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on Tuesday, October 29, 2013
Vivimos actualmente la crisis más grave que haya conocido la Humanidad. Son los tiempos oscuros del Kali-Yuga, la era tenebrosa que cierra todo un ciclo histórico y cósmico. Estamos ante una sociedad enferma, afectada por una incurable dolencia que se encuentra ya en su fase terminal.

El mundo, y en especial el mundo occidental, se halla hoy sumido en un proceso de hundimiento y decadencia que viene caracterizado por los siguientes rasgos: caos y desorden, anarquía (sobre todo en las mentes y las conciencias), desmadre y desbarajuste total, confusión y desorientación, inmoralidad y corrupción, desintegración y disgregación, descomposición, inestabilidad y desequilibrio (en todos los órdenes: tanto a nivel social como en la vida psicológica individual), ignorancia, ceguera espiritual, materialización y degradación de la vida, descenso del nivel intelectual y eclipse de la inteligencia, estupidez e idiotización generalizadas, demencia colectiva, ascenso de la vulgaridad y la banalidad. Por doquier se observa un fenómeno sísmico de ruina, destrucción, socavación y subversión, en el cual queda arrumbado y corroído todo aquello que da nobleza y dignidad al ser humano, todo cuanto hace la vida digna de ser vivida, mientras irrumpen fuerzas abisales que se recrean y complacen en esa oleada destructiva, amenazándonos con las peores catástrofes que haya podido imaginar la mente humana.

La crisis no es sólo económica, política o social, aunque esto sea lo más evidente a primera vista, lo que más llama la atención y de lo que se habla a todas horas en la prensa, en los telediarios y en las tertulias. La grave crisis que padecemos tiene raíces mucho más profundas de lo que solemos pensar. Es ante todo una crisis espiritual, una crisis humana, con hondas consecuencias intelectuales y morales. Es una crisis del hombre, que se halla desintegrado, angustiado, aplastado, hastiado, cansado de vivir, sin saber adónde ir ni qué hacer.

Es, por otra parte, una crisis que afecta a la existencia en su totalidad, incluso a la existencia natural y cósmica (como lo demuestra la crisis ecológica y la destrucción de la Naturaleza y el medio ambiente). No hay ningún aspecto o dimensión de la vida que escape a esta terrible crisis, a esta ola destructiva y demoledora de todo lo valioso. Todo se ve afectado por el desorden y el caos: la cultura, el arte, la filosofía, la medicina, la enseñanza, la religión, la familia, la misma vida íntima de los seres humanos.

Se pueden distinguir tres aspectos en este proceso de crisis total y ruina generalizada:

1. Ruina y destrucción de la Cultura
2. Ruina y destrucción de la Comunidad
3. Ruina y destrucción de la Persona

Podríamos decir, pues, que nos hallamos ante tres dimensiones de la crisis: una crisis cultural, una crisis social y una crisis personal. Tres formas o dimensiones de la crisis que repercuten de lleno en todos y cada uno de nosotros.

Son éstas tres formas de ruina y destrucción que se hallan íntimamente entrelazadas, no pudiendo analizarse ni solucionarse por separado. No se puede entender ninguna de ellas si no se consideran las otras dos. No se podrá dar respuesta a ninguno de tales procesos de ruina y demolición ni solucionar el mal que conlleva cada uno de ellos si se prescinde de los dos que lo acompañan.

Se trata de tres destrucciones que no son sino tres facetas de una misma y única destrucción: la destrucción de lo espiritual, la destrucción de lo humano. Es el resultado, en suma, de la persistente labor de zapa llevada a cabo por lo que los alemanes llaman der Ungeist, “el anti-espíritu”, “in-espíritu” o “des-espíritu”, esto es, la tendencia hostil a lo espiritual y trascendente, la negatividad operante, corrosiva y subversiva. La potencia más dañina y nefasta que podamos concebir, cuya acción se traduce en un socavamiento de toda espiritualidad y una total desespiritualización de la vida.

1. Ruina de la Cultura

La Cultura, que es todo aquello que eleva y ennoblece la vida del hombre (religión, filosofía, arte, música, poesía y literatura, ética y modales), se ve hoy día aplastada por la Civilización, entendida como el conjunto de las técnicas, los medios y los recursos que permiten a la Humanidad sobrevivir, defenderse de los peligros que la amenazan y mejorar su nivel de vida material (economía, organización política, ejército, burocracia, industria, transportes, medios de comunicación, hospitales, etc.).

La Civilización, que debe estar siempre al servicio de la Cultura, se ha erigido en dueña y señora, convirtiéndose en dominadora absoluta y poniendo a la Cultura a su servicio. Los factores, recursos y criterios civilizatorios, que van ligados a lo material, se han impuesto de modo omnímodo sobre los culturales y espirituales.

Se ha alterado así el orden y la jerarquía normal, con las funestas consecuencias que semejante desorden acarrea. La consecuencia más inmediata es la decadencia y ruina total de la vida cultural, que está en peligro de desaparecer por completo en Occidente ante la asfixiante presión del elemento civilizatorio. La Cultura se ve hoy obligada a mendigar como una pobre cenicienta despreciada y a pedir que le perdonen la vida, no quedándole otro remedio que refugiarse en las catacumbas.

En nuestros días la Cultura se halla amenazada por el avance de tres deplorables fenómenos hoy muy en boga, en alza y auge crecientes: la incultura (la ignorancia pura y simple, la falta de formación y el embrutecimiento desidioso), la subcultura (en la cual la vida cultural queda degradada al nivel de simple diversión, entretenimiento y espectáculo) y, lo que es más peligroso y nefasto de todo, la anticultura (esto es, la antítesis radical de la Cultura, al someter la actividad cultural a los criterios de un individualismo y un relativismo despiadados, con la consiguiente labor corrosiva, demoledora y desconstructora).

La anticultura, que va ligada a la expansión del nihilismo, se orienta frontalmente contra la Cultura, busca suplantar la genuina creación cultural por la producción de engendros ininteligibles y sin valor alguno, cuyo único impulso parece ser el afán de originalidad y el propósito rompedor. La creación cultural pasa a ser concebida como un activismo caótico y arbitrario que no debe ajustarse a normas de ningún tipo, que no debe ponerse metas de calidad y excelencia ni tiene por qué realizar ningún servicio a la comunidad y a los seres humanos. Así surge todo ese páramo demencial del “arte contemporáneo” que es en realidad antiarte, de la “poesía abstracta” que es en realidad antipoesía y de la “música de vanguardia” que es en realidad antimúsica. Igualmente nos encontramos con una antiarquitectura, una antifilosofía, una antieducación, una antimoral o antiética. Y, por supuesto, una antihistoria, o sea, una historia manipulada, falseada, hecha a base de mentiras, embustes y patrañas, así como de una descarada ocultación de los hechos reales que no interesa se conozcan.

Con ello se rompen todos los moldes de lo que durante milenios se había entendido por “cultura”. Y así vemos cómo se va haciendo imposible el surgir de una cultura auténtica, mientras son adulterados de manera desconsiderada e irrespetuosa los bienes culturales recibidos del pasado. Véase, como ejemplo, las representaciones grotescas, ridículas y estrafalarias, de obras clásicas de teatro y óperas de grandes compositores, con el pretexto de actualizarlas y modernizarlas; o también la pretensión de expurgar o corregir antiguas obras literarias y filosóficas, como la Divina Comedia de Dante, para ajustarlas a lo políticamente correcto.

Toda esta oleada anticultural no hace sino poner de relieve la alarmante crisis de valores que sufre el mundo actual. Una crisis de valores que se va agravando a medida que avanzan la incultura, la subcultura y la anticultura, con la irresponsable colaboración activa de intelectuales, artistas, museos, prensa y órganos de comunicación, gobiernos y promotores seudo-culturales, que con sus apoyos y subvenciones a la bazofia anticultural, y poniendo al servicio de la misma, para promocionarla e imponerla, todo su aparato propagandístico, están promoviendo en realidad la destrucción o desconstrucción de la Cultura.

La Cultura es un cosmos de valores. Toda cultura normal y auténtica está basada en los valores supremos de la Verdad, el Bien (o la Bondad) y la Belleza (que lleva asociada, como una derivación lógica y natural, la Justicia). La actividad cultural no tiene otro sentido ni otra misión que servir de cauce para la realización de tales valores, procurando ponerlos al alcance de los seres humanos para así elevar, dignificar y ennoblecer sus vidas.

