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on Wednesday, December 11, 2013
“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión”. Nelson Mandela

Llanto y danzas, cantos y sollozos por la muerte de Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013). Un líder íntegro en sus principios, carismático en sus horizontes y valiente en los desafíos de la vida. Una personalidad que reflejaba sin alboroto ni algarabía lo esencial de la vida humana: la convivencia pacífica en el respeto mutuo, la libertad constructiva y la dignidad inviolable de la persona humana. Por encima de toda frontera étnica y geográfica, más allá de todo linde religioso y cultural. A pesar del abominable y atroz calvario de su vida Mandela cultivó en el silencio de su alma libre y compungida el sentido profundo de la reconciliación, del perdón y del amor. Fue capaz de desbaratar con sus iluminadoras palabras y vencer con sus elocuentes acciones los fáciles caminos de la violencia popular.

Del “amor a los enemigos” Mandela hizo la divisa genial de su esperada liberación el 11 de febrero de 1990. Tenía dos opciones en una Sudáfrica maltrecha y vapuleada por bestia infernal del apartheid: el camino de la guerra o la senda de la paz. Ante ese difícil, arriesgado y laborioso dilema personal, Mandela optó por la vía de la reconciliación y de la paz. Salió de prisión y era un hombre libre, no sólo físicamente hablando sino también interiormente. Como siempre lo había sido. Pero no abandonó el calabozo para arremeter contra sus infames perseguidores, como tantos lo esperaban, sino para construir con paciencia una sociedad nueva, democrática y libre en la que hubiera un espacio digno y vital para cada uno de sus miembros. No importa quienes fueran. Era una tarea ingente y piramidal. En un país que había sufrido los arañazos y golpes, la represión e crueldad de la más vil, infame y rabiosa discriminación.

Nada ni nadie consiguió arrebatarle el don inestimable de la libertad humana, plantada y enraizada profundamente en lo más íntimo de su ser. Ni la persecución, ni el dolor. Ni el aislamiento, ni la cárcel. Ni el desprecio, ni las amenazas, ni el racismo. Luchó con todas sus fuerzas para sobrevivir a la maldad, a la violencia, a la ira contra el enemigo.  Fue fiel a los sólidos, firmes e inquebrantables principios que habitaban su alma. No permitió que el mal, en sus múltiples y variadas expresiones, dañara sus profundas convicciones, empañara sus grandes ideales, dinamitara la vía dolorosa de la paz y la concordia. Era duro, complejo y peliagudo estrujar el odio y la rabia que se habían acumulado en millones de ciudadanos a lo largo de la historia. Era complicado poner en marcha cambios radicales y unir todas las energías a favor de la convivencia civil. Pero no había otra posible hoja de ruta en un país cuya realidad social y humana reflejaba el arco iris del cielo.

La otra opción era propagar la lacra de la violencia sectaria, ahondar en la vileza del odio racial, acabar en la vorágine de un  conflicto nacional sin vencedores ni vencidos. En calles y plazas. En ciudades, pueblos y aldeas. Una sociedad multirracial en la que los caudillos y mandarines más poderosos, férreos y aguerridos  dominarían con las armas y el mosquetón, la porra y el gatillo, los tanques y la cárcel. No con las herramientas de la democracia y la libertad, de la dignidad y la reconciliación, de la igualdad y el derecho. Sería fácil aullar como fieras en el campo, ladrar como perros en los patios, vociferar como enajenados en las calles, chillar como dementes en las plazas. Pero todo eso se convertiría en hueca y grisácea espuma popular. En esa línea nada se haría para medicar las fibras laceradas y curar las heridas infectadas de la sociedad sudafricana. El viejo y rojizo caldero de la discordia y la embestida, de la crueldad y la infamia, de la lucha y la contienda continuaría en ebullición perenne y amenazadora, peligrosa y descontrolada.

No cabía en la mente sagaz y aguda, lúcida y clarividente de Mandela que su propio país acabara siendo la fosa de la demencia social y la tierra del fuego racista. Corría el serio peligro de convertirse en el páramo de la miseria humana y el volcán de la insania política. Su gran espíritu de magnanimidad se fue forjando a través de sus luchas personales y tejiendo en los duros años en prisión. A pesar de su largo periplo en solitario, de sus reveses e infortunios familiares. Pero sobre todo, su coraje y valentía se templaron a través del combate sin tregua contra el horror, la esclavitud y la barbarie del apartheid. Mandela se convirtió en el gran héroe de la nación. No en el libertador populista de la arenga enfebrecida, las promesas grandilocuentes y el pisoteo rabioso de los adversarios políticos. Comenzó defendiendo la dignidad de los africanos negros y ahora defendía la dignidad de todos los sudafricanos. Un mosaico de colores, con todos los posibles significados, era el diseño ideal en la mente de Mandela. Con miles de gamas y talentos, de razas y pueblos, de orígenes y lenguas, de caras y aristas. Como los preciados, insustituibles y valiosos diamantes de Kimberley.

Mandela tuvo la valentía de deshacerse de las envenenadas redes de la venganza política para emprender la senda real en la que debía haber cabida para todos en base a la dignidad humana. Un camino arduo, difícil y peliagudo. Sembrado de pegas y obstáculos, barreras e insidias. Pero Mandela había atravesado ya el umbral del color, de la diversidad y del pluralismo para situarse en la esfera de la creación de un espacio de humanidad para todos. Blancos, negros, mestizos. Sin olvidar las lacerantes cicatrices y la memoria histórica de su nación. Aprendiendo las amargas y denigrantes lecciones de la historia para nunca jamás repetirlas en suelo sudafricano. En esa visión ideal poco importaba el mosaico de los colores, la configuración de las razas, los laberintos del pasado. Atrás quedaba el racismo visceral, la esclavitud cotidiana, la discriminación social. Todo ello había producido muerte y desolación, aflicción y sufrimiento. Mandela lo sintetizó con estas palabras: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Es entonces cuando él se transforma en tu compañero” Se requiere una colosal fuerza interior para desafiar el muro de las voces discordantes y enfrentarse a las críticas acerbas y mordaces de los ciudadanos. Para desafiar el furor rebelde, vengativo y desencajado de los que clamaban a pleno pulmón el desquite, la revancha y el ajuste de cuentas. Pero Mandela no estaba dispuesto a acuñar “la nueva moneda negra” de las represalias raciales para reemplazar “la vieja moneda blanca” del apartheid desalmado. Eso significaría volver a las tinieblas del pasado, destruir todavía más el país, fomentar el racismo con etiqueta diversa. El revanchismo político nunca orbitó ni anidó en su organigrama político de gran presidente africano. A pesar de que las autoridades racistas del país habían agrietado y desgarrado su vida durante largos años de acecho y desolación. El odio y la violencia contra sus feroces enemigos nunca se enquistaron en su alma.

El gran estadista sudafricano era conocido con el nombre familiar de “Madiba” en referencia a su clan de pertenencia de la etnia Xhosa. Luto nacional de diez días por uno de los hijos más famosos de África. Ha fallecido el implacable defensor de los derechos humanos, el icono global de la reconciliación, el gran conciliador de blancos, negros y mestizos de la nación sudafricana. Todos sin excepción, árabes y europeos, africanos y americanos, orientales y occidentales, norteños y sureños quieren honrar la memoria del  Mandela. La muerte de Mandela ha robustecido el espíritu acogedor y solidario del mundo. Con minutos de silencio en asambleas, parlamentos y senados. Los medios de comunicación, la prensa escrita y los documentales han enaltecido la vida, el coraje y las proezas del célebre líder sudafricano. Hasta la Bolsa de New York ha tomado un inusitado respiro. Ocurre por lo general en las grandes crisis económicas o en los vaivenes climáticos. Se ha parado de forma inusual la avalancha agobiante de las inversiones y el palabrerío ensordecedor de los agentes en memoria del prisionero más famoso de todos los tiempos. La del prisionero 46664, el número de Nelson Mandela en Robben Island. Las Naciones Unidas no han querido dejar pasar el conmovedor evento de su fallecimiento y han guardado un riguroso minuto de silencio en su honor y memoria. Por aquel a quien la misma Organización había declarado “terrorista”. Fue cuando Mandela fundó el comando Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) después de la Conferencia Pan-Africana de 1961.

La turbulenta historia relacionada con su trayectoria de vida tiene muchas luces y sombras. Mandela, él mismo lo repetía, “me caí y me levanté”. Se refería a sus propios bandazos, errores y decisiones. Todo lo resumía con la famosa frase, “no soy un santo”. Pasó 27 años en prisión de los cuales 18 en la infame prisión de Robben Island y el resto en otras cárceles sudafricanas. En Robben Island disponía de una celda de cemento de cuatro metros cuadrados. Fría, despiadada y gélida en invierno. Tórrida, sofocante y malsana en verano. Una isla utilizada por las potencias coloniales de Holanda y Gran Bretaña como hábitat de leprosos, locos y prisioneros. Mandela sufrió en su propia piel el escarnio malvado, la opresión cruenta y el desprecio cruento de la discriminación. No por motivos ideológicos y revolucionarios, sino sencillamente por ser lo que era: de piel negra. Sin tener culpa alguna de haber venido al mundo en un clan africano y en un grupo étnico también africano. Como nadie de los humanos ha podido hacerlo, tampoco Mandela eligió a sus padres, ancestros y antepasados. Tampoco había elegido el clan. Ni el color de la piel, ni el lugar de nacimiento, ni el año de su venida a Sudáfrica. Por lo tanto el racismo, en la aguda, lúcida y clara mente de Mandela,  era el símbolo del oprobio más infame, de la crueldad más perversa, en la barbarie más depravada. ¿Cómo era posible que él no pudiera ser, en su propia tierra, lo que la vida le había dado en su propia carne: ser madiba, negro y africano? ¿Por qué tenía que avergonzarse de lo que era? Su inquebrantable convicción personal, madurada en tantos años de silencio y aislamiento, le llevaba a una diáfana e irrevocable conclusión: luchar por la dignidad de los negros sudafricanos. Pero no con la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente” contra los  blancos sudafricanos, sino con la grandeza de la reconciliación nacional.

