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on Wednesday, May 15, 2013
Había una vez, hace muchos, muchos años, un lejano reino que estaba pasando por momentos de dificultad. Durante muchos años la corona se había preocupado por todos sus súbditos, ayudándoles y supliendo sus carencias, llegando donde ellos no llegaban. Pero las arcas del monarca se estaban quedando vacías, comenzaban a estar pobladas por telarañas… Así que el joven consejero del rey, un auténtico genio de los números, mostró al jerarca unos cálculos en los que demostraba que los ancianos suponían un gasto terrible y que, sin embargo, sus limitaciones físicas les impedían aportar ingresos comparables a través del trabajo.

- Debemos deshacernos de los ancianos, majestad- dijo en el frío tono de aquél que no esntiende más que de números y estadísticas-. Nos aportan menos de lo que nos cuestan. Sin ellos, podremos soportar durante más tiempo esta época de necesidad, hasta que lleguen tiempos mejores.

- ¿Quieres decir?-le preguntó el rey-. ¿No habrá otra solución? Yo ya no tengo padre, pero pedir a mis súbditos que se deshagan de ellos no va a ser fácil.

-Apele a su egoísmo, sire. Dígales que, sin los ancianos, los jóvenes podrán vivir mejor, más libres, sin tantas obligaciones… Y disponiendo de muchos más recursos…  Le escucharán, ya lo verá… Además, vos sois el rey… No deis opción, dad la orden si queréis salvar vuestro trono.

Salvar el trono, la corona sobre su cabeza, las monedas de sus arcas… Eso sí que caló en el alma del soberano, y ordenó que se desterrara a todos los ancianos de su reino.  Algunos jóvenes lloraron al separarse de sus padres, otros suspiraron aliviados al deshacerse de aquellos que les habían criado pero que ahora requerían de sus cuidados… Sólo un soldado, Senectus, hizo algo a lo que nadie más se atrevió porque estaba castigado con la tortura y posterior ejecución: ocultó a su anciano y enfermo padre en el desván de su casa, en un cuarto secreto, y siguió ofreciéndole sus cuidados y brindándole su afecto… Cuidando, eso sí, de que nadie se percatara de su presencia.

Tras el éxodo de los ancianos, el rey exigió el de los enfermos incurables, y más tarde el de los niños… Aportaban menos de lo que producían, eran una carga para las personas y para las arcas del tesoro… Los ciudadanos, liberados del gasto y del esfuerzo de cuidar y mantener a quienes habían estado bajo su cuidado, relajaron sus costumbres y disminuyeron también su eficiencia y cantidad de trabajo… Sólo se preocupaban por su propio disfrute, hacían pivotar su vida alrededor de su goce inmediato, pues nada les empujaba a trascenderse… Con lo que la recaudación de impuestos, en contra de los cálculos de tan previsor consejero, disminuyó sustancialmente…  Agravando las dificultades de la monarquía.

Pero el momento crítico llegó cuando la sequía asoló el reino, y las cosechas murieron quemadas por el sol…  No había nada que comer, no había salario que cobrar, ni impuesto que pagar. La pobreza se extendía por el reino y, con ella, se encendía la mecha de la rebelión. Conscientes de que la situación se estaba volviendo explosiva, el rey y su consejero tomaron una decisión desesperada: reunieron a su ejercito y exigieron a sus soldados que trajeran comida -de donde fuera- en el plazo de una semana… Si no querían ser inmediatamente ejecutados. El miedo y la desesperación se reflejaba en la mirada de todos, gobernantes y gobernados…

Senectus llegó a casa con el rostro desencajado y su padre, que le conocía, se percató de su preocupación.

-¿Qué te sucede, hijo mío?- le preguntó.

-El monarca nos ha dado un ultimátum: o traemos comida o seremos ejecutados… Pero los campos están secos y los de nuestros vecinos también, nuestros hogares carecen de alimentos… Ni el trabajo, ni la conquista ni el saqueo pueden liberarnos de la condena… He estado hablando con mis compañeros, y sólo nos cabe la huida o la muerte.

-Puede haber otra solución- respondió el anciano-. Cuando, hace unos sesenta años, la sequía asoló estas tierras, recuerdo que un viejo sabio nos ofreció una solución al hambre que jamás se le habría ocurrido a nuestras por aquel entonces jóvenes mentes… “Seguid a las hormigas hasta sus despensas, son muy numerosas en estas tierras, y se aprovisionan de trigo para pasar todo el invierno…”. Seguidlas, hijo mío, acceded a sus depósitos, y encontraréis el alimento del que depende vuestra vida. Haz caso a un anciano que no tiene fuerza pero sí experiencia, recuerdos y saberes que se perdieron con el paso del tiempo.

Senectus no lo dudó, presentó a la mañana siguiente como suya la ocurrencia y todos los soldados se pusieron a cavar donde había hormigueros… Encontrando las reservas de trigo de las que les había hablado su compañero.  Llenaron varios sacos y los presentaron al rey, que no salía de su asombro.

- ¿Dónde habéis hallado el trigo?- preguntó con curiosidad.

- De los hormigueros- respondió el General de todos los ejércitos.

-¿De los hormigueros?- inquirieron al mismo tiempo el monarca y su consejero.

-Sí, fue una extraña pero exitosa idea de uno de nuestros soldados, majestad.

-Traedlo a mi presencia- exigió el asombrado rey.

Una vez Senectus llegó frente al trono y se postró ante él, oyó la pregunta de su soberano:

-¿Cómo se te ocurrió tan feliz idea, soldado?

-Temo responderos por miedo al castigo, sire- contestó Senectus.

-Si me respondes la verdad, prometo ante todos que no habrá represalia alguna contra ti. Más bien te concederé aquello que pidas.

-No deseo nada más que cumplir con mi deber y protegeros a vos y a vuestros súbditos, majestad. La idea que a todos nos ha salvado de la hambruna no ha sido, en realidad, mía… Sino de mi anciano padre que vive oculto en una habitación secreta que se encuentra en mi casa. Cuando disteis la orden de exiliarlos, no pude alejarme de él: precisaba de mis cuidados para sobrevivir, y yo de su afecto, cariño y enseñanzas para no perderme a mí mismo… Así que os desobedecí y le oculté. Y, pese a haber compartido con él mi mantel, he trabajado duro y he ganado en riqueza y alegría en estos tiempos gracias a su consejo y apoyo, mientras que la pobreza y la tristeza han ido asolando a todos mis vecinos.

No hizo falta decir más.  En ese mismo instante, la venda que había cubierto los ojos del monarca con sus exactos cálculos, con sus valoraciones de ingresos y gastos, cayó al suelo y le permitió comprender que la realidad, la vida, está compuesta por mucho más que fríos números. No todo puede cuantificarse, lo más importante escapa a la cantidad: la experiencia, el cariño, el calor de una sonrisa, el apoyo, la misericordia, la magnanimidad, la preocupación por el otro… Todo eso no forma parte de la cuenta de resultados, no puede introducirse en en libro de ingresos y gastos… Pero es imposible obtener beneficio o éxito alguno si se carece de todos esos tesoros que nos hacen más humanos y felices.

Una nueva orden fue emitida desde palacio: todos los exiliados podían volver a sus hogares, y un consejo de ancianos substituiría al joven consejero que, con su frialdad e inexperiencia, había estado a punto de sumir al reino en la más oscura de las tinieblas.

No tomemos por lastre, lo que es en realidad una joya. No nos deshagamos de aquello que supone un tesoro para el presente y futuro de nuestra existencia. No nos dejemos llevar por la comodidad y el egoísmo: los ancianos, los enfermos y los niños deben ocupar un lugar de privilegio en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestras sociedades… Si es que queremos vivir en un mundo cada vez más humano, justo y solidario. De lo contrario, se cumplirá la profecía de Hobbes y los hombres nos volveremos lobos para el hombre… Hambrientas fieras que nos depredaremos unos a otros, animados por un egoismo sin límite ni freno.

Aprendamos de los cuentos, despertemos: cambiemos la mentalidad del depredador por la del jardinero… Sólo así haremos de esta árida tierra un nuevo jardín del Edén.


on Friday, February 8, 2013
LA FUNCIÓN DE LAS LEYES EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

La última cuestión de fondo que subyace en el debate en torno al “matrimonio homosexual” y a su regulación legal es, precisamente, el de para qué sirven las leyes, el de cuál es su función en una sociedad democrática.

En la ya famosa sentencia del TC sobre el “matrimonio homosexual” los magistrados hacen referencia a dos nociones que me parecen importantes: la idea de que el texto constitucional debe ser interpretado a la luz de los problemas y las circunstancias actuales para no convertirse en letra muerta, y el convencimiento de que la ley debe doblegarse a la realidad social, a la estadística.  Vayamos por partes porque la cuestión es más importante y profunda de lo que parece… 

Ya lo he dicho alguna vez pero voy a repetirme: me gusta la etimología porque arroja luz sobre el sentido último de las palabras y los conceptos.  El Derecho –pues de eso es de lo que se trata aquí- es la versión española del adjetivo latino directus, equivalente a rectus, participio pasivo del verbo regere, que significa regir, dirigir hacia lo recto, hacia el Bien propio y el Bien común.  Para lograrlo, el poder político legislativo recurre a la ley escrita, a la ley positiva en la que se fundamenta el corpus legal, a la concreción normativa que será exigible –y normalmente exigida- de modo coactivo por las fuerzas del Estado.

