruel e indigna llevados por la concupiscencia del poder.

2.- Generosidad. Decir nobleza es decir generosidad, espíritu de servicio y sacrificio. El líder es un ser generoso, desprendido, siempre dispuesto a sacrificarse por otros, presto a dar y a darse. Liderazgo significa donación: donación de sí a los demás, entrega total a la comunidad que se dirige y a la tarea que se tiene entre manos. Allí donde no se da la generosidad creadora y solidaria, no es posible el auténtico liderazgo. El egoísta, el individualista insolidario, el sujeto mezquino, resentido y envidioso difícilmente pueden no ya ser líderes, sino ni tan siquiera comprender lo que significa el arte de liderar. Como ser generoso que es, el buen líder piensa antes en los demás que en sí mismo; está siempre disponible para su gente, para cuantos con él conviven; se entrega al prójimo; vive pendiente de las suyos y se desvive por ellos. Sabe que su misión, y también su felicidad, es hacer felices a los demás. Es consciente de que, por ser el jefe o cabeza del grupo, está al servicio de todos. Su esfuerzo va dirigido a afianzar la personalidad de aquellos que con él trabajan, ayudarles a desarrollar sus más altas cualidades y posibilidades.

La imagen que ofrece el anti-líder está en los antípodas de semejante paradigma. Se trata, por lo general, de un ser egoísta, aprovechado, que va únicamente a lo suyo, que sólo piensa en sí mismo, en sus intereses, en sus cosas y sus aficiones, en su medro personal, en la promoción de su nombre y de su imagen. Sólo le preocupa que se hable de él o satisfacerse haciendo lo que le gusta, aunque con ello perjudique a otros muchos e incluso hunda la nave, organización o empresa, que pilota. Todo lo ve en función de su provecho particular. Tiende a asumir un comportamiento dictatorial que reduce a la categoría de esclavos o lacayos a cuantos se hallan bajo su mando. En vez de servirles, se sirve de ellos. Los anula, los utiliza como si fueran cosas, se aprovecha de ellos todo lo que puede y, en cuanto dejan de serle útiles, los abandona en la cuneta. Se considera dueño de vidas y haciendas. Déspota por inclinación y vocación, confunde mandar con tiranizar. Tiende a ver el mando o la autoridad no como una fuente de deberes, sino como un privilegio, como una prebenda de la que procura sacar la mayor tajada posible. Su poquedad de alma le hace ingrato, proclive a atribuirse méritos ajenos. Le cuesta reconocer las buenas cualidades de los demás y las deudas que con ellos tiene contraídas. Tiende a vivir parasitariamente del esfuerzo ajeno, a manipular y explotar al prójimo, a apropiarse de las ideas que han tenido otros y hacerlas pasar por suyas.

3.- Objetividad, respeto a la realidad, visión recta y penetrante, amor a la verdad. Si queremos actuar sobre la realidad, transformarla y mejorarla, que es lo que al fin y al cabo pretende la acción dirigente, tenemos que ver las cosas tal como son, no como quisiéramos que fueran o como nuestra mente se las imagina. No hay que dejarse llevar por ilusiones, fantasías o quimeras, ni tampoco entregarse a posturas sentimentalistas o voluntaristas que impiden ver la realidad. Hay que desprenderse de subjetivismos que perturban y deforman la visión. Hay que huir, sobre todo, del pensamiento desiderativo –lo que los ingleses llaman wishful thinking-, que nos lleva a confundir la realidad con el deseo o, dicho de otro modo, a auto-engañarnos y convencernos a nosotros mismos de que en realidad es como a nosotros nos gustaría y como nuestro deseo la pinta. No debemos nunca mentirnos a nosotros mismos, no podemos engañarnos ni engañar al prójimo tratando de adornar, retocar, camuflar o distorsionar los hechos para que aparezcan como no son. No hay que vivir en una vida ficticia: hay que respetar en todo momento lo que nos presentan, dicen, sugieren y enseñan el mundo y la vida reales.

El buen líder se distingue por su honradez intelectual, por su rigor mental, por su visión realista, por su mirada limpia y serena que va hasta el fondo de las cosas. Tiene la verdad como norte y supremo criterio rector. Va siempre con la verdad por delante. Evita la mentira, la falsedad y el error, pues sabe que sobre tales cosas no puede edificarse nada firme ni estable. Por eso se abstiene de recurrir a la demagogia y a las malas artes propagandísticas a que tan dados son los malos dirigentes. Se atiene a la verdad de los hechos. No los manipula, deforma ni tergiversa; los reconoce tal cual son, para luego poder ejercer sobre ellos una acción creadora, rectificadora y transformadora.

