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on Saturday, March 23, 2013
Se ha abierto una brecha profunda entre el movimiento islamista de Ennahda, capitaneado por Rachid al-Gannouchi, y las tendencias liberales después del asesinato del abogado y dirigente del “Partido de los Patriotas Demócratas Unidos” (PPDU), Mohamed Chokri Belaid de 49 años de edad. Le dispararon a bocajarro mientras salía de su casa. Un crimen horrendo y aterrador, que ha sembrado de incertidumbre, dudas y miedo el futuro político del país. Su muerte violenta a manos de pistoleros atemorizó a la población, que quiso mostrar su apoyo popular a las ideas liberales de Chokri Belaid. Fue un sepelio multitudinario con la presencia del primer ministro Hamadi Jbali. Rompiendo con la tradición musulmana muchas mujeres acudieron a dar el último ila lilqa’ (“Hasta que nos encontremos”) en la Casa de la Cultura del barrio Djebel Jelloud en el sur de la capital. De allí salió la procesión de al menos 50.000 personas hasta el cementerio de al-Jellez. Se oyeron gritos de rabia y gemidos de ira contra el terrorismo, los islamistas y los opositores de la revolución. “Ghannouchi traidor”, “Ghannouchi coge tus perros y márchate”, “Pan y agua, no a Ennahda”, “El pueblo quiere una nueva revolución”, “El pueblo quiere la caída del régimen”, eran algunos de las expresiones de cólera que hacían de eco en la procesión multitudinaria que conducía el féretro al cementerio.

El secretario general del PPDU, Mohamed Jmour, ha dicho en la conferencia de prensa del 11 de marzo que se han puesto en contacto con la sede del Consejo de los Derechos Humanos en Ginebra para que la justicia internacional se encargue de las investigaciones del asesinato de Chokri Belaid. Además Jmour no ha tenido dificultades en afirmar que Ennahda tiene una red paralela en el Ministerio del Interior. El Ministerio de la Justicia ha llamado a declarar al diputado de Ennahda, Habib Ellouze, para preguntarle sobre el asesinato del líder liberal Chokri Belaid. Es el mismo diputado que declaró el día 10 de marzo 2013: “se puede defender la mutilación femenina como operación estética”. Palabras inaceptables y horrorosas, despectivas y atroces.

El diputado en cuestión no parece haberse enterado de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) condenó esa terrible, atroz y monstruosa práctica el 21 de diciembre 2012, “como una forma de violencia contra las niñas y las mujeres”. Además, apelaron a todos los estados miembros de la Organización a aplicar la legislación oportuna y prohibir por ley las mutilaciones genitales femeninas. Quizás el Sr. Ellouze se haya olvidado de que Túnez es miembro de las ONU desde el 12 de noviembre 1956. Por lo tanto no se puede rechazar y pisotear la legislación internacional cuando está en juego la dignidad sacrosanta e inviolable de las mujeres. La mutilación genital femenina no es ni más ni menos que un acto cruel de violencia contra las mujeres y por lo tanto es un crimen abominable.

El primer ministro, Hamadi Jebali, amigo de Chokri Belaid, hablaba ya de constituir un gobierno de tecnócratas para hacer frente a los retos del país: la economía, el paro, el empleo juvenil. Las luchas internas en el partido islamista Ennahda, que no estaba dispuesto a aceptar las ideas del primer ministro, le han obligado a presentar su dimisión por dos razones. La primera tenía que ver con su plan de constituir un gobierno capaz de gestionar, administrar y solucionar los problemas reales de la nación (economía y paro). El segundo motivo de la irrevocable dimisión de Hamadi Jbali fue que los barones islamistas rehusaron con puño de hierro su propuesta, considerándola un grave error y aludiendo que el gobierno tenía que ser de cuño islamista. El partido Ennahda no quiere dejar los ministerios de la Justicia y de Asuntos Exteriores como sugieren los partidos Congreso para la República y Ettakatol. En definitiva, con la renuncia del primer ministro, la suerte estaba echada ya que el líder islamista Rachid Ghannouchi tenía en su poder las riendas de los nombramientos y, sobre todo, la persona destinada a ocupar el puesto de jefe del ejecutivo. Los recalcitrantes defensores del islamismo radical no están dispuestos a dejar que se les aflojen las amarras del poder, ni que los partidos de corte liberal les quiten el sillón de mando en las instituciones del Estado.

El oleaje islamista ha comenzado a preocupar e inquietar a las instituciones europeas. El Presidente Moncef Marzouki viajó a Bruselas a comienzos de febrero para dirigirse al Paramento Europeo y hablar de la situación actual y del progreso de la revolución en Túnez. Desde entonces ha habido cambio de gobierno, los blindados de la policía nacional han aparecido en cruces, carreteras y caminos. Se alzan y desplazan las barreras para controlar a los grupos de bandidos, delincuentes y terroristas. La seguridad nacional llega al primer puesto de las prioridades del Estado. Se acerca a grandes pasos el periodo estivo y las autoridades no pueden permitir que el miedo a la seguridad ahuyente a los turistas y les disuada de pasar las vacaciones en el país de “La revolución de los jazmines”. El objetivo de la creciente presencia policial es controlar a los terroristas, contrabandistas y traficantes. De los escondites y guaridas de las zonas montañas (Bouchebka, Om Ali, Sidi Aich, Dirnaya Babbouch y Ben Aoun) han bajado a las zonas más urbanas para aprovisionarse. Los controles de policía se hacen más frecuentes, se estrecha el cerco y se aprieta más las clavijas de la seguridad en todo el territorio nacional. La organización terrorista al-Qaida había construido sus nidos y montado sus células desde las primeras luces de la revolución hace ahora más de dos años. Hay todavía abundancia de armas y munición, sobre todo procedentes de Libia, pero también del ámbito nacional. A pesar de que los efectivos policiales han incautado ingentes cantidades, siguen con el rastreo y las pesquisas a la búsqueda de nuevos escondrijos y madrigueras.

El día 22 de febrero fue nombrado primer ministro el antiguo ministro del Interior, Ali Layaredh, considerado miembro del ala dura de Ennahda. No han faltado las críticas acerbas a la forma como ha llevado la gestión de Interior, sobre todo viendo que los islamistas, con su mayoría parlamentaria, avanzan cada vez más en la ocupación estratégica de las instituciones. Para muchos analistas hay peligro de que se vuelva a las andadas cambiando una dictadura política por una de sello islamista. Los celosos e intransigentes partidarios del movimiento Ansar al-Shari‘a (“Los combatientes de la ley islámica”) presionan para que se imponga por la fuerza la ley islámica y se convierta en la espina dorsal del nuevo texto constitucional. Los 100 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente no han redactado todavía la nueva constitución, que por ahora sigue siendo objeto de encendidos debates, acerbas polémicas y estiradas diatribas entre islamistas y liberales, salafistas y progresistas. 
El partido islamista al-Refah, que ha sido recientemente legalizado, ha hecho una llamada a la población para que haya un referéndum sobre la poligamia. El presidente de al-Refah, Mohamed Ali Fakir, quiere el referéndum en el nombre del matrimonio para todos. Dice, entre otras cosas, que en el país hay más mujeres que hombres. Por lo tanto la espinosa cuestión de la prohibición de la poligamia debe ser puesta a votación nacional. De esa manera todas las mujeres tendrán la posibilidad de casarse.

El nuevo primer ministro, Ali Larayedh presentó su lista de ministros al Presidente Moncef Marzouki el sábado 9 de marzo. A partir de ese momento el Jefe del Estado ha tenido tres días para ratificar los nombramientos, si así los considera oportunos. Los partidos políticos que han participado en el debate sobre el programa del gobierno han sido Ennahda, el Congrès pour la République y Ettakatol. No han querido participar, sin embargo, Le Mouvement Wafa, L’Alliance Démocratique y Dignité e Liberté.

En las redes sociales ya se están preparando de nuevo manifestaciones para “cambiar el curso de la revolución actual”. Llaman a la convocatoria “Kasba 4" que está prevista para el 8 de marzo. Hay diferentes “ligas de protección de la revolución”, de inspiración islamista. Algunas de las cuales dicen no necesitar aprobación legal para manifestarse. Entre ellas está la liga de Kram con su líder Imed Dghij, que afirma no tener necesidad de “un visado legal” para manifestarse en favor de la aplicación e imposición de la ley islámica.

Pero nunca se pierde el optimismo, ya que crecen las expectativas después del feroz asesinato de Chokri Belaid, considerado el último mártir de la revolución tunecina. Sus simpatizantes, admiradores y seguidores quieren continuar el combate por los derechos, las libertades y la democracia. La población tunecina, pionera en las revoluciones de los países árabes, no tiene intenciones de rendirse ante los retos islamistas y las escaramuzas terroristas. No en vano los habitantes de Túnez llaman a su equipo de fútbol L’Espérance, que ocupa el primer puesto en la Liga de Fútbol. Mientras tanto, hace unos días, el gobierno ha impuesto el estado de emergencia hasta el próximo mes de junio. Una señal preocupante de que la primavera revolucionaria llegará con mucho retraso.

Por Justo Lacunza Balda

on Sunday, December 16, 2012
En las ciudades milenarias siempre hay recintos amurallados en los que el polvo del camino, la suciedad, el descuido y la pobreza,  se convierten en coprotagonistas involuntarios del recuerdo. Aquí en Oriente Medio sucede algo parecido pero suavizado, porque los tejidos gastados y descoloridos de las chilabas y yihabs árabes se mezclan con el arco iris de los mil y un artículos de sus apretados comercios que, en interminables hileras van ofreciendo, junto al brillo dorado, plateado y cobrizo de un sin fin de emblemas religiosos o cachivaches laicos de dudosa utilidad, sus tejidos bordados, recamados, orlados y adornados en un millar de tonalidades llamativas y alegres, entre aromas de azafrán, anís, menta, cilantro comino o incienso que, desde los recovecos insospechados de angostas calles, despiertan nuestros sentidos y envuelven nuestro laberíntico deambular mañanero. Las sonrisas de los niños judíos, musulmanes o cristianos, todos ellos cuidados, protegidos y uniformados, a los que se respeta y quiere por encima de todo, viajan a estas horas tempranas a nuestro lado. Son cientos de ojos, en su mayoría de un negro profundo, que nos miran curiosos cuando, muy de mañana de camino a la escuela, se encuentran con nosotros. Sé que en este viaje no podré detenerme a charlar con ellos, ni con nadie y eso me duele porque los paisajes siempre son mudos e inexpresivos cuando no hay contacto verbal con sus gentes y la perspectiva queda incompleta, cuando no distorsionada.

Y para ellos ¿qué soy yo para ellos? Tan solo una mirada más entre todas las miradas de las gentes que acuden a su tierra, porque muchos de estos pequeños todavía ignoran que para millones de seres humanos su raíz y su fin no tienen más norte ni guía que estas piedras pulidas por el tiempo y teñidas con la sangre de todas las así llamadas civilizaciones que fueron construyendo y destruyendo poblaciones; arrasando y edificando preciosas y preciadas obras de arte; matando y engendrando seres humanos; levantando y derrumbando símbolos, confirmando o renegando de creencias y doctrinas; luchando, en fin, con las armas menos adecuadas, las de la guerra, por preservar la fe que defendían, cada uno en nombre del que para ellos era el único dios. Estos sufridos parajes reciben desde hace milenios el nombre de Tierra Santa y por ellos caminaron, hace ya una eternidad, David en nombre de Yahvé, Mohamed profeta de Alá, y Jesucristo quien, para los cristianos, fue y es la encarnación del Hijo de Dios. 

Han pasado miles de años, y cada día comprobamos que las luchas fratricidas siguen asolando estos parajes, de manera intermitente, pero incesante, mientras la comunidad internacional amedrantada por los intereses creados sigue adorando al becerro de oro que, últimamente les está saliendo rana, y mira hacia otro lado permitiendo, cuando no alentando, una situación de dominio-sumisión, vergonzosa y excesivamente peligrosa en pleno siglo XXI, y uno se pregunta sin hallar respuesta la razón por la cual las dos religiones con más fieles del mundo conocido, el cristianismo y el islamismo, junto al judaísmo, que es la más antigua de las creencias monoteístas, tiene su origen en estos territorios que con tanta frecuencia parecen abandonados de la mano del hombre y lo que es más cruel: de la de Dios.  