Sin embargo, la pregunta que quiero plantear es: ¿la justicia de la ley depende de la voluntad o capricho del legislador, o más bien nace de la adecuación de aquella a la naturaleza propia del ser humano, a la sintonía con la Verdad de las cosas?  Ese es el debate filosófico-jurídico existente entre los partidarios del positivismo jurídico y los del iusnaturalismo, debate que considero necesario acercar a todos aquellos que no son juristas pero que se ven afectados por el mismo…  Y en el que voy a tomar posición y parte.

Me alineo con una posición de carácter iusnaturalista (que afirma que una ley sólo es justa cuando lleva al hombre a la perfección que le es propia) porque la considero más humanista, prefiero la preocupación y adecuación de la ley a la naturaleza humana y a su vía propia de desarrollo que su sometimiento a la voluntad (e ideas, e intereses) de unos pocos, de los legisladores…  Prefiero someter el Derecho al modo de ser (a la naturaleza) de todos los hombres, y no al de una minoría.

Porque en el positivismo –tan de moda- las leyes dictadas por el legislador, por el poder político, acaban expresando la voluntad del gobernante, no tienen más límite ni valor que el que se fundamenta en la fuerza coercitiva que es capaz de aplicar el que manda… Nos sitúan, por tanto, ante un poder político basado en la Potestas (en la fuerza) y no en la Auctoritas, en la sintonía con la Verdad…  Y ante unas leyes volubles… Tan volubles y sujetas a cambio como sujeto a cambio esté el que detenta el poder…  Y eso es peligroso, como lo es la razón de estado, como lo es todo poder ilimitado…  De eso saben mucho quienes han vivido el siglo XX, con sus luces y sombras.

Desde el iusnaturalismo, en cambio, se defiende que la ley escrita debe ser la concreción al caso específico de la ley natural, de los principios, bienes y valores que se derivan de la naturaleza de las cosas –especialmente del ser humano- y que, por ello, la ley no debe ser dictada por una voluntad caprichosa sino descubierta e interpretada por una mente y una voluntad preocupadas por la Verdad, por el Bien y por el pleno desarrollo del ser humano, facilitándole los medios y el camino para que cada uno pueda llegar a ser aquello que está llamado a ser.

En este sentido, no es la ley la que debe doblegarse a la situación social, a la estadística, sino que hay que tratar de adecuar la sociedad a ese estado ideal que es propuesto y defendido por la ley como valioso.  Es ese valor educativo de la norma el que preserva realmente la paz.  Una paz que nace del interior del ser humano y que, por mucho que lo intentemos, jamás podrá ser impuesta desde fuera.

Es con esta concepción del poder político y del Derecho con el que yo me siento más cómodo e identificado, con el que somete la Potestas a la Auctoritas, el que conduce al cumplimiento de la ley no sólo por miedo a la coherción sino por la interior aceptación y reconocimiento de sus principios y valores, el que no sólo vence sino que convence porque resulta una concreción razonable en la norma positiva, escrita, de los valores o principios generales propuestos por ese Derecho Natural que se deriva de las características propias de un profundo conocimiento del ser humano.

No creo en el sometimiento del hombre a la ley, sino en la adecuación de la ley a la Ley, al Ser Humano (con mayúscula), a la mejor imagen que podamos lograr de nosotros mismos.  La ley es para el hombre y no el hombre para la ley…  Más nos vale no olvidarlo.  Nuestra libertad y felicidad dependen de ello.


CONCLUSIONES

Tras una semana reflexionando y escribiendo sobre el “matrimonio homosexual”, ha llegado el momento de sintetizar mi posición.

Partamos de mi valoración de la homosexualidad: más allá de la tendencia, no creo que la homosexualidad sea algo que viene determinado genéticamente como el sexo biológico…  No hay pruebas al respecto, y sí indicios en sentido contrario.  Sin embargo, sí parece tener gran influencia en su desarrollo el medio en el que uno se desenvuelve y la propia voluntad.

Yo no soy homosexual, ni me he propuesto serlo porque, aunque defiendo la androginia originaria del ser humano –la coexistencia en una misma persona de lo masculino y lo femenino en el estado edénico- no creo que la homosexualidad tenga nada que ver con ello sino que, por el contrario, supone una forma limitada de nuestra naturaleza…  Empezando por nuestra naturaleza sexuada.

Yo no sé para ti, pero para mí el sexo es algo importante, muy importante. Y éste sólo puede vivirse plenamente (en sus cuatro vertientes: lúdica, relacional, procreativa y simbólica, espiritual o trascendente) en el marco de una relación heterosexual.

Así que no puedo valorar positivamente la homosexualidad ni apoyar la promoción de la misma, aunque es ese profundo respeto por la naturaleza humana el que me lleva –a un tiempo- a criticar la homosexualidad (la tendencia y conducta) y a tolerar y defender al homosexual (a la persona).

Todos debemos ser respetados en atención a nuestra dignidad humana, y no concibo por tanto aquellas legislaciones en las que se criminaliza la homosexualidad.  Pero tampoco me parecen bien aquellos regímenes en los que trata de convertirse la homosexualidad en norma, en conducta a promocionar… No es mi ideal de ser humano ni de sociedad, qué le vamos a hacer.

Y como que además estoy convencido de la influencia del medio en el desarrollo de la homosexualidad, no soy tampoco partidario de la adopción por parte de parejas homosexuales (entre otras cosas porque es el hijo el que tiene derecho a tener unos padres que le ofrezcan los medios para desarrollar plenamente su personalidad, y entiendo que eso es favorecido por la presencia de un padre y una madre ni del empleo de lenguajes ni figuras jurídicas que puedan dar lugar a la confusión.

Cuando era estudiante de Derecho, aplaudí la aprobación de las normativas sobre parejas de hecho en la que se reconocían derechos de carácter social y sucesorio a parejas homosexuales… Encontré –y encuentro- que es de justicia cubrir esas lagunas… Pero cuando escucho a los ultras de uno y otro sentido peleando por el término matrimonio, tras recordar que la palabra no es la cosa y que el lenguaje debe servir para entendernos y no para confundirnos, acabo alineándome con quienes defienden el dar un nombre distinto a las uniones homosexuales para reconocer las diferencias existentes entre las parejas homosexuales y las heterosexuales… Diferencias que existen… Pese a quien le pese.

Quiero que las parejas homosexuales tengan una cobertura legal, quiero que puedan vivir su opción sexual con tranquilidad y respeto… Pero quiero que se llame a cada cosa por su nombre, y que no se utilicen las palabras para crear confusión. La palabra no es la cosa. Pero cada cosa tiene un nombre, y “matrimonio” no es el que corresponde a una unión estable de carácter homosexual… Diga lo que diga el Tribunal Constitucional. Aunque, para qué mentir, poco me importa lo que diga, no encuentro que sea sede de Autoridad ninguna… Picapleitos con altavoces mediáticos, chupatintas de la ley que olvidan a menudo que ésta, para ser justa, debe atender a nuestra naturaleza. Así nos va… A ver cuánto duran, ellos y la Constitución que tan alegremente interpretan.


on Thursday, February 7, 2013
Esta cuestión es una de las que más habitualmente crea conflictos al tratar de dialogar en torno al “matrimonio homosexual”, y encona las posiciones en torno al mismo. De hecho, en más de una ocasión he oído y leído el razonamiento de “a mí me parece bien que hagan lo que quieran con sus vidas, no tengo nada contra los homosexuales… Pero no quiero que se les permita casarse porque el siguiente paso será el exigir el derecho a adoptar, y eso ya afecta a una tercera persona… Que además es menor”.

Esa simple frase, que supongo que también tú habrás escuchado en alguna ocasión, contiene mucho más de lo que parece: comienza manifestando una valoración negativa de la homosexualidad (a la que se tolera en atención al respeto a la libertad humana), a continuación se relaciona el matrimonio con el “derecho” a adoptar (¿están realmente relacionados? Y, ¿es realmente la adopción –o la maternidad/paternidad- un derecho?) y, finalmente, se pone indirectamente sobre la mesa la cuestión de si tener unos progenitores homosexuales puede influir o condicionar la orientación o elección sexual del menor.

Como que ya tratamos sobre la valoración de la homosexualidad anteayer, no voy a volver sobre el tema…  Me remito a las reflexiones de entonces.

Hoy vamos a centrarnos en las siguientes cuestiones relacionadas con la paternidad/maternidad y la adopción:

1. ¿El hecho de que se califique como “matrimonio homosexual” a ciertas uniones estables de parejas del mismo sexo va a tener como consecuencia que puedan adoptar a menores?

2.  ¿Es la paternidad, la maternidad o la adopción un derecho de los padres? ¿O más bien son los hijos quienes tienen derecho a tener unos padres con ciertas obligaciones hacia ellos?

3.  ¿Existe una relación entre tener un modelo paterno homosexual y el desarrollo de una orientación o elección sexual de este tipo?

Vamos allá:

1. ¿El hecho de que se califique como “matrimonio homosexual” a ciertas uniones estables de parejas del mismo sexo va a tener como consecuencia que puedan adoptar a menores?

Quienes valoran negativamente la homosexualidad y además temen –racional o irracionalmente, no importa ahora- que el tener unos padres homosexuales pueda condicionar la sexualidad de sus hijos, tienen auténtico terror a que las parejas del mismo sexo puedan adoptar. Lógico. Y, por ese motivo, su visión del asunto se tiñe de un color muy concreto: cualquier acción o reivindicación por parte de los colectivos homosexuales es interpretado como una maquinación de un lobby que pretende acabar con la noción tradicional de familia, imponiendo sus postulados al resto de la sociedad.

