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on Friday, July 27, 2012
Si es que me tomo demasiado en serio, como tal vez le ocurra a usted. Nos enfrentamos a la vida con un empacho de gravedad, quitándonos el sueño a causa de una crisis de más y unos euros de menos, con lo importante que es dormir bien y suficiente... Pero así somos, caminantes por este momento de la Historia que juzgamos difícil; caminantes que se amargan en cada ocasión que consultan los datos económicos que trae el diario, cuando difícil, lo que se dice difícil, fue el tiempo de los otros, los que vivieron antes, aquellos que descubrieron las orejas al lobo de la guerra, del invasor, del hambre y padecieron tantos otros sacrificios que les engrandecen ahora que les miramos con la distancia de los años. Porque lo nuestro será malo –que se lo digan a quienes llevan tantos meses sin encontrar empleo o sin cobrar–, pero no tanto como para echarnos por encima el telón de la depresión, una palabra que se utiliza mucho en el sur de América. Me lo contaba un amigo que conoce aquellos lares: Uruguay fue, durante mucho tiempo, el regocijo del continente, un lugar pequeño pero rico en pastos –en comida, ya nos comamos la verdura, ya la vaca–, con un envidiable rincón para el descanso. Sin embargo, la mala administración les empujó a deprimirse hasta el punto de que lo que en Argentina era un sueño, en Uruguay se transformaba en pesadilla, o en melancolía, que es el miedo que paraliza. Ahora que Argentina es el cortijo Kirchner, la banda robaempresas, lo que en Argentina es una pesadilla en Uruguay conduce irremediablemente al suicidio, que es una manera muy masona de darle puntilla al fracaso.

Así que riámonos de nosotros mismos, de nuestras cuitas, de nuestras congojas, de ese tobogán inclinadísimo en el que se ha convertido el parqué de la Bolsa, una bajada aquí y otra bajada allá, con lo divertido que es lanzarse, como cuando éramos niños... Es decir, tomemos este desastre como una aventura, que ya tendremos tiempo para cambiar las cosas después de un atracón de risas, por favor, que en España al menos nos queda la familia, que se ha convertido en el mejor subsidio para el desempleado, no como en Francia y otros países del norte, que allí sí que son desgraciados porque disolvieron la familia hace muchos lustros. Y aunque sé que las cosas no les van tan mal, al que se arruina sólo le queda la ruina. Y al que se mantiene, sólo le quedan unos títulos, unas participaciones, papeles impresos que no pellizcan el corazón como lo hace el abrazo de un padre, el beso de una madre, el calor de los hijos que revolotean alrededor.

Como voy a reírme de mí mismo, empezaré por confesarles que el otro día caí en falta, yo que soy un tipo serio e impecable. La cajera de una gasolinera, después de llenar de carburante el depó-sito de mi motocicleta, me tentó con una apuesta para uno de esos juegos que se celebran cada día. ¡Una apuesta! A mí, que ni siquiera juego en el sorteo de la Lotería en Navidad porque desprecio el dinero ganado sin esfuerzo… Y piqué, claro, que tampoco fue para tanto, un euro nada más a cambio de un papelito con 11 números del uno al cien, si esto no lo gana nadie, le dije, que no conozco a una sola persona a la que le haya cambiado la suerte por tan poquito. Y ella, la cajera, sonrió, que era muy amable, y empezó habla que te habla, a cantar las glorias del juego, que si le han dicho, que si conoce, que si riquísimo, que si… Antes de marcharme, me pidió que regresara si aquella noche me convertía en el afortunado. Que me acordara de ella para compartir la lluvia de dinero. Que le regalara un pellizco. Con un pellizquito se conformaba.

