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on Tuesday, October 22, 2013
Conocí a Isabel hace ya tiempo, por cuestiones laborales, el día en que cumplió cien años. Nunca, hasta aquel momento, había tenido ocasión de felicitar a nadie en su centenario, y reconozco que, aunque me causaba cierto pudor invadir su intimidad en tan señalada fecha, acudí a su hogar con un respeto infinito y una alegría que a mí misma me chocaba, puesto que yo no sabía nada de ella ni de los suyos y, sin embargo, deseaba vehementemente encontrarme con aquella mujer, quizá porque por entonces se me estaban cayendo, uno a uno, casi todos los palos del sombrajo y, sin saber por qué, comenzaba a ser consciente de que algo en mí iba muriendo, poco a poco. Sentía la necesidad de fundirme en un abrazo con esta mujer, como si de ese modo pudiera encontrar la fortaleza necesaria, para seguir viviendo, al igual que ella, silenciosa y dulcemente, un puñado de  años más.

En los días previos a esta visita repasé en algunos viejos textos los acontecimientos más significativos de la época en que Isabel había venido al mundo, porque  la memoria flaquea y quitando el, por entonces, tan traído y llevado centenario del cine, apenas contaba con datos frescos para comprender como habrían sido los primeros caminos en los que, mi desconocida amiga, había comenzado su peregrinar. Soy consciente de que la vida de cada uno raras veces tiene que ver con lo que sucede a cuatro manzanas, pero necesitaba un escenario para comenzar.

Aquel siglo que fuera concebido como el de las grandes esperanzas rebosante de sabios, filósofos, escritores y artistas como nunca antes se había visto, había traído al mundo la terrible primera guerra mundial, el crack del 29, el terror de Hitler, el lanzamiento de la bomba atómica, Vietnam, Ruanda, los Balcanes y la guerra interminable del Oriente Próximo. “Sangre sudor y lágrimas!”.

Sea como fuere, fui pespunteando en mi cabeza los acontecimientos de  aquel fin de siglo en España donde sin salir de casa, los carlistas revoltosos se habían levantado en armas, mientras que en la lejana Cuba, miles y miles de nuestros compatriotas habían muerto en una guerra absurda y cruel, como crueles y absurdas serían en mayor o menor medida todas las guerras que, desde dentro o desde fuera, irían amargando algunas etapas negras de la vida de Isabel.

En la otra cara de la moneda, se dibujaba la efigie de una nueva Constitución y en un Madrid en relativa calma, se comenzaba a hablar de su zona Oeste como nuevo pulmón de la Capital. Los nombres de María Guerrero, Albéniz, Benavente, Galdós, Benlliure, Machado o Azorín, sin ir más lejos, no formaban parte aún de ninguna enciclopedia, porque eran sencillamente,  los de gente próxima, jóvenes emprendedores y deseosos de triunfar.

Cuando Isabelita iba a cumplir once años oía, sin apenas escuchar, que en el patio todos hablaban y no paraban de un acontecimiento feliz, y al igual que mucho después Madrid  se engalanara para la boda de nuestro Príncipe en el Palacio Real, en tropel acudieron entonces los madrileños a las puertas de Los Jerónimos, invadiendo calles y plazas, para ver a su Rey, en el día de su boda, sin saber que Mateo Morral tenía sus propios y nefastos planes. ¡Vaya susto, señor!

De Santander llegaron los primeros tranvías eléctricos que comenzaban su recorrido por los madriles sin tenerlas todas consigo; se creaban los primeros clubes de fútbol, y la historia de amor de las mil y una noches entre nuestra Anita Delgado y el Maharajá de Kapurtala enternecía a todas las jovencitas de la ciudad. Se inauguró la Plaza de toros de Vista Alegre y apareció el fotógrafo y la cocina eléctrica y la radio -.su radio-,… ¡y aquella espantosa guerra que no acaba nunca y ,por fin, la paz ¡Quiera Dios que definitivamente instalada! y la tele, y luego el viaje a la luna y… De todos esos acontecimientos y de cuantos se fueron sucediendo a lo largo y ancho de estos cien años, esos que han ido formando parte de la historia oficial y oficiosa ¿Cuántos conoció y cuántos ignoró nuestra buena Isabel, cuántos de ellos formaron parte integrante, o al menos, quizá sin que ella lo advirtiera, tuvieron algo que ver con su propia vida?

Porque las vidas privadas de cuantos vamos haciendo la pequeña historia de cada día tiene, como decía, poco que ver con los eventos magnificentes, tanto para bien como para mal, pero sus consecuencias a menudo sí que influyen en nuestro devenir cotidiano, y, sobre todo, no podemos evitar que nuestra existencia sufra cambios traumáticos si nuestro país se ve arrasado por un cataclismo, sea de la índole que sea aunque, a pesar de todo, la mayoría sobreviven… sobrevivimos.

¿Cómo puede producirse el milagro de adaptación de un ser humano a los extraordinarios cambios que han ocurrido en el siglo pasado y en el actual.  Ese milagro capaz de conseguir que alguien siga conservando ese aspecto, de dulce indiferencia, de comprensión infinita que tantas veces había visto en mis mayores y que ahora mostraba Isabel, sentada apaciblemente al abrigo de las faldas de su mesa camilla, desde la que hacía años contemplaba calmas y tormentas con su toquilla de punto y su sonrisa de andar por casa?

Desafortunadamente de Isabel solo conocí unos pocos detalles, demasiado pocos y demasiado insignificantes. Era pequeña, limpia y enternecedora, aunque firme y despierta a la vez. Su tono de voz era fresco y sorprendentemente jovial amable y rotundo. Había trabajado todos y cada uno de los días de su existencia “aunque ahora, hija mía sólo soy un trasto viejo”. Tenía trece bisnietos que venían a hacerla arrumacos y la llenaban de besos. Estaba rodeada del cariño de los suyos y los que la conocían bien aseguraban que, a pesar de su edad, no tenía pelos en la lengua. Confiaba en Dios y cada día le pedía salud para todos y que todos fueran buenos ¡Ahí es nada!

No pude hablar mucho más con ella porque la casa estaba a rebosar, pero el abrazo si que se lo di y bien largo… me hubiera gustado volver una tarde cualquiera y otra y otra y que me contara cosas de su vida, de esas que nunca podré encontrar en las hemerotecas. Ella me dijo “venga cuando quiera, esta es su casa”… y lo bueno es que se notaba que lo decía de verdad. Pero… no pudo ser.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones porque estoy convencida de ello. Lo importante  no es lo que somos o lo que tenemos, sino los seres humanos que vamos encontrando y perdiendo en algún cruce del camino. Aquellos que permanecen ya siempre en nuestro recuerdo porque fueron capaces de darnos aliento, ternura, bondad o amor.

