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on Tuesday, October 29, 2013
Vivimos actualmente la crisis más grave que haya conocido la Humanidad. Son los tiempos oscuros del Kali-Yuga, la era tenebrosa que cierra todo un ciclo histórico y cósmico. Estamos ante una sociedad enferma, afectada por una incurable dolencia que se encuentra ya en su fase terminal.

El mundo, y en especial el mundo occidental, se halla hoy sumido en un proceso de hundimiento y decadencia que viene caracterizado por los siguientes rasgos: caos y desorden, anarquía (sobre todo en las mentes y las conciencias), desmadre y desbarajuste total, confusión y desorientación, inmoralidad y corrupción, desintegración y disgregación, descomposición, inestabilidad y desequilibrio (en todos los órdenes: tanto a nivel social como en la vida psicológica individual), ignorancia, ceguera espiritual, materialización y degradación de la vida, descenso del nivel intelectual y eclipse de la inteligencia, estupidez e idiotización generalizadas, demencia colectiva, ascenso de la vulgaridad y la banalidad. Por doquier se observa un fenómeno sísmico de ruina, destrucción, socavación y subversión, en el cual queda arrumbado y corroído todo aquello que da nobleza y dignidad al ser humano, todo cuanto hace la vida digna de ser vivida, mientras irrumpen fuerzas abisales que se recrean y complacen en esa oleada destructiva, amenazándonos con las peores catástrofes que haya podido imaginar la mente humana.

La crisis no es sólo económica, política o social, aunque esto sea lo más evidente a primera vista, lo que más llama la atención y de lo que se habla a todas horas en la prensa, en los telediarios y en las tertulias. La grave crisis que padecemos tiene raíces mucho más profundas de lo que solemos pensar. Es ante todo una crisis espiritual, una crisis humana, con hondas consecuencias intelectuales y morales. Es una crisis del hombre, que se halla desintegrado, angustiado, aplastado, hastiado, cansado de vivir, sin saber adónde ir ni qué hacer.

Es, por otra parte, una crisis que afecta a la existencia en su totalidad, incluso a la existencia natural y cósmica (como lo demuestra la crisis ecológica y la destrucción de la Naturaleza y el medio ambiente). No hay ningún aspecto o dimensión de la vida que escape a esta terrible crisis, a esta ola destructiva y demoledora de todo lo valioso. Todo se ve afectado por el desorden y el caos: la cultura, el arte, la filosofía, la medicina, la enseñanza, la religión, la familia, la misma vida íntima de los seres humanos.

Se pueden distinguir tres aspectos en este proceso de crisis total y ruina generalizada:

1. Ruina y destrucción de la Cultura
2. Ruina y destrucción de la Comunidad
3. Ruina y destrucción de la Persona

Podríamos decir, pues, que nos hallamos ante tres dimensiones de la crisis: una crisis cultural, una crisis social y una crisis personal. Tres formas o dimensiones de la crisis que repercuten de lleno en todos y cada uno de nosotros.

Son éstas tres formas de ruina y destrucción que se hallan íntimamente entrelazadas, no pudiendo analizarse ni solucionarse por separado. No se puede entender ninguna de ellas si no se consideran las otras dos. No se podrá dar respuesta a ninguno de tales procesos de ruina y demolición ni solucionar el mal que conlleva cada uno de ellos si se prescinde de los dos que lo acompañan.

Se trata de tres destrucciones que no son sino tres facetas de una misma y única destrucción: la destrucción de lo espiritual, la destrucción de lo humano. Es el resultado, en suma, de la persistente labor de zapa llevada a cabo por lo que los alemanes llaman der Ungeist, “el anti-espíritu”, “in-espíritu” o “des-espíritu”, esto es, la tendencia hostil a lo espiritual y trascendente, la negatividad operante, corrosiva y subversiva. La potencia más dañina y nefasta que podamos concebir, cuya acción se traduce en un socavamiento de toda espiritualidad y una total desespiritualización de la vida.

1. Ruina de la Cultura

La Cultura, que es todo aquello que eleva y ennoblece la vida del hombre (religión, filosofía, arte, música, poesía y literatura, ética y modales), se ve hoy día aplastada por la Civilización, entendida como el conjunto de las técnicas, los medios y los recursos que permiten a la Humanidad sobrevivir, defenderse de los peligros que la amenazan y mejorar su nivel de vida material (economía, organización política, ejército, burocracia, industria, transportes, medios de comunicación, hospitales, etc.).

La Civilización, que debe estar siempre al servicio de la Cultura, se ha erigido en dueña y señora, convirtiéndose en dominadora absoluta y poniendo a la Cultura a su servicio. Los factores, recursos y criterios civilizatorios, que van ligados a lo material, se han impuesto de modo omnímodo sobre los culturales y espirituales.

Se ha alterado así el orden y la jerarquía normal, con las funestas consecuencias que semejante desorden acarrea. La consecuencia más inmediata es la decadencia y ruina total de la vida cultural, que está en peligro de desaparecer por completo en Occidente ante la asfixiante presión del elemento civilizatorio. La Cultura se ve hoy obligada a mendigar como una pobre cenicienta despreciada y a pedir que le perdonen la vida, no quedándole otro remedio que refugiarse en las catacumbas.

En nuestros días la Cultura se halla amenazada por el avance de tres deplorables fenómenos hoy muy en boga, en alza y auge crecientes: la incultura (la ignorancia pura y simple, la falta de formación y el embrutecimiento desidioso), la subcultura (en la cual la vida cultural queda degradada al nivel de simple diversión, entretenimiento y espectáculo) y, lo que es más peligroso y nefasto de todo, la anticultura (esto es, la antítesis radical de la Cultura, al someter la actividad cultural a los criterios de un individualismo y un relativismo despiadados, con la consiguiente labor corrosiva, demoledora y desconstructora).

La anticultura, que va ligada a la expansión del nihilismo, se orienta frontalmente contra la Cultura, busca suplantar la genuina creación cultural por la producción de engendros ininteligibles y sin valor alguno, cuyo único impulso parece ser el afán de originalidad y el propósito rompedor. La creación cultural pasa a ser concebida como un activismo caótico y arbitrario que no debe ajustarse a normas de ningún tipo, que no debe ponerse metas de calidad y excelencia ni tiene por qué realizar ningún servicio a la comunidad y a los seres humanos. Así surge todo ese páramo demencial del “arte contemporáneo” que es en realidad antiarte, de la “poesía abstracta” que es en realidad antipoesía y de la “música de vanguardia” que es en realidad antimúsica. Igualmente nos encontramos con una antiarquitectura, una antifilosofía, una antieducación, una antimoral o antiética. Y, por supuesto, una antihistoria, o sea, una historia manipulada, falseada, hecha a base de mentiras, embustes y patrañas, así como de una descarada ocultación de los hechos reales que no interesa se conozcan.

Con ello se rompen todos los moldes de lo que durante milenios se había entendido por “cultura”. Y así vemos cómo se va haciendo imposible el surgir de una cultura auténtica, mientras son adulterados de manera desconsiderada e irrespetuosa los bienes culturales recibidos del pasado. Véase, como ejemplo, las representaciones grotescas, ridículas y estrafalarias, de obras clásicas de teatro y óperas de grandes compositores, con el pretexto de actualizarlas y modernizarlas; o también la pretensión de expurgar o corregir antiguas obras literarias y filosóficas, como la Divina Comedia de Dante, para ajustarlas a lo políticamente correcto.