La Cultura está al servicio de la Humanidad. Toda creación cultural ha de estar inspirada por un hondo sentido de servicio, ha de ser consciente de sus deberes, tanto hacia los principios y normas que deben guiarla como hacia los seres humanos a los que debe servir. Cuando un organismo social está sano y tiene una cultura vigorosa y saludable, va buscando la defensa y realización de lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo justo. Y ello, como el mejor servicio que se pueda hacer a la persona humana, para contribuir a su realización integral.

En el proceso de ruina y decadencia que vivimos en el presente estas verdades elementales se han olvidado por completo, o mejor dicho, se ha decidido relegarlas al trastero de las antiguallas y las cosas inservibles. La Cultura ha dejado de cumplir con su deber y su misión. La pseudocultura imperante piensa que no tiene deber alguno que cumplir, que no tiene por qué servir a nada ni a nadie y, por supuesto, que no hay principio ni norma alguna a la que tenga que someterse. Para los individuos que encarnan y representan la anticultura actual sólo hay derechos: el derecho a expresarse, el derecho a hacer lo que les dé la gana, el derecho a producir cualquier cosa que se les ocurra (por muy dañina, ofensiva o repugnante que pueda ser), el derecho a pisotear todas las normas, todos los principios y todos los valores.

El resultado está a la vista de todos. Puesto que las Cultura es un orden de valores, la ruina y desmoronamiento de la Cultura tiene por fuerza que traducirse en una ruina y desmoronamiento de los valores. Así vemos cómo en la civilización actual va quedando totalmente trastocada, e incluso invertida, la escala normal de los valores. Los verdaderos valores (la nobleza, la fidelidad, la lealtad, el heroísmo, el honor, el sentido del deber y la responsabilidad, la honradez, el decoro, la valentía, etc.), que hacen que la vida adquiera sentido y permiten que los seres humanos vivan una vida libre y feliz, se ven sustituidos por los antivalores o contravalores. La Verdad, el Bien, la Belleza y la Justicia ceden quedan desplazados y arrinconados por la mentira, el mal (y la maldad), la fealdad y la injusticia.

2. Ruina de la Comunidad

El triunfo de la Civilización sobre la Cultura, el ilegítimo predominio de los elementos civilizatorios sobre los culturales y espirituales, lleva consigo la implantación de determinadas formas de vida y articulación social que, por distanciarse del orden normativo y romper los equilibrios naturales, resultan fuertemente lesivas para el normal desarrollo de la vida humana.

La vida decae o desciende desde la plenitud de lo comunitario hasta la existencia problemática y conflictiva de lo societario.

La Comunidad, que es la forma sana y normal de articulación social --con una estructura orgánica y jerárquica, basada en realidades naturales, unida por lazos afectivos y sólidos vínculos, asentada en firmes principios y valores espirituales--, ha quedado hoy día completamente destruida por los efectos disolventes del individualismo, el racionalismo y el materialismo, así como por las tendencias igualitarias y niveladoras que se han ido imponiendo en la sociedad occidental. Ese conjunto de tendencias, corrientes y fenómenos típicos de la era moderna han acabado demoliendo el armazón intelectual, ideal y moral sobre el que se asienta la vida comunitaria.

Como un proceso paralelo al que ha ocasionado el desmoronamiento de la Cultura y su aplastamiento por la Civilización técnica y material, la Comunidad ha ido retrocediendo y dejando el puesto a la Sociedad, entendida como mero conglomerado de intereses, carente de los lazos vivos que caracterizan a la vida comunitaria. Es la sociedad anónima, típica expresión civilizatoria: la sociedad desprincipiada, con estructura inorgánica, basada en abstracciones y unida por relaciones contractuales, tan frágiles como efímeras, cuando no por la fuerza y la coerción de un poder político dotado de un eficaz aparato burocrático y represivo.

El sistema societario tiende a socavar las realidades naturales en las que se apoya la vida humana para reemplazarlas por esquemas de inspiración racionalista, con lo cual la vida social queda empobrecida, desnaturalizada, confusa y seriamente tocada. Bajo este sistema el funcionamiento de la sociedad se halla completamente regido por construcciones, ideas y teorías abstractas, en extremo artificiosas, carentes de base real y natural, como el dinero, los bancos, la economía financiera, la Bolsa de valores, los partidos políticos y las formulaciones ideológicas. Todo queda supeditado y sacrificado a los impulsos, las decisiones y las directrices que emanan de semejante estructura hecha de abstracciones.

No es de extrañar que en el mundo actual, bajo la presión de las tendencias civilizatoria y societaria, las formas comunitarias vayan desapareciendo o atraviesen una grave crisis que las hace verse seriamente amenazadas. Todas ellas experimentan el mismo retroceso, el mismo proceso desintegrador, que parece anunciar su definitiva extinción: desde la familia a la empresa, desde la región a la comunidad nacional, desde la amistad (las relaciones amistosas) a las órdenes religiosas y las comunidades monásticas. Los esquemas societarios se van imponiendo de forma arrolladora en todas partes.

En la Comunidad priman los deberes sobre los derechos. Las personas que la integran (que no son meros individuos ni actúan como tales) dan más importancia a sus deberes que a sus derechos. Saben que los deberes que tienen hacia los demás y hacia la Comunidad en cuanto tal es lo que les permite realizarse como personas. En una civilización individualista, que pone un énfasis excesivo o casi exclusivo en los derechos, los deberes pasan a un segundo plano, si es que no desaparecen por completo. Hoy se habla incluso de “una sociedad sin deber”, considerando tal aberración como una gran conquista social e histórica, la cima de la evolución progresista de la Humanidad.

Si la Comunidad afirma, fomenta y cultiva todo lo que es calidad y cualidad, es decir, los elementos cualitativos de la existencia, que son aquellos que van ligados a los más altos valores, a lo esencial, espiritual y principial (los principios rectores, inspiradores y orientadores de la vida), la Sociedad da primacía absoluta a la cantidad, a los factores cuantitativos, al número y a lo cuantificable, a lo puramente material, a lo que se puede medir y pesar, comprar y vender. El mundo societario es el imperio de la cantidad: lo cuantitativo se impone por doquier. La cantidad y lo cuantitativo desplazan, relegan, asfixian, oprimen e incluso suprimen y eliminan todo lo que signifique calidad, elementos o factores cualitativos. De ahí que en el seno de la existencia societaria adquiera un especial relieve y un acusado protagonismo todo lo relacionado con la economía, con la actividad mercantil y productiva (así como su contrapartida consumidora o consumista).

Se impone y manda de forma absoluta la ley del número: la vida entera queda sometida al criterio numérico y gregario. Los factores que lo deciden todo y sojuzgan hasta el último resquicio vital son la contabilidad, la masa, la multitud, la muchedumbre, los colectivos, las mayorías, la producción masiva, lo descomunal, las macro-estructuras y macro-organizaciones, el gigantismo de construcciones y proyectos (edificios, empresas, estadios deportivos, aviones, buques), los grandes consorcios, las grandes cifras y los datos estadísticos. Al ser el imperio de la cantidad, el mundo societario y civilizatorio lo es también de la multiplicidad y la heterogeneidad, sin que exista ningún factor o principio unificador que armonice y coordine la pluralidad desorganizada y evite la dispersión de lo múltiple.

Si la Comunidad significa unidad, armonía, concordia y cordialidad, la Sociedad genera desunión, división, desarmonía, enfrentamiento y discordia. La Comunidad, al insertarse en el orden natural, al estar animada por el amor, al respetar las leyes de la vida y cultivar los factores cualitativos de la existencia, favorece la unión y la integración de los seres humanos. En la fase societaria, por el contrario, se acentúan las tendencias disolventes, disgregadoras y desintegradoras, se multiplican los conflictos y las tensiones: lucha de clases, enfrentamiento entre partidos y sectas, pugna entre sexos, hostilidad entre generaciones, conflictos raciales y étnicos. Se exalta la agresividad y la competitividad por encima de todo, se proclama la lucha contra la religión llegando incluso a la persecución religiosa. Los choques violentos y las acciones perturbadoras (huelgas, manifestaciones violentas, disturbios, revueltas, algaradas, motines, altercados callejeros, atentados, actos vandálicos, amenazas y agresiones) están a la orden del día.