Y ahora viene lo irrisorio: en cuanto me subí a la moto comencé a fabular. La fábula de un hombre rico de un plumazo, la fábula de quien devuelve sus deudas con la suficiencia del millonario, la fábula de aquel que se molesta en hacer obras de caridad sin dejar de observar su mano derecha, la fábula del que empieza a viajar por el mundo mundial y se hospeda en los mejores hoteles, de quien envía su automóvil al desguace al tiempo que solicita un coche nuevo con todo tipo de extras, la fábula del que se concede ese capricho, y aquel otro y el de más allá, la fábula del que costea las ediciones de sus novelas y mira, condescendiente, por encima del hombro, a sus viejos editores… Les confesaré que llegué a mi destino sin apenas darme cuenta. Tuvo que ser por entonces cuando a la lechera se le cayó el cántaro al suelo, evaporándosele el listado completo de sus afanes.

No me tropecé ni caí sobre la acera, aclaro. No atropellé a ningún peatón ni me golpeé de frente contra un taxi. El asunto tuvo menos espectáculo del que merecía; lo que desvaneció aquella fútil ensoñación no fue otra cosa que acordarme de los míos: de mi mujer y de cada uno de mis cuatro hijos. De mis hermanos y cuñados. De mi suegra y demás parentela. De mis amigos. De mis compañeros de trabajo. De los que no están. De mis lectores y de aquellos a los que no les gustan mis libros. Todos ellos fueron responsables de mi caída del caballo, porque son (todos y cada uno) razón para sentirme inmensamente rico. No de dinero, claro. Pero es que la riqueza en monedas y billetes es una circunstancia muy menor, a pesar de que buena parte de la humanidad gaste todas sus potencias en conseguirla. La otra, la mía, la de todos ustedes, es una riqueza mucho más importante y sutil, ya que es la única que asegura el premio de la felicidad. El dinero, sin embargo, muchas veces se convierte en un impedimento para ser feliz, ya que su abundancia tanto como su carencia nos sumen en un hondón de amargura, salvo que alguien nos enseñe a compartirlo (también la carencia de dinero se puede compartir), y a compartir sus frutos. 

Por cierto: no acerté un solo número.

Publicado en EPOCA

on Thursday, June 7, 2012
Cada tarde da comienzo una liturgia.

Vuela un moquero blanco como una paloma del parque de María Luisa que hubiera errado su destino, suenan los clarines y timbales con una música pretérita y se abre, de par en par, el portón del túnel de los miedos. Uno, dos, tres…, tres toreros en el ruedo elíptico de la Real Maestranza de Caballería, en Sevilla por más datos, ohú, hacen brillar los alamares de sus vestidos. Desde fuera, sin conocimientos taurinos, sin antecedentes en el lenguaje, en los signos, en la liturgia, en el arte –porque lo que cabe en una tarde de toros es parte inseparable de nuestra Cultura, con mayúscula– cada tarde de toros es un viaje al siglo XVII en el que un mozo ceñido por una calzona hace bailar a la muerte alrededor de su tripa, olé, o “bieeennn” de letras repetidas, un “bien” alargado que habla con una sola voz y miles de gargantas, la voluntad del público que se estremece o mira indiferente el trastear de los coletas en su función de torear y matar a estoque seis bureles negros, tan negros como el luto que ya nadie lleva.

El toreo es un anacronismo –¡bendito anacronismo!– que no puede comprenderse en los 140 caracteres de un tuit ni en la fotografía tuneada de un perfil de Facebook porque en su ceremonia no existe una sola mentira, que bien lo saben los matadores que llevan cosido el cuerpo a cornadas, y no de plástico y virtualidad precisamente.

No puedo olvidar aquel tiempo en el que se televisaban corridas de toros en directo, retransmisiones que eran fragua de buenos aficionados. El sexto acababa de prender a un jovencísimo  Espartaco, que iba por el callejón con el muslo empapado en sangre, sostenido por los brazos de su cuadrilla, de areneros y monosabios. “¡Que no me pongan inyecciones!”, rogaba el zagal de cabello revuelto, “que a mí me asustan las agujas”.