Toda esta oleada anticultural no hace sino poner de relieve la alarmante crisis de valores que sufre el mundo actual. Una crisis de valores que se va agravando a medida que avanzan la incultura, la subcultura y la anticultura, con la irresponsable colaboración activa de intelectuales, artistas, museos, prensa y órganos de comunicación, gobiernos y promotores seudo-culturales, que con sus apoyos y subvenciones a la bazofia anticultural, y poniendo al servicio de la misma, para promocionarla e imponerla, todo su aparato propagandístico, están promoviendo en realidad la destrucción o desconstrucción de la Cultura.

La Cultura es un cosmos de valores. Toda cultura normal y auténtica está basada en los valores supremos de la Verdad, el Bien (o la Bondad) y la Belleza (que lleva asociada, como una derivación lógica y natural, la Justicia). La actividad cultural no tiene otro sentido ni otra misión que servir de cauce para la realización de tales valores, procurando ponerlos al alcance de los seres humanos para así elevar, dignificar y ennoblecer sus vidas.

La Cultura está al servicio de la Humanidad. Toda creación cultural ha de estar inspirada por un hondo sentido de servicio, ha de ser consciente de sus deberes, tanto hacia los principios y normas que deben guiarla como hacia los seres humanos a los que debe servir. Cuando un organismo social está sano y tiene una cultura vigorosa y saludable, va buscando la defensa y realización de lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo justo. Y ello, como el mejor servicio que se pueda hacer a la persona humana, para contribuir a su realización integral.

En el proceso de ruina y decadencia que vivimos en el presente estas verdades elementales se han olvidado por completo, o mejor dicho, se ha decidido relegarlas al trastero de las antiguallas y las cosas inservibles. La Cultura ha dejado de cumplir con su deber y su misión. La pseudocultura imperante piensa que no tiene deber alguno que cumplir, que no tiene por qué servir a nada ni a nadie y, por supuesto, que no hay principio ni norma alguna a la que tenga que someterse. Para los individuos que encarnan y representan la anticultura actual sólo hay derechos: el derecho a expresarse, el derecho a hacer lo que les dé la gana, el derecho a producir cualquier cosa que se les ocurra (por muy dañina, ofensiva o repugnante que pueda ser), el derecho a pisotear todas las normas, todos los principios y todos los valores.

El resultado está a la vista de todos. Puesto que las Cultura es un orden de valores, la ruina y desmoronamiento de la Cultura tiene por fuerza que traducirse en una ruina y desmoronamiento de los valores. Así vemos cómo en la civilización actual va quedando totalmente trastocada, e incluso invertida, la escala normal de los valores. Los verdaderos valores (la nobleza, la fidelidad, la lealtad, el heroísmo, el honor, el sentido del deber y la responsabilidad, la honradez, el decoro, la valentía, etc.), que hacen que la vida adquiera sentido y permiten que los seres humanos vivan una vida libre y feliz, se ven sustituidos por los antivalores o contravalores. La Verdad, el Bien, la Belleza y la Justicia ceden quedan desplazados y arrinconados por la mentira, el mal (y la maldad), la fealdad y la injusticia.

2. Ruina de la Comunidad

El triunfo de la Civilización sobre la Cultura, el ilegítimo predominio de los elementos civilizatorios sobre los culturales y espirituales, lleva consigo la implantación de determinadas formas de vida y articulación social que, por distanciarse del orden normativo y romper los equilibrios naturales, resultan fuertemente lesivas para el normal desarrollo de la vida humana.

La vida decae o desciende desde la plenitud de lo comunitario hasta la existencia problemática y conflictiva de lo societario.

La Comunidad, que es la forma sana y normal de articulación social --con una estructura orgánica y jerárquica, basada en realidades naturales, unida por lazos afectivos y sólidos vínculos, asentada en firmes principios y valores espirituales--, ha quedado hoy día completamente destruida por los efectos disolventes del individualismo, el racionalismo y el materialismo, así como por las tendencias igualitarias y niveladoras que se han ido imponiendo en la sociedad occidental. Ese conjunto de tendencias, corrientes y fenómenos típicos de la era moderna han acabado demoliendo el armazón intelectual, ideal y moral sobre el que se asienta la vida comunitaria.

Como un proceso paralelo al que ha ocasionado el desmoronamiento de la Cultura y su aplastamiento por la Civilización técnica y material, la Comunidad ha ido retrocediendo y dejando el puesto a la Sociedad, entendida como mero conglomerado de intereses, carente de los lazos vivos que caracterizan a la vida comunitaria. Es la sociedad anónima, típica expresión civilizatoria: la sociedad desprincipiada, con estructura inorgánica, basada en abstracciones y unida por relaciones contractuales, tan frágiles como efímeras, cuando no por la fuerza y la coerción de un poder político dotado de un eficaz aparato burocrático y represivo.

El sistema societario tiende a socavar las realidades naturales en las que se apoya la vida humana para reemplazarlas por esquemas de inspiración racionalista, con lo cual la vida social queda empobrecida, desnaturalizada, confusa y seriamente tocada. Bajo este sistema el funcionamiento de la sociedad se halla completamente regido por construcciones, ideas y teorías abstractas, en extremo artificiosas, carentes de base real y natural, como el dinero, los bancos, la economía financiera, la Bolsa de valores, los partidos políticos y las formulaciones ideológicas. Todo queda supeditado y sacrificado a los impulsos, las decisiones y las directrices que emanan de semejante estructura hecha de abstracciones.

No es de extrañar que en el mundo actual, bajo la presión de las tendencias civilizatoria y societaria, las formas comunitarias vayan desapareciendo o atraviesen una grave crisis que las hace verse seriamente amenazadas. Todas ellas experimentan el mismo retroceso, el mismo proceso desintegrador, que parece anunciar su definitiva extinción: desde la familia a la empresa, desde la región a la comunidad nacional, desde la amistad (las relaciones amistosas) a las órdenes religiosas y las comunidades monásticas. Los esquemas societarios se van imponiendo de forma arrolladora en todas partes.

En la Comunidad priman los deberes sobre los derechos. Las personas que la integran (que no son meros individuos ni actúan como tales) dan más importancia a sus deberes que a sus derechos. Saben que los deberes que tienen hacia los demás y hacia la Comunidad en cuanto tal es lo que les permite realizarse como personas. En una civilización individualista, que pone un énfasis excesivo o casi exclusivo en los derechos, los deberes pasan a un segundo plano, si es que no desaparecen por completo. Hoy se habla incluso de “una sociedad sin deber”, considerando tal aberración como una gran conquista social e histórica, la cima de la evolución progresista de la Humanidad.

Si la Comunidad afirma, fomenta y cultiva todo lo que es calidad y cualidad, es decir, los elementos cualitativos de la existencia, que son aquellos que van ligados a los más altos valores, a lo esencial, espiritual y principial (los principios rectores, inspiradores y orientadores de la vida), la Sociedad da primacía absoluta a la cantidad, a los factores cuantitativos, al número y a lo cuantificable, a lo puramente material, a lo que se puede medir y pesar, comprar y vender. El mundo societario es el imperio de la cantidad: lo cuantitativo se impone por doquier. La cantidad y lo cuantitativo desplazan, relegan, asfixian, oprimen e incluso suprimen y eliminan todo lo que signifique calidad, elementos o factores cualitativos. De ahí que en el seno de la existencia societaria adquiera un especial relieve y un acusado protagonismo todo lo relacionado con la economía, con la actividad mercantil y productiva (así como su contrapartida consumidora o consumista).