Al distanciarse del orden natural, el sistema societario introduce fuertes desequilibrios que afectan tanto a la vida colectiva como a la vida íntima de los individuos. Al descuidarse o abandonarse el cultivo de los valores, que únicamente es posible en una auténtica Comunidad y en una verdadera Cultura, la vida social se ve desgarrada por una brutal efervescencia de toda clase de partidismos y sectarismos, de particularismos y separatismos. La existencia de los grupos sociales experimenta agudas conmociones anímicas, hábilmente atizadas por los demagogos y agitadores que proliferan en el clima societario. No hay nada en este clima inhóspito y enrarecido que permanezca estable, sereno, aquietado y en paz.

Únicamente en el sistema societario podría tener lugar el auge de fenómenos como el colectivismo, el capitalismo, el nacionalismo, el politicismo y el totalitarismo. Así, en el campo económico, que tanta importancia adquiere en dicho sistemas, la ruina de la Comunidad acarrea el despotismo del Capital, como mero instrumento de poder material, el cual por la propia lógica de las cosas, como visceral enemigo de la verdadera propiedad, acaba asfixiando y desplazando a la propiedad personal y comunitaria (comunal, gremial, etc.), lo que no hace sino contribuir a proletarizar amplias capas de la población. Algo semejante ocurre con la invasión de la política, que pretende afirmarse como valor supremo en la jerarquía de valores y que, por las tendencias centralistas y absorbentes del sistema societario, se enseñorea de todos los ámbitos de la existencia.

Al quedar privado del clima comunitario, que es el suelo natural sobre el que crece y se desarrolla la vida personal, pues ofrece orientación, apoyo, cobijo y protección, los seres humanos se encuentran desvalidos, alienados, anulados, extraviados, desconcertados, aislados y desorientados. Y como consecuencia, acaban siendo víctimas de fuerzas irracionales, negativas y caóticas, que el sistema societario no logra dirigir, frenar ni controlar, y, peor aún, ni siquiera acierta a entender. Y por supuesto, quedan a merced de los poderes fácticos que gobiernan y dominan la vida social, siendo manipulados y esclavizados mientras sus oídos son acariciados con bellos lemas sobre la libertad y los derechos humanos de que gozan gracias al sistema bajo el que viven.

En la dura jungla humana que es la atmósfera societaria nos vemos cada vez más sometidos a la tiranía de fuerzas, instancias, influencias y potencias anónimas que son radicalmente hostiles a la realidad humana y personal, y sobre las cuales no tenemos ni podemos tener ninguna influencia: la masa, las máquinas y los mecanismos, el dinero, la finanza internacional, los mercados, las ideologías, la propaganda y los medios de adoctrinamiento masivo, los poderes supra-nacionales, la tecnocracia, los potentes resortes de una opresiva estructura civilizatoria, la religión laica mundialista y la dictadura del pensamiento único (con su correspondiente aparato inquisitorial, su cohorte de intelectuales “orgánicos” y su eficacísima policía del pensamiento), la maquinaria burocrática y partitocrática; y, finalmente, como colofón y resumen de tan amplia panoplia, un sistema político-ideológico que trata de invadir y controlar todo, ahormando hasta la última parcela de la existencia.

Este anormal desarrollo, este ambiente inhumano, da lugar a toda clase de enfermedades psicosomáticas, así como al gran problema de las adicciones, que no hacen sino esclavizar más aún a los individuos. La ruina de la Comunidad y la imposición de los fríos esquemas societarios han hecho surgir asimismo esa especie de dolencia social que es la soledad, verdadero flagelo de la moderna civilización individualista. Basta leer el interesante libro de David Riesmans “La muchedumbre solitaria” (The lonely crowd), que contiene una lúcida y aterradora descripción de la sociedad norteamericana.

3. Ruina de la Persona

El ser humano no puede desarrollarse plenamente como persona sin la Cultura y sin la Comunidad. Necesita de ambas para gozar de una vida plena, sana, noble y digna, libre y feliz. He aquí tres conceptos que van inseparablemente unidos: Persona, Comunidad y Cultura. De la misma forma que se hallan ligados entre sí los tres conceptos antagónicos: Individuo, Sociedad (sociedad anónima o fenómeno societario) y Civilización (fenómeno o sistema civilizatorio).

Sin el apoyo, la protección y la savia nutricia que le brindan Cultura y la Comunidad resulta sumamente difícil que pueda darse la vida personal, lo que es tanto como decir la vida auténticamente humana. Quedando huérfano de esas dos fuerzas maternales y formativas, el ser humano está condenado a vivir encerrado en el mundo oprimente y problemático de la individualidad. Pero esta es la situación con la que nos encontramos en el actual clima societario y civilizatorio.

En la civilización materialista, anticomunitaria y anticultural, en la que vivimos nos encontramos con una auténtica ofensiva antipersonal: un ataque despiadado a todo lo que suponga vida personal, intimidad e interioridad, propia identidad, personalidad, carácter, autonomía y poder de decisión de la persona, ley y vocación propias (svadharma), dignidad y libertad interior del ser humano, relaciones interpersonales. La persona y el mundo de lo personal aparecen como el enemigo a abatir. Un escollo y obstáculo para la consolidación de lo que Hilaire Belloc llamaba “el Estado servil”; o sea, un escollo insalvable para la instauración de un régimen de general expropiación, de servidumbre y esclavitud.

El clima civilizatorio y societario es no sólo el reino de la cantidad; es también el reino del anonimato. Todo tiende a anonimizarse, si se me permite esta expresión; es decir, a perder fisonomía y perfiles personales. Avanzan y se imponen de modo tan implacable como imparable los procesos de despersonalización, masificación y gregarismo, proletarización (que se ve acentuada por la destrucción de la clase media que está ocasionando la actual crisis económica), deshumanización de las formas de vida y de las relaciones sociales, asfixia e incluso desaparición de la vida íntima, cosificación o reificación de los seres humanos, banalización y anulación de las personas, que son tratadas como cosas, que quedan convertidas en máquinas, en simples números o entes atomizados. Todo ello va, por supuesto, estrechamente ligado a la degradación de la Cultura y al avance de los procesos anticulturales y anticomunitarios de los que antes hemos hablado.

El mundo actual es un campo minado para lo personal y espiritual, sembrado de infinidad de auténticas minas antipersona (algunas manifiestas y bien visibles, otras muchas ocultas y no fáciles de detectar o localizar). Al sistema societario y a los poderes que lo controlan les interesan individuos sin personalidad, débiles de carácter, sin convicciones y sin vocación, sin raíces, sin una clara conciencia de la propia identidad y con una vida personal inconsistente, estúpidos, abúlicos y desmemoriados, pues son los que más fácilmente pueden ser manipulados y sometidos.

En lugar de la Persona, que es el ser humano guiado por unos firmes principios, comprometido en la conquista de valores y la realización de una misión vital, movido por una profunda vocación, con una actitud responsable y un alto sentido de servicio, se impone el individuo, el ser humano como entidad numérica, átomo social, un simple miembro del rebaño o de la horda, sin normas ni principios, desarraigado y sin vínculos, guiado por simples consideraciones egoístas o egocéntricas: hace lo que le da la gana, no tiene en cuenta más que su propia opinión y sus propios intereses.

Como apunta Denis de Rougemont, el individuo, que el Liberalismo ha erigido en ídolo, es “el hombre aislado, un hombre sin destino, un hombre sin vocación ni razón de ser, un hombre al cual el mundo no exige nada”. Y en la misma línea se expresa Emmanuel Mounier, para quien el individuo está en los antípodas de la Persona; pues “individualidad” significa dispersión y avaricia, afán de poseer y acumular, evasión y cerrazón, “multiplicidad desordenada e impersonal”. El individuo, por lo que a mi propio ser se refiere --añade Mounier--, es “la disolución de mi Persona en la materia”: objetos, fuerzas, actividades, influencias entre las que me muevo. Lo individual no es más que “una fragmentación de lo anónimo”.

La Comunidad va inseparablemente unida a la Persona, a la idea de Personalidad, entendida como el más alto ser y la esencia misma del sujeto humano. Personalidad y Comunidad son los dos polos en torno a los cuales se articula la vida humana cuando está en plena forma, cuando goza de salud y se halla en un estado de normalidad. La Sociedad, en cambio, tiene como contrapartida al individuo, en cuanto sujeto indiferenciado y anónimo, con una existencia pre-personal o sub-personal, cuya actividad vital tiende incluso a orientarse contra la vida personal y contra todo aquello que la hace posible. Mundo individual y mundo societario, individualidad y sociedad, se exigen recíprocamente, de la misma forma que se exigen y complementan entre sí Personalidad y Comunidad.

