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on Tuesday, October 22, 2013
Conocí a Isabel hace ya tiempo, por cuestiones laborales, el día en que cumplió cien años. Nunca, hasta aquel momento, había tenido ocasión de felicitar a nadie en su centenario, y reconozco que, aunque me causaba cierto pudor invadir su intimidad en tan señalada fecha, acudí a su hogar con un respeto infinito y una alegría que a mí misma me chocaba, puesto que yo no sabía nada de ella ni de los suyos y, sin embargo, deseaba vehementemente encontrarme con aquella mujer, quizá porque por entonces se me estaban cayendo, uno a uno, casi todos los palos del sombrajo y, sin saber por qué, comenzaba a ser consciente de que algo en mí iba muriendo, poco a poco. Sentía la necesidad de fundirme en un abrazo con esta mujer, como si de ese modo pudiera encontrar la fortaleza necesaria, para seguir viviendo, al igual que ella, silenciosa y dulcemente, un puñado de  años más.

En los días previos a esta visita repasé en algunos viejos textos los acontecimientos más significativos de la época en que Isabel había venido al mundo, porque  la memoria flaquea y quitando el, por entonces, tan traído y llevado centenario del cine, apenas contaba con datos frescos para comprender como habrían sido los primeros caminos en los que, mi desconocida amiga, había comenzado su peregrinar. Soy consciente de que la vida de cada uno raras veces tiene que ver con lo que sucede a cuatro manzanas, pero necesitaba un escenario para comenzar.

Aquel siglo que fuera concebido como el de las grandes esperanzas rebosante de sabios, filósofos, escritores y artistas como nunca antes se había visto, había traído al mundo la terrible primera guerra mundial, el crack del 29, el terror de Hitler, el lanzamiento de la bomba atómica, Vietnam, Ruanda, los Balcanes y la guerra interminable del Oriente Próximo. “Sangre sudor y lágrimas!”.

Sea como fuere, fui pespunteando en mi cabeza los acontecimientos de  aquel fin de siglo en España donde sin salir de casa, los carlistas revoltosos se habían levantado en armas, mientras que en la lejana Cuba, miles y miles de nuestros compatriotas habían muerto en una guerra absurda y cruel, como crueles y absurdas serían en mayor o menor medida todas las guerras que, desde dentro o desde fuera, irían amargando algunas etapas negras de la vida de Isabel.

En la otra cara de la moneda, se dibujaba la efigie de una nueva Constitución y en un Madrid en relativa calma, se comenzaba a hablar de su zona Oeste como nuevo pulmón de la Capital. Los nombres de María Guerrero, Albéniz, Benavente, Galdós, Benlliure, Machado o Azorín, sin ir más lejos, no formaban parte aún de ninguna enciclopedia, porque eran sencillamente,  los de gente próxima, jóvenes emprendedores y deseosos de triunfar.

Cuando Isabelita iba a cumplir once años oía, sin apenas escuchar, que en el patio todos hablaban y no paraban de un acontecimiento feliz, y al igual que mucho después Madrid  se engalanara para la boda de nuestro Príncipe en el Palacio Real, en tropel acudieron entonces los madrileños a las puertas de Los Jerónimos, invadiendo calles y plazas, para ver a su Rey, en el día de su boda, sin saber que Mateo Morral tenía sus propios y nefastos planes. ¡Vaya susto, señor!

De Santander llegaron los primeros tranvías eléctricos que comenzaban su recorrido por los madriles sin tenerlas todas consigo; se creaban los primeros clubes de fútbol, y la historia de amor de las mil y una noches entre nuestra Anita Delgado y el Maharajá de Kapurtala enternecía a todas las jovencitas de la ciudad. Se inauguró la Plaza de toros de Vista Alegre y apareció el fotógrafo y la cocina eléctrica y la radio -.su radio-,… ¡y aquella espantosa guerra que no acaba nunca y ,por fin, la paz ¡Quiera Dios que definitivamente instalada! y la tele, y luego el viaje a la luna y… De todos esos acontecimientos y de cuantos se fueron sucediendo a lo largo y ancho de estos cien años, esos que han ido formando parte de la historia oficial y oficiosa ¿Cuántos conoció y cuántos ignoró nuestra buena Isabel, cuántos de ellos formaron parte integrante, o al menos, quizá sin que ella lo advirtiera, tuvieron algo que ver con su propia vida?

Porque las vidas privadas de cuantos vamos haciendo la pequeña historia de cada día tiene, como decía, poco que ver con los eventos magnificentes, tanto para bien como para mal, pero sus consecuencias a menudo sí que influyen en nuestro devenir cotidiano, y, sobre todo, no podemos evitar que nuestra existencia sufra cambios traumáticos si nuestro país se ve arrasado por un cataclismo, sea de la índole que sea aunque, a pesar de todo, la mayoría sobreviven… sobrevivimos.

¿Cómo puede producirse el milagro de adaptación de un ser humano a los extraordinarios cambios que han ocurrido en el siglo pasado y en el actual.  Ese milagro capaz de conseguir que alguien siga conservando ese aspecto, de dulce indiferencia, de comprensión infinita que tantas veces había visto en mis mayores y que ahora mostraba Isabel, sentada apaciblemente al abrigo de las faldas de su mesa camilla, desde la que hacía años contemplaba calmas y tormentas con su toquilla de punto y su sonrisa de andar por casa?

Desafortunadamente de Isabel solo conocí unos pocos detalles, demasiado pocos y demasiado insignificantes. Era pequeña, limpia y enternecedora, aunque firme y despierta a la vez. Su tono de voz era fresco y sorprendentemente jovial amable y rotundo. Había trabajado todos y cada uno de los días de su existencia “aunque ahora, hija mía sólo soy un trasto viejo”. Tenía trece bisnietos que venían a hacerla arrumacos y la llenaban de besos. Estaba rodeada del cariño de los suyos y los que la conocían bien aseguraban que, a pesar de su edad, no tenía pelos en la lengua. Confiaba en Dios y cada día le pedía salud para todos y que todos fueran buenos ¡Ahí es nada!

No pude hablar mucho más con ella porque la casa estaba a rebosar, pero el abrazo si que se lo di y bien largo… me hubiera gustado volver una tarde cualquiera y otra y otra y que me contara cosas de su vida, de esas que nunca podré encontrar en las hemerotecas. Ella me dijo “venga cuando quiera, esta es su casa”… y lo bueno es que se notaba que lo decía de verdad. Pero… no pudo ser.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones porque estoy convencida de ello. Lo importante  no es lo que somos o lo que tenemos, sino los seres humanos que vamos encontrando y perdiendo en algún cruce del camino. Aquellos que permanecen ya siempre en nuestro recuerdo porque fueron capaces de darnos aliento, ternura, bondad o amor.

Por Elena Méndez-Leite

on Wednesday, May 15, 2013
Había una vez, hace muchos, muchos años, un lejano reino que estaba pasando por momentos de dificultad. Durante muchos años la corona se había preocupado por todos sus súbditos, ayudándoles y supliendo sus carencias, llegando donde ellos no llegaban. Pero las arcas del monarca se estaban quedando vacías, comenzaban a estar pobladas por telarañas… Así que el joven consejero del rey, un auténtico genio de los números, mostró al jerarca unos cálculos en los que demostraba que los ancianos suponían un gasto terrible y que, sin embargo, sus limitaciones físicas les impedían aportar ingresos comparables a través del trabajo.

- Debemos deshacernos de los ancianos, majestad- dijo en el frío tono de aquél que no esntiende más que de números y estadísticas-. Nos aportan menos de lo que nos cuestan. Sin ellos, podremos soportar durante más tiempo esta época de necesidad, hasta que lleguen tiempos mejores.

