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on Friday, February 8, 2013
LA FUNCIÓN DE LAS LEYES EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

La última cuestión de fondo que subyace en el debate en torno al “matrimonio homosexual” y a su regulación legal es, precisamente, el de para qué sirven las leyes, el de cuál es su función en una sociedad democrática.

En la ya famosa sentencia del TC sobre el “matrimonio homosexual” los magistrados hacen referencia a dos nociones que me parecen importantes: la idea de que el texto constitucional debe ser interpretado a la luz de los problemas y las circunstancias actuales para no convertirse en letra muerta, y el convencimiento de que la ley debe doblegarse a la realidad social, a la estadística.  Vayamos por partes porque la cuestión es más importante y profunda de lo que parece… 

Ya lo he dicho alguna vez pero voy a repetirme: me gusta la etimología porque arroja luz sobre el sentido último de las palabras y los conceptos.  El Derecho –pues de eso es de lo que se trata aquí- es la versión española del adjetivo latino directus, equivalente a rectus, participio pasivo del verbo regere, que significa regir, dirigir hacia lo recto, hacia el Bien propio y el Bien común.  Para lograrlo, el poder político legislativo recurre a la ley escrita, a la ley positiva en la que se fundamenta el corpus legal, a la concreción normativa que será exigible –y normalmente exigida- de modo coactivo por las fuerzas del Estado.

Sin embargo, la pregunta que quiero plantear es: ¿la justicia de la ley depende de la voluntad o capricho del legislador, o más bien nace de la adecuación de aquella a la naturaleza propia del ser humano, a la sintonía con la Verdad de las cosas?  Ese es el debate filosófico-jurídico existente entre los partidarios del positivismo jurídico y los del iusnaturalismo, debate que considero necesario acercar a todos aquellos que no son juristas pero que se ven afectados por el mismo…  Y en el que voy a tomar posición y parte.

Me alineo con una posición de carácter iusnaturalista (que afirma que una ley sólo es justa cuando lleva al hombre a la perfección que le es propia) porque la considero más humanista, prefiero la preocupación y adecuación de la ley a la naturaleza humana y a su vía propia de desarrollo que su sometimiento a la voluntad (e ideas, e intereses) de unos pocos, de los legisladores…  Prefiero someter el Derecho al modo de ser (a la naturaleza) de todos los hombres, y no al de una minoría.

Porque en el positivismo –tan de moda- las leyes dictadas por el legislador, por el poder político, acaban expresando la voluntad del gobernante, no tienen más límite ni valor que el que se fundamenta en la fuerza coercitiva que es capaz de aplicar el que manda… Nos sitúan, por tanto, ante un poder político basado en la Potestas (en la fuerza) y no en la Auctoritas, en la sintonía con la Verdad…  Y ante unas leyes volubles… Tan volubles y sujetas a cambio como sujeto a cambio esté el que detenta el poder…  Y eso es peligroso, como lo es la razón de estado, como lo es todo poder ilimitado…  De eso saben mucho quienes han vivido el siglo XX, con sus luces y sombras.

Desde el iusnaturalismo, en cambio, se defiende que la ley escrita debe ser la concreción al caso específico de la ley natural, de los principios, bienes y valores que se derivan de la naturaleza de las cosas –especialmente del ser humano- y que, por ello, la ley no debe ser dictada por una voluntad caprichosa sino descubierta e interpretada por una mente y una voluntad preocupadas por la Verdad, por el Bien y por el pleno desarrollo del ser humano, facilitándole los medios y el camino para que cada uno pueda llegar a ser aquello que está llamado a ser.

En este sentido, no es la ley la que debe doblegarse a la situación social, a la estadística, sino que hay que tratar de adecuar la sociedad a ese estado ideal que es propuesto y defendido por la ley como valioso.  Es ese valor educativo de la norma el que preserva realmente la paz.  Una paz que nace del interior del ser humano y que, por mucho que lo intentemos, jamás podrá ser impuesta desde fuera.