El mal dirigente es la negación de esta importante exigencia de la claridad mental y la visión objetiva. Tiene la cabeza llena de humo. Su mente suele ser confusa y enmarañada, dominada por un subjetivismo, un partidismo y un sectarismo que le distancian de lo real. Vive divorciado de la realidad; no soporta la visión de esta última. Antes que ver una situación desagradable o problemática, prefiere adoptar la postura del avestruz, escondiendo la cabeza debajo del ala. Suele ser un demagogo, un ilusionista, un prestidigitador o trilero mental, que ve las cosas según le convienen, de manera distinta a como son, y las presenta como le interesa. Se engaña a sí mismo y engaña a los demás. Recurre continuamente a la mentira, a los embustes y las trampas conceptuales, a las medias verdades, a las formulaciones sesgadas. No ajusta su mente a la realidad, sino al revés: trata de que sea la realidad la que se acomode a sus propios esquemas, forzándola y violentándola hasta desfigurarla por completo. En lugar de aceptar los hechos, trata de disfrazarlos y maquillarlos para que digan lo que él quiere que digan. Está quizá llevando su empresa o su grupo a la ruina, y presentará su gestión como el súmmum del acierto, de la destreza y de la eficacia. Pierde unas elecciones o una guerra, y se obstinará en proclamar que ha salido victorioso. Tiene un estrepitoso fracaso en alguna de sus iniciativas, y se empeñará en convencer a todo el mundo de que se ha cosechado un gran éxito. Lo único que le preocupa es salirse con la suya, imponer su voluntad, llevarse el gato al agua. Si los hechos le contrarían, si alguien le hace notar que sus ideas chocan con la realidad y pueden conducir a un desastre, exclamará con tanta irritación cono suficiencia: “que se fastidien los hechos” o “lo siento por la realidad”.

4.- Sentido de la responsabilidad. El buen dirigente se toma su labor muy en serio, sopesa bien sus acciones, iniciativas y proyectos. Pocas cosas tan nefastas para la dirección de un grupo humano como la trivialidad, la venalidad, la dejadez o la desidia. Cualquiera que desempeñe la función de dirigente con un mínimo de dignidad sabe que no puede hacer lo que le dé la gana ni comportarse de una manera frívola. No actuará según le apetezca o como se le antoje en cada momento, sino como debe. Hace en todo instante lo que tiene que hacer, procurando hacerlo lo mejor posible. No obra a la ligera; no juega con las palabras ni con los conceptos, ni tampoco con la dignidad y el esfuerzo de los suyos. No se guía por su capricho, sino por un criterio objetivo de lo que es bueno, correcto y oportuno hacer según las circunstancias, buscando lo que realmente beneficia a la comunidad que dirige. Es sumamente cuidadoso con todo lo que piensa, dice o hace. No le preocupa tanto el éxito como el acierto; es decir, acertar en lo que se refiere a la justicia y rectitud de su acción. Busca siempre cumplir con su deber. Antepone sus deberes a sus derechos, y exige sobre todo deberes, tareas a realizar con las que contribuir al bien común, dejando sus derechos en un segundo plano: ama el compromiso, cumple lo prometido y se atiene a la palabra dada.

Fácil es percibir el abismo que separa a esta noble actitud dirigente de la postura irresponsable típica de los malos jefes. Estos piensan, dicen y hacen lo que les sale de las narices. Les importa un bledo si lo que están haciendo es una barbaridad. No les preocupa pisotear la lógica y la decencia. Usan y abusan del poder con asombrosa desfachatez. El directivo prepotente lanza como la mayor genialidad, sin rubor alguno, la primera parida o patochada que se le ocurra, por aberrante y disparatada que sea. Hace y deshace como le viene en gana, sin atender a consejos ni orientaciones de ningún tipo. Y cuando luego vienen las nefastas consecuencias de su acción caprichosa o incompetente –o ambas cosas a la vez, que suele ser lo normal- busca alguien a quien cargarle el muerto. Dirá que algún inepto o malintencionado ha hecho abortar sus geniales decisiones. Los malos jefes tienden por naturaleza a buscar chivos expiatorios; descargan las culpas de sus propios fallos sobre hombros ajenos; tienen una pasmosa facilidad para echar balones fuera y para no darse por aludidos cuando sus tremendas meteduras de pata saltan a la luz.

5.- Humildad. Para dirigir es necesaria una gran dosis de humildad, de sencillez y de modestia. “La humildad prepara para ser jefe”, decía Lao-Tse. Aunque abundan los ejecutivos que piensan todo lo contrario y que van por la vida tiesos como una escoba, mirando por encima del hombro al resto de los mortales, convencidos de ser “el no va más” y comportándose como si todo el mundo tuviera que inclinarse ante ellos y rendirles pleitesía, el líder no puede ser un individuo engreído, petulante, pretencioso y narcisista. La soberbia, la prepotencia, la vanidad y la arrogancia con enemigos mortales del liderazgo. Un jefe ególatra y egocéntrico no será jamás un dirigente como es debido. Cuando un dirigente se vuelve un creído, cuando se toma demasiado en serio a sí mismo y se envuelve en una nube de presunción y arrogancia, empieza a morir como líder.

El buen líder está muy lejos de pensar que es el ombligo del mundo; no se considera un genio ni un ser excepcional. Sabe que, por muchas que sean sus dotes intelectuales y morales, al fin y al cabo es un ser humano como otro cualquiera, falible y corruptible; un individuo que se puede equivocar y corromper o desmoralizar (en todos los sentidos de la palabra). Es muy consciente de sus deficiencias, defectos y puntos débiles. Es también consciente de lo mucho que debe a los demás, a los que con él trabajan, a los que le han ayudado, a los que le admiran y le siguen. Y sabe también muy bien que su peor enemigo lo lleva dentro de sí; pues es él mismo, su propio ego. Por eso está siempre en guardia frente a las amenazas del “yo” y por eso también se prepara con ahínco para ser cada vez mejor, para desempeñar bien su función de líder. Sólo siendo humilde puede un jefe mejorar y avanzar en el largo y difícil camino del liderazgo; sólo siendo muy modesto, lo que es tanto como decir objetivo consigo mismo, puede uno aceptar las críticas de los demás y mirar con ojo autocrítico su propia actuación. Hace falta mucha humildad para reconocer los propios errores, para confesar que no he hecho las cosas todo lo bien que debía y podía haberlas hecho.

El anti-líder se nos presenta, una vez más, como la antítesis de tan razonable y centrada postura. Habla como un dios y le gusta ser reverenciado como tal. Se cree infalible, en posesión de la verdad. Se asombra cada día más de su propia valía, vive abrumado por la admiración que siente hacia sí mismo, está absorto ante su genialidad, a lo que él cree tal. Al mismo tiempo, tiene un desmedido afán de notoriedad. Cree que todo gira en torno a su persona, que todo el mundo vive pendiente de lo que él diga o haga. Cree saberlo todo y tener siempre la razón. Le gusta que le halaguen, que acaricien su vanidad; si alguien osa llevarle la contraria o expresar una leve crítica, lo tacha de vil traidor. No se da cuenta de que tan estúpida soberbia sólo le lleva a quedar aislado o, lo que es peor, a verse rodeado de pelotas y aduladores, individuos desleales que lo único que hacen es prepararle el camino hacia el fracaso.

6.- El liderazgo supone, por último, valentía, arrojo y decisión. Dirigir o liderar es un ardua empresa, una labor difícil u arriesgada que requiere mucho valor. Liderar es combatir. Hay que enfrentarse a muchas cosas para desempeñar bien la función de líder. Son muchos los obstáculos, las dificultades y los problemas con los que tiene que luchar un dirigente. Su camino está sembrado de peligros, de incomodidades y sinsabores. Por eso el liderazgo no es profesión para cobardes ni timoratos. Se necesitan agallas para lanzarse a la tarea de guiar y conducir a otros seres humanos, para asumir la responsabilidad que ello entraña. Y se necesita, además, coraje para poner en práctica las virtudes dirigentes, para lanzarse a la vida con el propósito de realizar todos esos valores éticos que son la médula del liderazgo. Es ésta una empresa heroica que supone una auténtica conquista interior, una completa victoria sobre sí mismo, y sólo un temple valiente será capaz de llevarla a buen término. Hace falta, en efecto, gallardía y arrojo para ser generoso, para entregar la vida a los demás, para mirar objetiva y limpiamente la realidad, para aceptar los hechos tal como son, para reconocer los propios errores y los propios defectos, para decidirse a corregir las propias deficiencias.




De esta valentía intelectual y moral anda también escaso el mal dirigente. Tiene miedo a enfrentarse a los problemas. No se atreve a plantar cara a la realidad ni se atreve tampoco a abrir nuevos horizontes para su vida. No tiene el valor suficiente para decidirse de manera resuelta por el ideal del buen líder, para entregarse al cultivo de los valores y cualidades que constituyen la esencia del liderazgo. Su egolatría le hace cobarde para lo que más importa, que es su propio vencimiento personal. Vive encerrado en sus manías, aprisionado por su inercia, por sus vicios y prejuicios, que no se atreve a atacar como debiera.

Para concluir, es importante subrayar que las cualidades apuntadas se pueden aprender. Se aprenden mediante una práctica asidua y paciente, mediante un esfuerzo continuado tendente a plasmarlas en el propio ser. Y esta es una tarea que no tiene fin. El líder está sometido a un proceso de formación continua. Su labor formativa y educativa nunca acaba.

Quien desee llegar a ser un buen líder deberá cultivar estas virtudes dirigentes. Si quieres descubrir el secreto del liderazgo, por en práctica todos y cada uno de estos valores. Cultívalos con tesón y perseverancia, hasta que sean verdaderamente tuyos; incorpóralos a tu ser y tu vida. A medida que los vayas realizando en tu persona, irás percatándote mejor de su tremenda importancia e irás descubriendo al mismo tiempo otros muchos valores y rasgos propios del líder, los cuales van íntimamente conexos a los aquí mencionados y, al igual que éstos, contribuyen a hacer la vida más noble y rica, más digna de ser vivida.

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