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on Saturday, August 25, 2012
Areté: excelencia, virtud, dignidad, honor.
"La economía como esencia de la vida es una enfermedad mortal, porque un crecimiento infinito no armoniza con un mundo finito". Erich Fromm

Recientemente leía un interesante artículo firmado por Martín Mucha, aparecido en la edición de EL MUNDO del pasado día 18 de agosto, en donde recordando la idea de Platón de El Gobierno de los Mejores, se presentaba una lista de catorce brillantes personalidades, todos procedentes del mundo empresarial, a modo de lo que podría ser la candidatura perfecta para formar un gobierno ideal. En realidad, lo que me llamó la atención es que en esa lista no se hubiera incluido también a candidatos procedentes de otras disciplinas. Tal y como dejara plasmado en La República el propio Platón, a su juicio Los Mejores, los llamados a gobernar, no eran los comerciantes o los mercaderes, ni siquiera los más adinerados o poderosos, sino los sabios y los filósofos; aquellos mejor facultados para encarnar las virtudes cardinales: prudencia, valor, templanza y justicia. De ello dan testimonio las propias palabras del filósofo: "A menos -proseguí- que los filósofos reinen en las ciudades o cuantos ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se encaminan separadamente a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciudades, ni tampoco, según creo, para los del género humano; ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra" (Platón. La República, libro V).

Sin embargo y en descargo del autor de dicho artículo, a quién además agradezco sinceramente el haber propiciado esta reflexión, es importante señalar que el planteamiento es muy común, puesto que lo llevamos implícito en nuestra propia cultura, empeñada en asociar y equiparar el éxito en la vida al éxito económico; empeñada en asociar la capacidad de generar riqueza y triunfar en el ámbito empresarial, con la justicia, la inteligencia o la sabiduría, olvidando que el limitado alcance de esos conceptos así planteados, es una de las principales causas de nuestra desgracia y de los males que afligen a la humanidad. 

Por ello y al margen de cualquier valoración respecto a los candidatos propuestos, y aceptando que sin duda la elección de esos magníficos profesionales pueda ser realmente acertada aplicada al ámbito empresarial o incluso como respuesta a la situación de crisis económica que vivimos, considero que el éxito en dicho entorno puede ser un claro indicador de la capacidad de una persona en relación a ese ámbito específico, pero me resisto a aceptar la idea de que ello sea considerado, de manera implícita, como la mejor garantía para conseguir una sociedad más próspera, más justa, o más humana. Entre otras cosas, porque ello no implica NECESARIAMENTE que también puedan atesorar esas otras virtudes -prudencia, templanza, valor y justicia-, o que ese éxito profesional o económico se haya logrado bajo la estricta observancia de los preceptos de la ética y los valores humanos. Un estado no es una empresa, ni el objetivo de una sociedad puede ser la maximización de beneficios, entre otras cosas porque aspectos como la justicia, las libertades, los derechos de las personas, la solidaridad o la eficacia de las políticas sociales, no pueden ser evaluados únicamente desde una perspectiva económica. Y mucho menos todavía, la parte espiritual o trascendente de la vida.

La capacidad de generar riqueza, de optimizar recursos, de crear puestos de trabajo, de producir ingresos para el estado o de dar beneficios económicos en un proyecto empresarial, es sin duda algo de gran importancia, digno del mayor respeto y una virtud deseable en cualquier persona o sociedad. Sin embargo, ello no debería de constituir un fin en sí mismo, ni tiene por qué ser a la fuerza sinónimo de otras tantas virtudes, capacidades o valores, como la honestidad, la honorabilidad, la bondad, la abnegación, la generosidad, la sensibilidad o la espiritualidad. De hecho éstas últimas virtudes también podrían concurrir, aumentando todavía más el mérito, las capacidades y la ejemplaridad de esas personas, acercándolas al concepto de excelencia... o por el contrario, ni siquiera estar presentes, como ocurre con demasiada frecuencia. Lamentablemente a nuestro alrededor tenemos numerosos ejemplos, que invitan a disociar algunos de esos conceptos y abundan los individuos que para alcanzar el éxito profesional, social o económico, no han necesitado contar con esos valores, o incluso los que, para lograrlo, no dudaron en desembarazarse del pesado lastre de la conciencia. 