Es con esta concepción del poder político y del Derecho con el que yo me siento más cómodo e identificado, con el que somete la Potestas a la Auctoritas, el que conduce al cumplimiento de la ley no sólo por miedo a la coherción sino por la interior aceptación y reconocimiento de sus principios y valores, el que no sólo vence sino que convence porque resulta una concreción razonable en la norma positiva, escrita, de los valores o principios generales propuestos por ese Derecho Natural que se deriva de las características propias de un profundo conocimiento del ser humano.

No creo en el sometimiento del hombre a la ley, sino en la adecuación de la ley a la Ley, al Ser Humano (con mayúscula), a la mejor imagen que podamos lograr de nosotros mismos.  La ley es para el hombre y no el hombre para la ley…  Más nos vale no olvidarlo.  Nuestra libertad y felicidad dependen de ello.


CONCLUSIONES

Tras una semana reflexionando y escribiendo sobre el “matrimonio homosexual”, ha llegado el momento de sintetizar mi posición.

Partamos de mi valoración de la homosexualidad: más allá de la tendencia, no creo que la homosexualidad sea algo que viene determinado genéticamente como el sexo biológico…  No hay pruebas al respecto, y sí indicios en sentido contrario.  Sin embargo, sí parece tener gran influencia en su desarrollo el medio en el que uno se desenvuelve y la propia voluntad.

Yo no soy homosexual, ni me he propuesto serlo porque, aunque defiendo la androginia originaria del ser humano –la coexistencia en una misma persona de lo masculino y lo femenino en el estado edénico- no creo que la homosexualidad tenga nada que ver con ello sino que, por el contrario, supone una forma limitada de nuestra naturaleza…  Empezando por nuestra naturaleza sexuada.

Yo no sé para ti, pero para mí el sexo es algo importante, muy importante. Y éste sólo puede vivirse plenamente (en sus cuatro vertientes: lúdica, relacional, procreativa y simbólica, espiritual o trascendente) en el marco de una relación heterosexual.

Así que no puedo valorar positivamente la homosexualidad ni apoyar la promoción de la misma, aunque es ese profundo respeto por la naturaleza humana el que me lleva –a un tiempo- a criticar la homosexualidad (la tendencia y conducta) y a tolerar y defender al homosexual (a la persona).

Todos debemos ser respetados en atención a nuestra dignidad humana, y no concibo por tanto aquellas legislaciones en las que se criminaliza la homosexualidad.  Pero tampoco me parecen bien aquellos regímenes en los que trata de convertirse la homosexualidad en norma, en conducta a promocionar… No es mi ideal de ser humano ni de sociedad, qué le vamos a hacer.

Y como que además estoy convencido de la influencia del medio en el desarrollo de la homosexualidad, no soy tampoco partidario de la adopción por parte de parejas homosexuales (entre otras cosas porque es el hijo el que tiene derecho a tener unos padres que le ofrezcan los medios para desarrollar plenamente su personalidad, y entiendo que eso es favorecido por la presencia de un padre y una madre ni del empleo de lenguajes ni figuras jurídicas que puedan dar lugar a la confusión.

Cuando era estudiante de Derecho, aplaudí la aprobación de las normativas sobre parejas de hecho en la que se reconocían derechos de carácter social y sucesorio a parejas homosexuales… Encontré –y encuentro- que es de justicia cubrir esas lagunas… Pero cuando escucho a los ultras de uno y otro sentido peleando por el término matrimonio, tras recordar que la palabra no es la cosa y que el lenguaje debe servir para entendernos y no para confundirnos, acabo alineándome con quienes defienden el dar un nombre distinto a las uniones homosexuales para reconocer las diferencias existentes entre las parejas homosexuales y las heterosexuales… Diferencias que existen… Pese a quien le pese.

