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on Thursday, March 14, 2013
Han pasado casi dos años desde aquél once de mayo en el que la tierra tembló y volvió a temblar bajo los pies de los lorquinos; desde que nueve de sus vecinos perdieran la vida; desde que las gentes, con el terror en la mirada, deambularan con sus maletas por las calles durante el día y durmieran en sus vehículos, o en el refugio habilitado para ello, por temor de que sus casas se vinieran abajo; desde que los niños dejaran de tener escuela; desde que las estructuras mostraran serios daños; desde que la preciosa botica del palacio de Guevara oyera, a más de su famoso fantasma de medianoche, el temido vaivén de sus preciosos tarros en peligro de muerte; desde que el perfil de uno de los cascos históricos señeros del barroco español, viera borrarse de un plumazo todo un conjunto de nobles casas solariegas, reducidas a fachadas fantasmagóricas; desde que las puertas y ventanas de muchas de ellas solo permitieran el acceso a los escombros… a la nada.

En los primeros momentos había que salvar vidas antes que haciendas, había que restaurar el espíritu y la carne antes que la piedra y el patrimonio, por lo que sin pérdida de tiempo, más de cuatrocientos soldados entre la Unidad de Emergencias y el Ejército de tierra acudieron en socorro, trasladando heridos, habilitando alojamientos, acordonando edificios, cumpliendo, en fin, con su deber más allá de lo exigible, mientras que distintas ONGS restañaban los ánimos, secaban lágrimas y cuidaban de que los pequeños volvieran tímidamente a sonreír. Más tarde comenzó la recuperación de esta ciudad hermosa por sus cuatro costados, que presentaba, por vez primera desde los bombardeos de la contienda fratricida del 36, una imagen dañada, agrietada y herida hasta donde la vista alcanzaba.

Tras las primeras inspecciones, las casas se habían convertido en inmensos semáforos que, pintados de verde, amarillo o rojo, anunciaban a sus moradores si podían volver a ellas en el primer caso; si tan sólo podían acceder para recoger lo más básico o querido en el segundo, o si, desafortunadamente, no podrían regresar a ellas nunca más. Sus iglesias mostraban serios daños. Su Fortaleza del Sol, uno de los Castillos de origen medieval de mayor envergadura de nuestro país también asomaba sus llagadas murallas mientras una de sus dos torres, la del Espolón, enseñaba las fatídicas huellas del desastre.

Por si esto fuera poco, y en medio de tanta desolación, tres meses después la naturaleza volvió a declararse enemiga y las riadas inclementes causaron la muerte de otros tres vecinos y arruinaron a su paso la cosecha de la  huerta lorquina.

La pena y el desconsuelo se apodera entonces de este pueblo herido sin merecerlo, muchos de sus habitantes tienen que huir no solo de la ciudad sino de la región, pero nadie se arredra y, poco a poco, con la ayuda de propios y extraños van consiguiendo que el paisaje y el paisanaje recuperen su antiguo esplendor, pero son tantos frentes abiertos y la situación económica tan preocupante -y no sólo en esta España nuestra-, que según van pasando los meses y el auxilio escasea, el desaliento lanza su zarpa feroz ante la cantidad de estructuras dañadas que van apareciendo y lo ingente de la tarea que parece no tener fin, y a eso hay que sumar la tardanza de las subvenciones que se prometieron en un principio y ahora tardan ya demasiado en llegar.

Aun así, todo va volviendo a la normalidad. La Colegiata renacentista de San Patricio, espléndido Monumento Histórico Nacional, que comparte con el Ayuntamiento del siglo XVII, el Palacio del Corregidor la emblemática Plaza de España y que sufrió las consecuencias de la catástrofe se va delineando. También la iglesia de San Francisco considerada como otra de las joyas de la corona de Lorca encorsetada de andamios va saliendo de su marasmo.

El Palacio de Guevara que, desde su donación al municipio, cumplía las veces de museo, y que quedó perjudicado seriamente teniendo que ser desnudado de muebles y enseres para proceder a su minuciosa recuperación, se ha ido saneando con esmero y va a ser exhibido en los próximos días de Semana Santa, para que cuantos acudan a disfrutar de estas Fiestas, declaradas de interés internacional, comprueben sin impedimentos la belleza arquitectónica de esta construcción singular en todo su esplendor.

