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on Thursday, April 25, 2013
"Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir". Miguel de Unamuno

Departiré de un escritor-filósofo considerado como el máximo representante de la “Generación del 98”, Miguel de Unamuno y Jugo. Imaginemos a don Miguel con las perneras del pantalón abombadas por las rodillas, y su chaleco de lana hasta el cuello, haciéndolo así, lo estaremos viendo como realmente parecía.

Miguel nació el 29 de septiembre de 1864 en la calle Ronda de Bilbao. Al acabar sus estudios primarios en el Colegio San Nicolás, pasó al Instituto bilbaíno donde viviría la experiencia del asedio de la ciudad durante la Tercera Guerra Carlista. Sin embargo, fueron, quizás, los momentos más felices de su mocedad: se pasaba el día jugando y tras los bombardeos, entraba en las iglesias semidestruidas para juguetear entre sus naves. Sobre todas estas peripecias, confeccionaría años después su primera novela “Paz en la Guerra”; pero todavía no es el momento de hablar de su obra…

En septiembre de 1880 se matricula en la Universidad de Madrid para estudiar Filosofía y  Letras. Al cumplir diecinueve años, finaliza sus estudios con la calificación de sobresaliente. En 1888 oposita a la  cátedra de Lengua Griega en la Universidad de Salamanca que obtiene en primera instancia. En 1901 sería elegido rector de dicha Universidad. Toda su vida fue crítico de los distintos regímenes políticos en los que vivió, y, como consecuencia de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, fue desterrado a Fuerteventura; de allí logró escapar y se exilió voluntariamente a Hendaya (Francia). Tras la caída del dictador, vuelve triunfalmente a España y fue diputado durante la II República. Siempre fue rebelde, y no encontró nunca la paz atormentado por dudas religiosas y existenciales, su vida tuvo una gran actividad intelectual de incesante lucha con su propio ser.

En cuanto a su ideología, Unamuno dice que “no era de derechas ni de izquierdas, sino liberal en el más amplio sentido”. Fue militante del PSOE pero por poco tiempo, pues rompió con el partido por contradicciones políticas e intelectuales. y abandonó su militancia, por lo que fue muy despreciado y zaherido, especialmente por Manuel Azaña.

Unamuno es el escritor español más preocupado por los temas del lenguaje.  Su universo es el de la palabra, por eso, Iré hasta los aspectos más profundos, a partir del análisis de sus textos y auxiliado por las voces de quienes mejor entendieron su obra. Empezaré por la Poesía.

A punto de cumplir 40 años, atraviesa una mala racha, fallece su hijo Raimundo, el niño enfermo que le acompañaba mientras escribía y por si fuera poco, en abril de 1903 se vive en Salamanca un enfrentamiento entre guardias y estudiantes que finaliza con el asalto del claustro universitario por parte de la policía y la muerte de dos jóvenes.  El rector salmantino, que intentó serenar a sus alumnos diciendo: “Contra la razón de la fuerza, oponed la fuerza de la razón”, se gana enemistades que sumadas a las que ya tenía, acrecientan la campaña para expulsarle del rectorado. El periódico “El Lábaro” le ataca día sí, día también. El obispo de Salamanca le reprocha que quiera “descatolizar” a la juventud -Unamuno decía que “España necesita que la cristianicen descatolizándola”- y en una carta al presidente del Gobierno exige la cabeza del rector (muy bíblico, por otra parte).

Unamuno fue el poeta que quiso ser en la voz de su poesía. Sin embargo la poesía fue una actividad tarda para él. Su primer libro, titulado “Poesías”, apareció en 1907, apunto de cumplir 43 años. Pero él hace de la poesía su quehacer más habitual. Su obra poética más extensa es “Cancionero” que fue componiendo a modo de diario entre 1928 y 1936, aunque hasta 1953 no vería póstumamente la luz. Miguel alumbró también: “Rosario de Sonetos líricos” en 1912, “El Cristo de Velázquez” en 1920, “Teresa” en 1924, y “Romancero del destierro” en 1927.

Es bien sabido que a finales del siglo XIX se vive  en España un largo periodo de crisis de valores, lo que llevó a los intelectuales a volver la mirada hacia la palabra como único espacio de reconciliación del yo con el mundo.

