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on Monday, December 16, 2013
La víspera de Reyes de hace 300 años en la preciosa casona del Fontanet, situada a caballo entre Monforte del Cid y Novelda que, aún hoy, conserva su señorío y buen estado de conservación, todo era bullicio y algarabía. El tiempo amenazaba lluvia y doña Violante se había puesto de parto. La noble señora había casado en segundas nupcias con Don Bernardo, también viudo, aportando entre los dos varios hijos a su nuevo estado, pero este pequeño que peleaba ahora por asomarse al mundo, era el primer hijo del actual matrimonio, ansiado y esperado con renovada ilusión en su madurez, y al que aún seguirían otros dos; Margarita y Bernardo, que habría de nacer ya fallecido su progenitor.

Las mujeres de la familia aguardaban pacientes en la planta baja rezando por el feliz desarrollo del parto, no sin dejar de probar las deliciosas rosquillas regadas con el oloroso anís de la casa. Los hombres apuraban sus cigarros en la espaciosa sala, ojeando a través de los balcones de hierro forjado el tiempo cambiante, y hablando de mil y un asuntos, mientras escuchaban el silbido del viento, el crepitar de la lumbre y las subidas y bajadas de las mozas con toallas, ungüentos varios y risas entrecortadas.

A pocos kilómetros de esas tierras duras del Vinalopó, las playas de Alicante veían embravecerse por momentos la mar Mediterránea en un cambio de humor inusitado. Ella de por sí tan serena, tan suave, tan calmada, parecía querer extenderse entre olas de romería por los campos cercanos hasta llegar a la casa solariega, para dejar su beso enamorado en la cuna de un niño, que ya hombre, se adentraría en sus aguas, marinero de soles y de lunas, descubridor de rutas y pescador de ensueños imposibles que, solo su inteligencia preclara unida a su constancia y dedicación absolutas, llegarían a convertir en realidad.

Pasó Jorge su niñez feliz y acomodada, le gustaba la gramática y por ella parecía que se iba a decantar, pero la vida tiene sus caprichos no siempre gratos y, al morir su padre prematuramente, fue su tío Cipriano, Caballero de la Orden de Malta, quien lo llevó con él a Zaragoza para que ingresara, con tan solo doce años en esa Orden religiosa y militar. Allí se formó durante cuatro largos cursos de esfuerzo y sacrificio que incluyeron su  embarque en galeras, emblemáticos navíos del mediterráneo que desde la batalla de Lepanto surcaban sus  aguas, costeando con maestría y facilitando el apresamiento de los piratas berberiscos que se multiplicaban por doquier en aquellos tiempos.

Al cumplir los dieciséis regresó a España y comenzó en Cádiz sus estudios en la Real Compañía de Guardias Marinas, reservada por aquel entonces a los nobles e hijosdalgos. Durante varios años recibió formación militar realizando prácticas de armamento, construcción naval y maniobras que combinaba con estudios de Matemáticas, Geometría, Trigonometría, Cosmografía, Náutica, Fortificación y Artillería, amenizados con clases de danza, esgrima e idiomas. ¡No podemos olvidar que estamos inmersos en pleno siglo de la Ilustración!

Aprobados las disciplinas correspondientes, Jorge embarcó en los buques de la Armada durante un largo período, participando en cuatro campañas contra los berberiscos; en la batalla de Liorna, en la reconquista de Orán y en la campaña de Napoleón. Fue entonces cuando decidió contra viento y marea, que la mar sería la más fiel y única compañera de vida, a la que amaría con devoción.

Una epidemia de tifus a punto estuvo de mandarlo al otro mundo cuando apenas contaba veinte años de edad, pero una vez restablecido, la mente inquieta y privilegiada del joven oficial de marina, espoleada por el ansia de saber, buceaba en los textos científicos con acendrada curiosidad. Si la mar era su pasión, la tierra y su mágico entorno de múltiples luminarias desconocidas ocupaba gran parte de su estudio y dedicación.

Por aquél entonces, y debido a que la hipótesis del inglés Newton del achatamiento de los polos terrestres comenzaba a ser fuertemente rebatida por los astrónomos franceses, la Academia de ciencias de Paris decidió tomar cartas en el asunto, ya que el exacto conocimiento de la forma y dimensiones de la tierra tenía un alto interés para la navegación y la cartografía, entre otras materias, por lo que propuso acometer dos expediciones. Para la primera, que había de llevarse a cabo en el Virreinato del Perú, hubo de solicitar del monarca español Felipe V autorización para enviar un equipo de expertos científicos galos que dieran comienzo a  los trabajos de medición de un gran arco de meridiano en la línea ecuatorial en América del Sur, en el actual Ecuador. Al tiempo que otra segunda se dirigiría a Laponia, para efectuar idénticos trabajos cerca del círculo polar procediendo a contrastar posteriormente ambos resultados.

Aceptó el monarca, a condición de que dos españoles se unieran al proyecto y, tras intensas deliberaciones, los guardiamarinas Antonio de Ulloa y Jorge Juan y Santacilia fueron los elegidos. De esta manera nuestro alicantino partió de nuevo allende los mares, con la ilusión propia de los pocos años, y sin pensárselo dos veces, ignorando las penalidades que habría de soportar en un arduo trabajo de investigación, a menudo interrumpido por los requerimiento del Virrey para que Ulloa y él mismo se ocuparan de la defensa de las costas del Pacífico frente a los ataques de la flota inglesa. Cerca de nueve años duró este cometido, que sin duda fue el reto científico más relevante y original de mediados del siglo de las Luces, mientras que la expedición a Laponia apenas invirtió tres años y confirmaba la tesis de Newton de que la Tierra era, efectivamente, una esfera achatada por los polos.

A su regreso, habiendo informado al Marqués de la Ensenada de sus logros y, tras recibir el encargo del Ministro de escribir los nueve tomos de las “Observaciones Astronómicas y Phisicas, hechas de orden de su Magestad en los reynos del Perú. De las quales se deduce la figura, y magnitud de la Tierra, y se aplica a la navegación”, mientras que su compañero Ulloa se encargó de otros cuatro sobre la Relacion Historica,Geográfica y Etnográfica del Viage a la America Meridional, decidieron publicarlo de forma conjunta, aun antes de que los eruditos franceses terminaran sus informes y así, este episodio de la vida de Jorge Juan daría origen a la relación prolongada con el Marqués de la Ensenada, Consejero real y a la sazón ministro plural de Hacienda, Guerra y Marina e Indias, que supo ver en el joven investigador una serie de cualidades que sobrepasaban el terreno científico y marinero, lo que tendría una relevancia significativa en el desarrollo personal y profesional del insigne noveldense.

El preclaro Ensenada conocedor de que la Marina era la clave para el dominio colonial español y la defensa de las costas peninsulares ante los ataques británicos y franceses, puso las bases para la recreación de la armada española que, en la primera mitad del siglo XVIII, mostraba una situación penosa, sin apenas recursos y con buques insuficientes y envejecidos, e impulsó a su vez el comercio con las colonias de América. Decidido a acabar con el monopolio de Indias, y eliminar la abusiva corrupción del mundo colonial con una serie de reformas. Conocedor de que este empeño naval precisa para su desarrollo del conocimiento y la aplicación de cuantas novedades y adelantos técnicos circularan por Europa, sobre todo aquellos que tuvieran relación con la mejora y modernización de la Armada y de sus arsenales, solicitó la colaboración de Jorge Juan al que envía a Londres en una misión de auténtico espionaje industrial, para que recabe los informes pertinentes y conozca a fondo a los mejores técnicos navales del momento.

Como anticipándose a las obras de Le Carré el ilustre marino, ahora espía, contó en Londres con instrucciones secretas, textos cifrados, identidades falsas y toda una serie de artimañas y tretas con las que consiguió información detallada de las máquinas de vapor y planos completos de piezas de buques puesto que Juan había constatado que los barcos ingleses eran más ágiles y veloces, necesitaba aplicar a las naves patrias el estudio y conocimiento de las mismas elaborando un nuevo método de construcción de buques, fundamentado no sólo en la práctica sino en el cálculo matemático y en los principios de la Física aplicados al desplazamiento de los barcos en el agua.

En otro orden de cosas adquirió también matrices para elaborar tipos de imprenta, consiguió la fórmula del lacre, y hasta detalles técnicos de la fabricación del paño inglés. Adquirió libros e instrumental científico para el Colegio Imperial de Madrid; la Academia de Guardias Marinas de Cádiz; el Colegio de Cirugía de esa ciudad y otras varias instituciones. Pero su logro más audaz fue la contratación de técnicos y especialistas en construcción de buques y otros elementos, como jarcias o lonas, a quienes trasladó a España con sus familias, y con su ayuda escribió en Madrid el Nuevo método de construcción naval, en el que aplicó, además, sus conocimientos de mecánica, hidráulica y cálculo diferencial e integral.

Será con el resultado de esta exhaustiva investigación de Juan, como Ensenada proyecte y haga realidad la construcción de una flota española digna, con un aumento de más de 60 navíos de línea y 65 fragatas, y un incremento del Ejército de tierra en 186.000 soldados y de la Marina en 80.000.

En 1750 a su regreso de Gran Bretaña nuestro ilustre marino pasó unos años en Ferrol, Cádiz y Cartagena donde planeó y construyó distintos arsenales y constantes fueron sus viajes por toda la península, revisando yacimientos mineros, y complejos siderúrgicos que compatibilizaba desde 1751, con sus tareas de capitán de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz. Ya en 1753 creó, el Observatorio Astronómico gaditano, concebido como institución aneja a la Academia para el adiestramiento e instrucción de los cadetes.