Mandela nació en su pueblo natal de Mvezo. Una aldea insignificante, de poca monta y de pocos habitantes, en la región del Transkei. Allí bebió en las fuentes de las tradiciones tribales y la sabiduría de los ancianos. Le contaron la experiencia de los combates sin tregua contra la recalcitrante supremacía blanca. Pasaban el áspero y violento rodillo del odio por encima de la dignidad africana. ¿Por qué inculpar y discriminar,  atropellar y perseguir, someter y esclavizar a alguien a causa del color de su piel? Así de dura, pétrea y desconcertante era la razón profunda del racismo que Mandela, como tantos millones de sudafricanos, sentían en su propia carne. Por eso desde joven sentía el impulso arrollador de que los carteles de “blancos por un lado y negros por otro” tenían que desaparecer. Costara lo que costara, aún a costa de su propia vida. Así lo explicitó en el Juicio de Rivonia (Tribunal Supremo de Pretoria) el 20 de abril de 1964 durante el discurso de su defensa en el tribunal de justicia: “Yo he luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. Yo he valorado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas viven juntas en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero conseguir. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado para morir” Su famoso abogado defensor, Abram Louis Fischer (1908-1975), leal e incansable activista contra el apartheid, le había aconsejado eliminar ese parágrafo de su discurso. Pero Mandela, que lo había escrito durante quince días en la cárcel, se negó rotundamente a hacerlo. Era consciente del terrible riesgo que corría: acabar en el patíbulo. En vez de sentarse en el banquillo optó por ponerse en pie delante del tribunal que lo juzgaba. Con una lectura lenta, incisiva y pausada leyó todo lo que había preparado aislado y entre rejas. Le habían acusado de sabotear el Estado y de organizar una revolución violenta en Sudáfrica. Los medios a utilizar eran la conspiración del Congreso Nacional Africano (CNA), la lucha armada del movimiento militar Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) y la acción del Partido Comunista. El brío y el arrojo del discurso de Nelson Mandela quedarán para la posteridad como el símbolo luminoso de la defensa de la dignidad humana, no sólo de los africanos, sino de todo ser humano. Nelson Mandela demostró una vez más sus grandes cualidades de abogado y orador. Junto con su  compañero de ruta, Oliver Tambo (1917-1993), fueron los dos primeros abogados negros sudafricanos que se graduaron en derecho. Cursaron sus estudios en la Universidad de Witwantersrand, fundada en 1896 y que tiene como lema (Scientia et Labore).

La luminosa y excepcional figura de Madiba nos deja en herencia la pasión viva y singular de un hombre libre. Luchó con todo el tesón de sus fuerzas por la dignidad, el respeto y la concordia entre gentes, pueblos y razas. No lo hizo solamente con palabras vacías y acicaladas, ni tampoco con propuestas ideológicas y altisonantes. Lo consiguió con la admirable y tenaz arma de su conducta y de su vida. Una prodigiosa sinfonía de portada global con dos instrumentos inigualables: la palabra y la acción. Conoció el racismo recalcitrante y corrosivo desde sus años de estudiante. Huyó a Argelia y Etiopía para entrenarse en la lucha armada. Remó a contracorriente en las aguas turbulentas de su alma interior ante la tentación de volver de nuevo a las armas. Pero para Mandela esa era una vía impracticable a la que renunciaría libremente antes de abandonar la cárcel de la isla maldita. No era el hombre destinado a vivir del embrujo de  los mitos guerreros, del tablao de las ideologías utópicas, de la algarabía de la política torpe y cerril. Al contrario, su viaje terrenal fue un combate diario y constante por el derecho a la vida digna. La de todos, sin excepción alguna. Cada uno con el inestimable bagaje de su propio origen y cultura, de su lengua y religión, de su tradición e identidad. Después de la vida de Madiba el color de la piel ya no es lo más sagrado e importante, o no debería serlo, en la vida de los pueblos del planeta. Un duro y penoso adviento de días mejores, reflejado en una carta que escribió en abril de 1971 desde Robben Island: “A veces mi corazón no bate y se va parando por la tremenda carga de la espera”. En sus dolores y sueños encuentran hoy inspiración, fuerza y esperanza millones de habitantes de la tierra. Construyó una nueva calzada, tejió una nueva red, diseñó una nueva senda de luz para la humanidad. Porque la memoria de Madiba nadie jamás la borrará. A la profusión de las lágrimas por su muerte se suman también las sonrisas de felicidad por su vida. Ya no importa el color de la piel. 

Por Justo Lacunza Balda

on Saturday, March 23, 2013
Se ha abierto una brecha profunda entre el movimiento islamista de Ennahda, capitaneado por Rachid al-Gannouchi, y las tendencias liberales después del asesinato del abogado y dirigente del “Partido de los Patriotas Demócratas Unidos” (PPDU), Mohamed Chokri Belaid de 49 años de edad. Le dispararon a bocajarro mientras salía de su casa. Un crimen horrendo y aterrador, que ha sembrado de incertidumbre, dudas y miedo el futuro político del país. Su muerte violenta a manos de pistoleros atemorizó a la población, que quiso mostrar su apoyo popular a las ideas liberales de Chokri Belaid. Fue un sepelio multitudinario con la presencia del primer ministro Hamadi Jbali. Rompiendo con la tradición musulmana muchas mujeres acudieron a dar el último ila lilqa’ (“Hasta que nos encontremos”) en la Casa de la Cultura del barrio Djebel Jelloud en el sur de la capital. De allí salió la procesión de al menos 50.000 personas hasta el cementerio de al-Jellez. Se oyeron gritos de rabia y gemidos de ira contra el terrorismo, los islamistas y los opositores de la revolución. “Ghannouchi traidor”, “Ghannouchi coge tus perros y márchate”, “Pan y agua, no a Ennahda”, “El pueblo quiere una nueva revolución”, “El pueblo quiere la caída del régimen”, eran algunos de las expresiones de cólera que hacían de eco en la procesión multitudinaria que conducía el féretro al cementerio.

El secretario general del PPDU, Mohamed Jmour, ha dicho en la conferencia de prensa del 11 de marzo que se han puesto en contacto con la sede del Consejo de los Derechos Humanos en Ginebra para que la justicia internacional se encargue de las investigaciones del asesinato de Chokri Belaid. Además Jmour no ha tenido dificultades en afirmar que Ennahda tiene una red paralela en el Ministerio del Interior. El Ministerio de la Justicia ha llamado a declarar al diputado de Ennahda, Habib Ellouze, para preguntarle sobre el asesinato del líder liberal Chokri Belaid. Es el mismo diputado que declaró el día 10 de marzo 2013: “se puede defender la mutilación femenina como operación estética”. Palabras inaceptables y horrorosas, despectivas y atroces.

El diputado en cuestión no parece haberse enterado de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) condenó esa terrible, atroz y monstruosa práctica el 21 de diciembre 2012, “como una forma de violencia contra las niñas y las mujeres”. Además, apelaron a todos los estados miembros de la Organización a aplicar la legislación oportuna y prohibir por ley las mutilaciones genitales femeninas. Quizás el Sr. Ellouze se haya olvidado de que Túnez es miembro de las ONU desde el 12 de noviembre 1956. Por lo tanto no se puede rechazar y pisotear la legislación internacional cuando está en juego la dignidad sacrosanta e inviolable de las mujeres. La mutilación genital femenina no es ni más ni menos que un acto cruel de violencia contra las mujeres y por lo tanto es un crimen abominable.

El primer ministro, Hamadi Jebali, amigo de Chokri Belaid, hablaba ya de constituir un gobierno de tecnócratas para hacer frente a los retos del país: la economía, el paro, el empleo juvenil. Las luchas internas en el partido islamista Ennahda, que no estaba dispuesto a aceptar las ideas del primer ministro, le han obligado a presentar su dimisión por dos razones. La primera tenía que ver con su plan de constituir un gobierno capaz de gestionar, administrar y solucionar los problemas reales de la nación (economía y paro). El segundo motivo de la irrevocable dimisión de Hamadi Jbali fue que los barones islamistas rehusaron con puño de hierro su propuesta, considerándola un grave error y aludiendo que el gobierno tenía que ser de cuño islamista. El partido Ennahda no quiere dejar los ministerios de la Justicia y de Asuntos Exteriores como sugieren los partidos Congreso para la República y Ettakatol. En definitiva, con la renuncia del primer ministro, la suerte estaba echada ya que el líder islamista Rachid Ghannouchi tenía en su poder las riendas de los nombramientos y, sobre todo, la persona destinada a ocupar el puesto de jefe del ejecutivo. Los recalcitrantes defensores del islamismo radical no están dispuestos a dejar que se les aflojen las amarras del poder, ni que los partidos de corte liberal les quiten el sillón de mando en las instituciones del Estado.