La población judía apareció 2000 años antes de Cristo en la llamada Tierra Prometida, hoy conocida como Israel, con Moisés y la entrega de la Torá en el Monte Sinaí, pero pronto fueron expulsados por los romanos quienes junto a bizantinos y otomanos impidieron su posterior regreso. El cincuenta por ciento de los judíos de hoy aceptan el sionismo de Theodor Herzl como movimiento político salvador que propugnó desde sus inicios el restablecimiento de una patria para los israelitas en dicha tierra, consiguiéndolo, aunque parcialmente, en 1948. De esa mitad de población judía no todos practican de idéntica manera su religión. Los hay laicos y poco interesados en ella; los hay tradicionales pero escasamente practicantes y otros son ortodoxos que participan asiduamente en sus rituales sin rechazar la evolución del mundo actual. La mayoría de ellos son profesionales capacitados y reconocidos que visten a la manera occidental y pasan inadvertidos a nuestro lado por las calles del viejo o del nuevo Jerusalén. 

Sin embargo hay  otro cincuenta por ciento que llama nuestra atención a simple vista debido a su atuendo especial, La ley judía dicta que tanto mujeres como hombres judíos se vistan siguiendo las normas de tznius (recato) y los llamados ultra ortodoxos siguen inflexibles este mandato. Ellas y ellos suelen ser jóvenes agraciados, quizá porque los de mayor edad abandonan sus barrios con menor frecuencia. Ellas visten blusas claras y amplias faldas negras, largas hasta el tobillo, presentan caras lavadas y tersas, mirada baja y apresurado el paso, deben ser solteras porque no cubren sus cabellos con pelucas o tocados como las ultra ortodoxas casadas.  Ellos van de negro con camisa blanca, y por debajo de la levita o americana asoman los Tzitzit (flecos) del talit (chal) de cuatro puntas que prescribe la Torá (nuestro Pentateuco). Van tocados siempre con sombrero o kipá,  que es ese gorrito de tela o lana bien tejida, que se confecciona hoy en día de los más diversos tonos, y que estos ultras ortodoxos llevan siempre en negro, y del que no se desprenden en toda la jornada, ello se debe a que obedecen el estricto precepto de que el hombre no debe mostrarse descubierto delante de Dios sino que ha de colocar sobre la cabeza una prenda que le recuerde que por encima de él siempre está Yahvé. El resto de judíos solo se cubre en lugares de culto o en ceremonias especiales. La utilización de los bucles en las sienes o  peyes  que tanto nos choca,  se debe a otro de sus mandamientos que reza: "No cortarás circularmente los extremos de tu cabeza, ni estropearás la punta de tu barba." (Vaikrá/Levítico 19:27).

Al verlos pasar junto a mi, serenos y clonados, no puedo por menos de pensar, con el mayor de los respetos, si serán capaces de cumplir con tanta fidelidad los seiscientos trece mandamientos que les obligan y dictan hasta los más nimios aspectos de su vida cotidiana, y un escalofrío me recorre el alma…

Junto a ellos en Jerusalén conviven o sobreviven los musulmanes desde que en el siglo VII asediaron la ciudad expulsando a los bizantinos. La creencia musulmana tiene su origen tan solo unos años antes, en el 610 d. C. en Arabia cuando el Arcángel Gabriel, se aparece para revelar a Mahoma los designios de Alá en la cima del Monte Hira, al este de la Meca. Esta revelación reproducida en aleyas, da forma a los ciento catorce suras o capítulos de  su texto sagrado; El Corán, que va desgranando los cinco mandamientos básicos que lo inspiran; la profesión de fe, la oración; la práctica de la limosna; el ayuno y la peregrinación a la Meca. A su vez, los musulmanes también están divididos en una gran mayoría suní; un diez por ciento de chiis y unos cuantos jarydíes testimoniales. El origen de esta división viene dado por las diferencias de criterio que hubo en su día, para elegir al sucesor de Mahoma, pero en estos veinte siglos son demasiado profundas las brechas que se han ido abriendo y de las que ni siquiera nos permitiríamos hablar. En la actualidad su barrio comienza en una de las siete puertas de la ciudad; la del León, allí tienen sus viviendas y comercios, parecen más bulliciosos y locuaces y algunos de ellos nos sonríen al pasar.

Aquí en Israel, judíos y musulmanes forman, casi igualados en número, la mayoría de la población y tampoco es fácil saber a golpe de vista cuantos de estos palestinos, consideran vital la práctica de su religión. Por este pacto tácito de silencio, sin olvidar que el árabe es tan complicado para un occidental como el hebreo, tampoco con ellos hablamos más allá de los comentarios en inglés, provocados por las escasas compras o debidos a una cortesía que ellos practican desde la distancia, pero he podido escuchar algunas opiniones autorizadas sobre la situación, que me hace sospechar que como en el caso de los cristianos, se van debilitando paulatinamente los signos externos aunque permanece arraigada en ellos lo que nosotros hemos dado en llamar la fe del carbonero.

Finalmente, el total de población cristiana  que, mundialmente es la primera religión, aquí en Tierra Santa no llega a un catorce por ciento, reuniendo católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos y evangelistas. Razón tenía Jesús cuando al llegar a Nazareth se sintió preterido por los suyos: "Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su propia casa". (Marcos, 6/16)

Ha sido demasiado fugaz esta estancia. Recuerdo todos los parajes, las basílicas e iglesias en las que todas las creencias y oraciones se entremezclan, Me llevo en la retina ese mar nocturno de Galilea donde el Gran Pescador mandaba echar las redes y paraba tormentas, esos cementerios enormes con palmas, piedras o flores, muy juntos, sin solución de continuidad; y ese temblor de estar ante el Pesebre y luego en el Calvario redentor. Difícilmente describir el paso por Getsemaní: “Mi alma siente angustias de muerte, quedaos aquí y velad conmigo”. (Mateo, 26/39) y no escuchar una y otra vez aquella voz  de infinita clemencia en medio del dolor: “Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen”, (Lucas, 23/24). Y Ya, como a María, no me queda más que "guardar todas estas cosas  meditándolas en el corazón".  (Lucas 2/199.) 

No he podido entrar y permanecer unos minutos ni en una sinagoga ni en una mezquita lo que junto a este obligado silencio y el total alejamiento de sus gentes hace que una parte de mi necesite volver para remediar estas carencias evidentes, pero ello no ha sido obstáculo para advertir que algo ha ocurrido durante este breve espacio de tiempo. Quizá sea prematuro aventurar en qué instante tiene lugar esa revolución interior que sin duda y, a pesar de mi absoluta convicción de que esas cosas no ocurren, se ha producido en mí. No ha habido ningún signo externo; ningún instante mágico y especial; no he caído como Pablo del caballo en pleno éxtasis contemplativo; no he sentido llamadas exclusivas; ni nada que a la luz de la razón pueda explicar de modo conveniente. No me siento cambiada, sino reconfortada. He comprendido el porqué de las renuncias, el verdadero valor de la bondad no recompensada; el sentido de una actitud constante de optimismo y gratitud a la vida que, a pesar de caídas, desmayos y tropiezos mantengo con firme lealtad y sin condiciones durante tanto tiempo. Percibo con amplia claridad que mis eternas dudas se acaban y que, según van pasando los días, el puzzle sin terminar de toda mi existencia va, por fin encajando. Se van abriendo en mi mente parcelas cerradas a cal y canto hasta el momento, y me he reafirmado en el valor de las palabras de San Agustín que presiden cada uno de mis días desde hace tanto tiempo: “Ama y haz lo que quieras”, y he empezado a bucear en otras religiones buscando al Dios de amor y perdón que como un paciente y comprensivo padre les acompañe, y confieso que perdida entre tantos preceptos y mandatos en ninguna de ellas lo he podido encontrar, aunque… se me han llenado las entrañas de sonrisas porque muy en el fondo sé que ya lo había hallado; que ya nada volverá a ser como cuando partí en peregrinación a Tierra Santa y sé también, curiosamente, que todo sigue siendo tan sencillo y tan difícil como lo era antes de partir.   

Por Elena Méndez-Leite

on Tuesday, November 6, 2012
El domingo 28 de octubre los ministros de Exteriores del Reino Unido, Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos visitaron a la joven pakistaní, Malala Yousafzai, en el Queen Elizabeth Hospital de Birmingham. Allí se recupera esta chica de 14 años a quien, hace ahora un mes, los talibanes del Valle del Swat (Pakistán) la tirotearon en plena calle. Una vez más, el plomo de los pistoleros escupía violencia y traspiraba odio, mezclados a la ignorancia y maldad. Malala había salido de la escuela y viajaba en un vehículo camino de casa en su ciudad natal, Mingora, capital del estado de Khyber Pakhtunkhwa (Pakistán). La razón del brutal atentado era que Malala defendía con la palabra y la inteligencia el derecho de las chicas como ella a la educación. Nada de extraordinario sino fuera por el deplorable acoso de quienes se consideran sacrosantos defensores del Islam soberanos intérpretes del Corán. Esto significa que quienes disienten de la versión oficial, protagonizada e impulsada en la región desde las madrigueras de los talibanes, acaben heridos a muerte y malparados en el fondo del terraplén. 

A mi juicio, sin embargo, no creo que intentar matar a una joven, por querer recibir educación en la escuela, lo permita la shari‘a (ley islámica), ni esté en consonancia con los principios de la fe musulmana, ni lo validen los textos fundamentales del Islam. Aquí nos topamos de frente con la lectura perversa y desalmada que los talibanes hacen del credo islámico a causa de su obstinada ideología y, sobre todo, de su fecunda contaminación con las cavernosas tesis de al-Qaeda. En el surco de esa sinergia explosiva cayó la semilla del rechazo y la aversión hacia todo aquello que lleva, para ellos, la etiqueta de “occidental”. Estaban convencidos que la identidad musulmana de Malala se estaba contaminando en la escuela. Perdía brillo y lucidez. En consecuencia, había que enderezar lo que se iba torciendo. Era hora de rectificar los planes y bloquear las aspiraciones de una chiquilla desobediente. La sentencia estaba echada, había llegado el momento de apretar el gatillo y aplastar la sana y firme ambición de Malala. Un diabólico edicto de muerte, pronunciado por quienes entendían poco de erudición y menos todavía de humanidad. De esa manera echarían a pique los grandes sueños infantiles de Malala. Una vez más las vísceras malsanas y malolientes de los islamistas se había convertido en el aguijón mortífero y letal contra la libertad, los derechos y el sentido común. En el desierto del pensamiento único, no cabía en sus mentes que una joven de corta edad se educara en la escuela. Los talibanes se habían constituido en la sede magistral de la interpretación y aplicación de la religión, del Islam y del Corán. 

El precio más alto del islamismo radical de los talibanes lo están pagando principalmente las mujeres, comenzando ya por la edad escolar. En mi entendimiento del Islam, no recuerdo nunca haber leído en los textos clásicos que las mujeres deben permanecer ancladas en la noche oscura del analfabetismo, porque así lo reveló Allah y lo corroboró el Profeta con sus palabras, máximas y preceptos. Si uno de los nombres más extraordinarios de Allah en la tradición musulmana es al-Hayyu (El Viviente y da la vida), no hay espacio alguno para que unos huidizos y rabiosos maestros, que dicen defender el Islam, se ensañen ferozmente contra una chica de 14 años porque quiere ir a la escuela. Precisamente es eso lo que quieren miles y miles de niñas en Pakistán y Afganistán, y en países como Somalia: ser libres para poder aprender en una escuela. Sin que nadie les moleste y les aceche, sin que nadie les prohíba y menos les impida, sin que nadie intente desbrozar sus sueños y decapitar sus vidas. Lo horrible de todo es ver que los jerifaltes islamistas se enrocan en el frenesí resbaladizo de sus malditos planes, amparándose en la religión musulmana. He mencionado Somalia porque el turbulento enfoque islámico de las juventudes islamistas (al-shabbab) es una copia autentificada del pedregoso ideario,  confeccionado por al-Qaeda y los talibanes en aras de la expansión de la yihad global. Son los mismos horizontes, idénticos principios e iguales prohibiciones, que van echando raíces y asentando el terreno, originando conflictos y envenenando la convivencia en otros países africanos. Basta observar la precaria situación en Nigeria con Boko Haram, en Mali con Ansar El Dine y en Libia con Ansar al-Islam. Un huracán islamista de alarmantes perspectivas e inevitables consecuencias para los pueblos de África. 