Miro a  Morante de la Puebla y creo estar viendo a  Séneca. Analizo las fotografías que, hace un par de semanas, ÉPOCA nos ofrecía del Paqurri de Olano y presiento haber vislumbrado el busto en mármol de un centurión, de pupilas azules y penetrantes en las que se adivina la muerte que segó el aliento de quien no conocía el miedo para crear, esto sí que es grave, un negocio de cuervos alrededor de una viuda, de los hijos y demás parentela del torero de Barbate. Así que me doy otra vuelta y me topo con el gesto serio, apenas apuntado, del último Manzanares y creo que Aristóteles se ha vestido de azul y oro para esculpir derechazos y naturales en el albero ocre de Sevilla.

No pretendo defender la Fiesta Nacional; su puesta en escena es la única defensa que cabe. Es la piel de un toro sobre otra piel de toro que consiguió mover los pinceles de Goya, de Picasso y hasta de Sorolla, al que no le gustaban los toros pero retrató para la Spanish Society de Nueva York, la más bella ruptura de un paseíllo a orillas del Guadalquivir. Porque los toros no merecen plazas de lata ni cosos cubiertos que multiplican los ecos helados del cemento. Piden música, pintura, arquitectura popular, danza y escultura en trazos densos, cuajados de material, como los astados de  Benlliure, que vendían caro su último aliento en bronce.

Es imposible acercarse al planeta taurino desde los prejuicios o las reducciones sangrientas. Curro Romero es cultura como lo fue Pepe-Hillo, personaje fundamental de la España goyesca. Antoñete compendió, casi a los 70, la dureza de los zagales que venían a hacerse un hueco en Madrid, corazón de este bóvido mugiente. Y hasta Barcelona le debe a los toros no sólo la monumentalidad neogótica de su plaza sino la tensión de las mejores faenas de un José Tomás que ha venido a recordarnos que –en nuestro país de perezosos– siguen existiendo los héroes, personas que con mayor o menor razón entregan su vida a cambio de una catarsis que aúna pareceres como ni siquiera la política es capaz.

Así lo vio uno de los mejores cronistas del siglo XX, que de  Juan Belmonte –genio de quijada rota– escribió la más bella biografía literaria que haya soñado cualquier literato. Chaves Nogales nos presenta a un Pasmo de Triana sentencioso, divertido, hambriento, pasional, tímido, conquistador, pobre de solemnidad y millonario. Ahí es na’ para quienes se afanan en retratar un pedazo de historia. Tiendo la mano a aquellas personas que recelan del espectáculo de los toros, para conducirles hasta la dehesas en las que se crían los animales más fascinantes de Europa en un equilibrio –tenso, disparatado– que preserva paisajes y ecosistemas. Quisiera llevarles al taller de alguna costurera que, con el ejercicio de sus manos, borda ilusiones en canutillos de oro, plata y azabache. Les acompañaría a la tertulia de un torero viejo, humillado por públicos y tabacos, y al hogar de algún chiquillo que suspira por ese juego de hombría que proyecta, sobre su habitación, el filo de unos pitones que llevan colgada la gloria.

Publicado en la revista ÉPOCA

on Friday, March 30, 2012
Hay gestos que retratan una sociedad, ninguno tan llamativo como la disposición a la hora de arrimar el hombro.

Arde Atenas y mientras unos se preguntan cómo puede justificarse semejante pataleo público ante los ojos de una Europa con los bolsillos comprometidos, en buena parte, por el caos griego, otros jalean a los vándalos y se identifican con sus tropelías como si las piedras, las llamas y los policías heridos fuesen justa respuesta a las pretensiones de Bruselas por cobrar lo que se le debe. En España, aunque no han comenzando las algaradas, los sindicatos apuntan distintas posibilidades de pataleta frente a una reforma laboral impuesta por decreto ante su incapacidad para firmar un acuerdo que contribuya a sacarnos del pozo. Y como los de un bando político adivinan posibles réditos, se apuntan a la verbena a pesar de la huelga de brazos caídos con la que rubricaron sus años de gobierno.