El oleaje islamista ha comenzado a preocupar e inquietar a las instituciones europeas. El Presidente Moncef Marzouki viajó a Bruselas a comienzos de febrero para dirigirse al Paramento Europeo y hablar de la situación actual y del progreso de la revolución en Túnez. Desde entonces ha habido cambio de gobierno, los blindados de la policía nacional han aparecido en cruces, carreteras y caminos. Se alzan y desplazan las barreras para controlar a los grupos de bandidos, delincuentes y terroristas. La seguridad nacional llega al primer puesto de las prioridades del Estado. Se acerca a grandes pasos el periodo estivo y las autoridades no pueden permitir que el miedo a la seguridad ahuyente a los turistas y les disuada de pasar las vacaciones en el país de “La revolución de los jazmines”. El objetivo de la creciente presencia policial es controlar a los terroristas, contrabandistas y traficantes. De los escondites y guaridas de las zonas montañas (Bouchebka, Om Ali, Sidi Aich, Dirnaya Babbouch y Ben Aoun) han bajado a las zonas más urbanas para aprovisionarse. Los controles de policía se hacen más frecuentes, se estrecha el cerco y se aprieta más las clavijas de la seguridad en todo el territorio nacional. La organización terrorista al-Qaida había construido sus nidos y montado sus células desde las primeras luces de la revolución hace ahora más de dos años. Hay todavía abundancia de armas y munición, sobre todo procedentes de Libia, pero también del ámbito nacional. A pesar de que los efectivos policiales han incautado ingentes cantidades, siguen con el rastreo y las pesquisas a la búsqueda de nuevos escondrijos y madrigueras.

El día 22 de febrero fue nombrado primer ministro el antiguo ministro del Interior, Ali Layaredh, considerado miembro del ala dura de Ennahda. No han faltado las críticas acerbas a la forma como ha llevado la gestión de Interior, sobre todo viendo que los islamistas, con su mayoría parlamentaria, avanzan cada vez más en la ocupación estratégica de las instituciones. Para muchos analistas hay peligro de que se vuelva a las andadas cambiando una dictadura política por una de sello islamista. Los celosos e intransigentes partidarios del movimiento Ansar al-Shari‘a (“Los combatientes de la ley islámica”) presionan para que se imponga por la fuerza la ley islámica y se convierta en la espina dorsal del nuevo texto constitucional. Los 100 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente no han redactado todavía la nueva constitución, que por ahora sigue siendo objeto de encendidos debates, acerbas polémicas y estiradas diatribas entre islamistas y liberales, salafistas y progresistas. 
El partido islamista al-Refah, que ha sido recientemente legalizado, ha hecho una llamada a la población para que haya un referéndum sobre la poligamia. El presidente de al-Refah, Mohamed Ali Fakir, quiere el referéndum en el nombre del matrimonio para todos. Dice, entre otras cosas, que en el país hay más mujeres que hombres. Por lo tanto la espinosa cuestión de la prohibición de la poligamia debe ser puesta a votación nacional. De esa manera todas las mujeres tendrán la posibilidad de casarse.

El nuevo primer ministro, Ali Larayedh presentó su lista de ministros al Presidente Moncef Marzouki el sábado 9 de marzo. A partir de ese momento el Jefe del Estado ha tenido tres días para ratificar los nombramientos, si así los considera oportunos. Los partidos políticos que han participado en el debate sobre el programa del gobierno han sido Ennahda, el Congrès pour la République y Ettakatol. No han querido participar, sin embargo, Le Mouvement Wafa, L’Alliance Démocratique y Dignité e Liberté.

En las redes sociales ya se están preparando de nuevo manifestaciones para “cambiar el curso de la revolución actual”. Llaman a la convocatoria “Kasba 4" que está prevista para el 8 de marzo. Hay diferentes “ligas de protección de la revolución”, de inspiración islamista. Algunas de las cuales dicen no necesitar aprobación legal para manifestarse. Entre ellas está la liga de Kram con su líder Imed Dghij, que afirma no tener necesidad de “un visado legal” para manifestarse en favor de la aplicación e imposición de la ley islámica.

Pero nunca se pierde el optimismo, ya que crecen las expectativas después del feroz asesinato de Chokri Belaid, considerado el último mártir de la revolución tunecina. Sus simpatizantes, admiradores y seguidores quieren continuar el combate por los derechos, las libertades y la democracia. La población tunecina, pionera en las revoluciones de los países árabes, no tiene intenciones de rendirse ante los retos islamistas y las escaramuzas terroristas. No en vano los habitantes de Túnez llaman a su equipo de fútbol L’Espérance, que ocupa el primer puesto en la Liga de Fútbol. Mientras tanto, hace unos días, el gobierno ha impuesto el estado de emergencia hasta el próximo mes de junio. Una señal preocupante de que la primavera revolucionaria llegará con mucho retraso.

Por Justo Lacunza Balda

on Sunday, December 2, 2012
Conferencia de Justo Lacunza impartida el día 27 de noviembre de 2012, en la FUNDACIÓN CARLOS DE AMBERES. Título completo: “Recordando el 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Charles Lavigerie en Europa: Proyección de un gran evento en la historia de Europa y África”.

Introducción

La celebración de unas efemérides, un cumpleaños o un aniversario evoca tres sentimientos principales. El primero, es la memoria del hecho o evento cuyo recuerdo se celebra, se aplaude y se conmemora. El segundo sentimiento es la visión del contexto y de las circunstancias que motivaron tal acontecimiento u evento. El tercero es la mirada al horizonte para analizar a las consecuencias que nacen y brotan, se intuyen y vislumbran después de que tal hecho histórico tuviera lugar. 

El hilo conductor

Esos tres faros principales (recuerdo, contexto y consecuencias) nos van a servir de hilo conductor en las palabras y reflexiones personales que les quiero dirigir esta tarde. Sea dicho de paso, esos tres eslabones de mi cadena de transmisión tienen que ver con el tiempo. Yo les agradezco vivamente el hecho, para mí de gran significado, de que me ofrezcan su tiempo, lo mejor que uno tiene, y que hayan venido a escucharme con motivo del 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Carlos Lavigerie. Su inquebrantable defensa de la dignidad de los africanos y su apasionada campaña contra la esclavitud, y en favor de la libertad, hicieron de él una de las figuras más carismáticas e influyentes en la historia de su época. Fue un puente seguro y eficaz de comunicación entre África y Europa, una arena fecunda de ideas y pensamiento, lenguas y culturas, un espacio libre y acogedor de diálogo a nivel político, social y religioso en el tiempo que le toco vivir.

¿Quién era el Cardinal Carlos Lavigerie? (1825-1892)

El Cardenal Lavigerie nació el 31 de octubre de 1825 en Bayona, en la región vasco-francesa, ciudad que apenas tenía en aquella época 18.000 habitantes. Fue bautizado en la Parroquia del Espíritu Santo con el nombre de Carlos, al que  fueron añadidos los dos nombres de su abuelo paterno, Marcial y Aleman. El baptisterio de esa parroquia está hoy adornado por una pintura mural alusiva a la memoria de Carlos Lavigerie, considerado un ilustre hijo de la villa de Bayona, hermanada en la actualidad con la Ciudad de Pamplona. En la placa, situada en la verja de su casa nativa, a orillas del río Ardour, se lee que el barrio se llamaba Huire y que fue allí donde nació Carlos Lavigerie.

Desde joven Carlos Lavigerie, mente inquieta y alma buscadora, con pronunciada afición a la poesía y a la literatura, sentía en su juventud una creciente inclinación hacia la vida religiosa. Sus padres, Laura y Pierre, que no eran particularmente devotos, veían el hecho con gran preocupación familiar. Después de finalizar los estudios en su ciudad natal Carlos Lavigerie, de carácter impulsivo, firme y decidido, viajó en diligencia a Paris acompañado por un dentista amigo de la familia. 

A Paris: Cambio de rumbo

En la capital francesa el joven Carlos Lavigerie entró en el Seminario de San Nicolás de Chardonnet y más tarde en el de San Sulpicio para cursar los estudios de teología. Su padre, Pierre pensaba que en Paris se callarían los grillos de la vida religiosa que piaban en el alma de su hijo y que éste tomaría otra dirección, más conforme y adecuada a sus dotes y talentos. Pero no fue así. Carlos Lavigerie fue ordenado sacerdote el 2 de Junio de 1849, continuó sus estudios de grado y en 1854 fue accedió a la cátedra de profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de La Sorbonne. 

Descubrimiento del Oriente

En 1860 Lavigerie fue nombrado director de las Obras de Oriente y con ese motivo viajó a Líbano y Siria, sobre todo para asistir, ayudar y reconfortar a los cristianos que habían sido perseguidos por los Drusos. En uno de sus viajes se encontró con Abd El Kader ibn Muhyyidin (1808-1883), famoso místico musulmán y líder argelino, que luchó contra la invasión francesa de Argelia en 1830. Fue expulsado por las autoridades francesas y después de un periodo de tiempo en Francia fue exiliado a Siria.

El Cardenal Lavigerie y Abd El Kader se encontraron en Damasco. Lavigerie quedó impresionado por la vasta cultura musulmana del místico argelino y sobre todo por la abierta defensa y protección que ofreció a los cristianos después de la masacre de 1860 a manos de los Drusos. A este propósito, el gobierno francés le concedió a Abd El Kader la medalla de la Legión de Honor. Por su parte, el Presidente Abraham Lincoln 1809-1865), después de conocer la noticia de la benevolencia de Abd El Kader hacia los cristianos, le envió como regalo varios revólveres que hoy se encuentran expuestos en el Museo de Argel. 

De Nancy a Argel

En 1863 fue nombrado obispo de Nancy (Francia). En 1867, cuando iba a ser nombrado arzobispo de Lión, Lavigerie pidió que le nombraran a la sede episcopal de Argel, petición que fue aceptada al ser enviado como  arzobispo de Argel en 1867. Desde 1830 Argelia fue colonizada bajo el gobierno de Napoleón III y pasó a ser parte del territorio nacional francés. Argelia era conocida con el nombre de “Reino Árabe” en referencia a la población árabe musulmana. Desde el comienzo de la colonización francesa Lavigerie dejó muy claro ante las autoridades coloniales de Francia que su preocupación no se limitaría solamente a los ciudadanos franceses, sino que se extendería a todos, europeos y argelinos.