- ¿Quieres decir?-le preguntó el rey-. ¿No habrá otra solución? Yo ya no tengo padre, pero pedir a mis súbditos que se deshagan de ellos no va a ser fácil.

-Apele a su egoísmo, sire. Dígales que, sin los ancianos, los jóvenes podrán vivir mejor, más libres, sin tantas obligaciones… Y disponiendo de muchos más recursos…  Le escucharán, ya lo verá… Además, vos sois el rey… No deis opción, dad la orden si queréis salvar vuestro trono.

Salvar el trono, la corona sobre su cabeza, las monedas de sus arcas… Eso sí que caló en el alma del soberano, y ordenó que se desterrara a todos los ancianos de su reino.  Algunos jóvenes lloraron al separarse de sus padres, otros suspiraron aliviados al deshacerse de aquellos que les habían criado pero que ahora requerían de sus cuidados… Sólo un soldado, Senectus, hizo algo a lo que nadie más se atrevió porque estaba castigado con la tortura y posterior ejecución: ocultó a su anciano y enfermo padre en el desván de su casa, en un cuarto secreto, y siguió ofreciéndole sus cuidados y brindándole su afecto… Cuidando, eso sí, de que nadie se percatara de su presencia.

Tras el éxodo de los ancianos, el rey exigió el de los enfermos incurables, y más tarde el de los niños… Aportaban menos de lo que producían, eran una carga para las personas y para las arcas del tesoro… Los ciudadanos, liberados del gasto y del esfuerzo de cuidar y mantener a quienes habían estado bajo su cuidado, relajaron sus costumbres y disminuyeron también su eficiencia y cantidad de trabajo… Sólo se preocupaban por su propio disfrute, hacían pivotar su vida alrededor de su goce inmediato, pues nada les empujaba a trascenderse… Con lo que la recaudación de impuestos, en contra de los cálculos de tan previsor consejero, disminuyó sustancialmente…  Agravando las dificultades de la monarquía.

Pero el momento crítico llegó cuando la sequía asoló el reino, y las cosechas murieron quemadas por el sol…  No había nada que comer, no había salario que cobrar, ni impuesto que pagar. La pobreza se extendía por el reino y, con ella, se encendía la mecha de la rebelión. Conscientes de que la situación se estaba volviendo explosiva, el rey y su consejero tomaron una decisión desesperada: reunieron a su ejercito y exigieron a sus soldados que trajeran comida -de donde fuera- en el plazo de una semana… Si no querían ser inmediatamente ejecutados. El miedo y la desesperación se reflejaba en la mirada de todos, gobernantes y gobernados…

Senectus llegó a casa con el rostro desencajado y su padre, que le conocía, se percató de su preocupación.

-¿Qué te sucede, hijo mío?- le preguntó.

-El monarca nos ha dado un ultimátum: o traemos comida o seremos ejecutados… Pero los campos están secos y los de nuestros vecinos también, nuestros hogares carecen de alimentos… Ni el trabajo, ni la conquista ni el saqueo pueden liberarnos de la condena… He estado hablando con mis compañeros, y sólo nos cabe la huida o la muerte.

-Puede haber otra solución- respondió el anciano-. Cuando, hace unos sesenta años, la sequía asoló estas tierras, recuerdo que un viejo sabio nos ofreció una solución al hambre que jamás se le habría ocurrido a nuestras por aquel entonces jóvenes mentes… “Seguid a las hormigas hasta sus despensas, son muy numerosas en estas tierras, y se aprovisionan de trigo para pasar todo el invierno…”. Seguidlas, hijo mío, acceded a sus depósitos, y encontraréis el alimento del que depende vuestra vida. Haz caso a un anciano que no tiene fuerza pero sí experiencia, recuerdos y saberes que se perdieron con el paso del tiempo.

Senectus no lo dudó, presentó a la mañana siguiente como suya la ocurrencia y todos los soldados se pusieron a cavar donde había hormigueros… Encontrando las reservas de trigo de las que les había hablado su compañero.  Llenaron varios sacos y los presentaron al rey, que no salía de su asombro.

- ¿Dónde habéis hallado el trigo?- preguntó con curiosidad.

- De los hormigueros- respondió el General de todos los ejércitos.

-¿De los hormigueros?- inquirieron al mismo tiempo el monarca y su consejero.

-Sí, fue una extraña pero exitosa idea de uno de nuestros soldados, majestad.

-Traedlo a mi presencia- exigió el asombrado rey.

Una vez Senectus llegó frente al trono y se postró ante él, oyó la pregunta de su soberano:

-¿Cómo se te ocurrió tan feliz idea, soldado?

-Temo responderos por miedo al castigo, sire- contestó Senectus.

-Si me respondes la verdad, prometo ante todos que no habrá represalia alguna contra ti. Más bien te concederé aquello que pidas.

-No deseo nada más que cumplir con mi deber y protegeros a vos y a vuestros súbditos, majestad. La idea que a todos nos ha salvado de la hambruna no ha sido, en realidad, mía… Sino de mi anciano padre que vive oculto en una habitación secreta que se encuentra en mi casa. Cuando disteis la orden de exiliarlos, no pude alejarme de él: precisaba de mis cuidados para sobrevivir, y yo de su afecto, cariño y enseñanzas para no perderme a mí mismo… Así que os desobedecí y le oculté. Y, pese a haber compartido con él mi mantel, he trabajado duro y he ganado en riqueza y alegría en estos tiempos gracias a su consejo y apoyo, mientras que la pobreza y la tristeza han ido asolando a todos mis vecinos.

No hizo falta decir más.  En ese mismo instante, la venda que había cubierto los ojos del monarca con sus exactos cálculos, con sus valoraciones de ingresos y gastos, cayó al suelo y le permitió comprender que la realidad, la vida, está compuesta por mucho más que fríos números. No todo puede cuantificarse, lo más importante escapa a la cantidad: la experiencia, el cariño, el calor de una sonrisa, el apoyo, la misericordia, la magnanimidad, la preocupación por el otro… Todo eso no forma parte de la cuenta de resultados, no puede introducirse en en libro de ingresos y gastos… Pero es imposible obtener beneficio o éxito alguno si se carece de todos esos tesoros que nos hacen más humanos y felices.

Una nueva orden fue emitida desde palacio: todos los exiliados podían volver a sus hogares, y un consejo de ancianos substituiría al joven consejero que, con su frialdad e inexperiencia, había estado a punto de sumir al reino en la más oscura de las tinieblas.

No tomemos por lastre, lo que es en realidad una joya. No nos deshagamos de aquello que supone un tesoro para el presente y futuro de nuestra existencia. No nos dejemos llevar por la comodidad y el egoísmo: los ancianos, los enfermos y los niños deben ocupar un lugar de privilegio en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestras sociedades… Si es que queremos vivir en un mundo cada vez más humano, justo y solidario. De lo contrario, se cumplirá la profecía de Hobbes y los hombres nos volveremos lobos para el hombre… Hambrientas fieras que nos depredaremos unos a otros, animados por un egoismo sin límite ni freno.

Aprendamos de los cuentos, despertemos: cambiemos la mentalidad del depredador por la del jardinero… Sólo así haremos de esta árida tierra un nuevo jardín del Edén.


on Wednesday, May 8, 2013
Aquel quince de abril de 1963 era lunes. Al parecer un lunes sin más, laborable, primaveral y soleado como tantos otros del año. Precisamente el día anterior había sido el aniversario de la muerte de Lincoln, y faltaban pocos meses para que el mundo se paralizara de terror al presenciar, atónito e impotente ante las pantallas del televisor, el tiroteo y muerte en blanco y negro de otro atractivo Presidente americano, joven, eficaz  y luchador que, no hacía tanto, salía airoso de uno de los más terribles episodios de la llamada guerra fría que a punto estuvo de mandarnos a todos al garete, y que fue  conocido popularmente como “ el asunto de los misiles cubanos”.