No es malo el ejemplo para describir lo que ocurre cuando el patriotismo es una virtud desconocida para la mayoría, que apenas siente amor por su bandera y recela hasta del suelo en el que ha nacido y que –posiblemente- le comerá los ojos. No hay una ilusión común, no existe un propósito de quemar las naves por el bien de todos. Los funcionarios protestan, los trabajadores protestan, los políticos protestan, los sindicalistas protestan porque tras las reformas sólo aprecian el riesgo de perder alguna parcela de poder, ya que allí donde no hay conciencia de colectividad porque se tergiversa la Historia (que cambia las grandezas y miserias de la Nación por un cuento interesado, provinciano) son imposibles los gestos de grandeza, entre ellos la renuncia a lo que consideramos nuestro.

A los ciudadanos que formamos la clase media nos han subido los impuestos y nos han recortado los servicios. Por si fuera poco, quienes hemos decidido apostar por la familia y traemos hijos al mundo, somos los malditos de una organización administrativa que no prima la magnanimidad ni reconoce el sacrificio. Y sin embargo, estamos callados, con la piel del hombro levantada, atónitos ante el espectáculo de esta España sin norte.

Publicado en la revista ALBA el 17 de febrero de 2012

on Thursday, October 27, 2011
Unas sandalias. De cuero y gastadas por el pisar de unos pies deformes de tanto ir y venir, de tanto acarrear dolor y amor entre los brazos. Unas sandalias que en la sencillez de la huella de sus dedos amorfos, explican la caridad mejor que todos los tratados teológicos juntos. Unas sandalias que dejan en nada los discursos bien sonantes de quienes aprovechan el mal ajeno para hinchar su ego, esos mismos que pretenden dejar al mundo un epitafio ocurrente, una estatua más o menos conseguida, un párrafo en los libros de Historia, una placa en la calle del pueblo o del barrio que les vio nacer. Ella, estoy persuadido, no quiso legarnos otra cosa que su sombra, convencida de que al proyectarse a través de sus hijas reproduciría el perfil amantísimo de Cristo y no el suyo, que era encorvado y pequeño.

Sin proponérselo nos dejó unas sandalias, a las que habían cubierto el polvo de las veredas de los estercoleros del mundo, allí donde no hay primas de riesgo porque cada día es una lucha por sobrevivir. Y hoy esas sandalias se veneran como reliquia, ya que sostuvieron a una santa que, a pesar de su aspecto sarmentoso, fue capaz de sacudir el planeta entero con un mensaje que muchos no conocían y otros habíamos olvidado: no somos un producto trágico del azar sino hijos predilectos de Dios, un Dios que se hizo hombre y murió en un tiempo sin tiempo, pues ese es el lapso del Dios eterno. Así, Madre Teresa encontraba a Jesús agonizante y maltratado en la escoria humana que llenó sus hogares (niños abandonados, leprosos, moribundos, prostitutas, ancianos, transexuales...). Frente a ellos, sin juzgarles, se arrodillaba para limpiarlos y acogerlos con el mismo arrobo que María de Magdala pretendió emplear aquel domingo magno con el cadáver de Cristo. Las manos anudadas de Teresa de Calcuta se convirtieron en los perfumados ungüentos que ambicionaron embalsamar la carne muerta de quien ya había resucitado.

He contemplado esas sandalias en una exposición dedicada en Madrid a la Beata Teresa de Calcuta, con motivo de la JMJ. Y las he venerado con vergüenza por todo lo que tengo, por muchas de mis preocupaciones, por mi ceguera ante las necesidades de los demás, al mismo tiempo que se ha reafirmado mi fe en que Dios no nos deja solos, pues sólo la intervención divina puede explicar la expansión de las Misioneras de la Caridad en tan pocos años, su presencia en todos los agujeros del planeta, el contagio febril de esa “llamada dentro de la llamada”.