Y ahora, departiré de las novelas de Unamuno. Pudiéramos decir que excepto “Paz en la guerra” y “San Manuel Bueno, mártir”, las demás, son esquemas de ideas. Su novelística supone la primera gran ruptura con el realismo de la literatura española. En sus novelas elimina cualquier alusión al paisaje, en este sentido, sus novelas contrastan con las costumbristas, en las que el ambiente lo es todo. Para él, la persona no es algo estático, sino en constante devenir. Por eso, sus novelas no presentan un conflicto sicológico de personajes, sino de cómo éstos van deviniendo. Según Unamuno, el personaje novelesco tiene tanta vida como la del autor que lo crea; la misma fuerza que el hombre tiene frente a Dios la tiene el personaje novelesco frente a su autor. En “Niebla”, sin ir más lejos, el protagonista se subleva contra Unamuno, resistiéndose a morir, como su creador le ordena imperiosamente. “La vida es teatro y el teatro es quizás más vida que la vida misma. El hombre no quiere morir, quiere ser inmortal". Las novelas de Unamuno, son pinturas de almas al estilo de Dostoiewski, con quien compartía la idea de la salvación de Europa mediante Cristo; pero un Cristo ibérico contrario al trascendental de la Iglesia.

Su primera novela, ya lo he dicho, fue “Paz en la guerra”, de 1897, obra que puede considerarse la más atípica de Unamuno, puesto que él renunciaba de siempre a detallar los escenarios, y en ésta el verdadero protagonista es la ciudad de Bilbao, de la que narra la vida colectiva de aquella época. En 1902, rompió ya el realismo literario con “Amor y Pedagogía”, una severa crítica a la educación materialista. El tema de “Amor y Pedagogía” es el típico del fracaso y desengaño de los hombres del 98. Una sinopsis de su argumento, sería: Un personaje prepara a su hijo para que llegue a ser un genio. A tal fin, enfila toda su educación. Pero el intento fracasa rotundamente; el hijo sale un tarambana y termina suicidándose. Ante las muchas críticas de que aquello no era una novela, el autor decidió llamar a las suyas "nivolas" y definirlas como "relatos dramáticos de realidades íntimas, sin bambalinas ni realismos". “Diríase –advierte en el prólogo- que el autor, no se atreve a expresar ciertos desatinos, y adopta el artificio de ponerlos en boca de personajes absurdos, soltando así lo que él piensa”. El propósito de “Amor y Pedagogía” es desdeñar todo lo que se presenta como científico e intenta organizar la vida de un modo exclusivamente racionalista.

En 1913, publica su colección de cuentos titulada “El espejo de la muerte”. Y en 1914 “Niebla”, que es la más traducida, y que no se trata de una novela en el sentido usual del término, por lo que Miguel la llamó, como ya he dicho, “nívola”: “Inventé un género, e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las reglas que me place”. “Estoy más seguro de la realidad histórica de Don Quijote que la de Cervantes. Hamlet hizo a Shakespeare y no éste a aquél”. En “Niebla” Unamuno plantea la libertad del individuo frente a su autor que puede destruirlo como y cuando quiera. El personaje principal de "Niebla" se llama Augusto Pérez, el hombre que no llega a querer ser y por lo tanto, “no es”. El momento culminante de “Niebla” es la presentación de Augusto Pérez a su autor, Miguel de Unamuno. Augusto Pérez consulta al escritor sobre su deseo de matarse así mismo.  Unamuno le prohíbe que se suicide, pero le obliga a que se muera. Está considerada una de las mejores páginas de todo su amplio repertorio. “No quiere usted dejarme ser yo –dice Augusto Pérez- salir pues bien, mi señor creador Don Miguel, también usted morirá y se volverá a la nada de la que salió. ¡Se morirá usted sin que usted lo quiera, y se morirán todos los que lean mi historia, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como todos vosotros”.

