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on Saturday, February 4, 2012

No sé cuanto tiempo había pasado desde mi llegada. Tenía la sensación de haber estado ya antes en esta ciudad bulliciosa y alegre, plagada de vías rápidas por donde circulaban cientos de vehículos, y abarrotada de  gentes de cualquier edad y condición que entraban y salían de los comercios para hacer las últimas compras, a punto de acabar la Navidad. ¿Había estado antes aquí?

Después de un largo paseo por la orilla del río, bordeada de construcciones pequeñas y, por qué no decirlo, algo empalagosas, llegué al casco antiguo. Me adentré en el silencio de sus calles peatonales y fui acercándome a la Catedral, que, desde su montículo, acompañaba mis pasos, desde que saliera de la Estación Central.

Sus dos torres, que un día fueran las más altas del mundo, empequeñecían cuando te aproximabas, mientras que el conjunto imponente de su estructura te dejaba boquiabierto borrando de un plumazo toda capacidad descriptiva. Ahí estaba ella imponente y mágica, mientras que minúscula, impotente y pasmada a sus pies, estaba yo. Rodeando a pasos cortos y casi en su totalidad tan espléndida belleza, me preguntaba, como siempre que contemplaba una catedral gótica, de qué manera habrían podido levantar esta estructura y qué es lo que habrían sentido todos aquellos que, desde el principio de los tiempos, tuvieron algo que ver con su construcción; todos los cientos de hombres que, durante más de seiscientos años, dejaron lo mejor de su saber y de su esfuerzo en este prodigio de piedra bordada y de exquisitas vidrieras por las que se filtraban miles de arco iris de ilusión. Pero sólo disponía de una de las guías al uso en la que decía que su primer promotor había sido Conrado de Hostän, sin dar muchos más datos y, a su vez, afirmaba que el arzobispo que había encargado su construcción  había muerto apenas comenzadas las obras. Me hubiera gustado saber más de ellos, ponerles cara. Bueno, realmente lo que me habría gustado es hablar con alguno, fuera el que fuese, y aunque sólo hubiera sido una vez. Y, ya puestos, ¿por qué no tener una parrafada con Santa Elena, y preguntarle si alguien le había contado que las reliquias de los Magos, que con tanto amor protegiera, habían hallado cobijo, tras su peregrinar por Constantinopla y Milán, en este lujoso e imponente templo de la cristiandad?

Apenas repuesta de la ensoñación y caminando sonámbula de vuelta al mundo, había dado con mis huesos en este pequeño bar de la Hohe Strasse, y aquí me hallaba aguardando la llegada de mis tres invitados, sin saber si eran ellos quienes se retrasaban o era yo que, incomprensiblemente, había perdido el reloj.

Se abrió la puerta, los tres llegaban juntos, su atuendo era sencillo elegante y curiosamente actual, podrían haber pasado por tres correctos funcionarios de cualquier ciudad europea, pero eran ellos ¡si lo sabría yo!

Aun sin conocernos sobraban las presentaciones. Les ofrecí asiento y  Baltasar, que no sé por qué me recordó a Sydney Poitier, se sentó junto a mí mientras se quejaba del frío, cosa natural.

-Pues bien, me dijo, aquí nos tienes. Quizá tengas curiosidad por saber por qué te hemos invitado a venir en estas fechas de trabajo intenso para nosotros. Mis dos colegas  me han pedido que sea yo el que inicie nuestra charla, y te explique el motivo de que, por vez primera, hayamos sido nosotros los remitentes de una carta, y de la razón de que hayas sido tú, precisamente tú, la destinataria de la misma.

Tres son las razones principales. En primer lugar, porque hace ya demasiados años que te quejas en tus fieles misivas de que somos tus amigos más antiguos, y de que, a pesar de ello, nunca has conseguido vernos. En segundo, porque llevas el nombre de nuestra protectora, y en tercero porque hace casi un siglo pasó por aquí un universitario de Dresden, que había gastado todos sus ahorrillos en venir a visitar la Catedral. Empleó varios días en recorrer las naves, fotografiando las vidrieras, y se detuvo particularmente en la contemplación de nuestro Relicario. Amaba extraordinariamente esta ciudad y tenía el proyecto de rodar un corto de fin de carrera que se llamaría “Los amigos desconocidos” pues también a él le parecía increíble que, a través de los siglos, todos aceptasen nuestros obsequios y nadie sintiera la curiosidad de sabernos cercanos; de podernos ver. Recordamos muy bien su aspecto de entonces, y se parecía extraordinariamente a ti. La guerra, una de tantas, le impidió ver realizado su sueño, y no pudo volver jamás a Colonia, así que no consiguió llevar a cabo aquel hermoso y lúcido proyecto. Nunca pidió en sus cartas nada para si mismo, pero siempre incluía dos folios con peticiones para los demás.