No faltaron los roces verbales con el gobernador general de Argelia, el mariscal Mac-Mahon, héroe de Crimea y duque de Magenta. Lavigerie era testigo incómodo de la pobreza y miseria de miles de argelinos. No cesaba de suplicar la abolición de un sistema político que levantaba barreras y sembraba obstáculos en las relaciones entre franceses y argelinos. El gobierno francés advertía a Lavigerie que se abstuviera de todo proselitismo, ya que los programas que Lavigerie intentaba poner en marcha, el gobierno francés los veía como una vía de conversión de los musulmanes argelinos.

El Emperador Napoleón III y el ministro de la Guerra consideraban a Lavigerie como un enemigo de la libertad de conciencia de los musulmanes de Argelia. Sin embargo, el arzobispo de Argel no se achantaba antes tan infundadas y graves acusaciones cuando escribía al gobernador general MacMahon:

“Yo no pido la menor restricción de la libertad ajena. Yo pido simplemente que se respete mi libertad, pido que me sea permitido, como está permitido en Egipto y Turquía, la apertura y conservación de asilos donde sean recibidos los huérfanos abandonados de todos, las viudas, los ancianos, los enfermos. Pido establecer casas de socorro, allí donde los indígenas lo soliciten, para curar sus llagas y aliviar sus miserias”.

No hay lugar a duda que el gobierno francés consideraba a Lavigerie como un obispo incómodo y rebelde, que no aceptaba las orientaciones coloniales y, sobre todo, la discriminación de la que eran víctimas los argelinos. Su tenacidad y empeño, su tesón y empuje le permitían obrar con libertad a pesar de las trabas, críticas y obstáculos del poder colonial francés.

El mismo emperador Napoleón III se interesó por el desafío frontal que la actitud de Lavigerie suponía para la administración colonial francesa y escribió a Lavigerie diciéndole:

“Tenéis, señor arzobispo, una gran misión que realizar: la moralización de los 200.000 católicos que viven en Argelia. En cuanto a los árabes, dejad al gobernador general el cuidado de disciplinarlos y habituarlos a nuestra dominación”.

Nada podía atemorizar a Lavigerie que no dudó en pedir al emperador Napoleón III que le acordara una audiencia. Pasó mucho tiempo, pero por fin lo recibió. Lavigerie relata en su correspondencia que el emperador lo recibió muy fríamente, lo cual lejos de cortarle la palabra y de desanimarle, le estimuló y le dio todavía más ánimos para defender sus proyectos en favor de la población local y mantener intactas sus convicciones ante el poder imperial. Era fácil desalmarse y doblegarse viendo el reto de los administradores coloniales, que en realidad estaba envuelto en un velo sutil de racismo, intolerancia y obstinación. 

Fundación de los Padres Blancos

Pero los sueños apostólicos de Carlos Lavigerie eran todavía más ambiciosos. En 1968 fundó la Sociedad de los Misioneros de África y en 1869 la Congregación de las Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas). Los Misioneros de África son  conocidos popularmente como los Padres Blancos por la vestimenta tradicional de estilo árabe: túnica blanca (gandura) y capa blanca (bournus). El ambicioso plan de Lavigerie era enviar misioneros a África después de ser nombrado Vicario apostólico del Sahara y del Sudan. Los esclavos venían de los países conocidos como Bilad al-Sudan (“El territorio de los negros”). El término “Sudán” proviene de la lengua árabe y significa “las gentes de color negro (aswad) o allí donde las poblaciones comienzan a tener la piel más oscura”).

Los primeros misioneros llegaron al Lago Tanganika y se establecieron en Ujiji (Tanzania) el 22 de Enero de 1879. Habían atravesado el territorio conocido como Tanganika (“la tierra de la vegetación exuberante”), hoy Tanzania, a partir de la costa. Fue en esa ciudad portuaria, Ujiji, centro propulsor de la esclavitud en África, donde David Livingstone (1813-1873), explorador y misionero británico, se encontró con Henry Morton Stanley (1841-1904), aventurero y periodista de The New York Times, en Octubre de 1871. Un monumento de granito, que representa el mapa de África con impresa una cruz de Norte a Sur y de Este a Oeste, atestigua el tan renombrado encuentro. La celebre frase, Dr. Livingstone, supongo, ha quedado en la memoria de dos célebres personajes en la historia de África.

Con motivo de la celebración del centenario del memorable encuentro de Livingstone con Stanley, The New York Times envió a un periodista con la consigna de que recorriera la Calle Livingstone de Ujiji hasta el monumento llevando la bandera americana. El periodista en cuestión sacó la bandera, pero acabó en el puesto de policía por ofensa al honor de la nación. Después de unos meses juntos Livingstone y Stanley se separaron en 1872 en la ciudad de Tabora, ciudad que fue fundada por los mercaderes árabes. Una cabaña de barro y adobe en la aldea de Kwihara, transformada en museo y a unos once kilómetros de Tabora en la ruta de los esclavos, es el memorial visible del paso de Livingstone. Aquí vivió unos ocho meses. De ahí continuaría el  camino hasta Bangweulu (Zambia) donde moriría  a causa de la malaria el 1 de mayo de 1873.

La primera vez que estuve en Ujiji fue el 3 de junio de 1970. Fui al antiguo mercado de los esclavos, a poca distancia del Lago Tanganika, y la imagen quedó impresa en mi mente para el resto de mis días. Era en ese mercado donde se hacía una primera selección de los esclavos africanos. Los más jóvenes, fuertes y resistentes salían encadenados camino de la costa y de las islas de Zanzíbar, Mafia y Pemba. De aquí eran embarcados para diferentes destinos: Arabia, India, Persia, China. Por esa ciudad de Ujiji pasaron miles y miles de esclavos procedentes de la región de Manyema en el Congo. Tuve la gran suerte de vivir tres años en Kigoma, apenas a ocho kilómetros de Ujiji, y mis visitas a la ciudad de los esclavos eran frecuentes, rutinarias y periódicas. Muchos de los habitantes eran descendientes de antiguos esclavos.  Esto era patente al no tener una tribu, un grupo étnico o un determinado clan como referencia de parentesco. Además, no conocían otra lengua que la lengua suahili. 

Las noticias de África

No eran los tiempos del móvil y de Internet. Las cartas, si así las podemos llamar, y las noticias tardaban meses en llegar a Europa, pero llegaban. Los misioneros describían las nefastas y pavorosas condiciones de miseria, pobreza e indigencia de las poblaciones africanas. Pero, sobre todo, relataban la trata de esclavos. Lavigerie y Livingstone no era los únicos. El Cardinal Lavigerie se había ya encontrado con Daniel Comboni (1831-1881), otro gran defensor de la dignidad de los africanos, que en 1857 salió para el Sudán. Lavigerie conocía también las crónicas de David Livingstone, que, después de su llegada a África del Sur en 1841, había hablado en numerosas ocasiones de los estragos, devastación y ultraje de la esclavitud. 

Campaña contra la esclavitud 

El espíritu de Lavigerie estaba turbado por la trata de esclavos. A los misioneros les había invitado a luchar por la dignidad y la liberación de los esclavos. Le llegaban noticias escalofriantes de los misioneros, que habían comenzado las tareas de evangelización en los países africanos en los que se secuestraba y compraba, vendía y traficaba con seres humanos como si fueran mercancía. La esclavitud iba contra la dignidad y la humanidad del ser humano. Por eso, en la visión de Carlos Lavigerie, el mensaje evangélico tenía una dimensión liberadora para miles de hombres y mujeres en África, víctimas de la esclavitud y del comercio organizado por jefes y reyezuelos, mercantes y mercaderes de vidas humanas.

Así escribía Carlos Lavigerie: “La esclavitud es contraria al Evangelio y contraria al derecho natural. Yo soy una persona humana y la opresión me indigna. Soy una persona humana y las crueldades contra tan gran numero de mis semejantes solo me inspira horror”. En varias ocasiones Lavigerie había intentado lanzar una campaña contra la esclavitud, pero se había encontrado con el muro de la apatía y de la indiferencia. Surgió una nueva ocasión: la abolición de la esclavitud en Brasil en 1888. Lavigerie aprovechó para pedir al Papa Leon XIII que en su carta a los obispos del Brasil no se limitara solamente  a comentar la extinción de un mal social, sino también a buscar remedio a tal situación.

Fue el 21 de Mayo de 1888 cuando el Carlos Lavigerie inició la campaña contra la esclavitud en la Iglesia del Gesù en Roma. Había obtenido el beneplácito y el apoyo del Papa León XIII para lanzar un llamamiento general en Europa contra el comercio, la compra y la venta de esclavos. Era imperativo defender la dignidad de los hombres y mujeres de África, devolverles la libertad, promover los derechos humanos. Lo exigía el mensaje del Evangelio. Lavigerie no se dirigía únicamente a los cristianos, sino a toda la población ya que la dignidad sagrada de cada persona pasa por encima de las culturas, lenguas, etnias y religiones.

Llamada a la conciencia

La Campaña de Carlos Lavigerie fue un evento que sacudió las conciencias de los gobiernos europeos, influenció la opinión pública y contribuyó a contener, sino a parar al menos en parte, la sangría más cruel y perversa, el horror más bárbaro y atroz, el plan más salvaje y brutal de la historia de África: las razzias e incursiones, la compraventa y el tráfico de seres humanos, el pisoteo sistemático y planificado de la dignidad humana. La esclavitud, de cualquier tipo que esa sea, destruye la dignidad de la persona.