Sin negar la innegable existencia del críticamente denominado “lobby rosa” cuya radicalidad es semejante a la de los más salvajes homófobos, hay que diferenciar las cuestiones estratégicas de las conceptuales. Si hay un lobby (sea rosa o de cualquier otro color) que hace presión para imponer sus posiciones tratando de manipular a las personas, uno puede –y, en mi opinión, debe- oponerse a su maquinaciones. Pero en esa labor de oposición uno debe mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por la demagogia de los unos y de los otros.  Hay cuestiones que pueden estar relacionadas, que pueden formar parte de una misma estrategia planificada… Pero que no son consecuencia directa la una de la otra. Y eso es lo que sucede, en mi opinión, entre la idea del “matrimonio homosexual” y el acceso legal de sus miembros a la adopción.

Aunque se reconozca el “matrimonio homosexual”, esa calificación no tiene por qué suponer inmediatamente el acceso al proceso de adopción. Del mismo modo que para proteger los intereses del menor se establece que los adoptantes (por muy casados que estén) deben tener al menos 25 años (y, en todo caso, 14 años más que el adoptado), que deben tener capacidad para ejercer la patria potestad, que no deben tener una enfermedad grave que les vaya a impedir ocuparse del adoptado, que no deben tener antecedentes penales… etc., podría establecerse como condición para la adopción –si es que nos parece mal lo contrario- que la pareja sea heterosexual. ¿Es o no es factible?

Considero, por tanto, que el hecho de que el Tribunal Constitucional haya apoyado la idea del “matrimonio homosexual” no tiene por que implicar, ipso facto, el acceso a la adopción por parte de estas parejas.

Sin embargo, sí que me temo que el lobby homosexual va a aprovechar esta denominación para exigir que se les permita adoptar, alegando que por ser “matrimonio” merecen disponer de los mismos derechos que los matrimonios heterosexuales porque, de lo contrario, nos encontraríamos ante un acto de discriminación… Y eso no es verdad, es una falacia.

Aunque a los dos se les dé el nombre de matrimonio, sus apellidos son distintos: homosexual y heterosexual…  Y eso justifica que sus efectos no sean idénticos (como sucede también con el matrimonio religioso y el civil, que tienen efectos parecidos, pero no idénticos… Sin que nadie se plantee que eso es discriminatorio).

Para concluir este primer apartado, clarifico mi posición: intelectualmente tengo claro que el hecho de que se denomine “matrimonio” a la relación estable entre dos personas del mismo sexo no tiene por qué acarrear el “derecho” de la misma a adoptar. Sin embargo, me temo que un planteamiento estratégico tratará de emplear una falacia para presionar en este sentido, aprovechando el reciente pronunciamiento del Tribunal Constitucional respecto al “matrimonio homosexual”.

2.  ¿Es la paternidad, la maternidad o la adopción un derecho de los padres? ¿O más bien son los hijos quienes tienen derecho a tener unos padres con ciertas obligaciones hacia ellos?

Ésta es una cuestión que me “calienta”, más allá del debate sobre el “matrimonio homosexual” que nos ocupa.  Cada vez que escucho la frase “me apetece tener un niño” o “tenemos ganas de tener una niña”…  Me enciendo por dentro.

Tengo claro y asumido que vivimos en una sociedad basada en el tener más que en el ser, una sociedad eminentemente capitalista y consumista, pero me revelo cuando percibo que esta civilización del tener nos lleva a desear y a poseer a las personas como si fueran cosas…  ¡Que un hijo no es un capricho, una mascota ni un gadget!

A día de hoy, hay quien instrumentaliza a sus hijos tomándolos como medio para su propia satisfacción emocional o personal…  Del mismo modo que antaño había quien quería tener muchos hijos para disponer de una mayor mano de obra para labrar el campo, o de un mayor número de guerreros para defender la patria, o de un mayor número de fieles creyentes para convertir o evangelizar el mundo… ¿Nos parecen fatal estas cosas y no nos cuestionamos la indecencia del primer planteamiento? Toda instrumentalización del ser humano al servicio de los intereses de otra persona, institución o idea es una inmoralidad, un signo de la ceguera propia del iluminado o del egoísta.

El ser humano no tiene “derecho” a tener hijos… Más bien es al contrario: tenemos necesidad y derecho a tener padres, y a que éstos se responsabilicen de habernos traído a la existencia, ofreciéndonos todos los medios materiales, emotivos, educativos y espirituales necesarios para nuestro pleno desarrollo.  Ser padre es una responsabilidad, no un derecho.

Y si la valoración que uno hace de la homosexualidad le lleva a pensar que ésta no fomenta el pleno desarrollo de la persona, no resulta incoherente, irracional ni discriminatorio respetar “el matrimonio homosexual” pero, al mismo tiempo, defender que estas parejas no puedan acceder a la adopción para defender el derecho al pleno desarrollo personal de los niños.

3.  ¿Existe una relación entre tener un modelo paterno homosexual y el desarrollo de una orientación o elección sexual de este tipo?

Ante esta tercera cuestión se me plantea un dilema prácticamente insalvable: he encontrado tantos estudios que defienden la profunda influencia de los progenitores homosexuales en la configuración de la sexualidad de los hijos, como estudios de signo contrario que afirman que no hay relación alguna entre la homosexualidad de los padres y la orientación y elección sexual de los hijos. ¿Errores de método, intereses de grupo o ineptitud? De veras que no lo sé.

Sin embargo, mi sentido común (y mi propia experiencia) me lleva a pensar que la importancia y la influencia de los progenitores en la mentalidad, personalidad y hábitos de sus hijos son muy profundas.  No determinantes, está claro, pero sí muy profundas.

Por este motivo encuentro razonable que, ante una valoración negativa de la homosexualidad, se proponga aplicar el criterio de prudencia.  Esto es, ante la duda sobre la influencia existente entre la sexualidad paterna y la de los hijos, mejor apliquemos el criterio de máxima protección para el menor… Negando el acceso de las parejas homosexuales a la adopción.

A medida que avanzamos en las 5 cuestiones de fondo que se encuentran entre las bambalinas del debate sobre el matrimonio homosexual, observamos algo que ya anunciamos en la introducción a estos artículos: todos estos temas están profundamente relacionados, se sustentan unos sobre otros, y por ello su importancia resulta capital en este debate.

Nuestra visión de la sexualidad humana condiciona nuestra valoración de la homosexualidad y del matrimonio; éstas, a su vez, van a influir profundamente en nuestra opinión sobre la adopción por parte de parejas homosexuales… Y esto, por último, nos llevará a plantearnos cuál es la función de la legislación en una sociedad democrática (tema sobre el que trataremos mañana)…

Pero en el fondo de todos los razonamientos se encuentra nuestra idea del ser humano y de su naturaleza…  Principio y fin de todas nuestras propuestas… Motor de todos mis escritos, y de todas vuestras lecturas. Sigamos puliendo juntos nuestra piedra bruta, sigamos trabajando para llegar a ser quienes podemos y debemos llegar a ser.


on Wednesday, January 30, 2013
Va resultar difícil que lleguemos a un punto de encuentro respecto al “matrimonio homosexual” si no nos ponemos de acuerdo, antes, en nuestro modo de entender y valorar sus principales elementos constitutivos: el matrimonio y la homosexualidad. Sobre ésta última ya tratamos ayer así que hoy vamos a tratar de dar unas pinceladas sobre los distintas visiones que existen en la actualidad sobre el matrimonio, y la influencia que tienen sobre el debate que nos ocupa: el del “matrimonio homosexual”.

No voy a realizar una aproximación histórica al matrimonio, no creo que sea el momento de hacer arqueología conceptual sino de observar, sintetizar y valorar qué se entiende a día de hoy por matrimonio, y que queremos que se entienda por tal el día de mañana.

Una de las prácticas que me parecen más adecuadas para realizar una primera aproximación a un concepto es la de atender a su etimología. Aunque la palabra no es la cosa al nombrar, al dar un nombre a la cosa, tratamos de definir de algún modo su esencia, su naturaleza última.  Así, leemos en Wikipedia que:

El origen etimológico de la palabra matrimonio como denominación de la institución bajo ese nombre no es claro. Se suele derivar de la expresión “matris munium” proveniente de dos palabras del latín: la primera “matris“, que significa “madre” y, la segunda, “munium“, “gravamen o cuidado”, viniendo a significar “cuidado de la madre”, en tanto se consideraba que la madre era la que contribuía más a la formación y crianza de los hijos. Otra posible derivación provendría de “matreum muniens”, significando la idea de defensa y protección de la madre, implicando la obligación del hombre hacia la madre de sus hijos.

Para efectos de mayor comprensión de la expresión “matrimonio” en su aspecto etimológico es importante tener presente que, en muchas de las lenguas romances, es válido el concepto del contrato de matrimonio considerado por el Derecho Romano, que tiene su fundamento en la idea de que la posibilidad de ser madre, que la naturaleza da a la mujer núbil, la llevase a procrear una familia. En contraste con ese concepto occidental se puede mencionar el caso del idioma árabe, en el que es entendido como «contrato de coito» o «contrato de penetración», según la traducción de la expresión عَقْد نِكاح (`aqd nikāḩ) al español.[cita requerida] Con todo, el término más usado en árabe para referirse a esta institución es زَواج (zawāý), que literalmente significa «unión, emparejamiento».6

Más allá del debate de los lingüistas, queda claro que el matrimonio tiene que ver especialmente con la mujer y con la maternidad… Aunque la aproximación a las mismas pueda diferir notablemente en el matrimonio natural, el civil y el religioso… Tres escalones o niveles ascendentes en que se irá añadiendo sentido a esta institución que ya los romanos (Modestino) definían como “la unión de hombre y mujer en comunidad plena de vida y en comunicación del derecho divino y humano”. A efectos meramente didácticos, podemos sintetizar las principales visiones tradicionales del matrimonio en tres grandes clasificaciones:

1. EL MATRIMONIO NATURAL: Lacruz Berdejo –referente del Derecho Civil Español- afirma que “no es el matrimonio una creación técnica del Derecho, sino una institución natural que el Derecho positivo se limita a contemplar, reconocer y regular. (…)  Como institución natural el matrimonio tiene unos fines también naturales: procreación y educación de la prole; y amor conyugal; los cuales exigen unos presupuestos –distinto sexo, un mínimo de exogamia- y unos caracteres –unidad e indisolubilidad- igualmente naturales.  Sin embargo, por razones y consideraciones contingentes y muy variadas, los Derechos positivos se han apartado, en mayor o menor grado, de estos predicados naturales”.