El Conservatorio, que  lleva el nombre de uno de sus vecinos más ilustres: Narciso Yepes, cuya estatua preside el magnífico patio, ha zurcido de forma magistral sus grietas amenazadoras.

Podríamos seguir así hasta llegar a enumerar la casi veintena de edificios del patrimonio lorquino que han sido o deberán ser rehabilitados con gran esfuerzo económico y con no menor entrega, vigilancia y cuidado, para mantener intacto su valor artístico y monumental, pero nos llevaría muchos folios ir describiendo una por una todas las actuaciones que se han llevado a cabo con paciencia benedictina en estos dos años de Camino del Calvario.

Terminamos, por tanto, volviendo al Parador, que comparte terrenos aledaños al Castillo,y que estaba en plena construcción a la hora del terremoto. Ya ha sido felizmente inaugurado el pasado año por S.M la Reina y se sitúa como espléndido albergue junto al resto de una oferta hotelera de primera clase, deseoso de acoger a todos aquellos que quieran gozar de un turismo de calidad y de contribuir, al propio tiempo, al renacimiento de este cachito de nuestro territorio que hoy nos llama; nos necesita; nos quiere.

No conozco a nadie en Lorca, pero he sufrido con todos ellos y he querido poner mi humilde granito de arena describiendo someramente su buen hacer, su esfuerzo y padecimiento, porque sé que somos un pueblo solidario, y como quiera que quedan ya pocos días para la celebración de las Fiestas de Semana Santa, que allí fueran declaradas Patrimonio Internacional. Sería fantástico que los que aún no han resuelto cual va a ser su destino vacacional decidieran acercarse a estas tierras para disfrutar de la  bondad de su clima y de la exquisitez de su gastronomía; asistir a sus originales y distintas procesiones y desfiles bíblicos en los que se incluye el Paso más antiguo de España obra de Salzillo padre;  bañarse en su lluvia de flores, admirar la riqueza de las carrozas, la magnificencia de las imágenes vestidas con riquísimas telas y primorosos bordados, participar del fervor de sus gentes y de la ilusión y el entusiasmo de niños y mayores; visitar los museos del Paso blanco y el del Paso azul, que las dos cofradías con mayor tradición y rivalidad de la Villa cuidan y atienden con esmero, y regresar días después a sus casas con los ojos bendecidos por esta experiencia inolvidable, recompensados por el calor y la gratitud de sus gentes, tras saborear el precioso regalo de compartir con ellos tiempo y vivencias y de haber aportado un rayo de amistad y esperanza a estos hermanos nuestros  ¿Hay quien dé más?

Por Elena Méndez-Leite

on Saturday, October 22, 2011
A la memoria de John Ruskin

En los libros, como en otras muchas cosas, también hacen mella las modas. De repente la autoayuda ha hecho furor, y se cuentan por cientos las publicaciones que nos enseñan a conocernos y a mejorarnos, a querernos y a valorarnos, a consolarnos y a defendernos, a sobreponernos y a elevarnos, a desinhibirnos y a implicarnos.

Si se trata de novela histórica, en los últimos tiempos proliferan las de héroes medievales, tesoros escondidos, reinas desconocidas o amantes desdichados. Los anaqueles de las librerías se llenan de obras españolas y extranjeras que tocan, y algunas hasta profundizan con gran acierto en esos temas, una y otra vez. 

Desde hace unos años, también han sido varias las novelas río que tienen como motivo o escenario la construcción de catedrales. El éxito de Los Pilares de la Tierra,- con película incluida- y de  Un mundo sin fin del americano Ken Follet, de  Pájaros negros sobre la Catedral de Vanderberg o de la Catedral del Mar de nuestro Ildefonso Falcones, ha propiciado que haya un aumento de visitas a las catedrales europeas y, en lo concerniente a catedrales, España por belleza, magnificencia, e incluso abundancia, se lleva la palma. 

Uno tiene la percepción de que esos recorridos se realizan ahora de una manera más pausada, más consciente y con mayor interés pedagógico. El turismo va agrandando sus miras, y ya no resulta chocante observar el empeño, no ya de disfrutar de la belleza de estas construcciones, sino de conocer las características, los intríngulis y los recovecos, de los distintos períodos y estilos en que cada una de ellas fue moldeada. Es esta, sin duda, una tarea más complicada de lo que a simple vista pueda parecer. El esfuerzo se  redobla para quienes apenas contamos,  en nuestros planes de estudio, con unas someras nociones de los movimientos arquitectónicos y con una docena de vocablos básicos de un léxico amplísimo y de extraordinaria sonoridad; Entablamento, arquitrabe, dovela, cimborio, campanil,  transepto... 