Por Elena Méndez-Leite

on Wednesday, May 15, 2013
Había una vez, hace muchos, muchos años, un lejano reino que estaba pasando por momentos de dificultad. Durante muchos años la corona se había preocupado por todos sus súbditos, ayudándoles y supliendo sus carencias, llegando donde ellos no llegaban. Pero las arcas del monarca se estaban quedando vacías, comenzaban a estar pobladas por telarañas… Así que el joven consejero del rey, un auténtico genio de los números, mostró al jerarca unos cálculos en los que demostraba que los ancianos suponían un gasto terrible y que, sin embargo, sus limitaciones físicas les impedían aportar ingresos comparables a través del trabajo.

- Debemos deshacernos de los ancianos, majestad- dijo en el frío tono de aquél que no esntiende más que de números y estadísticas-. Nos aportan menos de lo que nos cuestan. Sin ellos, podremos soportar durante más tiempo esta época de necesidad, hasta que lleguen tiempos mejores.

- ¿Quieres decir?-le preguntó el rey-. ¿No habrá otra solución? Yo ya no tengo padre, pero pedir a mis súbditos que se deshagan de ellos no va a ser fácil.

-Apele a su egoísmo, sire. Dígales que, sin los ancianos, los jóvenes podrán vivir mejor, más libres, sin tantas obligaciones… Y disponiendo de muchos más recursos…  Le escucharán, ya lo verá… Además, vos sois el rey… No deis opción, dad la orden si queréis salvar vuestro trono.

Salvar el trono, la corona sobre su cabeza, las monedas de sus arcas… Eso sí que caló en el alma del soberano, y ordenó que se desterrara a todos los ancianos de su reino.  Algunos jóvenes lloraron al separarse de sus padres, otros suspiraron aliviados al deshacerse de aquellos que les habían criado pero que ahora requerían de sus cuidados… Sólo un soldado, Senectus, hizo algo a lo que nadie más se atrevió porque estaba castigado con la tortura y posterior ejecución: ocultó a su anciano y enfermo padre en el desván de su casa, en un cuarto secreto, y siguió ofreciéndole sus cuidados y brindándole su afecto… Cuidando, eso sí, de que nadie se percatara de su presencia.

Tras el éxodo de los ancianos, el rey exigió el de los enfermos incurables, y más tarde el de los niños… Aportaban menos de lo que producían, eran una carga para las personas y para las arcas del tesoro… Los ciudadanos, liberados del gasto y del esfuerzo de cuidar y mantener a quienes habían estado bajo su cuidado, relajaron sus costumbres y disminuyeron también su eficiencia y cantidad de trabajo… Sólo se preocupaban por su propio disfrute, hacían pivotar su vida alrededor de su goce inmediato, pues nada les empujaba a trascenderse… Con lo que la recaudación de impuestos, en contra de los cálculos de tan previsor consejero, disminuyó sustancialmente…  Agravando las dificultades de la monarquía.

Pero el momento crítico llegó cuando la sequía asoló el reino, y las cosechas murieron quemadas por el sol…  No había nada que comer, no había salario que cobrar, ni impuesto que pagar. La pobreza se extendía por el reino y, con ella, se encendía la mecha de la rebelión. Conscientes de que la situación se estaba volviendo explosiva, el rey y su consejero tomaron una decisión desesperada: reunieron a su ejercito y exigieron a sus soldados que trajeran comida -de donde fuera- en el plazo de una semana… Si no querían ser inmediatamente ejecutados. El miedo y la desesperación se reflejaba en la mirada de todos, gobernantes y gobernados…

Senectus llegó a casa con el rostro desencajado y su padre, que le conocía, se percató de su preocupación.

-¿Qué te sucede, hijo mío?- le preguntó.

-El monarca nos ha dado un ultimátum: o traemos comida o seremos ejecutados… Pero los campos están secos y los de nuestros vecinos también, nuestros hogares carecen de alimentos… Ni el trabajo, ni la conquista ni el saqueo pueden liberarnos de la condena… He estado hablando con mis compañeros, y sólo nos cabe la huida o la muerte.

-Puede haber otra solución- respondió el anciano-. Cuando, hace unos sesenta años, la sequía asoló estas tierras, recuerdo que un viejo sabio nos ofreció una solución al hambre que jamás se le habría ocurrido a nuestras por aquel entonces jóvenes mentes… “Seguid a las hormigas hasta sus despensas, son muy numerosas en estas tierras, y se aprovisionan de trigo para pasar todo el invierno…”. Seguidlas, hijo mío, acceded a sus depósitos, y encontraréis el alimento del que depende vuestra vida. Haz caso a un anciano que no tiene fuerza pero sí experiencia, recuerdos y saberes que se perdieron con el paso del tiempo.

Senectus no lo dudó, presentó a la mañana siguiente como suya la ocurrencia y todos los soldados se pusieron a cavar donde había hormigueros… Encontrando las reservas de trigo de las que les había hablado su compañero.  Llenaron varios sacos y los presentaron al rey, que no salía de su asombro.

- ¿Dónde habéis hallado el trigo?- preguntó con curiosidad.

- De los hormigueros- respondió el General de todos los ejércitos.

-¿De los hormigueros?- inquirieron al mismo tiempo el monarca y su consejero.

-Sí, fue una extraña pero exitosa idea de uno de nuestros soldados, majestad.

-Traedlo a mi presencia- exigió el asombrado rey.

Una vez Senectus llegó frente al trono y se postró ante él, oyó la pregunta de su soberano:

-¿Cómo se te ocurrió tan feliz idea, soldado?

-Temo responderos por miedo al castigo, sire- contestó Senectus.

-Si me respondes la verdad, prometo ante todos que no habrá represalia alguna contra ti. Más bien te concederé aquello que pidas.

-No deseo nada más que cumplir con mi deber y protegeros a vos y a vuestros súbditos, majestad. La idea que a todos nos ha salvado de la hambruna no ha sido, en realidad, mía… Sino de mi anciano padre que vive oculto en una habitación secreta que se encuentra en mi casa. Cuando disteis la orden de exiliarlos, no pude alejarme de él: precisaba de mis cuidados para sobrevivir, y yo de su afecto, cariño y enseñanzas para no perderme a mí mismo… Así que os desobedecí y le oculté. Y, pese a haber compartido con él mi mantel, he trabajado duro y he ganado en riqueza y alegría en estos tiempos gracias a su consejo y apoyo, mientras que la pobreza y la tristeza han ido asolando a todos mis vecinos.