Este eminente letrado –pese a su calidad como abogado- no tiene reparo en manifestar que el matrimonio es una institución cuya fijeza y cuyas leyes no dependen de la elección humana (Sheed) porque se trata de una institución natural que se encuentra inscrita en el fondo del alma humana, grabada en nuestro corazón, como medio para nuestro desarrollo y perfeccionamiento.

En este sentido, la “naturalidad” propia del matrimonio se encuentra en que la unión estable de una pareja resulta un elemento imprescindible para el mutuo conocimiento, para que crezca el amor entre ambos, para que se ofrezcan mutuo auxilio, para que surjan proyectos comunes y para que los hijos que nazcan como fruto de su amor tengan un paraguas que les proteja, esto es, una familia que los ame, los atienda, los forme, los eduque y los lleve a ser la mejor imagen de sí mismos.

2.  EL MATRIMONIO CIVIL:  El Derecho positivo -esto es, la Ley- no hace más, en cuanto al matrimonio, que tratar de regular los derechos y obligaciones que deben derivarse de esa relación o institución natural para que pueda desplegar todos sus efectos y alcanzar todos sus fines. Esto explica que un cambio en la noción de la naturaleza del matrimonio produzca cambios en su regulación legal (como está sucediendo en la actualidad), así como la evolución que ha experimentado la legislación a lo largo de la historia, al tratar de ir protegiendo –de un modo cada vez más completo- a los bienes especialmente protegidos dentro del matrimonio, a los generalmente más débiles: a la esposa y a los hijos.

Respecto al matrimonio natural, esta visión del matrimonio añade la consideración de esta institución desde su vertiente social o política. Así, la visión civil del matrimonio presta especial atención a la influencia de éste en la estructuración, cuidado y desarrollo de la sociedad de la cual es germen, institución fundante para muchos. En nombre no sólo de la naturaleza del ser humano sino del interés de la sociedad, se protege y regula el matrimonio desde el Poder… En nombre del bien de los contrayentes, de sus hijos, y del resto de los ciudadanos.

3.  EL MATRIMONIO RELIGIOSO:  La visión religiosa del matrimonio añade un tercer nivel de sentido a esta institución al definirla como un sacramento (de sacrum-facere, hacer sagrado). Así, esa unión estable de la pareja ya no se limita a la cuestión del cuidado y desarrollo de la propia naturaleza, ni a un interés social, sino que se interpreta como una vocación, como una forma de vida establecida por Dios para que algunas personas lleguen a Él a través del ser amado…  Una auténtica vía espiritual.  Como decía Thibon: “el auténtico amor nupcial acoge al ser amado no como un Dios, sino como un don de Dios”.

En mi opinión, estas tres visiones del matrimonio deberían mantener una relación de subordinación en el sentido de que el nivel más elevado (que, tal y como yo lo entiendo, es el de descubrir una vía de desarrollo espiritual en la vida marital y en la paternidad) debería acomodarse a una protección civil –de articulación y defensa social o comunitaria- y ésta, a su vez, debería respetar la naturaleza propia del ser humano, de sus necesidades y de sus relaciones amorosas para poder ser, a su vez, un matrimonio auténticamente civil y religioso.  Así, ni concibo ni respeto (respecto al matrimonio como respecto a tantas otras cosas) norma religiosa que atente contra la naturaleza individual o social de la persona, ni norma civil que se enfrente a la naturaleza humana o a su vertiente espiritual, ni una visión del ser humano que no permita un armonioso desarrollo civil y espiritual.

Una vez más, me niego a renunciar a la profundidad. ¿Por qué quedarnos en un primer nivel –el de las necesidades naturales o afectivas- cuando a través del matrimonio podemos satisfacer también necesidades sociales y espirituales?

Veamos ahora, brevemente y por separado, cuáles son esas necesidades que satisface el matrimonio, y cuáles son los medios o características que considero que debe tener para lograrlo.

En cuanto a las necesidades, el matrimonio satisface, como mínimo:

1.  La necesidad de amar y de sentirse amado, de superar el egoísmo y darse a otro, de dar y de recibir, de descubrirse en el rostro ajeno, de crecer personalmente mediante la generosidad, la donación y la entrega.

2. La necesidad de desarrollo de las propias cualidades y potencialidades a través del soporte, ánimo, ejemplo y consejo de un ser amado que se preocupa por tu felicidad tanto o más que por la suya propia.

3. La necesidad de una estructura estable para poder desarrollar proyectos comunes, especialmente respecto al cuidado y a la educación de los hijos fruto del amor de los esposos.

4. La necesidad de proteger a los más desvalidos, especialmente los niños, cuando necesitan de los cuidados y la experiencia de sus mayores.

5.  La necesidad de crear unos lazos especialmente profundos entre las personas que, por vía de parentesco, devienen familias, clanes, pueblos, ciudades…  Sociedades.

Y, para lograr satisfacer estas necesidades personales, sociales y espirituales, el matrimonio debería tener –al menos- las siguientes características:

1. Libertad de los contrayentes
2. Estabilidad
3. Afecto mutuo
4. Convivencia
5. Voluntad de entrega y de desarrollo recíproco
6. Una cierta exogamia

Quien haya leído mis posts anteriores dedicados a los cinco debates de fondo sobre el “matrimonio homosexual” (http://meditacionesdeldia.wordpress.com/2012/11/12/cinco-debates-de-fondo-sobre-el-matrimonio-homosexual-introduccion/) probablemente percibirá que también en esta cuestión estoy repitiendo el mismo esquema que emplee para tratar de la sexualidad y la homosexualidad: atender a la que entiendo que es la naturaleza humana y extraer de ella sus enseñanzas y concreciones prácticas para este asunto concreto.

En el fondo, entiendo que el matrimonio es la institucionalización, la estructuración formal, de la profunda y fecunda relación que es simbolizada por la sexualidad entendida en su interpretación más elevada y acorde con la naturaleza humana.  Y, del mismo modo que me parecía una castración el restringir la sexualidad a su carácter biológico (dejando al margen su componente afectivo, emocional y simbólico o espiritual) me parece también una mutilación el considerar el matrimonio como un mero contrato, como una mera comunidad de intereses, como un mero acuerdo temporal para compartir mesa, cama y techo.

En una época en la que se ha puesto a nuestro alcance una figura jurídica como la “pareja de hecho”, las “uniones estables de pareja” o como queramos llamarlas -con un éxito y aceptación realmente importante en nuestra sociedad- me parece una auténtica frivolidad el convertir el matrimonio en un sinónimo de estas relaciones, deshaciéndose de su vertiente trascendente, olvidando su naturaleza última y privándolo –por tanto- de la defensa de parte de los bienes que le deberían ser anexos.

Independientemente de lo que digan las Leyes y las Iglesias, somos los esposos quienes vivimos nuestros matrimonios.  Y en nuestro día a día se encuentra su concreción.  Y en ella reside el futuro del matrimonio como institución…  Le pese a quien le pese.

Por eso considero de especial interés dedicar un tiempo a estas reflexiones, a pensar nuestras relaciones, nuestros intereses, nuestros afectos, nuestros proyectos, nuestras familias, nuestros matrimonios…  A pensarlos para tratar de vivirlos mejor.  Porque eso es la auténtica Sabiduría, el conocimiento aplicado a obtener la felicidad a través de una vida lograda y buena.


on Friday, January 25, 2013
Para no perder el hilo de este discurso, quisiera comenzar recordando que estamos tratando sobre cinco cuestiones de fondo que condicionan la postura de cada uno de nosotros sobre el “matrimonio homosexual” y que, por suerte o por desgracia (más bien por desgracia que por suerte), no siempre se manifiestan de forma consciente ni se ponen encima de la mesa.

Decíamos ayer que la visión que tengamos de la sexualidad -de su naturaleza y función- tiene una gran trascendencia a la hora de tomar postura ante el “matrimonio homosexual” y, añado hoy, también a la hora de valorar la propia homosexualidad.

Vaya por delante -para que no haya dudas ni malos entendidos- que vamos a valorar la homosexualidad, no a los homosexuales. La persona es mucho más que su condición sexual, por lo que no se la puede definir ni valorar solamente en función de ésta… Entre los homosexuales (como entre los heterosexuales) hay fantásticas personas, y otras a las que es mejor mantener a una distancia de seguridad si no queremos resultar dañados. Pero, repito, no vamos a valorar a la persona, sino a la homosexualidad en sí misma.

De hecho, ayer ya realicé una primera aproximación a esta cuestión al afirmar que la sexualidad propia de la homosexualidad adolece principalmente de dos carencias que, en mi opinión, resultan de especial relevancia:

1. La falta de capacidad reproductiva: la homosexualidad no puede convertirse en norma universal porque supondría el fin de la especie por falta de fecundidad. Y, si no puede convertirse en norma universal es porque no está inscrita en nuestra naturaleza de seres humanos, común a todos nosotros.