En “Abel Sánchez” (1917) trata de la envidia como el gran pecado español. Trata el tema de la rivalidad fraterna. Abel y Joaquín, la versión moderna del tema bíblico de Caín y Abel, los dos amigos, son en el fondo enemigos irreconciliables. Para Unamuno, Joaquín Monegro es la pasión del “querer ser más”. A lo largo de la ficción, la envidia se va convirtiendo en un ansia insuperable. Como ya vimos en “Niebla”, para Unamuno, sólo es real el personaje que quiere ser. La envidia es para Unamuno –insisto- el gran pecado nacional. (En 1909 ya había escrito una obra menor titulada “La envidia hispánica”). Según Miguel, la envidia, el odio y la intolerancia, son los vicios fundamentales de los españoles. (Se cree que la novela está marcada por las propias vivencias del autor, que tenía un hermano que murió solterón y llevó muy mal la fama de Miguel. Cuentan que hasta llegó a colgarse un cartelito que decía:  ¡No me hable usted de mi hermano!).

El capítulo XXI de “Abel Sánchez” contiene el germen de su posterior drama “El Otro”, que es el “otro” que todos llevamos dentro, la parte aborrecida, lo que odiamos en los demás por rechazarlo en nosotros. Lo mismo que Unamuno buscaba en el “Cristo yacente de las Clarisas de Palencia” el Cristo terreno, la esencia de la religiosidad hispana, advierte ahora en Joaquín Monegro el valor de la pasión de querer ser, el ansia de infinitivo.

En 1920 publica “Tres novelas ejemplares y un prólogo”, donde plantea el ser por querer ser.                   Un año después, “Tía Tula”, obra en la venía trabajando desde años atrás. La magnífica novela, trata del tema (hoy tan actual) de la maternidad sin tener que someterse al acto  sexual previo. Para muchos críticos “Tía Tula” es la mejor novela de Unamuno. Según su autor, “Tía Tula” tiene “raíces quijotescas”. Tula es el personaje que representa al puritanismo femenino español, nunca se quiso casar, para no tener que profanarse con el sexo; por eso repudia a su hermana que sí se casó, y la ve como si fuera una ramera. Pero Tula no quiere renunciar a ser madre. Una vez muerta su hermana, se entrega de lleno a la causa de “educar” a los hijos de aquella y para protegerse de la pasión que su cuñado viudo siente por ella, evita encontrarse con él, y siempre lleva a uno de los niños por delante. Quiere ser madre, pero sin tener que pasar por la “humillación” del sometimiento sexual a un varón, Pudiéramos decir que “Tía Tula” es la novela de la envidia femenina, y “Abel sánchez” de la envidia masculina.

En 1921, publica “San Manuel Bueno, mártir”, quizás el punto culminante de su creación literaria: “Tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana.” En esta obra culmina el proceso de renovación del género novelístico que Unamuno había comenzado a principios de siglo. Tanto en “Tía Tula” como en “San Manuel Bueno, mártir” plantea el superar la muerte a través de la propia obra, y del sacrificio por los demás. Este sacrificio se basa con frecuencia sobre la necesidad de elegir entre lo real, que mata por su crudeza, o la mentira que permite seguir viviendo. “Es el problema de la personalidad el que ha inspirado casi todos mis personajes de ficción” -dirá-. “San Manuel Bueno, mártir”, es el hombre que de puro “querer creer”, logra mantener en un pueblo la fe que él mismo no tiene en realidad. El cabecilla que como Moisés, llevará a su pueblo a la tierra prometida,  en la que, sin embargo, él no podrá entrar.

El Teatro de Unamuno ha sido menos exitoso que sus novelas y su poesía, y ello, porque la profundidad de sus ideas no va acompañada del resplandor escénico. La crítica especializada dice que el teatro es lo menos interesante de Unamuno. Es un teatro esquemático que muestra cierto interés temático, pero resulta pobre en recursos escénicos. Sólo citaré sus dos obras breves “La princesa doña Lambea” y “La Difunta” (ambas de 1909). Y entre sus nueve dramas largos “Medea” (de 1933), una versión de la "Medea" de Séneca que fue  representada en el Teatro Romano de Mérida. Si las novelas de Unamuno son “descarnadas”, que lo son, sus dramas son esquemáticos a tope. Su dramaturgia se caracteriza por la misma escasez que la de sus primeras novelas. Carencia que se manifiesta por la supresión de todo lo accesorio, tanto escenográfico: Falta de decorados, limitación de vestuario, de personajes secundarios, incluso ausencia de monólogos brillantes, o de otra cualquier añadidura, para resaltar sobre todo el conflicto dramático.  Pero esto conlleva que sus obras se quedaran en “puros esqueletos”.