El respaldo de Ensenada, otorgándole plenos poderes para dirigir la actividad docente de la Academia, permitió a Jorge Juan poner en práctica todas las reformas proyectadas, redactar e imprimir en ella nuevos manuales y textos científicos sin necesidad de obtener la censura previa, siendo su Compendio de Navegacion para el uso de los Cavalleros Guardias Marinas, publicado en 1757, el primer libro salido de dicha imprenta. Otras obras de nuestro sabio insigne fueron Disertacion sobre el meridiano de demarcacion entre los dominios de España y Portugal, también en colaboración con Ulloa. Noticias secretas de América, y su obra cumbre en dos volúmenes; Examen Maritimo Theórico Practico, o Tratado de Mechanica aplicada á la Construccion, Conocimiento y Manejo de los Navios y demas Embarcaciones. Todas ellas fueron conocidas y valoradas más allá de nuestras fronteras, lo que le valió ser nombrado miembro de distintas Academias de Alemania, Francia, Gran Bretaña y Suecia entre otras, mientras que, por fortuna, también fue profeta en su tierra y en 1754 se le nombró ministro de la Real Junta de Comercio y Moneda; en 1765, académico honorario de la Academia de Agricultura de Galicia; al año siguiente embajador extraordinario ante el Sultán de Marruecos, firmando en 1767 el primer Tratado de Paz y Comercio que la Corona española establecía con un país musulmán, y ese mismo año alcanza el honor de ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

De regreso a la Corte, en 1770, fue nombrado director del Real Seminario de Nobles de Madrid, donde permaneció hasta su  cristiana y dolorosa muerte en 1773.

No abundan las referencias sobre la personalidad de Jorge Juan Santacilia, pero resultan enriquecedoras las consideraciones que hizo de él su discípulo Benito Bails pocos años después de su muerte  y que rezan así:

"Era de estatura y corpulencia medianas, de semblante agradable y apacible, aseado sin afectación de su persona y casa, parco en el comer, y por decirlo en menos palabras, sus costumbres fueron las de un filósofo cristiano. Cuando se le hacía una pregunta facultativa, parecía en su ademán que él era quien buscaba la instrucción. Si se le pedía informe sobre algún asunto, primero se enteraba, después meditaba, y últimamente respondía. De la madurez con que daba su parecer, provenía su constancia en sostenerlo. No apreciaba a los hombres por la provincia de donde eran naturales; era el valedor, cuasi el agente de todo hombre útil.”

En 1790 Carlos III, el mejor alcalde de Madrid, comenzó la fundación del Real Observatorio matritense que Jorge Juan había considerado imprescindible para el control del extenso imperio de ultramar. Convencido el rey de su utilidad, encargó la construcción de un telescopio reflector al astrónomo músico y descubridor del planeta Urano, el alemán William Herschel, así como el diseño del edificio que Villanueva acometió en las cercanías del Parque del Retiro, enviando a su vez a diferentes astrónomos a países como Francia y Gran Bretaña, cuyos observatorios llevaban en funcionamiento desde el siglo XVII, para que profundizaran en los conocimientos apropiados al futuro desempeño de sus funciones. Jorge Juan había conseguido así su último propósito, aun cuando ya no pudiera verlo.

Recientemente en Madrid y con motivo de los actos conmemorativos de su III Centenario, en el Cuartel General de la Armada, cerca de la calle que lleva su nombre y presidido por el Almirante General Jefe de Estado Mayor de la Armada, ha tenido lugar una hermosa ceremonia castrense en la que un puñado de civiles, hombres y mujeres de bien, han jurado lealtad hasta la muerte a la Bandera de España. En el emotivo Homenaje a los Caídos mientras se escuchaba en impactante silencio los acordes del himno “La muerte no es el final”, he recordado con lágrimas en los ojos a Jorge Juan Santacilia, el hombre sabio que abandonó sus tranquilas tierras alicantinas para, aliento tras aliento,  desprenderse de todo lo que  no fuera entregar su vida y obra al noble empeño de engrandecer su patria. 

Por Elena Méndel-Leite

Documentación:


on Monday, November 25, 2013
“Se encontraron las tinieblas
y fueron a tientas al mediodía
como si fuese de noche”
Job, V, 14.


En la España que ve asomarse con temor el final del año 2011 nadie parece ser capaz, o no quiere, juzgarse a sí mismo o a sus conciudadanos de acuerdo con criterios morales, y ello a pesar de que en lenguaje imperante de la corrección política, compartido por empresas, instituciones públicas y partidos, no deja de apelarse constantemente a los códigos éticos y de buenas prácticas de todo tipo, unos códigos de los que todo el mundo habla y en los que parece que nadie en realidad cree.

Y es que, en realidad, parece ser un sentimiento socialmente compartido que todo el mundo actúa persiguiendo sus propios intereses en un juego en el todo puede llegar a valer como estrategia, en el que todo se puede manipular a la hora de hablar para justificar cualquier postura, y en el que parecen haber desaparecido los hechos, puesto que, en nombre de unos principios supuestamente democráticos, se sostiene la idea de que todo el mundo tiene derecho a opinar lo que quiera de todo lo que desee, porque todas las opinones son sagradas e igual de respetables, no existiendo en realidad los hechos, ya que todo puede interpretarse de mil maneras distintas. No deja de ser curioso que, en un país en el que los medios de comunicación son cada vez menos libres y están cada vez mas condicionados por los intereses económicos y la sumisión a los poderes políticos, se quiera dar la impresión de que todo el mundo tiene acceso a una esfera de la opinión que en realidad ha dejado ya de existir, asfixiada por los lemas vacíos de los partidos políticos, los sofismas baratos de decenas de tertulianos y supuestos analistas que copan con éxito todos los medios de comunicación, dejando la verdad, la realidad y los hechos ocultos bajo la espesa capa del silencio.

Decía Thomas Jefferson en una carta a Edward Carrington del día 10 de enero de 1787: “si me dieran a elegir entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un instante en escoger lo segundo” (Gardner, 2011, p. 51). Tenía razón, pero al contrario que en su época lo que ahora ocurre en España y sus universidades es que los gobiernos y los periódicos son lo mismo, puesto que quienes ejercen el poder no sólo consiguen constantemente ahogar la opinión, sino ocultar la verdad.

En las universidades españolas del crepúsculo del año 2011 podríamos decir que son ciertas dos célebres frases: la del Qohelet, (9, 10), cuando este sabio judío afirmaba que “mucha sabiduría conlleva mucha aflicción y quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor”, y la de un mujer judía alemana de fines del siglo XVIII, Rahel Varnhagen, que decía que: “la verdad es muy difícil de encontrar y además hay que ocultarla (Arendt, 2000).

Hoy, día 24 de noviembre del año 2011, se publica en la prensa una sorprendente noticia. En Afganistán, una mujer violada por un hombre casado es juzgada y acusada de adulterio, aunque puede redimir su pena casándose con su violador. Está claro que esta sentencia es una auténtica burla al derecho y a la dignidad humana, pero por desgracia el modo de razonar en que se basa es absolutamente habitual en nuestra sociedad y en nuestras instituciones. España no es Afganistán, a pesar de que, según se dice, sus tropas junto con muchas otras han conseguido instaurar allí una democracia y salvaguardar la libertad y los derechos humanos. En España no podría pasar esto porque difícilmente lo toleraría la opinión pública, a pesar de estar acostumbrada a escuchar algunas sorprendentes sentencias judiciales. Pero en España, en sus debates políticos, en sus medios de comunicación y en muchas de sus instituciones a veces se razona formalmente también así.

Si una mujer que se acuesta con un hombre casado es una adúltera, nuestra víctima lo es, claro está, si prescindimos de los hechos y las circunstancias y obviamos la violación, pero como la ley es la ley, si quiero puedo aplicarla utilizando una verdad a medias, porque así me conviene. En las formas actuales de la argumentación pública los hechos se utilizan parcialmente, de forma artera, cambiándose los argumentos en cada caso. Lo que vale para uno no vale para otro. Lo que dice un político sobre el mismo hecho cambia según esté en el gobierno o en la oposición y todo es revisable, opinable y manipulable, porque parece haber desaparecido el respeto a la verdad y todo parece haberse convertido en una ficción, en la que nadie es responsable de nada.

Decía Fréderic Bastiat que “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo” (“L’État”, en Journal des Débats, 25-IX-1848, p.3 9). Si era verdad en su época, cuando el Estado era muy pequeño en poder económico y político, ahora lo es aun mucho más en todas y cada una de sus partes. Y es que es un sentimiento compartido en España que todo se puede conseguir del Estado, siendo los destinatarios de sus beneficios los partidos políticos los empresarios y en menor medida los ciudadanos, a los que no deja nunca de recordárseles que están viviendo gracias al Estado del bienestar.

La política y las instituciones públicas españolas parecen ser sólo un campo de juego en el que sobreviven mucho mejor los tahures ventajistas, ya sean grandes o pequeños banqueros, empresarios pillados o no in fraganti en redes de corrupción, o simples maquiavélicos provinciales, locales o institucionales, cuyo mayor timbre de gloria es ser capaces de agotar toda su inteligencia en el tejido y destejido de redes y tramas económicas o institucionales de todo tipo.

En este mundo sobreviven los que se creen mejores por ser más capaces de maniobrar, y el único patrón moral que comparten es el logro de su éxito, ya que todos ellos se creen plenamente legitimados para moverse en un tablero de juego en el que ya nadie es responsable de los fracasos ni de los daños causados a los demás o a las instituciones públicas, puesto que los beneficios que cada cual se apunta siempre serán privados: sólo los daños son públicos y compartidos.

En la moral y el derecho son esenciales las nociones de responsabilidad y la de culpa. La responsabilidad y la culpa son básicamente individuales, pero pueden darse casos en los que surja una auténtica culpa colectiva, como cuando toda una nación o una sociedad, con su silencio, su cobardía y su complicidad facilita que se cometa un crimen de grandes dimensiones y consecuencias irreparables. Este fue el caso del Holocausto, tal y como señaló el filósofo alemán Karl Jaspers (Jaspers, 1947), quien acuñó el concepto de Schuldfrage o culpa colectiva del pueblo alemán, de sus jueces, militares, policías, médicos, empresarios, profesores y muchos ciudadanos de a pie que ampararon con su complicidad y su silencio, e incluso justificaron y negaron, una catástrofe de la que fueron espectadores y cómplices.

España no es Afganistán, y en ella no se está practicando un genocidio, claro está, pero sí que se está viviendo una gran crisis económica, social e institucional, una crisis en la que el primer muerto ha sido la verdad, de la que hasta ahora se decía que era la primera baja que se producía cuando estallaba una guerra real.

Y esa verdad desaparecida en el fragor de la crisis y silenciada por todos ha caído hace años en primera línea también en la universidad española, lo cual sería lógico si consideramos que no es más que un parte de la sociedad. Sin embargo, este caso es mucho más grave si tenemos en cuenta que en las universidades la verdad debe buscarse y enseñarse. Y aunque sin duda muchos siguen haciendo esto en su trabajo a nivel individual, sin embargo parece haberse dejado de hacer a nivel colectivo, es decir, en lo que se refiere a los discursos públicos que las universidades y sus gobernantes ofrecen sobre sí mismos.