2. La ruptura del profundo simbolismo de complementariedad de los opuestos propio de la sexualidad… Simbolismo que dota a ésta de una especial trascendencia cognoscitiva, experiencial, vital y espiritual.

Pero hoy vamos a afrontar otro aspecto valorativo que no atiende a la sexualidad homosexual sino a la naturaleza misma de la homosexualidad.  Porque la segunda cuestión de fondo, la que hoy nos ocupa es: ¿es la homosexualidad una libre elección, o nos encontramos ante un vicio o una enfermedad?

Para ver cuál es el estado de la cuestión, la opinión imperante en este momento, propongo que nos dirijamos a Wikipedia… Perfecto reflejo, no del ser de las cosas, sino de la opinión de la mayoría sobre las mismas:

La homosexualidad (del griego ὁμο, homo «igual», y del latín sexus «sexo») es una orientación sexual que se define como la interacción o atracción sexual, afectiva, emocional y sentimental hacia individuos del mismo sexo.1 Etimológicamente, la palabra homosexual es un híbrido del griego homós (que en realidad significa «igual» y no, como podría creerse, derivado del sustantivo latino homo, «hombre») y del adjetivo latino sexualis, lo que sugiere una relación sentimental y sexual entre personas del mismo sexo, incluido el lesbianismo.2

A pesar de que el término gay (que en inglés anticuado significa «alegre») suele emplearse para referirse a los hombres homosexuales y el término lesbiana para referirse a las mujeres homosexuales, gay es un adjetivo o sustantivo que identifica a las personas homosexuales sin importar su género. Desde 1973, la comunidad científica internacional considera que la homosexualidad no es una enfermedad. Sin embargo, la situación legal y social de la gente que se autodenomina homosexual varía mucho de un país a otro y frecuentemente es objeto de polémicas.

El término homosexual fue empleado por primera vez en 1869 por Karl-Maria Kertbeny,3 4 pero fue el libro Psychopathia Sexualis de Richard Freiherr von Krafft-Ebing el que popularizó el concepto en 1886.4 Desde entonces, la homosexualidad se ha convertido en objeto de intenso debate y estudio: inicialmente se catalogó como una enfermedad, patología o trastorno que había que curar, pero actualmente se entiende como parte integral necesaria para comprender la biología, genética, historia, política, psicología y variaciones culturales de las identidades y prácticas sexuales de los seres humanos.

Esta claro que Wikipedia valora positivamente la homosexualidad, la considera una orientación sexual (cuando no una libre elección), niega que se trate de una enfermedad y apoya la teoría del género, que afirma que la mayoría de las diferencias entre hombre y mujer, sus roles y funciones, no responden a la naturaleza sexuada y a la originalidad de lo masculino y lo femenino, sino a diferencias de género que no tienen fundamentos naturales irrevocables, sino que han sido construidas culturalmente de forma artificial a través de la historia, creando una discriminación de carácter sistémico en contra de la mujer.

Mis opiniones no coinciden plenamente con las contenidas en Wikipedia, con las expuestas en el párrafo anterior. Y voy a tratar de explicar brevemente por qué desde los postulados del humanismo trascendental que habitualmente me caracteriza.

1. SEXO BIOLÓGICO, IDENTIDAD SEXUAL, ORIENTACIÓN SEXUAL Y ELECCIÓN SEXUAL

La definición que ofrece Wikipedia, sitúa la homosexualidad en el ámbito de la orientación sexual. Para comprender adecuadamente este concepto, resulta necesario ponerlo en relación con el de sexo biológico, el de identidad sexual y el de elección sexual.

a. El sexo biológico, genético o genital-gonadal es el que viene dado a nivel cromosómico y se determina en la fecundación: se es XX o se es XY, dejando al margen alteraciones como el síndrome de Klinefelter (XXY) o Turner (XO). El sexo biológico se manifiesta –salvo patologías- en una clara diferenciación corporal entre hombre y mujer.  En opinión de ciertos neurocientíficos, también se encuentran pequeñas pero significativas diferencias anatómicas entre el cerebro masculino y femenino, variaciones que podrían representar la base física de las diferencias y peculiaridades propias de cada sexo. Para simplificar, el sexo biológico es el que se resume en una conocida frase infantil que conocemos casi todos los que tenemos hijos: “los niños tienen pene…  Las niñas, vagina (o vulva)”.

b. La identidad sexual hace referencia a cómo se siente la persona respecto a su sexualidad, a la convicción interna que tiene de ser un hombre o una mujer.

c. La orientación sexual, por su parte, hace referencia a la atracción erótica que siente un individuo como excitación espontánea: puede producirse ante personas del mismo sexo (homosexual), del otro sexo (heterosexual) o de ambos sexos (bisexual).

d. Por último, la elección sexual implica a la inteligencia y a la voluntad ya que se refiere al estímulo-objeto sexual que el individuo elige para la realización de su actividad sexual.

Las combinaciones entre estas cuatro variables son múltiples. En un extremo “almodovariano” encontraríamos a la persona que tiene cuerpo de varón, se siente mujer (transexualismo), es atraído por las mujeres (homosexualidad) pero decide hacerse violencia y mantener su actividad sexual sólo con hombres.

En el otro extremo, el individuo con cuerpo de mujer, que se siente mujer, que se siente atraída por los hombres y que decide mantener relaciones sexuales con éstos.

Tal vez se deba a mi tendencia a un cierto naturalismo, pero me parece más simple, armónica y natural esta última opción.  Me cuesta creer que la naturaleza se dedique a jugar al escondite con nuestra sexualidad salvo en casos excepcionales. Soy de la opinión de que –al menos idealmente- existe una íntima relación entre naturaleza y forma, entre nuestro cuerpo y nuestra alma…  El sentido común me dice que ésa es la norma, y que lo demás es excepción.

¿ES LA HOMOSEXUALIDAD UNA “DETERMINACIÓN” O UNA LIBRE ELECCIÓN?

Esta cuestión resulta para mí de capital importancia porque hace referencia a la libertad de la persona: ¿escoge uno ser homosexual, o le viene impuesto por condicionantes genéticos o culturales?

Hay quienes afirman que la homosexualidad es una enfermedad que viene determinada por cuestiones genéticas… Pero no pueden demostrarlo… Lo cual es sospechoso, ya que no estamos ante una cuestión valorativa sino empírica. Además, si estuvieran en lo cierto, si los genes fueran determinantes, cuando un gemelo fuera homosexual el otro también lo sería... Y no ocurre así.

Científicamente –hasta donde yo sé- la identidad y la orientación sexual no han podido vincularse a elementos físicos, por lo que se las relaciona con condicionamientos educativos, culturales o ambientales.

Pongo especial énfasis en el término “condicionamiento”, que no determinismo.  Me cuesta creer en todo determinismo, sea éste de carácter biológico, cultural o de la voluntad…  El ser humano no deja de sorprendernos, su capacidad de autodeterminación no conoce límites.

Por tanto, sitúo la homosexualidad en el ámbito de la influencia o de la libre elección:

1. Cuando uno esta formando su identidad sexual (entiendo que uno debería descubrirla más que formarla), puede ser influido por opiniones que él considera autorizadas, por la presión social, o por la costumbre cultural… Las palabras y conductas de los padres, médicos, amigos y educadores tienen un poder casi mágico, transformador de la realidad del ser humano… Pero de este tema ya trataremos el viernes, al tratar sobre la paternidad o la adopción por parte de parejas del mismo sexo.

2. Uno puede escoger –con cierto margen de libertad- con quién quiere mantener relaciones sexuales, y hay que saber que nuestros actos afectan a nuestras emociones y a nuestras ideas. Así que, teniendo relaciones homosexuales, uno puede lograr desarrollar una orientación sexual que no predominaba en él.

En este sentido, el doctor holandés Gerard van Aardweg afirma que en muchos de nosotros conviven instintos homosexuales y heterosexuales… Y él asegura que, por ese mismo motivo, son posibles los cambios de orientación sexual, ya sean espontáneos (como los estudiados por D.J.West, M. Nichols o L.J.Hatterer) o voluntariamente buscados, como el caso de Noel B. Mosen.

Así pues, uno puede escoger ser homosexual (y su elección debe ser respetada en atención a su dignidad humana, que le confiere el derecho a autodeterminarse), pero también puede escoger dejar de serlo (y esta decisión merece exactamente el mismo respeto que la anterior, por idénticos motivos).

¿QUÉ NOS APORTA LA HOMOSEXUALIDAD?

Mi preocupación humanista me lleva a entender la vida como un proceso de perfeccionamiento de nuestra naturaleza, como el pulido de la piedra bruta que somos…  Y no logro descubrir en la homosexualidad un perfeccionamiento de mi naturaleza.

Si lo hubiera encontrado, por coherencia trataría de ser homosexual. Pero no lo intento porque no me parece un desarrollo de mi potencialidad sino un mero ejercicio de libertad de elección que, de ser llevado a la práctica por la humanidad entera, pondría fin a la misma por falta de procreación.  Así que, si no puede ser una norma universal, no quiero tomarla como norma particular pues me cuesta asumir que forma parte de la naturaleza propia del ser humano, de mi estado primordial o de perfección… Y no puedo proponerlo tampoco como modelo.