Llegados a este punto, debemos romper una lanza por el papel que la publicidad y algunos medios de comunicación, a menudo tan denostados, desempeñan en este proceso educativo de masas, al menos como incitadores de la curiosidad de la población, sobre las mil y una manifestaciones de las artes y de las ciencias. Si a comienzos del siglo pasado, el impenetrable alquimista francés Fulcanelli  hubiera tenido la fortuna de contar con una campaña de propaganda adecuada para su esotérico ensayo, muchos habrían gozado de la lectura de ese curioso y difícil canto al gótico que entona en su Misterio de las Catedrales. Y en otro orden de géneros y en esa misma época, si alguien hubiera publicitado debidamente la fantástica descripción  que de las “claverías” incluyó Blasco Ibáñez en La Catedral, aún permanecería en nuestras mentes. O si mas tarde a Mallorquí le hubieran hecho una entrevista a tiempo en alguna de las múltiples cadenas de televisión en horario adecuado –prime-time- muchos más de nuestros jóvenes habrían disfrutado de su fantástica Catedral de la Baja Edad Media. 

Y ya  puestos a ordenar las piedras con los autores que las amaron, quiero hablarles ahora de John Ruskin, escritor impresionista británico y el mas importante teórico y crítico de arte del XIX, a más de sociólogo, filósofo y poeta. Esteticista moral, su idealismo le hizo luchar contra el materialismo de la era victoriana y los peligros de la industrialización, y detener su mirada, larga y profundamente, en la belleza de las cosas en abstracto, y en la obra elaborada  pacientemente por el artista en concreto. Su pasión por la arquitectura le llevó a escribir dos piezas magistrales que nadie debería morir sin leer, y de las que luego hablaré. Las Siete Lámparas de la Arquitectura y,  las Piedras de Venecia.

John fue un niño precoz de una acomodada familia cristiano-evangélica, dedicada en sus orígenes a la elaboración de vinos generosos. Resulta curioso conocer que su abuelo se asoció con la familia Domecq para conseguir un delicioso jerez, que alegró los paladares británicos del siglo XVIII. 

Recibió una educación exquisita aunque solitaria. A menudo acompañaba a sus padres en sus viajes por Europa, por lo que se despertó en él una afición temprana por la escritura como medio de comunicar sus inquietudes, ante las diversas manifestaciones artísticas que tuvo ocasión de contemplar. Apenas pasada la pubertad y con una salud delicada, la posibilidad de que sufriera una tuberculosis propició que lo llevaran a Italia en busca de climas menos rigurosos y, aunque regresó a Oxford,  su nostalgia por disfrutar in situ de los tesoros del arte italiano, le hizo regresar en 1845 y volver en multitud de ocasiones más.

En la vida del joven John, hay una circunstancia  que influiría de forma determinante en su afición por la pintura: A los trece años recibió como obsequio de un granjero amigo, una edición del poema Italy de Byron, enriquecida con láminas de grabados de  JMW Turner. Desde el momento en que vio aquellos grabados, tuvo la certeza de que la impresión que le habían producido no se borraría jamás, y así se convirtió primero en rendido admirador del pintor romántico inglés, y tiempo después en su valedor  ante el mundo, ya que, el “pintor de la luz” muy valorado en círculos restringidos, era desconocido para el gran público.

Aunque entonces Ruskin lo ignorara, Turner y él,  dos seres extraordinarios, tendrían en común una  infancia precoz; el apasionado amor por el arte; los viajes; la soledad y unos rasgos de demencia, que en ambos se manifestarían al final de sus vidas.

En 1840 se cumpliría uno de sus más anhelados sueños. Con ocasión de una cena en casa de unos amigos comunes, tuvo oportunidad de conocer al sublime artista y, esa misma noche, lo define en su diario como “El hombre más importante de esta época... un caballero inglés algo excéntrico y de mal carácter, de maneras un tanto tajantes, al que irritan sobremanera las hipocresías de toda índole. Agudo, un poco egoísta y muy intelectual”. Esa primera impresión del crítico se correspondía fielmente con la realidad, y él sería uno de los primeros en ser victima , no sólo de su egoísmo, sino de su ingratitud.  