Esto es lo que nos encontramos en el mundo actual, la ley suprema que lo rige y que inspira la mentalidad del hombre de nuestros días. Es el imperio del individualismo, que lo corroe todo al proclamar que no hay nada por encima de la razón y la voluntad individuales, y que el valor supremo son los sacrosantos derechos del individuo (reales o ficticios), la libertad individual (que cada cual pueda hacer lo que se le antoje) y el libre juego de los intereses individuales.

Ni que decir tiene que el colectivismo, en sus más diversas formas (ya sea socialista, comunista, anarquista, feminista, ecologista, nacionalista, racista o de cualquier otro tipo) no es sino una derivación de semejante tendencia individualista, pues en su centro se halla siempre la divinización del individuo, aun cuando se trate del macro-individuo colectivo. Este radical y corrosivo individualismo, sea cual sea la modalidad que presente, es el que está llevando al abismo a Europa y al Occidente.

Construcción de la Persona

Cualquier intento de superar la decadencia actual y dar respuesta a la terrible crisis que sufrimos ha de iniciarse en el ámbito de la vida personal.

Aquí está la clave de todo. La construcción o regeneración de la Comunidad y de la Cultura debe empezar por la construcción del hombre, la edificación de la Persona. No será posible avanzar en la empresa regeneradora o revolucionaria constructiva y positiva mientras no se hay emprendido esta labor, ardua y exigente, pero al mismo apasionante, la más fascinante que pueda imaginarse.

La superación del actual desorden requiere, como primer paso, como condición imprescindible y sine qua non, la superación del desorden interno (e incluso externo) que cada cual porta en su propio vivir personal (que más bien es anti-personal o des-personal, pues resulta gravemente despersonalizante). Lo prioritario es la edificación y renovación de nuestra propia persona, la formación y articulación de nuestro propio mundo personal. Una tarea que hay que tomarse muy en serio y que nos afecta a todos sin excepción. En este sentido, constituye un imperativo de la mayor altura y relevancia el formarse, el cultivarse, el darse una buena y sólida cultura, el trabajarse de forma metódica y con una estricta disciplina.

Cobra aquí una importancia capital la Cultura como camino para la forja de la persona, como vía para la formación de un ser humano integral, como conjunto de medios que permite formar hombres y mujeres íntegros, cabales, dueños de sí mismos, capaces de afrontar su vida y su destino con dignidad, libertad y nobleza. Capaces asimismo de forjar un mundo mejor, por su sentido del deber, del honor y de la responsabilidad.

Pero la Cultura únicamente puede ejercer de forma plena y eficaz esa función formadora o edificadora de la Persona cuando es concebida de manera integral, holística y completa, como un todo que abarca al ser humano en su totalidad, en cuanto ser compuesto de cuerpo, alma y espíritu. No se puede desconocer ninguna de estas tres dimensiones del ser humano si queremos lograr nuestro pleno desarrollo personal, consiguiendo la unidad y la armonía en nuestra propia vida. La Cultura nos ayudará a dar unidad a esas dimensiones que conforman nuestro ser.

El trabajarnos y cultivarnos debería ser nuestra primera preocupación, pues ahí están los cimientos sobre los que luego construir un proyecto serio, digno de ser tenido en cuenta y que pueda verse coronado por el éxito.

Para poder arreglar los problemas de la sociedad, primero tendremos que haber arreglado nuestros propios problemas personales. Para hacer algo digno y valioso hay que empezar por poner orden en el propio caos y desequilibrio personal, superar la propia incultura y poner fin a la anarquía mental, intelectual y anímica (temperamental, emotiva, sentimental, instintiva) en que solemos estar instalados, generalmente con una considerable dosis de satisfacción y autocomplacencia (encantados de habernos conocido y creyéndonos superiores a los demás, considerándonos poco menos que la élite del futuro).

¿Qué vamos a poder construir, realizar o conquistar en el plano político o social si somos unos ignorantes, si tenemos graves problemas psicológicos, si padecemos una total falta de madurez y de solidez interna? ¿Qué podremos dominar o liderar, si nos dominan nuestras emociones, si somos esclavos de nuestros estados de ánimo y de nuestras pulsiones más elementales?

La falta de una adecuada formación, la carencia de esa formación integral a la que hemos aludido, es fuente de problemas de toda índole. Sobre todo de problemas y males que arrancan de la mente, que afectan al alma o psique individual, y que desgarran desde dentro al individuo, produciendo fatales secuelas que luego no pueden menos de proyectarse al entorno en el que uno se mueve. Aquí está el núcleo del problema con el que tantas veces nos topamos, la causa o raíz de tantos fracasos, de tantos abandonos, de tantas decepciones y de tantos conflictos.

Lo que falla siempre, en el fondo, es la persona, el individuo, el sujeto concreto. Y falla precisamente por no haberse hecho auténtica persona, por haber quedado en cuasi-persona, en persona fallida, en persona sin hacer o a medio hacer.

Quien adolece de falta de formación o cultivo personal, quien no se halla suficientemente formado o cultivado, no estará en modo alguno preparado para afrontar los difíciles retos que plantea un momento histórico sumamente crítico como este que actualmente atravesamos y, por ello, difícilmente podrá ser un elemento valioso en ninguna empresa de reconstrucción que requiera un especial empeño combativo. Una era tan problemática como esta del Kali-Yuga en que nos encontramos --y además en su fase álgida, más destructiva-- nos somete a tremendas tensiones, nos expone a grandes peligros y tentaciones, y nos obliga por tanto a un mayor esfuerzo formativo.

Si hablamos, por ejemplo, de reconstruir la Comunidad, hay que partir de una verdad incontestable: la verdadera Comunidad empieza por uno mismo. Si queremos avanzar hacia el ideal de la realidad comunitaria, tendremos que comenzar por construir nuestra propia realidad personal. No será posible construir nada mientas nuestra propia vida íntima esté desintegrada, empobrecida, sin cultivar y sin formar, vacía de valores y de contenido. Como decía Emanuel Mounier, es “imposible llegar a la Comunidad esquivando a la Persona, asentar la Comunidad sobre otra cosa que personas sólidamente constituidas”.

La Persona viene a ser una comunidad en pequeño, una micro-comunidad, de la misma forma que es un micro-cosmos. Debe estar articulada internamente como una auténtica comunidad: constituyendo un todo orgánico y jerárquico, guiado por sólidos principios y asentada en altos valores éticos, con unidad y armonía entre todas sus partes. Pero todo esto es inviable, completamente irrealizable, sin una paciente y profunda labor cultural, formativa y educadora (auto-educadora). Ya Platón nos enseñó que el hombre es un Estado, una República o una Polis, en escala reducida, que después ha de proyectar su propia constitución comunitaria personal al Todo que configura la comunidad política.

Si las cosas están hoy día muy mal, si discurren por cauces tan preocupantes y funestos, es en gran parte debido a nuestras propias deficiencias, a nuestros errores y defectos personales. Por nuestra incapacidad y nuestra deficiente cualificación, somos responsables de lo que está pasando y de lo que va a pasar. Si nuestra sociedad se desintegra, si España, Europa y el mundo llevan la marcha que llevan, es porque no hemos sabido maniobrar como es debido para contrarrestar tal evolución. Y si no hemos sabido hacerlo, si no hemos acertado a realizar la acción o actividad que serían necesarias, es porque nuestro estilo vital, nuestra manera de ser, de actuar y de comportarnos dejan mucho que desear.

Urge tomar conciencia de tal realidad y obrar en consecuencia, con el máximo rigor, con valentía y decisión. Hay que corregir todo cuanto tenga que ser corregido y aprender cuanto haya de ser aprendido. Tenemos que emprender la indispensable labor cultural, educativa y formativa de nosotros mismos si queremos tener un legítimo protagonismo en las vicisitudes de nuestra época, dar una respuesta adecuada a los problemas de la sociedad en que vivimos y cumplir con nuestro deber en el momento histórico presente.


on Friday, May 31, 2013
Fotografía: Rafa Llano
"Escribir es soñar con las manos"
Desde hace muchos años se ha empleado esta locución para dar a entender que se está en plena posesión del conocimiento de un idioma, vernáculo o no. Generalmente, exceptuando al pretencioso de turno, no es el propio interesado sino los demás quienes lo emplean, puesto que los que han dedicado tiempo, capacidad y empeño a la noble tarea de bucear en los entresijos de una lengua, eluden el uso del pomposo sustantivo “dominio” sustituyéndolo por adverbios tales como correcta o fluidamente, acompañados de los verbos hablar y/o escribir.