Se impone y manda de forma absoluta la ley del número: la vida entera queda sometida al criterio numérico y gregario. Los factores que lo deciden todo y sojuzgan hasta el último resquicio vital son la contabilidad, la masa, la multitud, la muchedumbre, los colectivos, las mayorías, la producción masiva, lo descomunal, las macro-estructuras y macro-organizaciones, el gigantismo de construcciones y proyectos (edificios, empresas, estadios deportivos, aviones, buques), los grandes consorcios, las grandes cifras y los datos estadísticos. Al ser el imperio de la cantidad, el mundo societario y civilizatorio lo es también de la multiplicidad y la heterogeneidad, sin que exista ningún factor o principio unificador que armonice y coordine la pluralidad desorganizada y evite la dispersión de lo múltiple.

Si la Comunidad significa unidad, armonía, concordia y cordialidad, la Sociedad genera desunión, división, desarmonía, enfrentamiento y discordia. La Comunidad, al insertarse en el orden natural, al estar animada por el amor, al respetar las leyes de la vida y cultivar los factores cualitativos de la existencia, favorece la unión y la integración de los seres humanos. En la fase societaria, por el contrario, se acentúan las tendencias disolventes, disgregadoras y desintegradoras, se multiplican los conflictos y las tensiones: lucha de clases, enfrentamiento entre partidos y sectas, pugna entre sexos, hostilidad entre generaciones, conflictos raciales y étnicos. Se exalta la agresividad y la competitividad por encima de todo, se proclama la lucha contra la religión llegando incluso a la persecución religiosa. Los choques violentos y las acciones perturbadoras (huelgas, manifestaciones violentas, disturbios, revueltas, algaradas, motines, altercados callejeros, atentados, actos vandálicos, amenazas y agresiones) están a la orden del día.

Al distanciarse del orden natural, el sistema societario introduce fuertes desequilibrios que afectan tanto a la vida colectiva como a la vida íntima de los individuos. Al descuidarse o abandonarse el cultivo de los valores, que únicamente es posible en una auténtica Comunidad y en una verdadera Cultura, la vida social se ve desgarrada por una brutal efervescencia de toda clase de partidismos y sectarismos, de particularismos y separatismos. La existencia de los grupos sociales experimenta agudas conmociones anímicas, hábilmente atizadas por los demagogos y agitadores que proliferan en el clima societario. No hay nada en este clima inhóspito y enrarecido que permanezca estable, sereno, aquietado y en paz.

Únicamente en el sistema societario podría tener lugar el auge de fenómenos como el colectivismo, el capitalismo, el nacionalismo, el politicismo y el totalitarismo. Así, en el campo económico, que tanta importancia adquiere en dicho sistemas, la ruina de la Comunidad acarrea el despotismo del Capital, como mero instrumento de poder material, el cual por la propia lógica de las cosas, como visceral enemigo de la verdadera propiedad, acaba asfixiando y desplazando a la propiedad personal y comunitaria (comunal, gremial, etc.), lo que no hace sino contribuir a proletarizar amplias capas de la población. Algo semejante ocurre con la invasión de la política, que pretende afirmarse como valor supremo en la jerarquía de valores y que, por las tendencias centralistas y absorbentes del sistema societario, se enseñorea de todos los ámbitos de la existencia.

Al quedar privado del clima comunitario, que es el suelo natural sobre el que crece y se desarrolla la vida personal, pues ofrece orientación, apoyo, cobijo y protección, los seres humanos se encuentran desvalidos, alienados, anulados, extraviados, desconcertados, aislados y desorientados. Y como consecuencia, acaban siendo víctimas de fuerzas irracionales, negativas y caóticas, que el sistema societario no logra dirigir, frenar ni controlar, y, peor aún, ni siquiera acierta a entender. Y por supuesto, quedan a merced de los poderes fácticos que gobiernan y dominan la vida social, siendo manipulados y esclavizados mientras sus oídos son acariciados con bellos lemas sobre la libertad y los derechos humanos de que gozan gracias al sistema bajo el que viven.

En la dura jungla humana que es la atmósfera societaria nos vemos cada vez más sometidos a la tiranía de fuerzas, instancias, influencias y potencias anónimas que son radicalmente hostiles a la realidad humana y personal, y sobre las cuales no tenemos ni podemos tener ninguna influencia: la masa, las máquinas y los mecanismos, el dinero, la finanza internacional, los mercados, las ideologías, la propaganda y los medios de adoctrinamiento masivo, los poderes supra-nacionales, la tecnocracia, los potentes resortes de una opresiva estructura civilizatoria, la religión laica mundialista y la dictadura del pensamiento único (con su correspondiente aparato inquisitorial, su cohorte de intelectuales “orgánicos” y su eficacísima policía del pensamiento), la maquinaria burocrática y partitocrática; y, finalmente, como colofón y resumen de tan amplia panoplia, un sistema político-ideológico que trata de invadir y controlar todo, ahormando hasta la última parcela de la existencia.

Este anormal desarrollo, este ambiente inhumano, da lugar a toda clase de enfermedades psicosomáticas, así como al gran problema de las adicciones, que no hacen sino esclavizar más aún a los individuos. La ruina de la Comunidad y la imposición de los fríos esquemas societarios han hecho surgir asimismo esa especie de dolencia social que es la soledad, verdadero flagelo de la moderna civilización individualista. Basta leer el interesante libro de David Riesmans “La muchedumbre solitaria” (The lonely crowd), que contiene una lúcida y aterradora descripción de la sociedad norteamericana.

3. Ruina de la Persona

El ser humano no puede desarrollarse plenamente como persona sin la Cultura y sin la Comunidad. Necesita de ambas para gozar de una vida plena, sana, noble y digna, libre y feliz. He aquí tres conceptos que van inseparablemente unidos: Persona, Comunidad y Cultura. De la misma forma que se hallan ligados entre sí los tres conceptos antagónicos: Individuo, Sociedad (sociedad anónima o fenómeno societario) y Civilización (fenómeno o sistema civilizatorio).

Sin el apoyo, la protección y la savia nutricia que le brindan Cultura y la Comunidad resulta sumamente difícil que pueda darse la vida personal, lo que es tanto como decir la vida auténticamente humana. Quedando huérfano de esas dos fuerzas maternales y formativas, el ser humano está condenado a vivir encerrado en el mundo oprimente y problemático de la individualidad. Pero esta es la situación con la que nos encontramos en el actual clima societario y civilizatorio.

En la civilización materialista, anticomunitaria y anticultural, en la que vivimos nos encontramos con una auténtica ofensiva antipersonal: un ataque despiadado a todo lo que suponga vida personal, intimidad e interioridad, propia identidad, personalidad, carácter, autonomía y poder de decisión de la persona, ley y vocación propias (svadharma), dignidad y libertad interior del ser humano, relaciones interpersonales. La persona y el mundo de lo personal aparecen como el enemigo a abatir. Un escollo y obstáculo para la consolidación de lo que Hilaire Belloc llamaba “el Estado servil”; o sea, un escollo insalvable para la instauración de un régimen de general expropiación, de servidumbre y esclavitud.

El clima civilizatorio y societario es no sólo el reino de la cantidad; es también el reino del anonimato. Todo tiende a anonimizarse, si se me permite esta expresión; es decir, a perder fisonomía y perfiles personales. Avanzan y se imponen de modo tan implacable como imparable los procesos de despersonalización, masificación y gregarismo, proletarización (que se ve acentuada por la destrucción de la clase media que está ocasionando la actual crisis económica), deshumanización de las formas de vida y de las relaciones sociales, asfixia e incluso desaparición de la vida íntima, cosificación o reificación de los seres humanos, banalización y anulación de las personas, que son tratadas como cosas, que quedan convertidas en máquinas, en simples números o entes atomizados. Todo ello va, por supuesto, estrechamente ligado a la degradación de la Cultura y al avance de los procesos anticulturales y anticomunitarios de los que antes hemos hablado.