Publicado en la revista ALBA el 16 de septiembre de 2011

on Tuesday, October 4, 2011
Quienes tenemos más de treinta años hemos recibido, por norma general, una educación que basculaba entre la confianza y la autoridad. Nuestros padres no perdieron la condición de su rango, con lo que lograron unos hogares en los que al pan se le llamaba pan, en los que no se discutían las órdenes de arriba y en los que las desobediencias venían acompañadas de su correspondiente y reparador castigo. De este modo, cuando nos mandaban a “galeras”, teníamos claro el motivo: no haber querido acabar el plato, presentarnos con un boletín de notas similar al Ibex, habernos excedido en alguna pelea fraternal o haber contestado de malos modos a la mujer que ayudaba en las tareas de la casa. Y con el castigo, muchas veces, el coscorrón y hasta la bofetada, medicina que generaba un encendido sarpullido antes de inocular su efecto placebo.

Hoy las cosas son distintas. Los hijos viven, en general, imponiendo su capricho: ya no heredan ropa ni comparten juguetes; ni siquiera tienen hermanos a quienes marcar el terreno y los aprobados se regalan a fuerza de decreto. De este modo, además de la proliferación de diminutos gadafis que lo quieren todo al grito de “ya”, abunda en los hogares una atmósfera de inseguridad por desconocer los límites de la convivencia o las razones con las que, de Pascuas a Ramos, los padres aducen su descontento por la acumulación de tanta conducta fuera de madre.

Lo experimenté este verano en un pueblo turístico de nuestra geografía. De camino al párking, unos padres echaban a su hija en cara “las malas energías” con las que había vivido aquella jornada de asueto. Malas energías, como si en vez de venas portadoras de sangre tuviésemos cables de cobre por los que circulan sacudidas de alto voltaje. Y claro, la muchacha les observaba perpleja, sin entender por qué los suyos confundían la electricidad con su más que seguro capricho (mamá, quiero que me compres esto; papá, quiero que me compres lo otro; me aburro; me niego a ver un solo monumento más; no estoy dispuesta a quitarme los cascos de música ni en el interior de esa iglesia, llevadme a un parque de atracciones, etc.).

La educación entiende mucho de lenguaje. Ya saben: al sí, sí y al no, no. Pero el lenguaje de las relaciones humanas lo hemos pervertido con conceptos new age que parecen hablar de amperios en vez de pasiones o interacción, y así andan las familias, deseándose energías positivas en vez de darse los buenos días, como si uno tuviese que vivir enchufado a la red, eléctrica se entiende.

Publicado en ALBA el 9 de septiembre de 2011

on Sunday, September 11, 2011
A pesar de que atisbamos su volumen entre las sombras, hay dramas sociales que preferimos ignorar hasta que, de pronto, se yerguen como monstruos en los que bombea la sangre de nuestra indiferencia. Es el caso de la situación cultural española, de la que hoy nos lamentamos porque ha desdibujado la fisonomía moral de nuestro país, que siente desapego por la belleza y desprecio hacia la verdad, únicas razones que justifican cualquier manifestación intelectual y artística.

El catálogo de las editoriales y los podios de los premios literarios están saturados de novelistas descreídos, descorazonados, que sin embargo reciben nuestros laureles porque así lo ha decidido el beneplácito de los muñidores culturales. Lo mismo ocurre con el cine, la pintura, la música y cuantas manifestaciones pretendidamente sublimes saquemos a la palestra. Otro gallo nos cantaría si, en los años de formación de la generación que hoy tiene de cuarenta a sesenta años se hubiese considerado la plástica como fundamento para la formación humana y profesional. A quienes mandaban en aquel momento (en el ámbito familiar, universitario y administrativo) les asustaba que sus hijos, alumnos y ciudadanos ejemplares pudiesen ser abducidos por quimeras bohemias que conducen al desencanto y el hambre.