Por descontado, ello no significa que ese pudiera ser el caso de los líderes mencionados en el artículo y, desde una perspectiva profesional, insisto en que se trata sin duda de una magnífica selección de candidatos, que seguramente podría liderar con éxito cualquier proyecto empresarial o económico. Incuestionablemente, todos ellos son brillantes en su área de trabajo o conocimiento -he tenido la oportunidad de compartir tertulia o foro con alguna de esas personas y seguramente también podría ser considerada un ejemplo en lo que se refiere a valores humanos-, pero ello no implica forzosamente que además pudieran liderar una sociedad en todas sus facetas, en donde lo economico siempre será un aspecto esencial y necesario, pero nunca debería constituir la principal o única referencia. El ejemplo es cercano y la constatación del error una realidad.

Deberíamos recordar que esta crisis no es sólo producto de una mala o nefasta gestión económica -que también-, sino que fundamentalmente tiene su origen en un retroceso de la ética y los valores, frente al egoísmo más profundo, el materialismo desmedido, un consumismo exacerbado y un economicismo antagónico con los valores humanos esenciales. Una crisis gestada en el seno de una sociedad plagada de tecnócratas, pero que paradógicamente poco a nada parecen conocer de lo que realmente importa, o de las consecuencias de mantener en el tiempo actitudes equivocadas y errores de bulto, no ya únicamente desde la perspectiva económica, sino simplemente desde el punto de vista humano. De hecho y salvo contadas y meritorias excepciones, resulta poco creíble que muchos de esos magníficos y brillantes economistas, expertos en finanzas, políticos e incluso periodistas, que hoy nos explican desde los medios de comunicación qué deberíamos de hacer para salir de la crisis, no hayan sido conscientes de lo que se avecinaba y no hubieran denunciado antes una situación tan manifiestamente incompatible con el más elemental sentido común. Lo siento, pero la lógica no soporta tamaña incongruencia y más bien invita a pensar que lo ocurrido también tiene que ver con una actitud sumisa, acomodada, inductora, propiciadora y hasta directamente participativa -especialmente en beneficios- de muchos de ellos, más que con la ignorancia, la inocencia o el desconocimiento sincero.

Por todo ello, creo que esa lista estaría bastante más completa si también se hubiera incorporado a ella a otras personas cuyo principal éxito, referencia o ejemplaridad proviniera del terreno de la cultura, el arte o la ciencia; de la ética, los valores humanos o la espiritualidad. Personas de gran valía y profunda sabiduría, cuyo reconocimiento podría -por qué no- estar precisamente derivado de un claro y manifiesto desapego o desinterés por el dinero, la economía o el ámbito empresarial y financiero. 

Si queremos un mundo mejor, no bastará con enderezar la economía y volver a pensar en generar riqueza: habrá que preguntarse también a qué precio ético la generamos y a costa de qué valores la producimos. No bastará con reducir las cifras de parados: habrá que preguntarse también si los empleos son dignos, si contribuyen a una adecuada calidad de vida y si el sacrificio y el esfuerzo que exigen a cambio, se corresponde con la retribución y el nivel de felicidad percibidos. No bastará con escapar de la recesión y volver a cifras de crecimiento positivas; habrá que preguntarse si el planeta y el resto de seres humanos que lo comparten podrán seguir soportando nuestra forma de vida y ese crecimiento sostenido en el tiempo. Deberemos preguntarnos, en definitiva, no sólo por la sostenibilidad económica del sistema, sino si humanamente también es sostenible.  Ese es realmente el terreno perdido que debe recuperar nuestra sociedad de cara a esa regeneración que tantos consideran necesaria, pero para la que, al menos aparentemente, seguimos empeñados en mantener el mismo modelo equivocado que nos ha conducido hasta la situación actual.

Si queremos saber cuál sería el Gobierno de los Mejores, primero deberíamos definir cuál es el modelo de sociedad al que aspiramos y sobre qué valores queremos construirla. Quizás entonces sabríamos contestar a dos preguntas previas esenciales: ¿los mejores para qué?... ¿los mejores para quién?

Por Alberto de Zunzunegui

on Thursday, December 30, 2010
" Donde reina el amor, sobran las leyes".