El mundo actual es un campo minado para lo personal y espiritual, sembrado de infinidad de auténticas minas antipersona (algunas manifiestas y bien visibles, otras muchas ocultas y no fáciles de detectar o localizar). Al sistema societario y a los poderes que lo controlan les interesan individuos sin personalidad, débiles de carácter, sin convicciones y sin vocación, sin raíces, sin una clara conciencia de la propia identidad y con una vida personal inconsistente, estúpidos, abúlicos y desmemoriados, pues son los que más fácilmente pueden ser manipulados y sometidos.

En lugar de la Persona, que es el ser humano guiado por unos firmes principios, comprometido en la conquista de valores y la realización de una misión vital, movido por una profunda vocación, con una actitud responsable y un alto sentido de servicio, se impone el individuo, el ser humano como entidad numérica, átomo social, un simple miembro del rebaño o de la horda, sin normas ni principios, desarraigado y sin vínculos, guiado por simples consideraciones egoístas o egocéntricas: hace lo que le da la gana, no tiene en cuenta más que su propia opinión y sus propios intereses.

Como apunta Denis de Rougemont, el individuo, que el Liberalismo ha erigido en ídolo, es “el hombre aislado, un hombre sin destino, un hombre sin vocación ni razón de ser, un hombre al cual el mundo no exige nada”. Y en la misma línea se expresa Emmanuel Mounier, para quien el individuo está en los antípodas de la Persona; pues “individualidad” significa dispersión y avaricia, afán de poseer y acumular, evasión y cerrazón, “multiplicidad desordenada e impersonal”. El individuo, por lo que a mi propio ser se refiere --añade Mounier--, es “la disolución de mi Persona en la materia”: objetos, fuerzas, actividades, influencias entre las que me muevo. Lo individual no es más que “una fragmentación de lo anónimo”.

La Comunidad va inseparablemente unida a la Persona, a la idea de Personalidad, entendida como el más alto ser y la esencia misma del sujeto humano. Personalidad y Comunidad son los dos polos en torno a los cuales se articula la vida humana cuando está en plena forma, cuando goza de salud y se halla en un estado de normalidad. La Sociedad, en cambio, tiene como contrapartida al individuo, en cuanto sujeto indiferenciado y anónimo, con una existencia pre-personal o sub-personal, cuya actividad vital tiende incluso a orientarse contra la vida personal y contra todo aquello que la hace posible. Mundo individual y mundo societario, individualidad y sociedad, se exigen recíprocamente, de la misma forma que se exigen y complementan entre sí Personalidad y Comunidad.

Esto es lo que nos encontramos en el mundo actual, la ley suprema que lo rige y que inspira la mentalidad del hombre de nuestros días. Es el imperio del individualismo, que lo corroe todo al proclamar que no hay nada por encima de la razón y la voluntad individuales, y que el valor supremo son los sacrosantos derechos del individuo (reales o ficticios), la libertad individual (que cada cual pueda hacer lo que se le antoje) y el libre juego de los intereses individuales.

Ni que decir tiene que el colectivismo, en sus más diversas formas (ya sea socialista, comunista, anarquista, feminista, ecologista, nacionalista, racista o de cualquier otro tipo) no es sino una derivación de semejante tendencia individualista, pues en su centro se halla siempre la divinización del individuo, aun cuando se trate del macro-individuo colectivo. Este radical y corrosivo individualismo, sea cual sea la modalidad que presente, es el que está llevando al abismo a Europa y al Occidente.

Construcción de la Persona

Cualquier intento de superar la decadencia actual y dar respuesta a la terrible crisis que sufrimos ha de iniciarse en el ámbito de la vida personal.

Aquí está la clave de todo. La construcción o regeneración de la Comunidad y de la Cultura debe empezar por la construcción del hombre, la edificación de la Persona. No será posible avanzar en la empresa regeneradora o revolucionaria constructiva y positiva mientras no se hay emprendido esta labor, ardua y exigente, pero al mismo apasionante, la más fascinante que pueda imaginarse.

La superación del actual desorden requiere, como primer paso, como condición imprescindible y sine qua non, la superación del desorden interno (e incluso externo) que cada cual porta en su propio vivir personal (que más bien es anti-personal o des-personal, pues resulta gravemente despersonalizante). Lo prioritario es la edificación y renovación de nuestra propia persona, la formación y articulación de nuestro propio mundo personal. Una tarea que hay que tomarse muy en serio y que nos afecta a todos sin excepción. En este sentido, constituye un imperativo de la mayor altura y relevancia el formarse, el cultivarse, el darse una buena y sólida cultura, el trabajarse de forma metódica y con una estricta disciplina.

Cobra aquí una importancia capital la Cultura como camino para la forja de la persona, como vía para la formación de un ser humano integral, como conjunto de medios que permite formar hombres y mujeres íntegros, cabales, dueños de sí mismos, capaces de afrontar su vida y su destino con dignidad, libertad y nobleza. Capaces asimismo de forjar un mundo mejor, por su sentido del deber, del honor y de la responsabilidad.

Pero la Cultura únicamente puede ejercer de forma plena y eficaz esa función formadora o edificadora de la Persona cuando es concebida de manera integral, holística y completa, como un todo que abarca al ser humano en su totalidad, en cuanto ser compuesto de cuerpo, alma y espíritu. No se puede desconocer ninguna de estas tres dimensiones del ser humano si queremos lograr nuestro pleno desarrollo personal, consiguiendo la unidad y la armonía en nuestra propia vida. La Cultura nos ayudará a dar unidad a esas dimensiones que conforman nuestro ser.

El trabajarnos y cultivarnos debería ser nuestra primera preocupación, pues ahí están los cimientos sobre los que luego construir un proyecto serio, digno de ser tenido en cuenta y que pueda verse coronado por el éxito.

Para poder arreglar los problemas de la sociedad, primero tendremos que haber arreglado nuestros propios problemas personales. Para hacer algo digno y valioso hay que empezar por poner orden en el propio caos y desequilibrio personal, superar la propia incultura y poner fin a la anarquía mental, intelectual y anímica (temperamental, emotiva, sentimental, instintiva) en que solemos estar instalados, generalmente con una considerable dosis de satisfacción y autocomplacencia (encantados de habernos conocido y creyéndonos superiores a los demás, considerándonos poco menos que la élite del futuro).

¿Qué vamos a poder construir, realizar o conquistar en el plano político o social si somos unos ignorantes, si tenemos graves problemas psicológicos, si padecemos una total falta de madurez y de solidez interna? ¿Qué podremos dominar o liderar, si nos dominan nuestras emociones, si somos esclavos de nuestros estados de ánimo y de nuestras pulsiones más elementales?

La falta de una adecuada formación, la carencia de esa formación integral a la que hemos aludido, es fuente de problemas de toda índole. Sobre todo de problemas y males que arrancan de la mente, que afectan al alma o psique individual, y que desgarran desde dentro al individuo, produciendo fatales secuelas que luego no pueden menos de proyectarse al entorno en el que uno se mueve. Aquí está el núcleo del problema con el que tantas veces nos topamos, la causa o raíz de tantos fracasos, de tantos abandonos, de tantas decepciones y de tantos conflictos.

Lo que falla siempre, en el fondo, es la persona, el individuo, el sujeto concreto. Y falla precisamente por no haberse hecho auténtica persona, por haber quedado en cuasi-persona, en persona fallida, en persona sin hacer o a medio hacer.