No hizo falta decir más.  En ese mismo instante, la venda que había cubierto los ojos del monarca con sus exactos cálculos, con sus valoraciones de ingresos y gastos, cayó al suelo y le permitió comprender que la realidad, la vida, está compuesta por mucho más que fríos números. No todo puede cuantificarse, lo más importante escapa a la cantidad: la experiencia, el cariño, el calor de una sonrisa, el apoyo, la misericordia, la magnanimidad, la preocupación por el otro… Todo eso no forma parte de la cuenta de resultados, no puede introducirse en en libro de ingresos y gastos… Pero es imposible obtener beneficio o éxito alguno si se carece de todos esos tesoros que nos hacen más humanos y felices.

Una nueva orden fue emitida desde palacio: todos los exiliados podían volver a sus hogares, y un consejo de ancianos substituiría al joven consejero que, con su frialdad e inexperiencia, había estado a punto de sumir al reino en la más oscura de las tinieblas.

No tomemos por lastre, lo que es en realidad una joya. No nos deshagamos de aquello que supone un tesoro para el presente y futuro de nuestra existencia. No nos dejemos llevar por la comodidad y el egoísmo: los ancianos, los enfermos y los niños deben ocupar un lugar de privilegio en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestras sociedades… Si es que queremos vivir en un mundo cada vez más humano, justo y solidario. De lo contrario, se cumplirá la profecía de Hobbes y los hombres nos volveremos lobos para el hombre… Hambrientas fieras que nos depredaremos unos a otros, animados por un egoismo sin límite ni freno.

Aprendamos de los cuentos, despertemos: cambiemos la mentalidad del depredador por la del jardinero… Sólo así haremos de esta árida tierra un nuevo jardín del Edén.


on Wednesday, May 8, 2013
Aquel quince de abril de 1963 era lunes. Al parecer un lunes sin más, laborable, primaveral y soleado como tantos otros del año. Precisamente el día anterior había sido el aniversario de la muerte de Lincoln, y faltaban pocos meses para que el mundo se paralizara de terror al presenciar, atónito e impotente ante las pantallas del televisor, el tiroteo y muerte en blanco y negro de otro atractivo Presidente americano, joven, eficaz  y luchador que, no hacía tanto, salía airoso de uno de los más terribles episodios de la llamada guerra fría que a punto estuvo de mandarnos a todos al garete, y que fue  conocido popularmente como “ el asunto de los misiles cubanos”.

El Papa bueno, y además valiente, acababa de publicar la que sería su última encíclica “Pacem in Terris”, que no solo hablaba de paz, sino de justicia social, derechos laborales, presencia de la mujer en la vida pública y un largo etcétera de asuntos aún pendientes pero no por ello menos necesarios  para la convivencia entre seres humanos, y que no estaría de más releyéramos en estos turbulentos tiempos del nuevo siglo en el que el exclusivo y excluyente protagonismo de ruina económica y de quiebra de valores que nos toca vivir, nos hace olvidar otras épocas duras y difíciles en las que a fuerza de ilusión, empeño y sacrificio conseguíamos cada día y entre todos rehacer los pedazos de una España mermada y sufrida, silenciosa en su tarea cotidiana de reinventar la concordia y conservar la paz.

A España llegaba precisamente ese lunes el embajador de Estado Unidos ante la Onu Adlai Stevenson, quien había jugado un importante papel en la crisis de los misiles antes mencionada, y mientras, las gentes hablaban del pabellón español que el arquitecto Carvajal diseñaba para la Feria de Nueva York que, a bombo y platillo, se inauguraría el año próximo; o de los nuevos estudios de Televisión Española levantados en las afueras de Madrid,- para más señas en Prado del rey, Pozuelo de Alarcón-, para sustituir al modesto chalet del Paseo de la Habana de entrañable recuerdo.

Por nuestras tierras del norte, ese mismo 15 de abril, el movimiento Embata presentaba el primer partido político abertzale que sería disuelto once años después, y el Nodo nos mostraba, a toro pasado, el Paseo de las Ramblas, al que los barceloneses se acercaban multitudinariamente el Domingo de Ramos para escoger y comprar en los puestos del tradicional mercado de palmas  provenientes de Elche, aquella que en forma lisa, rizada o de solapa, pequeña, grande o mediana, con motivos florales, o cualquier otro que la imaginación de los ilicitanos hubiera podido fabricar, les acompañara y fuera bendecida en la Misa dominical, y colocada después en los balcones, engalanados así  para recibir una vez más las procesiones de Semana Santa 

Sin embargo, todo eso eran noticias que poco interesaban aquel día a nuestros protagonistas en la bendita tierra valenciana que les vio nacer. Aquél, no solo era para ellos un Lunes de Pascua, festivo y jacarandoso, radiante de luz. Aquella era, nada más y nada menos, que la fecha  de su boda, una boda deseada, querida y preparada con ilusión alegría, esperanza y esa extraña mezcla de ansiedad y temor ante un futuro por tejer en el que el destino  jugaría también su propio, misterioso e inevitable papel.

Concha abrió los ojos y de un salto se plantó en mitad de la habitación. No era un sueño. Allí estaba su vestido de novia, sus zapatos de satén y el velo de tul desmayado en la cómoda como sin querer. Entró en el baño humeante y el olor a lavanda envolvió cada uno de los poros de su piel joven caliente y morena. Ya despierta y sonriente entró en la cocina donde  una cohorte de mujeres parlanchinas trajinaba los desayunos o maquillaba y vestía a las mujeres de la familia. Reían nerviosas las solteras, y sonreían cómplices las casadas, mientras la abuela, que ya apenas oía y la Tata que no paraba de llorar, preparaban vasos de Cola-Cao; untaban la nata de la leche recién hervida sobre el pan tierno, lo espolvoreaban de abundante azúcar y se lo ofrecían a los chiquillos, que iban apareciendo adormilados, a medio vestir o a medio peinar, escondiendo las manos llenas de petardos, que el tío Rufo les acababa de dar.

En casa de Vicente, los hombres  sentados en el comedor en mangas de camisa, daban buena cuenta del almuerzo. No faltaba nunca en casa de los Sanchís el embutidito de Onteniente, los tomates carnosos, la tollina de sorra del Cabañal, los dátiles, las hogazas recién salidas del horno, el pan quemado, las rosquilletas y los dulces; los buñuelos; las valencianas, las ensaimadas, el bizcocho de Doña Matilde, el café humeante y las jícaras de jugo de naranja junto a alguna botella de anisete, que acompañaban cada uno de los festejos que, ya en vida del bisabuelo Pacorro, se celebraran ruidosamente en aquel hogar. En el día de hoy las risas, y los chascarrillos al novio se multiplicaba en un ambiente de franca camaradería y cordialidad. Matilde -madre y madrina-, iba y venía, pendiente del reloj, rellenando tazas, trayendo tostadas y sacando sillas,  hasta que dieron las diez en el viejo carillón de la antesala.