Quienes estamos habituados a la lectura de currículos varios advertimos el cambio que se ha producido en su redacción en los últimos años. A mediados del siglo veinte los aspirantes a cualquier puesto enumeraban, especificaban y hasta aportaban pruebas evidentes de cuantos méritos les adornaban, mientras que –siempre como coletilla final- incluían de manera poco clara, y casi timoratamente, su nivel de capacidad en uno o varios idiomas extranjeros.  

Quizá debido en parte a nuestro perfil netamente europeo y, más recientemente, a la situación de crisis de nuestro país, en la actualidad las tornas han cambiado y se hace un énfasis evidente en todo lo que respecta al nivel de conocimiento que el individuo en cuestión tiene de otra u otras lenguas. Curiosamente ni entonces ni ahora me he encontrado con que en alguno de estos documentos “el abajo firmante” indicara si conocía en profundidad y convenientemente su propia habla, no sé si dando por sentado que así era, o que para él carecía de importancia el dato. 

Repasando los planes de estudio anteriores e incluso actuales, comprobamos que el aprendizaje de nuestra lengua castellana se ha considerado como asignatura temporal, es decir: durante los primeros años se profundiza en ella, después se tiene por aprendida y aprehendida, y aquí paz y después gloria. Craso error puesto que el lenguaje infantil es elemental, breve e insuficiente y necesita irse desarrollando paulatina y amorosamente junto al propio crecimiento del pequeño, que no será pleno si carece de la riqueza de expresión de cada palabra que le vaya siendo precisa en las distintas etapas de su vida, a más de que el lenguaje es algo vivo y, por tanto, en permanente evolución, por lo que solo con un estudio exhaustivo y reciclado de nuestro léxico podremos acceder en plenitud a las distintas materias de formación, para así transmitir después nuestros conocimientos de forma clara y concisa haciéndonos entender  con facilidad y soltura.

De las otras lenguas españolas ¿qué podríamos decir? En lugar de propiciar su estudio favoreciendo el aprendizaje y análisis comparativo de todas y cada una de ellas, se utilizan como arma arrojadiza para emponzoñar sentimientos, sembrar discordias, y originar falsas enemistades entre los españoles de bien. ¡Que necedad! Y en lo que a otras hablas de fuera de nuestras fronteras se refiere, hasta hace escaso tiempo eran asignaturas complementarias, o simplemente “Marías” ¿Conocen ustedes a algún alumno a quien le preocupara una mala calificación en lengua extranjera más que una en matemáticas o física? Solo el pensarlo provocaría hilaridad, y quizá esa poca relevancia que se le concedía en la formación integral del educando haya sido la culpable del empobrecimiento de nuestros idiomas; del uso de un vocabulario tan escaso como nunca antes se había visto; del abuso de frases malsonantes que, haciendo caso de omiso de la advertencia sabia por proverbial de que “más vale taco bien echado que Padrenuestro mal rezado”, amargan cualquier conversación; del desconocimiento, cuando no de la desaparición del rico caudal de expresiones tan notable en el uso verbal de nuestro entorno; de las patadas a la prosodia tan habitual en comentaristas y conferenciantes, y de la proliferación de palabros inventados al buen tuntún que se van adentrando en el lenguaje habitual sustituyendo a hermosas expresiones hoy perdidas entre las páginas de nuestra mejor literatura, condenadas a la obsolescencia y a la incomprensión de las nuevas generaciones.

Para mayor inri en medio de esta torpeza de léxico contemplamos el avance imparable de los multimedia. Nuestra juventud se ha asido a ellos con verdadera fruición. El uso masivo de artilugios cada vez más completos y sofisticados -magníficos por otra parte para un sin fin de aplicaciones-, ha propiciado con la brevedad de sus mensajes la supresión de letras, tildes, y otros signos de puntuación, por lo que a menudo nos vemos obligados a descifrar estos jeroglíficos del siglo XXI, para los que ya existen hasta diccionarios explicativos de dichas grafías comprimidas cuya traducción es un auténtico ejercicio de estulticia. En lo que a Internet se refiere, va resultando cada vez más complicado para el resto de las lenguas sobrevivir, ante la invasión de términos sajones o siglas y otras lindezas, en las que apenas sin darnos cuenta nos vamos adentrando, arrinconando nuestra propio idioma, eliminando de un plumazo sinónimos y antónimos, locuciones y otras artes retóricas que puedan alargar más de la cuenta cualquier comunicación. Ha quedado desterrado todo aquello que traduzca en aumento del gasto pecuniario el lujo de hablar y escribir bien. En este sentido si alguna carencia duele más en la multitud de campañas publicitarias llevadas a cabo en los distintos países europeos para el buen desarrollo de nuestra unión, ninguna me ha parecido más atroz que el descuido por no decir el olvido y el desamor por los ricos y variados lenguajes de sus miembros. Se aboga por inculcar en las mentes juveniles la idea de que basta conocer unas cuantas palabras que nos permitan la comunicación elemental con otros pueblos, y hasta he llegado a leer que la expresividad gestual de los ciudadanos de países mediterráneos hace prácticamente innecesario el empleo de un idioma extranjero, cuando de todos es sabido que la comunicación oral cuenta entre sus más fieles defensores a cuantos nacimos a orillas del Mare Nostrum.

¡Que poco interés por descubrir los orígenes, evolución y desarrollo de la expresión oral y escrita, que escasa promoción de la riqueza que encierran; que necio abandono de tan hermosísimo medio de relación. En esta época de vorágine en la que nos ha tocado vivir tendemos a la superficialidad en todo y a la profundización en nada. Con cuánta frecuencia, sin embargo, nos martillean los oídos con una loa nefasta sobre la rapidez como símbolo de eficacia: Aprenda ingles en tres semanas, hable francés sin esfuerzo, método simple para aprender chino en quince días y otras perlas por el estilo ¿No nos parecería una aberración escuchar anuncios publicitarios del tipo: Hágase ingeniero en este fin de semana, o prepare su oposición mientras navega por Punta Cana. ¿Cuándo vamos a ser capaces de valorar las distintas disciplinas de formación de un modo lógico, razonable y entrelazado y sin menosprecio de ninguna de ellas?

Dicho todo esto, no es menos cierto que aun contamos con expertos lingüistas, traductores e intérpretes que aportan el lujo de sus conocimientos a las diferentes tareas que acometen. Aún no son tantos como sería de desear pero bienvenidos sean porque propician el conocimiento y la valoración mutua, la tolerancia, -que no la permisividad- la formación intercultural de los pueblos y el éxito de las relaciones internacionales, a la vez que contribuyen a enriquecer nuestro horizonte aportando a su vez la exacta adaptación de tantas obras literarias que llegaban a nuestro espíritu mutiladas por versiones imperfectas convirtiéndose, en el peor de los casos, en burdas parodias del original. 

Sigamos siendo optimistas, poco a poco se van poniendo pilares para remediar nuestras carencias, y ahora resulta gratificante ver en las escuelas de primaria a los pequeños que empiezan a familiarizar su lengua de trapo con el sonido de otros idiomas, como resulta también consolador comprobar que la palabra esfuerzo vuelve a formar parte integrante de nuestro vocabulario. Ya es hora de que se derrumbe, de una vez por todas, el muro de la facilidad, del todo vale, del miedo torpe a la renuncia y al sacrificio. Solo caminando por el auténtico sendero de una sociedad de mérito y progreso en la que a cada cual se le exija poner toda la carne en el asador podremos conseguir justificadamente el ansiado premio. Creo que no habría gran dificultad en gritarlo a los cuatro vientos, porque cualquiera que sea el idioma del que lo escuche estoy convencida de que sabrá entenderlo.

Por Elena Méndez-Leite

on Saturday, April 6, 2013

"En el sentimiento del amor existe algo singular capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre aquella felicidad total cuya consecución es el fin de la vida".
León Tolstoi

La descomposición de nuestra sociedad es el resultado de haber hecho de la incoherencia la norma, del egoísmo un motivo y del odio un voto.

