Showing posts with label Virtudes. Show all posts
Showing posts with label Virtudes. Show all posts
on Wednesday, December 11, 2013
“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión”. Nelson Mandela

Llanto y danzas, cantos y sollozos por la muerte de Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013). Un líder íntegro en sus principios, carismático en sus horizontes y valiente en los desafíos de la vida. Una personalidad que reflejaba sin alboroto ni algarabía lo esencial de la vida humana: la convivencia pacífica en el respeto mutuo, la libertad constructiva y la dignidad inviolable de la persona humana. Por encima de toda frontera étnica y geográfica, más allá de todo linde religioso y cultural. A pesar del abominable y atroz calvario de su vida Mandela cultivó en el silencio de su alma libre y compungida el sentido profundo de la reconciliación, del perdón y del amor. Fue capaz de desbaratar con sus iluminadoras palabras y vencer con sus elocuentes acciones los fáciles caminos de la violencia popular.

Del “amor a los enemigos” Mandela hizo la divisa genial de su esperada liberación el 11 de febrero de 1990. Tenía dos opciones en una Sudáfrica maltrecha y vapuleada por bestia infernal del apartheid: el camino de la guerra o la senda de la paz. Ante ese difícil, arriesgado y laborioso dilema personal, Mandela optó por la vía de la reconciliación y de la paz. Salió de prisión y era un hombre libre, no sólo físicamente hablando sino también interiormente. Como siempre lo había sido. Pero no abandonó el calabozo para arremeter contra sus infames perseguidores, como tantos lo esperaban, sino para construir con paciencia una sociedad nueva, democrática y libre en la que hubiera un espacio digno y vital para cada uno de sus miembros. No importa quienes fueran. Era una tarea ingente y piramidal. En un país que había sufrido los arañazos y golpes, la represión e crueldad de la más vil, infame y rabiosa discriminación.

Nada ni nadie consiguió arrebatarle el don inestimable de la libertad humana, plantada y enraizada profundamente en lo más íntimo de su ser. Ni la persecución, ni el dolor. Ni el aislamiento, ni la cárcel. Ni el desprecio, ni las amenazas, ni el racismo. Luchó con todas sus fuerzas para sobrevivir a la maldad, a la violencia, a la ira contra el enemigo.  Fue fiel a los sólidos, firmes e inquebrantables principios que habitaban su alma. No permitió que el mal, en sus múltiples y variadas expresiones, dañara sus profundas convicciones, empañara sus grandes ideales, dinamitara la vía dolorosa de la paz y la concordia. Era duro, complejo y peliagudo estrujar el odio y la rabia que se habían acumulado en millones de ciudadanos a lo largo de la historia. Era complicado poner en marcha cambios radicales y unir todas las energías a favor de la convivencia civil. Pero no había otra posible hoja de ruta en un país cuya realidad social y humana reflejaba el arco iris del cielo.

La otra opción era propagar la lacra de la violencia sectaria, ahondar en la vileza del odio racial, acabar en la vorágine de un  conflicto nacional sin vencedores ni vencidos. En calles y plazas. En ciudades, pueblos y aldeas. Una sociedad multirracial en la que los caudillos y mandarines más poderosos, férreos y aguerridos  dominarían con las armas y el mosquetón, la porra y el gatillo, los tanques y la cárcel. No con las herramientas de la democracia y la libertad, de la dignidad y la reconciliación, de la igualdad y el derecho. Sería fácil aullar como fieras en el campo, ladrar como perros en los patios, vociferar como enajenados en las calles, chillar como dementes en las plazas. Pero todo eso se convertiría en hueca y grisácea espuma popular. En esa línea nada se haría para medicar las fibras laceradas y curar las heridas infectadas de la sociedad sudafricana. El viejo y rojizo caldero de la discordia y la embestida, de la crueldad y la infamia, de la lucha y la contienda continuaría en ebullición perenne y amenazadora, peligrosa y descontrolada.