Quien adolece de falta de formación o cultivo personal, quien no se halla suficientemente formado o cultivado, no estará en modo alguno preparado para afrontar los difíciles retos que plantea un momento histórico sumamente crítico como este que actualmente atravesamos y, por ello, difícilmente podrá ser un elemento valioso en ninguna empresa de reconstrucción que requiera un especial empeño combativo. Una era tan problemática como esta del Kali-Yuga en que nos encontramos --y además en su fase álgida, más destructiva-- nos somete a tremendas tensiones, nos expone a grandes peligros y tentaciones, y nos obliga por tanto a un mayor esfuerzo formativo.

Si hablamos, por ejemplo, de reconstruir la Comunidad, hay que partir de una verdad incontestable: la verdadera Comunidad empieza por uno mismo. Si queremos avanzar hacia el ideal de la realidad comunitaria, tendremos que comenzar por construir nuestra propia realidad personal. No será posible construir nada mientas nuestra propia vida íntima esté desintegrada, empobrecida, sin cultivar y sin formar, vacía de valores y de contenido. Como decía Emanuel Mounier, es “imposible llegar a la Comunidad esquivando a la Persona, asentar la Comunidad sobre otra cosa que personas sólidamente constituidas”.

La Persona viene a ser una comunidad en pequeño, una micro-comunidad, de la misma forma que es un micro-cosmos. Debe estar articulada internamente como una auténtica comunidad: constituyendo un todo orgánico y jerárquico, guiado por sólidos principios y asentada en altos valores éticos, con unidad y armonía entre todas sus partes. Pero todo esto es inviable, completamente irrealizable, sin una paciente y profunda labor cultural, formativa y educadora (auto-educadora). Ya Platón nos enseñó que el hombre es un Estado, una República o una Polis, en escala reducida, que después ha de proyectar su propia constitución comunitaria personal al Todo que configura la comunidad política.

Si las cosas están hoy día muy mal, si discurren por cauces tan preocupantes y funestos, es en gran parte debido a nuestras propias deficiencias, a nuestros errores y defectos personales. Por nuestra incapacidad y nuestra deficiente cualificación, somos responsables de lo que está pasando y de lo que va a pasar. Si nuestra sociedad se desintegra, si España, Europa y el mundo llevan la marcha que llevan, es porque no hemos sabido maniobrar como es debido para contrarrestar tal evolución. Y si no hemos sabido hacerlo, si no hemos acertado a realizar la acción o actividad que serían necesarias, es porque nuestro estilo vital, nuestra manera de ser, de actuar y de comportarnos dejan mucho que desear.

Urge tomar conciencia de tal realidad y obrar en consecuencia, con el máximo rigor, con valentía y decisión. Hay que corregir todo cuanto tenga que ser corregido y aprender cuanto haya de ser aprendido. Tenemos que emprender la indispensable labor cultural, educativa y formativa de nosotros mismos si queremos tener un legítimo protagonismo en las vicisitudes de nuestra época, dar una respuesta adecuada a los problemas de la sociedad en que vivimos y cumplir con nuestro deber en el momento histórico presente.


on Wednesday, November 21, 2012

Si hay un rasgo que define a la mentalidad moderna, este es el del rechazo o huída de la muerte. Es un negarse a aceptar la idea de la muerte, un no saber cómo encararla y un no entender su significado, que lleva a procurar no pensar en ella. Hay un miedo visceral a morir, pues se considera que la muerte supone el fin del ser humano, que con ella todo se acaba y que no hay nada detrás de su triste y tétrica sombra.

El hombre moderno, inmerso en una civilización materialista, no puede soportar la idea de que tiene que morir, de que su vida es perecedera, y se buscan toda clase de subterfugios para evadir el tremendo problema que supone el hecho de que la vida haya de llegar un día a su fin. Es significativo que en muchos de los países más “avanzados”, que gozan de mayor progreso y bienestar económico, se considera de mala educación hablar de la muerte. Se huye de ella y se evita hasta su recuerdo, asumiendo la postura del avestruz, que esconde la cabeza para no ver el peligro que se avecina.

Hay en nuestra época una auténtica huida de la muerte, que no es sino una manifestación de la huida de Dios. Se da la espalda a la Realidad divina, al mundo de lo sagrado y eterno, y como consecuencia no se puede dar una respuesta al tremendo interrogante, dramático y definitivo, que la muerte plantea.

No hay nada, sin embargo, más importante en la vida del hombre que la muerte. Es el instante en que la vida termina, la conclusión natural de la existencia terrena, el destino inevitable de todo ser humano. Es también, y precisamente por ello, el momento decisivo, ante el que no valen argucias ni subterfugios; la hora de la verdad que da su verdadero valor a todas las cosas, en la que ya no hay marcha atrás y en la que cada cual habrá de verse ante su propia verdad, teniendo que dar cuenta de cómo ha vivido, responder de lo que ha hecho con su vida. Por todo ello, la muerte constituye el problema capital de la vida humana, aquel ante el cual todos los demás problemas se desvanecen.

Todos hemos de morir. Nadie puede escapar a la muerte; no podemos evitarla ni conseguir que alguien la experimente por nosotros. Esto es lo único de que podemos estar seguros: que un día nos llegará nuestra hora y nada ni nadie podrá impedirlo. Y cuando esa hora llegue, tendremos que afrontarla a solas, armados únicamente del bagaje espiritual de que hayamos sabido hacer acopio  a lo largo de nuestra jornada vital. De nada nos servirá, cuando nos llegue nuestra hora, todo lo que el mundo nos pueda dar o lo que hayamos acumulado mediante una actividad frenética (bienes, riquezas, fama, honores, cultura, poder). Lo único que tendrá valor es lo que seamos y lo que hayamos hecho de bueno y recto a lo largo de nuestra vida.

Precisamente porque es su término, su desenlace final, el valor y densidad de una  vida dependerá de cómo se integre en ella la muerte. La vida de alguien que se niega a morir, que rechaza la idea de la muerte, no podrá estar correctamente enfocada ni planteada. Cuanto mejor orientada esté nuestra vida, menos nos preocupará perderla. Quien ha vivido bien, con altura y rectitud, con la dignidad y nobleza propias de un ser humano, no teme morir.

“El morir es uno de los deberes de la vida”, afirma Séneca, quien nos exhorta cumplir con presteza y buen ánimo tan importante deber, ya que “la vida, si carece del valor para morir, se convierte en una auténtica esclavitud”. Y llamando la atención sobre cuál es la manera correcta de encarar el problema de la muerte, el filósofo hispano-romano proclama con genial clarividencia: “no importa morir pronto o tarde; morir bien o mal es lo que importa”.

La muerte no se opone a la vida, es parte de ella. Muerte y vida se condicionan de manera recíproca: la una no puede existir sin la otra. “Nuestra vida y nuestra muerte –nos dice el maestro zen Shunryu Suzuki- son la misma cosa. Cuando nos percatamos de esta realidad, ya no tenemos miedo de la muerte, ni ninguna dificultad en nuestra vida”. El morir, como suelen decir los orientales, no se contrapone al vivir sino al nacer. “Nacer es entrar, morir es salir”, dice Lao-Tse con su escueto y críptico verbo, dando expresión a esta concepción clave del pensamiento oriental.