Estos son los motivos – ya que vosotros necesitáis motivos para todo-, por lo que este año decidimos entre los tres, que sería hermoso responder a tus cartas, en las que, como él, te asombrabas de que después de tantos y tantos años, nadie hubiera pedido podernos ver.

Mientras hablaba, sus dos colegas me miraban dulce y serenamente, no le interrumpieron ni una sola vez y yo perpleja, enmudecida, absorta y seguro que con cara de boba, permanecía a su lado sin poderme mover. Melchor, para cortar el hielo se apresuró a intervenir: ¿Te encuentras bien, quieres un vino caliente? - No gracias, estoy perfectamente es que… prefiero seguir escuchando cuanto tengáis  que decir - musité yo con un hilillo de voz entrecortada-,  y pensé ¡Dios mío a mi edad y en estos bretes ¿Qué van a decir de mí?

Queremos pedirte un favor, ¿Podrías decir a tus amigos al regresar que nos envíen aquí las cartas? Muchos de los niños que nos escriben lo hacen a Oriente, como tú, prosiguió Melchor. Es posible que no sepan que no hemos vuelto allí desde que salimos del laboratorio donde trabajábamos juntos en Persia, -bueno Baltasar vino desde Babilonia para integrarse en nuestro equipo de investigación-, guiados por el fulgor de  esa extraña y nueva estrella, y ya no regresamos más. El viaje fue penoso y complicado, perdimos a algunos buenos compañeros, por eso habrás oído eso de que no éramos tres magos, sino alguno más. A veces, en la larga marcha, desesperábamos de alcanzar nuestra meta, y cuando al fin encontramos al Niño y le hicimos entrega de los regalos que, con tanto esfuerzo adquirimos entre todos, nuestras vidas cambiaron, Tomás, Santo Tomás, ¿Sabes?, fue nuestro guía espiritual y permanecimos con los primeros cristianos hasta que, pasado el tiempo, subimos al cielo y cuando por Navidad bajamos a veros, con nuestros regalos, nos alojamos siempre  aquí en Alemania, en nuestra Catedral

¡Por cierto!, ninguno de nosotros éramos reyes, sino estudiosos de la ciencia de la astrología y, gracias a tantos años de estudio encontramos nuestro autentico camino. En ocasiones, del modo más simple y cuando menos lo esperas, la vida cambia de forma radical.

Por aquí han ocurrido tantos prodigios y desastres  que ni te lo puedes imaginar. Hubo incluso  una guerra atroz, ¡otra guerra!, que destruyó casi por completo esta ciudad. Solo quedó en pie nuestra hermosa casa, todo lo demás que ves está reconstruido. Quizá por eso, sigue circulando la leyenda de que mientras la catedral no se derrumbe Colonia no dejará de existir, pero la realidad es que sólo los hombres son capaces de destruir los milagros, para luego volverlos a edificar.

En cuanto a los regalos han variado tanto a través de los tiempos que hemos montado un enorme museo en el más allá, y a cuantos vienen a descansar con nosotros les abrimos la puerta y algunos de ellos se quedan, y aprenden de nuevo a jugar.

De repente sonaron recias las campanas

¡Es la nuestra, la Königsglocke, nos avisan los compañeros de que hay que ponerse a trabajar! intervino, Gaspar por vez primera. Sentimos dejarte, pero mañana ven a la misma hora y te enseñaremos a fondo la catedral. Por cierto el joven de Dresden que se llamaba Ferdinand, también trabaja en nuestro museo como encargado de la traducción de  películas que traemos para los niños cada Navidad. Es feliz, sigue siendo bueno y ha encontrado, al fin, la paz...

Bitte, bitte sehr!  El camarero me entregaba la cuenta. Los tres señores que acaban de entrar se habían sentado en la mesa de al lado sin apenas mirarme. Tomé el último sorbo de café y me enrollé la bufanda al cuello. El frío del anochecer helaba las calles. Todavía tenía tiempo de  llegar a cenar al hotel. Mañana,  si Dios quiere, ya menos cansada, podría volver a la catedral.