No cabía en la mente sagaz y aguda, lúcida y clarividente de Mandela que su propio país acabara siendo la fosa de la demencia social y la tierra del fuego racista. Corría el serio peligro de convertirse en el páramo de la miseria humana y el volcán de la insania política. Su gran espíritu de magnanimidad se fue forjando a través de sus luchas personales y tejiendo en los duros años en prisión. A pesar de su largo periplo en solitario, de sus reveses e infortunios familiares. Pero sobre todo, su coraje y valentía se templaron a través del combate sin tregua contra el horror, la esclavitud y la barbarie del apartheid. Mandela se convirtió en el gran héroe de la nación. No en el libertador populista de la arenga enfebrecida, las promesas grandilocuentes y el pisoteo rabioso de los adversarios políticos. Comenzó defendiendo la dignidad de los africanos negros y ahora defendía la dignidad de todos los sudafricanos. Un mosaico de colores, con todos los posibles significados, era el diseño ideal en la mente de Mandela. Con miles de gamas y talentos, de razas y pueblos, de orígenes y lenguas, de caras y aristas. Como los preciados, insustituibles y valiosos diamantes de Kimberley.

Mandela tuvo la valentía de deshacerse de las envenenadas redes de la venganza política para emprender la senda real en la que debía haber cabida para todos en base a la dignidad humana. Un camino arduo, difícil y peliagudo. Sembrado de pegas y obstáculos, barreras e insidias. Pero Mandela había atravesado ya el umbral del color, de la diversidad y del pluralismo para situarse en la esfera de la creación de un espacio de humanidad para todos. Blancos, negros, mestizos. Sin olvidar las lacerantes cicatrices y la memoria histórica de su nación. Aprendiendo las amargas y denigrantes lecciones de la historia para nunca jamás repetirlas en suelo sudafricano. En esa visión ideal poco importaba el mosaico de los colores, la configuración de las razas, los laberintos del pasado. Atrás quedaba el racismo visceral, la esclavitud cotidiana, la discriminación social. Todo ello había producido muerte y desolación, aflicción y sufrimiento. Mandela lo sintetizó con estas palabras: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Es entonces cuando él se transforma en tu compañero” Se requiere una colosal fuerza interior para desafiar el muro de las voces discordantes y enfrentarse a las críticas acerbas y mordaces de los ciudadanos. Para desafiar el furor rebelde, vengativo y desencajado de los que clamaban a pleno pulmón el desquite, la revancha y el ajuste de cuentas. Pero Mandela no estaba dispuesto a acuñar “la nueva moneda negra” de las represalias raciales para reemplazar “la vieja moneda blanca” del apartheid desalmado. Eso significaría volver a las tinieblas del pasado, destruir todavía más el país, fomentar el racismo con etiqueta diversa. El revanchismo político nunca orbitó ni anidó en su organigrama político de gran presidente africano. A pesar de que las autoridades racistas del país habían agrietado y desgarrado su vida durante largos años de acecho y desolación. El odio y la violencia contra sus feroces enemigos nunca se enquistaron en su alma.

El gran estadista sudafricano era conocido con el nombre familiar de “Madiba” en referencia a su clan de pertenencia de la etnia Xhosa. Luto nacional de diez días por uno de los hijos más famosos de África. Ha fallecido el implacable defensor de los derechos humanos, el icono global de la reconciliación, el gran conciliador de blancos, negros y mestizos de la nación sudafricana. Todos sin excepción, árabes y europeos, africanos y americanos, orientales y occidentales, norteños y sureños quieren honrar la memoria del  Mandela. La muerte de Mandela ha robustecido el espíritu acogedor y solidario del mundo. Con minutos de silencio en asambleas, parlamentos y senados. Los medios de comunicación, la prensa escrita y los documentales han enaltecido la vida, el coraje y las proezas del célebre líder sudafricano. Hasta la Bolsa de New York ha tomado un inusitado respiro. Ocurre por lo general en las grandes crisis económicas o en los vaivenes climáticos. Se ha parado de forma inusual la avalancha agobiante de las inversiones y el palabrerío ensordecedor de los agentes en memoria del prisionero más famoso de todos los tiempos. La del prisionero 46664, el número de Nelson Mandela en Robben Island. Las Naciones Unidas no han querido dejar pasar el conmovedor evento de su fallecimiento y han guardado un riguroso minuto de silencio en su honor y memoria. Por aquel a quien la misma Organización había declarado “terrorista”. Fue cuando Mandela fundó el comando Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) después de la Conferencia Pan-Africana de 1961.