Hablemos ahora de Unamuno Ensayista: Miguel forma, junto con Ortega y Gasset y Javier Zubiri, el trío de filósofos más importantes del siglo XX. Para Unamuno no existe separación entre filosofía y teología. “Para ser de verdad hay que ser eterno, pero la garantía de eternidad sólo la puede dar la fe religiosa. La eternidad personal sólo se puede alcanzar fuera de la fe en las creaciones personales, en los ensueños, en la creación de personajes. El hombre se inmortaliza en sus criaturas al crearlas, y éstas dan vida al autor, aunque la relación entre ambos siga siendo siempre agónica”- nos enseña-.

Entre sus ensayos sobresale “En torno al catolicismo” de 1985, un intento donde describe Castilla, su tierra y su gente, para acercarse a la idea del casticismo español. “Castizo –dice- significa puro, exento de elementos extraños, no contaminado". “En torno al casticismo”, es un ataque a la “casta dominante”. Mucho de lo que se ha escrito después –y todavía se escribe hoy– sobre el dogmatismo conceptual y lingüístico de la cultura del “Siglo de Oro”, queda ya determinado en ese libro. En este ensayo, trata de negar toda veracidad a una Historia que ha paralizado y estancado a España, quizás para siempre, Historia a la que Unamuno llama “falsa historia de hechos y fechas gloriosas”, a lo que él opone la noción de intrahistoria: “aquello que vive el pueblo al que nunca se le consulta y que sólo sale a la superficie en los momentos de auténtica crisis”.

En 1905 firma el mejor de sus libros de ensayo, ”Vida de don Quijote y Sancho”, una enaltecida glosa al Quijote, tomándolo como símbolo del espíritu nacional. Don Quijote representa el ansia y la locura, la España eterna contra la España racional. La “Vida de don Quijote y Sancho” sirve como antítesis a la idea de la europeización de España. El problema de España se debe, según Miguel, precisamente a una falta de "Quijotes"; y recomienda "rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura”.

De entre la abundante producción filosófica, de Unamuno muchos expertos piensan que lo mejor es “Del sentimiento trágico de la vida” de 1911, que trata de la inmortalidad y el conflicto entre la inteligencia y el sentimiento. Lo cierto es que Fe y razón se necesitan: la fe necesita a la razón para hacerse transmisible, mientras que la razón sólo puede asentirse sobre la fe, pero ni la fe es transmisible racionalmente, ni la razón es vital. “Del sentimiento trágico de la vida” nos dice que "La mente busca lo muerto pues lo vivo se le escapa, para analizar un cuerpo, hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender algo hay que matarlo.  La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga vida”.

Un rasgo muy significativo de la literatura española es el inquebrantable paralelismo entre realismo e idealismo, Sancho Panza y su reverso Don Quijote. Un idealismo que lo es por contraste con lo real; y un realismo cuya fuerza radica en su alianza con el idealismo. Unamuno es el más genial representante de esta dialéctica. Y como el concepto erótico de Miguel de Unamuno es bastante contradictorio, amar es para él algo pasajero, que no garantiza la eternidad ni la sobrevivencia. “Hay que buscar la vida eterna en la idea y en la ficción. La vida hay que hacerla a fuerza de sueños y de intelecto” -escribiría-.

Miguel de Unamuno y Jugo, falleció el 31 de diciembre de 1936, que cayó en jueves y nevó en Salamanca. Hacia las cinco de la tarde, en esa tan taurina hora, murió un hombre viejo de sólo 70 años. Los que le vieron en su lecho de muerte, recordarían la placidez de su rostro.   Al principio, la gente pensó que lo habían matado; hasta varias horas después no se confirmó que había fallecido de muerte natural. Los médicos certificaron su muerte por congestión cerebral. Ortega y Gasset, dijo que había muerto “por el mal de España”. Pocos meses antes de su muerte, le había dicho a Gómez de la Serna: “¿yo que ni fumo ni bebo, por qué no he de vivir hasta los 90 años?". Y Ramón recuerda: “estaba más cascarrabias que nunca”. Pero la Guerra Civil le traumatizó como una enfermedad irreversible. Gutiérrez Solana meses antes lo había pintado febril y esclerótico, sobre un fondo oscuro del que emergían cientos de libros amontonados. En el retrato, los ojos miopes de Unamuno taladraban el cristal de sus gafas de concha negra. Y la pajarita de papel blanco, haciendo juego con el cuello de su camisa, y la barba, se posaba junto al negro de su vestimenta. Pero todo se había terminado. Aquella máquina de proferir gritos discrepantes había enmudecido para siempre; mientras, a su alrededor, todo el mundo enloquecía por la pena.