Desde esa postura, hay quien convierte su vida en una reivindicación permanente en favor de un mal entendido concepto de libertad, sin darse cuenta de que, en realidad, ellos son los que se han convertido en esclavos de la sinrazón, de la mentira, del cinismo y hasta de su propia necedad. Sin darse cuenta de que la verdadera independencia es la que se consigue mediante el pensamiento crítico y la búsqueda permanente de la verdad, no en base a la que proporcionan las barreras físicas, idiomáticas, culturales o a través de la enajenación de un pedazo de tierra.

Olvidan, que promover la confrontación y recurrir a la violencia, al insulto o a la amenza, desautoriza moralmente aquello que reivindican. Olvidan que, en el mejor de los casos, la supuesta bondad de una determinada causa no es un argumento válido para obviar o llegar a omitir los aspectos éticos de nuestros actos. Olvidan, seguramente, que la sostenibilidad de nuestro bienestar personal depende de la consecución del bien común, de nuestro amor hacia los demás y que nuestro peor enemigo es, precisamente, todo ese egoísmo exacerbado. Solamente quien logra dominar al dragón del Yo hipertrofiado, empieza a descubrir la verdadera belleza de la vida y lo sencillo que puede resultar alcanzar la felicidad.

Vive y deja vivir. Vive y haz más fácil la vida a los demás. Vive y ayuda a que otros también puedan vivir con dignidad y desde la verdadera libertad... ¡VIVE!

Por Alberto de Zunzunegui

on Saturday, March 23, 2013
Se ha abierto una brecha profunda entre el movimiento islamista de Ennahda, capitaneado por Rachid al-Gannouchi, y las tendencias liberales después del asesinato del abogado y dirigente del “Partido de los Patriotas Demócratas Unidos” (PPDU), Mohamed Chokri Belaid de 49 años de edad. Le dispararon a bocajarro mientras salía de su casa. Un crimen horrendo y aterrador, que ha sembrado de incertidumbre, dudas y miedo el futuro político del país. Su muerte violenta a manos de pistoleros atemorizó a la población, que quiso mostrar su apoyo popular a las ideas liberales de Chokri Belaid. Fue un sepelio multitudinario con la presencia del primer ministro Hamadi Jbali. Rompiendo con la tradición musulmana muchas mujeres acudieron a dar el último ila lilqa’ (“Hasta que nos encontremos”) en la Casa de la Cultura del barrio Djebel Jelloud en el sur de la capital. De allí salió la procesión de al menos 50.000 personas hasta el cementerio de al-Jellez. Se oyeron gritos de rabia y gemidos de ira contra el terrorismo, los islamistas y los opositores de la revolución. “Ghannouchi traidor”, “Ghannouchi coge tus perros y márchate”, “Pan y agua, no a Ennahda”, “El pueblo quiere una nueva revolución”, “El pueblo quiere la caída del régimen”, eran algunos de las expresiones de cólera que hacían de eco en la procesión multitudinaria que conducía el féretro al cementerio.

El secretario general del PPDU, Mohamed Jmour, ha dicho en la conferencia de prensa del 11 de marzo que se han puesto en contacto con la sede del Consejo de los Derechos Humanos en Ginebra para que la justicia internacional se encargue de las investigaciones del asesinato de Chokri Belaid. Además Jmour no ha tenido dificultades en afirmar que Ennahda tiene una red paralela en el Ministerio del Interior. El Ministerio de la Justicia ha llamado a declarar al diputado de Ennahda, Habib Ellouze, para preguntarle sobre el asesinato del líder liberal Chokri Belaid. Es el mismo diputado que declaró el día 10 de marzo 2013: “se puede defender la mutilación femenina como operación estética”. Palabras inaceptables y horrorosas, despectivas y atroces.

El diputado en cuestión no parece haberse enterado de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) condenó esa terrible, atroz y monstruosa práctica el 21 de diciembre 2012, “como una forma de violencia contra las niñas y las mujeres”. Además, apelaron a todos los estados miembros de la Organización a aplicar la legislación oportuna y prohibir por ley las mutilaciones genitales femeninas. Quizás el Sr. Ellouze se haya olvidado de que Túnez es miembro de las ONU desde el 12 de noviembre 1956. Por lo tanto no se puede rechazar y pisotear la legislación internacional cuando está en juego la dignidad sacrosanta e inviolable de las mujeres. La mutilación genital femenina no es ni más ni menos que un acto cruel de violencia contra las mujeres y por lo tanto es un crimen abominable.

El primer ministro, Hamadi Jebali, amigo de Chokri Belaid, hablaba ya de constituir un gobierno de tecnócratas para hacer frente a los retos del país: la economía, el paro, el empleo juvenil. Las luchas internas en el partido islamista Ennahda, que no estaba dispuesto a aceptar las ideas del primer ministro, le han obligado a presentar su dimisión por dos razones. La primera tenía que ver con su plan de constituir un gobierno capaz de gestionar, administrar y solucionar los problemas reales de la nación (economía y paro). El segundo motivo de la irrevocable dimisión de Hamadi Jbali fue que los barones islamistas rehusaron con puño de hierro su propuesta, considerándola un grave error y aludiendo que el gobierno tenía que ser de cuño islamista. El partido Ennahda no quiere dejar los ministerios de la Justicia y de Asuntos Exteriores como sugieren los partidos Congreso para la República y Ettakatol. En definitiva, con la renuncia del primer ministro, la suerte estaba echada ya que el líder islamista Rachid Ghannouchi tenía en su poder las riendas de los nombramientos y, sobre todo, la persona destinada a ocupar el puesto de jefe del ejecutivo. Los recalcitrantes defensores del islamismo radical no están dispuestos a dejar que se les aflojen las amarras del poder, ni que los partidos de corte liberal les quiten el sillón de mando en las instituciones del Estado.

El oleaje islamista ha comenzado a preocupar e inquietar a las instituciones europeas. El Presidente Moncef Marzouki viajó a Bruselas a comienzos de febrero para dirigirse al Paramento Europeo y hablar de la situación actual y del progreso de la revolución en Túnez. Desde entonces ha habido cambio de gobierno, los blindados de la policía nacional han aparecido en cruces, carreteras y caminos. Se alzan y desplazan las barreras para controlar a los grupos de bandidos, delincuentes y terroristas. La seguridad nacional llega al primer puesto de las prioridades del Estado. Se acerca a grandes pasos el periodo estivo y las autoridades no pueden permitir que el miedo a la seguridad ahuyente a los turistas y les disuada de pasar las vacaciones en el país de “La revolución de los jazmines”. El objetivo de la creciente presencia policial es controlar a los terroristas, contrabandistas y traficantes. De los escondites y guaridas de las zonas montañas (Bouchebka, Om Ali, Sidi Aich, Dirnaya Babbouch y Ben Aoun) han bajado a las zonas más urbanas para aprovisionarse. Los controles de policía se hacen más frecuentes, se estrecha el cerco y se aprieta más las clavijas de la seguridad en todo el territorio nacional. La organización terrorista al-Qaida había construido sus nidos y montado sus células desde las primeras luces de la revolución hace ahora más de dos años. Hay todavía abundancia de armas y munición, sobre todo procedentes de Libia, pero también del ámbito nacional. A pesar de que los efectivos policiales han incautado ingentes cantidades, siguen con el rastreo y las pesquisas a la búsqueda de nuevos escondrijos y madrigueras.

El día 22 de febrero fue nombrado primer ministro el antiguo ministro del Interior, Ali Layaredh, considerado miembro del ala dura de Ennahda. No han faltado las críticas acerbas a la forma como ha llevado la gestión de Interior, sobre todo viendo que los islamistas, con su mayoría parlamentaria, avanzan cada vez más en la ocupación estratégica de las instituciones. Para muchos analistas hay peligro de que se vuelva a las andadas cambiando una dictadura política por una de sello islamista. Los celosos e intransigentes partidarios del movimiento Ansar al-Shari‘a (“Los combatientes de la ley islámica”) presionan para que se imponga por la fuerza la ley islámica y se convierta en la espina dorsal del nuevo texto constitucional. Los 100 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente no han redactado todavía la nueva constitución, que por ahora sigue siendo objeto de encendidos debates, acerbas polémicas y estiradas diatribas entre islamistas y liberales, salafistas y progresistas. 
El partido islamista al-Refah, que ha sido recientemente legalizado, ha hecho una llamada a la población para que haya un referéndum sobre la poligamia. El presidente de al-Refah, Mohamed Ali Fakir, quiere el referéndum en el nombre del matrimonio para todos. Dice, entre otras cosas, que en el país hay más mujeres que hombres. Por lo tanto la espinosa cuestión de la prohibición de la poligamia debe ser puesta a votación nacional. De esa manera todas las mujeres tendrán la posibilidad de casarse.