Quiero que las parejas homosexuales tengan una cobertura legal, quiero que puedan vivir su opción sexual con tranquilidad y respeto… Pero quiero que se llame a cada cosa por su nombre, y que no se utilicen las palabras para crear confusión. La palabra no es la cosa. Pero cada cosa tiene un nombre, y “matrimonio” no es el que corresponde a una unión estable de carácter homosexual… Diga lo que diga el Tribunal Constitucional. Aunque, para qué mentir, poco me importa lo que diga, no encuentro que sea sede de Autoridad ninguna… Picapleitos con altavoces mediáticos, chupatintas de la ley que olvidan a menudo que ésta, para ser justa, debe atender a nuestra naturaleza. Así nos va… A ver cuánto duran, ellos y la Constitución que tan alegremente interpretan.


on Tuesday, September 27, 2011
DISCURSO DEL PAPA ANTE EL PARLAMENTO ALEMÁN
Reichstag, Berlín
22 de septiembre de 2012

Ilustre Señor Presidente
Señor Presidente del Bundestag
Señora Canciller Federal
Señor Presidente del Bundesrat
Señoras y Señores Diputados

Es para mi un honor y una alegría hablar ante esta Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegido democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a tener este discurso, así como sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señoras y señores, también como un connacional que por sus orígenes está vinculado de por vida y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a tener este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: “Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal” (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín.[1] Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el  dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: “Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos…, por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, con razón formaría alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley…”[2]. 

Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia actuaron contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil. 

¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano.[3] De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico del Iluminismo, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”.

Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido por la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo a la razón y la naturaleza, en su mutua relación, como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: “Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos... son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia…” (Rm 2,14s). Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales de naturaleza y conciencia, en los que conciencia no es otra cosa que el “corazón dócil” de Salomón, la razón abierta al lenguaje del ser. Si con esto, hasta la época del Iluminismo, de la Declaración de los Derechos humanos, después de la Segunda Guerra mundial, y hasta la formación de nuestra Ley Fundamental, la cuestión sobre los fundamentos de la legislación parecía clara, en el último medio siglo se produjo un cambio dramático de la situación. La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término. Quisiera indicar brevemente cómo se llegó a esta situación. Es fundamental, sobre todo, la tesis según la cual entre ser y deber ser existe un abismo infranqueable. Del ser no se podría derivar un deber, porque se trataría de dos ámbitos absolutamente distintos. La base de dicha opinión es la concepción positivista de naturaleza adoptada hoy casi generalmente. Si se considera la naturaleza  – con palabras de Hans Kelsen  – “un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos”, entonces no se puede derivar de ella realmente ninguna indicación que tenga de algún modo carácter ético.[4] Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza de manera puramente funcional, como las ciencias naturales la entienden, no puede crear ningún puente hacia el Ethos y el derecho, sino dar nuevamente sólo respuestas funcionales. Pero lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión han de ser relegadas al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en el sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista – y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública  – las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que afecta a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella.

El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, reduciendo todas las demás convicciones y valores de nuestra cultura al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa ante otras culturas del mundo en una condición de falta de cultura, y se suscitan al mismo tiempo corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los “recursos” de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.

Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada en la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando que no se malinterprete ni suscite excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar porque se perciba en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda de un determinado partido político, nada más lejos de mi intención. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión de los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que  – me parece  – se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.

Volvamos a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón, de los cuales hemos partido. El gran teórico del positivismo jurídico, Kelsen, con 84 años –en 1965  – abandonó el dualismo de ser y de deber ser (me consuela comprobar que a los 84 años se esté aún en condiciones de pensar algo razonable). Antes había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad. En consecuencia – añade –, la naturaleza sólo podría contener en sí normas si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Por otra parte –dice –, esto supondría un Dios creador, cuya voluntad se ha insertado en la naturaleza. “Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vano”, afirma a este respecto.[5] ¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?

A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.

Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero 
derecho, de servir a la justicia y la paz. Muchas gracias.

NOTAS:

[1] De civitate Dei, IV, 4, 1.
[2] Contra Celsum GCS Orig. 428 (Koetschau); cf. A. Fürst, Monotheismus und Monarchie. Zum Zusammenhang von Heil und Herrschaft in der Antike. En: Theol. Phil. 81 (2006) 321 – 338; citación p. 336; cf. también J. Ratzinger, Die Einheit der Nationen. Eine Vision der Kirchenväter (Salzburg – München 1971) 60.8
[3] Cf. W. Waldstein, Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft (Augsburg 2010) 11ss; 31 – 61.
[4] Waldstein, op. cit. 15-21.
[5] Citado según Waldstein, op. cit. 19