Pero volvamos a la trayectoria de Malala. Desde pequeña se había preguntado: ¿Porqué los niños van a la escuela y a las niñas les está prohibido? Una firme y valiente rebelión interior le carcomía diariamente a medida que se iba haciendo mayor. Ir a la escuela significaba aprender a leer y escribir, poder estudiar y educarse. Algo que le parecía sencillo y razonable, sensato y elemental. Lejos de todo enredo burocrático, alejado de toda ideología política, remoto de toda intención descabellada, como la pérfida y ciega prohibición de los talibanes. Resultaba sorprendente constatar que en el país que se vanagloriaba de poseer la bomba atómica, de haber progresado en el desarrollo tecnológico y de ser la tierra de grandes pensadores y poetas, Malala no podía recibir una educación en la escuela. Lo prohibía la lectura injustificable que los talibanes hacían del contenido del Islam en el Valle del Swat. Ellos se obstinaban en defender la voluntad de Allah, atrincherándose en una  explicación de la religión musulmana, que según sus puntiagudos moldes mentales, era la única original, pura e inmutable. Convendría preguntarles si las intenciones de Allah son realmente las de prohibir la educación de las niñas del Pakistán. Quizás todo sea debido al impúdico atrevimiento de colocar sus encallecidos propósitos como eje central de la sociedad pakistaní y de constituirse en exégetas beligerantes contra su propio pueblo. De aquí brotan la insensatez y el embuste del discurso islamista de los talibanes. De ahí brotan la obstinación de sus normas y el oprobio de sus prohibiciones. Sin embargo, su repelente e inamovible ideología sigue teniendo muchos simpatizantes, adeptos y seguidores. 

El viernes 12 de octubre, a los pocos días del atentado, las autoridades del Pakistán invitaron a la ciudadanía a observar el culto ritual del viernes y dedicar “ese día de oración” a pedir por la joven Malala. El tenebroso y malvado atentado había conmocionado “al país de las madrasa”.  La foto de su plácida sonrisa había recorrido el mundo como un rayo de luz, para iluminar la indiferencia, combatir la violencia y sacudir el letargo, que son los nuevos virus de nuestras sociedades modernas. La fragilidad, entereza y dulzura de una niña musulmana de apenas 14 años luchaban contra el atropello, la iniquidad y la desfachatez de los “Defensores del Islam”. Manifestaciones y protestas se habían extendido por todo el Pakistán desde el día de la agresión violenta y perversa a manos de fanáticos y obcecados islamistas. A la herida de la bala se había unido la pólvora del odio. 

Malala ha sobrevivido milagrosamente a la cruel embestida, aunque yace todavía en la cama de un hospital británico. Las autoridades de los Emiratos Árabes Unidos ofrecieron un avión ambulancia para trasladarla al Reino Unido. Era la única forma de salvar la vida de Malala que hoy es atendida por un equipo de médicos en el Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, esperando que la vida venza a la muerte. Sus encarnizados perseguidores no han dado el brazo a torcer. Al día siguiente de su llegada, la visita de unos sospechosos visitantes, que decían tener lazos de parentesco con Malala, alertó a los médicos y a la policía. Malala sigue protegida y vigilada porque sus recalcitrantes enemigos siguen merodeando, acechando y reclamando su muerte. Con 14 años Milala ha probado el odio visceral traducido en pólvora asesina. 

Los talibanes habían decidido matar a Malala porque ella se había enfrentado sin miedos a las leyes escabrosas y normas inhumanas de su intransigente ideario religioso. Las consideraba desatinadas, feroces y malsanas. Para ella eran incompatibles con los principios de la religión musulmana que le habían enseñado sus padres. Los estudiantes de religión (talibanes) no podían tolerar que una jovencilla de rostro angelical les desafiara en su propio terreno, es decir, en la interpretación y aplicación del Islam. Pero los talibanes habían crecido en el surco de una mentalidad obtusa, refractaria a todo cambio, nublada por la ideología de la yihad contra enemigos y adversarios. De dentro (musulmanes) y de fuera (infieles). Se habían convertido en mordaces roedores, sin pudor, sin piedad y faltos de  humanidad. La concepción que tenían de la mujer nunca tuvo secretos: ser relegada a los muros domésticos, supeditarse a los dictámenes del hombre, permanecer siempre analfabeta. Con otras palabras, convertirlas en creyentes musulmanas con el estatuto social de esclavas. 

Fue en 2007 cuando los talibanes del Valle del Swat (Pakistán) prohibieron la educación de las niñas en las escuelas. Decían que, yendo a la escuela, les contagiaría la peste del secularismo occidental y padecerían la plaga de las retorcidas costumbres de los occidentales. Además, afirmaban rotundamente y con aplomo que no lo permitía la ley islámica (shari‘a). Cosa extraña que lo dijeran en esos términos quienes no tenían reparo alguno en usar material bélico y telefonía móvil occidentales. Además, no sentían escrúpulos jurídicos, ni impedimentos legales a la hora de comprar, consumir y traficar con productos europeos y americanos. 

Al final, el tiro infame de los talibanes pakistaníes ha convertido a Malala en la heroína nacional del Pakistán. Se ha transformado en el símbolo de la lucha frontal contra la religión desalmada y obtusa de los barbudos. Porque llevar barba fue también una de las 19 normas islámicas establecidas por los talibanes cuando llegaron al poder en Afganistán a finales de Septiembre de 1994. La educación de las mujeres siempre les trajo por la calle de la amargura y las escuelas de las niñas eran un sapo intoxicado que no podían tragar. Pero no hay razón posible, cultural o religiosa, y jamás la habrá, que ratifique impunemente el asesinato de una joven de 14 años,  porque aspira a leer y escribir, sueña con el estudio y la educación para así hacer frente a los retos de la vida. Y menos cuando se aducen motivos religiosos y legales basados en textos sagrados para la defensa de tan obtusa y  antojadiza prohibición Eso sí, Malala estaba firmemente enraizada en su dignidad. Lejos de las amarras de toda tiranía religiosa, apartada de las cadenas de toda esclavitud islamista,  alejada del estigma de toda segregación. Por muy divinas que pinten las  prohibiciones y por muy culturales que describan los preceptos. 

Cumplidos los 11 años Malala tenía las cosas claras en su mente: luchar por la defensa de la educación de las mujeres. Fue entonces cuando decidió comenzar a escribir su diario en urdu, usando el seudónimo de Gul Makai (“Aflicción”). A sus padres les gustaba ese nombre porque era eso lo que ellos vivían diariamente. Su hija quería contar de su puño y letra el terrible y doloroso drama que albergaba en su alma, viviendo bajo el despotismo vil e inicuo de los talibanes. El 8 de febrero de 2009, Malala escribía en su diario: “Me he sentido herida cuando he abierto el armario y he visto el uniforme de la escuela, la cartera y la cajita de mis cosas. Las escuelas de los chicos abren mañana, pero los talibanes han prohibido la educación de las niñas”. 

Malala vivía en una sociedad en la que las eruptivas fiebres islamistas de los talibanes prohibían la educación femenina y perseguían a las niñas insumisas y a sus familias. Una malvada discriminación que hería y golpeaba, apuñalaba y secuestraba el futuro de las mujeres musulmanas en Pakistán y Afganistán. Los talibanes del Valle del Swat, un frondoso valle en la frontera con las tierras afganas, habían decidido interpretar el Islam a su antojo y por consiguiente prohibir a las niñas la educación escolar por razones islámicas. Porque según el enfermizo credo talibán la educación es solo privilegio de los hombres. A las mujeres las querían analfabetas y sumisas, maleables y esclavizadas. Sin derechos ni libertades, encerradas en los cuatro muros domésticos y doblegadas por el látigo del sometimiento. Encadenadas con la doma islamista. Con el amplio burqa material, de la rejilla a modo de cárcel con rejas perpetuas, y el degradante burqa imaginario, que les impidiera pensar, hablar y participar en la construcción de una sociedad más libre. Con una mejor ética colectiva, con más libertad social y sobre todo, con más justicia y dignidad. 

No quiero que se tergiverse lo que acabo de decir y se me acuse de generalizar la ideología islamista de los talibanes y extenderla a todas las sociedades musulmanas. Nada más lejano de lo que quiero decir. El problema de los derechos y libertades de las mujeres musulmanas está de nuevo sobre el tapete en los países árabes a raíz de las revoluciones populares. Con sus altos y bajos, sus avances y retrocesos, sus propuestas y prohibiciones. Asociaciones y colectivos de mujeres en Argelia, Marruecos, Túnez y Egipto han manifestado públicamente el miedo a que sus derechos y libertades sean recortados ulteriormente por la ola salafista. Luchan y combaten contra todo intento, por pare de los gobiernos, de recortar sus derechos, de achantar sus libertades, de imponer leyes y normas que poco, o nada, tienen que ver con el Islam. 

Las asociaciones de mujeres musulmanas luchan para que sus derechos sean, primero reconocidos legal y constitucionalmente, y segundo, honorados y respetados en la sociedad. Ese es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los gobiernos de los países árabes a la luz de las revoluciones populares erróneamente conocidas como “primaveras árabes”. Sería mejor definirlas “primaveras salafistas”, ya que la bandera del salafismo ondea en las estados que han conocido el final de las dictaduras: Túnez, Egipto y Libia. Los síntomas patentes del resurgir salafista están creciendo por doquier en los países árabes, influenciando el discurso político, condicionando el rumbo institucional y determinando el trazado constitucional. No es fácil introducir cambios substanciales en los derechos y libertades de la mujer musulmana. Pero esa evolución es imprescindible y necesaria, ya que la dignidad humana de la mujer lo exige por encima de toda referencia cultural o religiosa, por muy excelsa, sublime y elevada que sea. Con frecuencia los argumentos presentados en el organigrama mustio y refractario de los islamistas están tejidos con telas de araña, y necesitarían un traductor chino para entenderlos. Esto lleva a las mujeres musulmanas a arrugar el ceño, a manifestarse públicamente, a protestar abiertamente y a seguir luchando por sus derechos en las sociedades musulmanas. Sin jamás dar el brazo a torcer y con la esperanza de que un día no muy lejano, Insha’ Allah (“Que Allah así lo desee”), las cosas cambiarán para bien de toda la sociedad. 

Millones de mujeres en las sociedades musulmanas, están convencidas de que su dignidad humana no brota de las planicies litúrgicas, de las laderas rituales o de las montañas sagradas del Islam. La dignidad de las mujeres musulmanas no la otorga la religión musulmana, ni la conceden los talibanes, ni la ofrecen los jeques, ni la dispensan los maestros de las escuelas coránicas, ni la dan los reyes, ni la distribuyen los emires, ni la confieren los sultanes. La dignidad de toda persona, sea mujer u hombre, está impresa en la esencia misma de la vida humana. Es el ingrediente esencial de la humanidad. Nace y aflora, crece y se desarrolla en la vida de cada persona. Poco importa su edad, su condición física, su origen étnico, su género, su lengua nativa, su fe religiosa. Tampoco tienen importancia el color de la piel, la arquitectura de la cara, la forma de vestir, la manera de comer, el acento del habla, el tono de la voz, el estilo y modelo de la escritura.  