Es tal el nexo que une vida y muerte, que la luz que acertemos a proyectar sobre una determinará la luz que la otra reciba. Nuestra vida tendrá sentido en la medida en que seamos capaces de descubrir el sentido de nuestra muerte. Únicamente podré llenar de significación y sustancia mi vivir si soy capaz de dar significado a mi propio fallecer y morir. Saint-Exupéry supo expresarlo con palabras certeras: “Quien da un sentido a la vida, da un sentido a la muerte. ¡La muerte es tan dulce cuando está en el orden de las cosas!”. El hecho de que tenemos que morir es, según muchos poetas y filósofos del Oriente, lo que da grandeza, belleza y poesía a la vida humana. Opinión en la que coincide el pensador italiano Arturo Graf: se non fosse la morte, quasi non sarebbe poesia nella vita.

Puesto que la muerte es el horizonte ineludible de la vida, para descubrir el valor de la vida es necesario afrontar con valor la muerte. Quien acepta su propia muerte, sabrá aceptar también la vida con todas sus pruebas, contratiempos y sinsabores. Sólo se sabe vivir cuando se sabe morir. Por eso se vive hoy tan mal; por eso es la vida tan triste y angustiada, tan gris y monótona, tan falsa y superficial. Vivimos apegados a cosas sin valor auténtico, hundidos en lo material, preocupados por nimiedades y asuntos intrascendentes; por eso, cuando nos sorprenda la muerte, no estaremos preparados para afrontarla y nos pillará con las manos vacías; la afrontaremos con dolor y  temor.

“Oficio es el bien morir que conviene aprender toda la vida”, sentencia Fray Luis de Granada. Y sabido es que para Platón la filosofía, que él ve ante todo como una escuela de vida, se perfila como una “meditación sobre la muerte” y un “arte para aprender a morir”.

No hay mejor escuela para el bien vivir que la del bien morir, y viceversa. Únicamente quien bien ha vivido, quien ha sabido llenarla con buenas obras, podrá encontrar una buena muerte. De la misma forma que una buena muerte viene a ser la consumación y el broche de oro de una vida lograda. Un bel morir tutta la vita onora”, dice Petrarca. Es lo que demuestra de una manera ya indiscutible e imborrable, que la vida de la persona en cuestión fue bien aprovechada, vivida como es debido, a fondo y de forma fructífera, con rectitud y plenitud.

He aquí, pues, algunos de los tesoros de los que se ve privada una civilización que pretenda ignorar la muerte o darle la espalda. “¡Ay de la época que no comprenda ya el don de la muerte!” exclamaba Lacordaire, en clara referencia a la situación imperante en su siglo y que no ha hecho sino agravarse en nuestro tiempo.

Como primera exigencia para una vida sabia y rectamente vivida se impone la aceptación de la muerte: la muerte de mis seres queridos y mi propia muerte. Difícilmente podré gozar plenamente de mi vida si no respondo con un sí radical a ese hecho tremendo e irreversible que se cierne sobre ella como una amenaza cierta. Mi vida será inauténtica y quedará falseada, truncada, herida de muerte, si no me oriento hacia ese horizonte último y me preparo para ir a su encuentro.

Para vencer el miedo a morir que es natural en todo ser vivo y para verme libre del poder destructor y anulador de la muerte, de su acción anti-vida, tengo que empezar por reconciliarme con ella y aceptarla con todas sus consecuencias. Aceptarla ya, de antemano, antes de que ocurra. Es decir, pre-verla o verla con antelación, asumiéndola y afirmándola desde este mismo momento. Sólo si la acepto, podré comprender su significado y su sentido en la economía global de mi propio existir. Cuanto más la acepte, mejor la comprenderé. Y cuanto mejor la comprenda, más fácil me resultará aceptarla.

No adelanto nada con rebelarme contra el hecho de que tengo que morir, ni tampoco me sirve de nada el tratar de olvidar ese sino ineludible que pende sobre mí. Son éstas posturas muy poco inteligentes que me cierran la posibilidad de conectar con las fuentes de la vida y que sólo pueden hundirme en la angustia y la desesperación.

Sé que tengo que morir. Si lo acepto, si veo mi muerte como la meta o la cima de mi camino en este mundo, como el cumplimiento de mi misión terrena, mi muerte será la gozosa culminación de una gran empresa; podré vivir mi propio fallecimiento como una victoria. La muerte, como observa Michele Federico Sciacca, deja entonces de ser mirada como fatalidad, para ser vivida como destino. Se me aparecerá como el sello de mi vocación, su otra cara: la llamada de la Voz divina que me llamó a realizar una tarea heroica y que ahora me llama indicándome que ya está cumplida.

Por el contrario, si no acepto la idea de tener que fallecer, me hundo en el absurdo, en el sin-sentido. Carente de sentido, mi vida se volverá ininteligible, se convertirá en una tortura, en insoportable pesadilla, en delirio desgarrador, y acabará en una total derrota. Quien quiere evitar lo inevitable no hace sino acumular sobre sí más dolor. Se sume en el peor y más ilógico de los sufrimientos, que es el sufrimiento por el sufrimiento, el sufrir porque se sufre (rumiar el propio dolor y recrearse en él). El evitar el pensamiento de que uno tendrá algún día que abandonar este mundo y todo lo que en él tiene, hace aún más dolorosa esa pérdida y hace que se frustre el proyecto de vida que se intenta edificar sobre base tan inconsistente.

Jorge Manrique expresó en versos inigualables esta convicción, tan genuinamente cristiana y tan hondamente arraigada en el alma española:

Consiento en mi morir
con voluntad placentera
clara y pura, 
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera, 
es locura.

En el Zen se habla expresamente de “abrazar la muerte”. Es la íntima fusión de la vida con la muerte, unidas ambas en un todo indisociable, lo que, según el maestro Taisen Deshimaru, da al Zen su peculiar energía y vitalidad. La misma meditación en postura sedente, o za-zen, en la cual el individuo se sumerge en la profundidad del propio ser, ha de ser realizada, como enseña el citado roshi, actualizando la propia muerte o asumiendo la misma actitud que si uno estuviera muerto: “cuando haces za-zen entras en tu ataúd”; “el satori total está en nuestro féretro” (aclaremos que el satori es la experiencia suprema de la Iluminación o Liberación espiritual). Deshimaru no deja de resaltar que de tal hermanamiento entre vida y muerte brotan “un espíritu despierto y una gran fuerza física y moral en la vida cotidiana”.

Muy esclarecedora es la visión que nos ofrece la tradición hindú, donde nos encontramos con la figura de Kali, la negra diosa de la muerte, de apariencia tan tétrica y horripilante, a quien se representa blandiendo armas mortíferas y engalanada con un collar de calaveras. Pero, como enseña Ramakrishna, sólo para aquél que le da la espalda y trata de negar su poder se presenta Kali bajo un aspecto terrible y sanguinario; para quien la mira con devoción y acepta su poder, se revela como Madre amante, liberadora, dispensadora de toda clase de gracias y portadora de una dicha infinita.

La sabiduría hindú da a la muerte, personificada en el dios Yama, el título de Dharma-raja, “Rey del Dharma”, entendiéndose tal expresión como equivalente de “Rey servicial” o “Rey cumplidor”, pues es el poder que guarda la ley y vigila el cumplimiento del deber. Por su parte, Swami Sivananda, refiriéndose a la disciplina del Yoga, nos dice que éste tiene como propósito fundamental “ir al encuentro de la muerte con alegría y sin temor”.