Si hay algo en la historia de la humanidad que reviste una importancia básica y fundamental es la dignidad sacrosanta e inviolable del ser humano. Por encima de toda barrera ideológica, de toda demarcación étnica y geográfica, de toda frontera religiosa y cultural. Porque la dignidad inherente al ser humano no es fruto de acuerdos internacionales, ni el resultado de votos parlamentarios. No puede estar sometida a legislación política alguna, ni debe pasar por las urnas democráticas de los estados y naciones. Nace en el surco profundo de la persona humana y es parte integrante del ser humano. La dignidad humana no puede estar sometida al dictamen de leyes y normas, ni tampoco puede ser encadenada por decretos estatales, de cualquier naturaleza que estos sean. Todo ser humano se resiste a someterse por la fuerza para ser transformado en un vil esclavo sin dignidad, sin derechos, sin libertad. Pero con la violencia física y psicológica de la esclavitud la dignidad humana es brutalmente asesinada, la libertad física violentamente suprimida y los derechos humanos salvajemente pisoteados. 

La trata de seres humanos

Bien que la esclavitud y la trata de seres humanos habían existido desde la antigüedad, en la época del Cardenal Lavigerie las diferentes regiones del continente africano se habían convertido en inmensos mercados de esclavos, con sofisticadas redes de comunicación, aprovisionamiento y recursos. Barcos y navíos, puertos e infraestructuras, planes, intereses  e inversiones. No eran solo los mercados de materias preciosas (oro, diamantes, plata, etc.) y materiales preciados (marfil, madera, pieles, etc.), sino también mercados de “mercancía humana” con una proyección internacional. Los puertos se habían convertido en recintos feriales de esclavos donde estos venían expuestos, se subastaban, se pujaba el precio, se compraba y se vendía.

Comerciantes africanos participaron activamente en la trata de esclavos vendiendo cautivos, prisioneros, secuestrados y criminales. El Rey Gezo de Dahomey, hoy Benin, decía en 1840: “El comercio de esclavos es el principio que gobierna mi pueblo. Es la fuente y la gloria de su riqueza”. El Rey de Bonny (Nigeria) al oir que el Parlamento británico había abolido la esclavitud en 1807, quedo estupefacto: “Creemos que ese comercio debe continuar. Es el veredicto de nuestro oráculo y el de nuestros sacerdotes. Dicen que vuestro país, a pesar de lo grande que es, no puede prohibir aquello que ha sido decretado por Dios”.

Millones de africanos fueron esclavizados y privados de su dignidad, comprados y vendidos, intercambiados, encadenados y transportados a lugares desconocidos. Se calcula que entre 1650 y 1900 unos 12 millones de esclavos africanos llegaron a América. Procedían de diferentes regiones y territorios de África: Angola, Benin, Camerún, Congo, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Mozambique y Senegal. Familias fragmentadas, poblaciones diezmadas, territorios despoblados, tribus dispersas. La compraventa se realizaba a la luz del día mientras comerciantes y financieros, mercaderes y traficantes, seleccionaban, examinaban, compraban, vendían y transportaban esclavos como si se tratase de productos mercantiles. En 1789 en la ciudad de Charleston (Carolina del Sur) un anuncio publicitario de venta de esclavos decía: “Charleston 24 de Julio de 1789. Para la venta. Cargamento de noventa y cuatro negros. Sanos y en excelente estado: treinta y nueve hombres, quince chicos jóvenes, veinticuatro mujeres y dieciséis chicas jóvenes. Acaban de llegar en el Brigantine Dembia de Sierra Leone, Francis Bare, Master. David & John Deas”. 

El juego triangular

Los descubridores de América vieron grandes posibilidades de comercio e imaginaron las  ganancias aseguradas en la explotación de las riquezas naturales y de las tierras. Por eso, la mano de obra de los esclavos, ahora emigrantes forzados, se hacía necesaria, esencial e indispensable. Los colonizadores europeos entran de lleno en el juego triangular de la esclavitud: Europa, África y América. La penosa travesía del Atlántico era conocida como el Middle Passage o el Pasaje del Medio: salida de África, viaje en el Atlántico y llegada a las Américas. Por una parte, con sus barcos y navíos países como Dinamarca, España, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y Suecia, exportan a las regiones tribales del Golfo de Guinea, sobre todo, materiales textiles y armas, a cambio de esclavos. Estos son transportados en infames y deplorables condiciones a los diversos territorios americanos. Buques, barcos, veleros y navíos estaban preparados para el transporte de un determinado número de esclavos. La “mercancía” debía llegar a su destino en perfectas condiciones y por eso se tomaban todas las precauciones para evitar amotinamientos y revueltas, algaradas y trifulcas durante la navegación. Por ejemplo, el navío francés Le Saphir salió del puerto de La Rochelle en 1784 con destino al norte de la desembocadura del Río Congo y cargó unos 500 esclavos para transportarlos y venderlos en Santo Domingo.

La industria más floreciente

El comercio de esclavos era una de las industrias que más ganancias proporcionaba a empresas, gobiernos y multinacionales: construcciones navales, servicios portuarios, servicios médicos, transporte marítimo, oficinas de cambio, administración local,  instrumentación de a bordo, herramientas agrícolas, logística de comunicaciones, manutención de buques y navíos, reclutamiento de marineros, mano de obra. Combatir el complejo sistema global de la esclavitud era enfrentarse a extensos imperios financieros, desafiar al comercio internacional de esclavos y luchar contra grandes centros de poder, tanto político como económico. A lo largo de los años se había tejido un tupido entramado de intereses, una extensa red de comunicaciones marítimas y un complejo sistema comercial. Al mismo tiempo la abolición de la esclavitud significaba ingentes pérdidas económicas y desequilibrios políticos de insospechadas consecuencias. De hecho, en la esclavitud participaron cuatro continentes y millones de personas a lo largo de siglos. Por eso era difícil combatir la esclavitud de los africanos, recuperar el sentido de la dignidad de los esclavos e influenciar la opinión pública. 

Moneda de cambio

El esclavo se había convertido en la moneda de cambio y su valor era cuantificado después de un riguroso examen de sus condiciones físicas. Las plantaciones, el desarrollo de las tierras y los mercados de Estados Unidos, Brasil y las Islas del Caribe eran el destino final de los esclavos africanos. Entre 1550 y 1750 unos 15 millones de esclavos fueron transportados a diferentes partes de las costas americanas. Durante ese periodo el precio de un esclavo africano era de 25 dólares mientras que en Estados Unidos valía 150 dólares.

Pero no todos los esclavos que formaban el cargo de los barcos llegaban a buen puerto. Las bajas eran numerosas a causa de la deshidratación y las enfermedades durante la penosa navegación y la larga travesía del Atlántico. Sin olvidar las rebeliones, las revueltas y las muertes a causa de los abusos, violencia y castigos. Fueron numerosos los navíos que naufragaron por las galernas, el acoso y la furia del océano. Así ocurrió con el velero francés, Adelaide, que se hundió en las costas de Cuba en 1714 con un gran número de esclavos africanos. Lo mismo sucedió al navío  británico Henrietta Marie, que acabó en el fondo del Atlántico cerca de Marquesas Keys (Florida) en 1700. O el Kron-Printzen, de bandera danesa, que fue a la deriva en 1706 con más de 800 esclavos africanos. 

El poderío de Gran Bretaña

A partir de 1640 Gran Bretaña gestionaba el lucrativo comercio de esclavos a través de muchas compañías. Una de ellas, la Royal African Company, era la más importante. Obtuvo el monopolio en 1672. Las otras compañías protestaron vehementemente y el monopolio acabó en 1698. Los navíos que transportaban esclavos volvían a los puertos europeos con cargamento de café, azúcar, tabaco y arroz. Todo ello procedía de las plantaciones en las que trabajaban los esclavos de origen africano. 

Abolición de la esclavitud

En 1807 el Parlamento británico aprobó la ley que prohibía el comercio de esclavos. Los Estados Unidos declararon ilegal la esclavitud de 1808. Sin embargo, la trata de esclavos continuó hasta 1863 dentro de las fronteras estadounidenses. 

Sayyid Said en África Oriental 

Si el comercio y tráfico de esclavos había crecido desmesuradamente en los países del Golfo de Guinea, de Gambia a Angola, lo mismo se podía afirmar de la costa oriental del continente africano. Las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia estaban bajo influencia y control de la dinastía al-Busaid de Omán. Las habían conquistado venciendo a los portugueses que se replegaron a Msumbiji, nombre antiguo de Mozambique.

Sayyid Said bin Sultan (1790-1856) transfirió la capital de Omán a Zanzíbar en 1840. Su objetivo principal era transformar radicalmente la isla de Zanzíbar, hasta entonces un puerto de pescadores, convirtiéndola en el centro del comercio mundial. Era un ambicioso plan que pronto comenzó a dar excelentes y lucrativos resultados. Introdujo las plantaciones de clavos y especias en Zanzíbar, dando fama internacional a la isla. Invitó a los banqueros indios, conocidos como los banyan, para que se ocuparan de la gestión y administración de las finanzas del Sultanato. 

El poderío de Sayyid Said

Sayyid Said controlaba Omán, el Cuerno de África, las islas y las costas del Océano Indico, desde Mogadiscio hasta el Norte de Mozambique. Los Estados Unidos abrieron despachos comerciales en Zanzíbar. Dos agencias de negocios se establecieron en la isla: John Bertram & Co de Massachussets y Arnold Hines & Co de New York. Gran Bretaña abrió una oficina consular en 1841 y a continuación lo hicieron Alemania, Austria, Bélgica, Francia e Italia.