VIDA DE PLATÓN

Platón (Platon, "El de hombros anchos") nació en Atenas en el año 428 ó 427 a. de C. Pertenecía a una familia aristocrática y rica, aunque algunos escritores manifiestan que experimentó el peso de la pobreza. Indudablemente se benefició de la educación que se brindaba en Atenas a los jóvenes de su clase. Alrededor de los veinte años conoció a Sócrates, y el trato entre maestro y discípulo, que duró ocho o diez años, tuvo una influencia decisiva en la carrera filosófica de Platón. Antes de conocer a Sócrates reveló, muy probablemente, interés por los filósofos antiguos, así como por el proyecto de mejora de las condiciones políticas de Atenas. A temprana edad se aficionó a la poesía. Sin embargo, todos estos intereses fueron absorbidos por la búsqueda de la sabiduría, a la que se dedicó ardientemente bajo la guía de Sócrates. Tras la muerte de Sócrates se unió a los discípulos de éste congregados en Megara bajo la dirección de Euclides. Más tarde viajó por Egipto, la Magna Grecia y Sicilia. Algunos biógrafos han exagerado el provecho de estos viajes, aunque es seguro que en Italia estudió las doctrinas de los pitagóricos. Sus tres viajes a Sicilia perseguían, probablemente, influenciar a Dionisio el Viejo y Dionisio el Joven acerca de su sistema ideal de gobierno, pero fracasó, atrayéndose la enemistad de los dos soberanos, siendo encarcelado y vendido como esclavo. Rescatado por un amigo, volvió a su escuela de filosofía de Atenas. Ésta difería de la escuela socrática en muchos aspectos. Tenía una ubicación precisa en la alameda cercana al gimnasio de Academia, su carácter era más refinado, se prestaba más atención a la forma literaria y era menos indulgente con el método particular, e incluso vulgar, de ilustración que caracterizaba a la exposición socrática. Al volver de su tercer viaje a Sicilia se dedicó incansablemente a escribir y enseñar, hasta que a los ochenta años, según nos dice Cicerón, murió en pleno trabajo intelectual ("scribens est mortuus") ("De Senect.", v, 13). 

OBRAS

Ciertamente todas las obras auténticas de Platón han llegado hasta nosotros. Las obras perdidas que se le atribuyen, tales como las "Divisiones" y las "Doctrinas tradicionales", no son auténticas. De los treinta y seis diálogos, algunos -- "Fedro", "Protágoras", "Fedón", "La República", "El Banquete", etc. - son auténticos indudablemente; otros - p.ej. "Minos", -- pueden considerarse apócrifos con igual seguridad; mientras que un tercer grupo -- "Ión", "Hipias Mayor ", y "Alcibíades I" - es de dudosa autenticidad. En todos sus escritos Platón usa el diálogo con una destreza jamás igualada. Esta forma (literaria n.t.) le permite desarrollar el método socrático de preguntas y respuestas. Pues, aun cuando Platón elaboró en alto grado la facultad de presentar y entender lo abstracto, fue suficientemente griego para seguir el instinto artístico en la enseñanza mediante un modelo claro y concreto de excelencia filosófica. El uso del mito en los diálogos ha acarreado notables dificultades a los comentaristas y a los críticos. Cuando intentamos evaluar el contenido de un mito platónico, a menudo nos desconcierta la sospecha de que todo es sutilmente irónico o que se incluye para disimular contradicciones inherentes al pensamiento de Platón. En todo caso, el mito no debería tomarse muy en serio o invocarse como evidencia de lo que Platón realmente creía.