La pérdida del respeto a la verdad, omnipresente en el discurso que la universidad ofrece sobre sí misma, va a la par de la idea de que en las universidades no hay ninguna responsabilidad institucional, ningún inocente y ningún culpable. Sus supuestos éxitos se exhiben al público con técnicas de marketing de vendedor de feria, sus fracasos se ocultan o se atribuyen a los demás: a los políticos, si son del partido contrario, a la economía, a la falta de interés de los estudiantes, a la incomprensión de la sociedad, etc.

En la universidad nadie es responsable de ningún fracaso. Si un rector deja su universidad endeudada hasta las orejas, la culpa será de un sistema de financiación insuficiente – cosa que ocurre en general a todos los endeudados, ya que sus gastos son mayores que sus ingresos -, pero los endeudados normales acaban viviendo en la calle, las empresas endeudadas van a la quiebra y sus trabajadores al paro. Sólo las universidades endeudadas en España pueden seguir proclamando en sus balances contables su absoluta falta de responsabilidad, pues sus rectores saben que sus sueldos seguirán asegurados y sus funcionarios – de momento- no van a ser despedidos.

La ausencia de responsabilidad y consecuentemente de culpa de quienes vienen gobernando las universidades españolas en las últimas décadas es más fácil de comprender si tenemos en cuenta que no son responsables de sus actos en el terreno económico, como ocurriría si dirigiesen empresas y las llevasen a la quiebra. Las universidades se rigen por el derecho administrativo, que cubre las responsabilidad personal en el ejercicio de la función pública, lógicamente excepto en los casos en los que se incurra en responsabilidad penal o en falta disciplinaria. Y como los rectores españoles – de acuerdo con la ley – son las más altas autoridades sancionadoras en el campo disciplinario de sus propias universidades, siendo sus resoluciones solo recurribles en la jurisdicción contencioso-administrativa, consecuentemente disfrutan de un gran margen de inmunidad, lo que explica la libertad que a veces pueden tomarse en el ejercicio de sus cargos, justificándose a veces todo lo que creen que pueden hacer en nombre de la autonomía universitaria (un derecho constitucional que debería amparar a las universidades frente a un control ideológico que curiosamente sus propios gobernantes intentan implantar cada vez más).

La sensación de impunidad que se vive en la universidad española es meramente subjetiva, porque en España sí que existe un estado de derecho que regula el ejercicio de la responsabilidad pública y privada cuando es sabido y llega a hacerse público el incumplimiento de las leyes. Con el fin de intentar evitar que esto llegue a producirse, quienes gobiernan intentan desesperadamente controlar la opinión pública en el seno de sus instituciones, e influir además en la opinión pública general a través de los políticos. En esta labor nuestros gobernantes académicos han sido unos auténticos maestros, intentando convencer a la sociedad española de que sin las universidades, tal y como ellos las conciben, el país entero se hundirá, razón por la cual se merecen continuar siendo financiados del mismo modo en un época de crisis global que en una de abundancia, lo que lleva a que reclamen que se amorticen sus cuantiosas deudas a costa de las arcas públicas.

Dicen nuestros rectores que las universidades crean el conocimiento y que el conocimiento es riqueza, por lo cual hay que poner en sus manos cada vez una riqueza mayor, ya que en manos de estos supuestos reyes Midas todo lo que toquen se convertirá en oro. Sin embargo ocultan, a pesar de que lo saben, pues son personas cultas, inteligentes y bien formadas – o al menos deberían serlo -, que eso que ellos tan machaconamente afirman no es verdad en modo alguno.

En contra de lo que parecen querer decir, se puede afirmar que no hay una clase de conocimiento – siempre convertible en dinero -, sino muchas, y un descubrimiento científico sólo creará riqueza si pasa a formar de un proceso productivo en el que alguien consigue que ese conocimiento con alguna aplicación técnica concreta funcione como parte de un capital empresarial. Pero para que eso sea cierto el conocimiento se tiene que convertir primero en propiedad de alguien, que será quien legitimamente obtenga beneficios de él. Y los propietarios de las empresas, en nuestro mundo, no son las comunidades académicas ni la sociedad en general, sino los empresarios, razón por la cual nuestras autoridades académicas los admiran cada vez más, aspirando en algunos casos a convertirse en uno de ellos, pero eso sí, sin dejar el seguro castillo de la función pública, desde el que predican sus alabanzas a favor del mercado libre y la empresa privada.

Las universidades españolas no sólo no crean riqueza, sino que básicamente la consumen, consumen la renta del Estado, y parecen creer que al Estado todo el mundo le puede dar, continua y legalmente, sablazos, aunque sólo muy pocos puedan hacerlo a gran escala. Las universidades españolas triplicaron su financiación para la investigación en el mismo periodo de tiempo en el que se gestó y estalló la burbuja inmobiliaria. Es cierto que no son responsables de ella, aunque se financiaron con la alegría de los fondos públicos que en parte esa burbuja generó, pero también lo es que no han sido ni serán capaces de crear otro tejido productivo alternativo gracias a su labor investigadora, para que se pueda absorber los millones de parados de un país en el que la mano de obra no cualificada aun sigue siendo esencial.

Del mismo modo, también es cierto que en su discurso las autoridades académicas confunden el conocimiento con las meras publicaciones en revistas científicas reconocidas (unas revistas que son un gran negocio para sus editores, nunca españoles, que sí son empresarios de verdad). Los universitarios españoles viven en gran parte al margen de la realidad y por ello confunden su sistema de honores académicos, al que han convertido en un suma y sigue de cientos de papers, con la acumulación de capital y riqueza en el mercado productivo, en el que no vivieron ni viven, y cuya implacable dureza sólo sabrán apreciar si algún día, para su desgracia, tienen que vivir en él. Mientras tanto se conformarán con seguir pidiendo dinero.

Pero en España llegó un momento en el que la renta pública se vio seriamente comprometida, en el que se alzaron unas amenazantes tinieblas y en el que nuestros sonámbulos académicos tuvieron que comenzar a andar a tientas en pleno día. Ese momento es ahora mismo. ¿Cómo están reaccionando ante él? Pues negando la realidad y siendo incapaces de ver que es básicamente su torpeza la causa de sus males, pues como decía el viejo Cicerón, “omnia malorum stultitia est mater” (Rhetorica ad Herennium, II, 2).

Nadie parece querer saber qué es lo que está pasando en la universidad española, la única institución del país en la que al parecer todo estaba bien. La institución que había conseguido desarrollar la más alta cota de autotestima colectiva en España, un país aficionado a denigrarse a sí mismo, por otra parte. Y es que ¿cómo puede pasar algo si todo estaba bien, si todos lo hacían todo bien, si todo lo malo venía de fuera? ¿Cómo es posible que en ese mundo perfecto y feliz en el que todo parecía estar tan bien para todos, aunque para algunos todo estuviese mucho mejor que para los demás, algo estuviese yendo mal? ¿Cómo es posible que en ese mundo en que muchos se sentían tan a gusto porque se sentían muy reconocidos en sus méritos y en algunos casos recompensados en sus bolsillos, oscuras nubes de tormenta amenazasen el horizonte? No podía ser posible, ya que por supuesto todos somos inocentes, no existe ningún culpable y nadie hizo nada mal, porque la responsabilidad y la culpa no existen. Nadie pudo casi nunca hablar de nada verdaderamente negativo, y por eso se llegó a creer que todo estaba marchando muy bien. Y eso fue posible gracias al gigantesco silencio colectivo que cubrió las universidades españolas a partir del primer mandato de J.L. Rodriguez Zapatero, sólo interrumpido esporádicamente por el eco de algunas palabras sueltas que apenas resonaban al caer en el pozo de ese silencio.

Pero lo cierto es que sí existen la responsabilidad y la culpa. En el mundo hay inocentes y culpables. Hay personas que toman decisiones y otras que sufren sus consecuencias, y si algo tendría que enseñar la universidad es a ver cómo ocurre eso en la realidad, cómo se puede analizar, cómo se puede prever, y si es posible corregir las consecuencias de los errores de quienes la gobiernan.

Situándonos en este punto de vista moral, que no es más que el de cualquier ciudadano consciente y de cualquier profesor responsable, a continuación pasaremos a enumerar las responsabilidades políticas y morales cuya dejación ha permitido que las universidades españolas hayan llegado a la situación en la que están en la víspera de su reconversión, transformación o remodelación.

En las universidades españolas han sido culpables y responsables colectivamente de su crisis:

1)- Los rectores, como máximos responsable académicos de cada universidad y del conjunto del sistema universitario español, por las razones siguientes:

a)- por olvidar que las universidades públicas, financiadas por el Estado, son un servicio público destinado a la formación de los ciudadanos, y consecuentemente que en ellas la función docente es prioritaria y esencial, teniendo que estar la función investigadora integrada en ella.

b)- por haber entrado en una competencia disparatada e irresponsable entre ellos a la hora de la implantación de titulaciones, cayendo en una lucha de todos contra todos y buscando como fin prioritario favorecer el crecimiento de su propia universidad a costa de todas las demás.

c)- por haber administrado de modo poco responsable sus ingresos, cayendo en el endeudamiento y considerando prioritarios gastos no esenciales, partiendo siempre del principio de que el dinero público es inagotable y que su institución es merecedora de grandes cotas de él.

d)- por primar los intereses de promoción académica personal del profesorado y los funcionarios frente a las necesidades reales del servicio, generando en muchos casos plantillas – sobre todo de profesores – hinchadas, desequilibradas entre áreas y campos y cada vez menos funcionales.

e)- por generar un discurso falso de la universidad como empresa, contradicho en su labor diaria por su propia formar de entender y gobernar a sus propias instituciones.

f)- por permitir, en aras de ese discurso, la progresiva intromisión de bancos y empresas en las universidades, favoreciendo los intereses de los mismos, que pueden ser legítimos, a costa de los de su propia institución.

g)- por hacer entrar a las universidades en todos los juegos políticos partidistas, favoreciendo las rivalidades locales, autonómicas o de otro tipo.

h)- por subordinar en algunos casos su cargo a su futura promoción política o empresarial, lo que pudo condicionar el ejercicio del mismo, aun respetando la legalidad de sus actuaciones.

i)- por crear a sabiendas sistemas de control enormemente costosos, pero ineficaces, concebidos por mimetismo con la empresa privada, y por destinar partidas presupuestarias cada vez mayores a ellos, junto con las plantillas de profesores y administrativos necesarios para ponerlos en funcionamiento.

j)- por admitir un doble discurso y una doble moral, en el que lo que se afirma por una parte se niega por otra, en aras de justificar unas situaciones de hecho y el mantenimiento de determinados sistemas de privilegios institucionales y personales.

k)- por haber asumido, alabado, ampliado y consolidado el discurso político y económico que hizo posible la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, al someterse a los intereses particulares de los partidos y algunas empresas

l)- por contribuir a crear un ambiente general de control y asfixia de la opinión académica y generar sistemas de incentivos que favorecen la sumisión de profesores, funcionarios y estudiantes.

m)- por contribuir a generar, mantener e incrementar un caos normativo, del que son plenamente conscientes, pero que defienden porque amplía su libertad y capacidad de maniobra.