"Unamuno", de J. Gutierrez Solana (1886 - 1945)

En octubre del 36, Salamanca fue elegida como sede del cuartel general de Franco, porque estaba a prudente distancia del campo de batalla, pero cerca de Madrid. En plena guerra civil, ciertamente, los muertos se contaban por cientos a diario; pero  aquel, desde luego, no era un muerto cualquiera. Por dos veces habían solicitado para él el Premio Nobel de Literatura; había escrito casi un centenar de libros; había sido rector de la Universidad más antigua de España durante muchos años, y profesor de lenguas griega y castellana, concejal del ayuntamiento salmantino, diputado a Cortes en la Segunda República, y doctor honoris causa por las Universidades de Oxford y Grenoble.

La anécdota de que pidió confesión y sacramentos en sus últimos momentos, y esto quiero dejarlo bien claro, es pura patraña, toda vez que Miguel falleció de forma repentina, durante la tertulia que habitualmente mantenía con unos amigos.

La cosa fue así: el 31 de diciembre de 1936 uno de esos amigos, exclama: ¡Dios ha abandonado a España! Al oírlo, según todos los testimonios, Unamuno dio un fuerte puñetazo en la mesa diciendo “Dios no puede abandonar a España”... y cayó fulminado de un ataque al corazón.

Hacía mucho frío aquella tarde en Salamanca. Y de esta manera, acaso un poco precipitada concluyo este ensayo que he escrito con entusiasmo, intentando trasladarles mi admiración  por el personaje que representa la genialidad ya desaparecida de nuestro entorno patrio. Padeció persecuciones, fue atacado con insidias y resentimientos", pero pese a ello, siguió siendo Unamuno, contra viento y marea.

Por Juan Antonio Cansinos

on Sunday, December 30, 2012
Reseña Literaria"ESTÉTICA DE LO PEOR",  de José Luis Pardo. Ediciones Barataria, 2011, 304 págs. ISBN: 9788492979080.

En su ensayo What is Minor Poetry? [The Sewanee Review, vol. 54, n.º 1, enero-marzo de 1946, pp. 1-18], T. S. Eliot definió como "poeta mayor" a aquel que requiere como contexto obligatorio para la comprensión cabal de cada uno de sus poemas, a fin de apreciar plenamente cada fracción, la lectura entera –o de gran parte– de su obra. Y reservaba la etiqueta de ‘poeta menor’ para todo aquel que puede conocerse sin menoscabo tan sólo de antologías o por cualquier otra fuente de lectura parcial. Si se aplica esta clasificación de Eliot al actual pensamiento español, no hay duda de que José Luis Pardo es un ensayista mayor. Es cierto que cada uno de sus textos tiene autonomía plena, pero se ensambla y se agranda en el conjunto de su obra toda iniciada en 1978 con Transversales. Textos sobre los textos, ultimada con El cuerpo sin órganos (2011) o Políticas de la intimidad: ensayo sobre la falta de excepciones (2012) y jalonada con reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayo por La regla del juego. Sobre la dificultad de aprender filosofía (2005).

Que un buen autor coleccione en un volumen textos suyos que publicó in altra sede, beneficia a todos. Al lector, porque de un solo andar por el monte a caza, cobra en su zurrón numerosas piezas que, de otro modo, le hubieran obligado a numerosos ojeos; a la editorial, porque aumenta su catálogo sin contar con la siempre delicada gestión de un original; y al autor, porque puede mostrar envueltos en odres nuevos, cuando han añejado bien, unos textos complementarios y convergentes que dan idea de una coherencia de pensamiento y de una continuidad de meditaciones. Así, por ejemplo, algunos de estos ensayos, que tratan lato sensu sobre el sentido del arte en el mundo actual, conectan, por ejemplo y sobre todo, con su Nunca fue tan hermosa la basura (2010), en especial con la primera de sus partes: “A cualquier cosa llaman arte”.