FILOSOFÍA 

(1) Punto de partida 

El punto inmediato de partida de la especulación filosófica de Platón fue la enseñanza socrática. En su intento de definir las condiciones del conocimiento, para refutar el escepticismo de los sofistas, Sócrates había enseñado que el único conocimiento verdadero es el conocimiento por medio de conceptos. El concepto, decía, representa toda la realidad de una cosa. Como lo usó Sócrates, fue tan sólo un principio de conocimiento; Platón lo elevó a principio del Ser. Si el concepto representa toda la realidad de las cosas, la realidad debe ser algo en el orden ideal, no necesariamente las cosas mismas sino algo por encima de ellas, en un mundo por sí mismo. En consecuencia, Platón reemplaza el concepto por la Idea. Completa la obra de Sócrates enseñando que las Ideas, objetivamente reales, son el fundamento y justificación del conocimiento científico. Al mismo tiempo tiene en cuenta un problema que llamó mucho la atención desde los pensadores presocráticos, el problema del cambio (movimiento n.t.). Los eleáticos, siguiendo a Parménides, sostenían que no existe cambio verdadero ni multiplicidad en el mundo, la realidad es una. Heráclito, por el contrario, afirmando la realidad del movimiento y de la multiplicidad, mantenía que la permanencia (unidad n.t.) es sólo aparente. La teoría platónica de las Ideas es un intento de resolver esta cuestión crucial mediante un compromiso metafísico. Los eleáticos, decía Platón, tienen razón al afirmar que la realidad no cambia; porque las Ideas son inmutables. No obstante, hay cambio en el mundo de nuestra experiencia, como sostenía Heráclito, o en el mundo de los fenómenos, en términos de Platón. Por consiguiente, Platón supone un mundo de Ideas separado del mundo de nuestra experiencia, e inmensamente superior a él. Concibe que todas las almas humanas habitaron en otro tiempo en este mundo superior. Cuando luego miramos a nuestro alrededor, en el mundo de las sombras, un fenómeno o apariencia de algo, la mente recuerda la Idea (de ese mismo fenómeno) que contempló en tiempos pasados. En su deleite se pregunta por el contraste, y al preguntarse es llevada a recordar perfectamente la intuición de que disfrutó en una existencia anterior. Ésta es la tarea de la filosofía. La filosofía, por tanto, consiste en el esfuerzo por remontarse del mundo de los fenómenos, o apariencias, al de las noumena, o realidades. Entre todas las ideas, no obstante, la Idea de belleza brilla a través del velo de los fenómenos más claramente que las demás, por esto el comienzo de la actividad filosófica es el amor y la admiración por lo Bello.


(2) División de la Filosofía

Las partes de la filosofía no son diferenciadas por Platón con la misma precisión formal que la encontrada en los sistemas aristotélicos y postaristotélicos. Sin embargo, podemos, por conveniencia, distinguir:

  • Dialéctica, ciencia de la Idea en sí;
  • Física, conocimiento de la Idea en tanto que incorporada o encarnada en el mundo de los fenómenos, y,
  • Ética y teoría del Estado, o ciencia de la Idea encarnada en la conducta humana y en la sociedad.