Por Elena Méndez-Leite


on Tuesday, December 27, 2011
Buenas noches. En Nochebuena, como cada año, me dirijo a todos vosotros para transmitiros mis mejores deseos de paz y felicidad.

Al término de este año difícil y complicado para todos, quiero hablaros con sinceridad y realismo, sin rehuir los problemas que nos aquejan como sociedad.

Quiero hacerlo con la confianza y el optimismo que me inspiran las virtudes del pueblo español, al que quiero con todo mi corazón y al que a lo largo de estos treinta y seis años de reinado he aprendido a conocer a fondo y a admirar con orgullo.

Llevamos varios años sumidos en una severa crisis económica y financiera cuyas causas complejas no son siempre fáciles de entender, pero cuyos efectos negativos son para todos evidentes. Para muchos, tristemente demasiado evidentes por su dureza.

Es una crisis que está llamada seguramente a modificar hábitos y comportamientos económicos y sociales.

Si España ha alcanzado en los últimos decenios las más altas cotas de progreso y bienestar de su historia, ahora hemos de saber reconocer con humildad cuáles han sido los comportamientos en los que, como individuos y como grupo, hayamos podido equivocarnos.

Sólo a partir de este reconocimiento, y con los mejores valores de nuestra sociedad por delante, podremos comenzar a superar esta crisis.

Será necesario para ello un planteamiento global, un enfoque de conjunto cuyas líneas maestras y medidas concretas corresponde diseñar, desarrollar y aplicar a los responsables políticos y a los agentes económicos y sociales.

En este ámbito a mí me corresponde, como Jefe del Estado, animar a esas instancias a trabajar sumando voluntades, no restándolas; acercando posiciones, no distanciándolas; buscando avenencias, no rechazándolas. Animarles a trabajar con diálogo y altura de miras, con rigor y convicción.

Sé, sabemos todos, que el camino de la recuperación no será corto ni tampoco fácil, que exigirá sacrificios.

Por eso resulta tan importante que la sociedad en su conjunto asuma la trascendencia del momento y sepa responder a los desafíos de una situación tan difícil como la que vivimos con el necesario realismo, pero también con mucha generosidad, con mucha solidaridad hacia quienes por sus circunstancias económicas o familiares son más vulnerables.

Vivimos una crisis de naturaleza global que ha puesto de manifiesto la dificultad de que cada país pueda afrontarla aisladamente. Las soluciones exigen establecer de forma coordinada medidas efectivas.

En ese empeño se encuentra la Unión Europea y en él Europa encontrará a España en la vanguardia, como actor destacado que desea seguir jugando un papel relevante. La vocación europeísta de España se hunde en las raíces de la historia de nuestro continente, y nuestro compromiso es tan fuerte e intenso con su futuro como lo es hoy con su presente.

Una vocación europeísta que gana valor y peso con la solidez de los lazos que nos unen con las naciones iberoamericanas y con nuestros vecinos de la orilla sur del Mediterráneo.

La crisis es internacional pero también tiene perfiles nacionales propios. El más doloroso de todos es, desde luego, la elevada tasa de desempleo que sufrimos, moralmente inasumible para un país vertebrado, moderno y solidario como el nuestro.

Es cierto que, en una coyuntura como la que vivimos, los temas que requieren una solución prioritaria se agolpan ante nuestra puerta, pero si tuviéramos que destacar la máxima prioridad creo que ninguno dudaríamos en señalar la lucha contra el desempleo como objetivo último y cierto.

Ciudadanos, instituciones y administraciones públicas debemos volcar nuestros mejores esfuerzos y energías en apoyo de los desempleados y de sus familias.

Con una cifra de parados inaceptable, y que lo es todavía más entre los jóvenes que buscan su primer empleo, quiero rendir un hondo homenaje de agradecimiento y admiración a las familias, cuya generosidad y entrega está siendo clave para que nuestro país mantenga los actuales niveles de estabilidad social. Todas las medidas que se adopten deben tener como objetivo final la recuperación del empleo, pues esta es la principal palanca que puede dar a cada individuo un horizonte de dignidad y estabilidad, y al conjunto de la sociedad una expectativa de prosperidad.

Estabilidad y prosperidad, en el marco de nuestra Constitución, es lo que esta gran nación española ha sabido construir en paz y libertad a lo largo de las últimas décadas, junto con un Estado de Bienestar necesario para mantener la indispensable cohesión social que la justicia distributiva reclama.