El Papa bueno, y además valiente, acababa de publicar la que sería su última encíclica “Pacem in Terris”, que no solo hablaba de paz, sino de justicia social, derechos laborales, presencia de la mujer en la vida pública y un largo etcétera de asuntos aún pendientes pero no por ello menos necesarios  para la convivencia entre seres humanos, y que no estaría de más releyéramos en estos turbulentos tiempos del nuevo siglo en el que el exclusivo y excluyente protagonismo de ruina económica y de quiebra de valores que nos toca vivir, nos hace olvidar otras épocas duras y difíciles en las que a fuerza de ilusión, empeño y sacrificio conseguíamos cada día y entre todos rehacer los pedazos de una España mermada y sufrida, silenciosa en su tarea cotidiana de reinventar la concordia y conservar la paz.

A España llegaba precisamente ese lunes el embajador de Estado Unidos ante la Onu Adlai Stevenson, quien había jugado un importante papel en la crisis de los misiles antes mencionada, y mientras, las gentes hablaban del pabellón español que el arquitecto Carvajal diseñaba para la Feria de Nueva York que, a bombo y platillo, se inauguraría el año próximo; o de los nuevos estudios de Televisión Española levantados en las afueras de Madrid,- para más señas en Prado del rey, Pozuelo de Alarcón-, para sustituir al modesto chalet del Paseo de la Habana de entrañable recuerdo.

Por nuestras tierras del norte, ese mismo 15 de abril, el movimiento Embata presentaba el primer partido político abertzale que sería disuelto once años después, y el Nodo nos mostraba, a toro pasado, el Paseo de las Ramblas, al que los barceloneses se acercaban multitudinariamente el Domingo de Ramos para escoger y comprar en los puestos del tradicional mercado de palmas  provenientes de Elche, aquella que en forma lisa, rizada o de solapa, pequeña, grande o mediana, con motivos florales, o cualquier otro que la imaginación de los ilicitanos hubiera podido fabricar, les acompañara y fuera bendecida en la Misa dominical, y colocada después en los balcones, engalanados así  para recibir una vez más las procesiones de Semana Santa 

Sin embargo, todo eso eran noticias que poco interesaban aquel día a nuestros protagonistas en la bendita tierra valenciana que les vio nacer. Aquél, no solo era para ellos un Lunes de Pascua, festivo y jacarandoso, radiante de luz. Aquella era, nada más y nada menos, que la fecha  de su boda, una boda deseada, querida y preparada con ilusión alegría, esperanza y esa extraña mezcla de ansiedad y temor ante un futuro por tejer en el que el destino  jugaría también su propio, misterioso e inevitable papel.

Concha abrió los ojos y de un salto se plantó en mitad de la habitación. No era un sueño. Allí estaba su vestido de novia, sus zapatos de satén y el velo de tul desmayado en la cómoda como sin querer. Entró en el baño humeante y el olor a lavanda envolvió cada uno de los poros de su piel joven caliente y morena. Ya despierta y sonriente entró en la cocina donde  una cohorte de mujeres parlanchinas trajinaba los desayunos o maquillaba y vestía a las mujeres de la familia. Reían nerviosas las solteras, y sonreían cómplices las casadas, mientras la abuela, que ya apenas oía y la Tata que no paraba de llorar, preparaban vasos de Cola-Cao; untaban la nata de la leche recién hervida sobre el pan tierno, lo espolvoreaban de abundante azúcar y se lo ofrecían a los chiquillos, que iban apareciendo adormilados, a medio vestir o a medio peinar, escondiendo las manos llenas de petardos, que el tío Rufo les acababa de dar.

En casa de Vicente, los hombres  sentados en el comedor en mangas de camisa, daban buena cuenta del almuerzo. No faltaba nunca en casa de los Sanchís el embutidito de Onteniente, los tomates carnosos, la tollina de sorra del Cabañal, los dátiles, las hogazas recién salidas del horno, el pan quemado, las rosquilletas y los dulces; los buñuelos; las valencianas, las ensaimadas, el bizcocho de Doña Matilde, el café humeante y las jícaras de jugo de naranja junto a alguna botella de anisete, que acompañaban cada uno de los festejos que, ya en vida del bisabuelo Pacorro, se celebraran ruidosamente en aquel hogar. En el día de hoy las risas, y los chascarrillos al novio se multiplicaba en un ambiente de franca camaradería y cordialidad. Matilde -madre y madrina-, iba y venía, pendiente del reloj, rellenando tazas, trayendo tostadas y sacando sillas,  hasta que dieron las diez en el viejo carillón de la antesala.

“Chente -susurró a su hijo- avisa que quien quiera comulgar tiene que terminar ya el desayuno,  que yo me voy arreglar. No le gustaba nada a la buena señora ese modernismo que había desterrado de un plumazo el reglamentario ayuno de “toda la vida” de 12 horas antes de  la Comunión. Aceptaba que los demás lo practicaran pero, eso sí, sin pasarse de rosca que para eso estaba ella allí.

Entre dimes y diretes  las horas iban pasando. Nervioso y puntual Vicente, ofreció el  brazo a su madre y ambos bajaron al patio donde varias vecinas esperaban desde hacía rato. Su padre salió del imponente automóvil del tío Paco para abrir la puerta a la madrina y al novio. Eran las once y media del primer día del resto de una vida que sería larga y fructífera, pero eso… lo sabría Vicente muchos años  después.

Curiosamente, Concha llegó al Patriarca sin la tardanza propia del caso, tan solo cinco minutos después de que lo hiciera el novio. La Plaza rebosaba de pamelas, tocados, sedas, plumas y adornos multicolores, las alhajas robaban destellos al sol de mediodía y el aroma de Valencia, que de indescriptible duele, inundaba la mañana abrileña. Cientos de personas risueñas y en franca algarabía abrían sus brazos para saludar a unos y a otros y lentamente iban llenado la Iglesia.

La habitual penumbra del Colegio Seminario del Corpus Christi, “su” Patriarca en el que tantas veces Concha se refugiaba, había desaparecido con el fulgor de cientos de luces prendidas para la ceremonia. Ciertamente había perdido esa intimidad de la que ella solía gozar pero la belleza de los murales espléndidos; la bóveda que los cobijaba; la barandilla de bronce que daba acceso al altar y sobre todo su querido lienzo de La Última Cena se mostraban en todo su esplendor.

La joven se sujetó con fuerza al brazo de su padre aspiró profundamente y notó que algo no había cambiado esa mañana, como casi siempre, olía dulcemente a incienso. Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron amorosamente con los de Jesús de Nazareth a los acordes de la sempiterna marcha nupcial de Mendelsohn.

15 de abril de 2013: Santos Anastasia y Telmo.

Aunque todos con sus mejores galas, no habría más de cuarenta personas esperando en la estrecha acera de la Avenida del Puerto valenciana. Un incesante ir y venir de coches y el paso apresurado de los viandantes indicaba que aquella hermosa mañana de abril no tenía en sí nada que la hiciera parecer festiva. También era lunes, pero no de Pascua, y la fecha seguía siendo 15 de abril.

Concha y Vicente llegaron a la Iglesia minutos antes de comenzar la ceremonia. Ella comentó: “¡Quien lo habría de decir, nos casamos en la Iglesia del Patriarca fundada por Juan de Ribera, y cincuenta años después estamos ante esta pequeña Iglesia de San Juan de la Ribera! ¿Qué os parecen las cosas que trae la vida?”.