La turbulenta historia relacionada con su trayectoria de vida tiene muchas luces y sombras. Mandela, él mismo lo repetía, “me caí y me levanté”. Se refería a sus propios bandazos, errores y decisiones. Todo lo resumía con la famosa frase, “no soy un santo”. Pasó 27 años en prisión de los cuales 18 en la infame prisión de Robben Island y el resto en otras cárceles sudafricanas. En Robben Island disponía de una celda de cemento de cuatro metros cuadrados. Fría, despiadada y gélida en invierno. Tórrida, sofocante y malsana en verano. Una isla utilizada por las potencias coloniales de Holanda y Gran Bretaña como hábitat de leprosos, locos y prisioneros. Mandela sufrió en su propia piel el escarnio malvado, la opresión cruenta y el desprecio cruento de la discriminación. No por motivos ideológicos y revolucionarios, sino sencillamente por ser lo que era: de piel negra. Sin tener culpa alguna de haber venido al mundo en un clan africano y en un grupo étnico también africano. Como nadie de los humanos ha podido hacerlo, tampoco Mandela eligió a sus padres, ancestros y antepasados. Tampoco había elegido el clan. Ni el color de la piel, ni el lugar de nacimiento, ni el año de su venida a Sudáfrica. Por lo tanto el racismo, en la aguda, lúcida y clara mente de Mandela,  era el símbolo del oprobio más infame, de la crueldad más perversa, en la barbarie más depravada. ¿Cómo era posible que él no pudiera ser, en su propia tierra, lo que la vida le había dado en su propia carne: ser madiba, negro y africano? ¿Por qué tenía que avergonzarse de lo que era? Su inquebrantable convicción personal, madurada en tantos años de silencio y aislamiento, le llevaba a una diáfana e irrevocable conclusión: luchar por la dignidad de los negros sudafricanos. Pero no con la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente” contra los  blancos sudafricanos, sino con la grandeza de la reconciliación nacional.

Mandela nació en su pueblo natal de Mvezo. Una aldea insignificante, de poca monta y de pocos habitantes, en la región del Transkei. Allí bebió en las fuentes de las tradiciones tribales y la sabiduría de los ancianos. Le contaron la experiencia de los combates sin tregua contra la recalcitrante supremacía blanca. Pasaban el áspero y violento rodillo del odio por encima de la dignidad africana. ¿Por qué inculpar y discriminar,  atropellar y perseguir, someter y esclavizar a alguien a causa del color de su piel? Así de dura, pétrea y desconcertante era la razón profunda del racismo que Mandela, como tantos millones de sudafricanos, sentían en su propia carne. Por eso desde joven sentía el impulso arrollador de que los carteles de “blancos por un lado y negros por otro” tenían que desaparecer. Costara lo que costara, aún a costa de su propia vida. Así lo explicitó en el Juicio de Rivonia (Tribunal Supremo de Pretoria) el 20 de abril de 1964 durante el discurso de su defensa en el tribunal de justicia: “Yo he luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. Yo he valorado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas viven juntas en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero conseguir. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado para morir” Su famoso abogado defensor, Abram Louis Fischer (1908-1975), leal e incansable activista contra el apartheid, le había aconsejado eliminar ese parágrafo de su discurso. Pero Mandela, que lo había escrito durante quince días en la cárcel, se negó rotundamente a hacerlo. Era consciente del terrible riesgo que corría: acabar en el patíbulo. En vez de sentarse en el banquillo optó por ponerse en pie delante del tribunal que lo juzgaba. Con una lectura lenta, incisiva y pausada leyó todo lo que había preparado aislado y entre rejas. Le habían acusado de sabotear el Estado y de organizar una revolución violenta en Sudáfrica. Los medios a utilizar eran la conspiración del Congreso Nacional Africano (CNA), la lucha armada del movimiento militar Umkhonto we Sizwe (“Lanza de la Nación”) y la acción del Partido Comunista. El brío y el arrojo del discurso de Nelson Mandela quedarán para la posteridad como el símbolo luminoso de la defensa de la dignidad humana, no sólo de los africanos, sino de todo ser humano. Nelson Mandela demostró una vez más sus grandes cualidades de abogado y orador. Junto con su  compañero de ruta, Oliver Tambo (1917-1993), fueron los dos primeros abogados negros sudafricanos que se graduaron en derecho. Cursaron sus estudios en la Universidad de Witwantersrand, fundada en 1896 y que tiene como lema (Scientia et Labore).