La dignidad humana es el denominador común y el valor fundamental que unen a la humanidad. Por encima de cualquier diferencia, diversidad o pluralismo. Y mientras no lleguemos a percibir ese elemento esencial y ponerlo en el centro de todo proyecto humano, no llegaremos a construir la justicia, a desarrollar la ética y a promover la paz. No puede haber un humanismo auténtico sin que la brújula de la dignidad humana ilumine y guíe el quehacer, el dinamismo y los sueños de la humanidad. 

Si Malala se recupera favorablemente, cosa que llevará mucho tiempo y exigirá muchos cuidados, los gobiernos en los países de mayoría musulmana no tendrán otra opción que apoyar la defensa incondicional de la educación femenina allí donde radicales y fanáticos vulneran, infringen y violan ese derecho fundamental de las mujeres musulmanas. Malala se ha convertido en una estrella que brilla en el cielo, aunque siempre llevará en su cuerpo las cicatrices de la maldad e impresas en su alma las huellas de la barbarie. 

Por Justo Lacunza Balda

on Tuesday, June 26, 2012
"Tanto los derechos y libertades como la democracia y las constituciones enfocan la persona humana como elemento central e insustituible de toda sociedad, estado o nación. Cómo traducir el espíritu de las revoluciones árabes en un progreso real de la dignidad, libertades y derechos de las personas es el núcleo central y la apuesta histórica fundamental". Justo Lacunza Balda

Durante el pasado día 21 de junio tuvo lugar la presentación del Curso de Verano "PRIMAVERA ÁRABE: DEMOCRACIA, DERECHOS HUMANOS Y CONSTITUCIONES", organizado por la UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO (UPV / EHU). La presentación, que reproducimos a continuación, fue llevada a cabo por Justo Lacunza Balda, Master en Filosofía y Doctor en Lenguas y Culturas Africanas, arabista, africanista e islamólogo, además de investigador, docente, articulista, políglota, Rector Emérito del Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos de Roma y uno de los mayores expertos a nivel mundial en todo lo relacionado con los países árabes, las identidades musulmanas y el Islam.

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El Curso de Verano 2012 “Primavera árabe: democracia, derechos humanos y constituciones”, programado por la UPV/EHU, se articula en tres intervenciones  complementarias.

La primera, “Revoluciones en los países árabes: cambio de ciclo, claves de lectura, desafíos actuales” (Justo Lacunza Balda), es una somera exposición de algunos de los principales aspectos de las revoluciones árabes, los cambios históricos que esas han provocado en las sociedades de los países árabes, en las identidades nacionales, en la concepción de la democracia. Es necesario subrayar la importancia del concepto de ciudadanía en relación a los derechos, libertades y democracia. Las consecuencias de las revoluciones árabes se sitúan a diferentes niveles y con diversos énfasis.


La segunda intervención, “Revoluciones árabes: entre las aspiraciones a los valores universales y las trabas de las realidades locales” (Kheloudja Khalfoun), centra la atención en las dificultades concretas cuando se trata de implementar principios e ideales universales en las condiciones concretas de un determinado lugar. Los ideales de las revoluciones árabes (centralidad de la persona) chocan repetidas veces con las realidades locales, con los engranajes del Estado y con la legislación vigente. De aquí la necesidad de analizar las realidades locales, los problemas y los desafíos.

La tercera intervención, “Países árabes: derechos humanos, libertades civiles, progreso democrático” (Justo Lacunza Balda y Kheloudja Khalfoun), es un debate sobre temas claves en los países árabes. En definitiva, tanto los derechos y libertades como la democracia y las constituciones enfocan la persona humana como elemento central e insustituible de toda sociedad, estado o nación. Cómo traducir el espíritu de las revoluciones árabes en un progreso real de la dignidad, libertades y derechos de las personas es el núcleo central y la apuesta histórica fundamental.

Las revoluciones en curso desde mediados del 2010 en los diferentes países árabes han contribuido de manera fundamental a los cambios históricos en las sociedades arabo-musulmanas. Los vientos revolucionarios (“primavera árabe”), de diverso origen e inspiración, continúan evolucionando dentro de las fronteras geográficas de cada uno de los 17 estados  que forman el llamado mundo árabe. La expresión “mundo árabe” es anacrónica, obsoleta y confusa. No sirve de ayuda para entender el papel del Islam y comprender las tendencias islamistas, ni tampoco para identificar las fuerzas latentes y analizar los dinamismos populares a nivel nacional. Las poblaciones se manifiestan en las calles y piden a gritos en las plazas profundas reformas democráticas, amplio espacio institucional para las libertades civiles e garantías incondicionales para el respeto a los derechos humanos. No se oyen referencias explícitas al pasado colonial de los países árabes y este es un cambio de enfoque a subrayar. La atención está vocalizada en “el estado de la nación”, en sus gobernantes, en sus instituciones, en los regímenes de diferente signo que son el punto de mira de las manifestaciones callejeras. Acabar con las dictaduras y dar paso a los procesos democráticos que conduzcan a un nuevo capítulo en la historia del país.

El concepto esencial de ciudadanos y ciudadanas de un Estado de derecho es una de las fuerzas motrices de las revoluciones populares. Ante todo ciudadanos libres, por encima de toda distinción étnica, cultural, religiosa, política o de género. Hombres y mujeres quieren pasar de “ser súbditos” de un régimen a “ser ciudadanos de un Estado”. Todo esto comporta derechos y obligaciones, que tienen como tela de fondo el pluralismo cultural, la diversidad religiosa y la visión política. De aquí surgen los problemas que tienen las minorías religiosas en países como Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Siria.

La redacción de las nuevas constituciones supone un reto institucional de gran envergadura. Toca, sobre todo, analizar el papel del Islam y de la Ley Islámica (shari‘a) en la legislación nacional y verificar si las leyes constitucionales son iguales para todos los ciudadanos. En definitiva, examinar las bases del modelo de Estado que se pretende construir.

El término árabe de revolución es zawrat que literalmente significa el viento huracanado del desierto que agita el ambiente, se desplaza con fuerza, desbarata todo, cambia todo lo que encuentra a su paso. En ese sentido, podemos entender los bruscos e inesperados cambios en países como Túnez, Libia, Egipto, Siria, Yemen. Pero sabemos que después del furor incontrolable del simún ya no se puede hablar de “normalidad”. Negar los cambios significaría negar la realidad. Y es aquí donde es necesario percibir el cambio de ciclo en la historia política y económica, cultural y religiosa de los pueblos árabes y de las sociedades arabo-musulmanas. Las revoluciones siguen teniendo sus consecuencias en todos los países árabes sin excepción alguna.

Es importante tener presente que el vasto espacio geográfico que va de Mauritania y Marruecos a Bahrein y Kuwait está dividido en naciones independientes. Cada una de ellas ha construido su propia identidad con cuatro ingredientes claves: el territorio nacional, la religión musulmana, el ideal del nacionalismo y los recursos naturales. El engranaje histórico de esos cuatro elementos principales ha contribuido a la conciencia nacional de pertenecer a un Estado con características bien definidas y de ser ciudadanos de una nación, y no del “mundo árabe”. Los islamismos políticos, culturales y religiosos nacen, se desarrollan y se propagan a partir de las condiciones históricas y geopolíticas de cada uno de los estados árabes.

Se me permita aplaudir la genial iniciativa de la UPV/EHU al promover este Curso de Verano 2012 para debatir el tema de “las primaveras árabes en los países árabes”. Con este Curso la UPV/EHU ha creado un nuevo espacio de debate y educación, de entendimiento y conocimiento, de diálogo y apertura en relación con los países árabes. Los acontecimientos históricos de los últimos dos años han revolucionado no solo los países árabes, sino que han condicionado de manera irreversible el futuro de las relaciones internacionales, de las libertades civiles y de los derechos humanos. Ni que decir tiene que todo este abanico de perspectivas influye de manera directa en la construcción actual de la Comunidad Europea de gentes y pueblos, de naciones y estados. 

Por Justo Lacunza Balda


on Sunday, October 16, 2011

Conferencia de Justo Lacunza en el Grupo Vasco del Club de Roma.

Justo Lacunza Balda es sin lugar a dudas uno de los mayores expertos a nivel mundial en todo lo relacionado con los países árabes, las identidades musulmanas y el Islam: es Master en Filosofía y Doctor en Lenguas y Culturas Africanas, arabista, africanista e islamólogo, además de investigador, docente, articulista y políglota. 

En 1969 fue ordenado sacerdote y ha sido misionero en Africa con los Padres Blancos durante una parte importante de su vida. Lleva impartidos más de 30 cursos en diferentes idiomas y ha realizado trabajos de investigación y estudios de campo en casi 40 países. Es Rector Emérito del Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos de Roma y su impresionante currículo se complementa con numerosos cursos y seminarios impartidos en las más prestigiosas fundaciones, instituciones y universidades nacionales e internacionales, como Deusto, Harvard o La Sorbonne, entre muchas otras. También participa habitualmente en las más importantes conferencias internacionales sobre la materia y forma parte de diferentes delegaciones nacionales para la promoción de la libertad religiosa en el mundo, una de sus principales preocupaciones. Ha participado en infinidad de programas para la radio y la televisión de diferentes países y entre los numerosos reconocimientos, ha sido galardonado por el International Biographical Centre de Cambridge, como "World Educator for 2005" (Educador Mundial del 2005) y Leading Educators of the World in 2008” (Educadores Líderes del Mundo, 2008). Próximamente también intervendrá en el II FORO SOBRE LIDERAZGO EMPRESARIAL Y HUMANISMO organizado por Aliter, que tendrá lugar los próximos 19 y 20 de abril de 2012 en Santo Domingo de Silos, en el que también participa Humanismo y Valores, como uno de sus principales promotores.

Al margen de los impresionantes logros académicos y profesionales del Padre Lacunza, lo que más me ha llamado la atención en nuestros encuentros es su calidad humana, su aguda inteligencia, su inagotable capacidad de trabajo -viaja constantemente por todo el mundo-, el compromiso, la valentía y sinceridad con las que aborda temas tan delicados y el profundo conocimiento que tiene sobre los países árabes. Un conocimiento de primera mano, adquirido, además de en los textos, directamente sobre el terreno, a lo largo de múltiples viajes y años de inmersión en diferentes áreas en las que predomina el Islam y la cultura árabe.  

Por todo ello y siguiendo la línea de trabajo que venimos manteniendo, hemos querido incluir la versión íntegra de una de sus últimas intervenciones; en concreto la que llevaba a cabo en Bilbao, el pasado día 10 de junio en el Grupo Vasco del Club de Roma. A pesar de su duración, merece la pena buscar el tiempo y la tranquilidad para escuchar esta magistral intervención, en la que Justo Lacunza hace un recorrido por la situación de los países árabes, para explicar -entre otras cosas- los procesos de rebelión civil que están teniendo lugar en la mayoría de los estados islámicos del norte de Africa.

Además del vídeo, hemos incluido a continuación el texto íntegro de la conferencia.




“PAISES  ARABES:  REVOLUCIONES NACIONALES, ISLAM Y CIUDADANÍA  
Conferencia impartida el 10 de junio de 2011 en Bilbao, en el Grupo Vasco del Club de Roma  

Introducción

Permítanme que exprese mi agradecimiento al Grupo Vasco del Club de Roma, aquí en Bilbao, por la invitación a hablarles de  un tema complejo, arduo y difícil. Es decir, exponer algunos aspectos de las revoluciones actuales en los diferentes países árabes para comprender de manera menos imperfecta lo que está sucediendo en las sociedades árabes. De Marruecos a Bahrein, de Irak al Yemen, de Siria a Arabia Saudí. En todos los países árabes sin excepción se manifiesta la fiebre y la rabia revolucionarias para exigir  reformas constitucionales, pedir cambios políticos, respetar los derechos humanos y emprender de una vez para  siempre la senda de las libertades civiles.  

He subrayado el hecho de que el tema “Países árabes: revoluciones nacionales, Islam y ciudadanía” es un tema peliagudo, pero no por ello deja de ser menos apasionante y aleccionador. Como todo lo que ocurre en la esfera humana y acontece en los rodeos sin barreras  de las sociedades humanas. Uno cree haberlo entendido todo, pero en definitiva no ha hecho más que arañar el vasto terreno de los pueblos árabes, del Islam local y global, de la ciudadanía plasmada en hombres y mujeres, ciudadanos de un Estado con sus fronteras geográficas, además del peso indiscutible de su propia historia.