Durante estas semanas de junio, los alumnos de Bachillerato están decidiendo -a partir de la media de sus calificaciones- el destino que darán a la etapa universitaria. Por desgracia, la mayoría de ellos no pretende satisfacer una llamada vocacional ni la curiosidad del aprendizaje. Sólo, como por osmosis, cumplir un expediente entre bostezo y bostezo. Ni siquiera el miedo a esta crisis, que está enviando al banquillo del desempleo a tantos hombres y mujeres que cambiaron la fascinación de la aventura por la seguridad de un empleo gris, les ayuda a observar el futuro como un libro que invita a caligrafiar algo distinto, fascinante.

Mis hijos aún son pequeños y espero no inmiscuirme jamás si entre sus pulsos palpitara un afán profesional distinto al que yo pueda desearles. En todo caso, me escuchan hablar de aquellas profesiones que, por enamorado de mi país y su difícil devenir, exigen el compromiso de estudiantes de primera fila y no el de renegados a los que no les da el coeficiente mental o la diligencia. Me refiero a las Humanidades. Porque bastaría un buen puñado de filólogos, historiadores, filósofos, maestros, periodistas y artistas de calidad para que España enderezara de nuevo el rumbo e iluminara todos los rincones de la cultura.

Publicado en ALBA el 10 de junio de 2011

on Saturday, May 28, 2011
Los candidatos van y vienen en bicicleta, dispuestos a convencernos de que apenas utilizan los coches oficiales. Sueltan besos a destajo por los mercados, interesándose por el precio del pollo y del pan, como si patearan a diario los lineales del DIA. Prometen un carril bici por aquí. Prometen la reducción de intermediarios entre el agricultor y el ama de casa por allá. Prometen un Valhala como el boticario garantiza la eficacia de un crecepelo. Son políticos y están en campaña, dispuestos a cualquier cosa con tal de no verse en la amarga tesitura de telefonear a los suyos para comunicarles que ha llegado la hora de cerrar el chiringuito después de una vida jugando a prebostes. Por eso sacan en andas al cuerno de la abundancia, como si fuesen cascos azules que regalan víveres por las aldeas del hambre y no representantes de unos ciudadanos que necesitan, más que nunca, unos administradores que se dediquen justamente a eso: a administrar lo que es de todos sin necesidad de recordarnos a cada hora lo buenos que son y lo malo que es el contrario.

La educación aparece siempre entre las promesas de cada campaña. Pero no la calidad del conocimiento o el baremo del esfuerzo, sino lo que reviste al muñeco: aulas con más ordenadores que alumnos y el inglés.

Somos dueños de la segunda lengua más hablada del planeta y la despreciamos. No es que nuestros niños no deban hablar inglés como manejan su lengua materna (por mí, que aprendan urdu y mandarín), sino que apenas conocen los resortes básicos del español, apasionante en su riqueza léxica, en su sintaxis y gramática, vehículo con el que se expandió la civilización y la fe por medio mundo y que emplearon los reyes, santos y villanos que han cincelado la Historia.

Me llama la atención la obsesión por este falso bilingüismo que poco tiene que ver con el correcto empleo de las leyes que rigen los dos idiomas (¡y dale con el inglés!). Los jóvenes han reducido su capacidad de expresión a lo anecdótico, de tal forma que su comunicación verbal y escrita es una suma de generalidades y coletillas en SMS que no resisten el análisis formal de un antiguo estudiante de EGB. Imprecisiones, incorrecciones, coletillas y reducciones son reflejo de la limitación de su imaginario y de la calidad de sus nuevos maestros: futbolistas y vicetiples de programas de televisión. Y en inglés, claro, más de lo mismo: zarandajas con las que no logran comprender que la palabra tiene un origen divino.

Publicado en ALBA, el 13 de mayo de 2011

on Sunday, April 24, 2011
" En realidad, todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos con profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios" .