“Chente -susurró a su hijo- avisa que quien quiera comulgar tiene que terminar ya el desayuno,  que yo me voy arreglar. No le gustaba nada a la buena señora ese modernismo que había desterrado de un plumazo el reglamentario ayuno de “toda la vida” de 12 horas antes de  la Comunión. Aceptaba que los demás lo practicaran pero, eso sí, sin pasarse de rosca que para eso estaba ella allí.

Entre dimes y diretes  las horas iban pasando. Nervioso y puntual Vicente, ofreció el  brazo a su madre y ambos bajaron al patio donde varias vecinas esperaban desde hacía rato. Su padre salió del imponente automóvil del tío Paco para abrir la puerta a la madrina y al novio. Eran las once y media del primer día del resto de una vida que sería larga y fructífera, pero eso… lo sabría Vicente muchos años  después.

Curiosamente, Concha llegó al Patriarca sin la tardanza propia del caso, tan solo cinco minutos después de que lo hiciera el novio. La Plaza rebosaba de pamelas, tocados, sedas, plumas y adornos multicolores, las alhajas robaban destellos al sol de mediodía y el aroma de Valencia, que de indescriptible duele, inundaba la mañana abrileña. Cientos de personas risueñas y en franca algarabía abrían sus brazos para saludar a unos y a otros y lentamente iban llenado la Iglesia.

La habitual penumbra del Colegio Seminario del Corpus Christi, “su” Patriarca en el que tantas veces Concha se refugiaba, había desaparecido con el fulgor de cientos de luces prendidas para la ceremonia. Ciertamente había perdido esa intimidad de la que ella solía gozar pero la belleza de los murales espléndidos; la bóveda que los cobijaba; la barandilla de bronce que daba acceso al altar y sobre todo su querido lienzo de La Última Cena se mostraban en todo su esplendor.

La joven se sujetó con fuerza al brazo de su padre aspiró profundamente y notó que algo no había cambiado esa mañana, como casi siempre, olía dulcemente a incienso. Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron amorosamente con los de Jesús de Nazareth a los acordes de la sempiterna marcha nupcial de Mendelsohn.

15 de abril de 2013: Santos Anastasia y Telmo.

Aunque todos con sus mejores galas, no habría más de cuarenta personas esperando en la estrecha acera de la Avenida del Puerto valenciana. Un incesante ir y venir de coches y el paso apresurado de los viandantes indicaba que aquella hermosa mañana de abril no tenía en sí nada que la hiciera parecer festiva. También era lunes, pero no de Pascua, y la fecha seguía siendo 15 de abril.

Concha y Vicente llegaron a la Iglesia minutos antes de comenzar la ceremonia. Ella comentó: “¡Quien lo habría de decir, nos casamos en la Iglesia del Patriarca fundada por Juan de Ribera, y cincuenta años después estamos ante esta pequeña Iglesia de San Juan de la Ribera! ¿Qué os parecen las cosas que trae la vida?”.

Todos cupieron en el Altar sabiamente dispuesto por el Párroco-amigo con la ayuda de hijos y nietos. Cuando se hubieron acomodado los presentes, entraron Concha y Vicente caminando juntos por el pasillo de la iglesia vacía, a los acordes de la marcha nupcial. Ella más hermosa si cabe que hacía cincuenta años, con la cabeza inclinada como una novia tímida y enamorada, Él con esa mirada franca abierta y un pelín irónica a la ya que nos tiene acostumbrados. El silencio se podía cortar con un cuchillo y la emoción contenida iba formando parte de la ceremonia como una invitada más. Sus tres nietos se intercalaron entre ellos, sus hijos a la derecha del altar, y en breves instantes se resumieron cincuenta años de luchas, de esfuerzos, de entregas, de renuncias, de amor inmenso, de llantos y de risas; de “si no te quisiera tanto” y” de ya no puedo más”… Pero habían podido. Allí estaban las dos generaciones que ellos trajeron al mundo y cuidaron luego con el mayor esmero permitiendo que en el momento oportuno echaran a volar. Allí estaban presentes en su corazón los suyos que ya partieron y los que seguían con ellos y entonces, sólo entonces, fueron conscientes de su reciedumbre y de lo arduo de la tarea que acababan de culminar.

Concha levantó la cabeza y miró a Vicente. Ahí empezaba el resto de su vida, una vez más. El Sacerdote decía: ”…y a los Santos patronos Anastasia y Telmo”. Los dos sonrieron. Habían conseguido llegar a celebrar este día único y hermoso y después de cincuenta años multiplicando panes y peces, ya nadie podría separarlos, y juntos beberían por siempre el vino santo de Caná.

Por Elena Méndez-Leite

on Friday, February 8, 2013
LA FUNCIÓN DE LAS LEYES EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

La última cuestión de fondo que subyace en el debate en torno al “matrimonio homosexual” y a su regulación legal es, precisamente, el de para qué sirven las leyes, el de cuál es su función en una sociedad democrática.

En la ya famosa sentencia del TC sobre el “matrimonio homosexual” los magistrados hacen referencia a dos nociones que me parecen importantes: la idea de que el texto constitucional debe ser interpretado a la luz de los problemas y las circunstancias actuales para no convertirse en letra muerta, y el convencimiento de que la ley debe doblegarse a la realidad social, a la estadística.  Vayamos por partes porque la cuestión es más importante y profunda de lo que parece… 

Ya lo he dicho alguna vez pero voy a repetirme: me gusta la etimología porque arroja luz sobre el sentido último de las palabras y los conceptos.  El Derecho –pues de eso es de lo que se trata aquí- es la versión española del adjetivo latino directus, equivalente a rectus, participio pasivo del verbo regere, que significa regir, dirigir hacia lo recto, hacia el Bien propio y el Bien común.  Para lograrlo, el poder político legislativo recurre a la ley escrita, a la ley positiva en la que se fundamenta el corpus legal, a la concreción normativa que será exigible –y normalmente exigida- de modo coactivo por las fuerzas del Estado.

Sin embargo, la pregunta que quiero plantear es: ¿la justicia de la ley depende de la voluntad o capricho del legislador, o más bien nace de la adecuación de aquella a la naturaleza propia del ser humano, a la sintonía con la Verdad de las cosas?  Ese es el debate filosófico-jurídico existente entre los partidarios del positivismo jurídico y los del iusnaturalismo, debate que considero necesario acercar a todos aquellos que no son juristas pero que se ven afectados por el mismo…  Y en el que voy a tomar posición y parte.

Me alineo con una posición de carácter iusnaturalista (que afirma que una ley sólo es justa cuando lleva al hombre a la perfección que le es propia) porque la considero más humanista, prefiero la preocupación y adecuación de la ley a la naturaleza humana y a su vía propia de desarrollo que su sometimiento a la voluntad (e ideas, e intereses) de unos pocos, de los legisladores…  Prefiero someter el Derecho al modo de ser (a la naturaleza) de todos los hombres, y no al de una minoría.