Ruskin había dedicado ya el primer volumen de sus Pintores Modernos al panegírico del pintor. Afirmaba que “era el artista que de manera más conmovedora puede medir el temperamento de la naturaleza”, y había dedicado más de  más de una veintena de páginas a  describir los cielos de sus lienzos con un cuidadísimo lenguaje, digno de ser saboreado como el exquisito jerez de su antepasado. Turner, sin embargo no hizo el menor aprecio, y jamás llego a reconocer públicamente la contribución impagable de Ruskin a la difusión de su obra, sin la cual jamás habría gozado del lugar de privilegio que luego llegaría a ocupar. 

No obstante, y a pesar de esta ingratitud que duraría de por vida,  cuando el pintor murió en 1851, le nombró entre sus albaceas.

Mientras que Turner dejó una obra de trescientos óleos y más un millar de acuarelas y dibujos, Ruskin era consciente de sus propias limitaciones con el pincel, por lo que nunca se atrevió a ejecutar un óleo en tela, pero dibujaba con pasión todo aquello que le parecía hermoso para “atraparlo” y poder disfrutar de ello. Era consciente de que, con el tiempo, todo la bello que se presentaba ante sus ojos, mudaría de aspecto, desaparecería, se perdería o ya no estaría a su alcance,  pero sus dibujos siempre permanecerían junto a él y a ellos podría volver la mirada cuando ya flaqueara su memoria. Así, resulta curioso observar el contraste con Turner que pintaba, sobre todo, el esfuerzo de los hombres, su dolor y su muerte.

Esta relación, aunque importante, solo fue un aspecto de la vida de nuestro esteta. En 1846 aparecen dos volúmenes más de sus Pintores Modernos en los que defiende la superioridad de los paisajistas de la época  frente a los clásicos. Dos años después casó con la escocesa Euphemia Gray. Fue éste un matrimonio apresurado, disfuncional y fracasado en origen. Apenas tenían nada en común, Euphemia, diez años más joven que su esposo, disfrutaba con fruición de la vida en sociedad, las cenas, las tertulias, los coqueteos y los bailes de la época, mientras que a John, viajero y lector infatigable, le encantaba recorrer junto a ella la campiña francesa, los Alpes y Venecia, pero prefería, al regresar al hogar, vivir lejos del mundanal ruido, estudiando, escribiendo, dibujando o disfrutando de sus Turner, que permanecieron siempre muy cerca de él incluso en su dormitorio, hasta su muerte en la casa familiar de Brantwood. Tras una convivencia difícil y oscura se separaron. Euphemia casaría después con el insigne pintor Millais.

- Al hilo de esta turbulenta relación, y por si hay algún cinéfilo entre nuestros lectores, les diré que, curiosamente, para estos días está previsto el comienzo del rodaje en Hollywood de la película “Effie”, sobre este triángulo amoroso. Con guión de Emma Thompson y dirección de Richard Laxton. La actriz Dakotta Fanning  encarnará  a Euphemia Gray -

Ya sin su esposa, Ruskin continuó escribiendo y viajando. Considerado uno de los padres del Medievalismo del XIX y alma mater del Movimiento Arts & Crafts, que revindicaba, en plena época victoriana, la restauración de las artes y oficios medievales,  afirmaba  que “cada objeto debería tener algo del pasado sublimado por la elegancia” y renegaba  de la producción en masa, propugnando la victoria del hombre sobre la máquina. Este movimiento estuvo animado principalmente por William Morris, artesano, impresor, diseñador, poeta y activista político, y tuvo gran influencia de 1915 a 1925 en arquitectura, artes decorativas y diseño de jardines.

Apoyó también con sus escritos y económicamente el prerrafaelismo, que había sido fundado en Londres por Millais Rosseti y Hunt y que defendía  la observación de la naturaleza y el regreso al  detallismo minucioso y colorido luminoso de los primitivos italianos y flamencos anteriores a Rafael. Los prerrafaelistas, que fueron muy contestados, encontraron en el valimiento de nuestro Erudito en arte, una fuente de aliento que  les permitió sobrevivir durante más de un lustro.