2)- Los profesores como colectivo son responsables y culpables.

a)- por haber abandonado su responsabilidad institucional y su espíritu critico.

b)- por avalar y justificar con su silencio colectivo la situación global de hecho.

c)- por su creencia de que expresarse de modo crítico – lo que es no solo su derecho, sino también su obligación – podría perjudicar su carrera profesional.

d)- por su sumisión a cualquier tipo de autoridad académica, racional o no.

e)- por su docilidad en admitir todo tipo de criterios de valoración de su investigación y su docencia, aun sabiendo que suelen ser arbitrarios y ajenos al desarrollo del verdadero conocimiento científico.

f)- por practicar una doble moral, siendo conscientes de todos los males de su institución pero admitiéndolos, comprendiéndolos y justificándolos bajo una sonrisa.

g)- por pretender buscarse soluciones personales dentro de sus universidades, en las empresas o en la política, pero sin dejar nunca sus puestos de funcionarios.

h)- por asumir una supuesta reforma de la docencia y la investigación sin denunciar sus defectos, de los que son plenamente conscientes.

i)- por hacer dejación de su responsabilidad institucional permitiendo la creciente ineficacia en el ejercicio del gobierno, y siendo conscientes y consintiendo que se esté produciendo la promoción de personas cada vez menos aptas.

j)- por renunciar a crear un discurso público alternativo y crítico sobre su institución, al contrario de lo que ocurre en los principales países desarrollados.

k)- por abandonar la solidaridad con sus compañeros y su institución, creyendo que cada uno de ellos podrá salvarse individualmente a costa de todos los demás.

l)- por asumir activa o pasivamente el seudo-discurso empresarial sobre la universidad creado por las autoridades académicas y políticas.

3)- El personal de administración y servicios como colectivo es responsable y culpable, aunque en mucha menor medida:

a)- por aceptar un juego sindical y profesional en el que la promoción individual puede llegar a hacerse al servicio de unos pocos y en contra de los intereses de su propia institución.

b)- por asumir pasivamente el discurso creado por las autoridades académicas y hacer dejación de sus responsabilidades como funcionarios públicos críticos y ciudadanos responsables.

c)- por permitir la degradación de la actividad sindical que ha llevado a convertir a los principales sindicatos en defensores acríticos de determinados intereses, en muchos casos, e instrumentos de promoción política de algunos de sus miembros.

4)- Los estudiantes como colectivo son responsables y culpables en menor medida:

a)- por hacer dejación de su función crítica.

b)- por entrar de buen grado en los juegos de intereses de profesores y autoridades académicas cuando participan en órganos colegiados de gobierno, a pesar de que acaban siendo, por lo general, víctimas de esos mismos juegos.

c)- por creer que su promoción como futuros profesores e investigadores en la propia universidad ha de hacerse a costa de los demás y mediante un mecanismo de sálvese quien pueda, favorecido por sus propios profesores.

d)- por admitir de modo ciego todo el discurso universitario sobre el valor de la investigación y la docencia, de las que se están beneficiando cada vez menos, debido a la degradación de las mismas.

e)- por su desinterés creciente por lo público y por su renuncia cada vez mayor a formarse para poder analizar la realidad de un modo crítico, lo que es su deber como ciudadanos y estudiantes universitarios.

f)- por aceptar cada vez con más resignación su propia falta de futuro y perspectivas de desarrollo profesional.

Han sido todos estos factores, todo este entrelazado juego de dejaciones y silencios, lo que ha hecho posible que la universidad española haya llegado a ser lo que es: una institución desestructurada hasta el caos, costosa, ineficaz y aislada del mundo real. Ha sido todo este juego el que ha permitido generar una institución tan aislada de la realidad que es incapaz de analizar el mundo del que es parte, que es totalmente acrítica e incapaz de analizarse a sí misma o comprender como álguien puede ver algún defecto en ella. Una universidad hecha por y para los profesores, muchas veces demasiado satisfechos de sí mismos, orgullosos de sus saberes y privilegios, a la vez que sumisos a cualquier tipo de autoridad, impotentes e inermes a la hora de poder analizar y enfrentarse a las evidentes amenazas que les vienen del mundo exterior.

Desde el seguro balcón de la universidad española, tanto quienes la gobiernan de su peculiar modo como los demás miembros que forman parte de ella, contemplan desde la resignación y el silencio culpables las amenazas de un mundo que ellos ya no entienden, y que quizás les haga saber, más pronto o más tarde, que a pesar de las antiguas apariencias y de los discursos mutuos de autocomplacencia que se han venido intercambiando los académicos y los políticos, en realidad a los universitarios tampoco casi nadie los apreciaba nada. Y por eso se podría dar el caso de que se llegase a prescindir de muchos de ellos, cuando quienes gobiernan de verdad el mundo real y quienes detentan el poder económico y el control de las riquezas consideren que muchos de esos orgullosos profesores ya no les son útiles. Entonces éstos encontrarán las tinieblas y andarán a tientas al mediodía como si fuese de noche.

Por José Carlos Bermejo BarreraLicenciado en Filosofía y Letras, Doctor en Geografía e Historia, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago.

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah (2000): Rahel Varnhagen. Vida una mujer judía, Barcelona, Lumen (New York, 1957).
Gardner, Howard (2011): Verdad, belleza y bondad reformuladas. La enseñanza de las virtudes en el siglo XXI, Barcelona, Paidós (New York, 2011).
Jaspers, Karl (1947): The Question of German Guilt, New York, Dial Press.

on Tuesday, December 11, 2012
La riqueza intelectual de los textos de Calderón –como la de todos los clásicos- permite que nos acerquemos a ellos desde diferentes perspectivas. Unos lo harán desde la filosófica; otros, desde la estética; algunos, desde la teoría política y al fin otros, desde la histórica y así sucesivamente.

Es el caso que tuve la fortuna de ser alumno de don José Alcalá Zamora y Queipo de Llano que en un Curso de Doctorado nos explicó a Calderón (1600-1681). De esto hace un cuarto de siglo. Por ejemplo, el tiempo que transcurrió entre la firma de la Tregua de los Doce Años con los rebeldes holandeses y la expulsión de los moriscos (1609) y el estreno de La vida es sueño (1635). Si hubiera sido hace más de un cuarto de siglo, digamos que tres décadas, coincidiría la anécdota con el tiempo transcurrido entre la aparición de la primera parte de El Quijote (1605) y la obra que nos ocupa ahora.

Seguí manteniendo el contacto con Alcalá Zamora, porque no es cosa buena perder el contacto con los grandes maestros y pude escucharle en una conferencia sintetizar la vida de don Pedro Calderón. Aquella conferencia  (1994) ha sido de lo mejor que he sentido. No ya sólo por los contenidos, sino por la exposición. El orador, en plena narración de las vivencias de Calderón en la Guerra de Cataluña, preso de la emoción –sí, de la emoción durante una conferencia sobre Calderón- se preguntaba sobre si el dramaturgo habría visto la esquirla de no recuerdo qué muralla que llevaba en el bolsillo y que nos mostraba absorto a los perplejos asistentes.

De la mano de Alcalá Zamora ha seguido trabajándose en Calderón, en el Calderón que pudo ver una España en el auge de su poder político, que se colapsaba (1635-1660) y que resurgía de sus cenizas (desde 1680).

La vida es sueño se estrena en un año dramático: el año de la declaración de guerra con Francia. Europa está agitada por la Guerra de los Treinta Años, esto es, por la última gran guerra entre dos concepciones del ser humano, la católica y la protestante al tiempo que en el seno de la Monarquía de España las desafecciones se acentúan aprovechando el desplome. En 1640 tienen lugar aquellos dos acontecimientos terribles, pero que existieron: los levantamientos y guerras de separación de Portugal y Cataluña, con el desarrollo y consecuencias por todos conocidos…, y el que no los conozca, que se ilustre para satisfacción de su perplejidad.

No eran tiempos de fábricas de fuegos fatuos. O si se fabricaban, se olvidarían. Eran tiempos de profundísimas reflexiones sobre el alma humana y sus relaciones colectivas. Y comoquiera que Pedro Calderón de la Barca escribió sobre el manido mito de que la vida es un sueño, pero lo hizo de manera sublime, su pieza ha pasado a la posteridad como un clásico.

Un clásico, esto es, un texto que lleno de enseñanzas, nunca se agota. Casi cuatrocientos años dándole vueltas a cada uno de los versos de Calderón en donde da igual que seamos ilustrados, románticos, nihilistas o postmodernos, adolescentes o maduros, a todos siempre nos dice algo o todos siempre hemos querido oír de él lo que nos convenciera.

La vida es sueño no es obra de entretenimiento. Es obra de reflexión. Por su profundidad, no ya complejidad, podríamos destacar varios de sus contenidos. No sé si en el caso de que Freud hubiera sido autor teatral, habría querido escribir esta obra. No sé si algún físico del siglo XIX que hubiera tenido veleidades literarias, habría explicado la fragilidad de los equilibrios dinámicos con un texto similar a este. No sé si algún político a la violeta de los que ha habido y aun hay en España hubiera leído esta obra sobre el tiranicidio y la libertad, habría pensado con juicio maduro sobre en dónde estaba metido. No sé si…: ¡tantas comparaciones, tantas ensoñaciones; tanta mitología!