La luminosa y excepcional figura de Madiba nos deja en herencia la pasión viva y singular de un hombre libre. Luchó con todo el tesón de sus fuerzas por la dignidad, el respeto y la concordia entre gentes, pueblos y razas. No lo hizo solamente con palabras vacías y acicaladas, ni tampoco con propuestas ideológicas y altisonantes. Lo consiguió con la admirable y tenaz arma de su conducta y de su vida. Una prodigiosa sinfonía de portada global con dos instrumentos inigualables: la palabra y la acción. Conoció el racismo recalcitrante y corrosivo desde sus años de estudiante. Huyó a Argelia y Etiopía para entrenarse en la lucha armada. Remó a contracorriente en las aguas turbulentas de su alma interior ante la tentación de volver de nuevo a las armas. Pero para Mandela esa era una vía impracticable a la que renunciaría libremente antes de abandonar la cárcel de la isla maldita. No era el hombre destinado a vivir del embrujo de  los mitos guerreros, del tablao de las ideologías utópicas, de la algarabía de la política torpe y cerril. Al contrario, su viaje terrenal fue un combate diario y constante por el derecho a la vida digna. La de todos, sin excepción alguna. Cada uno con el inestimable bagaje de su propio origen y cultura, de su lengua y religión, de su tradición e identidad. Después de la vida de Madiba el color de la piel ya no es lo más sagrado e importante, o no debería serlo, en la vida de los pueblos del planeta. Un duro y penoso adviento de días mejores, reflejado en una carta que escribió en abril de 1971 desde Robben Island: “A veces mi corazón no bate y se va parando por la tremenda carga de la espera”. En sus dolores y sueños encuentran hoy inspiración, fuerza y esperanza millones de habitantes de la tierra. Construyó una nueva calzada, tejió una nueva red, diseñó una nueva senda de luz para la humanidad. Porque la memoria de Madiba nadie jamás la borrará. A la profusión de las lágrimas por su muerte se suman también las sonrisas de felicidad por su vida. Ya no importa el color de la piel. 

Por Justo Lacunza Balda

on Thursday, June 6, 2013
El día 13 de enero de 1914 aparecía en el periódico londinense The Times el siguiente anuncio: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.  El aviso había sido publicado a instancias del explorador Ernest Shackleton (1.874 – 1.922), al objeto de reunir la tripulación necesaria para su proyecto de atravesar el Polo Sur. La posterior gesta que protagonizaría el propio Shackleton junto a las 27 personas finalmente seleccionadas, terminaría por convertirse en uno de los fracasos más exitosos de la historia reciente de la humanidad y en un ejemplo sin parangón de liderazgo y supervivencia en condiciones extremas, que hoy sigue siendo objeto de estudio en escuelas y universidades de todo el mundo. Los 20 meses que pasaron atrapados en el antártico, durante los que recorrieron 554 kilómetros a través de un desierto de hielo, 800 millas sobre mares embravecidos, a bordo de una embarcación que no llegaba a 7 metros de eslora y 35 kilómetros a través de escarpadas montañas heladas, culminaron con el regreso de la expedición y sin que llegara a lamentarse la pérdida de una sola vida humana. Una aventura excepcional llevada a cabo por hombres excepcionales, que quedó inmortalizada a través de las espectaculares imágenes de Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, cuyo impresionante trabajo es igualmente digno de admiración.