Hacia 1860 Ruskin comenzó a manifestar desordenes mentales, fantasías obsesivas y depresión. A pesar de ello, en el 69 comenzó a impartir su asignatura de Bellas Artes en  Oxford  hasta el año 79. Fundó la Compañía de San Jorge, y en sus últimos años dedicó gran parte de sus mermadas energías a  impregnar de su visión de la belleza gótica  la construcción del Museo de Historia Natural de Oxford, con su amigo el profesor de Medicina, Sir Henry Acland. 

Ruskin comenzó escribiendo sobre historia y crítica de arte, pero sus 250 obras abarcaron temas tan dispares como ciencia, sociología, economía, medio ambiente, ornitología, critica literaria, geología y mitología. No obstante y cómo les decía, por encima de todo, si hay dos obras imprescindibles para comprender lo que fue su pasión por la arquitectura gótica o la belleza de una catedral, éstas son:

Las Siete Lámparas de la Arquitectura, que comenzó a escribir durante los viajes que realizara con Eufemia en una época serena de su relación y en la que  desarrolla con precisión y brevedad sus ideas estéticas. A través de un lenguaje diáfano, rotundo y sin ambages trufado de ejemplos asequibles, nos va explicando, en apenas doscientas páginas, de qué manera se pueden traicionar los principios básicos del arte edificatorio, detallando todo aquello que puede dañar su noble espíritu y llevándonos a distinguir; lo autentico, de lo falso; lo superfluo, de lo imprescindible; la destreza, de la simulación; el arte, del pastiche; las reglas, de la inspiración y la armonía, del desorden. Sus principios arquitectónicos se van mostrando, magníficamente expuestos, en las lámparas del Sacrificio; de la Verdad; de la Fuerza; de la Belleza; de la Vida; del Recuerdo y de la Obediencia, iluminando nuestras mentes, sin que seamos capaces de advertir en qué momento se hizo la luz.  

En el tratado Las Piedras de Venecia, expone en tres tomos, aunados en uno en la versión que les propongo, su visión global sobre la naturaleza del gótico, y tras sus continuos viajes a la Ciudad Ducal, se detiene en la descripción de Murano, de los Palacios Ducales o de San Marcos desbrozando los aspectos técnicos, religiosos, morales, económicos y políticos de la arquitectura doméstica y espiritual, que alcanzó su mayor gloria con el gótico de finales del medioevo. Obra profunda y exhaustiva de hondo calado, que proporciona un íntimo disfrute, aun cuando los profanos en la materia debamos leer con el mayor cuidado, para poder captar la riqueza que encierra, comprender sus lecciones magistrales y disfrutar de unas preciosas láminas explicativas que ayudan a los dibujos que se incluyen a formar un conjunto armonioso que, partiendo del cálculo matemático, entremezcla una emoción, sabiduría y sensibilidad, que envuelven al lector, y ya no le abandonan, durante todo el recorrido mágico por sus páginas.

John Ruskin, agravada su enfermedad mental, vivió retirado desde 1885 hasta su muerte en su casa de Brantwood,  que es hoy un precioso museo activo y acogedor, rodeado de jardines evocadores de este genio polifacético que el mundo tuvo el privilegio de conocer.

Si alguno de ustedes se acerca por allí y no le encuentra, acudan a cualquiera de las catedrales góticas y susurren su nombre. Seguro que asoma por alguna de  las siete lámparas y, acercándose a ustedes,  amablemente les responderá.

Por Elena Méndez-Leite


Bibliografía:

El Misterio de las Catedrales. Fulcanelli. Editorial De Bolsillo, 2003.
Pájaros negros sobre la Catedral de Philipp Vandenberg. Planeta 2008.
traducción de Maria Alonso Gómez, 
Los Pilares de la Tierra. Kenn Follet. Traducción: Rosalía Vázquez. Editorial De Bolsillo. 2008.
La Catedral. Vicente Blasco Ibáñez. Edita Antonio Pareja, 2001.
Un Mundo sin fin. Ken Follet. Editorial Plaza y Janés, 2008. Traducción de Ana Alcaina, Verónica Canales y otros.
La Catedral.  Cesar Mallorquí. Ediciones SM, 2005
Las Siete Lámparas de la Arquitectura. John Ruskin. Editorial Alta Fulla, 2000. Traducción de Carmen de Burgos.
Las Piedras de Venecia. John Ruskin. Traducción de Maurici Pla. Edición del Consejo General de la Arquitectura Técnica de España. 2000.