Porque en el positivismo –tan de moda- las leyes dictadas por el legislador, por el poder político, acaban expresando la voluntad del gobernante, no tienen más límite ni valor que el que se fundamenta en la fuerza coercitiva que es capaz de aplicar el que manda… Nos sitúan, por tanto, ante un poder político basado en la Potestas (en la fuerza) y no en la Auctoritas, en la sintonía con la Verdad…  Y ante unas leyes volubles… Tan volubles y sujetas a cambio como sujeto a cambio esté el que detenta el poder…  Y eso es peligroso, como lo es la razón de estado, como lo es todo poder ilimitado…  De eso saben mucho quienes han vivido el siglo XX, con sus luces y sombras.

Desde el iusnaturalismo, en cambio, se defiende que la ley escrita debe ser la concreción al caso específico de la ley natural, de los principios, bienes y valores que se derivan de la naturaleza de las cosas –especialmente del ser humano- y que, por ello, la ley no debe ser dictada por una voluntad caprichosa sino descubierta e interpretada por una mente y una voluntad preocupadas por la Verdad, por el Bien y por el pleno desarrollo del ser humano, facilitándole los medios y el camino para que cada uno pueda llegar a ser aquello que está llamado a ser.

En este sentido, no es la ley la que debe doblegarse a la situación social, a la estadística, sino que hay que tratar de adecuar la sociedad a ese estado ideal que es propuesto y defendido por la ley como valioso.  Es ese valor educativo de la norma el que preserva realmente la paz.  Una paz que nace del interior del ser humano y que, por mucho que lo intentemos, jamás podrá ser impuesta desde fuera.

Es con esta concepción del poder político y del Derecho con el que yo me siento más cómodo e identificado, con el que somete la Potestas a la Auctoritas, el que conduce al cumplimiento de la ley no sólo por miedo a la coherción sino por la interior aceptación y reconocimiento de sus principios y valores, el que no sólo vence sino que convence porque resulta una concreción razonable en la norma positiva, escrita, de los valores o principios generales propuestos por ese Derecho Natural que se deriva de las características propias de un profundo conocimiento del ser humano.

No creo en el sometimiento del hombre a la ley, sino en la adecuación de la ley a la Ley, al Ser Humano (con mayúscula), a la mejor imagen que podamos lograr de nosotros mismos.  La ley es para el hombre y no el hombre para la ley…  Más nos vale no olvidarlo.  Nuestra libertad y felicidad dependen de ello.


CONCLUSIONES

Tras una semana reflexionando y escribiendo sobre el “matrimonio homosexual”, ha llegado el momento de sintetizar mi posición.

Partamos de mi valoración de la homosexualidad: más allá de la tendencia, no creo que la homosexualidad sea algo que viene determinado genéticamente como el sexo biológico…  No hay pruebas al respecto, y sí indicios en sentido contrario.  Sin embargo, sí parece tener gran influencia en su desarrollo el medio en el que uno se desenvuelve y la propia voluntad.

Yo no soy homosexual, ni me he propuesto serlo porque, aunque defiendo la androginia originaria del ser humano –la coexistencia en una misma persona de lo masculino y lo femenino en el estado edénico- no creo que la homosexualidad tenga nada que ver con ello sino que, por el contrario, supone una forma limitada de nuestra naturaleza…  Empezando por nuestra naturaleza sexuada.

Yo no sé para ti, pero para mí el sexo es algo importante, muy importante. Y éste sólo puede vivirse plenamente (en sus cuatro vertientes: lúdica, relacional, procreativa y simbólica, espiritual o trascendente) en el marco de una relación heterosexual.

Así que no puedo valorar positivamente la homosexualidad ni apoyar la promoción de la misma, aunque es ese profundo respeto por la naturaleza humana el que me lleva –a un tiempo- a criticar la homosexualidad (la tendencia y conducta) y a tolerar y defender al homosexual (a la persona).

Todos debemos ser respetados en atención a nuestra dignidad humana, y no concibo por tanto aquellas legislaciones en las que se criminaliza la homosexualidad.  Pero tampoco me parecen bien aquellos regímenes en los que trata de convertirse la homosexualidad en norma, en conducta a promocionar… No es mi ideal de ser humano ni de sociedad, qué le vamos a hacer.

Y como que además estoy convencido de la influencia del medio en el desarrollo de la homosexualidad, no soy tampoco partidario de la adopción por parte de parejas homosexuales (entre otras cosas porque es el hijo el que tiene derecho a tener unos padres que le ofrezcan los medios para desarrollar plenamente su personalidad, y entiendo que eso es favorecido por la presencia de un padre y una madre ni del empleo de lenguajes ni figuras jurídicas que puedan dar lugar a la confusión.

Cuando era estudiante de Derecho, aplaudí la aprobación de las normativas sobre parejas de hecho en la que se reconocían derechos de carácter social y sucesorio a parejas homosexuales… Encontré –y encuentro- que es de justicia cubrir esas lagunas… Pero cuando escucho a los ultras de uno y otro sentido peleando por el término matrimonio, tras recordar que la palabra no es la cosa y que el lenguaje debe servir para entendernos y no para confundirnos, acabo alineándome con quienes defienden el dar un nombre distinto a las uniones homosexuales para reconocer las diferencias existentes entre las parejas homosexuales y las heterosexuales… Diferencias que existen… Pese a quien le pese.

Quiero que las parejas homosexuales tengan una cobertura legal, quiero que puedan vivir su opción sexual con tranquilidad y respeto… Pero quiero que se llame a cada cosa por su nombre, y que no se utilicen las palabras para crear confusión. La palabra no es la cosa. Pero cada cosa tiene un nombre, y “matrimonio” no es el que corresponde a una unión estable de carácter homosexual… Diga lo que diga el Tribunal Constitucional. Aunque, para qué mentir, poco me importa lo que diga, no encuentro que sea sede de Autoridad ninguna… Picapleitos con altavoces mediáticos, chupatintas de la ley que olvidan a menudo que ésta, para ser justa, debe atender a nuestra naturaleza. Así nos va… A ver cuánto duran, ellos y la Constitución que tan alegremente interpretan.


on Thursday, February 7, 2013
Esta cuestión es una de las que más habitualmente crea conflictos al tratar de dialogar en torno al “matrimonio homosexual”, y encona las posiciones en torno al mismo. De hecho, en más de una ocasión he oído y leído el razonamiento de “a mí me parece bien que hagan lo que quieran con sus vidas, no tengo nada contra los homosexuales… Pero no quiero que se les permita casarse porque el siguiente paso será el exigir el derecho a adoptar, y eso ya afecta a una tercera persona… Que además es menor”.