Todos cupieron en el Altar sabiamente dispuesto por el Párroco-amigo con la ayuda de hijos y nietos. Cuando se hubieron acomodado los presentes, entraron Concha y Vicente caminando juntos por el pasillo de la iglesia vacía, a los acordes de la marcha nupcial. Ella más hermosa si cabe que hacía cincuenta años, con la cabeza inclinada como una novia tímida y enamorada, Él con esa mirada franca abierta y un pelín irónica a la ya que nos tiene acostumbrados. El silencio se podía cortar con un cuchillo y la emoción contenida iba formando parte de la ceremonia como una invitada más. Sus tres nietos se intercalaron entre ellos, sus hijos a la derecha del altar, y en breves instantes se resumieron cincuenta años de luchas, de esfuerzos, de entregas, de renuncias, de amor inmenso, de llantos y de risas; de “si no te quisiera tanto” y” de ya no puedo más”… Pero habían podido. Allí estaban las dos generaciones que ellos trajeron al mundo y cuidaron luego con el mayor esmero permitiendo que en el momento oportuno echaran a volar. Allí estaban presentes en su corazón los suyos que ya partieron y los que seguían con ellos y entonces, sólo entonces, fueron conscientes de su reciedumbre y de lo arduo de la tarea que acababan de culminar.

Concha levantó la cabeza y miró a Vicente. Ahí empezaba el resto de su vida, una vez más. El Sacerdote decía: ”…y a los Santos patronos Anastasia y Telmo”. Los dos sonrieron. Habían conseguido llegar a celebrar este día único y hermoso y después de cincuenta años multiplicando panes y peces, ya nadie podría separarlos, y juntos beberían por siempre el vino santo de Caná.

Por Elena Méndez-Leite

on Saturday, April 6, 2013

"En el sentimiento del amor existe algo singular capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre aquella felicidad total cuya consecución es el fin de la vida".
León Tolstoi

La descomposición de nuestra sociedad es el resultado de haber hecho de la incoherencia la norma, del egoísmo un motivo y del odio un voto.

Desde esa postura, hay quien convierte su vida en una reivindicación permanente en favor de un mal entendido concepto de libertad, sin darse cuenta de que, en realidad, ellos son los que se han convertido en esclavos de la sinrazón, de la mentira, del cinismo y hasta de su propia necedad. Sin darse cuenta de que la verdadera independencia es la que se consigue mediante el pensamiento crítico y la búsqueda permanente de la verdad, no en base a la que proporcionan las barreras físicas, idiomáticas, culturales o a través de la enajenación de un pedazo de tierra.

Olvidan, que promover la confrontación y recurrir a la violencia, al insulto o a la amenza, desautoriza moralmente aquello que reivindican. Olvidan que, en el mejor de los casos, la supuesta bondad de una determinada causa no es un argumento válido para obviar o llegar a omitir los aspectos éticos de nuestros actos. Olvidan, seguramente, que la sostenibilidad de nuestro bienestar personal depende de la consecución del bien común, de nuestro amor hacia los demás y que nuestro peor enemigo es, precisamente, todo ese egoísmo exacerbado. Solamente quien logra dominar al dragón del Yo hipertrofiado, empieza a descubrir la verdadera belleza de la vida y lo sencillo que puede resultar alcanzar la felicidad.

Vive y deja vivir. Vive y haz más fácil la vida a los demás. Vive y ayuda a que otros también puedan vivir con dignidad y desde la verdadera libertad... ¡VIVE!

Por Alberto de Zunzunegui

on Monday, February 18, 2013
"Abandonar puede tener justificación; abandonarse jamás".
Fotografía de Rafa Llano
Cuando D. Guillermo Trebín me honró pidiéndome que pronunciase una conferencia en los cada vez más afamados “Lunes de Ginzo”, acepté por supuesto, ilusionado como tantas otras veces, y elegí algo que tuviera interés general. Dado que tenía la oportunidad de dirigirme a ustedes, no iba a desaprovecharla dándoles un discurso sobre el Raciocinio, por ejemplo. Consideré que eso sería perder el tiempo, ya que explicarles una materia tan compleja, requeriría todo un curso y no una conferencia de 50 minutos.  Otra opción hubiera sido dar lo que se denomina una charla divulgativa, es decir, “algo” que intentara hacerle creer a ustedes, personas formadas y con experiencia, que  ya entienden de algo más que realmente no entienden, satisfaciendo así lo que considero uno de las más bajas pretensiones de la gente moderna, es decir, una curiosidad superficial acerca de los  nuevos conocimientos.

Rechacé, pues, ambas alternativas y decidí hablarles sobre un asunto que es esencial para todos, con la esperanza de que ello les ayude a aclarar sus ideas acerca del mismo, incluso en el caso de que estén en total desacuerdo con lo que yo vaya a decirles, por lo que, como se decía antiguamente, cuento con su comprensión y benevolencia.

Los estrés –que ya saben ustedes de que se trata - y las “estenias”, que son los cansancios corporales y mentales de cualquier tipo, constituyen los burladeros recurrentes de este tiempo, en los que siempre nos refugiamos. Pero lo cierto es que este mundo, empeñado en crear un ambiente confortable es, muy por el contrario, un mundo que cansa. Y téngase en cuenta que el cansancio moderno de la vida es mucho más que la adición de los cansancios físicos que nos cansan, como iremos viendo.

En un momento, demasiado largo ya, culturalmente triste y oscuro como el que vivimos para nuestra infelicidad; en pleno ocaso de ideologías, de falta de creencias trascendentales y de valores religiosos. En una etapa como ésta de auténtica incertidumbre, no se debe minimizar o subestimar el moderno cansancio de la vida que afecta a mucha gente, porque tal cansancio es el resultado consecuente y lógico de las  citadas carencias.

Cuando ese cansancio, no es temporal sino que dura una temporada relativamente larga,  de quince días por ejemplo, es preciso reponer fuerzas para sumergirse en otro ciclo con nuevos impulsos; para ello, tenemos que planificar días de reposo y sosiego, llenándolos de tranquilidad y equilibrio.

En estos tiempos que nos han tocado, hablamos demasiado y ostentosamente de “calidad de vida” en un sistema de bienestar; pero cada vez vivimos más angustiados y desengañados de casi todo. Y eso es debido a que muchas de las necesidades que nos creamos no son otra cosa que intensos pero sólo aparentes deseos. Las actuales prisas, son como corchetes o “esposas” que nos aprisionan, y el alma se arruga ante tanta precipitación sin sentido. ¿Por qué y para qué tanta prisa?, tendríamos que preguntarnos.  Yo reconozco que, hasta hace pocos años,  también corría sin saber bien hacia donde, de alucinación en alucinación, en una carrera errática y fatigosa.

Pero, si lo pensamos bien, admitiremos que desconocemos muchas cosas importantes de la vida, porque no nos detenemos lo suficiente en ellas. ¡Cansados de la vida! participamos en la maratón de una existencia verdaderamente agotadora. Y olvidamos con frecuencia que saber vivir, no es ni mucho menos, una cuestión fácilmente hacedera. Como dijo Juan Ramón Jiménez, cargado de la poesía que llevaba en sus entrañas: “Saber vivir es respirar a fondo  para descubrir, al fin, el perfume.”

La fatiga que produce el cansancio moderno de la vida, no se refiere a nada en concreto.   Su alusión es muy imprecisa, ya que describe a la vida como totalidad, como proyecto.  Sin embargo, les diré que el examen de ese estado de ánimo, demanda, para ser superado, tres cosas fundamentales, a mi modo de pensar:

1) Buscar su porqué (Etología).
2) Describir lo que el sujeto experimenta interiormente (Vivencía) y,
3): Diseñar un plan que permita salir de dicho estado de ánimo (Terapia).

Repito: etología, vivencia y terapia.