Al margen de la sobrecogedora gesta humana vivida por la expedición de Shackleton, desde el primer momento me pareció sorprendente el hecho de que un anuncio redactado en semejantes términos, pudiera reunir en pocos días la friolera de 5.000 solicitudes… hasta que caí en la cuenta de que lo que proponía el texto del anuncio no era demasiado diferente a la realidad que vivían miles de personas en la Inglaterra de aquellos años, especialmente entre el proletariado urbano. De hecho y salvando las distancias, ni siquiera resulta tan diferente de la realidad en la que viven hoy –en la que vivimos hoy- millones de seres humanos en todo el planeta… A los efectos, recuerdo una vez más el texto del anuncio: “…viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.


EL MAR COMO CATALIZADOR DE EXPERIENCIAS VITALES

Es obvio que el mar constituye un entorno diferente a aquel en el que habitualmente desarrollamos nuestra vida y sin duda tiene sus propias particularidades, lo que nos permitirá descubrir sensaciones y emociones diferentes y en algunos casos, nuevas para nuestros sentidos. Con todo, la mayor parte de las experiencias que pueden vivirse hoy en el mar, no son radicalmente diferentes de las que podemos encontrar en nuestra vida en tierra. Quizás por ello y no solamente por mi amor al mar, me resisto a dar por válidas las palabras del montañés Fray Antonio de Guevara, quien allá por el año 1539 componía “El arte de marear”, una de las más famosas invectivas que se conocen sobre los océanos y el arte de la navegación. En su texto, ornamentado con una persistente letanía entresacada de nuestro refranero, “la vida de la galera, déla Dios a quien la quiera”, podemos encontrar argumentos de esta índole: “A mi parecer sobra de codicia, y falta de cordura inventaron el arte de navegar; pues vemos por experiencia, que para los hombres que son poco bulliciosos, y menos codiciosos, no hay tierra en el mundo tan mísera, en la cual les falte lo necesario para la vida humana”…  Y un poco más adelante continúa diciendo: “Ni miento, ni me arrepiento de lo que digo, y es, que si no hubiese en los corazones de los hombres codicia, no habría sobre las mares flota: porque esta es la que les altera los corazones, los saca de sus casas, les da vanas esperanzas, les pone nuevas fuerzas, los destierra de sus patrias, les hace torres de viento, los priva de su quietud, los ajena de su juicio, y los lleva vendidos a la mar, y aun los hace mil pedazos en las rocas”… En todo caso y aún aceptando que en algún tiempo más o menos distante, o bajo determinadas circunstancias hubiera podido ser así, bien miradas, sus acres palabras tanto valdrían para otros tantos ámbitos de la vida del ser humano, pues basta apenas una pizca de imaginación, aliñada con algo de la ácida realidad que nos toca vivir, para encontrar sustitutos al “mar” y al “navegar” de mayor actualidad y vigencia. Es en esos otros procelosos piélagos, como los del economicismo, los del materialismo, los de la lucha por el poder, los del juego político, o los del insaciable anhelo de riquezas y no en nuestro querido mar azul, en donde verdaderamente termina naufragando el ser humano y con él la sociedad a la que pertenece. 

A pesar de ello y antes al contrario, al tratarse de un entorno que nos resulta en cierto modo extraño y diferente a aquel en el que transcurre nuestra vida, si posee el mar una notable virtud: cataliza, acelera y concentra la experiencia vital y eso es, precisamente, lo que lo convierte en un entorno ideal para la formación, la educación y el aprendizaje, tanto de conocimientos y aptitudes intelectuales, como de virtudes y valores humanos.