Si sabemos mirarla con mirada limpia, veremos que la muerte no es una enemiga, sino una amiga, una fiel compañera que nos libera y nos abre la vía hacia la Luz. Como pone de relieve el japonés Kaiten Nukariya en una interesante obra en la que estudia el impacto de la doctrina Zen sobre el alma nipona, la muerte es un don para el hombre: “es una de las bendiciones por las que tenemos que estar agradecidos”. En la misma idea insistía Séneca cuando indicaba que la muerte no es escollo, como solemos pensar, sino puerto, lugar de paz y descanso. Y así lo asevera también Lao-Tse, para quien el morir significa “entrar en el descanso y la paz”. Mientras que el hombre vulgar, nos dice Lie-Tse, otro de los grandes místicos taoístas, no hace más que hablar de los placeres de la vida y “las angustias de la muerte”, al sabio no se le escapa que la vida es amarga y que “la muerte es el descanso”.

En todas las tradiciones se recomienda la meditación sobre la muerte como medio para prepararse a ir a su encuentro. El tenerla siempre presente, recordarla sin cesar, el pensar en ella con frecuencia, el anticiparla con la imaginación se considera el mejor procedimiento para vencerla y reconciliarse con ella.

“La continua y frecuente memoria de la muerte mucho ayuda para no temerla”, decía San Francisco de Borja. Y explicaba su afirmación argumentando que, así como las flechas menos peligrosas y las que menos hieren son las que se ven venir, del mismo modo poco podrán herir las flechas de la muerte a quien la observa viendo por dónde, cuándo y cómo pueden venir. Fenelón, el célebre arzobispo de Cambrai, sostiene que “la muerte sólo será triste para los que no hayan pensado en ella”. Y en la misma idea coincide el poeta y pensador italiano Arturo Graf cuando afirma: “nada tiene que temer el hombre que habitualmente piensa en la muerte” (Nulla è da temere da uomo che pensi abitualmente alla morte).

La meditación sobre la propia muerte, sobre el propio cadáver o la propia tumba es una práctica hondamente arraigada en el Budismo desde los primeros tiempos. Y también en el Bushido, la vía espiritual de los samurais, la casta guerrera del Imperio del Sol Naciente, aparece el recuerdo de la muerte como una forma de alta ascesis, pues sólo así es posible la vida heroica asentada sobre el principio del honor. En una de las obras clásicas del Bushido se declara de forma tajante que el guerrero o bushi debe estar dispuesto a morir en cualquier momento, para lo cual es necesario que “la idea de la muerte esté impresa en la mente cada mañana y cada tarde”. El gran guerrero Kusunoki Masashige recomendaba a su hijo: “ten siempre la idea de la muerte presente en el ánimo”.

“Es bueno –sentencia el místico siux Alce Negro- tener ante nosotros un recordatorio de la muerte, pues nos ayuda a entender la impermanencia de la vida sobre esta tierra, y esta comprensión nos puede ayudar a preparar nuestra propia muerte”. Y recogiendo la inmensa sabiduría de aquellos pueblos nómadas de las praderas americanas, el mismo Alce Negro añade que el hombre que está bien preparado para la muerte es “el que sabe que él no es nada comparado con Wakan-Tanka, que lo es todo”. (Recordemos que Wakan-Tanka es uno de los nombres que los pieles rojas dan a Dios, “el Gran-Espíritu” o “Padre de lo alto”).

No se trata de regodearse morbosamente con la idea de que uno tiene que morir ni de cultivar actitudes negras o pesimistas, dando un tono fúnebre a la vida. Se trata simplemente de contemplar las cosas tal como son, de ver con objetividad, serenidad y realismo la realidad de la propia naturaleza mortal. Lo que se pide es simplemente mirar cara a cara a la muerte. Considerar el hecho del propio fallecimiento con claridad y valentía, pero también con ecuanimidad y serenidad, con lúcido y sobrio desapasionamiento, sin dramatismos ni arrebatos sentimentales de ninguna clase. En vez de quejarme, de entristecerme o lamentar la suerte aciaga que me espera, procurar comprender qué significa la muerte, penetrar el misterio que encierra, reflexionar sobre cómo puedo prepararme para afrontarla dignamente, qué he de hacer y cómo he de vivir para que cuando me llegue la hora postrera no lamente haber vivido ni tener que morir.

Vivimos y actuamos por lo general como si nuestra vida fuera a durar indefinidamente. Nos imaginamos la muerte como un suceso futuro, muy lejano, quizá por supuesto posible pero hoy por hoy poco probable, que de momento no nos afecta y que no tiene por qué preocuparnos. Estamos convencidos de tener a nuestra disposición toda una vida por delante, al menos 30 o 40 años, como algo seguro y casi estadísticamente garantizado.

Enfoque erróneo y poco realista, pues la muerte va inserta en el decurso mismo de la existencia. No es algo que vaya a ocurrir en un futuro más o menos lejano, diferido a un mañana que apenas se vislumbra. Está presente ya aquí y ahora, en este mismo momento actual que me parece tan vivo, tan real, tan ajeno a la muerte, tan rebosante de pujanza y vitalidad.

En realidad, no es que muramos en una determinada fecha y hora, sino que continuamente estamos muriendo. Se podría decir que cada día morimos un poco. Vivir es morir. Nuestra vida entera es un paulatino perecer y agotarse. De ahí que se pueda afirmar, con San Agustín, que “el hombre es más bien un muriente que un viviente”. Nacer es empezar a morir; crecer y adentrarse en la vida es seguir muriendo día tras día. Y todos estamos sometidos a tan fatal proceso, seamos o no conscientes de ello. Lo que ocurre es que unos morimos lentamente, mientras otros lo hacemos de forma más acelerada; unos, dándose cuenta, y otros, sin percatarse de ello, ignorándolo o sin querer saberlo.

Tal verdad se nos hace patente cuando de repente nos llega la noticia de que algún pariente, amigo o conocido ha muerto repentinamente o de que va a morir pronto, quizá en la flor de la juventud. Aunque enseguida olvidamos esta advertencia y no tardamos en volver a nuestros hábitos de inconsciencia, ligereza, irresponsabilidad e inmadurez. Pensamos que eso no nos va a pasar a nosotros. Preferimos pensar en otras cosas.

Si de repente me enterara de que me quedan tan sólo unas semanas o unos meses de vida, ¡cómo cambiaría mi manera de ver las cosas, todas las cosas! ¡qué de cosas pasarían a segundo plano y cuántas otras, que tenía relegadas u olvidadas, pondría en primera línea de mi atención! ¡con que intensidad saborearía cada hora, cada minuto, cada segundo que se me ofreciera! Llegaría con toda probabilidad a la conclusión de que no tengo tiempo que perder, que debo aprovechar hasta el último aliento para hacer todo el bien que pueda. Procuraría cumplir escrupulosamente con mi deber, hacer con el máximo cuidado todo cuanto tenga que hacer. Y me esforzaría también por dejar a los míos el mejor legado posible y también el mejor recuerdo.

Pues bien, esta es ni más ni menos la situación real en que todos nos hallamos si miramos las cosas con mirada objetiva y realista, tal como son. Todos tenemos los días contados. A cada uno de nosotros le quedan tan sólo unos cuantos meses de vida, sean pocos o muchos.

Por muy sólidas que parezcan mi salud y mi energía vital, quizá un día de estos se me diagnostique una enfermedad mortal o sufra un accidente que ponga fin a mi vida. ¿Podré encontrar mejor manera de emplear la poca vida que me queda que entregarme a la realización de la misión que la Providencia me asignó y tratar de arreglar mis cuentas conmigo mismo, con mi prójimo y con Dios? ¿No me dedicaré a prepararme para el momento decisivo? ¿No enfocaré mi vida hacia la Realidad suprema que me sustenta y me llama? ¿No la pondré a su servicio con total entrega?