Cosa distinta es la idea de la androginia primigenia, del ser humano perfecto como andrógino, como ser en el que coexisten los elementos masculinos y femeninos en una coincidencia y superación de los opuestos…  Pero de este tema, que suele confundirse con la homosexualidad cuando no tiene nada que ver, ya hablaremos en otra ocasión. Me lo apunto para otro día.

Quiero concluir reafirmando mi profundo respeto por los homosexuales y por la libertad que les corresponde de elegir cómo vivir su sexualidad, así como reconociendo que entiendo que se haya producido una justa reacción contra las injusticias históricamente cometidas contra este colectivo… Pero ello no me lleva, ni me llevará jamás a afirmar, que la homosexualidad es acorde con la naturaleza humana, ni un condicionamiento inalterable.  Pido respeto para la libertad que tiene cada uno para ser homosexual, y para dejar de serlo.  Porque detecto la misma intolerancia en un lado de la trinchera que en el otro, la misma falta de respeto por la dignidad humana entre los homófobos que entre los homosexuales.

¿Por qué se respetará tan poco a la persona que es lo único realmente importante?


on Tuesday, January 22, 2013
INTRODUCCIÓN

La semana pasada, a través de Twitter, @AndrsOlmo me preguntó si podría escribir un artículo sobre el matrimonio homosexual… Y, después de planteármelo,  le respondí que sí. Aquí tenéis el resultado tras varios días de estudio y meditación. No tengo muy claro que sea lo que él esperaba, pero éste es el fruto de mis andanzas.

Aunque no es la primera vez que lo digo, suelo evitar los temas de actualidad, los que se encuentran en el candelero, porque dan lugar a mucho debate y a muy poco diálogo, a una lucha encarnizada de argumentos (muchas veces superficiales y demagógicos) y a muy poca reflexión o búsqueda compartida de lo Verdadero, Bueno y Bello.

Sin embargo, es posible que este intento de situar la discusión en otro plano ayude a algunos a plantearse este tema (y tantos otros) desde otra perspectiva, más profunda, más humana.

El aval del Tribunal Constitucional español al “matrimonio homosexual” en nombre de la evolución social está dando lugar a ríos de tinta… Unos, para ensalzar la decisión… Otros, para denostarla.  Pero debo reconocer que en la mayoría de los comentarios percibo mucha emoción contenida, mucha creencia, mucho prejuicio, y muy poca experiencia y reflexión consciente y libre al respecto.

Y, ¿qué decir de los debates al respecto en los medios de comunicación? Muchos de ellos parecen auténticos gallineros, peleas de gallos en la que unos y otros se atizan, se escupen argumentos sesgados y sufren una doliente sordera respecto a las razones ajenas que, claro está, pocos tratan de comprender para poder reflexionar juntos… Odioso.

De hecho, ya me parece superficial que se hable, simplemente, del “debate sobre el matrimonio homosexual”. ¿Realmente sólo se discute una cuestión, o hay varios elementos en juego?

Yo soy de la segunda opinión, ya que encuentro en estas discusiones varias temáticas distintas que suelen fundirse y confundirse, cuando probablemente sería mejor que se trataran en debates separados que –finalmente- se pusieran en común. ¿Realmente hablamos de lo mismo cuando decimos matrimonio? Cuidado, que la palabra no es la cosa… ¡Ah, el peligro de las palabras, del que ya hemos tratado en alguna otra ocasión!

Con la intención de lograr una mayor claridad expositiva, trataré de sintetizar las distintas cuestiones que en mi opinión se entrecruzan en este debate en 5 puntos que hoy abordaré brevemente, planteando preguntas para que vosotros podáis reflexionar, pero que desarrollaré en artículos posteriores.

Esta metodología de talante mayéutico se justifica en que no quiero adoctrinar a nadie, no quiero hacer apología de mis opiniones, prefiero que cada uno trate de responder por sí mismo a estas cuestiones, que se forje su propio punto de vista, porque en ese ejercicio nos enriquecemos, nos perfeccionamos, profundizamos en nuestro conocimiento y en el de aquellos que nos rodean… Encuentro que es el único modo de que el conocimiento realmente nos transforme.

Los cinco puntos que serán el hilo conductor de mi discurso serán los siguientes:

La noción de sexualidad humana
La valoración de la homosexualidad
La noción y función del matrimonio, y la adecuación a éstas del matrimonio de parejas del mismo sexo
La cuestión de la paternidad o adopción por parte de parejas homosexuales
La función que deben tener las leyes en una sociedad democrática

EL PRIMER DEBATE DE FONDO:  LA SEXUALIDAD HUMANA

Detecto en ciertos contertulios un primer nivel de enfrentamiento que no concretan pero que acaba imposibilitando toda comprensión y encuentro en la cuestión del “matrimonio homosexual”: la idea que se tiene de la sexualidad humana. Mientras que para unos es una simple y placentera necesidad biológica –como el comer y el beber- sobre la que podemos tener total disponibilidad, para otros es un medio para la procreación de la especie, un acto que por definición debe encontrarse siempre abierto a la vida.

Siendo así, los primeros no tienen problema alguno con casar su concepción con la homosexualidad, mientras que los otros condenan –consciente o inconscientemente- la sexualidad propia del homosexual porque en ningún caso podrá engendrar a un nuevo ser, punto de partida de su valoración moral de las relaciones sexuales.

EL SEGUNDO DEBATE DE FONDO: LA HOMOSEXUALIDAD COMO LIBRE ELECCIÓN O COMO ENFERMEDAD

Pocos se atreven ya a plantearlo en los medios de comunicación, por lo que llevan el debate hacia otras orillas, pero en ocasiones intuímos dos visiones difícilmente reconciliables sobre la homosexualidad:  unos entienden que se trata de una opción sexual (esto es, de una elección completamente libre del ejercicio de la propia sexualidad) mientras que otros asocian la homosexualidad a una patología, a una enfermedad que puede tratarse y curarse.

EL TERCER DEBATE DE FONDO: LA NOCIÓN Y FUNCIÓN DEL MATRIMONIO

Más allá del argumento de “siempre ha sido así” (esto es, heterosexual), ¿qué es el matrimonio? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su función? ¿Hablamos realmente todos de lo mismo cuando hablamos de matrimonio? De cómo contestemos a estas preguntas dependerá, también, que podamos entendernos unos y otros.

Mi respuesta, sin lugar a dudas, es no… No hablamos de lo mismo: desde un lado de la trinchera se afirma que el matrimonio no es más que un contrato (que, por tanto, está sujeto a la voluntad de las partes) realizado entre dos personas que se quieren. Mientras, desde el otro bando, se afirma que es un sacramento, una institución natural y divina cuya fijeza y leyes no dependen de la elección humana porque fue instituida por Dios para el bien de la raza humana… Y para garantizar la procreación y educación de los hijos… Con lo que me remito de nuevo al primer debate de fondo que ya hemos mencionado: el de la valoración sobre la sexualidad humana y su relación con engendrar nuevas criaturas.

EL CUARTO DEBATE DE FONDO:  ¿DEBEMOS PERMITIR LA PATERNIDAD O LA ADOPCIÓN POR PARTE DE PAREJAS DEL MISMO SEXO?

La primera idea que debemos plantearnos al enfrentarnos a esta cuestión es: ¿está realmente relacionado el que apoyemos “el matrimonio homosexual” y el hecho de que estas parejas puedan tener hijos?

Y, yendo aún más al fondo: ¿tienen las madres –o los padres- derecho a tener hijos? ¿O son los hijos quienes tienen derecho a tener padres?

Y por último: ¿qué es mejor para los hijos: tener un padre y una madre o tener dos padres, o dos madres? ¿O tal vez es indiferente? ¿Qué efectos tiene cada alternativa sobre los hijos? ¿Hay datos concluyentes al respecto?

Me parecen cuestiones suficientemente trascendentes como para tratarlas con serenidad, reflexionando sobre ellas, ya que de la decisión que se tome al respecto depende la vida y la felicidad no sólo de unos padres…  Sino de los menores que van a tener –o no- a su cargo.

EL QUINTO DEBATE DE FONDO: LA FUNCIÓN DE LAS LEYES EN LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS

Ésta es la cuestión más directamente vinculada con el aval que ha realizado el Tribunal Constitucional al “matrimonio homosexual” en nombre de la evolución social.

La cuestión de fondo entiendo que es: ¿debe la ley adecuarse a los cambios que se operan en la sociedad sin valorarlos? ¿O más bien la función de la ley –y de su interpretación- es empujar a la sociedad a vivir conforme a unos principios que se consideran valiosos y enriquecedores para todos?

Cinco debates profundamente relacionados pero que no siempre se saben percibir en medio de la batalla dialéctica… Cinco debates que cada uno de nosotros debería plantearse antes de emitir una opinión sobre el “matrimonio homosexual”… Cinco debates que sí afectan a nuestras vidas, seamos o no homosexuales… Cinco debates y reflexiones que trataremos de ir realizando juntos a lo largo de los próximos días.

Confío, @AndrsOlmo, en que no te desagrade este formato.  Gracias por haberme animado a realizar esta reflexión que tanto me ha enriquecido.  De verdad, muchas gracias.


LA SEXUALIDAD HUMANA

Uno de los primeros condicionantes, de los orígenes de nuestra posición frente al “matrimonio homosexual”, se encuentra en cómo entendemos y qué función otorgamos a la sexualidad, a la humana vivencia del sexo.

Cuando se habla de sexualidad, una serie de poderosas energías inconscientes se ponen en movimiento… De hecho, es la potente fuerza de Eros la que históricamente ha llevado a los grandes poderes políticos, religiosos y hoy también económicos a procurar la estricta regulación de nuestro modo de entender y vivir la sexualidad. Es fácil dominar a las personas a través del sexo, sea en uno u otro sentido. Así que, si nos preocupa nuestra libertad, más nos vale que dediquemos un tiempo a reflexionar al respecto.