El sultán de Zanzíbar controlaba el comercio de esclavos africanos que estaba en manos de mercaderes, tratantes y navegantes árabes. No podemos dejar de lado la referencia al comerciante de esclavos y marfil más poderoso del África Oriental, Hamed bin Mohamed al-Marjebí (1837-1905), más conocido con el nombre de Tippu Tip. Nacido en Zanzíbar, se convirtió en el hombre fuerte y el personaje político indispensable en los acuerdos, tratados y chantajes de todo tipo. El Rey Leopoldo II, rey de los belgas, en acuerdo con el Sultán Bargash de Zanzíbar (1837-1888), lo nombró gobernador del Estado Libre del Congo. Era en definitiva un evidente e inequívoco reconocimiento a su autoridad, poder y hegemonía. Pero tres años después estalló la guerra entre el todopoderoso Tippu Tip y el ejército del Estado Libre a causa de la explotación sistemática del curso superior del Río Congo.  Tippu Tip, que para entonces poseía, miles de esclavos, numerosas plantaciones y muchas propiedades, se retiró a Zanzíbar donde escribió su biografía en suahili con caracteres árabes. Murió en Zanzíbar, su ciudad natal en 1905.

El comercio de esclavos y productos del interior de África llegaba a la costa a través de tres rutas. La primera enlazaba Zanzíbar con la región de Manyema en el Congo; la segunda venía del África Central bordeando el Lago Tanganika y la tercera unía Zanzíbar con Uganda. Las dos primeras tenían como plaza comercial de referencia la ciudad de Ujiji a orillas del Lago Tanganika mientras que la tercera se unía a las otras dos en la ciudad de Tabora, en la región central de Tanzania. En 1811 se abrió el mercado de esclavos en Zanzíbar.

Viví en la ciudad de Tabora año y medio. Las palmeras, mangos y cocoteros indican hoy las rutas de la trata de esclavos en las cercanías del barrio de Makokola. Pero no era solamente la mano de obra que necesitaba Sayyid Said, y los sucesivos sultanes, para las nuevas plantaciones agrícolas de Zanzíbar, sino también todos aquellos productos que era de gran valor en el comercio exterior: marfil, oro, pieles, madera, coral, minerales. Era tal la influencia de Sayyid Said en las rutas comerciales del interior de África que hay un dicho en las tradiciones suahili que resume su vasto y innegable poderío: “Cuando la flauta suena en Zanzíbar se oye en el Lago Tanganika”. 

La campaña contra la esclavitud

Las noticias dramáticas, enviadas por los misioneros desde la ciudad de esclavos, Ujiji, alertan al Cardenal Lavigerie y le empujan a alzarse en contra del comercio y tráfico de esclavos africanos. Habla y discute con el Papa León XIII sobre el escándalo, la ignominia y la crueldad de la esclavitud. Esta vez Lavigerie no se rinde, ni está dispuesto a dar el brazo a torcer. Condenar la trata de esclavos y romper las cadenas de la esclavitud debe ser una prioridad absoluta de la misión de la Iglesia en África. Pero eso exige que los  gobiernos europeos tomen conciencia y sacudan la actitud de apatía institucional ante el horror, la infamia y el oprobio del comercio de esclavos africanos. 

Viaje a Paris  

Inaugurada la campaña contra la esclavitud el 21 de Mayo de 1888 en la Iglesia del Gesù en Roma, el Cardinal Lavigerie se preparó para el tour europeo. Eran tres las capitales europeas previstas en su programa inicial de conferencias, encuentros y visitas: París, Londres y Bruselas. Lavigerie recordaba aquello que había pensado en muchas otras ocasiones, cuando intentaba concienciar la opinión pública y los gobiernos europeos sobre las atrocidades, la barbarie y el terror de la esclavitud. Lo dijo abiertamente en Paris durante la conferencia pronunciada en San Sulpicio el 1 de Julio de 1888: “Para salvar el interior de África hay que provocar la ira del mundo".

Nadie podía permanecer indiferente ante el espíritu libre, valiente y arrollador de Lavigerie. Sus elocuentes palabras reflejaban el eco profundo de sus convicciones personales y mostraban su pasión indefectible por la defensa de la dignidad humana. Relatar la crudeza de los hechos era la única manera de sacudir la modorra colectiva, de limpiar la hojarasca de la apatía generalizada, de erradicar la broza de la ceguera mental europea. Durante siglos los europeos parecían contemplar con ojos benévolos la compraventa de esclavos africanos.

En esa época dos millones de seres humanos desaparecían cada año, es decir, cinco mil africanos eran raptados, secuestrados, asesinados, comprados, vendidos o transportados cada día. Estos hechos significaban la destrucción sistemática de los pueblos y gentes del  continente africano.

Lavigerie iba consiguiendo que los pueblos europeos, de fe y tradición cristianas, abrieran la mente a la cruda y monstruosa realidad del tráfico de seres humanos. Desde la capital francesa Lavigerie lanzó una llamada a voluntarios y periodistas de toda Europa para que difundieran el mensaje, explicaran los hechos y trabajaran por la liberación de los esclavos. Pero sobre todo, para que los gobiernos, las empresas y las compañías pusieran fin a la esclavitud de una vez para siempre. Lo pedía sin más tardar y lo  exigía sin más demora el respeto indiscutible de la dignidad humana y la salvaguardia inaplazable de millones de seres humanos. 

Viaje a Londres

En Gran Bretaña le esperaba un público mucho más informado sobre la esclavitud. La  sociedad antiesclavista, la Anti Slavery Society, fundada en 1839 y la única existente en Europa para combatir el comercio de esclavos, había invitado Lavigerie para la campaña antiesclavista. Ejercía una gran influencia a nivel diplomático. El diario londinense, The Times, había publicado la noticia de la visita de Lavigerie y del impacto que había tenido su conferencia de Paris. Las autoridades británicas le ofrecieron la sala conocida con el nombre de Prince’s Hall. La presentación y la presidencia corrió a cargo de Lord Granville, antiguo Secretario de Estado en el ministerio de Exteriores y artífice del tratado impuesto a Zanzíbar en 1873, prohibiendo la exportación marítima de esclavos.

El Cardenal Lavigerie impartió su conferencia el 31 de Julio de 1888, comenzando con las palabras que David Livingstone escribió en Kwihara (Tabora, Tanzania) un año antes de su muerte. “Todo lo que puedo añadir en mi soledad, es pedir que las abundantes bendiciones del cielo desciendan sobre cada uno, sea americano, inglés o turco, para curar la llaga abierta del mundo”. Estas palabras son las que están escritas en la tumba de David Livingstone, situada en la Abadía de Westminster y que Lavigerie había visitado con anterioridad. La referencia a “la llaga abierta del mundo”  tiene una connotación particular y se refiere a la esclavitud. Lavigerie dijo en su discurso en el Prince’s Hall: “Yo no soy un político, solamente un pastor que ha venido a hablaros de la crueldad de la esclavitud africana. El mío es un grito de indignación y de angustia”.

La presencia, contactos y visitas del Cardenal Lavigerie en Gran Bretaña tuvieron un significado particular en el campo de las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y el Comunión Anglicana. Desde que Enrico IV rompió con la Iglesia, católicos y protestantes lucharon por el control del poder. El proyecto del combate contra la esclavitud, la llamada a las instituciones para su supresión total y la propaganda popular para su abolición, constituyeron una base común de cooperación y colaboración a favor de los derechos humanos y libertades civiles de los pueblos africanos. Como Livingstone, también para Lavigerie “la llaga abierta” de la esclavitud había que curarla. Una tarea ardua, difícil y prolongada en el tiempo.

El Museo de Bristol (Reino Unido), puerto de gran importancia en el comercio de esclavos, organizó una Exhibición sobre La Esclavitud  en 1999. Uno de los visitantes escribió este comentario en un folio de papel: “Soy africano. Gracias por esta exhibición. La gente no tendría que olvidar lo que nuestro pueblo sufrió. Pidamos para que nunca más se vuelva al pasado o a otra forma de crueldad contra una raza, sólo porque es diferente”. 

Viaje a Bruselas 

La etapa siguiente del periplo europeo de Carlos Lavigerie será Bélgica. Es consciente de las dificultades que su presencia puede suscitar. Sabe que no podrá criticar de manera directa lo que ocurre en el Congo sin importunar al Rey Leopoldo II, ni molestar al país. Después de la Conferencia de Berlín de 1884, convocada por Francia y el Reino Unido y organizada por el Canciller de Alemania, Otto von Bismarck, Bélgica, el reino europeo más pequeño por su extensión geográfica, recibió la asignación colonial del inmenso Congo, sesenta veces más grande. La Conferencia de Berlín tomó varios acuerdos, entre ellos la abolición de la esclavitud. Sin embargo, el comercio de esclavos continuaba a pesar de haber sido prohibido y declarado ilegal. La campaña de Lavigerie contra la esclavitud no debería levantar, en principio,  demasiadas sospechas por posibles ingerencias políticas, ni ser considerada como una avanzada estrategia del fundamentalismo religioso.

La conferencia de Lavigerie tiene lugar en Bruselas, en la Basílica de Santa Gudule el 15 de agosto de 1888. No faltan el tacto, ni la diplomacia en su discurso, y tampoco los argumentos convincentes  para que Bélgica se comprometa  a combatir la esclavitud. Lavigerie repite las palabras del Rey Leopoldo II: “La esclavitud que se mantiene todavía en una gran parte del continente africano, es una plaga que todos los amigos de la auténtica civilización tienen que desear ver desaparecer”. En su discurso, Lavigerie hará repetidas veces mención de la región de Manyema en el Congo. Se había convertido en la gran fuente del comercio de esclavos, que eran conducidos a Zanzíbar para ser vendidos en el mercado internacional.