Si entendemos cualquiera de estos términos como un proceso –y difícilmente pueden entenderse de otra manera-, ello implicará necesariamente experiencias, vivencias, ejercicios y situaciones diferentes, que serán las que en definitiva den forma a cada uno de esos procesos de aprehensión. Un proceso, que en el caso de la educación, Martin Buber define como “la configuración del mundo que elige una persona”.

Ahora bien, para elegir lo primero que necesitamos es conocer: sin conocimiento no hay elección posible, tan solo aceptación de la realidad o sumisión a la realidad que otros nos quieren imponer. Un conocimiento que pasa necesariamente por conocernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, en un proceso transversal y retroalimentado, pues la percepción de lo que somos, ayuda a conocer mejor a quienes nos acompañan en este viaje. De manera recíproca, el conocimiento de quienes comparten la vida con nosotros, permite vernos reflejados en ellos y por lo tanto, reconocer mejor quiénes somos, cuáles son nuestras motivaciones, anhelos, sueños, inquietudes, virtudes y defectos. Si no alcanzamos a ser conscientes de nuestra realidad, difícilmente podremos conocer a los demás, entenderlos y relacionarnos con ellos adecuadamente. Los seres humanos somos tan semejantes entre sí, que nuestra individualidad se basa más la conciencia de ser que de tener, en la singularidad de los detalles, que por ser realmente diferentes en lo esencial.

Por desgracia, el ritmo de vida frenético de la mayoría de las sociedades occidentales, en las que el tener prevalece habitualmente sobre el SER, marcan la pauta dominante de un entorno social, en donde las máscaras y las poses mantenidas dominan nuestras relaciones con los demás. Un escenario en el que rara vez se permite conocer a las personas como realmente son; que con frecuencia ni siquiera facilita el que podamos llegar a conocernos adecuadamente a nosotros mismos, vernos tal y como somos. Un ambiente en donde impera el ruido circundante, a veces en tono de bronca airada o como una estridente cacofonía, que llega incluso a enmudecer la voz de nuestra conciencia y los lamentos de una ética en parte olvidada y a veces hasta perseguida.

Por el contrario, en el mar y en particular a bordo de un barco, especialmente si es de vela y en travesías de varios días, las tornas se invierten: inmediatamente tener queda relegado a un segundo plano y se empieza a reconocer el SER. De forma natural, voluntaria y no violenta, el disfraz cae a las pocas horas y el individuo, el número, el contribuyente, el empleado, el jefe, el alumno y hasta el propio maestro, dejan paso la persona que todos llevamos dentro. Un entorno perfecto para la meditación y la reflexión, en donde la calma, el silencio, la soledad compartida y una actitud mental más receptiva, adquieren el papel protagonista. Y es que tal y como nos recuerda el filósofo Antonio Medrano, “la superación del actual desorden requiere, como primer paso, como condición imprescindible y sine qua non, la superación del desorden interno que cada cual porta en su propio vivir personal. Lo prioritario es la edificación y renovación de nuestra propia persona, la formación y articulación de nuestro propio mundo personal”.

No debemos perder de vista que es precisamente en esos desequilibrios, en donde tienen su origen las principales causas de infelicidad y frustración de las personas; en esa falta de sintonía entre lo que deseamos, lo que pensamos y lo que terminamos haciendo. 

Por ello, y como parte inseparable de los procesos educativos y formativos, nuestra sociedad necesita –hoy más que nunca- personas íntegras y formadas en valores. Personas de honor, responsables y predispuestas a buscar la excelencia en cada uno de sus comportamientos y actuaciones en la vida. Personas equilibradas, a las que el mar puede ayudar a encontrar esa necesaria armonía existencial, que les permita entrar en comunión con su propia esencia, con las demás personas y con el mundo que habitan.