Hace unos treinta años, existía evidente desigualdad entre los recursos financieros disponibles y los proyectos a realizar. Éstos eran mucho más numerosos que aquéllos.  Ahora, por el contrario,  y pese a la crisis, tenemos al menos en el llamado “primer mundo”, y hasta en España, numerosos recursos, pero apenas disponemos de planes para aplicarlo. Pensemos en la escolaridad que en nuestro país es forzosa. De modo que, cuando los niños nacen, después de haber ido a una guardería, tiene que ir a una escuela, y luego, a otra;  así, hasta los 14 años, y todo ello, exigido e impuesto por ley, y eso, naturalmente, origina el cansancio moderno de la vida que tanto nos preocupa. Yo diría más, diría que es la raíz del cansancio de la vida más frecuente en nuestro tiempo.

La tan añorada libertad humana, consiste básicamente en hacer algo que tú deseas libremente; por ejemplo, lo que yo estoy haciendo ahora aquí es dictar una conferencia sobre “El moderno cansancio de la vida”, y puedo, darla o no darla, y hasta si no se me ocurran más que tonterías, que es bastante posible; yo renunciaría y sería una conferencia frustrada desde el principio. Pero mi proyecto inicial estaba  bien determinado: se trataba de concebirla, escribirla y exponerla, lo mejor que fuese posible dentro de mis cualidades y características.

En tal caso de abandono, amigos, sólo nos quedaría el automatismo, que es una forma de actuar sin decisión previa sino repetida. Por ejemplo, el hombre moderno que dispone de recursos económicos, tiene que ir los fines de semana a su casa de la sierra, cuidar el jardín, vigilar que no salgan goteras, realizar alguna pequeña reparación de urgencia, etc. Y a eso le llamamos, modernamente, disfrutar del tiempo libre, ¡qué sarcasmo!.

Pregúntense ustedes cuantas veces al día, aun estando ya jubilados, dicen “tengo que hacer” tal o cual cosa. Incluso las tareas que más nos apetecen, decimos que tenemos que hacerlas. Es el mecanismo perverso de la anticipación… Hay en cartel una obra de teatro que deseamos ver sin falta, pero hay que sacar las entradas 15 ó 20 días antes. Yo quiero ir a verla hoy, día 6, pero no quedan localidades hasta el 25, y yo no sé si tendré ganas de ir al teatro el día 25.  Esta es la forma que impone la vida moderna, aun disponiendo de recursos; ¡ y no estoy inventando nada!.

Ortega nos enseñó que el hombre es futurizo. Y el sufijo “izo” (en estas cuestiones lingüísticas me siento bastante cómodo) en español, quiere decir que está “orientado a”, “proyectado a”. Así decimos que el suelo está resbaladizo, cuando resbala, que alguien es “olvidadizo” cuando olvida fácilmente, “enamoradizo” cuando se enamora muchas veces.  O que es un lugar fronterizo el que está próximo a la frontera. Pues bien, el hombre es “futurizo”, porque está proyectado hacia el futuro.

Señoras y señores, estamos ahora aquí y en este momento ustedes acaso estén pensando que ¿cuándo terminará este “rollo”? y qué van a hacer luego, y mañana, y hasta que lleguen las vacaciones de Semana Santa que son las más inmediatas. Y el ensueño queda cohibido por otros proyectos que no son los suyos, pero que no han tenido más remedio que aceptar. Lo que quiero decir llanamente es que la causa más radical del cansancio moderno de la vida, es la mutilación de la actividad proyectiva de la que venimos hablando.

En cualquier caso, resulta imprescindible, penetrar en el tema de la vida para situarnos. Y ¿Qué es la vida?, Ortega nos dice en su famosa “Historia como sistema” que la vida es “la realidad radical” porque a ella han de referirse todas y cada una de las cosas que nos rodean.

En los últimos quince o veinte años, utilizamos un lenguaje cada vez más rimbombante y se habla mucho, ostentosa y pomposamente, de la filosofía de la vida humana. Y es que, en realidad, nuestra vida está constituida por una mezcla de muy diversos componentes con los que el ser humano tiene que jugársela a diario. Por eso, resulta más exacto, hablar de  mi vida como la obligación primordial que tiene el hombre. (Cuando digo “mi vida”, me refiero también, por supuesto, a la singular y particular vida de cada uno de ustedes).

Cuando alguien dice "Mi vida", coinciden especialistas y pensadores, se refiere a lo que lo que ustedes son, a lo que ustedes hacen, a la situación en que cada uno se encuentra y “su circunstancia” (“yo soy yo y mi circunstancia” que nos dictó Ortega y Gasset). Si la filosofía sirve para algo, que evidentemente “sí que sirve”, es para iluminar la vida de cada uno, para emplazarla lo mejor posible. Porque toda filosofía, amigos, es meditación de la vida.

Resumiré esta cuestión que se me antoja fundamental: Mi vida, la de cada uno de ustedes,  y la de todos los seres humanos, tiene dos aspectos fundamentales, que yo llamo “las dos pes”: Personalidad y Proyecto. Y la plataforma sobre el que ambos conceptos se apoyan, resulta ser la auténtica realidad de cada uno. La que el maestro Ortega llama “la realidad radical”.

Una frase de la calle –nunca olvidemos que el lenguaje lo crea el pueblo llano- lo refleja cabalmente. La frase es: “yo hago mi vida”. Y así es, en efecto, porque a través de "su vida" es como  cada uno va diseñando su personalidad y su proyecto concretos.

¿Están ustedes cansados de estar cansados?. ¿Atraviesan un periodo de misterioso cansancio?. ¿Están ustedes hartos de quejarse de lo cansados que están?. Me parece, señores, que se encuentran en plena crisis de cansancio vital. Pero no se preocupen que no se trata de ninguna enfermedad letal, aunque, eso sí, es sumamente contagiosa. Las causas de tal fenómeno se encuentran, sobre todo, en la excesiva exigencia a que sometemos a nuestra mente y nuestro cuerpo, durante  el moderno vivir cotidiano.

La sociedad cambia a una velocidad vertiginosa, los adelantos tecnológicos nos abruman, y la cantidad de información que recibimos diariamente es gigantesca. Y a todo eso hemos de añadir nuestro particular ritmo de vida, las compras, el control de las facturas, la familia y sus múltiples demandas, los amigos, el ocio, la formación, y las señoras, además, las inacabables tareas domésticas.

Por cierto, una de las cosas que nos produce mayor cansancio es la disputa con los reveses y las frustraciones que la vida comporta. Claro que para intentar algo medianamente grande hay que dejarse la piel, como suele decirse. Mas sentirse angustiado, sólo debiera ocurrir en casos de catástrofes, o sucesos realmente graves, no de dificultades o males sin  importancia por más que nos empeñemos en dramatizarlos…

En cualquier caso, deberíamos valorar con equidad, justicia e imparcialidad, tanto los hechos negativos como los positivos, para concluir con un balance ecuánime que no fuese ni triunfalista, ni derrotista.

Pero creo que me estoy desviando de mi intentona que no es otra que estudiar las vivencias del individuo moderno cansado de la vida. Porque hay que admitir que esa sensación de aburrimiento y hastío, está cada vez más extendida y ha calado hondo en todos nosotros, jóvenes y viejos, incluso quizás más en el mocerío, porque se observa hoy, en la juventud, un complejo cóctel de desgana, apatía y dejadez. Da la impresión, muy posiblemente acertada, de que el hombre y la mujer actuales hacen todo con tan “excesivo esfuerzo” que, al cansarse tanto, terminan haciéndose vagosLa personalidad humana se ha teñido modernamente de un regusto apático donde se ponen en fila el desaliento, la pereza, el pesimismo, el desánimo, la melancolía, y qué se yo cuántas cosas más, que  hacen, dicho en pocas palabras, que nos sintamos impotentes ante la vida.