Lo que les voy a exponer en esta conferencia es fruto de un “largo viaje” en el que se han mezclado muchos ingredientes: estudio y aprendizaje, experiencia, trabajo y observación, empatía, paciencia y empeño por entender lo que aparentemente es fácil y comprender lo  que hay tras el telón de la primera vista. En definitiva, es la andadura personal de todo viajero a quien se le pega el polvo, le empaña el sudor y le hace mella el cansancio del viaje.


Finalidad

El principal objetivo que nos hemos propuesto es identificar algunas claves de lectura que nos ayuden a comprender  mejor lo que en la actualidad está sucediendo en los países árabes. A pesar del esfuerzo personal, nuestro entendimiento será siempre imperfecto, ya que las sociedades árabes y musulmanas están experimentando un ciclo de rápidas transformaciones y atravesando ineludibles procesos de cambios profundos. La evolución interna de las sociedades árabes no sólo afecta a las instituciones y a la identidad nacional de cada Estado, sino que también incide en la compacta red de las relaciones políticas entre los países árabes y en las relaciones internacionales con otros estados, especialmente los de la Unión Europea. Sin olvidar la geopolítica cultural y religiosa de los países árabes,  principales productores de crudo, en su proyección histórica con los países de mayoría musulmana en el mundo. A eso hay que sumar el hecho de que quien les habla no pertenece a ninguna de las culturas árabes, ni tampoco africanas, y no es musulmán. Proviene de otros orígenes, de otra tradición cultural, de otra fe religiosa. Por lo tanto esto requiere un esfuerzo  suplementario para evitar prejuicios vidriosos, descartar conclusiones  precipitadas y alimentar absolutismos mentales.  


Ideales de cambio

Las revoluciones actuales en los diversos países árabes contra corruptos tiranos y despiadados dictadores presentan muchas facetas. Han quedado de manifiesto los ideales de las jóvenes  generaciones a través de las continuas protestas en las calles y plazas de las principales ciudades árabes, A los jóvenes les han inspirado los derechos humanos, la libertad y la democracia. Pero lo que más les ha dinamizado ha sido la sed de ver respetada la propia dignidad. También ellos y ellas quieren participar en ese mundo global del que tanto han oído hablar y al que están enganchados a través de las redes sociales. Las revoluciones actuales y la posibilidad real de destituir a los gobiernos dictatoriales les han llenado de fuerza y entusiasmo. En  Túnez y Egipto ha sucedido lo que hace unos meses era impensable. Por lo tanto también habrá cambios radicales en los otros países árabes a pesar de la represión, las balas y los miles de muertos y heridos. Porque también en Túnez, Libia y Egipto los dictadores sacaron la artillería pesada para ahogar a los manifestantes y reprimir a los opositores con todos los medios al alcance. Pero venció la gente saliendo a la calle y desafiando abiertamente al poder absoluto y cruel de los dictadores. Países como Siria, Yemen, Bahrein, Libia y Arabia Saudí, por citar solamente algunos, se han servido del ejército y de la policía para neutralizar a los manifestantes, derrotar a los activistas y ahogar sin piedad las voces de los que se oponen al régimen. Pero el pueblo está decidido a ir hasta el final del camino sin echar marcha atrás. Esto está ocurriendo en Siria y Yemen, países en los que la represión del ejército  ha sido tan cruel que nadie conoce el número de muertos, heridos, detenidos, torturados, desaparecidos y  encarcelados. Ya no sirven las promesas, ni las palabras, ni los chantajes. Está en juego la dignidad y la libertad de  millones de ciudadanos árabes. Si es verdad que los vientos del cambio soplan en cada uno de los países árabes, conviene señalar que la revolución de la llamada “primavera árabe” tiene sus propias características en cada País.  Cuando uno se para detenidamente, observa con atención y reflexiona sin prisas, tiene la certeza y la convicción de que las sociedades humanas son complejas en sus engranajes, dinamismos y trayectorias. Y en ese sentido las sociedades árabes no son una excepción a las reglas de la humanidad en sus múltiples y variadas manifestaciones.


La furia del viento símbolo de la revolución

Antes he hecho referencia al polvo que se pega en el camino. La revolución en los estados árabes está relacionada con las realidades y el simbolismo del viento, polvo y arena del desierto. Nada mejor para entender las revueltas callejeras, el descontento general y las protestas populares en los países árabes que examinar el significado y analizar el contenido del término revolución en la lengua árabe. La revolución (al-zawrat) quiere decir el simún del desierto, el viento huracanado que, alzándose en torbellinos verticales, arranca de golpe, se desplaza a gran velocidad,  arremete con fuerza  y deja sus huellas visibles en todo el trayecto de sus  desplazamientos. Después del paso del huracán cuesta mucho tiempo volver a la normalidad, si en la vida hay algo como normalidad, ya que todo ha cambiado para el ojo avizor del nómada o del beduino, comenzando por el horizonte, el aire y las dunas. La arena y el polvo vuelan a su antojo,  se han metido por todas partes y acaban con posesionarse del ambiente. A veces, el polvo y la arena permanecen en el aire durante días y hasta semanas. Se hace dificultosa la visibilidad y complicados los desplazamientos. La gente cuenta los daños y destrozos ocasionados por el viento huracanado, tanto en ciudades como en pueblos y aldeas.  

A su paso el huracán enloquecido deja  tierra y polvo, arena y basura flotando en el aire. La furia del viento ha cambiado la configuración de las dunas y la silueta del horizonte resulta irreconocible. La gente tiene dificultades en volver a la vida normal. Turbantes  y velos sirven más que nunca para protegerse en patios, plazas y calles. Durante algunos días las horas diurnas tienen más de penumbra desalmada que  de sol deslumbrante. Y la agitación desmesurada del viento puede durar mucho tiempo, sin que nadie consiga dominar, calmar y doblegar sus ráfagas incontrolables. Como las jóvenes generaciones que ya no temen salir a la calle, manifestar en las plazas y exigir dignidad, pan y trabajo. No solo soluciones al paro, a la miseria y a la pobreza, sino la puesta en marcha de sistemas democráticos en los que la dignidad de la persona sea el eje central de la sociedad. Y esta es la auténtica revolución que pone en juego lo esencial de las sociedades humanas: pasar de ser súbditos esclavizados por un régimen dictatorial a ser ciudadanos libres de un Estado democráico. Con derechos y obligaciones, libertades y responsabilidades. Ese cambio constituye la mayor revolución  de todos los tiempos en los países árabes. Ese cambio trascendental pone al individuo en el centro de toda sociedad. Muy por encima  de ideologías políticas,  acrobacias religiosas y virajes culturales. Sin la centralidad de la persona nacen, brotan y progresan las dictaduras como ha ocurrido en los países árabes desde las independencias.


¿Mundo árabe o Países árabes?

La expresión mundo árabe continúa siendo utilizada en los medios, la prensa, las tertulias, los debates, la enseñanza, y hasta en discursos oficiales. En el ámbito tanto nacional como internacional. Pero desde hace muchos años la expresión “mundo árabe” es totalmente obsoleta, imprecisa y confusa. El vasto territorio geográfico que va de  Mauritania hasta los Emiratos Árabes Unidos está dividido en naciones-estado que son independientes. Por eso, hablar del “mundo árabe” es como si habláramos del “mundo europeo”, del “mundo asiático”, o del “mundo africano”. La expresión “mundo árabe”, tan usada, arraigada y desgastada, significa poco o todo lo que uno quiera meter dentro. A veces  las palabras “mundo árabe” pueden sembrar mucha confusión, sobre todo cuando se confunde “árabe” y “musulmán”. Porque también podríamos hablar de  “mundos  árabes” en Europa o en América, cuando hacemos referencia a las comunidades musulmanas de origen magrebí. Pero tal expresión, “mundos árabes”, confundiría aún más al oyente, al observador o al lector.

El gran espacio geográfico de ese denominado “mundo árabe” abarca hoy de Marruecos a Bahrein, de Siria a Yemen, de Irak a Omán. Ese “mundo árabe” está hoy dividido en 17 estados independientes. Para algunos son 23 porque los EAU tienen siete emiratos (Abu Dhabi, Ajman, Dubai, Fujairah, Ras alKhaimah, Sharjah y Umm al-Quwain).  Cada Estado tiene una determinada formula de Gobierno que se presenta en un abanico de seis formas diferentes de Gobierno:  

- república (Argelia, Egipto, Irak, Líbano, Mauritania, Siria, Túnez y Yemen) 
- monarquía (Arabia Saudí, Bahrein, Jordania y Marruecos) 
- sultanado (Omán) 
- emirato (Emiratos Árabes Unidos) 
- estado (Kuwait y Qatar) 
- congresos populares (Libia) 

Los pueblos saharaui y palestino no están todavía configurados en estados independientes con fronteras geográficas bien delimitadas como cualquier nación, país o estado independiente. Por eso, hablar de “Estado saharaui” o de “Estado palestino” es impropio en el  contexto de los países árabes. En  realidad no existen como tales, por lo menos hasta el momento presente. Lo mismo que no

Cada nación-estado de ese conjunto de países árabes tiene sus propias etapas históricas que se han desarrollado a lo largo de los años. Después de las independencias todos los estados han construido sus identidades nacionales dentro de los lindes del territorio geográfico.  Esa identidad nacional se ha  fraguado y se ha forjado con la ayuda de algunos importantes ingredientes: nacionalismo, ideología política, recursos económicos, religión musulmana,  relaciones internacionales.


Islam y lengua árabe

Dos grandes ejes trasversales han hecho de potente engranaje y de correa transmisora en las etapas  históricas de los pueblos árabes.  El primero es el Islam, que significa fe y religión, ley y tradición, moral individual y familiar, cultura y civilización, orden social  y sistema político. Ha habido muchos procesos de islamización en las sociedades árabes a lo largo de los siglos, con interpretaciones, lecturas y aplicaciones de los textos sagrados. Tanto la tradición sunní del Islam como la chií tienen sus intérpretes y expertos, líderes y dirigentes, pensadores y escritores. La religión musulmana no es monolítica, inmóvil e inflexible, sino plural en sus  manifestaciones y plural en la vida,  experiencia y sueños de los creyentes musulmanes. Uno de los grandes retos del Islam contemporáneo es el problema de interpretación de los textos fundamentales de la religión musulmana, a saber el Corán y la Tradición. Es verdad que los árabes han condicionado las interpretaciones del Islam a nivel histórico, religioso y cultural. Pero hoy en día el gran peso del Islam, bajo el punto de vista de las poblaciones, producción intelectual e interpretación, está en los países asiáticos, especialmente Indonesia, India, Malasia y Pakistán. Sin olvidar el empuje y dinamismo de las  cofradías musulmanas en África y tampoco la presencia de escritores, intelectuales y pensadores musulmanes en Europa, Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, nadie duda la influencia central y constante de los países árabes cuando se habla del Islam. Quizás el elemento más distintivo a nivel global sea la peregrinación a la Meca, ciudad santa para los musulmanes.

El otro eje trasversal es la lengua  árabe, lengua sagrada  de las fuentes del Islam, el Corán y la Tradición. El árabe se ha extendido en todos los países árabes, transformándose en la lengua nacional de cada uno de los estados, con numerosas variantes. La arabización, o  influencia de la lengua, tradición y costumbres de los árabes, ha dado un  color particular al Islam, vivido, propagado y transmitido por los árabes.  Los musulmanes árabes se han constituido en modelos a imitar de la conducta musulmana hasta tal punto que costumbres y usanzas de los pueblos árabes han pasado a ser parte de la identidad islámica. El aprendizaje de los rudimentos de la lengua árabe es considerado indispensable para los musulmanes. De aquí la importancia que se le otorga a la enseñanza del árabe en las escuelas coránicas y a la memorización de los principales textos coránicos.