Esa simple frase, que supongo que también tú habrás escuchado en alguna ocasión, contiene mucho más de lo que parece: comienza manifestando una valoración negativa de la homosexualidad (a la que se tolera en atención al respeto a la libertad humana), a continuación se relaciona el matrimonio con el “derecho” a adoptar (¿están realmente relacionados? Y, ¿es realmente la adopción –o la maternidad/paternidad- un derecho?) y, finalmente, se pone indirectamente sobre la mesa la cuestión de si tener unos progenitores homosexuales puede influir o condicionar la orientación o elección sexual del menor.

Como que ya tratamos sobre la valoración de la homosexualidad anteayer, no voy a volver sobre el tema…  Me remito a las reflexiones de entonces.

Hoy vamos a centrarnos en las siguientes cuestiones relacionadas con la paternidad/maternidad y la adopción:

1. ¿El hecho de que se califique como “matrimonio homosexual” a ciertas uniones estables de parejas del mismo sexo va a tener como consecuencia que puedan adoptar a menores?

2.  ¿Es la paternidad, la maternidad o la adopción un derecho de los padres? ¿O más bien son los hijos quienes tienen derecho a tener unos padres con ciertas obligaciones hacia ellos?

3.  ¿Existe una relación entre tener un modelo paterno homosexual y el desarrollo de una orientación o elección sexual de este tipo?

Vamos allá:

1. ¿El hecho de que se califique como “matrimonio homosexual” a ciertas uniones estables de parejas del mismo sexo va a tener como consecuencia que puedan adoptar a menores?

Quienes valoran negativamente la homosexualidad y además temen –racional o irracionalmente, no importa ahora- que el tener unos padres homosexuales pueda condicionar la sexualidad de sus hijos, tienen auténtico terror a que las parejas del mismo sexo puedan adoptar. Lógico. Y, por ese motivo, su visión del asunto se tiñe de un color muy concreto: cualquier acción o reivindicación por parte de los colectivos homosexuales es interpretado como una maquinación de un lobby que pretende acabar con la noción tradicional de familia, imponiendo sus postulados al resto de la sociedad.

Sin negar la innegable existencia del críticamente denominado “lobby rosa” cuya radicalidad es semejante a la de los más salvajes homófobos, hay que diferenciar las cuestiones estratégicas de las conceptuales. Si hay un lobby (sea rosa o de cualquier otro color) que hace presión para imponer sus posiciones tratando de manipular a las personas, uno puede –y, en mi opinión, debe- oponerse a su maquinaciones. Pero en esa labor de oposición uno debe mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por la demagogia de los unos y de los otros.  Hay cuestiones que pueden estar relacionadas, que pueden formar parte de una misma estrategia planificada… Pero que no son consecuencia directa la una de la otra. Y eso es lo que sucede, en mi opinión, entre la idea del “matrimonio homosexual” y el acceso legal de sus miembros a la adopción.

Aunque se reconozca el “matrimonio homosexual”, esa calificación no tiene por qué suponer inmediatamente el acceso al proceso de adopción. Del mismo modo que para proteger los intereses del menor se establece que los adoptantes (por muy casados que estén) deben tener al menos 25 años (y, en todo caso, 14 años más que el adoptado), que deben tener capacidad para ejercer la patria potestad, que no deben tener una enfermedad grave que les vaya a impedir ocuparse del adoptado, que no deben tener antecedentes penales… etc., podría establecerse como condición para la adopción –si es que nos parece mal lo contrario- que la pareja sea heterosexual. ¿Es o no es factible?

Considero, por tanto, que el hecho de que el Tribunal Constitucional haya apoyado la idea del “matrimonio homosexual” no tiene por que implicar, ipso facto, el acceso a la adopción por parte de estas parejas.

Sin embargo, sí que me temo que el lobby homosexual va a aprovechar esta denominación para exigir que se les permita adoptar, alegando que por ser “matrimonio” merecen disponer de los mismos derechos que los matrimonios heterosexuales porque, de lo contrario, nos encontraríamos ante un acto de discriminación… Y eso no es verdad, es una falacia.

Aunque a los dos se les dé el nombre de matrimonio, sus apellidos son distintos: homosexual y heterosexual…  Y eso justifica que sus efectos no sean idénticos (como sucede también con el matrimonio religioso y el civil, que tienen efectos parecidos, pero no idénticos… Sin que nadie se plantee que eso es discriminatorio).

Para concluir este primer apartado, clarifico mi posición: intelectualmente tengo claro que el hecho de que se denomine “matrimonio” a la relación estable entre dos personas del mismo sexo no tiene por qué acarrear el “derecho” de la misma a adoptar. Sin embargo, me temo que un planteamiento estratégico tratará de emplear una falacia para presionar en este sentido, aprovechando el reciente pronunciamiento del Tribunal Constitucional respecto al “matrimonio homosexual”.

2.  ¿Es la paternidad, la maternidad o la adopción un derecho de los padres? ¿O más bien son los hijos quienes tienen derecho a tener unos padres con ciertas obligaciones hacia ellos?

Ésta es una cuestión que me “calienta”, más allá del debate sobre el “matrimonio homosexual” que nos ocupa.  Cada vez que escucho la frase “me apetece tener un niño” o “tenemos ganas de tener una niña”…  Me enciendo por dentro.

Tengo claro y asumido que vivimos en una sociedad basada en el tener más que en el ser, una sociedad eminentemente capitalista y consumista, pero me revelo cuando percibo que esta civilización del tener nos lleva a desear y a poseer a las personas como si fueran cosas…  ¡Que un hijo no es un capricho, una mascota ni un gadget!

A día de hoy, hay quien instrumentaliza a sus hijos tomándolos como medio para su propia satisfacción emocional o personal…  Del mismo modo que antaño había quien quería tener muchos hijos para disponer de una mayor mano de obra para labrar el campo, o de un mayor número de guerreros para defender la patria, o de un mayor número de fieles creyentes para convertir o evangelizar el mundo… ¿Nos parecen fatal estas cosas y no nos cuestionamos la indecencia del primer planteamiento? Toda instrumentalización del ser humano al servicio de los intereses de otra persona, institución o idea es una inmoralidad, un signo de la ceguera propia del iluminado o del egoísta.

El ser humano no tiene “derecho” a tener hijos… Más bien es al contrario: tenemos necesidad y derecho a tener padres, y a que éstos se responsabilicen de habernos traído a la existencia, ofreciéndonos todos los medios materiales, emotivos, educativos y espirituales necesarios para nuestro pleno desarrollo.  Ser padre es una responsabilidad, no un derecho.