(a) Dialéctica

Se entiende no como sinónimo de la lógica sino de la metafísica. Significa la ciencia de la Idea, ciencia de la realidad, ciencia en el verdadero sentido de la palabra. Pues las ideas son las únicas realidades en el mundo. Observamos, por ejemplo, acciones justas, y sabemos que algunos hombres son justos. Pero tanto en las acciones como en las personas designadas como justas existen muchas imperfecciones; son solamente parcialmente justas. En el mundo superior existe la justicia, absoluta, perfecta, sin mezcla de injusticia, eterna, inmóvil, inmortal. Esta es la Idea de justicia. De modo similar, en el mundo que está por encima de nosotros existen las Ideas de grandeza, belleza, sabiduría, etc. y no únicamente éstas, sino también las Ideas de objetos materiales concretos tales como la Idea de hombre, la Idea de caballo, la Idea de árboles, etc. En resumen, el mundo de las Ideas es una imagen del mundo de nuestra experiencia, o mejor, éste último es una débil imitación del primero. Las ideas son los prototipos, los fenómenos son los extratipos. En la alegoría de la caverna (República, VII, 514 d) unos hombres son descritos como encadenados en una posición fija en la caverna, siendo capaces exclusivamente de mirar a la pared del fondo. Cuando un animal, p.ej. un caballo, pasa frente a la caverna, ellos, contemplando la sombra proyectada en la pared, imaginan que es la realidad, y mientras dura su cautiverio no tienen noticia de ninguna otra realidad. Al ser liberados y salir a la luz se deslumbran, pero, cuando se habitúan y pueden distinguir un caballo entre los demás objetos que les rodean, su primer impulso es tomarlo por una sombra del ser que ellos vieron sobre la pared. Los prisioneros son "como nosotros mismos ", dice Platón. El mundo de nuestra experiencia, que consideramos real, es solamente un mundo de sombras. El mundo real es el mundo de las Ideas, que alcanzamos no por los sentidos sino por una contemplación intuitiva. Las Ideas participan del fenómeno, pero Platón no llega a explicar como tiene lugar esa participación, ni tampoco en qué sentido los fenómenos son imitación de las Ideas; a lo sumo invoca un principio negativo, a veces llamado "Substancia Platónica", para dar razón del fenómeno como caído desde la perfección de la Idea. El principio limitador es la causa de todos los defectos, decadencias y cambios del mundo que nos rodea. El hombre justo, por ejemplo, está lejos de la justicia absoluta (la Idea de Justicia), pues la Idea de justicia está fragmentada en el hombre, está degradada y reducida por el principio de limitación. Hacia el final de su vida, Platón se acercó cada vez más a la teoría pitagórica de los números, y, en el "Timeo" especialmente, tendió a interpretar las Ideas en términos matemáticos. Sus seguidores acentuaron indebidamente este elemento y, en el curso de la especulación neoplatónica, las ideas se identificaron con los números. La teoría de la Ideas interesó en gran medida a los primeros filósofos cristianos. La afirmación categórica de una realidad de orden supramundano y espiritual, e igualmente la afirmación de la caducidad de las cosas materiales, concuerdan con la esencia del cristianismo sobre la supremacía de los intereses espirituales. Para hacer más aceptable el mundo de las Ideas a los cristianos, la Patrística platonista, desde el mártir Justino hasta San Agustín, mantuvo que el mundo existe en la mente de Dios, y esto era lo que Platón pensaba. Por otra parte, Aristóteles entendió que Platón se refiere a un mundo de Ideas autosubsistente y separado. Por lo tanto, en lugar de representarnos el mundo de las Ideas existiendo en Dios, deberíamos representar a Dios existiendo en el mundo de las Ideas. En efecto, entre las Ideas, la jerarquía suprema se atribuye a la Idea de Dios, o Divinidad absoluta, como se diría, en un universo supraceleste, lo que es el sol del cielo para nuestro mundo terrestre.


(b) Física

La Idea incorporada en el fenómeno, por decirlo así, es menos real que la Idea en su propio mundo, o que la idea encarnada en la conducta humana o en la sociedad. La Física, esto es, el conocimiento de la Idea en el fenómeno, es, por lo tanto, de inferior dignidad e importancia que la Dialéctica y la Ética. De hecho, el mundo de los fenómenos carece de interés científico para Platón. Su conocimiento no es un verdadero conocimiento, ni su fuente, sino tan solo ocasión del verdadero conocimiento. El fenómeno trae a nuestra mente el recuerdo de la intuición de las Ideas, y con esta intuición comienza el conocimiento científico. Además, el interés de Platón por la naturaleza está dominado por una visión teológica del mundo como dotado de un alma, la cual, consciente de su conjunto, hace todas las cosas para un propósito útil, o mejor, para "lo mejor" moralmente, intelectualmente y estéticamente. Esta convicción se manifiesta especialmente en la narración platónica del origen del universo, contenida en el "Timeo", aunque los detalles sobre la actividad de los demiurgos y los dioses creados no debería, quizás, tomarse muy en serio. Análogamente, el relato del origen del alma en el mismo diálogo, es una mezcla de filosofía y mito, en el que no es fácil diferenciar uno de otro. Es claro, sin embargo, que Platón sostiene la naturaleza espiritual del alma frente al materialismo de los atomistas, y que cree en la preexistencia del alma antes de su unión con el cuerpo. Toda la teoría de las Ideas, al menos en lo que se refiere al conocimiento humano, presupone la doctrina de la pre-existencia. "Todo conocimiento es reminiscencia" sólo tiene significado en la hipótesis pre-natal de la intuición de las Ideas en el alma. Es igualmente incontrovertible que Platón mantenía la inmortalidad del alma. Su convicción sobre este punto fue tan firme como la de Sócrates. Su esfuerzo por fundamentar esta convicción sobre premisas inexpugnables está, por cierto, abierta a la crítica, porque sus argumentos se remiten bien a la hipótesis de una existencia anterior o bien a la teoría de las Ideas. No obstante, las consideraciones que ofrece a favor de la inmortalidad, en el "Fedón", han contribuido a fortalecer en todas las generaciones posteriores la creencia en una vida futura. En su descripción del estado futuro del alma predomina la doctrina pitagórica de la transmigración. Aquí, de nuevo, los detalles no deben tomarse tan en serio como el hecho principal, y podemos imaginar que el relato del alma condenada a regresar en el cuerpo de un zorro o un lobo es introducido, sobre todo, porque acentúa la doctrina de la recompensa y el castigo, que es parte de la ética platónica. Antes de pasar a sus doctrinas éticas es necesario indicar algo de su psicología. Platón enseña que el alma consta de tres partes: el alma racional, que reside en la cabeza; el alma irascible, asiento del valor, que reside en el corazón; y el alma sensitiva, asiento del deseo, que reside en el abdomen. Éstas no son tres facultades del alma, sino tres partes realmente diferenciadas.