Islamización y arabización han sido los dos aspectos inseparables que se han unido y solidificado, no solo en los estados árabes, sino también en la esfera de muchos estados africanos y asiáticos. Islam y árabe son el  principal elemento identitario de  los pueblos árabes, por encima de las diferencias étnicas, los aspectos culturales y las  variedades lingüísticas. Es importante hacer notar que las revoluciones actuales de los países árabes son más civiles y seculares que religiosas y musulmanas. El Islam y la  lengua árabe hacen parte de un “bloque doctrinal” ya que la lengua ha sido vehículo histórico de difusión del Islam. Por eso el renacimiento, la insurgencia y las revoluciones de los países árabes ponen en tela de  juicio el progreso y desarrollo de la democracia, de las libertades y de los derechos que no tenga el Islam como principal ingrediente. La tesis de los islamistas y de los movimientos islámicos es que no se puede “descentralizar” el Islam en las sociedades árabes y en los estados árabes, que hoy atraviesan cambios radicales en la concepción de las instituciones, en la gestión de la autoridad estatal  y en la visión de lo significa ser ciudadanos y ciudadanas de un Estado independiente.


Uso del término revolución

Revolución es una de las palabras que más se han usado, y se sigue usando, en el lenguaje político, cultural y religioso desde el tiempo de las independencias de los países árabes. En el lenguaje político del Islam, se habla de “revolución islámica”, es decir que el poder político está en manos de la autoridad religiosa. Revolución contra Occidente  y revolución contra el Régimen. La representación de Occidente como “la madre de todos los males”,  “el poder colonizador”, “el cristianismo”, “el Gran Satán”, “el enemigo del Islam”, “el amigo de Israel”, y otras muchas expresiones, han sido  utilizadas para construir el espectro amenazador de un enemigo imaginario, ahogar las ansias de dignidad y sofocar la libertad de los ciudadanos, amarrando a la población a regímenes absolutistas y dictatoriales. Esta “música” ya no se vende fácilmente. Las sociedades árabes musulmanas han abierto los ojos a las realidades históricas y dramáticas de sus propios países. Han identificado en sus tiranos y dictadores a los peores  enemigos del progreso social, de la libertad ciudadana, de los derechos humanos y de la democracia institucional. Hace muchos años que los países árabes obtuvieron la independencia y la administración de sus propios países. Las relaciones bilaterales con los antiguos países colonizadores no quita  peso a los líderes  nacionales ni les exime de la responsabilidad a los gobiernos de los países árabes ante los problemas de justicia, derechos, democracia y libertad. En este sentido, Occidente no es solo el mundo del bienestar general y del desarrollo integral, sino representa también a las sociedades en las que la persona con sus derechos y deberes ha sido colocada como factor esencial y eje central de todo progreso económico y social, político y  cultural, religioso y colectivo. La revolución global en los países árabes está desvelando de manera inequívoca los problemas reales de esas sociedades: ciudadanía con plenos derechos, dignidad de la persona humana, libertades civiles  y sistemas democráticos. Estos son los grandes retos del futuro en los países árabes musulmanes a los cuales deberán hacer frente los líderes políticos y religiosos ya desde este momento sin dejarlo para el futuro.

Las nuevas generaciones quieren dignidad, pan y trabajo. Les sobran las ideologías retorcidas y laberínticas. Quieren una educación sólida que les ayude a afrontar los desafíos del mundo moderno. Buscan trabajo y ocupación que les permita vivir humana y dignamente. Las revoluciones en los estados árabes no han hecho más que comenzar. Queda mucho camino por recorrer. Será necesario observar la dirección de los vientos revolucionarios y seguir de cerca lo que los líderes políticos ofrezcan a los ciudadanos. En las sociedades mundiales hay siempre fechas inolvidables que marcan efemérides importantes, fiestas nacionales, epopeyas históricas. Algunas de las camionetas cargadas de insurgentes y  opositores al régimen de Gadafi en Libia llevan escrito en  árabe, a modo de grafito improvisado: “Allâh es Grande, la revolución del 17 de Febrero de 2011”. No hay lugar a dudas que algunas fechas están marcando las mugas entre la historia del pasado y el nuevo ciclo histórico que se está abriendo después de las protestas juveniles, las manifestaciones en las plazas y los  gritos de libertad en las calles, sobre todo para dejar patente la ira popular  contra las dictaduras. Sirvan algunos ejemplos: 17 de diciembre 2010 en Túnez, 25 de enero 2011 en Egipto, 3 de febrero en Siria, 17 de febrero en Libia, 20 de febrero 2011 en Marruecos.

La fecha más importante en el calendario islámico es la que marca el comienzo de la era musulmana, es decir la hegira, o emigración de Mahoma a Medina junto con la primera comunidad de musulmanes. Este evento fundador de la era musulmana ocurrió en junio del año 632 de la era cristiana, que equivale al año primero del calendario islámico. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante “nuevas hegiras” (nuevos ciclos históricos) de gran significado político, cultural y  religioso en los países árabes. La revolución popular en cada uno de los países musulmanes ha producido el efecto del simún en el desierto: nada queda igual después de su paso, aunque parezca que las cosas no cambian y que todo sigue igual que antes. La furia revolucionaria de las poblaciones, hasta ahora sometidas e indefensas, han cambiado los horizontes y derroteros de  cada uno de los países árabes. La historia de cada nación árabe se está transformando con los ingredientes de cambios radicales a nivel político y social.


Enfrentarse a las dictaduras

La revolución en los países árabes  tiene un objetivo principal: destituir y borrar del mapa a los dictadores  que tienen al pueblo amordazado y esclavizado. Los graffiti han sido muy elocuentes en ese sentido: en uno de los tanques del ejército egipcio en  las calles de El Cairo recitaba:  Irhâl yâ Mubarak (“Vete, Mubarak”) mientras que en otra pancarta en las calles de Damasco se podía leer: Irhâl yâ al-Assad (“Marchate, al-Assad”). Ya no son los colonizadores europeos, sino los líderes políticos autóctonos los que son culpables de la pobreza, de la marginación, de la miseria en la que están sumidos millones de ciudadanos de  los Estados árabes. Hablar del mundo globalizado puede resultar una escapatoria política cuando en definitiva los líderes políticos son los que gobiernan las naciones. Tiranos y dictadores de los países árabes han amasado riquezas inimaginables dejando al pueblo abandonado en la miseria, en la indigencia y en la pobreza. A los opresores y sátrapas les gusta el monocultivo político, es decir, el control absoluto de la sociedad en la que hay que extirpar toda hierba mala que pida a gritos cambios sociales, exija más libertades democráticas, reclame  respeto a los derechos humanos y a la dignidad de los ciudadanos. Los activistas y manifestantes volverán a tomar las calles y plazas, si ven que todo continúa como antes y que las reformas políticas  se han reducido a mover sillas y sillones, a hacer promesas y discursos, a distraer a la población con problemas ajenos a su suerte, vida y destino.

Desde el momento en que comienzan  las primeras manifestaciones los regímenes de los países árabes se percatan de un gran peligro: “las dictaduras tienen contados los días de gloria”.  Es decir, el oleaje constante de la revolución azota las murallas de los regímenes dictatoriales. Los manifestantes y opositores en los estados árabes han perdido el miedo a los títeres, dictadores y tiranos, que los han esclavizado durante décadas en nombre de la estabilidad política y de la paz social. Pero, ¿dónde puede haber paz social sin derechos, estabilidad nacional sin justicia, progreso democrático sin libertades? Para responder a la oposición en la plaza, los líderes políticos se apresuran a introducir medidas económicas, prometen acelerar las reformas constitucionales, cambiar la composición de los gobiernos, introducir mejoras económicas y distribuir prebendas generosas. Además, deciden bloquear las manifestaciones, contrarrestar a los opositores, frenar a los activistas y así evitar el empeoramiento progresivo de la situación. Lo hacen, o dicen hacerlo, en nombre de “la estabilidad y de la paz”. Pero precisamente en nombre de esa seguridad nacional dictadores y tiranos han saqueado los recursos materiales de sus propios países. Han subyugado a sus propios pueblos, considerándolos más como súbditos que como ciudadanos y utilizando todos los medios al alcance para silenciar las voces de protesta contra la dictadura férrea a la que 
estaban sometidos.


El combate por la dignidad humana

Los ciudadanos de los países árabes  quieren dignidad, ansían la libertad, esperan la justicia. Desean participar en la vida nacional, gozar de los recursos naturales. El sentimiento generalizado entre los pueblos árabes es el de sentirse oprimidos por sus líderes y gobernantes políticos. Estos se perpetúan en el poder utilizando todos los medios a su alcance: creación de dinastías, asignación a dedo de  los sucesores en los mandos del poder político. Represión, detenciones, cárcel y torturas son algunas de las letras del alfabeto especializado que los dictadores han utilizado desde sus cabinas de mando.  El ejército y la policía al servicio del mantenimiento del orden, del control de los opositores, de la lucha contra la  disidencia. Esto hace que millones de ciudadanos árabes vivan en el miedo y el temor de que se abalance sobre ellos la ira de los tiranos, utilizando sobre todo las fuerzas del orden, tanto militares como policiales. A la ira feroz y a la represión incandescente de los tiranos la población ha respondido con “el día de la rabia” o “el día de la ira”, que caía en general el viernes, día del culto ritual de los musulmanes. En ese sentido, los símbolos religiosos del Islam (mezquita, viernes, oración ritual, asamblea) han jugado un papel aglutinador contra el poder central de los países árabes. Millones de ciudadanos de los países árabes buscan la dignidad individual, las libertades civiles y el respeto a los derechos humanos, No quieren ser súbditos esclavizados de un Estado,  sino ciudadanos libres de un País, en el que el Estado garantice el pleno respeto de  los derechos humanos. No se puede mantener más tiempo enjaulada la dignidad ciudadana en los países árabes.


Desheredados, pobres y marginados

Las gentes y pueblos de los países árabes se han cansado de escuchar la palabra “social” de la boca de sus gobernantes, dirigentes y líderes políticos. La indignación general y la rabia popular han empujado a las poblaciones a la sublevación interior y a la revolución exterior. Se ha escrito y se ha hablado mucho del “socialismo árabe”. La verdad es que los gobernantes, sus respectivas “constelaciones” y los “grupos de influencia” controlan el poder político, gestionan la economía nacional y mantienen en vereda a los medios de comunicación. Sin embargo, a pesar de los ingentes recursos naturales, la vida cotidiana de los árabes ha cambiado en realidad poco para la inmensa mayoría de la población. Las nuevas tecnologías, Internet, los móviles, las antenas parabólicas corren el riesgo, con frecuencia, de impedirnos percibir la amarga realidad de la vida de millones de ciudadanos y ciudadanas de los países árabes. La gente sencilla se pregunta a dónde van a parar los ingentes beneficios de los enormes recursos  energéticos del petróleo y del gas. Millones de ciudadanos de los países  árabes viven en la miseria y en la indigencia. Sobreviven como pueden, haciendo muchas veces de tripas corazón ante las situaciones de pobreza y degrado. No es que no haya recursos y falten medios. Los hay en abundancia, pero están en manos de una nomenclatura avara e inflexible que tiene el poder político y económico en sus manos. Política, economía, comunicaciones, exportaciones, servicios y turismo, cuando están en las manos  de los mismos líderes, produce desequilibrios sociales, pobreza endémica, descontento popular. Diferencias abismales entre los que se han apropiado de todo y aquellos que, por decirlo de alguna manera, no tienen literalmente dónde caerse muertos.

Todos los estados árabes sin excepción alguna han prometido mejoras económicas, ayudas educativas, subida de salarios, construcción de viviendas, ayuda a los jóvenes. Pero uno tiene la sensación de que todas esas promesas han llegado demasiado tarde. Y lo peor del caso no es que  se han asignado millones de dólares por clarividencia de los líderes políticos ante las urgentes necesidades de la población, sino para defenderse del acoso popular, mantenerse firmemente en el poder estatal y velar por su propia seguridad institucional. Las promesas económicas han ido acompañadas del implacable látigo contra los manifestantes. Como  hemos podido ver en Argelia, Arabia Saudí, Bahrein, Jordania, Marruecos,  Omán, Siria y Yemen. También en Túnez y Egipto los ex dictadores Ben Ali y Mubarak prometieron incentivar la economía y aumentar los salarios, pero el imparable vendaval del cambio los derrumbó junto con sus planes ocultos para continuar en el poder. Lo mismo está ocurriendo con los dictadores en Libia y Yemen, acorralados, han sumido a sus países en el loco torbellino de la violencia enquistada y encallecida.  