La Compañía Nacional de Teatro Clásico ha hecho una puesta en escena y la representación en su conjunto soberbias. No estoy muy versado en las cosas de la Literatura o de la Teoría del Teatro, que mis campos son otros. Pero cuando Blanca Portillo habla en voz alta sobre la vida o gesticula sus desdichas existenciales, sobrecoge. Cuando Marta Poveda varía de condición y quiere permanecer fiel a sí misma (se empapa tanto en el papel, lo dramatiza de tal manera que parecía casi afónica); cuando David Llorente salpimienta con un poco de humor tanto dramatismo para dar un respiro al espectador, arranca las carcajadas hilarantes que en comunión quieren decir que nos ha aliviado por segundos; cuando Joaquín Notario –con una oratoria que para sí la quisieran en Atenas- encarna al padre bestial; cuando Fernando Sansegundo establece soliloquios irrepetibles con el público o con el destino; cuando Rafa Castejón juega su función de pretendiente cortesano y frívolo a conspirador audaz; cuando Pepa Pedroche desde la altivez de su condición social ve pasando el tiempo a su alrededor sin tener nada que hacer; cuando y cuando… todo eso pasa la sala entera vive en un puño, con el corazón apretado. Menos mal, que –repito- Clarín nos deja relajarnos.

En el reducido espacio de un escenario, sin cambiar ni una sola vez de decorado, y con un puñado de catorce o quince actores, se desarrollan esos binomios ambientales, equilibrados, de monte-palacio; cárcel-torre y otros claroscuros, que revientan magistralmente en una escena de guerra que se desarrolla en el ancho de una puerta. ¡En lo que podemos adivinar a través del ancho de una puerta, se ve una batalla librada por una docena de actores! Concluida la batalla, la reflexión sobre el ser… y el perdón. Se perdona al padre, sí: pero este había hecho votos y esfuerzos –incomprendidos y acaso incomprensibles- para alcanzarlo. El respeto al padre (o a la madre) no es consubstancial al hecho de generar vida.

Y si a todo lo expuesto anteriormente le añadimos otras luces en la oscuridad, como que el patio de butacas estaba copado casi en su totalidad por chavales, de al menos un colegio (el “Jesús Maestro”), que a mis preguntas me contaban con cierto nerviosismo que se habían pagado ellos las entradas porque era una “actividad extraescolar” y que ni se movieron, ni respiraron en las dos horas de función y que al acabar explotaron en un jubileo de vítores, aplausos y otros vivas para dar rienda suelta a la tensión acumulada, al final, digo, sales mejor que entraras, agradeciendo a esos profesores mal pagados y desprestigiados el ímprobo esfuerzo que hacen por mantener una ilusión en sus alumnos que al fin y al cabo, gracias a quienes todos sabemos, como no venga a remediar esto la sensatez recuperada de Segismundo, acabarán explicando qué fue el Siglo de Oro español a los alumnos que tengan por esos mundos de Dios. Como esos miles de españolitos profesores expatriados, que viven el Siglo de Oro apasionadamente desde la lejanía, como mi buen amigo Jesús Pérez Magallón, que da clases en Canadá, mientras reedita a Calderón (y a otros) en la editorial Cátedra.

En el Teatro Pavón se representa La vida es sueño. Es el acontecimiento de este otoño. Bajo la dirección de Helena Pimenta todos los que han participado en este desfile de personajes que parecían cuadros de Sánchez Coello dados vida, ennoblecen a la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Queda claro una vez más: algunos pensamos que la Compañía Nacional de Teatro Clásico está para representar Teatro Clásico, no para destrozarlo. Y alguna vez, tal vez alguna vez en un tiempo lejano, en España haya una Compañía de Teatro del Siglo de Oro.

También queda claro: cuando se gestiona con sentido común y se hacen buenas puestas en escena, los teatros se llenan. La decisión de que el lleno sea con estudiantes arropados por los profesores es un acierto que a todos nos compete.

¡Qué gran tarde de teatro!

En lo que no es justa ley,
No se ha de obedecer al rey…

Por Alfredo Alvar Ezquerra. Historiador. Profesor de Investigación. CSIC.
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on Sunday, December 2, 2012
Conferencia de Justo Lacunza impartida el día 27 de noviembre de 2012, en la FUNDACIÓN CARLOS DE AMBERES. Título completo: “Recordando el 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Charles Lavigerie en Europa: Proyección de un gran evento en la historia de Europa y África”.

Introducción

La celebración de unas efemérides, un cumpleaños o un aniversario evoca tres sentimientos principales. El primero, es la memoria del hecho o evento cuyo recuerdo se celebra, se aplaude y se conmemora. El segundo sentimiento es la visión del contexto y de las circunstancias que motivaron tal acontecimiento u evento. El tercero es la mirada al horizonte para analizar a las consecuencias que nacen y brotan, se intuyen y vislumbran después de que tal hecho histórico tuviera lugar. 

El hilo conductor

Esos tres faros principales (recuerdo, contexto y consecuencias) nos van a servir de hilo conductor en las palabras y reflexiones personales que les quiero dirigir esta tarde. Sea dicho de paso, esos tres eslabones de mi cadena de transmisión tienen que ver con el tiempo. Yo les agradezco vivamente el hecho, para mí de gran significado, de que me ofrezcan su tiempo, lo mejor que uno tiene, y que hayan venido a escucharme con motivo del 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Carlos Lavigerie. Su inquebrantable defensa de la dignidad de los africanos y su apasionada campaña contra la esclavitud, y en favor de la libertad, hicieron de él una de las figuras más carismáticas e influyentes en la historia de su época. Fue un puente seguro y eficaz de comunicación entre África y Europa, una arena fecunda de ideas y pensamiento, lenguas y culturas, un espacio libre y acogedor de diálogo a nivel político, social y religioso en el tiempo que le toco vivir.

¿Quién era el Cardinal Carlos Lavigerie? (1825-1892)

El Cardenal Lavigerie nació el 31 de octubre de 1825 en Bayona, en la región vasco-francesa, ciudad que apenas tenía en aquella época 18.000 habitantes. Fue bautizado en la Parroquia del Espíritu Santo con el nombre de Carlos, al que  fueron añadidos los dos nombres de su abuelo paterno, Marcial y Aleman. El baptisterio de esa parroquia está hoy adornado por una pintura mural alusiva a la memoria de Carlos Lavigerie, considerado un ilustre hijo de la villa de Bayona, hermanada en la actualidad con la Ciudad de Pamplona. En la placa, situada en la verja de su casa nativa, a orillas del río Ardour, se lee que el barrio se llamaba Huire y que fue allí donde nació Carlos Lavigerie.

Desde joven Carlos Lavigerie, mente inquieta y alma buscadora, con pronunciada afición a la poesía y a la literatura, sentía en su juventud una creciente inclinación hacia la vida religiosa. Sus padres, Laura y Pierre, que no eran particularmente devotos, veían el hecho con gran preocupación familiar. Después de finalizar los estudios en su ciudad natal Carlos Lavigerie, de carácter impulsivo, firme y decidido, viajó en diligencia a Paris acompañado por un dentista amigo de la familia. 

A Paris: Cambio de rumbo

En la capital francesa el joven Carlos Lavigerie entró en el Seminario de San Nicolás de Chardonnet y más tarde en el de San Sulpicio para cursar los estudios de teología. Su padre, Pierre pensaba que en Paris se callarían los grillos de la vida religiosa que piaban en el alma de su hijo y que éste tomaría otra dirección, más conforme y adecuada a sus dotes y talentos. Pero no fue así. Carlos Lavigerie fue ordenado sacerdote el 2 de Junio de 1849, continuó sus estudios de grado y en 1854 fue accedió a la cátedra de profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de La Sorbonne. 

Descubrimiento del Oriente

En 1860 Lavigerie fue nombrado director de las Obras de Oriente y con ese motivo viajó a Líbano y Siria, sobre todo para asistir, ayudar y reconfortar a los cristianos que habían sido perseguidos por los Drusos. En uno de sus viajes se encontró con Abd El Kader ibn Muhyyidin (1808-1883), famoso místico musulmán y líder argelino, que luchó contra la invasión francesa de Argelia en 1830. Fue expulsado por las autoridades francesas y después de un periodo de tiempo en Francia fue exiliado a Siria.

El Cardenal Lavigerie y Abd El Kader se encontraron en Damasco. Lavigerie quedó impresionado por la vasta cultura musulmana del místico argelino y sobre todo por la abierta defensa y protección que ofreció a los cristianos después de la masacre de 1860 a manos de los Drusos. A este propósito, el gobierno francés le concedió a Abd El Kader la medalla de la Legión de Honor. Por su parte, el Presidente Abraham Lincoln 1809-1865), después de conocer la noticia de la benevolencia de Abd El Kader hacia los cristianos, le envió como regalo varios revólveres que hoy se encuentran expuestos en el Museo de Argel. 

De Nancy a Argel

En 1863 fue nombrado obispo de Nancy (Francia). En 1867, cuando iba a ser nombrado arzobispo de Lión, Lavigerie pidió que le nombraran a la sede episcopal de Argel, petición que fue aceptada al ser enviado como  arzobispo de Argel en 1867. Desde 1830 Argelia fue colonizada bajo el gobierno de Napoleón III y pasó a ser parte del territorio nacional francés. Argelia era conocida con el nombre de “Reino Árabe” en referencia a la población árabe musulmana. Desde el comienzo de la colonización francesa Lavigerie dejó muy claro ante las autoridades coloniales de Francia que su preocupación no se limitaría solamente a los ciudadanos franceses, sino que se extendería a todos, europeos y argelinos.

No faltaron los roces verbales con el gobernador general de Argelia, el mariscal Mac-Mahon, héroe de Crimea y duque de Magenta. Lavigerie era testigo incómodo de la pobreza y miseria de miles de argelinos. No cesaba de suplicar la abolición de un sistema político que levantaba barreras y sembraba obstáculos en las relaciones entre franceses y argelinos. El gobierno francés advertía a Lavigerie que se abstuviera de todo proselitismo, ya que los programas que Lavigerie intentaba poner en marcha, el gobierno francés los veía como una vía de conversión de los musulmanes argelinos.

El Emperador Napoleón III y el ministro de la Guerra consideraban a Lavigerie como un enemigo de la libertad de conciencia de los musulmanes de Argelia. Sin embargo, el arzobispo de Argel no se achantaba antes tan infundadas y graves acusaciones cuando escribía al gobernador general MacMahon:

“Yo no pido la menor restricción de la libertad ajena. Yo pido simplemente que se respete mi libertad, pido que me sea permitido, como está permitido en Egipto y Turquía, la apertura y conservación de asilos donde sean recibidos los huérfanos abandonados de todos, las viudas, los ancianos, los enfermos. Pido establecer casas de socorro, allí donde los indígenas lo soliciten, para curar sus llagas y aliviar sus miserias”.

No hay lugar a duda que el gobierno francés consideraba a Lavigerie como un obispo incómodo y rebelde, que no aceptaba las orientaciones coloniales y, sobre todo, la discriminación de la que eran víctimas los argelinos. Su tenacidad y empeño, su tesón y empuje le permitían obrar con libertad a pesar de las trabas, críticas y obstáculos del poder colonial francés.

El mismo emperador Napoleón III se interesó por el desafío frontal que la actitud de Lavigerie suponía para la administración colonial francesa y escribió a Lavigerie diciéndole:

“Tenéis, señor arzobispo, una gran misión que realizar: la moralización de los 200.000 católicos que viven en Argelia. En cuanto a los árabes, dejad al gobernador general el cuidado de disciplinarlos y habituarlos a nuestra dominación”.

Nada podía atemorizar a Lavigerie que no dudó en pedir al emperador Napoleón III que le acordara una audiencia. Pasó mucho tiempo, pero por fin lo recibió. Lavigerie relata en su correspondencia que el emperador lo recibió muy fríamente, lo cual lejos de cortarle la palabra y de desanimarle, le estimuló y le dio todavía más ánimos para defender sus proyectos en favor de la población local y mantener intactas sus convicciones ante el poder imperial. Era fácil desalmarse y doblegarse viendo el reto de los administradores coloniales, que en realidad estaba envuelto en un velo sutil de racismo, intolerancia y obstinación. 

Fundación de los Padres Blancos

Pero los sueños apostólicos de Carlos Lavigerie eran todavía más ambiciosos. En 1968 fundó la Sociedad de los Misioneros de África y en 1869 la Congregación de las Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas). Los Misioneros de África son  conocidos popularmente como los Padres Blancos por la vestimenta tradicional de estilo árabe: túnica blanca (gandura) y capa blanca (bournus). El ambicioso plan de Lavigerie era enviar misioneros a África después de ser nombrado Vicario apostólico del Sahara y del Sudan. Los esclavos venían de los países conocidos como Bilad al-Sudan (“El territorio de los negros”). El término “Sudán” proviene de la lengua árabe y significa “las gentes de color negro (aswad) o allí donde las poblaciones comienzan a tener la piel más oscura”).

Los primeros misioneros llegaron al Lago Tanganika y se establecieron en Ujiji (Tanzania) el 22 de Enero de 1879. Habían atravesado el territorio conocido como Tanganika (“la tierra de la vegetación exuberante”), hoy Tanzania, a partir de la costa. Fue en esa ciudad portuaria, Ujiji, centro propulsor de la esclavitud en África, donde David Livingstone (1813-1873), explorador y misionero británico, se encontró con Henry Morton Stanley (1841-1904), aventurero y periodista de The New York Times, en Octubre de 1871. Un monumento de granito, que representa el mapa de África con impresa una cruz de Norte a Sur y de Este a Oeste, atestigua el tan renombrado encuentro. La celebre frase, Dr. Livingstone, supongo, ha quedado en la memoria de dos célebres personajes en la historia de África.

Con motivo de la celebración del centenario del memorable encuentro de Livingstone con Stanley, The New York Times envió a un periodista con la consigna de que recorriera la Calle Livingstone de Ujiji hasta el monumento llevando la bandera americana. El periodista en cuestión sacó la bandera, pero acabó en el puesto de policía por ofensa al honor de la nación. Después de unos meses juntos Livingstone y Stanley se separaron en 1872 en la ciudad de Tabora, ciudad que fue fundada por los mercaderes árabes. Una cabaña de barro y adobe en la aldea de Kwihara, transformada en museo y a unos once kilómetros de Tabora en la ruta de los esclavos, es el memorial visible del paso de Livingstone. Aquí vivió unos ocho meses. De ahí continuaría el  camino hasta Bangweulu (Zambia) donde moriría  a causa de la malaria el 1 de mayo de 1873.

La primera vez que estuve en Ujiji fue el 3 de junio de 1970. Fui al antiguo mercado de los esclavos, a poca distancia del Lago Tanganika, y la imagen quedó impresa en mi mente para el resto de mis días. Era en ese mercado donde se hacía una primera selección de los esclavos africanos. Los más jóvenes, fuertes y resistentes salían encadenados camino de la costa y de las islas de Zanzíbar, Mafia y Pemba. De aquí eran embarcados para diferentes destinos: Arabia, India, Persia, China. Por esa ciudad de Ujiji pasaron miles y miles de esclavos procedentes de la región de Manyema en el Congo. Tuve la gran suerte de vivir tres años en Kigoma, apenas a ocho kilómetros de Ujiji, y mis visitas a la ciudad de los esclavos eran frecuentes, rutinarias y periódicas. Muchos de los habitantes eran descendientes de antiguos esclavos.  Esto era patente al no tener una tribu, un grupo étnico o un determinado clan como referencia de parentesco. Además, no conocían otra lengua que la lengua suahili. 

Las noticias de África

No eran los tiempos del móvil y de Internet. Las cartas, si así las podemos llamar, y las noticias tardaban meses en llegar a Europa, pero llegaban. Los misioneros describían las nefastas y pavorosas condiciones de miseria, pobreza e indigencia de las poblaciones africanas. Pero, sobre todo, relataban la trata de esclavos. Lavigerie y Livingstone no era los únicos. El Cardinal Lavigerie se había ya encontrado con Daniel Comboni (1831-1881), otro gran defensor de la dignidad de los africanos, que en 1857 salió para el Sudán. Lavigerie conocía también las crónicas de David Livingstone, que, después de su llegada a África del Sur en 1841, había hablado en numerosas ocasiones de los estragos, devastación y ultraje de la esclavitud. 

Campaña contra la esclavitud 

El espíritu de Lavigerie estaba turbado por la trata de esclavos. A los misioneros les había invitado a luchar por la dignidad y la liberación de los esclavos. Le llegaban noticias escalofriantes de los misioneros, que habían comenzado las tareas de evangelización en los países africanos en los que se secuestraba y compraba, vendía y traficaba con seres humanos como si fueran mercancía. La esclavitud iba contra la dignidad y la humanidad del ser humano. Por eso, en la visión de Carlos Lavigerie, el mensaje evangélico tenía una dimensión liberadora para miles de hombres y mujeres en África, víctimas de la esclavitud y del comercio organizado por jefes y reyezuelos, mercantes y mercaderes de vidas humanas.

Así escribía Carlos Lavigerie: “La esclavitud es contraria al Evangelio y contraria al derecho natural. Yo soy una persona humana y la opresión me indigna. Soy una persona humana y las crueldades contra tan gran numero de mis semejantes solo me inspira horror”. En varias ocasiones Lavigerie había intentado lanzar una campaña contra la esclavitud, pero se había encontrado con el muro de la apatía y de la indiferencia. Surgió una nueva ocasión: la abolición de la esclavitud en Brasil en 1888. Lavigerie aprovechó para pedir al Papa Leon XIII que en su carta a los obispos del Brasil no se limitara solamente  a comentar la extinción de un mal social, sino también a buscar remedio a tal situación.

Fue el 21 de Mayo de 1888 cuando el Carlos Lavigerie inició la campaña contra la esclavitud en la Iglesia del Gesù en Roma. Había obtenido el beneplácito y el apoyo del Papa León XIII para lanzar un llamamiento general en Europa contra el comercio, la compra y la venta de esclavos. Era imperativo defender la dignidad de los hombres y mujeres de África, devolverles la libertad, promover los derechos humanos. Lo exigía el mensaje del Evangelio. Lavigerie no se dirigía únicamente a los cristianos, sino a toda la población ya que la dignidad sagrada de cada persona pasa por encima de las culturas, lenguas, etnias y religiones.

Llamada a la conciencia

La Campaña de Carlos Lavigerie fue un evento que sacudió las conciencias de los gobiernos europeos, influenció la opinión pública y contribuyó a contener, sino a parar al menos en parte, la sangría más cruel y perversa, el horror más bárbaro y atroz, el plan más salvaje y brutal de la historia de África: las razzias e incursiones, la compraventa y el tráfico de seres humanos, el pisoteo sistemático y planificado de la dignidad humana. La esclavitud, de cualquier tipo que esa sea, destruye la dignidad de la persona.

Si hay algo en la historia de la humanidad que reviste una importancia básica y fundamental es la dignidad sacrosanta e inviolable del ser humano. Por encima de toda barrera ideológica, de toda demarcación étnica y geográfica, de toda frontera religiosa y cultural. Porque la dignidad inherente al ser humano no es fruto de acuerdos internacionales, ni el resultado de votos parlamentarios. No puede estar sometida a legislación política alguna, ni debe pasar por las urnas democráticas de los estados y naciones. Nace en el surco profundo de la persona humana y es parte integrante del ser humano. La dignidad humana no puede estar sometida al dictamen de leyes y normas, ni tampoco puede ser encadenada por decretos estatales, de cualquier naturaleza que estos sean. Todo ser humano se resiste a someterse por la fuerza para ser transformado en un vil esclavo sin dignidad, sin derechos, sin libertad. Pero con la violencia física y psicológica de la esclavitud la dignidad humana es brutalmente asesinada, la libertad física violentamente suprimida y los derechos humanos salvajemente pisoteados. 

La trata de seres humanos

Bien que la esclavitud y la trata de seres humanos habían existido desde la antigüedad, en la época del Cardenal Lavigerie las diferentes regiones del continente africano se habían convertido en inmensos mercados de esclavos, con sofisticadas redes de comunicación, aprovisionamiento y recursos. Barcos y navíos, puertos e infraestructuras, planes, intereses  e inversiones. No eran solo los mercados de materias preciosas (oro, diamantes, plata, etc.) y materiales preciados (marfil, madera, pieles, etc.), sino también mercados de “mercancía humana” con una proyección internacional. Los puertos se habían convertido en recintos feriales de esclavos donde estos venían expuestos, se subastaban, se pujaba el precio, se compraba y se vendía.

Comerciantes africanos participaron activamente en la trata de esclavos vendiendo cautivos, prisioneros, secuestrados y criminales. El Rey Gezo de Dahomey, hoy Benin, decía en 1840: “El comercio de esclavos es el principio que gobierna mi pueblo. Es la fuente y la gloria de su riqueza”. El Rey de Bonny (Nigeria) al oir que el Parlamento británico había abolido la esclavitud en 1807, quedo estupefacto: “Creemos que ese comercio debe continuar. Es el veredicto de nuestro oráculo y el de nuestros sacerdotes. Dicen que vuestro país, a pesar de lo grande que es, no puede prohibir aquello que ha sido decretado por Dios”.

Millones de africanos fueron esclavizados y privados de su dignidad, comprados y vendidos, intercambiados, encadenados y transportados a lugares desconocidos. Se calcula que entre 1650 y 1900 unos 12 millones de esclavos africanos llegaron a América. Procedían de diferentes regiones y territorios de África: Angola, Benin, Camerún, Congo, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Mozambique y Senegal. Familias fragmentadas, poblaciones diezmadas, territorios despoblados, tribus dispersas. La compraventa se realizaba a la luz del día mientras comerciantes y financieros, mercaderes y traficantes, seleccionaban, examinaban, compraban, vendían y transportaban esclavos como si se tratase de productos mercantiles. En 1789 en la ciudad de Charleston (Carolina del Sur) un anuncio publicitario de venta de esclavos decía: “Charleston 24 de Julio de 1789. Para la venta. Cargamento de noventa y cuatro negros. Sanos y en excelente estado: treinta y nueve hombres, quince chicos jóvenes, veinticuatro mujeres y dieciséis chicas jóvenes. Acaban de llegar en el Brigantine Dembia de Sierra Leone, Francis Bare, Master. David & John Deas”. 

El juego triangular

Los descubridores de América vieron grandes posibilidades de comercio e imaginaron las  ganancias aseguradas en la explotación de las riquezas naturales y de las tierras. Por eso, la mano de obra de los esclavos, ahora emigrantes forzados, se hacía necesaria, esencial e indispensable. Los colonizadores europeos entran de lleno en el juego triangular de la esclavitud: Europa, África y América. La penosa travesía del Atlántico era conocida como el Middle Passage o el Pasaje del Medio: salida de África, viaje en el Atlántico y llegada a las Américas. Por una parte, con sus barcos y navíos países como Dinamarca, España, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y Suecia, exportan a las regiones tribales del Golfo de Guinea, sobre todo, materiales textiles y armas, a cambio de esclavos. Estos son transportados en infames y deplorables condiciones a los diversos territorios americanos. Buques, barcos, veleros y navíos estaban preparados para el transporte de un determinado número de esclavos. La “mercancía” debía llegar a su destino en perfectas condiciones y por eso se tomaban todas las precauciones para evitar amotinamientos y revueltas, algaradas y trifulcas durante la navegación. Por ejemplo, el navío francés Le Saphir salió del puerto de La Rochelle en 1784 con destino al norte de la desembocadura del Río Congo y cargó unos 500 esclavos para transportarlos y venderlos en Santo Domingo.

La industria más floreciente

El comercio de esclavos era una de las industrias que más ganancias proporcionaba a empresas, gobiernos y multinacionales: construcciones navales, servicios portuarios, servicios médicos, transporte marítimo, oficinas de cambio, administración local,  instrumentación de a bordo, herramientas agrícolas, logística de comunicaciones, manutención de buques y navíos, reclutamiento de marineros, mano de obra. Combatir el complejo sistema global de la esclavitud era enfrentarse a extensos imperios financieros, desafiar al comercio internacional de esclavos y luchar contra grandes centros de poder, tanto político como económico. A lo largo de los años se había tejido un tupido entramado de intereses, una extensa red de comunicaciones marítimas y un complejo sistema comercial. Al mismo tiempo la abolición de la esclavitud significaba ingentes pérdidas económicas y desequilibrios políticos de insospechadas consecuencias. De hecho, en la esclavitud participaron cuatro continentes y millones de personas a lo largo de siglos. Por eso era difícil combatir la esclavitud de los africanos, recuperar el sentido de la dignidad de los esclavos e influenciar la opinión pública. 

Moneda de cambio

El esclavo se había convertido en la moneda de cambio y su valor era cuantificado después de un riguroso examen de sus condiciones físicas. Las plantaciones, el desarrollo de las tierras y los mercados de Estados Unidos, Brasil y las Islas del Caribe eran el destino final de los esclavos africanos. Entre 1550 y 1750 unos 15 millones de esclavos fueron transportados a diferentes partes de las costas americanas. Durante ese periodo el precio de un esclavo africano era de 25 dólares mientras que en Estados Unidos valía 150 dólares.

Pero no todos los esclavos que formaban el cargo de los barcos llegaban a buen puerto. Las bajas eran numerosas a causa de la deshidratación y las enfermedades durante la penosa navegación y la larga travesía del Atlántico. Sin olvidar las rebeliones, las revueltas y las muertes a causa de los abusos, violencia y castigos. Fueron numerosos los navíos que naufragaron por las galernas, el acoso y la furia del océano. Así ocurrió con el velero francés, Adelaide, que se hundió en las costas de Cuba en 1714 con un gran número de esclavos africanos. Lo mismo sucedió al navío  británico Henrietta Marie, que acabó en el fondo del Atlántico cerca de Marquesas Keys (Florida) en 1700. O el Kron-Printzen, de bandera danesa, que fue a la deriva en 1706 con más de 800 esclavos africanos. 

El poderío de Gran Bretaña

A partir de 1640 Gran Bretaña gestionaba el lucrativo comercio de esclavos a través de muchas compañías. Una de ellas, la Royal African Company, era la más importante. Obtuvo el monopolio en 1672. Las otras compañías protestaron vehementemente y el monopolio acabó en 1698. Los navíos que transportaban esclavos volvían a los puertos europeos con cargamento de café, azúcar, tabaco y arroz. Todo ello procedía de las plantaciones en las que trabajaban los esclavos de origen africano. 

Abolición de la esclavitud

En 1807 el Parlamento británico aprobó la ley que prohibía el comercio de esclavos. Los Estados Unidos declararon ilegal la esclavitud de 1808. Sin embargo, la trata de esclavos continuó hasta 1863 dentro de las fronteras estadounidenses. 

Sayyid Said en África Oriental 

Si el comercio y tráfico de esclavos había crecido desmesuradamente en los países del Golfo de Guinea, de Gambia a Angola, lo mismo se podía afirmar de la costa oriental del continente africano. Las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia estaban bajo influencia y control de la dinastía al-Busaid de Omán. Las habían conquistado venciendo a los portugueses que se replegaron a Msumbiji, nombre antiguo de Mozambique.

Sayyid Said bin Sultan (1790-1856) transfirió la capital de Omán a Zanzíbar en 1840. Su objetivo principal era transformar radicalmente la isla de Zanzíbar, hasta entonces un puerto de pescadores, convirtiéndola en el centro del comercio mundial. Era un ambicioso plan que pronto comenzó a dar excelentes y lucrativos resultados. Introdujo las plantaciones de clavos y especias en Zanzíbar, dando fama internacional a la isla. Invitó a los banqueros indios, conocidos como los banyan, para que se ocuparan de la gestión y administración de las finanzas del Sultanato. 

El poderío de Sayyid Said

Sayyid Said controlaba Omán, el Cuerno de África, las islas y las costas del Océano Indico, desde Mogadiscio hasta el Norte de Mozambique. Los Estados Unidos abrieron despachos comerciales en Zanzíbar. Dos agencias de negocios se establecieron en la isla: John Bertram & Co de Massachussets y Arnold Hines & Co de New York. Gran Bretaña abrió una oficina consular en 1841 y a continuación lo hicieron Alemania, Austria, Bélgica, Francia e Italia.

El sultán de Zanzíbar controlaba el comercio de esclavos africanos que estaba en manos de mercaderes, tratantes y navegantes árabes. No podemos dejar de lado la referencia al comerciante de esclavos y marfil más poderoso del África Oriental, Hamed bin Mohamed al-Marjebí (1837-1905), más conocido con el nombre de Tippu Tip. Nacido en Zanzíbar, se convirtió en el hombre fuerte y el personaje político indispensable en los acuerdos, tratados y chantajes de todo tipo. El Rey Leopoldo II, rey de los belgas, en acuerdo con el Sultán Bargash de Zanzíbar (1837-1888), lo nombró gobernador del Estado Libre del Congo. Era en definitiva un evidente e inequívoco reconocimiento a su autoridad, poder y hegemonía. Pero tres años después estalló la guerra entre el todopoderoso Tippu Tip y el ejército del Estado Libre a causa de la explotación sistemática del curso superior del Río Congo.  Tippu Tip, que para entonces poseía, miles de esclavos, numerosas plantaciones y muchas propiedades, se retiró a Zanzíbar donde escribió su biografía en suahili con caracteres árabes. Murió en Zanzíbar, su ciudad natal en 1905.

El comercio de esclavos y productos del interior de África llegaba a la costa a través de tres rutas. La primera enlazaba Zanzíbar con la región de Manyema en el Congo; la segunda venía del África Central bordeando el Lago Tanganika y la tercera unía Zanzíbar con Uganda. Las dos primeras tenían como plaza comercial de referencia la ciudad de Ujiji a orillas del Lago Tanganika mientras que la tercera se unía a las otras dos en la ciudad de Tabora, en la región central de Tanzania. En 1811 se abrió el mercado de esclavos en Zanzíbar.

Viví en la ciudad de Tabora año y medio. Las palmeras, mangos y cocoteros indican hoy las rutas de la trata de esclavos en las cercanías del barrio de Makokola. Pero no era solamente la mano de obra que necesitaba Sayyid Said, y los sucesivos sultanes, para las nuevas plantaciones agrícolas de Zanzíbar, sino también todos aquellos productos que era de gran valor en el comercio exterior: marfil, oro, pieles, madera, coral, minerales. Era tal la influencia de Sayyid Said en las rutas comerciales del interior de África que hay un dicho en las tradiciones suahili que resume su vasto y innegable poderío: “Cuando la flauta suena en Zanzíbar se oye en el Lago Tanganika”. 

La campaña contra la esclavitud

Las noticias dramáticas, enviadas por los misioneros desde la ciudad de esclavos, Ujiji, alertan al Cardenal Lavigerie y le empujan a alzarse en contra del comercio y tráfico de esclavos africanos. Habla y discute con el Papa León XIII sobre el escándalo, la ignominia y la crueldad de la esclavitud. Esta vez Lavigerie no se rinde, ni está dispuesto a dar el brazo a torcer. Condenar la trata de esclavos y romper las cadenas de la esclavitud debe ser una prioridad absoluta de la misión de la Iglesia en África. Pero eso exige que los  gobiernos europeos tomen conciencia y sacudan la actitud de apatía institucional ante el horror, la infamia y el oprobio del comercio de esclavos africanos. 

Viaje a Paris  

Inaugurada la campaña contra la esclavitud el 21 de Mayo de 1888 en la Iglesia del Gesù en Roma, el Cardinal Lavigerie se preparó para el tour europeo. Eran tres las capitales europeas previstas en su programa inicial de conferencias, encuentros y visitas: París, Londres y Bruselas. Lavigerie recordaba aquello que había pensado en muchas otras ocasiones, cuando intentaba concienciar la opinión pública y los gobiernos europeos sobre las atrocidades, la barbarie y el terror de la esclavitud. Lo dijo abiertamente en Paris durante la conferencia pronunciada en San Sulpicio el 1 de Julio de 1888: “Para salvar el interior de África hay que provocar la ira del mundo".

Nadie podía permanecer indiferente ante el espíritu libre, valiente y arrollador de Lavigerie. Sus elocuentes palabras reflejaban el eco profundo de sus convicciones personales y mostraban su pasión indefectible por la defensa de la dignidad humana. Relatar la crudeza de los hechos era la única manera de sacudir la modorra colectiva, de limpiar la hojarasca de la apatía generalizada, de erradicar la broza de la ceguera mental europea. Durante siglos los europeos parecían contemplar con ojos benévolos la compraventa de esclavos africanos.

En esa época dos millones de seres humanos desaparecían cada año, es decir, cinco mil africanos eran raptados, secuestrados, asesinados, comprados, vendidos o transportados cada día. Estos hechos significaban la destrucción sistemática de los pueblos y gentes del  continente africano.

Lavigerie iba consiguiendo que los pueblos europeos, de fe y tradición cristianas, abrieran la mente a la cruda y monstruosa realidad del tráfico de seres humanos. Desde la capital francesa Lavigerie lanzó una llamada a voluntarios y periodistas de toda Europa para que difundieran el mensaje, explicaran los hechos y trabajaran por la liberación de los esclavos. Pero sobre todo, para que los gobiernos, las empresas y las compañías pusieran fin a la esclavitud de una vez para siempre. Lo pedía sin más tardar y lo  exigía sin más demora el respeto indiscutible de la dignidad humana y la salvaguardia inaplazable de millones de seres humanos. 

Viaje a Londres

En Gran Bretaña le esperaba un público mucho más informado sobre la esclavitud. La  sociedad antiesclavista, la Anti Slavery Society, fundada en 1839 y la única existente en Europa para combatir el comercio de esclavos, había invitado Lavigerie para la campaña antiesclavista. Ejercía una gran influencia a nivel diplomático. El diario londinense, The Times, había publicado la noticia de la visita de Lavigerie y del impacto que había tenido su conferencia de Paris. Las autoridades británicas le ofrecieron la sala conocida con el nombre de Prince’s Hall. La presentación y la presidencia corrió a cargo de Lord Granville, antiguo Secretario de Estado en el ministerio de Exteriores y artífice del tratado impuesto a Zanzíbar en 1873, prohibiendo la exportación marítima de esclavos.

El Cardenal Lavigerie impartió su conferencia el 31 de Julio de 1888, comenzando con las palabras que David Livingstone escribió en Kwihara (Tabora, Tanzania) un año antes de su muerte. “Todo lo que puedo añadir en mi soledad, es pedir que las abundantes bendiciones del cielo desciendan sobre cada uno, sea americano, inglés o turco, para curar la llaga abierta del mundo”. Estas palabras son las que están escritas en la tumba de David Livingstone, situada en la Abadía de Westminster y que Lavigerie había visitado con anterioridad. La referencia a “la llaga abierta del mundo”  tiene una connotación particular y se refiere a la esclavitud. Lavigerie dijo en su discurso en el Prince’s Hall: “Yo no soy un político, solamente un pastor que ha venido a hablaros de la crueldad de la esclavitud africana. El mío es un grito de indignación y de angustia”.

La presencia, contactos y visitas del Cardenal Lavigerie en Gran Bretaña tuvieron un significado particular en el campo de las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y el Comunión Anglicana. Desde que Enrico IV rompió con la Iglesia, católicos y protestantes lucharon por el control del poder. El proyecto del combate contra la esclavitud, la llamada a las instituciones para su supresión total y la propaganda popular para su abolición, constituyeron una base común de cooperación y colaboración a favor de los derechos humanos y libertades civiles de los pueblos africanos. Como Livingstone, también para Lavigerie “la llaga abierta” de la esclavitud había que curarla. Una tarea ardua, difícil y prolongada en el tiempo.

El Museo de Bristol (Reino Unido), puerto de gran importancia en el comercio de esclavos, organizó una Exhibición sobre La Esclavitud  en 1999. Uno de los visitantes escribió este comentario en un folio de papel: “Soy africano. Gracias por esta exhibición. La gente no tendría que olvidar lo que nuestro pueblo sufrió. Pidamos para que nunca más se vuelva al pasado o a otra forma de crueldad contra una raza, sólo porque es diferente”. 

Viaje a Bruselas 

La etapa siguiente del periplo europeo de Carlos Lavigerie será Bélgica. Es consciente de las dificultades que su presencia puede suscitar. Sabe que no podrá criticar de manera directa lo que ocurre en el Congo sin importunar al Rey Leopoldo II, ni molestar al país. Después de la Conferencia de Berlín de 1884, convocada por Francia y el Reino Unido y organizada por el Canciller de Alemania, Otto von Bismarck, Bélgica, el reino europeo más pequeño por su extensión geográfica, recibió la asignación colonial del inmenso Congo, sesenta veces más grande. La Conferencia de Berlín tomó varios acuerdos, entre ellos la abolición de la esclavitud. Sin embargo, el comercio de esclavos continuaba a pesar de haber sido prohibido y declarado ilegal. La campaña de Lavigerie contra la esclavitud no debería levantar, en principio,  demasiadas sospechas por posibles ingerencias políticas, ni ser considerada como una avanzada estrategia del fundamentalismo religioso.

La conferencia de Lavigerie tiene lugar en Bruselas, en la Basílica de Santa Gudule el 15 de agosto de 1888. No faltan el tacto, ni la diplomacia en su discurso, y tampoco los argumentos convincentes  para que Bélgica se comprometa  a combatir la esclavitud. Lavigerie repite las palabras del Rey Leopoldo II: “La esclavitud que se mantiene todavía en una gran parte del continente africano, es una plaga que todos los amigos de la auténtica civilización tienen que desear ver desaparecer”. En su discurso, Lavigerie hará repetidas veces mención de la región de Manyema en el Congo. Se había convertido en la gran fuente del comercio de esclavos, que eran conducidos a Zanzíbar para ser vendidos en el mercado internacional.

La llamada de Charles Lavigerie fue bien acogida por el Rey de los belgas, Leopoldo II, quien al año siguiente, el 18 de noviembre de 1889, recibió en Bruselas a los representantes de dieciséis gobiernos. Era urgente determinar las medidas necesarias a adoptar para  denunciar, frenar y reprimir la trata de esclavos, resultante de la colonización europea y del reparto de África. El comercio de esclavos no había disminuido su intensidad, ni amainado su fuerza a pesar de la Conferencia de Berlín de 1884.

La Conferencia Internacional de Bruselas del 18 de noviembre de 1889 adoptó en la práctica las orientaciones de Lavigerie. Fue él quien presentó los textos más significativos bajo el título Documents sur la Fondation de l’Oeuvre Antiesclavagiste, textos que fueron distribuidos a cada uno de los 16 representantes oficiales. Seguía siendo verdad la frase de Lavigerie: “Para salvar el interior de África hay que levantar la cólera del mundo”.

Sin olvidar la historia  

El comercio de esclavos africanos, vendidos y transportados a lugares lejanos por mercantes americanos, negociantes europeos, mercaderes árabes y financieros indios es parte integrante de la historia del mundo que nadie debería jamás olvidar. Pero, helas, la historia contemporánea nos demuestra que la esclavitud de los seres humanos, en todo su abanico de facetas y manifestaciones, lugares y contextos, sigue siendo una malvada, cruel y despiadada realidad de nuestro tiempo.

El 125 Aniversario de la campaña antiesclavista de Charles Lavigerie es una llamada firme, un reto audaz y  un desafío punzante para combatir en favor de la dignidad humana y para luchar por las libertades civiles de todos los pueblos. Por encima de toda frontera cultural y geográfica, por encima de toda barrera lingüística y religiosa, por encima de todo mojón ideológico y de toda muga política. En un mundo lleno de guerras y conflictos, sembrado de dolor y miseria, teñido de sangre y pobreza.

Sin embargo, la memoria de un evento histórico, como la campaña contra la esclavitud del Cardenal Lavigerie, puede sacudir la inercia de los estados, despertar la conciencia cívica de la población y dinamizar las  sociedades modernas. En un mundo en el que el potencial humano, en cualquier paraje, lugar y rincón del planeta, debe ser la mejor fuente de libertad, el terreno más fértil de los derechos y el manantial más límpido de la dignidad humana. Sin las cadenas infames de la discriminación, sin las amarras violentas de la intolerancia, sin la esclavitud feroz del ultraje, del odio y del abandono.

Esos son los retos  frontales de nuestro tiempo, y lo seguirán siendo, capaces de transformar profundamente la senda de toda sociedad, de cambiar el rumbo y los horizontes de los pueblos, de hacer frente con entereza, determinación y libertad a los desafíos inherentes al quehacer cotidiano y al devenir constante de la humanidad.

Por Justo Lacunza Balda