“¡Son tuyos!”, pronunció Juan Pablo II ante el televisor desde el que siguió los acontecimientos del 11-S. Se refería a los hombres y mujeres atrapados en las Torres Gemelas, a quienes cupo el doloroso destino de morir con crueldad y en directo. Los testigos de aquel momento en el apartamento pontificio, aseguran que al Papa le invadió inmediatamente una gran paz: Cristo sigue siendo el Rey de la Historia y el destino de la humanidad (el tuyo y el mío) no depende de la fatalidad sino de la misericordia infinita de un Dios que está muy cercano porque se deja atrapar en el interior del World Trade Center para caer entre los cascotes y el humo como una víctima más, un Dios que enferma de cáncer para morir tras un largo proceso de sufrimiento, un Dios que se ahoga bajo las olas de un maremoto, un Dios que recibe uno y mil disparos en el frente de una guerra, un Dios que comparte -también en directo- nuestro devenir porque quiso hacerse hombre una vez y siempre, antes de ganarnos la paz infinita.

Quienes le conocieron, aseguran que Juan Pablo II vivía por y para la Providencia. Estaba seguro de que quien “todo lo hizo bien” durante sus treinta y tres años de vida en la tierra sigue haciéndolo, a pesar de que la imagen objetiva del mal nos acoquine. Por eso, en el pontífice polaco no cupo nunca el pesimismo. Incluso se empeñó en hablar de “una nueva primavera de la Iglesia”, de la humanidad aunque su vida estuviera golpeada por el dolor y la pérdida, por la soledad, por las dentelladas del nazismo y del comunismo, por el odio convertido en bala de un atentado que lastró para siempre su salud, por la incomprensión de los bienpensantes. Su confianza en la paternidad divina aumentó a medida que sus fuerzas menguaban, que su cuerpo dejaba de ser autónomo y se le deformaba la voz.

Juan Pablo II encontró en el dolor una fuente de purificación e identificación con Cristo. Mientras pudo, utilizó disciplinas: se fustigaba la espalda en la intimidad de su apartamento, siguiendo una costumbre inveterada de muchos santos y santas. Además, veneraba a los enfermos como si fuesen una fuente de riquezas espirituales, hasta el punto que sus colaboradores tenían que recortar el número de personas sufrientes que acudían a sus actos públicos, para que las ceremonias no se retrasaran y pudiese cumplir sus exigentes jornadas de trabajo.

Somos suyos, hombres y mujeres atrapados en esta maravillosa aventura de vivir.


on Thursday, March 24, 2011
A veces me pregunto cómo es posible que los jóvenes no se rebelen contra la imagen que de ellos ofrecen muchos medios de comunicación. El caso es que su imagen queda siempre por los suelos, ya que ligan a la juventud con todos los registros posibles del desencanto: violencia, alcohol, drogas de diseño, uso irresponsable del sexo y un único y continuado afán por pasárselo bien. Esta pátina hedonista en la que destaca la falta de responsabilidad ha deformado una etapa de la vida por la que han suspirado todos los hombres sabios de la tierra desde la antigüedad hasta nuestros días, convencidos de que es durante la juventud cuando se forjan los auténticos valores que dan sentido al resto de nuestros días.

Hace unas semanas me topé con un viejo misionero que había vuelto a España después de treinta años ininterrumpidos en las selvas de Burundi. Su regreso tenía como propósito encontrar fondos para construir una escuela. “He visitado numerosos colegios e institutos”, me confesaba, “con la nostalgia de cuando yo me sentaba en aquellos mismos pupitres”. Fue el ímpetu de su juventud el que le empujó —después de escuchar el testimonio de otro anciano misionero— a dejarlo todo para jugarse la vida a una carta en el continente africano. “Sin embargo, en esta ocasión no he encontrado un solo chaval que sueñe con hacer de su vida una aventura. Sólo les interesa lo inmediato, lo seguro, su bienestar. A lo máximo que aspiran es a disfrutar del fin de semana, de las vacaciones”, se sinceraba.