Los trabajos coleccionados en Estética de lo peor tienen diversa y amplia procedencia: el más antiguo es de 1997 y el más reciente, de 2008. Los hay que vieron la luz en diarios, en revistas culturales o de pensamiento –da título a la compilación un texto publicado en su momento en estas mismas páginas–; los hay que fueron primero voz, y algunos otros proceden de volúmenes o catálogos colectivos de razón académica. Están organizados en cinco grupos precedidos por un prólogo cervantino en que los Cipión y Berganza del Coloquio de los perros hablan sobre la vitalización de la Estética y la estilización de la vida para alertar del riesgo doble de separar arte y vida: la deshumanización del arte (un arte sin vida) y la vulgarización de la realidad (una vida sin arte).

La primera parte de Estética de lo peor, “Ensayos sobre la falta de oficio”, se abre con uno, “Crear de la nada”, que fija en la aparición de la Crítica de la Facultad de Juzgar de Kant en 1790 la vinculación de la belleza con la libertad del genio y ya no con el bien o la verdad. La belleza “ensancha el alma”, afirma Pardo, y solo es bello aquello que así opera. Surge de ese modo la estética moderna frente a las Poéticas de la tradición. Y esa ampliación del alma se logra sin intermediarios; lo cual el autor semeja con el efecto de un fármaco se haya leído o no su prospecto. Pero el Libro de la Naturaleza del arte moderno que no requería interpretación ha sido sustituido por el Libro de la Historia del arte posmoderno que sí precisa de exégesis. La tesis de José Luis Pardo sobre el significado de las obras combina, de forma sincrética y saludable, un núcleo de sentido denotativo, codificado por el autor (“obligación de restringir la ambigüedad”), con una periferia connotativa en cada receptor (“derecho a restituir la ambigüedad”). Ya García Berrio lleva años y obras defendiendo la construcción del significado poético y recientes ensayos venidos de fuera como Cambiar de idea de Zadie Smith (Salamandra, 2011) muestran el enfrentamiento de tesis contrarias entre, por caso, el Barthes más relativista y tesis sustantivas como las de Nabokov.

Integra asimismo esta primera parte el breve ensayo que sirve de título al libro en el que se denuncia la desestetización del arte contemporáneo como “una deliberada falta de voluntad canónica”, algo que puede probarse al repasar obras como But is it art? (2001) de Cynthia Freeland, Transgressions: The Offences of Art (2002) de Anthony Julius, y tantas otras, o visitando el Museum of Bad Art, MOBA. En estas mismas páginas, y sin caer en lo que Jordi Gracia llamaría intelectualidad melancólica, Fernando Castro Flórez ha ido publicando aviso tras aviso contra lo que Vicente Verdú ha denominado “la sublime institucionalización del camelo” o “el insufrible nivel de la impostura” (“Pintar sin pintura”, en El País, 18 de enero de 2010): “El certificado de la patada en el culo y otras animaladas” (n.º 297, febrero de 2006), “’Hay bebés feos [Verdad de la buena]’. El marketing estético de la perogrullada” (n.º 309, febrero de 2007) y lo mismo Elena Vozmediano. Así, en “Debilidad y transparencia” afirma Pardo que el arte no podía permanecer ajeno a una generalizada “crisis de la representación” que conduce a una apuesta por la transparencia sin pulsión metafísica alguna.