Y si la valoración que uno hace de la homosexualidad le lleva a pensar que ésta no fomenta el pleno desarrollo de la persona, no resulta incoherente, irracional ni discriminatorio respetar “el matrimonio homosexual” pero, al mismo tiempo, defender que estas parejas no puedan acceder a la adopción para defender el derecho al pleno desarrollo personal de los niños.

3.  ¿Existe una relación entre tener un modelo paterno homosexual y el desarrollo de una orientación o elección sexual de este tipo?

Ante esta tercera cuestión se me plantea un dilema prácticamente insalvable: he encontrado tantos estudios que defienden la profunda influencia de los progenitores homosexuales en la configuración de la sexualidad de los hijos, como estudios de signo contrario que afirman que no hay relación alguna entre la homosexualidad de los padres y la orientación y elección sexual de los hijos. ¿Errores de método, intereses de grupo o ineptitud? De veras que no lo sé.

Sin embargo, mi sentido común (y mi propia experiencia) me lleva a pensar que la importancia y la influencia de los progenitores en la mentalidad, personalidad y hábitos de sus hijos son muy profundas.  No determinantes, está claro, pero sí muy profundas.

Por este motivo encuentro razonable que, ante una valoración negativa de la homosexualidad, se proponga aplicar el criterio de prudencia.  Esto es, ante la duda sobre la influencia existente entre la sexualidad paterna y la de los hijos, mejor apliquemos el criterio de máxima protección para el menor… Negando el acceso de las parejas homosexuales a la adopción.

A medida que avanzamos en las 5 cuestiones de fondo que se encuentran entre las bambalinas del debate sobre el matrimonio homosexual, observamos algo que ya anunciamos en la introducción a estos artículos: todos estos temas están profundamente relacionados, se sustentan unos sobre otros, y por ello su importancia resulta capital en este debate.

Nuestra visión de la sexualidad humana condiciona nuestra valoración de la homosexualidad y del matrimonio; éstas, a su vez, van a influir profundamente en nuestra opinión sobre la adopción por parte de parejas homosexuales… Y esto, por último, nos llevará a plantearnos cuál es la función de la legislación en una sociedad democrática (tema sobre el que trataremos mañana)…

Pero en el fondo de todos los razonamientos se encuentra nuestra idea del ser humano y de su naturaleza…  Principio y fin de todas nuestras propuestas… Motor de todos mis escritos, y de todas vuestras lecturas. Sigamos puliendo juntos nuestra piedra bruta, sigamos trabajando para llegar a ser quienes podemos y debemos llegar a ser.


on Wednesday, January 30, 2013
Va resultar difícil que lleguemos a un punto de encuentro respecto al “matrimonio homosexual” si no nos ponemos de acuerdo, antes, en nuestro modo de entender y valorar sus principales elementos constitutivos: el matrimonio y la homosexualidad. Sobre ésta última ya tratamos ayer así que hoy vamos a tratar de dar unas pinceladas sobre los distintas visiones que existen en la actualidad sobre el matrimonio, y la influencia que tienen sobre el debate que nos ocupa: el del “matrimonio homosexual”.

No voy a realizar una aproximación histórica al matrimonio, no creo que sea el momento de hacer arqueología conceptual sino de observar, sintetizar y valorar qué se entiende a día de hoy por matrimonio, y que queremos que se entienda por tal el día de mañana.

Una de las prácticas que me parecen más adecuadas para realizar una primera aproximación a un concepto es la de atender a su etimología. Aunque la palabra no es la cosa al nombrar, al dar un nombre a la cosa, tratamos de definir de algún modo su esencia, su naturaleza última.  Así, leemos en Wikipedia que:

El origen etimológico de la palabra matrimonio como denominación de la institución bajo ese nombre no es claro. Se suele derivar de la expresión “matris munium” proveniente de dos palabras del latín: la primera “matris“, que significa “madre” y, la segunda, “munium“, “gravamen o cuidado”, viniendo a significar “cuidado de la madre”, en tanto se consideraba que la madre era la que contribuía más a la formación y crianza de los hijos. Otra posible derivación provendría de “matreum muniens”, significando la idea de defensa y protección de la madre, implicando la obligación del hombre hacia la madre de sus hijos.

Para efectos de mayor comprensión de la expresión “matrimonio” en su aspecto etimológico es importante tener presente que, en muchas de las lenguas romances, es válido el concepto del contrato de matrimonio considerado por el Derecho Romano, que tiene su fundamento en la idea de que la posibilidad de ser madre, que la naturaleza da a la mujer núbil, la llevase a procrear una familia. En contraste con ese concepto occidental se puede mencionar el caso del idioma árabe, en el que es entendido como «contrato de coito» o «contrato de penetración», según la traducción de la expresión عَقْد نِكاح (`aqd nikāḩ) al español.[cita requerida] Con todo, el término más usado en árabe para referirse a esta institución es زَواج (zawāý), que literalmente significa «unión, emparejamiento».6

Más allá del debate de los lingüistas, queda claro que el matrimonio tiene que ver especialmente con la mujer y con la maternidad… Aunque la aproximación a las mismas pueda diferir notablemente en el matrimonio natural, el civil y el religioso… Tres escalones o niveles ascendentes en que se irá añadiendo sentido a esta institución que ya los romanos (Modestino) definían como “la unión de hombre y mujer en comunidad plena de vida y en comunicación del derecho divino y humano”. A efectos meramente didácticos, podemos sintetizar las principales visiones tradicionales del matrimonio en tres grandes clasificaciones:

1. EL MATRIMONIO NATURAL: Lacruz Berdejo –referente del Derecho Civil Español- afirma que “no es el matrimonio una creación técnica del Derecho, sino una institución natural que el Derecho positivo se limita a contemplar, reconocer y regular. (…)  Como institución natural el matrimonio tiene unos fines también naturales: procreación y educación de la prole; y amor conyugal; los cuales exigen unos presupuestos –distinto sexo, un mínimo de exogamia- y unos caracteres –unidad e indisolubilidad- igualmente naturales.  Sin embargo, por razones y consideraciones contingentes y muy variadas, los Derechos positivos se han apartado, en mayor o menor grado, de estos predicados naturales”.

Este eminente letrado –pese a su calidad como abogado- no tiene reparo en manifestar que el matrimonio es una institución cuya fijeza y cuyas leyes no dependen de la elección humana (Sheed) porque se trata de una institución natural que se encuentra inscrita en el fondo del alma humana, grabada en nuestro corazón, como medio para nuestro desarrollo y perfeccionamiento.

En este sentido, la “naturalidad” propia del matrimonio se encuentra en que la unión estable de una pareja resulta un elemento imprescindible para el mutuo conocimiento, para que crezca el amor entre ambos, para que se ofrezcan mutuo auxilio, para que surjan proyectos comunes y para que los hijos que nazcan como fruto de su amor tengan un paraguas que les proteja, esto es, una familia que los ame, los atienda, los forme, los eduque y los lleve a ser la mejor imagen de sí mismos.