El nuevo primer ministro, Ali Larayedh presentó su lista de ministros al Presidente Moncef Marzouki el sábado 9 de marzo. A partir de ese momento el Jefe del Estado ha tenido tres días para ratificar los nombramientos, si así los considera oportunos. Los partidos políticos que han participado en el debate sobre el programa del gobierno han sido Ennahda, el Congrès pour la République y Ettakatol. No han querido participar, sin embargo, Le Mouvement Wafa, L’Alliance Démocratique y Dignité e Liberté.

En las redes sociales ya se están preparando de nuevo manifestaciones para “cambiar el curso de la revolución actual”. Llaman a la convocatoria “Kasba 4" que está prevista para el 8 de marzo. Hay diferentes “ligas de protección de la revolución”, de inspiración islamista. Algunas de las cuales dicen no necesitar aprobación legal para manifestarse. Entre ellas está la liga de Kram con su líder Imed Dghij, que afirma no tener necesidad de “un visado legal” para manifestarse en favor de la aplicación e imposición de la ley islámica.

Pero nunca se pierde el optimismo, ya que crecen las expectativas después del feroz asesinato de Chokri Belaid, considerado el último mártir de la revolución tunecina. Sus simpatizantes, admiradores y seguidores quieren continuar el combate por los derechos, las libertades y la democracia. La población tunecina, pionera en las revoluciones de los países árabes, no tiene intenciones de rendirse ante los retos islamistas y las escaramuzas terroristas. No en vano los habitantes de Túnez llaman a su equipo de fútbol L’Espérance, que ocupa el primer puesto en la Liga de Fútbol. Mientras tanto, hace unos días, el gobierno ha impuesto el estado de emergencia hasta el próximo mes de junio. Una señal preocupante de que la primavera revolucionaria llegará con mucho retraso.

Por Justo Lacunza Balda

on Sunday, December 30, 2012
Reseña Literaria"ESTÉTICA DE LO PEOR",  de José Luis Pardo. Ediciones Barataria, 2011, 304 págs. ISBN: 9788492979080.

En su ensayo What is Minor Poetry? [The Sewanee Review, vol. 54, n.º 1, enero-marzo de 1946, pp. 1-18], T. S. Eliot definió como "poeta mayor" a aquel que requiere como contexto obligatorio para la comprensión cabal de cada uno de sus poemas, a fin de apreciar plenamente cada fracción, la lectura entera –o de gran parte– de su obra. Y reservaba la etiqueta de ‘poeta menor’ para todo aquel que puede conocerse sin menoscabo tan sólo de antologías o por cualquier otra fuente de lectura parcial. Si se aplica esta clasificación de Eliot al actual pensamiento español, no hay duda de que José Luis Pardo es un ensayista mayor. Es cierto que cada uno de sus textos tiene autonomía plena, pero se ensambla y se agranda en el conjunto de su obra toda iniciada en 1978 con Transversales. Textos sobre los textos, ultimada con El cuerpo sin órganos (2011) o Políticas de la intimidad: ensayo sobre la falta de excepciones (2012) y jalonada con reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayo por La regla del juego. Sobre la dificultad de aprender filosofía (2005).

Que un buen autor coleccione en un volumen textos suyos que publicó in altra sede, beneficia a todos. Al lector, porque de un solo andar por el monte a caza, cobra en su zurrón numerosas piezas que, de otro modo, le hubieran obligado a numerosos ojeos; a la editorial, porque aumenta su catálogo sin contar con la siempre delicada gestión de un original; y al autor, porque puede mostrar envueltos en odres nuevos, cuando han añejado bien, unos textos complementarios y convergentes que dan idea de una coherencia de pensamiento y de una continuidad de meditaciones. Así, por ejemplo, algunos de estos ensayos, que tratan lato sensu sobre el sentido del arte en el mundo actual, conectan, por ejemplo y sobre todo, con su Nunca fue tan hermosa la basura (2010), en especial con la primera de sus partes: “A cualquier cosa llaman arte”.

Los trabajos coleccionados en Estética de lo peor tienen diversa y amplia procedencia: el más antiguo es de 1997 y el más reciente, de 2008. Los hay que vieron la luz en diarios, en revistas culturales o de pensamiento –da título a la compilación un texto publicado en su momento en estas mismas páginas–; los hay que fueron primero voz, y algunos otros proceden de volúmenes o catálogos colectivos de razón académica. Están organizados en cinco grupos precedidos por un prólogo cervantino en que los Cipión y Berganza del Coloquio de los perros hablan sobre la vitalización de la Estética y la estilización de la vida para alertar del riesgo doble de separar arte y vida: la deshumanización del arte (un arte sin vida) y la vulgarización de la realidad (una vida sin arte).

La primera parte de Estética de lo peor, “Ensayos sobre la falta de oficio”, se abre con uno, “Crear de la nada”, que fija en la aparición de la Crítica de la Facultad de Juzgar de Kant en 1790 la vinculación de la belleza con la libertad del genio y ya no con el bien o la verdad. La belleza “ensancha el alma”, afirma Pardo, y solo es bello aquello que así opera. Surge de ese modo la estética moderna frente a las Poéticas de la tradición. Y esa ampliación del alma se logra sin intermediarios; lo cual el autor semeja con el efecto de un fármaco se haya leído o no su prospecto. Pero el Libro de la Naturaleza del arte moderno que no requería interpretación ha sido sustituido por el Libro de la Historia del arte posmoderno que sí precisa de exégesis. La tesis de José Luis Pardo sobre el significado de las obras combina, de forma sincrética y saludable, un núcleo de sentido denotativo, codificado por el autor (“obligación de restringir la ambigüedad”), con una periferia connotativa en cada receptor (“derecho a restituir la ambigüedad”). Ya García Berrio lleva años y obras defendiendo la construcción del significado poético y recientes ensayos venidos de fuera como Cambiar de idea de Zadie Smith (Salamandra, 2011) muestran el enfrentamiento de tesis contrarias entre, por caso, el Barthes más relativista y tesis sustantivas como las de Nabokov.

Integra asimismo esta primera parte el breve ensayo que sirve de título al libro en el que se denuncia la desestetización del arte contemporáneo como “una deliberada falta de voluntad canónica”, algo que puede probarse al repasar obras como But is it art? (2001) de Cynthia Freeland, Transgressions: The Offences of Art (2002) de Anthony Julius, y tantas otras, o visitando el Museum of Bad Art, MOBA. En estas mismas páginas, y sin caer en lo que Jordi Gracia llamaría intelectualidad melancólica, Fernando Castro Flórez ha ido publicando aviso tras aviso contra lo que Vicente Verdú ha denominado “la sublime institucionalización del camelo” o “el insufrible nivel de la impostura” (“Pintar sin pintura”, en El País, 18 de enero de 2010): “El certificado de la patada en el culo y otras animaladas” (n.º 297, febrero de 2006), “’Hay bebés feos [Verdad de la buena]’. El marketing estético de la perogrullada” (n.º 309, febrero de 2007) y lo mismo Elena Vozmediano. Así, en “Debilidad y transparencia” afirma Pardo que el arte no podía permanecer ajeno a una generalizada “crisis de la representación” que conduce a una apuesta por la transparencia sin pulsión metafísica alguna.