(c) Ética y teoría del Estado

Como todos los griegos, Platón dio por sentado que el mayor bien del hombre, subjetivamente considerado, es la felicidad (eudaimonia). Objetivamente, el mayor bien del hombre es el máximo bien absoluto en general, el Bien en sí mismo, o Dios. El medio para alcanzar el mayor bien es la práctica de la virtud y la consecución de la sabiduría. El cuerpo debería someterse en la medida en que obstaculiza estas ocupaciones. Sin embargo, en este punto el ascetismo debe moderarse en aras de la armonía y la simetría. -- Platón nunca se excedió en condenas, en particular sobre el cuerpo, como fuente de todo lo malo - porque la abundancia, la salud, la destreza y los placeres inocentes, son medios para alcanzar la felicidad, aunque no indispensables como lo es la virtud. La virtud es orden, armonía, salud del alma; el vicio es desorden, discordia, enfermedad. El Estado es, para Platón, la mayor personificación de la Idea. Su finalidad debe ser el establecimiento y cuidado de la virtud. La razón de ello es que el hombre, incluso en condición inculta, podría realmente alcanzar la virtud. Sin embargo, a fin de que la virtud pueda realizarse sistemáticamente y no sea producto del azar o la ventura, es necesaria la educación, la cual es imposible sin una organización social. En su "República" describe un Estado ideal, una forma de gobierno que existiría si gobernantes y gobernados se dedicasen, como debieran, al cultivo de la sabiduría. El Estado ideal se modela en cada alma individual. Consta de tres categorías: gobernantes (correspondiendo al alma racional), productores (correspondiendo al deseo) y guerreros (correspondiendo al valor). La virtud característica de los productores es la economía, la de los soldados la valentía y la de los gobernantes la sabiduría. Puesto que la filosofía es el amor a la sabiduría, ella debe ser el poder dominante en el Estado: "A menos que los filósofos se hagan gobernantes o los gobernantes se tornen verdaderos y consumados discípulos de la filosofía, no terminarán las dificultades de los Estados y de la humanidad " (Rep., V, 473), lo cual es otro modo de decir que aquéllos que gobiernan deben distinguirse por cualidades claramente intelectuales. Platón aboga por un Estado absoluto, tal como el que existía en su época en Esparta. El Estado, afirma, ejerce un poder ilimitado. En el Estado platónico no cabe ni la institución de la propiedad privada, ni la de la familia. Los niños pertenecen al Estado tan pronto como nacen, y éste debe encargarse desde el principio de su educación. Serían educados por funcionarios elegidos por el Estado y, según la capacidad que manifestasen, asignados a la categoría de los productores, guerreros o gobernantes. Estos proyectos inviables reflejan al mismo tiempo el descontento de Platón con la demagogia que prevalecía en Atenas y su predilección personal por la forma de gobierno aristocrático. Ciertamente su proyecto es aristocrático, en el sentido original de la palabra; defiende el gobierno de los mejores (intelectualmente). La irrealidad de todo ello, y la remota posibilidad de ser llevado a la práctica, debió evidenciarse al mismo Platón, porque en sus "Leyes" hace el esbozo de un nuevo proyecto que, aún considerándolo inferior al de la "República", está más cerca del término medio que el Estado puede alcanzar.