2.  EL MATRIMONIO CIVIL:  El Derecho positivo -esto es, la Ley- no hace más, en cuanto al matrimonio, que tratar de regular los derechos y obligaciones que deben derivarse de esa relación o institución natural para que pueda desplegar todos sus efectos y alcanzar todos sus fines. Esto explica que un cambio en la noción de la naturaleza del matrimonio produzca cambios en su regulación legal (como está sucediendo en la actualidad), así como la evolución que ha experimentado la legislación a lo largo de la historia, al tratar de ir protegiendo –de un modo cada vez más completo- a los bienes especialmente protegidos dentro del matrimonio, a los generalmente más débiles: a la esposa y a los hijos.

Respecto al matrimonio natural, esta visión del matrimonio añade la consideración de esta institución desde su vertiente social o política. Así, la visión civil del matrimonio presta especial atención a la influencia de éste en la estructuración, cuidado y desarrollo de la sociedad de la cual es germen, institución fundante para muchos. En nombre no sólo de la naturaleza del ser humano sino del interés de la sociedad, se protege y regula el matrimonio desde el Poder… En nombre del bien de los contrayentes, de sus hijos, y del resto de los ciudadanos.

3.  EL MATRIMONIO RELIGIOSO:  La visión religiosa del matrimonio añade un tercer nivel de sentido a esta institución al definirla como un sacramento (de sacrum-facere, hacer sagrado). Así, esa unión estable de la pareja ya no se limita a la cuestión del cuidado y desarrollo de la propia naturaleza, ni a un interés social, sino que se interpreta como una vocación, como una forma de vida establecida por Dios para que algunas personas lleguen a Él a través del ser amado…  Una auténtica vía espiritual.  Como decía Thibon: “el auténtico amor nupcial acoge al ser amado no como un Dios, sino como un don de Dios”.

En mi opinión, estas tres visiones del matrimonio deberían mantener una relación de subordinación en el sentido de que el nivel más elevado (que, tal y como yo lo entiendo, es el de descubrir una vía de desarrollo espiritual en la vida marital y en la paternidad) debería acomodarse a una protección civil –de articulación y defensa social o comunitaria- y ésta, a su vez, debería respetar la naturaleza propia del ser humano, de sus necesidades y de sus relaciones amorosas para poder ser, a su vez, un matrimonio auténticamente civil y religioso.  Así, ni concibo ni respeto (respecto al matrimonio como respecto a tantas otras cosas) norma religiosa que atente contra la naturaleza individual o social de la persona, ni norma civil que se enfrente a la naturaleza humana o a su vertiente espiritual, ni una visión del ser humano que no permita un armonioso desarrollo civil y espiritual.

Una vez más, me niego a renunciar a la profundidad. ¿Por qué quedarnos en un primer nivel –el de las necesidades naturales o afectivas- cuando a través del matrimonio podemos satisfacer también necesidades sociales y espirituales?

Veamos ahora, brevemente y por separado, cuáles son esas necesidades que satisface el matrimonio, y cuáles son los medios o características que considero que debe tener para lograrlo.

En cuanto a las necesidades, el matrimonio satisface, como mínimo:

1.  La necesidad de amar y de sentirse amado, de superar el egoísmo y darse a otro, de dar y de recibir, de descubrirse en el rostro ajeno, de crecer personalmente mediante la generosidad, la donación y la entrega.

2. La necesidad de desarrollo de las propias cualidades y potencialidades a través del soporte, ánimo, ejemplo y consejo de un ser amado que se preocupa por tu felicidad tanto o más que por la suya propia.

3. La necesidad de una estructura estable para poder desarrollar proyectos comunes, especialmente respecto al cuidado y a la educación de los hijos fruto del amor de los esposos.

4. La necesidad de proteger a los más desvalidos, especialmente los niños, cuando necesitan de los cuidados y la experiencia de sus mayores.

5.  La necesidad de crear unos lazos especialmente profundos entre las personas que, por vía de parentesco, devienen familias, clanes, pueblos, ciudades…  Sociedades.

Y, para lograr satisfacer estas necesidades personales, sociales y espirituales, el matrimonio debería tener –al menos- las siguientes características:

1. Libertad de los contrayentes
2. Estabilidad
3. Afecto mutuo
4. Convivencia
5. Voluntad de entrega y de desarrollo recíproco
6. Una cierta exogamia

Quien haya leído mis posts anteriores dedicados a los cinco debates de fondo sobre el “matrimonio homosexual” (http://meditacionesdeldia.wordpress.com/2012/11/12/cinco-debates-de-fondo-sobre-el-matrimonio-homosexual-introduccion/) probablemente percibirá que también en esta cuestión estoy repitiendo el mismo esquema que emplee para tratar de la sexualidad y la homosexualidad: atender a la que entiendo que es la naturaleza humana y extraer de ella sus enseñanzas y concreciones prácticas para este asunto concreto.

En el fondo, entiendo que el matrimonio es la institucionalización, la estructuración formal, de la profunda y fecunda relación que es simbolizada por la sexualidad entendida en su interpretación más elevada y acorde con la naturaleza humana.  Y, del mismo modo que me parecía una castración el restringir la sexualidad a su carácter biológico (dejando al margen su componente afectivo, emocional y simbólico o espiritual) me parece también una mutilación el considerar el matrimonio como un mero contrato, como una mera comunidad de intereses, como un mero acuerdo temporal para compartir mesa, cama y techo.

En una época en la que se ha puesto a nuestro alcance una figura jurídica como la “pareja de hecho”, las “uniones estables de pareja” o como queramos llamarlas -con un éxito y aceptación realmente importante en nuestra sociedad- me parece una auténtica frivolidad el convertir el matrimonio en un sinónimo de estas relaciones, deshaciéndose de su vertiente trascendente, olvidando su naturaleza última y privándolo –por tanto- de la defensa de parte de los bienes que le deberían ser anexos.

Independientemente de lo que digan las Leyes y las Iglesias, somos los esposos quienes vivimos nuestros matrimonios.  Y en nuestro día a día se encuentra su concreción.  Y en ella reside el futuro del matrimonio como institución…  Le pese a quien le pese.

Por eso considero de especial interés dedicar un tiempo a estas reflexiones, a pensar nuestras relaciones, nuestros intereses, nuestros afectos, nuestros proyectos, nuestras familias, nuestros matrimonios…  A pensarlos para tratar de vivirlos mejor.  Porque eso es la auténtica Sabiduría, el conocimiento aplicado a obtener la felicidad a través de una vida lograda y buena.