Estos son también nuestros desafíos de hoy. Las herramientas para enfrentarlos con éxito son los valores que han hecho siempre grandes a los pueblos: educación, trabajo, esfuerzo, iniciativa, compromiso, solidaridad, entre otros.

Son los que necesitamos potenciar, tanto colectiva como individualmente, más que nunca en la coyuntura actual.

Junto a la crisis económica, me preocupa también enormemente la desconfianza que parece estar extendiéndose en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar.

Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética, es natural que la sociedad reaccione. Afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho, y cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La justicia es igual para todos.

No debemos, sin embargo, generalizar los comportamientos individuales, so pena de cometer una gran injusticia con la inmensa mayoría de servidores públicos, y también de empresarios o trabajadores del sector privado, que desarrollan su labor de forma ejemplar y honesta.

De lo contrario, se podría causar un grave daño a instituciones y organizaciones que son necesarias para la vertebración de nuestra sociedad.

La unidad de las fuerzas democráticas y la firmeza de los españoles en la defensa de nuestro Estado de Derecho frente al terrorismo, han demostrado que los proyectos totalitarios no tienen cabida en la España democrática.

Frente a la intolerable pretensión de los terroristas de tratar de conseguir objetivos políticos mediante el uso de la violencia, la amenaza, la intimidación o la extorsión, la sociedad vasca y el conjunto de la sociedad española han defendido su libertad y sus instituciones desde la legalidad, con el sacrificio y la eficacia de las Fuerzas de Seguridad, la permanente y decidida acción de la justicia y la generosa cooperación internacional.

Ahora es ya tiempo de que los terroristas entreguen sus armas asesinas y desaparezcan para siempre de nuestras vidas.

Esta noche es un momento especial para dedicar un recuerdo emocionado a quienes más han sufrido esta tremenda injusticia, las víctimas del terrorismo.

Nuestra sociedad tiene contraída una permanente deuda de gratitud con el sacrificio y el dolor de todas las personas que perdieron la vida, quedaron mutiladas, fueron extorsionadas o se vieron obligadas a abandonar su tierra. Al evocar su memoria, queremos poner de manifiesto su dignidad y compartir su sufrimiento y el de sus familias, que siempre contarán con nuestro apoyo, solidaridad y afecto.

Este es nuestro firme compromiso, para recordar que su sacrificio no ha sido en vano. Es el compromiso de una sociedad libre que no se deja amedrentar, que exige justicia y reparación para quienes fueron víctimas de la violencia por no querer someterse a la dictadura del terror.

Hace cinco semanas los españoles, como dueños de su destino y en el ejercicio de sus derechos soberanos, han elegido a sus representantes a nivel nacional en unas elecciones generales que han dado como resultado la alternancia política.

En este nuevo escenario que se abre, la Corona, en tanto que símbolo de la unidad y permanencia del Estado, seguirá haciendo todos los esfuerzos necesarios en favor de una convivencia integradora.

Los actuales son tiempos de gran exigencia. Nos esperan muchas dificultades pero también nos respaldan sólidos valores que nos hacen sentirnos orgullosos de ser españoles, y un pasado reciente de superación que nos sirve de estímulo.

Como os dije la Navidad pasada, “no hemos llegado hasta aquí para dejarnos vencer por las dificultades, para renunciar a nuestras ambiciones de construir un país cada vez mejor”.

Hemos demostrado con creces que, cuando estamos unidos y seguros de lo que queremos, sabemos dar respuesta a los retos más complejos. Los que tenemos ante nosotros lo son, pero no tengo duda de que los españoles sabremos estar a la altura de los tiempos y para ello siempre contaréis con el mayor y mejor hacer de la Corona.

Son muchos los mensajes que quisiera hacer llegar a todos y a cada uno de los sectores y colectividades que integran nuestra sociedad. Sabed que todos estáis en mi corazón y en mi pensamiento.

En esta noche, quiero dar las gracias especialmente a tantos españoles que en los últimos meses se han interesado por mi salud, felizmente recuperada.

En este tiempo, he podido apreciar, aún más si cabe, el rigor y el acierto con que mi hijo, el Príncipe de Asturias, me acompaña como Heredero de la Corona en el servicio a los españoles y a España, a su democracia, a su Estado de Derecho, a sus libertades, a su unidad y su diversidad, y a la defensa de sus intereses en todo el mundo.

Os reitero mis mejores deseos en esta Navidad y para el año que pronto comienza.

Estemos unidos. España lo merece y lo necesita. Buenas noches.

Por S.M. El Rey Don Juan Carlos I