LA ESCUELA PLATÓNICA

La Escuela de Platón, como la de Aristóteles, fue organizada por el mismo Platón, y a su muerte la puso en manos de su sobrino Espeusipo, el primer alumno, como gobernante de la escuela. Se llamó la Academia, porque estaba en la arboleda de Academo. La Academia, con diferente fortuna, mantuvo su identidad como escuela platónica hasta el siglo primero de la era cristiana, primero en Atenas y después en Alejandría. Se modificó el sistema platónico, orientándose al misticismo y la demonología, y padeció al menos un periodo de escepticismo. Acabó en un eclecticismo indefinido. Con la llegada del neoplatonismo (q.v.), fundado por Ammonius y desarrollado por Plotino, el platonismo se unió definitivamente a la causa del paganismo contra la Cristiandad. Sin embargo, la gran mayoría de filósofos cristianos hasta San Agustín fueron platonistas. Ellos apreciaban la elevada influencia de la psicología y la metafísica de Platón, y reconocían, en ella un poderoso aliado de la Cristiandad frente al materialismo y el naturalismo. Estos platonistas cristianos subestimaban a Aristóteles, a quien se referían como un "agudo" lógico, cuya filosofía favorecía a los heréticos oponentes de la Cristiandad ortodoxa. La Edad Media trastocó este veredicto. Los primeros escolásticos conocían solamente los tratados sobre lógica de Aristóteles, y, en la medida que no eran psicólogos o metafísicos, se acercaron al platonismo de San Agustín. No obstante, sus sucesores en el siglo XII conocieron la psicología, la metafísica y la ética de Aristóteles, asumiendo el criterio aristotélico tan completamente que, antes de finales del siglo XIII, el estagirita ocupó en las escuelas cristianas el lugar que tenía el fundador de la Academia en el siglo V. Hubo, digamos, episodios de platonismo en la historia del escolasticismo - p.ej., la Escuela de Chartes en el siglo XII -- y durante todo el periodo escolástico algunos principios del platonismo, y especialmente del neoplatonismo, fueron incluidos en el sistema aristotélico adoptado por las escuelas. El Renacimiento trajo una renovación del platonismo debido a la influencia de Bessarion, Plethon, Ficino, y los dos Mirándola. Los platonistas de Cambridge del siglo XVII, tales como Cudworth, Henry More, Cumberland, y Glanville, reaccionando contra el naturalismo humanista, "Puritanismo espiritual" instauran los fundamentos de la conducta sobre principios conocidos intuitivamente e independientes del propio interés. Además de las escuelas de filosofía descritas como platónicas, existen muchos filósofos y grupos de filósofos modernos que deben mucho a la inspiración de Platón y al entusiasmo por superiores ocupaciones de la mente que emanan del estudio de sus obras.


La edición estándar de las obras de Platón es la de STEPHANUS (Paris, 1578). Otras ediciones más recientes son BEKKER (Berlin, 1816-23), FIRMIN-DIDOT (Paris 1866-). La mejor traducción inglesa es JOWETT, The Dialogues of Plato (Oxford, 1871; 3rd ed., New York, 1892). Sobre la exposición del sistema de Platón cf. ZELLER, Plato and the Older Academy, tr. ALLEYNE AND GOODWIN (London, 1888); GROTE, Plato and the Other Companions of Socrates (London, 1885); PATER, Plato and Platonism (London, 1893); TURNER, History of Philosophy (Boston, 1903); 93 s.q.; FOUILLEE, La philosophie de Platon (Paris, 1892); HUIT, La vie et l'oeuvre de Platon (Paris, 1893); WINDEBLAND, Platon (Stuttgart,1901); LUTOSLAWSKI, Origin and Growth of Plato's Logic (London, 1897). Sobre historia del platonismo cf. BUSSELL, The School of Plato (London, 1896); HUIT, Le platonisme à Byzance et en Italie à la fin du moyen-âge (Brussels, 1894); artículos en Annales de philosophie chretienne, new series, XX-XXII; TAROZZI, La tradizione platonica nel medio evo (Trani Vecchi, 1892). 

Por William Turner. Transcrito por Geoffrey K. Mondello y traducido por Miguel Villoria de Dios. Fuente: ENCICLOPEDIA CATÓLICA