Como dejó escrito F. J. Sheed: “el típico hombre moderno no reflexiona nunca sobre el sexo.  Sueña con él, naturalmente, de día y de noche. Suspira por él, se lo imagina; el sexo lo estimula o lo deprime, le embelesa. Pero este furor, esta tumultuosa actividad no es pensar.  Pensar es usar la inteligencia en conformidad con la realidad de las cosas; pensar en el sexo significa esforzarse en ver el sexo en su más íntima realidad, y en la función a la que está destinado”. Pues eso, pensemos el sexo, reflexionemos sobre la sexualidad porque es una de las cuestiones de fondo que subyacen tras los distintos puntos de vista existentes en torno al “matrimonio homosexual” y porque, parafraseando a Juan Antonio Marina, “la sexualidad no sólo rompe cabezas, sino que rompe corazones”.

El lector atento habrá observado que he realizado una primera diferenciación entre sexo y sexualidad.  Cuando hablo de sexo hago referencia a la realidad biológica, a la diferenciación cromosómica y genital-gonadal, a la actividad sexual en su nivel meramente físico. La segunda, en cambio, es el nombre que doy al universo simbólico, emocional e incluso espiritual que se construye sobre esa realidad biológica y que la dota de distintos niveles de experiencia y de sentido.

En el plano biológico hay poca discusión: es una cuestión descriptiva y constatable. La discusión siempre se sitúa en el plano valorativo, que suele ser también el cualitativo, el de más importancia para una existencia realmente humana, trascendente, de la persona.  Así que nuestras reflexiones girarán en torno a la sexualidad, mucho más que en torno al sexo.

Y, a efectos de articular nuestra exposición, clasificaremos en cuatro modalidades las distintas maneras de entender y vivir la sexualidad:

1. La sexualidad lúdica, o la satisfacción de una necesidad biológica
2. La sexualidad relacional, o la satisfacción afectivo-emocional
3. La sexualidad procreativa, medio de perpetuación de la especie
4. La sexualidad trascendente, vía de desarrollo personal y espiritual

Sé que toda clasificación encierra en su mismo planteamiento una caricaturización, una injusta simplificación que facilita la diferenciación. Por ese motivo quiero dejar claro que cada una de estas modalidades no es más que un dibujo de trazo grueso, un boceto que tiene por objetivo hacernos percibir la forma y los contornos de un determinado y arquetípico modo de entender una compleja pero esencial realidad como es la vivencia de la propia sexualidad.  Tómese, pues, en este sentido y en ningún otro…

Porque en la vida real es difícil encontrar al partidario de una de estas modalidades en exclusiva… Más bien nos movemos todos en un ámbito de frontera entre estas visiones, donde tomamos parte de una y parte de la otra… Cobrando especial importancia la jerarquía que otorgamos a cada una de estas visiones, convertidas –por esta vía- en funciones jerárquicamente subordinadas o yuxtapuestas.

1. LA SEXUALIDAD INSTINTIVA Y LÚDICA, NECESIDAD BIOLÓGICA

Una primera aproximación a la cuestión es la de aquellos que consideran que la sexualidad no consiste más que en la satisfacción de una necesidad biológica de sexo.  Satisfacción que, debido al goce que provoca, toma gran importancia en la vida de muchas personas, sean hetero u homosexuales.

Para los partidarios de esta posición, hay poca diferencia ontológica entre degustar un excelente vino y tener una maratoniana noche de sexo salvaje…  Satisfacen una necesidad biológica del modo más agradable posible, obteniendo el máximo goce de esa satisfacción.  Para quien así piensa, tanto da que uno tenga relaciones heterosexuales, homosexuales, zoofílicas u onanistas… El cuerpo necesita sexo y, puestos a cubrir su necesidad,  yo busco el modo que más me satisface de cumplir con ella.

Nos encontramos ante la vertiente lúdica del sexo, una opción que –sin embargo- se mantiene en el nivel del instinto, de la disposición psicofísica innata, heredada, que incita al sujeto a actuar de una determinada manera frente a un estímulo u objeto.

Que tengamos un instinto sexual –como el resto de los animales- pone de manifiesto que hay una necesidad natural que satisfacer, lo cual explica que ante la falta de satisfacción del cuerpo el psiquismo busque automáticamente sus compensaciones dominando y sometiendo existencias ajenas. Pero no hay que olvidar que el ser humano tiene una inteligencia y una voluntad que lo dota de libertad y de la capacidad de dirigir y controlar sus impulsos instintivos. Controlar, que no reprimir. No estamos sometidos al imperio de los sentidos, a la necesidad de sexo… En mi opinión, la sexualidad es una experiencia que trasciende la corporeidad, va más allá de lo físico, del cuerpo, tiene una mayor profundidad porque afecta a la persona en su totalidad. La sexualidad, tal y como yo la entiendo, es mucho más elevada que la mera genitalidad.

Quienes se quedan en este primer nivel de la experiencia sexual sólo aplican su inteligencia y voluntad para buscar el modo en que atender o desatender a su instinto sexual, a su genitalidad, manteniéndose en un nivel sensorial de experiencia.

Tal vez sea por este motivo que tienden a interpretar que el mejor amante es el amante múltiple, quien más aventuras tiene en su haber. Sin embargo, hay que hacer notar que estamos ante una valoración cuantitativa, porque la experiencia del Don Juan no es más profunda que la del hombre fiel, sino que se trata de una experiencia superficial aunque repetida en el nivel más básico de la misma, el genital.

Pero la cosa aún se pone peor -para quienes sólo entienden la sexualidad en este sentido- si a la subordinación metafísica de lo cuantitativo a lo cualitativo añadimos la “ley de las repeticiones menguantes” que rige los placeres físicos. Ésta afirma que el cuerpo ansía sensaciones placenteras, pero que con el tiempo se acostumbra a ellas, dejando de reaccionar ante el estímulo y ansiando sensaciones más intensas. Así que, si nos quedamos con el sexo en su nivel más burdo, no tardaremos en tener un problema, pues la naturaleza misma del acto no admite gran aumento de la dosis…  Así que, al final, acaba uno abocado a mantener el ansia de sexo… Pero a obtener una satisfacción prácticamente nula de la misma… ¿Te imaginas? El que parece que tiene más apego al sexo más primario, más instintivo, es el que acaba sin poder disfrutar de él.

Como no me gusta esta alternativa, te propongo pasar al siguiente nivel…

2. LA SEXUALIDAD RELACIONAL, SATISFACCIÓN AFECTIVO-EMOCIONAL

Como iremos viendo, he estructurado esta clasificación de los distintos modos de entender la sexualidad en cuatro niveles ascendentes, de modo que cada escalón incluye en gran medida a los anteriores.  Así que cuando hablemos ahora de la importancia relacional de la sexualidad, de su función de satisfacción afectivo-emocional, no significa que los partidarios de esta interpretación renuncien a la vertiente lúdica del sexo, a su carácter biológico, genital o instintivo. Simplemente, lo integran en su visión relacionándolo –normalmente por subordinación- con las necesidades afectivas y emocionales propias de los seres humanos.

Porque la sexualidad, nos guste o no, une algo más que los cuerpos.  Recuerdo una burda expresión que escuché hace tiempo y que, pese a lo malsonante de la misma, me pareció una verdad incontestable: “si no follas habitualmente con la persona a la que quieres, acabas queriendo a la persona con la que follas habitualmente”. Porque la sexualidad, en condiciones normales, es un encuentro con el otro: “puedes meterte en la cama con un cuerpo, pero acabas encontrándote con una persona” (Marina)… Salvo que lo tomemos como mero instrumento para nuestro placer… Con lo que volveríamos al estadio anterior, al lúdico más elemental.

Así, el rasgo característico de este segundo estadio es que uno se libera de su ego, no busca sólo su propia satisfacción, ni la encuentra sólo en su cuerpo, sino que se encuentra con otra persona que le hace salir de sí mismo, a la que valora en su peculiaridad. Hemos saltado de lo físico a lo emocional, del orgasmo al enamoramiento… O al amor… Como decían los clásicos, a la experiencia de un alma dividida en dos cuerpos que –finalmente- se reencuentra a sí misma y tiende a la unidad… A una unión que va más allá de lo físico, aunque habitualmente lo incluye.

En este segundo nivel tomamos conciencia de que el ser humano no está dotado sólo de cuerpo, sino también de emociones… Y éstas pasan a formar parte de su vivencia de la sexualidad: el abrazo al cuerpo del otro pasa a incluir el abrazo de su persona, de sus peculiaridades y características propias, de su modo de ser, de aquello que le hace ser quien es. El goce trasciende lo corporal para penetrar en el ámbito de lo psicofísico, de lo emocional… Que, de nuevo, tiende a manifestarse a través del cuerpo.

Este segundo estadio también es común a las parejas homosexuales y heterosexuales, ambas pueden acceder y disfrutar de él, por lo que tampoco justificará una posición de valoración negativa del “matrimonio homosexual” o de la propia homosexualidad.

3. LA SEXUALIDAD PROCREATIVA, MEDIO DE PERPETUACIÓN DE LA ESPECIE

En este tercer modo de entender la sexualidad sí que surge una brecha insalvable entre la heterosexualidad y la homosexualidad porque centra su valoración en la capacidad que tiene el sexo de engendrar una nueva vida…  Y eso, creo que no será necesario explicarlo, sólo sucede cuando lo masculino fecunda a lo femenino.