La llamada de Charles Lavigerie fue bien acogida por el Rey de los belgas, Leopoldo II, quien al año siguiente, el 18 de noviembre de 1889, recibió en Bruselas a los representantes de dieciséis gobiernos. Era urgente determinar las medidas necesarias a adoptar para  denunciar, frenar y reprimir la trata de esclavos, resultante de la colonización europea y del reparto de África. El comercio de esclavos no había disminuido su intensidad, ni amainado su fuerza a pesar de la Conferencia de Berlín de 1884.

La Conferencia Internacional de Bruselas del 18 de noviembre de 1889 adoptó en la práctica las orientaciones de Lavigerie. Fue él quien presentó los textos más significativos bajo el título Documents sur la Fondation de l’Oeuvre Antiesclavagiste, textos que fueron distribuidos a cada uno de los 16 representantes oficiales. Seguía siendo verdad la frase de Lavigerie: “Para salvar el interior de África hay que levantar la cólera del mundo”.

Sin olvidar la historia  

El comercio de esclavos africanos, vendidos y transportados a lugares lejanos por mercantes americanos, negociantes europeos, mercaderes árabes y financieros indios es parte integrante de la historia del mundo que nadie debería jamás olvidar. Pero, helas, la historia contemporánea nos demuestra que la esclavitud de los seres humanos, en todo su abanico de facetas y manifestaciones, lugares y contextos, sigue siendo una malvada, cruel y despiadada realidad de nuestro tiempo.

El 125 Aniversario de la campaña antiesclavista de Charles Lavigerie es una llamada firme, un reto audaz y  un desafío punzante para combatir en favor de la dignidad humana y para luchar por las libertades civiles de todos los pueblos. Por encima de toda frontera cultural y geográfica, por encima de toda barrera lingüística y religiosa, por encima de todo mojón ideológico y de toda muga política. En un mundo lleno de guerras y conflictos, sembrado de dolor y miseria, teñido de sangre y pobreza.

Sin embargo, la memoria de un evento histórico, como la campaña contra la esclavitud del Cardenal Lavigerie, puede sacudir la inercia de los estados, despertar la conciencia cívica de la población y dinamizar las  sociedades modernas. En un mundo en el que el potencial humano, en cualquier paraje, lugar y rincón del planeta, debe ser la mejor fuente de libertad, el terreno más fértil de los derechos y el manantial más límpido de la dignidad humana. Sin las cadenas infames de la discriminación, sin las amarras violentas de la intolerancia, sin la esclavitud feroz del ultraje, del odio y del abandono.

Esos son los retos  frontales de nuestro tiempo, y lo seguirán siendo, capaces de transformar profundamente la senda de toda sociedad, de cambiar el rumbo y los horizontes de los pueblos, de hacer frente con entereza, determinación y libertad a los desafíos inherentes al quehacer cotidiano y al devenir constante de la humanidad.

Por Justo Lacunza Balda

on Tuesday, November 6, 2012
El domingo 28 de octubre los ministros de Exteriores del Reino Unido, Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos visitaron a la joven pakistaní, Malala Yousafzai, en el Queen Elizabeth Hospital de Birmingham. Allí se recupera esta chica de 14 años a quien, hace ahora un mes, los talibanes del Valle del Swat (Pakistán) la tirotearon en plena calle. Una vez más, el plomo de los pistoleros escupía violencia y traspiraba odio, mezclados a la ignorancia y maldad. Malala había salido de la escuela y viajaba en un vehículo camino de casa en su ciudad natal, Mingora, capital del estado de Khyber Pakhtunkhwa (Pakistán). La razón del brutal atentado era que Malala defendía con la palabra y la inteligencia el derecho de las chicas como ella a la educación. Nada de extraordinario sino fuera por el deplorable acoso de quienes se consideran sacrosantos defensores del Islam soberanos intérpretes del Corán. Esto significa que quienes disienten de la versión oficial, protagonizada e impulsada en la región desde las madrigueras de los talibanes, acaben heridos a muerte y malparados en el fondo del terraplén. 

A mi juicio, sin embargo, no creo que intentar matar a una joven, por querer recibir educación en la escuela, lo permita la shari‘a (ley islámica), ni esté en consonancia con los principios de la fe musulmana, ni lo validen los textos fundamentales del Islam. Aquí nos topamos de frente con la lectura perversa y desalmada que los talibanes hacen del credo islámico a causa de su obstinada ideología y, sobre todo, de su fecunda contaminación con las cavernosas tesis de al-Qaeda. En el surco de esa sinergia explosiva cayó la semilla del rechazo y la aversión hacia todo aquello que lleva, para ellos, la etiqueta de “occidental”. Estaban convencidos que la identidad musulmana de Malala se estaba contaminando en la escuela. Perdía brillo y lucidez. En consecuencia, había que enderezar lo que se iba torciendo. Era hora de rectificar los planes y bloquear las aspiraciones de una chiquilla desobediente. La sentencia estaba echada, había llegado el momento de apretar el gatillo y aplastar la sana y firme ambición de Malala. Un diabólico edicto de muerte, pronunciado por quienes entendían poco de erudición y menos todavía de humanidad. De esa manera echarían a pique los grandes sueños infantiles de Malala. Una vez más las vísceras malsanas y malolientes de los islamistas se había convertido en el aguijón mortífero y letal contra la libertad, los derechos y el sentido común. En el desierto del pensamiento único, no cabía en sus mentes que una joven de corta edad se educara en la escuela. Los talibanes se habían constituido en la sede magistral de la interpretación y aplicación de la religión, del Islam y del Corán. 

El precio más alto del islamismo radical de los talibanes lo están pagando principalmente las mujeres, comenzando ya por la edad escolar. En mi entendimiento del Islam, no recuerdo nunca haber leído en los textos clásicos que las mujeres deben permanecer ancladas en la noche oscura del analfabetismo, porque así lo reveló Allah y lo corroboró el Profeta con sus palabras, máximas y preceptos. Si uno de los nombres más extraordinarios de Allah en la tradición musulmana es al-Hayyu (El Viviente y da la vida), no hay espacio alguno para que unos huidizos y rabiosos maestros, que dicen defender el Islam, se ensañen ferozmente contra una chica de 14 años porque quiere ir a la escuela. Precisamente es eso lo que quieren miles y miles de niñas en Pakistán y Afganistán, y en países como Somalia: ser libres para poder aprender en una escuela. Sin que nadie les moleste y les aceche, sin que nadie les prohíba y menos les impida, sin que nadie intente desbrozar sus sueños y decapitar sus vidas. Lo horrible de todo es ver que los jerifaltes islamistas se enrocan en el frenesí resbaladizo de sus malditos planes, amparándose en la religión musulmana. He mencionado Somalia porque el turbulento enfoque islámico de las juventudes islamistas (al-shabbab) es una copia autentificada del pedregoso ideario,  confeccionado por al-Qaeda y los talibanes en aras de la expansión de la yihad global. Son los mismos horizontes, idénticos principios e iguales prohibiciones, que van echando raíces y asentando el terreno, originando conflictos y envenenando la convivencia en otros países africanos. Basta observar la precaria situación en Nigeria con Boko Haram, en Mali con Ansar El Dine y en Libia con Ansar al-Islam. Un huracán islamista de alarmantes perspectivas e inevitables consecuencias para los pueblos de África. 

Pero volvamos a la trayectoria de Malala. Desde pequeña se había preguntado: ¿Porqué los niños van a la escuela y a las niñas les está prohibido? Una firme y valiente rebelión interior le carcomía diariamente a medida que se iba haciendo mayor. Ir a la escuela significaba aprender a leer y escribir, poder estudiar y educarse. Algo que le parecía sencillo y razonable, sensato y elemental. Lejos de todo enredo burocrático, alejado de toda ideología política, remoto de toda intención descabellada, como la pérfida y ciega prohibición de los talibanes. Resultaba sorprendente constatar que en el país que se vanagloriaba de poseer la bomba atómica, de haber progresado en el desarrollo tecnológico y de ser la tierra de grandes pensadores y poetas, Malala no podía recibir una educación en la escuela. Lo prohibía la lectura injustificable que los talibanes hacían del contenido del Islam en el Valle del Swat. Ellos se obstinaban en defender la voluntad de Allah, atrincherándose en una  explicación de la religión musulmana, que según sus puntiagudos moldes mentales, era la única original, pura e inmutable. Convendría preguntarles si las intenciones de Allah son realmente las de prohibir la educación de las niñas del Pakistán. Quizás todo sea debido al impúdico atrevimiento de colocar sus encallecidos propósitos como eje central de la sociedad pakistaní y de constituirse en exégetas beligerantes contra su propio pueblo. De aquí brotan la insensatez y el embuste del discurso islamista de los talibanes. De ahí brotan la obstinación de sus normas y el oprobio de sus prohibiciones. Sin embargo, su repelente e inamovible ideología sigue teniendo muchos simpatizantes, adeptos y seguidores. 

El viernes 12 de octubre, a los pocos días del atentado, las autoridades del Pakistán invitaron a la ciudadanía a observar el culto ritual del viernes y dedicar “ese día de oración” a pedir por la joven Malala. El tenebroso y malvado atentado había conmocionado “al país de las madrasa”.  La foto de su plácida sonrisa había recorrido el mundo como un rayo de luz, para iluminar la indiferencia, combatir la violencia y sacudir el letargo, que son los nuevos virus de nuestras sociedades modernas. La fragilidad, entereza y dulzura de una niña musulmana de apenas 14 años luchaban contra el atropello, la iniquidad y la desfachatez de los “Defensores del Islam”. Manifestaciones y protestas se habían extendido por todo el Pakistán desde el día de la agresión violenta y perversa a manos de fanáticos y obcecados islamistas. A la herida de la bala se había unido la pólvora del odio. 