Pero lo que mejor radiografía el cansancio actual de la vida, es la falta de ilusión y el desencanto. El humano, admitámoslo, se ha vuelto enfermizo, y algo brumoso, como envuelto en la tonalidad gris de una tarde tormentosa. Y todo ello, revestido de una desesperación que culmina en una fase en la que la personalidad corre gran peligro, porque el tema que sobrevuela en el fondo de tal vivencia es, ni más ni menos, que la amenaza del propósito personal, de nuestro proyecto personal.

Se ha generado la  verdadera y gran crisis, de la que tanto se habla y que todos padecemos en una u otra medida, por la pérdida de ilusiones en los objetivos propios y, también, no hay que negarlo, por errores de estrategia que nos vienen desde arriba por una mala gestión de los gobiernos. De esa forma, nuestro proyecto se ha desdibujado, y al perder sus líneas básicas, se ha tornado equívoco y borroso. Por eso, me parece, asumimos más de cinco millones de parados –cada uno con su particular tragedia- y más del 45% de desempleo entre los jóvenes. Y claro, no concebimos, ni entendemos lo que nos pasa, porque estamos ciertamente abrumados. Y ese hombre, o esa mujer, ustedes, yo, o cualquier otro, empieza literalmente  a hundirse.

Creo que, hasta donde yo he sabido explicarlo, va quedando claro lo qué es el cansancio reciente de la vida. Pero debo insistir en que ese “cansancio” incide en el quehacer diario del individuo y de la sociedad; en el equilibrio personal y social; reincide en la economía, en la productividad; y en la vida toda, porque todo lo hemos simplificado metiéndolo en el “capacho de la crisis”.

El ser humano, hay que asumirlo, se  ha convertido en el cliente universal de la sociedad de consumo, además, es un usuario manipulado por una técnica que le desborda, todo ello, dentro de en un mundo desencantado. El peso de su propia aparente libertad, se le hace insoportable y termina no sólo cansado, sino también aturdido. El habitante de la gran ciudad, parece solitario entre la multitud, harto de prisas, máquinas, ruidos, ordenanzas y contaminación, y termina atosigado por el cambio de todas las cosas a un ritmo vertiginoso. Esa persona, ustedes, yo, o cualquier otra, a quienes nos sobran, al menos relativamente, los medios, no sabemos cuales son nuestros fines. Dicho de otro modo, el hombre moderno dispone de caña y señuelo, pero no sabe para qué sirven.

La situación es gravísima, señores, y lo es porque la técnica, y la celeridad de los cambios, por primera vez en la historia, pueden hacer del ser humano una masa anónima y despersonalizada. Pueden, incluso –y no trato de dramatizar- destruir a la humanidad.

En su “Discurso preliminar de Zaratrusta”, Nietzche escribió unas palabras que viene bien recordar en este momento: Os muestro - dijo- al último hombre. La tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella se mueven a saltitos los últimos hombres. Hemos inventado la felicidad –dicen los insensatos -. La enfermedad y la desconfianza se les antoja pecado grave que hay que evitar a toda costa..."

Por cierto, el loco del Zaratustra de Nietzsche, iba de aquí para allá con un farol en la mano preguntando si alguien sabía que habíamos matado a Dios, mientras la gente se preguntaba de qué hablaba, pudiera haber pasado hace 2000 años, que alguien, otro loco, hubiera ido por ahí pregonando que Dios ha resucitado, y la gente le miraría con la misma cara, para quizá unos siglos después llegar a la conclusión de que ha llegado el tiempo de abandonar este "cansancio", este "pesimismo", esta "soledad", para empezar a vivir de nuevo con otro talante y  otros valores.

He trascrito esa cita del genial Nietzche, porque me parece reveladora de lo que le está pasando a nuestra sociedad. La filosofía de la Sociedad de Consumo, todavía injustamente llamada del bienestar, es la de esos “últimos hombres”. Se trata de vivir sin problemas, con salud y felicidad; vegetar todo lo posible y, sobre todo, buscar el placer a cambio del mínimo esfuerzo. El símbolo del ordenador, en el que basta apretar un botoncito para disfrutar de paraísos virtuales, es el mejor exponente de  este despreocupado e incoherente tiempo.

Esta Sociedad conduce, como Nietzche dijo sabiamente, a una generación de “últimos hombres”. Y eso sólo podría evitarse de verdad, rompiendo esa estructura, o, lo que es lo mismo, negando la vida del día a día.

Tan claro está lo del cansancio físico por la apresurada vida que llevamos, que yo lo llamaría más que el “cansancio de la vida” la vida del cansancio... Basta mirar por la calle para ver cientos de personas fatigadas, pero no físicamente, sino cansadas de la vida. Y lo peor es que también sufrimos un agotamiento existencial, que se muestra por el abandono de proyectos creadores, ante la inexcusable búsqueda del consumo por el consumo y de tiempo libre. Y aquí ya empezamos a encontrar numerosas contradicciones. Verán ustedes: Ni el salvaje, ni el santo, ni el rebelde sin causa, se cansan de la vida. Y es que para que ocurra eso, el hombre necesita una cierta preparación cultural que permita reflexionar sobre el sistema de valores. Por eso, tal “cansancio” ataca más a la juventud universitaria que, en esta época de dilatada crisis económica, se encuentra desesperanzada por no conseguir trabajo para el que se han preparado ilusionadamente durante años.

Por otra parte, vivimos en núcleos urbanos diseñados por una técnica a la que idolatramos como si fuera una diosa. Lo malo es que la Sociedad debe someterse  a la dirección de esa nueva casta especializada en saberes técnicos que son los tecnócratas. Pero ellos, al igual que el salvaje, el santo o el rebelde sin causa, tampoco nos resuelven excesivo. Se han alcanzado espectaculares éxitos, desde los cohetes interplanetarios a los superordenadores; pero para los problemas emocionales, la técnica cuenta más bien poco. La técnica no nos explica como reducir la violencia generalizada, ni interviene en los simples, pero cada vez más frecuentes, procesos de separación matrimonial y otros desajustes familiares. Y, por desgracia, el individuo normal no puede reparar sus muchos problemas domésticos con el éxito técnico de la llegada a la Luna. Al menos, de momento...

Todo esto, señoras y señores, si ustedes lo piensan bien, se  fundamenta  en lo que Ortega llamó el “hombre masa”. (La edición 1ª de “La Rebelión de las Masas” data de 1937, aunque fue escrita en 1928.) Vivíamos por aquellos años, en un mundo en el que la Sociedad incrustaba al individuo en el conformismo de la masa anónima. Y, lo peor del caso, es que, para nuestro infortunio,  seguimos habitando en ese mismo mundo.

En las primeras décadas del pasado siglo XX, la multitud se concentró, en efecto, en las ciudades, y empezó a ser considerada “masa”. Ortega y Gasset diría que: “El hombre masa es el que no quiere distinguirse y se siente muy a gusto sabiéndose igual que los demás”.   Sería, pienso yo con la timidez propia del que no sabe lo bastante, un tipo de individuo dirigido por otros, frente al dirigido por sí mismo propio de la época liberal, o al dirigido por la tradición, propio  de la época del medievo.

Pero la verdad es que en las clases más liberales y cultivadas, las cosas se producen de modo muy diferente. Dedicaré a comentarlo apenas un minuto: hemos de defendernos de las interferencias que alteran nuestra singular vida, sobre todo de Internet –del que hablaré en otra oportunidad, ahora ni tenemos tiempo, ni resultaría coherente-  y de la Televisión; en ésta evitaremos caer en un ciclo de programas alimentados por falsos “affaires” que, en realidad, no nos interesan en absoluto. Pero, reconozco que es muy difícil, conseguir “aislarse” del mundanal ruido.