Este tercer nivel interpretativo de la sexualidad es el predominante en la inmensa mayoría de personas que se oponen a la idea del “matrimonio homosexual”.  Aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo públicamente, y en muchos casos pueda ser incluso inconsciente, no sólo se oponen al “matrimonio homosexual” sino que, por concebir que la principal función de la sexualidad es la procreativa (a la que, en el mejor de los casos, subordinan la lúdica y la relacional), encuentran que la homosexualidad es una práctica contra-natura porque es incapaz de producir por sí misma una nueva vida. Pero de este tema (la valoración de la homosexualidad) ya trataremos mañana.

Muchas personas de firmes creencias religiosas están convencidas de que la procreación es pro-creación, esto es, creación delegada, el mayor acto glorioso del que es capaz el ser humano, cuando no el cumplimiento del deber bíblico de “creced y multiplicaos”.

Yo fui educado en esta línea de pensamiento, y se me enseñó que el placer era un medio puesto por Dios para que el ser humano tuviera facilidad para seguir su instinto de perpetuación de la especie…  Y que ese goce sólo era legítimo en ese marco, en el de la reproducción.

Pese a que el Consejo Pontificio para la Familia afirmó que “la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor; precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir”, hay todavía cierto catolicismo que SÓLO valora la función procreativa de la sexualidad, menospreciando su función lúdica y relacional, basándose en una interpretación literal de algunos textos de Pablo VI.

Soy una persona religiosa, crítica pero religiosa, humanista pero religiosa, espiritual y religiosa… Y por ese motivo me preocupa que se utilice el barniz de la religión para menesteres que no le corresponden. Hasta este momento he tratado de ser meramente descriptivo, a partir de ahora -creo que ya se ha notado- paso a ser valorativo.

Personalmente, doy gran importancia a la función reproductiva de la sexualidad (tengo cuatro hijos, así que mi vida da fe de mi argumento) pero en ningún caso puedo concebir una visión de la sexualidad en la que ésta sea entendida, exclusivamente, como un instrumento procreativo. De hecho, ni los mismos partidarios de esta postura resultan coherentes con la misma, lo cual demuestra la debilidad interna de sus planteamientos.

Me explico: si la única función de la sexualidad fuera la reproducción, su valoración ética o moral dependería en todo caso de que la intención de la pareja fuera procrear y actuara en consecuencia. Dicho en romano paladín: “se folla para tener niños”. Si esto fuera así, cuando una pareja considerara que la paternidad responsable exige no tener más hijos…  Deberían dejar de tener relaciones sexuales. Si la única función del sexo fuera la reproductiva, no tendrían cabida los medios naturales de control de la natalidad que se proponen desde el ambiente del pensamiento pro-vida y desde las propias instituciones eclesiásticas. Así que, digan lo que digan los más rancios de entre los rancios, y los más progres de entre los progres, la postura de que la sexualidad SÓLO tiene como finalidad la reproducción no es la propia ni de la Iglesia Católica ni de la mayoría de Tradiciones Religiosas.

Además, qué coño, sería insostenible para el común de los mortales… Y no hay Dios que pida imposibles al ser humano para asegurar su condenación e infelicidad eternas, aquí y en el otro mundo.

4. LA SEXUALIDAD TRASCENDENTE, VIA DE DESARROLLO PERSONAL Y ESPIRITUAL

Por fin hemos llegado a la cima de la pirámide, a la que –en mi opinión- es la más completa y profunda de las visiones de la sexualidad, la que yo defiendo y propongo a quien me pregunta.

Creo que la sexualidad es un instinto natural, que su satisfacción debe ser divertida y gozosa, lúdica…  Que para serlo en profundidad debe ser amorosa, relacional, si no poco placer da… Que es mágica cuando se comparte con tu alma gemela y está abierta a la vida, cuando se contempla su función procreativa…  Pero que eso no es todo, que el sexo tiene un valor simbólico que puede y debe llevarnos mucho más allá del mero plano físico, relacional o procreativo.

Tenemos un instinto sexual, una tendencia que nos lleva a unirnos al otro y a buscar un goce en esa unión. Esa pulsión es una llamada de atención a nuestra naturaleza incompleta, un recordatorio de que sólo encontramos nuestra plenitud más allá de nosotros mismos, cuando dos devienen uno, cuando la diversidad se hace unidad, cuando los dos polos de la realidad (representados por lo masculino y lo femenino) se funden, se integran en una unidad superior a sus diferenciaciones. A través de la sexualidad, el cuerpo humano se hace partícipe del amor espiritual, un amor que se comunica y se manifiesta de distintas formas con un elemento común: la unidad en la diversidad mediante la entrega del propio ser y la aceptación del der del otro, de ese otro en el que buscamos la complementariedad y la totalidad que nos trasciende.

La sexualidad es entrega, donación de uno mismo.  Pero uno no puede regalar aquello que no posee, por lo que el buen sexo no puede ser mera satisfacción instintiva, debe ser encuentro consciente y voluntario en el que uno se ofrece enteramente al ser amado, en cuerpo y alma.  Pero, lo repito, no puede entregarse aquello de lo que se carece…  Así que lo primero es la posesión de uno mismo, el autodominio, el señorío sobre la propia persona, y sobre el propio cuerpo.

La sexualidad es entrega, entrega recíproca, en la que te das y en la que recibes, en la que descubres el gozo de ofrecerte y de ser obsequiado, en la que desaparece el yo, y el tú, tomando consciencia del nosotros… Místico placer de morir al propio ego (¿qué es el orgasmo sino una pequeña muerte a uno mismo que da vida?) para descubrirte en el otro, en los ojos del ser amado.  A través de sus ojos eres capaz de ver el infinito, y de penetrar en lo más profundo de ti mismo. La experiencia sexual como simbólica vía de conocimiento…

La sexualidad es amor corporeizado en el que el goce espiritual también se hace físico, en el que la fecunda relación entre el dar y el recibir se manifiesta en una nueva vida, en el que lo metafísico se materializa, en el que la alquimia sexual es capaz de elevarnos al mundo de lo invisible -de lo divino que está en todos y lo trasciende todo- a través de los sentidos, de nuestra bestialidad primigenia.

Esa poderosa energía que es la libido, la pulsión sexual, puede elevarnos a la más sublime de las experiencias, a lo más alto de nuestra naturaleza, o hacernos descender a los infiernos de la peor imagen de nosotros mismos… Todo depende de si es entrega o posesión, de si es encuentro o egoísmo, de si nos lleva a una experiencia de ser… O de tener.

Así, la relación sexual puede ser la más sublime de las experiencias (gozosa relación de unión capaz de pro-crear) pero también puede convertirse en la más degradante cuando el otro es utilizado como mero instrumento, ya sea de reproducción, de placer o de satisfacción de las propias necesidades emotivas o sociales.

Así como sea uno, así será su sexualidad… Por eso hay que trabajar sobre la propia persona…  Ese es el principal secreto para acceder a esa vertiente trascendente del sexo tan propia de oriente.

El tantrismo toma conciencia de las posibilidades que ofrece la sexualidad como vehículo de experiencia espiritual, convirtiendo el éxtasis en conciencia de unidad de toda la creación y en ofrenda de uno mismo al otro y, a través de él, al Todo.

La sexualidad es una metáfora de la unión con lo divino a través del otro que, en mi opinión,  sólo cobra su pleno significado en el encuentro heterosexual, cuando se da entre hombre y mujer, entre lo masculino y lo femenino, entre los dos polos opuestos de la creación que –en la unión sexual- muestran el auténtico rostro de lo divino… Y su fecundo poder dador de vida, simbolizado en la función procreadora de la sexualidad…  Momento en el que la semejanza de la criatura con su Dios alcanza su punto álgido.

Esta es mi visión ideal de la sexualidad, la que me parece más plena, natural y razonable… La que intento vivir.  Porque si privas a la sexualidad del placer, de la diversión, del amor, de la capacidad reproductiva o de su vertiente simbólica y trascendente, de ser una vía espiritual y de autoconocimiento, la estás menguando, le estás negando su pleno desarrollo. Estás en tu derecho de hacerlo, faltaría más, pero te estás perdiendo algo fantástico que está ahí -a tu alcance- a través de ese divino regalo que es una sexualidad consciente.

CONCLUSIÓN

Nuestra concepción de la sexualidad tendrá una gran influencia en nuestra valoración de la homosexualidad (de la que seguiremos hablando próximamente) y, sin duda, también ésta tendrá mucho que ver con nuestra interpretación del matrimonio y del “matrimonio homosexual”.

Creo que he puesto mis cartas sobre la mesa y que he ofrecido suficientes elementos de juicio como para que cada uno pueda realizar sus propias reflexiones en torno a su modo de entender y vivir el sexo.

En mi opinión, y centrándonos en el tema de hoy, es importante reflexionar en torno a la sexualidad porque es un elemento común a todos nosotros que –según el modo que tengamos de vivirlo- puede ayudarnos a conocernos mejor, a desarrollarnos, a ser más felices y a descubrir nuevos mundos (también a través de la meditación o yoga sexual del que hablaremos en otra ocasión) o, por el contrario, puede convertirse en una pesada losa que no nos permita elevarnos un palmo del suelo y que condicione nuestro pensamiento –o nuestra falta de él- y nuestra vida sin que nos demos cuenta…

Y la conciencia es algo esencial para ser humanos, también la conciencia de nuestra propia sexualidad… Fuerza poderosa donde las haya… Aprovechémosla bien, aprovechémosla para el Bien.