José Luis Pardo propone desvincular a la obra de arte de la verdad para afincarla sobre la libertad. En un tiempo posmoderno en que la belleza ya no parece ser un atributo extrínseco a una obra de arte, la belleza ha sido reformulada como “una mera amalgama de interés, memorabilidad de la forma e inclinación a la reexperiencia” (Howard Gardner, Verdad, Belleza y Bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós, 2011). Según Gardner, frente a la verdad como empeño colectivo, la belleza es asunto personal. El problema es que si un valor no tiene vocación universal, deja de serlo; de lo contrario, se cae en la opinión como sistema cultural, según denuncian J. Ignacio Ruiz y Francisco Mochón al final de El colapso de Occidente (2011). Defiende Gardner que, frente al criterio de verificación, las obras de arte se sometan (T. S. Eliot al fondo) a un test de autenticidad en la medida en que capten o transmitan aspectos de la experiencia de un modo poderoso y evocador; algo que ya anticipó Emilio Lledó con su concepto de “suposición necesaria” (El silencio de la escritura, Premio Nacional de Ensayo en 1992), y que José Antonio Marina recogió en sus “Crónicas de la Ultramodernidad” afirmando que toda obra de arte es un acontecimiento en la vida del autor: “Puede ser auténtica o inauténtica, depende de si la hizo por convicción o por cuquería” (“El Rey va desnudo”, en ABC Cultural, 17 de abril de 1998, p. 62). Por nuestra parte, entendemos la belleza en el arte como la sublimación estética de la pertinencia.

En el segundo apartado de la obra, “Cómo se llega a ser un artista contemporáneo”, se habla de artistas pre-modernos (un concepto forzosamente retrospectivo), artistas modernos (individuos que lucharon contra el orden representativo establecido y a favor de la autonomía del arte) y artista contemporáneo (aquel que atenta simbólicamente contra el arte como institución y contra la belleza como resultado artístico). Así, tras un siglo de inculcar la Kunstwollen o “voluntad de arte”, la novedad reemplazó a la belleza y a la verdad en el gusto colectivo. Desde Le triple jeu de l’art contemporain (1998), Natalie Heinich ha venido postulando que el arte contemporáneo sea considerado un género de arte y no tanto como un tiempo histórico de la evolución artística; un género de arte distinto radicalmente del clásico y del moderno anteriores en cuanto se basa en la ruptura con todo lo precedente, transgrediendo no solo los marcos estéticos –especialmente la subjetividad y la autenticidad–, sino también los disciplinarios e incluso los morales y hasta jurídicos ya sea desde una positiva subversión crítica, ya sea desde un negativo afán de notoriedad (cfr. “Para terminar con la polémica del arte contemporáneo”, en Revista de Occidente, n.º 364, septiembre de 2011).

La tercera parte de Estética de lo peor, “Algésicos comprimidos” –título tomado de su reflexión ante la obra dolorosa de Amorós Torres y que vale también para su texto sobre El Roto (antes Ops, Ubú o Jonás)–, comienza con un estudio dedicado a Ramón Gaya como artista anti-vanguardista. José Luis Pardo considera a las vanguardias históricas e institucionalizadas –doble oxímoron-, aquellas que combatieron contra la triple conversión del arte en hecho de cultura, de sociedad y de historia, como “enfermos incurables” en fase terminal que sobreviven con “cuidados asistenciales intensivos” prestados por el mercado y los discursos críticos, que conforman lo que Gaya denominaba el “tablero del arte”. La crítica, según Gaya, ha dimitido de su función distinguidora original y todo lo iguala con sus amplias tragaderas. Como denunció Arikha al tratar “Sobre modernismo y vanguardia”, la abstracción provocó la confusión (o quizás la preponderancia) entre contemplar una pintura y descifrar una imagen. “Si lo único que se hace con un cuadro es ‘leerlo’ o descifrarlo, se pasan por alto sus cualidades pictóricas” (en El Museo del Prado y el arte contemporáneo, 2007). Las vanguardias europeas fusionaron arte y vida para estetizar ésta, no para humanizar aquél. En realidad, daban importancia al proceso en vez de al resultado, cuando para Gaya, la creación es un acto sagrado, un sacrificio del artista en nombre de toda su especie.

La cuarta parte del libro “Un amigo americano”, reflexiona sobre la novela de Patricia Highsmith Ripley’s game, sobre la identidad y la impostura y expone cómo la fragmentación de la subjetividad no es solo la despedida de Dios como “suministro infinito de sentido”, sino también como una posibilidad tecnológica. Ese sujeto frágil, vulnerable, “en trance de ser nadie” se encuentra en un estado de “penuria de identidad” que requiere explicaciones y que conduce a la Nostalgia del Absoluto de Steiner. Aquellos rasgos positivos del sujeto posmoderno débil ontológicamente, escéptico epistemológicamente y eclético en lo moral se han erosionado hasta dar en su envés: manipulable económicamente, relativista e irresponsable insolidario, lo que puede conducir –por debilidad nostálgica- a una “reacción anti-posmoderna”, “un movimiento que promete venganza sobre los impostores intelectuales y farsantes que nos habrían estado timando durante todo un siglo”, avisa Pardo.