Hoy nos encontramos con una sociedad post industrial que ha acelerado muy mucho el cambio social. Una sociedad en la que se engrandece demasiado el grado de “urbanismo” y donde se hace obligatoria una adaptación a sus múltiples transformaciones. Sabemos que el elemento clave para conseguir tal armonía es la educación. Pero existe otro, que ya no les parecerá tan indiscutible. Me refiero a la publicidad. Alienante, desde luego, pero necesaria. Ustedes podrán pensar, con acierto, que la publicidad, genera situaciones de conformismo. Y tendrán razón, pero también provocan otras de clara desobediencia.

En efecto, algunas personas pueden ser inducidas al lloriqueo por un serial  televisivo; pero también es posible que otras se vean incitadas a una noble reflexión social. Alguien puede ser llevado a un excesivo consumo alcohólico por la publicidad; pero también puede serlo a un mejor  comportamiento  cívico, por otra publicidad distinta. Nos encontramos, como tantas veces, ante las dos caras de una misma moneda. Pero la realidad actual nos muestra que seguimos sometidos a una manipulación que conlleva, aunque parezca contradictorio, que nuestra propia vida, nos la vivan otros...

Después de la descomunal exigencia a que sometemos nuestro organismo, necesitamos restaurar nuevos impulsos. Pero de forma muy diferente a como lo hacemos con el cansancio al que estamos ya habituados, que es el provocado por un esfuerzo principalmente físico, (por ejemplo,  por la práctica deportiva), y nuestro nuevo cansancio no sigue, en absoluto, el mismo patrón para ser eliminado. Por eso, nos desconcierta y nos frustra estar cansados y no entender el porqué. Y claro, si nos frustra no entenderlo, es porque hemos tratado de comprenderlo previamente.

Nos preguntamos una y mil veces: ¿por qué estoy tan cansado?, y no acertamos  con una respuesta que tranquilice a nuestra mente que todo lo quiere comprender para estar tranquila. Y así, corremos el riesgo de quedarnos anclados en una fase de intentar comprender, cuando lo cierto es que entender nuestra situación tampoco sería la solución.

Al mismo tiempo, la mecanización y la globalización, han conquistado tanto poder para organizar el “tiempo libre” de las personas, que es incesante la fabricación de productos cuya finalidad es sólo distraer; hasta el extremo de que el supuesto placer termina en aburrimiento, pues para que siga siendo placer, los ejecutores tienen buen cuidado en que su uso no suponga ningún esfuerzo... Se trata de que el usuario trabaje sin el mínimo esfuerzo intelectual.

Si yo les preguntase, así de repente, ¿Qué hay que hacer para dejar de estar cansados?.   Seguro que responderían, casi unánimemente, que descansar. Y eso es lo solemos hacer: descansar, pero aplicamos la lógica del cansancio del deporte a un problema bien diferente. Y el resultado es que, cuanto más tiempo pasamos en el sofá sin hacer nada, más cansados parecemos sentimos. Porque el cansancio de la vida, requiere, es cierto, una dosis de descanso físico; pero lo que está reclamando a gritos, es un cambio de ritmo de vida y, sobre todo, un endiosado replanteamiento de hacia dónde va nuestra vida. Yo creo que existen otras soluciones, y están en los libros especializados. Pero ni yo tengo suficiente talento para comprenderlas, ni creo que sean accesibles para un público no técnico en tan complicada materia.

Por eso, como remedio alternativo al desaliento que  nos acosa,  a mi se me ocurre un remedio bien sencillo, aunque pueda parecer pueril: la relectura. La relectura nos hace volver a vivir con un sesgo diferente, porque Releer significa amar de nuevo. Y nunca es el mismo libro, por la sencilla razón de que tampoco nosotros somos ya iguales a nosotros mlsmos. Porque descubrimos nuevas emociones en la intimidad del texto, y porque llega un momento, en que no damos tanta importancia al argumento, y nos fijamos más en los pequeños detalles.

Esos detalles que nos permiten seguir el rastro de la emoción y la  esencia  de la belleza.  Los libros útiles deben volver a ser releídos, ya que presentan nuevas etapas, no sólo a cada lector, sino a cada siglo, incluso a la distinta edad de cada individuo.

Ya sé que, con los años releemos más, no sólo porque hemos aprendido a apreciar lo que mayor valor atesora. Releemos más porque hay que aprovechar cada minuto, y no dilapidar el gozo que nos ofrece la luz de cada mañana, o el agradable olor a tierra mojada que produjo el rocío. Pero hay que volver a releer El Quijote, desde luego, La montaña mágica de Thomas Mann. Anna Karenina de Tolstoi, o, como homenaje a nuestro glorioso Miguel Delibes, cualquiera de los libros de su abundante obra, dado que todos contienen acotaciones de nuestra propia vida.

La tensión que vivimos es histórica. Quizás ni siquiera las guerras de antaño producían tanto miedo como el que actualmente padece la mayoría de los ciudadanos españoles. No sólo sienten turbación los que no tienen empleo: quienes lo conservan y pueden afortunadamente seguir adelante –cada vez más asfixiados por las subidas de precios y los recortes– están aterrados por el ambiente de angustia que nos rodea. No gastan, no protestan, no se mueven. Inmersos como están (estamos) en una economía casi de guerra,  donde la consigna es no consumir ni gastar nada inútilmente, aunque ello suponga consumirnos a nosotros mismos. Las noticias nos perturban tanto, que el mundo “se acaba” cada día.

A modo de resumen, de estas 4400 palabras, diré que la mayoría de las causas del cansancio de la vida no son específicas, se presentan muchos orígenes a lo largo del tiempo, y nuestra fantasía no está preparada para su completo estudio. Además, comprender dichas causas tampoco nos solucionaría demasiado. Lo que nos pide la vida en esta situación, es un replanteamiento profundo de  lo que estamos haciendo con nuestra vida, y cubrir las lagunas que tengamos en áreas importantes para sentirnos más comprometidos con nuestro vivir diario, y marcar límites a las exigencias de esta vida moderna que cada vez se muestra más materialista y menos humana.

Antes de terminar, voy a contarles una anécdota, absolutamente verídica, del filósofo y poeta francés, Paul Valery, que era muy despreocupado” y no le prestaba atención a su imagen). Cierto día, se le acercó una joven periodista que le dijo:

- Su aspecto, Sr. Valery, no hace pensar que usted sea un elegido por las musas.
– “Tiene usted razón, señorita” - replicó   Valery en voz baja y con tono misterioso,
– “Es que yo soy de la poesía secreta”.

Y así, algo precipitado como la modernidad exige, y por ser también “de la secreta”, doy por terminada esta conferencia que espero les haya  interesado. Al fin y al cabo, ese era mi objetivo. En pocos minutos, comenzará el debate en el que ustedes pasan a ser los protagonistas, y en el que confío que sean indulgentes con este pobre charlista.

Por Juan Antonio Cansinos
Conferencia impartida el 6 de febrero de 2012

on Friday, February 8, 2013
LA FUNCIÓN DE LAS LEYES EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

La última cuestión de fondo que subyace en el debate en torno al “matrimonio homosexual” y a su regulación legal es, precisamente, el de para qué sirven las leyes, el de cuál es su función en una sociedad democrática.

En la ya famosa sentencia del TC sobre el “matrimonio homosexual” los magistrados hacen referencia a dos nociones que me parecen importantes: la idea de que el texto constitucional debe ser interpretado a la luz de los problemas y las circunstancias actuales para no convertirse en letra muerta, y el convencimiento de que la ley debe doblegarse a la realidad social, a la estadística.  Vayamos por partes porque la cuestión es más importante y profunda de lo que parece… 

Ya lo he dicho alguna vez pero voy a repetirme: me gusta la etimología porque arroja luz sobre el sentido último de las palabras y los conceptos.  El Derecho –pues de eso es de lo que se trata aquí- es la versión española del adjetivo latino directus, equivalente a rectus, participio pasivo del verbo regere, que significa regir, dirigir hacia lo recto, hacia el Bien propio y el Bien común.  Para lograrlo, el poder político legislativo recurre a la ley escrita, a la ley positiva en la que se fundamenta el corpus legal, a la concreción normativa que será exigible –y normalmente exigida- de modo coactivo por las fuerzas del Estado.

Sin embargo, la pregunta que quiero plantear es: ¿la justicia de la ley depende de la voluntad o capricho del legislador, o más bien nace de la adecuación de aquella a la naturaleza propia del ser humano, a la sintonía con la Verdad de las cosas?  Ese es el debate filosófico-jurídico existente entre los partidarios del positivismo jurídico y los del iusnaturalismo, debate que considero necesario acercar a todos aquellos que no son juristas pero que se ven afectados por el mismo…  Y en el que voy a tomar posición y parte.

Me alineo con una posición de carácter iusnaturalista (que afirma que una ley sólo es justa cuando lleva al hombre a la perfección que le es propia) porque la considero más humanista, prefiero la preocupación y adecuación de la ley a la naturaleza humana y a su vía propia de desarrollo que su sometimiento a la voluntad (e ideas, e intereses) de unos pocos, de los legisladores…  Prefiero someter el Derecho al modo de ser (a la naturaleza) de todos los hombres, y no al de una minoría.

Porque en el positivismo –tan de moda- las leyes dictadas por el legislador, por el poder político, acaban expresando la voluntad del gobernante, no tienen más límite ni valor que el que se fundamenta en la fuerza coercitiva que es capaz de aplicar el que manda… Nos sitúan, por tanto, ante un poder político basado en la Potestas (en la fuerza) y no en la Auctoritas, en la sintonía con la Verdad…  Y ante unas leyes volubles… Tan volubles y sujetas a cambio como sujeto a cambio esté el que detenta el poder…  Y eso es peligroso, como lo es la razón de estado, como lo es todo poder ilimitado…  De eso saben mucho quienes han vivido el siglo XX, con sus luces y sombras.

Desde el iusnaturalismo, en cambio, se defiende que la ley escrita debe ser la concreción al caso específico de la ley natural, de los principios, bienes y valores que se derivan de la naturaleza de las cosas –especialmente del ser humano- y que, por ello, la ley no debe ser dictada por una voluntad caprichosa sino descubierta e interpretada por una mente y una voluntad preocupadas por la Verdad, por el Bien y por el pleno desarrollo del ser humano, facilitándole los medios y el camino para que cada uno pueda llegar a ser aquello que está llamado a ser.

En este sentido, no es la ley la que debe doblegarse a la situación social, a la estadística, sino que hay que tratar de adecuar la sociedad a ese estado ideal que es propuesto y defendido por la ley como valioso.  Es ese valor educativo de la norma el que preserva realmente la paz.  Una paz que nace del interior del ser humano y que, por mucho que lo intentemos, jamás podrá ser impuesta desde fuera.

Es con esta concepción del poder político y del Derecho con el que yo me siento más cómodo e identificado, con el que somete la Potestas a la Auctoritas, el que conduce al cumplimiento de la ley no sólo por miedo a la coherción sino por la interior aceptación y reconocimiento de sus principios y valores, el que no sólo vence sino que convence porque resulta una concreción razonable en la norma positiva, escrita, de los valores o principios generales propuestos por ese Derecho Natural que se deriva de las características propias de un profundo conocimiento del ser humano.

No creo en el sometimiento del hombre a la ley, sino en la adecuación de la ley a la Ley, al Ser Humano (con mayúscula), a la mejor imagen que podamos lograr de nosotros mismos.  La ley es para el hombre y no el hombre para la ley…  Más nos vale no olvidarlo.  Nuestra libertad y felicidad dependen de ello.


CONCLUSIONES

Tras una semana reflexionando y escribiendo sobre el “matrimonio homosexual”, ha llegado el momento de sintetizar mi posición.

Partamos de mi valoración de la homosexualidad: más allá de la tendencia, no creo que la homosexualidad sea algo que viene determinado genéticamente como el sexo biológico…  No hay pruebas al respecto, y sí indicios en sentido contrario.  Sin embargo, sí parece tener gran influencia en su desarrollo el medio en el que uno se desenvuelve y la propia voluntad.

Yo no soy homosexual, ni me he propuesto serlo porque, aunque defiendo la androginia originaria del ser humano –la coexistencia en una misma persona de lo masculino y lo femenino en el estado edénico- no creo que la homosexualidad tenga nada que ver con ello sino que, por el contrario, supone una forma limitada de nuestra naturaleza…  Empezando por nuestra naturaleza sexuada.

Yo no sé para ti, pero para mí el sexo es algo importante, muy importante. Y éste sólo puede vivirse plenamente (en sus cuatro vertientes: lúdica, relacional, procreativa y simbólica, espiritual o trascendente) en el marco de una relación heterosexual.

Así que no puedo valorar positivamente la homosexualidad ni apoyar la promoción de la misma, aunque es ese profundo respeto por la naturaleza humana el que me lleva –a un tiempo- a criticar la homosexualidad (la tendencia y conducta) y a tolerar y defender al homosexual (a la persona).

Todos debemos ser respetados en atención a nuestra dignidad humana, y no concibo por tanto aquellas legislaciones en las que se criminaliza la homosexualidad.  Pero tampoco me parecen bien aquellos regímenes en los que trata de convertirse la homosexualidad en norma, en conducta a promocionar… No es mi ideal de ser humano ni de sociedad, qué le vamos a hacer.

Y como que además estoy convencido de la influencia del medio en el desarrollo de la homosexualidad, no soy tampoco partidario de la adopción por parte de parejas homosexuales (entre otras cosas porque es el hijo el que tiene derecho a tener unos padres que le ofrezcan los medios para desarrollar plenamente su personalidad, y entiendo que eso es favorecido por la presencia de un padre y una madre ni del empleo de lenguajes ni figuras jurídicas que puedan dar lugar a la confusión.

Cuando era estudiante de Derecho, aplaudí la aprobación de las normativas sobre parejas de hecho en la que se reconocían derechos de carácter social y sucesorio a parejas homosexuales… Encontré –y encuentro- que es de justicia cubrir esas lagunas… Pero cuando escucho a los ultras de uno y otro sentido peleando por el término matrimonio, tras recordar que la palabra no es la cosa y que el lenguaje debe servir para entendernos y no para confundirnos, acabo alineándome con quienes defienden el dar un nombre distinto a las uniones homosexuales para reconocer las diferencias existentes entre las parejas homosexuales y las heterosexuales… Diferencias que existen… Pese a quien le pese.

Quiero que las parejas homosexuales tengan una cobertura legal, quiero que puedan vivir su opción sexual con tranquilidad y respeto… Pero quiero que se llame a cada cosa por su nombre, y que no se utilicen las palabras para crear confusión. La palabra no es la cosa. Pero cada cosa tiene un nombre, y “matrimonio” no es el que corresponde a una unión estable de carácter homosexual… Diga lo que diga el Tribunal Constitucional. Aunque, para qué mentir, poco me importa lo que diga, no encuentro que sea sede de Autoridad ninguna… Picapleitos con altavoces mediáticos, chupatintas de la ley que olvidan a menudo que ésta, para ser justa, debe atender a nuestra naturaleza. Así nos va… A ver cuánto duran, ellos y la Constitución que tan alegremente interpretan.