Sin tiranos, ni explotadores, ni dictadores 

Los dos polos de atracción  que han regido los países árabes en los últimos años han sido: dinastías y tiranos. Se  han multiplicado los tiranos y se han extendido las dinastías desde las independencias. Cada país árabe quiere perpetuar el poder político a través de sus propias familias, sus propios clanes y sus propias dinastías. De esta manera ha sido más fácil el juego político con los países occidentales, anclando firmemente las riendas de la política y controlando la gestión de los recursos económicos, especialmente los hidrocarburos. En todos y cada uno de los países árabes hay recortes de los derechos humanos, de las libertades individuales y del progreso de la democracia.

Las revueltas y manifestaciones, rebeliones e insurrecciones se suceden sin tregua y en cada uno de los diecisiete países árabes. La población está cambiando los nombres de las principales plazas de las ciudades árabes como Damasco, El Cairo, Túnez, Adén, Casablanca, Manama, Amman, Bengasi, Sanaa, Trípoli, y todo ello por el significado que han adquirido estas plazas como lugares históricos de protestas populares en los que se ha pedido a gritos la dignidad humana y el final de los tiranos. Se han convertido en “Plaza de los Mártires” en honor, memoria y recuerdo de aquellos que han sido víctimas mortales de la represión  brutal ordenada por quienes han querido aplastar la revolución a sangre y fuego. Esto es lo que se ha intentado hacer desde el primer momento. En los últimos meses ha habido muchos muertos, heridos y desaparecidos en los países árabes. La intención primordial de las teocracias y dictaduras era aplastar las manifestaciones, reprimir a los opositores, frenar las revueltas, desalojar calles y plazas. Los muertos se cuentan por centenares, pero el sacrifico y la vida de los que hoy son considerados “mártires”, está sirviendo de inspiración histórica para no ceder ante las amenazas, arremetidas y chantajes de los que tienen el poder absoluto. Los gobiernos de países como Túnez y Egipto, Libia y Yemen, han tenido que ceder ante la valiente y continua presión de la calle. Hasta que los ciudadanos recuperen la dignidad después de décadas de iniquidad, corrupción e injusticias. Libia está en guerra y en ese país se juegan los destinos de la integridad territorial, la resistencia del dictador libio y el futuro de un estado que no llegará a sobrevivir sin la presencia de los  trabajadores emigrantes y la mano de obra especializada venida de otros países. Como ha ocurrido desde que Gadafi se hizo con el poder el 1 de septiembre 1969. Son casi 42 años de dictadura, nepotismo y corrupción. Pero lo más patente ha sido la represión feroz contra todo signo de oposición y rebeldía al discurso revolucionario del guía supremo. Lo mismo ha ocurrido con el Yemen, cuyo presidente, Ali Abdallah Saleh, ha perdido la batalla por el poder. Después de haber  sufrido un atentado se encuentra hoy gravemente herido en Arabia Saudí. 


La revolución omnipresente

En uno de sus discursos (22 de febrero 2011), Gadafi dijo ser “un luchador, un guerrero, un revolucionario”. Ese ha sido siempre su lenguaje político durante sus largos años de tiranía, y lo sigue siendo en el uso mediático de sus viscerales amenazas. Sin embargo, a los insurgentes y rebeldes que se han levantado en armas contra la feroz dictadura en Libia, Gadafi y su hijo SeifAl-Islam, los han llamado “ratas” y “cucarachas”. No parecen los términos más apropiados para llamar a la población, ya que los que se han sublevado no son bandidos y salteadores.  Todos sus discursos del tirano libio, en el plano político como en el plano islámico, han llevado implícita o explícita la palabra “revolución”. Los destinatarios han sido muy diversos según los altibajos, etapas y peligros que percibía Gadafi:  USA, Israel, Europa, África, Italia, Islam, la Unión Africana, la Liga Árabe, los movimientos islámicos. El dictador libio ha seguido las huellas  de algunos de sus predecesores y en especial las de Gamal Abdel Nasser (1918-1970). El líder egipcio utilizó hasta la saciedad la palabra “revolución”  en sus mítines, discursos y arengas. Muchas veces el término iba mezclado con elementos que subrayaban el socialismo, el nacionalismo, el Islam y la nación árabe. Siempre fue necesario mantener la vigilancia contra el “enemigo exterior” para  perpetuarse en el poder, aún a costa de la represión, las amenazas y los encarcelamientos. Como fue el caso con los Hermanos Musulmanes. Fue Nasser quien ordenó la condena a muerte de Said Qutb (1906-1966), el famoso intelectual y mentor de los Hermanos Musulmanes. Fue ejecutado públicamente en El Cairo el  29 de agosto 1966, fecha tristemente inolvidable para los seguidores y simpatizantes de la Fraternidad Musulmana. El líder actual de los Hermanos Musulmanes, Abdullah Badie (1943), octavo en la sucesión del fundador, Hasan Al Banna (1906-1949), presentó en febrero pasado la demanda de inscripción del nuevo partido político  Libertad y Justicia, basado en la Ley Islámica. No ha sido todavía oficialmente aprobado y hay dudas de que sea inscrito como tal.

A partir de las independencias el término revolución comenzó a tomar un significado particular a nivel político, cultural, social y religioso. Si con el adviento de los estados independientes la revolución en los pueblos árabes era sinónimo de combate contra el lastre del poder europeo y la influencia colonial, hoy en día la revolución popular es un desafío frontal y una lucha abierta contra los dictadores, tiranos y explotadores nacionales. Son ellos los que mantienen férreamente las riendas de la dictadura absoluta sirviéndose del Estado para su propio lucro personal y familiar. En todos los países árabes, sin ninguna excepción, los clanes familiares están metidos de lleno en el Gobierno y controlan todos los poderes. Hoy el significado primero del término “revolución” en los países árabes es sinónimo de derrocamiento del poder político, de destitución de los dictadores  de turno, de lucha contra el Estado central representado en cualquiera de sus formas actuales. El efecto dominó está a la vista porque millones de ciudadanos árabes se han despertado y están luchando contra las ataduras de los regímenes nacionales que los tenían, y los tienen, atenazados y esclavizados en cuanto a dignidad, derechos, democracia  y libertad se refiere.

El ciclo de la historia ha cambiado en los países árabes. Pensar que todo volverá a las andadas después de un cierto tiempo es imaginar que el viento huracanado del desierto seleccionaría  los lugares donde dejar sus huellas polvorientas a su paso entre las demoras y palmeras de un oasis. Ha cambiado la historia actual y el horizonte futuro de los países árabes. La democracia, las libertades y los derechos se abren camino entre manifestaciones callejeras, enfrentamientos con las fuerzas del orden, gritos de los desheredados y reivindicaciones de la dignidad de  los ciudadanos. Ciudadanos con plenos derechos constitucionales. No súbditos  aborregados sin voz ni libertad en el juego sucio de dictadores y tiranos. Un largo y penoso camino que apenas ha comenzado, y cuyas consecuencias serán  arduas y dolorosas, tanto para la población como para los líderes políticos.


Sin islamistas, ni islamismos

Los islamistas han predicado hasta la  saciedad que el Islam era la panacea para curar todos los males de la sociedad. El Islam como antídoto contra todo peligro de “epidemia occidental”. Una especie de bálsamo rejuvenecedor o de complejo vitamínico reconstituyente ante los retos externos de los imperialistas y colonizadores. Pero ese disco está ya rayado y las estridencias de su lúgubre música. Tanto las dictaduras como los islamismos han ahogado los derechos humanos, han pisoteado  las libertades civiles y han arrinconado los procesos democráticos por cuestiones de orden político, económico y estratégico. Dictadores y tiranos han alzado la bandera de la paz y la estabilidad mientras mantenían a la población subyugada por la fuerza. Aun el terrorismo islamista ha servido a las  dictaduras, cuando los atentados más crueles a la vida humana siguen siendo, el degrado social, la miseria generalizada, la pobreza endémica y la miseria omnipresente.

El auge del islamismo radical se ha dejado sentir en modo particular desde el regreso del Ayatolá R. Khomeini (1904-1989) a Irán el 2 de febrero 1979. El movimiento islamista, o más bien  los movimientos islamistas, tienen diferentes instrumentos y no todos suenan la misma música. Por el momento, los islamistas esperan que se celebren elecciones en Túnez y Egipto para poder influenciar o hacerse con las riendas del poder político. En Egipto se celebró el Referéndum popular el pasado 19 de marzo en el que se sometieron a votación 11 enmiendas de la Constitución, suprimida el mismo día de la caída de Hosni Mubarak, el 11 de febrero 2011. La posibilidad de elecciones libres, por lo menos hasta ahora, suena como un mal augurio para los líderes políticos en todos y cada uno de los países árabes. No porque los ciudadanos no lo quieran, sino por las trabas, enfrentamientos y contiendas de los que se obstinan en continuar con los mandos del poder.

No descubrimos nada de nuevo si afirmamos que las jóvenes generaciones se han percatado de que las diferentes fórmulas del islamismo radical se han trasformado en rígidas, obtusas y refractarias dictaduras en nombre del Islam. La furia febril de los islamismos se  ha enfrentado y opuesto a los cambios democráticos, a las libertades civiles y a los derechos humanos que no estén avalados, inspirados y aprobados  por la Ley Islámica (shari‘a).

El clima internacional de guerra y violencia en Irak, Afganistán y Somalia, la lucha contra el terrorismo en nombre del Islam y el endiosamiento de movimientos islamistas como  Al Qaeda, con sus secuelas de atentados, violencia y terror,  han contribuido a crear un clima hostil e inseguro cuando se habla del Islam, de los árabes y de los musulmanes. Han sido, y son, los musulmanes los primeros en resistir,  padecer y aguantar los golpes y el martilleo de los que promueven, financian y defienden el islamismo a ultranza. Para las jóvenes generaciones de los países árabes el islamismo radical no es más que una rígida dictadura como las demás a la luz de las recientes revoluciones.

El islamismo solo busca el sometimiento incondicional  a las interpretaciones del Islam que hagan sus promotores y financieros, guías y mentores, que en la mayoría de los casos tienen el apoyo de los gobiernos nacionales. Eso permite a los dictadores fomentar el miedo en la población, tomar medidas de emergencia y continuar con las detenciones de los enemigos. Todo por motivos de “paz, orden y estabilidad”. Es una manera muy ingeniosa para controlar a los ciudadanos y neutralizar a los opositores al régimen.

Hoy en día se perciben tres principales retos en las sociedades musulmanas cuando se valora el discurso religioso; se examina la gestión de la autoridad religiosa y el Islam politizado, y se analiza la interpretación de los textos sagrados. El primero es la cuestión del Gobierno Islámico; el segundo reto son las fuentes de la legislación en la Constitución; el tercer desafío es la libertad religiosa en las sociedades plurales.

Se olvida con frecuencia que las sociedades musulmanas están fuertemente secularizadas y utilizan los medios tecnológicos modernos. La modernidad es un reto frontal en los países musulmanes, no solo a  nivel del avance tecnológico y lo que eso significa, sino también en el campo del pensamiento crítico en el examen, valoración y análisis de los textos sagrados. Esta vía conduce a dejar de lado lo que pertenece a un pasado histórico que ya no existe y a centrarse en lo esencial del mensaje del Islam. Las condiciones de los musulmanes, aún en Arabia Saudí,  no son lo que eran en el contexto religioso, cultural y político de los comienzos del Islam. La modernidad no es solamente una “cuestión material”,  sino un problema de evolución del pensamiento humano para hacer frente  a los desafíos de las sociedades modernas. Los pueblos árabes, fuertemente influenciados y condicionados por el Islam, han atravesado los continuos vaivenes de los procesos de secularización y han afrontado los inevitables retos de la modernización tecnológica. Pero eso no quiere decir  que han asumido hasta ahora, por lo menos en los líderes religiosos, las consecuencias de la modernidad. Mientras se enarbole el estandarte del Islam como solución global y definitiva a todos los problemas de la sociedad, la  modernidad continuará agarrotada, convirtiéndose en un peligroso e inevitable boomerang.


Los juegos del islamismo radical

El islamismo radical indica tres importantes focos de atención. El primero es el control del discurso político con la finalidad de crear un Gobierno islámico en el que la Ley Islámica (al.shari‘a) sea la única fuente del sistema legal, jurídico y administrativo. El segundo es controlar la interpretación y enseñanza de los textos fundadores del Islam (Corán y Tradición) que deben servir para robustecer la “sociedad  musulmana”, combatir las influencias modernistas y construir la sociedad  musulmana. El tercero es continuar manteniendo en alerta a los musulmanes ante el posible peligro de la influencia de Occidente y de los cristianos.

Pero las revoluciones en los países árabes han destapado sin piedad el aguijón mortífero de las dictaduras que han  empujado a los ciudadanos al borde del precipicio y de la desesperación. Ya  no sirven las astucias políticas, las trampas populares y las ataduras religiosas para hacer frente a los colosales retos de la esfera nacional. Los ciudadanos y ciudadanas de los países árabes han entendido por primera vez en la época contemporánea que los enemigos de la libertad, el derecho y la democracia están dentro de las fronteras nacionales y no hay que buscarlos automáticamente en tierra extranjera.

En la inevitable confusión revolucionaria actual en los países árabes el movimiento islamista Al Qaeda trata de ser protagonista e influenciar el curso de los eventos. Aprovechando que las instituciones políticas se tambalean, los manifestantes no abandonan las calles, o que los cambios políticos tardan en llegar. Como lo ha hecho anteriormente en otros países (Afganistán, Irak) y lo está haciendo en los países del Magreb (Al Qaeda en el Maghreb Islámico) y del África Oriental, especialmente en Somalia, Kenya y Tanzania. La vía es la de siempre: buscar la influencia política, aunque sea con los secuestros, los atentados, las bombas y el miedo. Es conocida la presencia de Al Qaeda en el Yemen, donde el domingo 27 de marzo 2011 consiguieron hacerse con abundantes armas después de asaltar una fábrica en las afueras de la ciudad de Jaar, donde se fabrican municiones y  kalashnikovs. Hace apenas 10 días los islamistas se han hecho con la ciudad  de al-Zinjibar en  el sur del Yemen. Conviene recordar que con la muerte del fundador de Al Qaeda, Osama Bin Laden, abatido por las fuerzas especiales americanas en la noche del 1 al 2 de mayo pasado en Abbottabad (Pakistán),  no ha disminuido la influencia del movimiento islamista, cuyos inicios remontan a los años ’80 en Pakistán. El método marxista-leninista aplicado a las filas de sus admiradores y secuaces, combatientes y milicianos, le proporciona la infiltración, el anonimato y la supervivencia.


Internet, Facebook, Twitter

Hoy se habla mucho del papel de las redes sociales y del poder de convocación de Facebook y Twitter.  Pero no debemos caer en la trampa, pensando que esos medios han sido la causa de la oposición  callejera que ha llevado, como en Egipto y Túnez, al derrocamiento de los respectivos presidentes. El malestar social, la miseria, el paro, la desocupación, la pobreza, la falta de derechos y libertades, la injusticia y, sobre todo, el acaparamiento vergonzoso de las riquezas por parte de unos pocos privilegiados, son las verdaderas causas del descontento popular y de la rabia ciudadana. A eso se debe añadir el control de los medios de comunicación y la corrupción endémica, sea para defender las dictaduras o el islamismo de posibles ataques, insidias y quebraduras. Con frecuencia dictadura e islamismo son las dos duras realidades de la misma moneda, se apoyan mutuamente, se entrelazan forzosamente y se infectan política y religiosamente. De aquí que la separación efectiva entre la autoridad religiosa y el poder político sea en la práctica difícil por no decir imposible.


Mayorías musulmanas y minorías cristianas

El Islam es la religión de la mayoría de los ciudadanos que viven en los países árabes. Pero hay también comunidades cristianas autóctonas en países como en Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Siria, formadas por ciudadanos que son discriminados, sufren violencia y no tienen los mismos derechos por su condición de cristianos. Las revoluciones en curso en los países árabes ponen de frente el gran problema de la confesionalidad del Estado. No se puede continuar discriminando, persiguiendo y  vapuleando a los cristianos en los países árabes. Sean estos ciudadanos autóctonos o trabajadores emigrantes. La libertad de culto es un derecho fundamental de la Carta de Derechos Humanos de la ONU firmada en 1948. Resolver el problema de la libertad religiosa es fundamental para el futuro de los países árabes de mayoría musulmana. La laicidad positiva del Estado deberá respetar los derechos fundamentales de todos los ciudadanos y emigrantes, entre ellos la libertad religiosa. El Estado es el garante de los derechos humanos y no puede, o no debería, hacer una selección de los derechos que quiere defender, proteger y garantizar. Por otra parte, el Estado no puede tener una actitud de apatía, indiferencia o persecución solapada porque considera que la libertad  religiosa es una “cuestión privada”. Cuando se habla de derechos humanos hay un sujeto y un garante. La religión no debe constituir un privilegio individual o colectivo que merme los derechos humanos. Por lo tanto la libertad religiosa en los países árabes debe dejar de ser objeto de caprichos estatales, concesiones pasajeras o permisos ocasionales a favor de las comunidades cristianas.


Ha cambiado el ciclo de la historia

La fase histórica de la colonización europea en los países árabes ha quedado atrás en el recuerdo de los libros de  texto. El 68 % de la población de los estados árabes tiene menos de 30 años y nunca conoció el poder colonial de las potencias europeas. Lo único que  han conocido es el Gobierno de sus propios líderes nacionales contra los  cuales se están manifestando y se han sublevado a causa de la dictadura, de la tiranía y de la explotación. Las nuevas generaciones buscan un futuro en el que la democracia, los derechos humanos y la dignidad de las personas sean colocados como eje central de la sociedad. Para las nuevas generaciones árabes Occidente y sus valores, a pesar de todos los defectos, representan el sueño del futuro. Esto quiere decir, pasar de la condición de súbditos a la condición de ciudadanos, que gocen de todos los derechos y tengan los mismos deberes. Occidente está dejando de ser la “bestia negra”, “el diablo”,  “el enemigo”, “el colonizador” para las nuevas generaciones en los países árabes. Con el cambio de la historia está cambiando la percepción de la sociedad, del Estado y de los ciudadanos. La emigración de miles de ciudadanos árabes hacia los países europeos y su asentamiento en las sociedades europeas ha contribuido a hacer brotar el sueño imperecedero de las libertades y de los derechos. No es el sistema, el régimen, la institución que están en al centro de la construcción de la sociedad civil, sino la persona humana como ciudadano, que necesariamente formará parte de un todo organizado (sociedad civil) por su condición intrínseca  de un ser social llamado a vivir en armonía con el mundo que le rodea.


Retos al entendimiento

Sin lugar a dudas estamos ante la imparable y  regeneradora “primavera árabe”, como la van llamando. No podemos desatender el  grito de los que buscan ser liberados de la opresión y desean con ansiedad ser respetados en su dignidad. Sería una grave equivocación encuadrar los acontecimientos de los países árabes, utilizando únicamente la brújula política  o el termómetro energético. Es urgente descubrir el drama humano de millones de ciudadanos como nosotros que quieren ver la justicia, el derecho,  la libertad, la democracia y el respeto echar raíces profundas en sus propias sociedades.

Es relativamente fácil fijarse en los velos y burqas, pararse en la vestimenta y comentar la parafernalia exterior. Sin  embargo, es urgente entender el alma humana por encima de toda diferencia y etiqueta, de toda contradicción y sombra, de toda realidad por lacerante, dolorosa y enigmática que sea a nuestros ojos. Son millones los ciudadanos árabes que están pagando con sus vidas, testimonio y valentía para que las cosas cambien a mejor. La paciencia humana tiene un límite y ese límite quedó superado en los países árabes. 

- Cuando el 13 de junio del 2010 la policía egipcia detuvo, golpeó y mató en Alejandría (Egipto) a un joven egipcio de 28 años llamado Khaled Mohamed Said, especialista en tecnología de ordenadores. Lo dejó muerto y abandonado en plena calle, en las puertas de un cybercafé. 
- Cuando el 17 de diciembre de 2010, un joven ingeniero tunecino, Mohamed Bouazzizi, fue detenido por la policía por vender fruta y verdura para calmar el aguijón del hambre. Los agentes lo vapulearon de tal manera que al final decidió inmolarse a lo bonzo. Murió el 5 de enero 2011 después de un largo calvario debido a las quemaduras.  
- Cuando el 17 de febrero 2011 la policía libia disparó en la ciudad de Bengasi contra los manifestantes que reclamaban justicia para sus familiares, ametrallados en 1996 en  la cárcel infame y terrible de Abu Salim en Trípoli (Libia) por orden del  dictador libio. En aquella triste fecha de Julio 1996 murieron más de 1.200 personas. Una matanza diabólica y una masacre infernal.  
- Cuando el Presidente de Yemen, Ali Abdallah Saleh, hoy gravemente herido en un hospital de Arabia Saudí, dijo el 2 de Febrero pasado que iba a cambiar la Constitución para quedarse en el poder 
- Cuando en Siria el ejército y la policía continúan hoy en día rastreando ciudades, pueblos y aldeas en una afanosa búsqueda de ciudadanos rebeldes que luchan contra la represión cruel, las detenciones arbitrarias, la desaparición de hombres y mujeres, los encarcelamientos en lugares desconocidos.

Esas son algunas de las nuevas fechas, inolvidables para las jóvenes  generaciones de ciudadanos árabes, de la historia moderna de sus propios países. Otras fechas se van añadiendo en memoria de la represión brutal, de las detenciones arbitrarias, de las muertes violentas. En Arabia Saudí, Bahrein, Irak, Jordania,  Marruecos, Argelia, Omán, Siria, Yemen. Ningún país árabe se salva del tifón revolucionario que ha hecho cambiar el horizonte, transformar la realidad y abrir nuevos horizontes para el futuro de los pueblos árabes. La historia no tiene marcha atrás. Las libertades civiles, los derechos humanos y los sueños democráticos son, a la larga, más fuertes y resistentes que las dictaduras acorazadas de tiranos y opresores. Pero lo que acontece en los países árabes sirve de  lección de vida para que no vuelva nunca jamás a ocurrir. Es decir que dictadores, explotadores y corruptos rijan los destinos de los pueblos y gobiernen las naciones. Ese es el gran reto de la historia actual de los países árabes. Nunca más el atropello sanguinario de las zarpas de la dictadura, de las garras de la tiranía, del vendaval de la maldad, encarnada en aquellos que, desde la atalaya de sus guaridas doradas, consideran a los demás animales de carga, súbditos de arrastre, esclavos sin sueldo. Como si fueran escoria y basura destinadas al vertedero.

Las jóvenes generaciones de  las naciones árabes ya no tienen miedo de la revolución, se enfrentan valientemente a la represión, combaten a manos limpias contra sus opresores. Algo así como decir que “el hombre mojado no teme la lluvia”. Porque  la dignidad, la libertad y los derechos humanos no tienen precio. Valen más  que el oro negro y el oro molido juntos. En el devenir humano, en el afán cotidiano. En el viaje único e irresistible, de cada ser humano en el planeta tierra. Las revoluciones en los países árabes no han hecho más que comenzar. Ojalá el Islam  fuera de apoyo y no de lastre , de brújula y no de enfrentamiento, de libertad civil para los ciudadanos de hoy y del mañana. 

Muchas gracias.