Asimismo, Crash de Cronenberg le sirve para reflexionar sobre lo humano y lo inhumano estableciendo la conciencia de lo sagrado como el elemento distinguidor entre lo uno y lo otro. Ahí la sumisión –sometimiento a la prohibición- y la soberbia –su rechazo-  conducen a una pérdida del sentido de lo sagrado, de su conciencia, por exceso o por defecto, que desembocaría en “una condición humana inauténtica, trivializada”. Por esos mismos resortes de fascinación y terror ante lo prohibido, la estetización de la máquina, la mecanización de la obra de arte, ha usurpado al animal la representación privilegiada de lo sagrado. Algo de eso ya ocurre desde que el 17 de abril de 1668, Le Brun pronunció su conferencia en la Academia de Pintura sobre la expresión de las pasiones (ed. 1680, Traité des passions et abregé sur la physionomie), según mostró Azúa en La pasión domesticada. Las reinas de Persia y el nacimiento de la pintura moderna (2007). Las tesis allí sostenidas y los 41 dibujos preparados ad hoc por Le Brun suponían una ruptura con el pasado, con la tradición artística en tanto que los rostros estaban sometidos a la geometría cartesiana para expresar sistemáticamente las pasiones en vez de mantener un modelo zoomórfico de mímesis o semejanza. Esa “abstracción racionalizante”, según Azúa, “seculariza el mundo (o lo desencanta)”. Para Fernando R. de la Flor, coincidente al establecer en el Barroco el inicio de las Pasiones frías (secreto y disimulación en el Barroco hispano) (2005), el efecto inmediato de la opacidad, la implosión afectiva, de cancelar “la extraversión del corazón sobre el mundo es la retirada consecuente de la verdad de él”, y los significantes empiezan a desgajarse de los significados y comienzan a flotar entonces “en su materialidad”. Falsirena, Proteo, Momo o Gerión son entonces los nuevos referentes mitológicos. Y así hasta la matemática tiniebla de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot antologada por Antoni Marí en 2011 para trazar la genealogía de la poesía moderna.

Estética de lo peor es un libro que muestra cómo la desestetización del arte contemporáneo es un proceso que dura ya medio siglo, que no tiene ninguna “oferta constructiva” y que, basado en una resistencia a lo bello, a lo sublime, implica un rechazo del canon y a la idea de generar uno nuevo. El autor aboga por huir de extremismos revolucionarios o conservadores y luchar por una estética que califica de “laboriosa y modestamente reformista”.

El conocimiento pleno se logra mediante el concepto y la sensibilidad; los estados de conciencia más consolidados han sido siempre los que unían lo racional (logos) con lo emocional (pathos), y ese conocimiento pleno ha de lograrse sin intermediarios; por eso Pardo se alinea contra lo que Steiner ha denominado “el triunfo de lo secundario”, pues el arte ensancha o no el alma sin mayor intermediación. El arte de vanguardia necesita, en cambio, generar su propio discurso crítico-interpretativo para poder ser descodificado; la ruptura entre el arte contemporáneo y la sociedad, el público, ha ubicado a ambos en dos orillas, la de allá y la de acá, que diría Ramón.

Bienvenidas sean, pues, cualesquiera páginas que, como éstas de Pardo, reflexionen sobre el sentido del arte en el mundo y lo hagan analizando el curso y el concurso de la creación, de la crítica, de la recepción y de la institucionalización cultural en un siglo tan complejo y apasionante como el Novecientos.

La mejor voz puede tener un eco débil en función del cuerpo que la refleje. Por eso, son muchos los temas y cuestiones que quedan sin tratar en esta reseña, cuyo objeto no es –no debe serlo– el de suplantar la lectura de la obra, sino todo lo contrario.

Por Jaime Olmedo Ramos, Director Técnico del Diccionario Biográfico Español, REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA.