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on Saturday, June 29, 2013
Ése es el lugar. Aunque me aguarden miles de hermosísimos, pintorescos, salvajes, plácidos, extremos, o desoladores parajes por conocer, el único destino al que siempre vuelvo, con emoción renovada, es a Paris, y lo hago convencida de que toda la comedia y la tragedia se inventó allí, en una u otra época; consciente de que tanto la inspiración sublime como el vicio más abyecto han tenido lugar al borde del Sena en distintas noches de luna llena; sabedora de que este ambiente exquisito de la mañana puede convertirse en el centro canalla más tremendo y desolador al ponerse el sol; segura de que a nadie ha de extrañarle que, tanto la literatura como el cine, hayan acudido con tamaña frecuencia a la llamada de esas calles, de ese río, o de ese altivo Molino Rojo, porque Paris siempre será la buhardilla  donde cualquier Olympia que, como Cenicienta haya perdido su mínimo zapato de cristal, puede encontrar un mágico Monet quien, pincel en mano, convierta la sordidez de turbias pesadillas, en el más hermoso e increíble de los sueños.

Me gusta alojarme en Issy les Moulineaux, aunque ahora haya perdido parte de su mimoso encanto pueblerino para convertirse en abanderada de las nuevas tecnologías y, desde la Mairie, después de un croissant que quita el sentido, llegar al centro de Paris, siempre mejor en metro que en el vertiginoso RER, para así ir saboreando el nombre de cada una de las estaciones amigas; Corentin; Porte de Versailles; Convention… hasta llegar, en apenas veinte minutos, a la que casi siempre escojo como cruce de caminos para iniciar mil y una rutas añoradas: Concorde.

Hoy, dando un largo paseo y bordeando las Tuilleries, el Museo del Louvre y el magnífico e imponente Ayuntamiento, he alcanzado la plaza de la Bastilla, donde termina el Canal Saint Martin, para luego recorrer, en sentido contrario sus cuatro kilómetros de restaurantes, bares y tiendas diversas, sin olvidar sus esclusas, ni las curvadas y románticas pasarelas entre árboles frondosos; ni los murmullos de ambiente festivo y jaranero, en una zona cada vez más concurrida y anhelada de la ciudad, que comunica con la Gare du Nord y de l´Est o les Grands boulevards. En menos de veinte años este barrio ha cambiado de raíz, y creo que para bien, porque en medio de un sinfín de locales de moda, permanecen, como testigos mudos de otro mundo perdido, los de siempre; los emblemáticos, como el Hotel du Nord que debe su nombre, y también su pervivencia y condición de monumento histórico al film homónimo, de la trilogía trágica de Marcel Carné, cuya acción transcurre en las habitaciones del mencionado hotel.

Carné, pionero del cine francés, que había iniciado su carrera en el cine mudo como ayudante de dirección de Jacques Feyder, es considerado como el padre del realismo poético y realizador de la película considerada por muchos, junto con “La règle du jeu” de J. Renoir, la mejor cinta de todos los tiempos: “Les enfants du paradis”, que quiere decir, aunque creo que nunca se ha traducido así oficialmente: “Los chicos del gallinero” (acepción vulgar del “paraíso” en las salas teatrales).

Por todos es sabido que fueron unos franceses, los hermanos Lumière, quienes inventaron el cinematógrafo, que no el cine, a finales del XIX. Y que, pocos años después, parisina fue también la empresa de producción de películas de Léon Gaumont, como parisinos fueran  sus rivales en la industria, los hermanos Pathé. Finalmente, y por descontado, a nadie se le oculta que otro francés, Georges Meliès, llegó con su cámara a la luna en 1902 y… casi le salta un ojo.

Ya no es tan sabido que, entre la primera y la segunda guerra mundial, el gran dramaturgo y actor ruso Sacha Guitry, muerto en Paris, llego a rodar más de 30 films, la mayoría de ellos basadas en sus propias obras teatrales, y que otro parisino, Jean Renoir, director, guionista y actor cinematográfico, a más de hijo del sublime pintor, nos dejó una dilatada y espléndida  obra con algunos títulos que algunos consideran precursores del neorrealismo italiano, y a la que el maestro Truffaut acudía con insistente y admirativa frecuencia.

Piano pianito llegamos al final de la segunda guerra mundial y allí nos damos de bruces con esa joya exquisíta del cine a la que aludíamos al inicio de esta colaboración: Les Enfants du paradis, estrenada en 1945. La película de tres horas de duración fue tarea ardua ya que sus 18 meses de rodaje transcurrieron en plena ocupación Nazi, por lo que los exteriores se rodaron en el Midi francés y no en la Capital, donde estuviera el teatro de Funámbulos -uno de los recintos más famosos del Boulevard du Temple, desaparecido a mitad del siglo XIX y situado donde hoy se alza la Plaza de la Republica-, por lo que hubo que construir en la clandestinidad, una a una, todas las piezas de un puzle preciosista, cuyo resultado resulta a todas luces espléndido y conmovedor.

Al inicio de la película, y sólo con el plano general de una larga avenida abarrotada de gente de variopinto pelaje compuesto por gente festiva, artistas, curiosos, mendigos, vendedores ambulantes, mimos, carteristas, jóvenes atractivas y descaradas, petimetres, forzudos, echadores de cartas y un largo etcétera, que dan vida a un imponente fresco del Paris populachero y vitalista de la época, -principios de 1800- magistralmente elaborado.

Más tarde la acción se sitúa en un escenario, con la finalidad de establecer un nexo de  unión entre el teatro hablado y el mimo, y en distintos habitáculos donde se van narrando las peripecias vitales de Garance, el más bello personaje de la gran actriz parisina Arletty, inventado por el guionista Jacques Prévert para dar mayor consistencia y cohesión a la narración de la vida y amores de Jean-Gaspard Debureau, el famosísimo mimo del siglo XIX, que reavivó de manera magistral el arte de la pantomima, interpretado en el film, con impecable dominio y ternura, por Jean Louis Barrault.

Acompañan a la pareja protagonista actores de la época, de la talla de María Casares Pierre Brasseur y Fredérick Lemaître junto a una multitud de figurantes que dan cuerpo a las distintas escenas y situaciones en las que el público amante del teatro y, de manera muy especial y creíble los ocupantes histriónicos y vociferantes del famoso “paradis” de la sala teatral, se incorporan a la representación con su actuación coral.

A lo largo de sus tres horas de duración, se suceden amores y desamores; triunfos y fra-casos; bondad y crueldad; esperanza y desesperación; fealdad y belleza; inocencia y per-versión; gratitud y miseria; crimen y castigo y, al final de la historia como al final de la vida,  no queda ya la menor sombra de duda, de que el mundo de los silencios encierra una locuacidad que supera con creces el ruido ensordecedor e inútil de las falsas, taimadas y engañosas palabras...

Marcel Carné describe admirablemente el ambiente y los personajes  así como los cambios que el tiempo y las circunstancias van produciendo en ellos; los encuentros y desencuentros entre vida y teatro o entre sueño y realidad, con un meticuloso estudio de caracteres, que el concurso del espléndido reparto protagonista ayuda a perfilar.

Años después el Director francés se trasladaría a Hollywood donde llegó a trabajar, mano a mano, nada menos que con Billy Wilder pero… eso es otra película aún sin estrenar.

París permanece vivo y medio despierto en estas primeras horas de la tarde, el rumor del agua, va diluyendo mi recuerdo de aquellos pioneros en un mundo romántico, difícil y rebosante de emoción. Aún no hace frío. Las hojas muertas se esparcen por doquier en este otoño mágico parisino, y la Piaf, Montand y Aznavour acuden a poner banda sonora a mi regreso a través de las amplias avenidas de esta ciudad exquisitamente diseñada por la mente impecable y lúcida del barón Haussman, donde espero volver mientras me quede un aliento de vida.

¡Es una cuestión de amor!

Para más información: www.marcel-carne.com  

Por Elena Méndez-Leite



on Saturday, April 14, 2012
Érase una vez un mes de abril de hace cincuenta y cuatro años. Mordehai Buchmann ve pasar las horas de esta nueva primavera en la que está a punto de nacer su hijo, un niño judío que llega al mundo en Bucarest, una ciudad doliente y cansada, como el mismo Mordehai. ¡Cuantas horas de sufrimiento ha tenido que soportar este periodista rumano para poder escapar vivo de los campamentos nazis! Intenta imaginar como será la criatura cuya llegada espera con tanta ansia. Algún día, cuando el dolor se haya suavizado por el paso de los años, es posible que pueda  contarle la historia de estos últimos tiempos en los que el mundo dio tantas vueltas que, en una de ellas y para sobrevivir al horror, hubo de cambiar hasta su nombre. Ahora el judío Mordehai Buchmann, ha muerto. Para el resto de su vida él será conocido por todos como Ion Mihaileanu, el guionista de una emblemática película “Duminica le ora 6”.

Medio siglo después, aquel niño se ha convertido en un afamado director y guionista cinematográfico que, huyendo de la dictadura de Ceausescu, recaló en Israel y finalmente se exilió en Francia. Allí empieza a colaborar como ayudante, y luego como co-guionista, con  prestigiosos directores, incluido nuestro Fernando Trueba, hasta  que a sus treinta y cinco años filma y firma su primer largometraje “Traidor” (Trahir, 1993); en esta cinta encierra al protagonista, escritor disidente del régimen comunista, entre los muros de una terrorífica y claustrofóbica cárcel de su Rumania natal. Radu modela a un esplendido ser humano, que intenta no ceder en sus planteamientos, evitar la delación y sobrellevar sus penosas condiciones, escribiendo hasta con las uñas por las paredes de su celda, hasta que la tentación va haciendo mella en su espíritu…

Cinco años más tarde nos presenta su segunda película: ”El Tren de la vida” (Train de vie,1998). En esta ocasión aborda de frente el problema del Holocausto a través del horror  propiciado en las pequeñas ciudades de la Europa del Este por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de judíos organiza un convoy que simula un tren de prisioneros, para escapar del terror y del exterminio del pueblo, en una increíble mezcla de dramatismo, comedia y poesía que hace que, inevitablemente, nuestro recuerdo vuelva a Ion Mihaileanu y a sus demonios familiares.

“Vete y vuelve” (Va, vis, et deviens, 2005), es un canto de amor filial en el que, ante la atroz injusticia que desgarra al tercer mundo, se van superponiendo los sentimientos en una batalla silente entre  la amargura, la renuncia, la ternura y el dolor. La belleza de las imágenes y la magnífica puesta en escena, se apodera de tal manera de propios y extraños que nos encontramos formando parte de un mundo en el que la calidad humana de los personajes y los auténticos valores que impregnan sus vidas nos contagian, nos emocionan y nos hacen vibrar. La historia se desarrolla en los años ochenta del siglo XX cuando, a instancias de EEUU e Israel, se pone en marcha la “Operación Moisés”, cuya finalidad es llevar a los judíos etíopes (los llamados falashas) a Israel, librándoles así de la muerte, ya sea por enfermedad, por agotamiento o por la hambruna que padecen en el campamento sudanés, en el que malviven junto a miles de refugiados de diversas etnias y países africanos. Una madre cristiana, ante la posibilidad de salvar a su hijo de nueve años, le convence  para que haciéndose pasar por judío etíope se una a  la expedición, y se  libre así de una muerte más que probable. El pequeño llega como huérfano a la Tierra Prometida, intenta olvidar quien y cómo fue su vida anterior y, día tras día, va integrándose con gran dificultad en un mundo nuevo, y descubriendo las dulzuras y amargores de su nueva situación, mientras que, noche tras noche, al contemplar la luna, mantiene un monólogo con aquella madre que fue capaz de apartarlo de ella para que pudiera sobrevivir…

Y de repente se produce lo que, en principio, parece un cambio de registro, y en 2009 Mihaileanu nos traslada de Moscú a Paris para que escuchemos la hermosa interpretación de Tchaikowsky que el antiguo director del Bolschoi de Moscú, en compañía de los que fueran antiguos músicos, nos tiene preparado en el  teatro del Châtelet  parisino. Y, en un abrir y cerrar de ojos, organiza “El concierto”, una película increíble y mágica en el que la comedia, la tragedia, la fantasía y la ilusión nos hacen llorar y reír, al tiempo que  un puñado de comediantes excelsos se adueñan de la escena y de nuestros corazones, haciendo creíble un sinsentido hermoso que, como los cuentos de antes, colorín colorado, tiene un soberbio final. 

Para terminar, resulta curioso que un judío describa de forma tan autentica y documentada la   problemática que aborda “La fuente de las mujeres” (La source, 2011). Mihaileanu afirma cuando le preguntan sobre ello que “Judíos y árabes proceden de la misma raza semítica. Cuando se intenta hablar de la belleza de una cultura que no es la propia pero que tiene unas, raíces, una música, unos alimentos, y una forma de vida común, a nadie puede extrañarle que un judío describa con tanta pasión y nostalgia una hermosa historia de amor, dolor y superación entre seres humanos, sean árabes, cristianos o judíos”.

“Las mil y una noches”, fueron los cuentos que una mujer inventó cada noche  para poder ver amanecer al día siguiente, y sirve magníficamente de hilo conductor del mensaje que Milhaileanou traslada a todas las la mujeres árabes: El valor que supone para su integración  el saber hacerse escuchar, su voz ha de ser la provocación para que, a través de muchas primaveras árabes, lleguen a alcanzar su completa liberación.  

El papel primordial del amor y la comprensión de un hombre: su marido, facilita que la bella Leïla se decida a incitar, contra viento y marea, la rebelión de las ciudadanas de un pequeño y aislado pueblo, en el que para conseguir llenar sus cubos de agua deben ser ellas las que a diario suban y bajen la pedregosa y reseca montaña, donde se ubica la única fuente de la localidad, mientras que los hombres, en su mayoría inactivos y perezosos, permanecen charlando en sus casas al resguardo del ardiente sol. La idea de comenzar una huelga en la que se niegan a mantener relaciones con sus maridos hasta que no faciliten la llegada del agua al  pueblo, es el “leitmotif” de esta comedia costumbrista y colorista que, al tiempo que nos deja su profundo mensaje, nos provoca la sonrisa una y otra vez. El film está basado en un hecho real y el escenario escogido es impecable, como lo es también la interpretación del grupo de mujeres rebeldes.

Hasta aquí el trabajo de un guionista y director cinematográfico que nació en Rumanía, pero que, sin duda, es un ciudadano del mundo, capaz de comprender el sufrimiento y los anhelos de otras razas y otros pueblos, y de denunciar las injusticias sean del signo y del color que sean. En todas y cada una de sus películas, este realizador se muestra comprometido con unos valores universales en los que cree y por los que lucha con la mejor herramienta que tiene, conoce y domina. 

No sé si Ion Mihaileanu sigue vivo, pero estoy convencida de que el hijo que esperaba con tanta ilusión en aquel mes de abril de hace cincuenta y cuatro años  es un bendito judío rumano que va por este mundo haciendo el bien. ¡Shalom!

Por Elena Méndez-Leite

on Wednesday, November 2, 2011
A Fernando Rey.
 (1917-1994)

Es muy posible que muchos de ustedes no recuerden la película de tono menor que bajo este hermoso título, aunque con triste resultado, interpretó a las órdenes de Enrique Gómez uno de mis Fernandos de cine. Dos años después, mediados los 40, se embarcaría con Rafael Gil en la primera de las cuatro interpretaciones que hizo del Caballero de la Triste Figura.

Fernando Rey Murió hace quince años y algo más. Se fue sin avisar a buscar exteriores de algodón blanco y añil por otras alturas. No leí entonces en ninguna de las mil y una crónicas elegíacas que  dedicaron a este Quijote de amor en celuloide, que una vez quiso ser arquitecto o que le entusiasmaba pasear entre los árboles, porque a más de ser todos hermosos eran para él desconocidos ya que, según confesaba jocosamente, entre todos ellos sólo era capaz de establecer una diferencia; que unos eran pinos y otros no. 

Fernando fue Felipe el Hermoso en aquella Locura de amor de Orduña y el Duque de Alba, en Eugenia de Montijo y el narrador de Bienvenido Mister Marshall, y la palabra de Ricardo III y de Hamlet y... fue muy triste levantarse una mañana sabiendo que su voz, aquella voz única, llena, perfecta en la dicción, atemperada; aquella voz amiga, reconocida y valorada; aquella voz compañera de sueños y ternura sería a partir de entonces como en el poema, solo polvo de voz enamorada. 

Eran muy pocos setenta y seis años para dejarnos así tan de repente. Hacía escasos días le habíamos visto sereno, sonriente, con ese aspecto de espléndida madurez que encandilaba a chicos y mayores y, sobre todo, esperanzado porque alguien le había prometido descubrir y aplicar un tratamiento nuevo y milagroso que libraría a su cine, a nuestro cine, de una muerte segura, llorada y anunciada. Y yo no supe ver que era él -¡Dios que buen vasallo, si hubiere buen señor!- el que precisaba de ese tratamiento, que éramos nosotros los que íbamos a padecer la ausencia de uno de los mejores maestros artesanos de nuestra industria cinematográfica, de uno de los espléndidos seres humanos que nos devolvían, día a día, la confianza en el buen hacer. Lo que sí supe con dolorosa certeza es que este buen gallego ya era el segundo Fernando mágico que se me escurría de entre los dedos llevándose con él, quizá por irrecuperables, los mejores años de toda mi generación, que tuvo la fortuna de no conocer la guerra y que se acostumbró primero a aquella imagen de su época juvenil cuando aún no era buen actor, ni llevaba barba, ni era internacional, pero era tuyo y mío; nuestro. Esa generación que se alegró después al ir comprobando que cada año era para él un logro en ese difícil ascenso que tantos inician, y tan pocos consiguen coronar con éxito.

A la mayor parte de los cómicos españoles la vida les debe una explicación por haber sido infrautilizados las más de las veces y desde luego nunca y menos que nunca ahora, suficientemente reconocidos y valorados. 

Cuando Fernando partió quise imaginar que le habían llamado del Centro Internacional de las Estrellas que fundó Gary Cooper que -como todos saben sobre todo la Sra. Miró que está a su lado-, está en los cielos, para que acudiera a presentar en la Vía Láctea una gala de sueños y sonrisas- y, cogiendo los dos viejos tomos que escribiera sobre la historia de nuestro cine otro de mis Fernandos allá por los sesenta, fui repasando a través de sus páginas tantos nombres y rostros queridos hoy ausentes, señores de la escena y la pantalla, artífices de magias, sin sentidos, cuentos de amor, de brujas o de hadas que según la ocasión se convertían en valerosos soldados, reyes, nobles, plebeyos, campesinos, doncellas, bandidos generosos, monjas atribuladas, niñas pobres o ricas, jóvenes tiernas o descarnadas, mangantes, pícaros, bribones, héroes, vecinos de andar por casa, amantes apasionadas, espías del tres al cuarto, ladrones de guante blanco, criminales o estafadores de la peor calaña, escritores, artistas, descubridores, inventores, modistillas, chulapos, gitanos, bailaoras, duendes, fantasmas, peregrinos... En fin, todos y cada uno de los personajes que se acercaban a nuestra butaca desde la pantalla de cualquier cine de barrio haciéndonos creer, por cuatro perras, que nada era imposible, mientras ellos estuvieran allí y nos lo contaran.

Amanecía en puerta oscura cuando acabé de repasar el segundo tomo de tan hermosa historia. En mi mente se agolpaban los seres entrañables perdidos para este torpe mundo pero susceptibles de ser halladas en otro menos cruel, en ése al que se nos fue sin un ruido, caballerosamente como siempre, nuestro Fernando, dejando a Tristana envuelta en lágrimas.
           
Cerrando el libro, pasé mis dedos por su cubierta. Miré al ciego y al lazarillo que ilustran la portada y lo dejé de nuevo en su lugar, como si no hubiera pasado nada. Luego volví otra vez a la rutina como cualquier mañana. Había comprobado a través de la prensa el dolor de nuestras gentes ante la desaparición del "actor más internacional" de nuestro cine, y comprendí que algunos nunca se enterarán de nada. Según avanzaba el día fui imaginando como sería el reencuentro allá arriba, porque si aquí quedaban aún tantos amigos, no digo los que habrían salido a recibirle en ese otro lugar en donde dicen que se vive con menos prisa y que todo el tiempo se emplea en acoger a los recién llegados. ¡Señor, hoy seguro que han tirado la casa por la ventana!

Sea como fuere y aunque no nos demos cuenta, se nos han ido marchando Fernan Gómez y López Vazquez y Agustín González y La Carrillo y La Ponte y Rafaela y Florinda y Julia y Pepe y María Isbert y Marsillac y Aleixandre y... tantos y tantos otros...

La realidad es que queda poco tiempo para el reencuentro. La próxima vez que vivamos será ya para siempre en esa Vía Láctea donde cada año, a partir de entonces, Fernando Rey presenta su gala de sueños y sonrisas a la que nos iremos integrando poco a poco todos y cada uno de los que le seguimos y le admiramos. Todos cuantos aquel día de septiembre de hace ya tantos años, no teníamos casi ni gana de ir al cine y si me apuran ni de representar siquiera nuestro papel de actores de reparto en esta película tan vieja que algunos llaman la vida cotidiana.

Por Elena Méndez-Leite