Y para aquellos que ante la posibilidad de recibir formación a bordo de un barco, puedan alegar como motivo de objeción los eventuales rigores propios del entorno, como inclemencias, mareos o la bravura del mar en determinados momentos, no puedo evitar recordarles que en el mar, como en la propia vida, las condiciones de navegación no son siempre las que uno desearía, sino las que la realidad se obstina en presentar a cada preciso momento. Saber navegar bajo cualquier condición y afrontar las circunstancias más difíciles nos prepara para poder superar nuevas dificultades en el futuro, pero sobre todo nos humaniza, ayuda a que comprendamos mejor el presente y nos hacen mejorar en todos los aspectos. Quizás por ello, me inclino a pensar que la mayoría de nuestros gobernantes deberían amarrarse uno año –o dos- al pie de un mástil y buscar en el mar lo que no han sabido hallar en tierra: sentido de la responsabilidad, vocación de servicio, disciplina, honestidad, respeto hacia los compañeros de travesía; comprender lo que significa el bien común y navegar en un mismo barco… En definitiva, humanidad.


LA CAPACIDAD FORMATIVA DEL MAR

Pese a todas esas indudables bondades, en España, hasta ahora, nos hemos acercado al mar fundamentalmente desde los ámbitos económico, lúdico, deportivo o defensivo, pero la parte formativa la tenemos prácticamente abandonada. Sin duda sorprende que en un estado con casi 8.000 km. de costa, apenas hayamos empezado a descubrir el valor formativo de nuestros mares y las magníficas posibilidades que ofrece, no ya sólo para la formación integral de las personas o en ámbitos concretos, sino también como medio ideal en el que desarrollar proyectos de integración social para personas con discapacidad, o para sectores marginales, como los relacionados con el consumo de drogas, el alcohol o la delincuencia. Un entorno, el mar, en donde quizás los españoles también podríamos aprender –de una vez por todas- que la convivencia es posible y que el barco en el que navegamos es el mismo para todos.

En definitiva, un entorno altamente formativo, que además de resultar imprescindible para la deseada y necesaria regeneración social, podría producir empleo, incrementar las posibilidades turísticas de España, diversificar e incrementar la oferta, promover la internacionalización de nuestro destino, aumentar el nivel medio de gasto por visitante y mejorar la calidad del turismo en general.

De hecho, la mayoría de estos últimos aspectos fueron recogidos en su día en el Plan del Turismo Español Horizonte 2020, pero en algunos casos, como sin duda ocurre con el Turismo Náutico, la falta de planificación y gestión eficaz, han terminado convirtiendo parte de esos objetivos en poco más que meras frases bienintencionadas, que en muchos casos siguen durmiendo el sueño de los justos entre los cajones, archivadores y despachos de las administraciones públicas autonómicas y estatales. Quizás algún día nos tomemos en serio la apuesta por el Turismo Náutico y las posibilidades que ofrece el mar contemplado desde esta perspectiva y más allá de nuestras playas, como una importante fuente de riqueza. De forma paralela, quizás también en algún momento se comprenda en España la importancia del mar para la formación humana, que es lo que en realidad constituye la fuente de riqueza de mayor trascendencia: la que se refiere a la riqueza moral y espiritual del ser humano. Desde luego, creo firmemente que la supervivencia de nuestra sociedad pasa necesariamente por otra manera de entender la formación de las personas, en donde el conocimiento de nosotros mismos, de nuestros semejantes y del mundo que habitamos se lleve a cabo en base a unos determinados principios y valores, que prevalezcan sobre la concepción mercantilista y utilitarista de la vida y hasta de la propia educación.

Fuera de nuestras fronteras ya hace mucho tiempo que supieron comprender el importante papel que podía desempeñar el mar respecto a la formación de las personas, así como a la hora de consolidar los principios morales y los valores humanos sobre los que se sustenta toda sociedad. Quizás por ello, en otros países es frecuente encontrar barcos e instituciones específicamente dedicados a realizar programas de formación en el mar: En Estados Unidos la SEA EDUCATION ASOCIATION, el PICTON CASTLE en Canadá, el STAD AMSTERDAM y el EENDRACHT en Holanda, la JUBILEE SAILING TRUST en Reino Unido, el GÖTHEBORG  y la FUNDACIÓN ELIDA en Suecia… los ejemplos son numerosos.

Por lo que se refiere a España y como ya se ha señalado, lamentablemente la formación en un entorno náutico y más concretamente a bordo de un barco, continúa siendo una actividad minoritaria y salvo contadas y meritorias excepciones, como la FUNDACIÓN AULAMAR o el propio CERVANTES SAAVEDRA, también en este sentido seguimos viviendo de espaldas al mar.


CONCLUSIÓN

Más allá de los grandes imperios que hicieron posible y perfeccionaron el arte de navegar, como egipcios, fenicios, griegos, romanos, árabes, vikingos, portugueses, españoles, holandeses o ingleses; más allá de las grandes gestas que tuvieron como escenario los mares y océanos de nuestro planeta, desde la Odisea de Homero, el comercio y el encuentro de culturas en el Mediterráneo, hasta las expediciones de Enrique “El Navegante”, la primera circunnavegación del globo, el descubrimiento de América, el Tornaviaje, o la conquista del Polo Sur; más allá de héroes que surcaron las aguas, acercaron culturas, consolidaron civilizaciones, ganaron batallas o sucumbieron en la profundidad de sus aguas o arrecifes, como Erik El Rojo, Colón, Hernández de Córdoba, Grijalva, Magallanes, Elcano, Vasco de Gama, Legazpi, San Francisco Javier, Álvaro de Bazán, Blas de Lezo, Darwin, Cook, Malaspina o el propio Shackleton, con el que abría esta intervención; más allá, digo, de ese indudable papel protagonista que el mar ha ocupado a lo largo de nuestra historia, lo que sigue siendo imprescindible para el ser humano es llevar a cabo la gran gesta, la aventura y la odisea de ese viaje de exploración y descubrimiento al interior de cada uno de nosotros. Y para ello el mar ha sido y sigue siendo un entorno excepcionalmente privilegiado.

Un marco perfecto para profundizar en el conocimiento de lo que somos y a la vez reconocer a quienes nos acompañan, no ya sólo en la travesía ocasional y voluntaria que puede realizarse a bordo de un barco, sino, sobre todo, en esa otra singladura insoslayable que es nuestra propia vida. 

Todo ello es algo que también supo comprender en su día nuestro querido y recordado Felipe Segovia Olmo, en memoria de quien celebramos hoy este XII FORO DE TURISMO NÁUTICO, dedicando la mayor parte de su vida a la educación y formación de las personas, de las que, entre otras muchas, también yo soy un ejemplo. Seguramente también por ello entregó una parte importante de sus últimos años al mar y, sobre todo, a acercar el mar a los alumnos de sus colegios y universidades, en las que ese mar, también ocupa hoy un lugar destacado en los programas de formación. Sólo por ello y porque una parte de lo que soy también se lo debo a él, vaya hoy, junto a este homenaje, todo mi cariño, respeto y agradecimiento.

Me gustaría terminar con otras palabras de Antonio Medrano: “Quien adolece de falta de formación o cultivo personal, quien no se halla suficientemente formado o cultivado, no estará en modo alguno preparado  para afrontar los difíciles retos que plantea un momento histórico sumamente crítico como este que actualmente atravesamos y, por ello, difícilmente podrá  ser un elemento valioso en ninguna empresa de reconstrucción que requiera un especial empeño combativo”… “Tenemos que emprender la indispensable labor cultural, educativa y formativa de nosotros mismos si queremos tener un legítimo protagonismo en las vicisitudes de nuestra época, dar una respuesta adecuada a los problemas de la sociedad en que vivimos y cumplir con nuestro deber en el momento histórico presente”.

Creo firmemente que la formación humana en el mar puede contribuir decisivamente a conseguir todo ello.

Por Alberto de Zunzunegui Balbín
Conferencia impartida el 31 de mayo de 2013, en el XII FORO DE TURISMO NÁUTICO de la REAL LIGA NAVAL ESPAÑOLA