Sabiendo que tu vida puede concluir en breve, empieza a esforzarte desde ahora mismo; cambia en ella todo lo que en ella haya de ser cambiado y proyéctala con sensatez y cordura, asentándola en lo imperecedero y lanzándola hacia lo que está más allá de la muerte, la Vida perdurable. Haz lo que esté en tu mano por dejar el mundo mejor de lo que lo encontraste; es decir, por aumentar en él la verdad, el bien, la belleza y la justicia. Procura legar una obra bien hecha, en el campo que sea, en aquel terreno que te corresponda y se ajuste a tu vocación y destino. Obra de tal suerte que por donde hayas pasado quede una estela luminosa.

Y cuando hablo de “obra bien hecha”, me refiero también, por supuesto, a esa obra que eres tú mismo. Trabaja sobre todo en la mejora, afinamiento y edificación de tu propia persona; pues sólo así podrá salir de tus manos una obra digna, ya que todo lo que hagas dependerá de lo que eres, y lo que hayas llegado a ser, gracias a tu buena acción o tu buena vida, es lo único que te podrás llevar contigo.

He aquí la actitud que habría que adoptar en la vida diaria. Deberíamos vivir el día de hoy como si fuera el último de nuestra vida. Con la misma disposición de ánimo como si dentro de unas horas tuviéramos que decir adiós a la vida. Es este un consejo en el que coinciden el Kempis cristiano y el Bushido japonés. “Por la mañana piensa que no llegarás a la noche, y por la noche no te prometas llegar a la siguiente mañana”, leemos en la Imitación de Cristo. “El samurai debe considerar cada día de su vida como el último”, recomienda un texto del Bushido del siglo XVII.

De los lamas tibetanos se cuenta que, al llegar la noche, tras haber vaciado su taza, la dejan boca abajo al lado de su lecho, como indicando que es posible que no la necesiten ya más, pues quizá no despierten al día siguiente. “Mañana o la próxima vida, nunca se sabe qué llegará primero”, reza un antiguo proverbio tibetano.

Pero para que esta sabia y serena actitud ante la muerte sea posible, es indispensable que nuestra vida se abra a la trascendencia. Es necesario que nuestra mente perciba el significado del acto de morir como tránsito hacia la Eternidad o, lo que viene a ser lo mismo, adquiera una clara conciencia de la inmortalidad del propio ser, arraigado en el Ser eterno y supremo.

Se ha ido imponiendo en nuestro tiempo la creencia de que la muerte significa la aniquilación total de la persona y que tras ella se extiende el pavoroso abismo de la nada. Palpable muestra de la indigencia intelectual en que se halla sumido el mundo actual.

Urge superar tan errada y deprimente visión, diametralmente opuesta a lo que la humanidad ha tenido siempre por cierto en todo tiempo y lugar, desde hace milenios. Visión que trae como consecuencia, además de la acentuación del horror a morir, una desvalorización de la vida y una total desmoralización, un afianzamiento del imperio de la trivialidad y la inmoralidad. Pues, como bien hace notar Julián Marías, si el hombre termina con la muerte, todo da igual, nada es importante, nada es sacro.

Aunque la muerte implique la destrucción de todo lo temporal y perecedero del ser humano, su realidad no se agota en la pura destrucción. Por encima de tal obra aniquiladora se revela como el paso a una forma más alta y plena de existencia. Supone el nacimiento a una nueva vida, una vida imperecedera que es “más que vida”, según la fórmula empleada por algunas doctrinas tradicionales. El acto de morir pone fin a la vida terrena, pero nos abre las puertas a la vida verdadera, a la vida eterna. Para decirlo con palabras de Sciacca, si vivir es morir, según antes veíamos, “morir es vivir más allá de la vida en el tiempo”. En este sentido, la sabiduría es “meditación no de la muerte, sino de la vida”.

Cuando yo muera, morirá mi individualidad contingente y condicionada, mi yo efímero, mi yo psico-físico (lo que algunas doctrinas orientales llaman “el pequeño yo”), pero no muere, porque no puede morir, porque es inmortal, mi personalidad espiritual o metafísica, mi Yo auténtico, esencial, eterno y trascendente (“el Gran Yo”). Perecen y se disuelven tanto mi cuerpo como mi psique o alma sensible; permanece, sin embargo, el Espíritu, el Alma de mi alma, mi propia mismidad o intimidad profunda, núcleo inmortal de mi ser, rayo de la Divinidad presente en el centro de mi mismo, “el reino de los Cielos que está dentro de mí”, para emplear la expresión evangélica.

Refiriéndose a la experiencia personal con la que, en su primera juventud, superó definitivamente el miedo a la muerte, Ramana Maharshi explicaba con las siguientes palabras la conclusión a la que había llegado como algo vivido y que se había impuesto a su conciencia con la absoluta certeza de una revelación: “Soy Espíritu que transciende al cuerpo. El cuerpo muere, pero el Espíritu que lo trasciende no puede ser tocado por la muerte. Esto quiere decir que soy el Espíritu inmortal, sin-muerte”.

Como certeramente apunta Sciacca, no muere la conciencia con la cual sabemos que morimos. Con la muerte, esa conciencia se ve libre de las limitaciones de la existencia temporal y se sitúa en un Presente intemporal que es pura Presencia del Logos divino.

Desde esta perspectiva, la muerte y la vida adquieren su pleno sentido. La muerte se nos aparece como “maestra benefactora de la vida”, según la calificara el Padre Nieremberg. La muerte, en efecto, me enseña y ayuda a vivir mejor, radicaliza y esencializa mi vida. Me hace volver la mirada hacia lo que en ella es esencial y me pone en contacto con las raíces más profundas de mi ser. Con razón describió Lao-Tse a la muerte como “retorno a la Raíz” o “volver al Origen”.

Sabiendo que voy a morir, y que dentro de poco ya no viviré, vivo más intensamente, con mayor hondura, seriedad y autenticidad, y también con mayor provecho y disfrute de cada instante que la Providencia me conceda. Por ello, bien puedo decir que la muerte me da la vida; pues alumbra mi vivir, lo ilumina y le da calidez, haciéndolo a la vez más vívido y vividero. Hace, en suma, que mi vida sea más vida.

Con tan profunda vivencia de la realidad de mi propio existir, una vez asimiladas todas estas verdades y transformada por completo mi actitud ante ella, la muerte llega a convertirse en la iluminadora y liberadora de mi vida, alcanzando así esa plenitud de significado y de inteligibilidad que abre las puertas a la felicidad.

Apurando cada momento con la conciencia de que quizá sea el último, me empeño con la máxima energía en la obra de construirme y de construir el mundo. Me consagro de lleno, con alegría y con generoso desprendimiento, a la tarea de ayudar a los demás y de cooperar al perfeccionamiento de la Creación divina. Vivo mi vida como misión sagrada y como un combate al servicio del Rey supremo, como una peregrinación hacia la Patria eterna, donde luce eternamente el Sol. Patria que, como bellamente indica Sciacca, “puede alcanzarse solamente pasando por este lugar de prueba y lucha, no contra la muerte, sino junto a ella, la acompañante fiel o persuasiva”.

Consciente de la proximidad de la muerte, que me espera y me acompaña, nada me puede resultar indiferente; todo me importa (aunque al mismo tiempo pierda esa importancia que suele dar a las cosas la perspectiva egoísta, pues ya nada me esclaviza ni obsesiona). Hasta el más ínfimo detalle cobra una especial significación y hasta la acción más modesta cobra un valor absoluto. Todo se transforma en fuerza de vida y razón para vivir. Todo me ayuda en el camino hacia la Vida.

Por Antonio Medrano