El religioso les había relatado, con todo lujo de detalles, su experiencia en primera persona durante el genocidio de los Grandes Lagos, cuando pese al riesgo que corría decidió jugar su destino junto a la población masacrada. “Pensé que les interesaría conocer cómo hemos logrado superar el odio, pero no. La mayoría de los chicos y chicas que me escuchaban estaban pendientes del reloj”.

La juventud es la puerta de entrada a la edad adulta y en ella nos demoramos más o menos tiempo, dependiendo de numerosos factores que adelantan o retrasan el enfrentamiento con una realidad que, muchas veces, tiene poco que ver con el mundo idealizado en el que tanto tiempo estuvimos detenidos. Tal vez por eso, como me recordaba el misionero, en los países pobres la juventud apenas dura unos años mientras que en occidente se extiende durante buena parte de la vida.

La juventud es una catarsis sobre la infancia, porque nos desvela un mundo nuevo y cegador más allá del velo de la inocencia. Los jóvenes descubren una realidad en la que también hay matices oscuros que antes ni siquiera imaginaban. Al mismo tiempo, se saben dueños de una libertad que no es fácil aprender a manejar.

El joven suelta la mano del niño que fue al tiempo que el corazón le reclama ideales que den contenido a su existencia. A la fuerza quiere convertirse en voz de la justicia, en herramienta para la solidaridad, en consejero de sus amigos… Considera que esas metas son las únicas que de verdad merecen la pena. Es entonces cuando busca líderes que las representen. Porque la juventud no deja de ser un periodo de aprendizaje en el que son básicos unos referentes adecuados.

Quizás sea este el problema al que se enfrentó el misionero de Burundi: la mayoría de los jóvenes con los que se encontró carecen de esos referentes, más allá de un jugador de fútbol que se ha convertido rápidamente en millonario o de una estrella del show business que muestra una vida de cartón piedra. A fin de cuentas, la juventud actual se desenvuelve en un periodo incierto: en muchos hogares falta la figura paterna e incluso la materna por la desestructuración familiar y por las dificultades para conciliar trabajo y hogar. Muchos adolescentes llegan del instituto a una casa desierta en la que la única compañía es un televisor que no respeta horarios para menores.

Fenómenos de masas como las dos entregas de “High school musical” demuestran que los jóvenes se entusiasman cuando les presentamos personajes en los que se pueden ver justamente representados. Estas películas para la televisión de la factoría Disney han desbordado los mejores augurios de la multinacional norteamericana, que ha encontrado un filón despreciado por otras cadenas. Llegada la hora de elegir, muchos jóvenes prefieren divertirse con una pandilla en la que reina el espíritu de lucha a la hora de conseguir una meta atractiva (cantar y bailar en la fiesta de fin de curso del instituto), por más que para lograrlo deban superar numerosas dificultades, desde las malas artes de algunos de sus compañeros a la burla de aquellos a quienes les cuesta reconocer un talento singular como el del protagonista, capaz de jugar al baloncesto como el mejor, cantar, bailar y enamorarse de la alumna tímida, recién llegada al high school.

La ventaja de este tipo de películas frente a las series en teoría “diseñadas” para jóvenes, es que los estereotipos no tiran a la baja, es decir, que los líderes a admirar, los referentes, no son muchachos indolentes, mal hablados, desapasionados y conflictivos, sino todo lo contrario, lo que confirma una preocupación ya manifestada en algunos países anglosajones y en la vecina Francia a la hora de recuperar lo que conocemos como “valores tradicionales” en la escuela y la familia.

La educación en el esfuerzo y el respeto, el principio de autoridad, la responsabilidad personal o el regreso a los buenos modales no corresponden a una época pasada, arcaica, superada, sino que son los armazones indispensables para que el joven pueda adquirir seguridad en un mundo desconcertante por la rapidez con la que suceden todo tipo de acontecimientos. Las viejas virtudes de la antigua Grecia —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— siguen vigentes hoy en día. Es más, son los valores sobre los que el joven desea construir su propia vida.

Por Miguel Aranguren, publicado en ÉPOCA en abril 2008.

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