Malala ha sobrevivido milagrosamente a la cruel embestida, aunque yace todavía en la cama de un hospital británico. Las autoridades de los Emiratos Árabes Unidos ofrecieron un avión ambulancia para trasladarla al Reino Unido. Era la única forma de salvar la vida de Malala que hoy es atendida por un equipo de médicos en el Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, esperando que la vida venza a la muerte. Sus encarnizados perseguidores no han dado el brazo a torcer. Al día siguiente de su llegada, la visita de unos sospechosos visitantes, que decían tener lazos de parentesco con Malala, alertó a los médicos y a la policía. Malala sigue protegida y vigilada porque sus recalcitrantes enemigos siguen merodeando, acechando y reclamando su muerte. Con 14 años Milala ha probado el odio visceral traducido en pólvora asesina. 

Los talibanes habían decidido matar a Malala porque ella se había enfrentado sin miedos a las leyes escabrosas y normas inhumanas de su intransigente ideario religioso. Las consideraba desatinadas, feroces y malsanas. Para ella eran incompatibles con los principios de la religión musulmana que le habían enseñado sus padres. Los estudiantes de religión (talibanes) no podían tolerar que una jovencilla de rostro angelical les desafiara en su propio terreno, es decir, en la interpretación y aplicación del Islam. Pero los talibanes habían crecido en el surco de una mentalidad obtusa, refractaria a todo cambio, nublada por la ideología de la yihad contra enemigos y adversarios. De dentro (musulmanes) y de fuera (infieles). Se habían convertido en mordaces roedores, sin pudor, sin piedad y faltos de  humanidad. La concepción que tenían de la mujer nunca tuvo secretos: ser relegada a los muros domésticos, supeditarse a los dictámenes del hombre, permanecer siempre analfabeta. Con otras palabras, convertirlas en creyentes musulmanas con el estatuto social de esclavas. 

Fue en 2007 cuando los talibanes del Valle del Swat (Pakistán) prohibieron la educación de las niñas en las escuelas. Decían que, yendo a la escuela, les contagiaría la peste del secularismo occidental y padecerían la plaga de las retorcidas costumbres de los occidentales. Además, afirmaban rotundamente y con aplomo que no lo permitía la ley islámica (shari‘a). Cosa extraña que lo dijeran en esos términos quienes no tenían reparo alguno en usar material bélico y telefonía móvil occidentales. Además, no sentían escrúpulos jurídicos, ni impedimentos legales a la hora de comprar, consumir y traficar con productos europeos y americanos. 

Al final, el tiro infame de los talibanes pakistaníes ha convertido a Malala en la heroína nacional del Pakistán. Se ha transformado en el símbolo de la lucha frontal contra la religión desalmada y obtusa de los barbudos. Porque llevar barba fue también una de las 19 normas islámicas establecidas por los talibanes cuando llegaron al poder en Afganistán a finales de Septiembre de 1994. La educación de las mujeres siempre les trajo por la calle de la amargura y las escuelas de las niñas eran un sapo intoxicado que no podían tragar. Pero no hay razón posible, cultural o religiosa, y jamás la habrá, que ratifique impunemente el asesinato de una joven de 14 años,  porque aspira a leer y escribir, sueña con el estudio y la educación para así hacer frente a los retos de la vida. Y menos cuando se aducen motivos religiosos y legales basados en textos sagrados para la defensa de tan obtusa y  antojadiza prohibición Eso sí, Malala estaba firmemente enraizada en su dignidad. Lejos de las amarras de toda tiranía religiosa, apartada de las cadenas de toda esclavitud islamista,  alejada del estigma de toda segregación. Por muy divinas que pinten las  prohibiciones y por muy culturales que describan los preceptos. 

Cumplidos los 11 años Malala tenía las cosas claras en su mente: luchar por la defensa de la educación de las mujeres. Fue entonces cuando decidió comenzar a escribir su diario en urdu, usando el seudónimo de Gul Makai (“Aflicción”). A sus padres les gustaba ese nombre porque era eso lo que ellos vivían diariamente. Su hija quería contar de su puño y letra el terrible y doloroso drama que albergaba en su alma, viviendo bajo el despotismo vil e inicuo de los talibanes. El 8 de febrero de 2009, Malala escribía en su diario: “Me he sentido herida cuando he abierto el armario y he visto el uniforme de la escuela, la cartera y la cajita de mis cosas. Las escuelas de los chicos abren mañana, pero los talibanes han prohibido la educación de las niñas”. 

Malala vivía en una sociedad en la que las eruptivas fiebres islamistas de los talibanes prohibían la educación femenina y perseguían a las niñas insumisas y a sus familias. Una malvada discriminación que hería y golpeaba, apuñalaba y secuestraba el futuro de las mujeres musulmanas en Pakistán y Afganistán. Los talibanes del Valle del Swat, un frondoso valle en la frontera con las tierras afganas, habían decidido interpretar el Islam a su antojo y por consiguiente prohibir a las niñas la educación escolar por razones islámicas. Porque según el enfermizo credo talibán la educación es solo privilegio de los hombres. A las mujeres las querían analfabetas y sumisas, maleables y esclavizadas. Sin derechos ni libertades, encerradas en los cuatro muros domésticos y doblegadas por el látigo del sometimiento. Encadenadas con la doma islamista. Con el amplio burqa material, de la rejilla a modo de cárcel con rejas perpetuas, y el degradante burqa imaginario, que les impidiera pensar, hablar y participar en la construcción de una sociedad más libre. Con una mejor ética colectiva, con más libertad social y sobre todo, con más justicia y dignidad. 

No quiero que se tergiverse lo que acabo de decir y se me acuse de generalizar la ideología islamista de los talibanes y extenderla a todas las sociedades musulmanas. Nada más lejano de lo que quiero decir. El problema de los derechos y libertades de las mujeres musulmanas está de nuevo sobre el tapete en los países árabes a raíz de las revoluciones populares. Con sus altos y bajos, sus avances y retrocesos, sus propuestas y prohibiciones. Asociaciones y colectivos de mujeres en Argelia, Marruecos, Túnez y Egipto han manifestado públicamente el miedo a que sus derechos y libertades sean recortados ulteriormente por la ola salafista. Luchan y combaten contra todo intento, por pare de los gobiernos, de recortar sus derechos, de achantar sus libertades, de imponer leyes y normas que poco, o nada, tienen que ver con el Islam. 

Las asociaciones de mujeres musulmanas luchan para que sus derechos sean, primero reconocidos legal y constitucionalmente, y segundo, honorados y respetados en la sociedad. Ese es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan los gobiernos de los países árabes a la luz de las revoluciones populares erróneamente conocidas como “primaveras árabes”. Sería mejor definirlas “primaveras salafistas”, ya que la bandera del salafismo ondea en las estados que han conocido el final de las dictaduras: Túnez, Egipto y Libia. Los síntomas patentes del resurgir salafista están creciendo por doquier en los países árabes, influenciando el discurso político, condicionando el rumbo institucional y determinando el trazado constitucional. No es fácil introducir cambios substanciales en los derechos y libertades de la mujer musulmana. Pero esa evolución es imprescindible y necesaria, ya que la dignidad humana de la mujer lo exige por encima de toda referencia cultural o religiosa, por muy excelsa, sublime y elevada que sea. Con frecuencia los argumentos presentados en el organigrama mustio y refractario de los islamistas están tejidos con telas de araña, y necesitarían un traductor chino para entenderlos. Esto lleva a las mujeres musulmanas a arrugar el ceño, a manifestarse públicamente, a protestar abiertamente y a seguir luchando por sus derechos en las sociedades musulmanas. Sin jamás dar el brazo a torcer y con la esperanza de que un día no muy lejano, Insha’ Allah (“Que Allah así lo desee”), las cosas cambiarán para bien de toda la sociedad. 

Millones de mujeres en las sociedades musulmanas, están convencidas de que su dignidad humana no brota de las planicies litúrgicas, de las laderas rituales o de las montañas sagradas del Islam. La dignidad de las mujeres musulmanas no la otorga la religión musulmana, ni la conceden los talibanes, ni la ofrecen los jeques, ni la dispensan los maestros de las escuelas coránicas, ni la dan los reyes, ni la distribuyen los emires, ni la confieren los sultanes. La dignidad de toda persona, sea mujer u hombre, está impresa en la esencia misma de la vida humana. Es el ingrediente esencial de la humanidad. Nace y aflora, crece y se desarrolla en la vida de cada persona. Poco importa su edad, su condición física, su origen étnico, su género, su lengua nativa, su fe religiosa. Tampoco tienen importancia el color de la piel, la arquitectura de la cara, la forma de vestir, la manera de comer, el acento del habla, el tono de la voz, el estilo y modelo de la escritura.  

La dignidad humana es el denominador común y el valor fundamental que unen a la humanidad. Por encima de cualquier diferencia, diversidad o pluralismo. Y mientras no lleguemos a percibir ese elemento esencial y ponerlo en el centro de todo proyecto humano, no llegaremos a construir la justicia, a desarrollar la ética y a promover la paz. No puede haber un humanismo auténtico sin que la brújula de la dignidad humana ilumine y guíe el quehacer, el dinamismo y los sueños de la humanidad. 

Si Malala se recupera favorablemente, cosa que llevará mucho tiempo y exigirá muchos cuidados, los gobiernos en los países de mayoría musulmana no tendrán otra opción que apoyar la defensa incondicional de la educación femenina allí donde radicales y fanáticos vulneran, infringen y violan ese derecho fundamental de las mujeres musulmanas. Malala se ha convertido en una estrella que brilla en el cielo, aunque siempre llevará en su cuerpo las cicatrices de la maldad e impresas en su alma las huellas de la barbarie. 

Por Justo Lacunza Balda