José Luis Pardo propone desvincular a la obra de arte de la verdad para afincarla sobre la libertad. En un tiempo posmoderno en que la belleza ya no parece ser un atributo extrínseco a una obra de arte, la belleza ha sido reformulada como “una mera amalgama de interés, memorabilidad de la forma e inclinación a la reexperiencia” (Howard Gardner, Verdad, Belleza y Bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós, 2011). Según Gardner, frente a la verdad como empeño colectivo, la belleza es asunto personal. El problema es que si un valor no tiene vocación universal, deja de serlo; de lo contrario, se cae en la opinión como sistema cultural, según denuncian J. Ignacio Ruiz y Francisco Mochón al final de El colapso de Occidente (2011). Defiende Gardner que, frente al criterio de verificación, las obras de arte se sometan (T. S. Eliot al fondo) a un test de autenticidad en la medida en que capten o transmitan aspectos de la experiencia de un modo poderoso y evocador; algo que ya anticipó Emilio Lledó con su concepto de “suposición necesaria” (El silencio de la escritura, Premio Nacional de Ensayo en 1992), y que José Antonio Marina recogió en sus “Crónicas de la Ultramodernidad” afirmando que toda obra de arte es un acontecimiento en la vida del autor: “Puede ser auténtica o inauténtica, depende de si la hizo por convicción o por cuquería” (“El Rey va desnudo”, en ABC Cultural, 17 de abril de 1998, p. 62). Por nuestra parte, entendemos la belleza en el arte como la sublimación estética de la pertinencia.

En el segundo apartado de la obra, “Cómo se llega a ser un artista contemporáneo”, se habla de artistas pre-modernos (un concepto forzosamente retrospectivo), artistas modernos (individuos que lucharon contra el orden representativo establecido y a favor de la autonomía del arte) y artista contemporáneo (aquel que atenta simbólicamente contra el arte como institución y contra la belleza como resultado artístico). Así, tras un siglo de inculcar la Kunstwollen o “voluntad de arte”, la novedad reemplazó a la belleza y a la verdad en el gusto colectivo. Desde Le triple jeu de l’art contemporain (1998), Natalie Heinich ha venido postulando que el arte contemporáneo sea considerado un género de arte y no tanto como un tiempo histórico de la evolución artística; un género de arte distinto radicalmente del clásico y del moderno anteriores en cuanto se basa en la ruptura con todo lo precedente, transgrediendo no solo los marcos estéticos –especialmente la subjetividad y la autenticidad–, sino también los disciplinarios e incluso los morales y hasta jurídicos ya sea desde una positiva subversión crítica, ya sea desde un negativo afán de notoriedad (cfr. “Para terminar con la polémica del arte contemporáneo”, en Revista de Occidente, n.º 364, septiembre de 2011).

La tercera parte de Estética de lo peor, “Algésicos comprimidos” –título tomado de su reflexión ante la obra dolorosa de Amorós Torres y que vale también para su texto sobre El Roto (antes Ops, Ubú o Jonás)–, comienza con un estudio dedicado a Ramón Gaya como artista anti-vanguardista. José Luis Pardo considera a las vanguardias históricas e institucionalizadas –doble oxímoron-, aquellas que combatieron contra la triple conversión del arte en hecho de cultura, de sociedad y de historia, como “enfermos incurables” en fase terminal que sobreviven con “cuidados asistenciales intensivos” prestados por el mercado y los discursos críticos, que conforman lo que Gaya denominaba el “tablero del arte”. La crítica, según Gaya, ha dimitido de su función distinguidora original y todo lo iguala con sus amplias tragaderas. Como denunció Arikha al tratar “Sobre modernismo y vanguardia”, la abstracción provocó la confusión (o quizás la preponderancia) entre contemplar una pintura y descifrar una imagen. “Si lo único que se hace con un cuadro es ‘leerlo’ o descifrarlo, se pasan por alto sus cualidades pictóricas” (en El Museo del Prado y el arte contemporáneo, 2007). Las vanguardias europeas fusionaron arte y vida para estetizar ésta, no para humanizar aquél. En realidad, daban importancia al proceso en vez de al resultado, cuando para Gaya, la creación es un acto sagrado, un sacrificio del artista en nombre de toda su especie.

La cuarta parte del libro “Un amigo americano”, reflexiona sobre la novela de Patricia Highsmith Ripley’s game, sobre la identidad y la impostura y expone cómo la fragmentación de la subjetividad no es solo la despedida de Dios como “suministro infinito de sentido”, sino también como una posibilidad tecnológica. Ese sujeto frágil, vulnerable, “en trance de ser nadie” se encuentra en un estado de “penuria de identidad” que requiere explicaciones y que conduce a la Nostalgia del Absoluto de Steiner. Aquellos rasgos positivos del sujeto posmoderno débil ontológicamente, escéptico epistemológicamente y eclético en lo moral se han erosionado hasta dar en su envés: manipulable económicamente, relativista e irresponsable insolidario, lo que puede conducir –por debilidad nostálgica- a una “reacción anti-posmoderna”, “un movimiento que promete venganza sobre los impostores intelectuales y farsantes que nos habrían estado timando durante todo un siglo”, avisa Pardo.

Asimismo, Crash de Cronenberg le sirve para reflexionar sobre lo humano y lo inhumano estableciendo la conciencia de lo sagrado como el elemento distinguidor entre lo uno y lo otro. Ahí la sumisión –sometimiento a la prohibición- y la soberbia –su rechazo-  conducen a una pérdida del sentido de lo sagrado, de su conciencia, por exceso o por defecto, que desembocaría en “una condición humana inauténtica, trivializada”. Por esos mismos resortes de fascinación y terror ante lo prohibido, la estetización de la máquina, la mecanización de la obra de arte, ha usurpado al animal la representación privilegiada de lo sagrado. Algo de eso ya ocurre desde que el 17 de abril de 1668, Le Brun pronunció su conferencia en la Academia de Pintura sobre la expresión de las pasiones (ed. 1680, Traité des passions et abregé sur la physionomie), según mostró Azúa en La pasión domesticada. Las reinas de Persia y el nacimiento de la pintura moderna (2007). Las tesis allí sostenidas y los 41 dibujos preparados ad hoc por Le Brun suponían una ruptura con el pasado, con la tradición artística en tanto que los rostros estaban sometidos a la geometría cartesiana para expresar sistemáticamente las pasiones en vez de mantener un modelo zoomórfico de mímesis o semejanza. Esa “abstracción racionalizante”, según Azúa, “seculariza el mundo (o lo desencanta)”. Para Fernando R. de la Flor, coincidente al establecer en el Barroco el inicio de las Pasiones frías (secreto y disimulación en el Barroco hispano) (2005), el efecto inmediato de la opacidad, la implosión afectiva, de cancelar “la extraversión del corazón sobre el mundo es la retirada consecuente de la verdad de él”, y los significantes empiezan a desgajarse de los significados y comienzan a flotar entonces “en su materialidad”. Falsirena, Proteo, Momo o Gerión son entonces los nuevos referentes mitológicos. Y así hasta la matemática tiniebla de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot antologada por Antoni Marí en 2011 para trazar la genealogía de la poesía moderna.

Estética de lo peor es un libro que muestra cómo la desestetización del arte contemporáneo es un proceso que dura ya medio siglo, que no tiene ninguna “oferta constructiva” y que, basado en una resistencia a lo bello, a lo sublime, implica un rechazo del canon y a la idea de generar uno nuevo. El autor aboga por huir de extremismos revolucionarios o conservadores y luchar por una estética que califica de “laboriosa y modestamente reformista”.

El conocimiento pleno se logra mediante el concepto y la sensibilidad; los estados de conciencia más consolidados han sido siempre los que unían lo racional (logos) con lo emocional (pathos), y ese conocimiento pleno ha de lograrse sin intermediarios; por eso Pardo se alinea contra lo que Steiner ha denominado “el triunfo de lo secundario”, pues el arte ensancha o no el alma sin mayor intermediación. El arte de vanguardia necesita, en cambio, generar su propio discurso crítico-interpretativo para poder ser descodificado; la ruptura entre el arte contemporáneo y la sociedad, el público, ha ubicado a ambos en dos orillas, la de allá y la de acá, que diría Ramón.

Bienvenidas sean, pues, cualesquiera páginas que, como éstas de Pardo, reflexionen sobre el sentido del arte en el mundo y lo hagan analizando el curso y el concurso de la creación, de la crítica, de la recepción y de la institucionalización cultural en un siglo tan complejo y apasionante como el Novecientos.

La mejor voz puede tener un eco débil en función del cuerpo que la refleje. Por eso, son muchos los temas y cuestiones que quedan sin tratar en esta reseña, cuyo objeto no es –no debe serlo– el de suplantar la lectura de la obra, sino todo lo contrario.

Por Jaime Olmedo Ramos, Director Técnico del Diccionario Biográfico Español, REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA.