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on Tuesday, October 29, 2013
Vivimos actualmente la crisis más grave que haya conocido la Humanidad. Son los tiempos oscuros del Kali-Yuga, la era tenebrosa que cierra todo un ciclo histórico y cósmico. Estamos ante una sociedad enferma, afectada por una incurable dolencia que se encuentra ya en su fase terminal.

El mundo, y en especial el mundo occidental, se halla hoy sumido en un proceso de hundimiento y decadencia que viene caracterizado por los siguientes rasgos: caos y desorden, anarquía (sobre todo en las mentes y las conciencias), desmadre y desbarajuste total, confusión y desorientación, inmoralidad y corrupción, desintegración y disgregación, descomposición, inestabilidad y desequilibrio (en todos los órdenes: tanto a nivel social como en la vida psicológica individual), ignorancia, ceguera espiritual, materialización y degradación de la vida, descenso del nivel intelectual y eclipse de la inteligencia, estupidez e idiotización generalizadas, demencia colectiva, ascenso de la vulgaridad y la banalidad. Por doquier se observa un fenómeno sísmico de ruina, destrucción, socavación y subversión, en el cual queda arrumbado y corroído todo aquello que da nobleza y dignidad al ser humano, todo cuanto hace la vida digna de ser vivida, mientras irrumpen fuerzas abisales que se recrean y complacen en esa oleada destructiva, amenazándonos con las peores catástrofes que haya podido imaginar la mente humana.

La crisis no es sólo económica, política o social, aunque esto sea lo más evidente a primera vista, lo que más llama la atención y de lo que se habla a todas horas en la prensa, en los telediarios y en las tertulias. La grave crisis que padecemos tiene raíces mucho más profundas de lo que solemos pensar. Es ante todo una crisis espiritual, una crisis humana, con hondas consecuencias intelectuales y morales. Es una crisis del hombre, que se halla desintegrado, angustiado, aplastado, hastiado, cansado de vivir, sin saber adónde ir ni qué hacer.

Es, por otra parte, una crisis que afecta a la existencia en su totalidad, incluso a la existencia natural y cósmica (como lo demuestra la crisis ecológica y la destrucción de la Naturaleza y el medio ambiente). No hay ningún aspecto o dimensión de la vida que escape a esta terrible crisis, a esta ola destructiva y demoledora de todo lo valioso. Todo se ve afectado por el desorden y el caos: la cultura, el arte, la filosofía, la medicina, la enseñanza, la religión, la familia, la misma vida íntima de los seres humanos.

Se pueden distinguir tres aspectos en este proceso de crisis total y ruina generalizada:

1. Ruina y destrucción de la Cultura
2. Ruina y destrucción de la Comunidad
3. Ruina y destrucción de la Persona

Podríamos decir, pues, que nos hallamos ante tres dimensiones de la crisis: una crisis cultural, una crisis social y una crisis personal. Tres formas o dimensiones de la crisis que repercuten de lleno en todos y cada uno de nosotros.

Son éstas tres formas de ruina y destrucción que se hallan íntimamente entrelazadas, no pudiendo analizarse ni solucionarse por separado. No se puede entender ninguna de ellas si no se consideran las otras dos. No se podrá dar respuesta a ninguno de tales procesos de ruina y demolición ni solucionar el mal que conlleva cada uno de ellos si se prescinde de los dos que lo acompañan.

Se trata de tres destrucciones que no son sino tres facetas de una misma y única destrucción: la destrucción de lo espiritual, la destrucción de lo humano. Es el resultado, en suma, de la persistente labor de zapa llevada a cabo por lo que los alemanes llaman der Ungeist, “el anti-espíritu”, “in-espíritu” o “des-espíritu”, esto es, la tendencia hostil a lo espiritual y trascendente, la negatividad operante, corrosiva y subversiva. La potencia más dañina y nefasta que podamos concebir, cuya acción se traduce en un socavamiento de toda espiritualidad y una total desespiritualización de la vida.

1. Ruina de la Cultura

La Cultura, que es todo aquello que eleva y ennoblece la vida del hombre (religión, filosofía, arte, música, poesía y literatura, ética y modales), se ve hoy día aplastada por la Civilización, entendida como el conjunto de las técnicas, los medios y los recursos que permiten a la Humanidad sobrevivir, defenderse de los peligros que la amenazan y mejorar su nivel de vida material (economía, organización política, ejército, burocracia, industria, transportes, medios de comunicación, hospitales, etc.).

La Civilización, que debe estar siempre al servicio de la Cultura, se ha erigido en dueña y señora, convirtiéndose en dominadora absoluta y poniendo a la Cultura a su servicio. Los factores, recursos y criterios civilizatorios, que van ligados a lo material, se han impuesto de modo omnímodo sobre los culturales y espirituales.

Se ha alterado así el orden y la jerarquía normal, con las funestas consecuencias que semejante desorden acarrea. La consecuencia más inmediata es la decadencia y ruina total de la vida cultural, que está en peligro de desaparecer por completo en Occidente ante la asfixiante presión del elemento civilizatorio. La Cultura se ve hoy obligada a mendigar como una pobre cenicienta despreciada y a pedir que le perdonen la vida, no quedándole otro remedio que refugiarse en las catacumbas.

En nuestros días la Cultura se halla amenazada por el avance de tres deplorables fenómenos hoy muy en boga, en alza y auge crecientes: la incultura (la ignorancia pura y simple, la falta de formación y el embrutecimiento desidioso), la subcultura (en la cual la vida cultural queda degradada al nivel de simple diversión, entretenimiento y espectáculo) y, lo que es más peligroso y nefasto de todo, la anticultura (esto es, la antítesis radical de la Cultura, al someter la actividad cultural a los criterios de un individualismo y un relativismo despiadados, con la consiguiente labor corrosiva, demoledora y desconstructora).

La anticultura, que va ligada a la expansión del nihilismo, se orienta frontalmente contra la Cultura, busca suplantar la genuina creación cultural por la producción de engendros ininteligibles y sin valor alguno, cuyo único impulso parece ser el afán de originalidad y el propósito rompedor. La creación cultural pasa a ser concebida como un activismo caótico y arbitrario que no debe ajustarse a normas de ningún tipo, que no debe ponerse metas de calidad y excelencia ni tiene por qué realizar ningún servicio a la comunidad y a los seres humanos. Así surge todo ese páramo demencial del “arte contemporáneo” que es en realidad antiarte, de la “poesía abstracta” que es en realidad antipoesía y de la “música de vanguardia” que es en realidad antimúsica. Igualmente nos encontramos con una antiarquitectura, una antifilosofía, una antieducación, una antimoral o antiética. Y, por supuesto, una antihistoria, o sea, una historia manipulada, falseada, hecha a base de mentiras, embustes y patrañas, así como de una descarada ocultación de los hechos reales que no interesa se conozcan.

Con ello se rompen todos los moldes de lo que durante milenios se había entendido por “cultura”. Y así vemos cómo se va haciendo imposible el surgir de una cultura auténtica, mientras son adulterados de manera desconsiderada e irrespetuosa los bienes culturales recibidos del pasado. Véase, como ejemplo, las representaciones grotescas, ridículas y estrafalarias, de obras clásicas de teatro y óperas de grandes compositores, con el pretexto de actualizarlas y modernizarlas; o también la pretensión de expurgar o corregir antiguas obras literarias y filosóficas, como la Divina Comedia de Dante, para ajustarlas a lo políticamente correcto.

Toda esta oleada anticultural no hace sino poner de relieve la alarmante crisis de valores que sufre el mundo actual. Una crisis de valores que se va agravando a medida que avanzan la incultura, la subcultura y la anticultura, con la irresponsable colaboración activa de intelectuales, artistas, museos, prensa y órganos de comunicación, gobiernos y promotores seudo-culturales, que con sus apoyos y subvenciones a la bazofia anticultural, y poniendo al servicio de la misma, para promocionarla e imponerla, todo su aparato propagandístico, están promoviendo en realidad la destrucción o desconstrucción de la Cultura.

La Cultura es un cosmos de valores. Toda cultura normal y auténtica está basada en los valores supremos de la Verdad, el Bien (o la Bondad) y la Belleza (que lleva asociada, como una derivación lógica y natural, la Justicia). La actividad cultural no tiene otro sentido ni otra misión que servir de cauce para la realización de tales valores, procurando ponerlos al alcance de los seres humanos para así elevar, dignificar y ennoblecer sus vidas.

La Cultura está al servicio de la Humanidad. Toda creación cultural ha de estar inspirada por un hondo sentido de servicio, ha de ser consciente de sus deberes, tanto hacia los principios y normas que deben guiarla como hacia los seres humanos a los que debe servir. Cuando un organismo social está sano y tiene una cultura vigorosa y saludable, va buscando la defensa y realización de lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo justo. Y ello, como el mejor servicio que se pueda hacer a la persona humana, para contribuir a su realización integral.

En el proceso de ruina y decadencia que vivimos en el presente estas verdades elementales se han olvidado por completo, o mejor dicho, se ha decidido relegarlas al trastero de las antiguallas y las cosas inservibles. La Cultura ha dejado de cumplir con su deber y su misión. La pseudocultura imperante piensa que no tiene deber alguno que cumplir, que no tiene por qué servir a nada ni a nadie y, por supuesto, que no hay principio ni norma alguna a la que tenga que someterse. Para los individuos que encarnan y representan la anticultura actual sólo hay derechos: el derecho a expresarse, el derecho a hacer lo que les dé la gana, el derecho a producir cualquier cosa que se les ocurra (por muy dañina, ofensiva o repugnante que pueda ser), el derecho a pisotear todas las normas, todos los principios y todos los valores.

El resultado está a la vista de todos. Puesto que las Cultura es un orden de valores, la ruina y desmoronamiento de la Cultura tiene por fuerza que traducirse en una ruina y desmoronamiento de los valores. Así vemos cómo en la civilización actual va quedando totalmente trastocada, e incluso invertida, la escala normal de los valores. Los verdaderos valores (la nobleza, la fidelidad, la lealtad, el heroísmo, el honor, el sentido del deber y la responsabilidad, la honradez, el decoro, la valentía, etc.), que hacen que la vida adquiera sentido y permiten que los seres humanos vivan una vida libre y feliz, se ven sustituidos por los antivalores o contravalores. La Verdad, el Bien, la Belleza y la Justicia ceden quedan desplazados y arrinconados por la mentira, el mal (y la maldad), la fealdad y la injusticia.

2. Ruina de la Comunidad

El triunfo de la Civilización sobre la Cultura, el ilegítimo predominio de los elementos civilizatorios sobre los culturales y espirituales, lleva consigo la implantación de determinadas formas de vida y articulación social que, por distanciarse del orden normativo y romper los equilibrios naturales, resultan fuertemente lesivas para el normal desarrollo de la vida humana.

La vida decae o desciende desde la plenitud de lo comunitario hasta la existencia problemática y conflictiva de lo societario.

La Comunidad, que es la forma sana y normal de articulación social --con una estructura orgánica y jerárquica, basada en realidades naturales, unida por lazos afectivos y sólidos vínculos, asentada en firmes principios y valores espirituales--, ha quedado hoy día completamente destruida por los efectos disolventes del individualismo, el racionalismo y el materialismo, así como por las tendencias igualitarias y niveladoras que se han ido imponiendo en la sociedad occidental. Ese conjunto de tendencias, corrientes y fenómenos típicos de la era moderna han acabado demoliendo el armazón intelectual, ideal y moral sobre el que se asienta la vida comunitaria.

Como un proceso paralelo al que ha ocasionado el desmoronamiento de la Cultura y su aplastamiento por la Civilización técnica y material, la Comunidad ha ido retrocediendo y dejando el puesto a la Sociedad, entendida como mero conglomerado de intereses, carente de los lazos vivos que caracterizan a la vida comunitaria. Es la sociedad anónima, típica expresión civilizatoria: la sociedad desprincipiada, con estructura inorgánica, basada en abstracciones y unida por relaciones contractuales, tan frágiles como efímeras, cuando no por la fuerza y la coerción de un poder político dotado de un eficaz aparato burocrático y represivo.

El sistema societario tiende a socavar las realidades naturales en las que se apoya la vida humana para reemplazarlas por esquemas de inspiración racionalista, con lo cual la vida social queda empobrecida, desnaturalizada, confusa y seriamente tocada. Bajo este sistema el funcionamiento de la sociedad se halla completamente regido por construcciones, ideas y teorías abstractas, en extremo artificiosas, carentes de base real y natural, como el dinero, los bancos, la economía financiera, la Bolsa de valores, los partidos políticos y las formulaciones ideológicas. Todo queda supeditado y sacrificado a los impulsos, las decisiones y las directrices que emanan de semejante estructura hecha de abstracciones.

No es de extrañar que en el mundo actual, bajo la presión de las tendencias civilizatoria y societaria, las formas comunitarias vayan desapareciendo o atraviesen una grave crisis que las hace verse seriamente amenazadas. Todas ellas experimentan el mismo retroceso, el mismo proceso desintegrador, que parece anunciar su definitiva extinción: desde la familia a la empresa, desde la región a la comunidad nacional, desde la amistad (las relaciones amistosas) a las órdenes religiosas y las comunidades monásticas. Los esquemas societarios se van imponiendo de forma arrolladora en todas partes.

En la Comunidad priman los deberes sobre los derechos. Las personas que la integran (que no son meros individuos ni actúan como tales) dan más importancia a sus deberes que a sus derechos. Saben que los deberes que tienen hacia los demás y hacia la Comunidad en cuanto tal es lo que les permite realizarse como personas. En una civilización individualista, que pone un énfasis excesivo o casi exclusivo en los derechos, los deberes pasan a un segundo plano, si es que no desaparecen por completo. Hoy se habla incluso de “una sociedad sin deber”, considerando tal aberración como una gran conquista social e histórica, la cima de la evolución progresista de la Humanidad.

Si la Comunidad afirma, fomenta y cultiva todo lo que es calidad y cualidad, es decir, los elementos cualitativos de la existencia, que son aquellos que van ligados a los más altos valores, a lo esencial, espiritual y principial (los principios rectores, inspiradores y orientadores de la vida), la Sociedad da primacía absoluta a la cantidad, a los factores cuantitativos, al número y a lo cuantificable, a lo puramente material, a lo que se puede medir y pesar, comprar y vender. El mundo societario es el imperio de la cantidad: lo cuantitativo se impone por doquier. La cantidad y lo cuantitativo desplazan, relegan, asfixian, oprimen e incluso suprimen y eliminan todo lo que signifique calidad, elementos o factores cualitativos. De ahí que en el seno de la existencia societaria adquiera un especial relieve y un acusado protagonismo todo lo relacionado con la economía, con la actividad mercantil y productiva (así como su contrapartida consumidora o consumista).

Se impone y manda de forma absoluta la ley del número: la vida entera queda sometida al criterio numérico y gregario. Los factores que lo deciden todo y sojuzgan hasta el último resquicio vital son la contabilidad, la masa, la multitud, la muchedumbre, los colectivos, las mayorías, la producción masiva, lo descomunal, las macro-estructuras y macro-organizaciones, el gigantismo de construcciones y proyectos (edificios, empresas, estadios deportivos, aviones, buques), los grandes consorcios, las grandes cifras y los datos estadísticos. Al ser el imperio de la cantidad, el mundo societario y civilizatorio lo es también de la multiplicidad y la heterogeneidad, sin que exista ningún factor o principio unificador que armonice y coordine la pluralidad desorganizada y evite la dispersión de lo múltiple.

Si la Comunidad significa unidad, armonía, concordia y cordialidad, la Sociedad genera desunión, división, desarmonía, enfrentamiento y discordia. La Comunidad, al insertarse en el orden natural, al estar animada por el amor, al respetar las leyes de la vida y cultivar los factores cualitativos de la existencia, favorece la unión y la integración de los seres humanos. En la fase societaria, por el contrario, se acentúan las tendencias disolventes, disgregadoras y desintegradoras, se multiplican los conflictos y las tensiones: lucha de clases, enfrentamiento entre partidos y sectas, pugna entre sexos, hostilidad entre generaciones, conflictos raciales y étnicos. Se exalta la agresividad y la competitividad por encima de todo, se proclama la lucha contra la religión llegando incluso a la persecución religiosa. Los choques violentos y las acciones perturbadoras (huelgas, manifestaciones violentas, disturbios, revueltas, algaradas, motines, altercados callejeros, atentados, actos vandálicos, amenazas y agresiones) están a la orden del día.

Al distanciarse del orden natural, el sistema societario introduce fuertes desequilibrios que afectan tanto a la vida colectiva como a la vida íntima de los individuos. Al descuidarse o abandonarse el cultivo de los valores, que únicamente es posible en una auténtica Comunidad y en una verdadera Cultura, la vida social se ve desgarrada por una brutal efervescencia de toda clase de partidismos y sectarismos, de particularismos y separatismos. La existencia de los grupos sociales experimenta agudas conmociones anímicas, hábilmente atizadas por los demagogos y agitadores que proliferan en el clima societario. No hay nada en este clima inhóspito y enrarecido que permanezca estable, sereno, aquietado y en paz.

Únicamente en el sistema societario podría tener lugar el auge de fenómenos como el colectivismo, el capitalismo, el nacionalismo, el politicismo y el totalitarismo. Así, en el campo económico, que tanta importancia adquiere en dicho sistemas, la ruina de la Comunidad acarrea el despotismo del Capital, como mero instrumento de poder material, el cual por la propia lógica de las cosas, como visceral enemigo de la verdadera propiedad, acaba asfixiando y desplazando a la propiedad personal y comunitaria (comunal, gremial, etc.), lo que no hace sino contribuir a proletarizar amplias capas de la población. Algo semejante ocurre con la invasión de la política, que pretende afirmarse como valor supremo en la jerarquía de valores y que, por las tendencias centralistas y absorbentes del sistema societario, se enseñorea de todos los ámbitos de la existencia.

Al quedar privado del clima comunitario, que es el suelo natural sobre el que crece y se desarrolla la vida personal, pues ofrece orientación, apoyo, cobijo y protección, los seres humanos se encuentran desvalidos, alienados, anulados, extraviados, desconcertados, aislados y desorientados. Y como consecuencia, acaban siendo víctimas de fuerzas irracionales, negativas y caóticas, que el sistema societario no logra dirigir, frenar ni controlar, y, peor aún, ni siquiera acierta a entender. Y por supuesto, quedan a merced de los poderes fácticos que gobiernan y dominan la vida social, siendo manipulados y esclavizados mientras sus oídos son acariciados con bellos lemas sobre la libertad y los derechos humanos de que gozan gracias al sistema bajo el que viven.

En la dura jungla humana que es la atmósfera societaria nos vemos cada vez más sometidos a la tiranía de fuerzas, instancias, influencias y potencias anónimas que son radicalmente hostiles a la realidad humana y personal, y sobre las cuales no tenemos ni podemos tener ninguna influencia: la masa, las máquinas y los mecanismos, el dinero, la finanza internacional, los mercados, las ideologías, la propaganda y los medios de adoctrinamiento masivo, los poderes supra-nacionales, la tecnocracia, los potentes resortes de una opresiva estructura civilizatoria, la religión laica mundialista y la dictadura del pensamiento único (con su correspondiente aparato inquisitorial, su cohorte de intelectuales “orgánicos” y su eficacísima policía del pensamiento), la maquinaria burocrática y partitocrática; y, finalmente, como colofón y resumen de tan amplia panoplia, un sistema político-ideológico que trata de invadir y controlar todo, ahormando hasta la última parcela de la existencia.

Este anormal desarrollo, este ambiente inhumano, da lugar a toda clase de enfermedades psicosomáticas, así como al gran problema de las adicciones, que no hacen sino esclavizar más aún a los individuos. La ruina de la Comunidad y la imposición de los fríos esquemas societarios han hecho surgir asimismo esa especie de dolencia social que es la soledad, verdadero flagelo de la moderna civilización individualista. Basta leer el interesante libro de David Riesmans “La muchedumbre solitaria” (The lonely crowd), que contiene una lúcida y aterradora descripción de la sociedad norteamericana.

3. Ruina de la Persona

El ser humano no puede desarrollarse plenamente como persona sin la Cultura y sin la Comunidad. Necesita de ambas para gozar de una vida plena, sana, noble y digna, libre y feliz. He aquí tres conceptos que van inseparablemente unidos: Persona, Comunidad y Cultura. De la misma forma que se hallan ligados entre sí los tres conceptos antagónicos: Individuo, Sociedad (sociedad anónima o fenómeno societario) y Civilización (fenómeno o sistema civilizatorio).

Sin el apoyo, la protección y la savia nutricia que le brindan Cultura y la Comunidad resulta sumamente difícil que pueda darse la vida personal, lo que es tanto como decir la vida auténticamente humana. Quedando huérfano de esas dos fuerzas maternales y formativas, el ser humano está condenado a vivir encerrado en el mundo oprimente y problemático de la individualidad. Pero esta es la situación con la que nos encontramos en el actual clima societario y civilizatorio.

En la civilización materialista, anticomunitaria y anticultural, en la que vivimos nos encontramos con una auténtica ofensiva antipersonal: un ataque despiadado a todo lo que suponga vida personal, intimidad e interioridad, propia identidad, personalidad, carácter, autonomía y poder de decisión de la persona, ley y vocación propias (svadharma), dignidad y libertad interior del ser humano, relaciones interpersonales. La persona y el mundo de lo personal aparecen como el enemigo a abatir. Un escollo y obstáculo para la consolidación de lo que Hilaire Belloc llamaba “el Estado servil”; o sea, un escollo insalvable para la instauración de un régimen de general expropiación, de servidumbre y esclavitud.

El clima civilizatorio y societario es no sólo el reino de la cantidad; es también el reino del anonimato. Todo tiende a anonimizarse, si se me permite esta expresión; es decir, a perder fisonomía y perfiles personales. Avanzan y se imponen de modo tan implacable como imparable los procesos de despersonalización, masificación y gregarismo, proletarización (que se ve acentuada por la destrucción de la clase media que está ocasionando la actual crisis económica), deshumanización de las formas de vida y de las relaciones sociales, asfixia e incluso desaparición de la vida íntima, cosificación o reificación de los seres humanos, banalización y anulación de las personas, que son tratadas como cosas, que quedan convertidas en máquinas, en simples números o entes atomizados. Todo ello va, por supuesto, estrechamente ligado a la degradación de la Cultura y al avance de los procesos anticulturales y anticomunitarios de los que antes hemos hablado.

El mundo actual es un campo minado para lo personal y espiritual, sembrado de infinidad de auténticas minas antipersona (algunas manifiestas y bien visibles, otras muchas ocultas y no fáciles de detectar o localizar). Al sistema societario y a los poderes que lo controlan les interesan individuos sin personalidad, débiles de carácter, sin convicciones y sin vocación, sin raíces, sin una clara conciencia de la propia identidad y con una vida personal inconsistente, estúpidos, abúlicos y desmemoriados, pues son los que más fácilmente pueden ser manipulados y sometidos.

En lugar de la Persona, que es el ser humano guiado por unos firmes principios, comprometido en la conquista de valores y la realización de una misión vital, movido por una profunda vocación, con una actitud responsable y un alto sentido de servicio, se impone el individuo, el ser humano como entidad numérica, átomo social, un simple miembro del rebaño o de la horda, sin normas ni principios, desarraigado y sin vínculos, guiado por simples consideraciones egoístas o egocéntricas: hace lo que le da la gana, no tiene en cuenta más que su propia opinión y sus propios intereses.

Como apunta Denis de Rougemont, el individuo, que el Liberalismo ha erigido en ídolo, es “el hombre aislado, un hombre sin destino, un hombre sin vocación ni razón de ser, un hombre al cual el mundo no exige nada”. Y en la misma línea se expresa Emmanuel Mounier, para quien el individuo está en los antípodas de la Persona; pues “individualidad” significa dispersión y avaricia, afán de poseer y acumular, evasión y cerrazón, “multiplicidad desordenada e impersonal”. El individuo, por lo que a mi propio ser se refiere --añade Mounier--, es “la disolución de mi Persona en la materia”: objetos, fuerzas, actividades, influencias entre las que me muevo. Lo individual no es más que “una fragmentación de lo anónimo”.

La Comunidad va inseparablemente unida a la Persona, a la idea de Personalidad, entendida como el más alto ser y la esencia misma del sujeto humano. Personalidad y Comunidad son los dos polos en torno a los cuales se articula la vida humana cuando está en plena forma, cuando goza de salud y se halla en un estado de normalidad. La Sociedad, en cambio, tiene como contrapartida al individuo, en cuanto sujeto indiferenciado y anónimo, con una existencia pre-personal o sub-personal, cuya actividad vital tiende incluso a orientarse contra la vida personal y contra todo aquello que la hace posible. Mundo individual y mundo societario, individualidad y sociedad, se exigen recíprocamente, de la misma forma que se exigen y complementan entre sí Personalidad y Comunidad.

Esto es lo que nos encontramos en el mundo actual, la ley suprema que lo rige y que inspira la mentalidad del hombre de nuestros días. Es el imperio del individualismo, que lo corroe todo al proclamar que no hay nada por encima de la razón y la voluntad individuales, y que el valor supremo son los sacrosantos derechos del individuo (reales o ficticios), la libertad individual (que cada cual pueda hacer lo que se le antoje) y el libre juego de los intereses individuales.

Ni que decir tiene que el colectivismo, en sus más diversas formas (ya sea socialista, comunista, anarquista, feminista, ecologista, nacionalista, racista o de cualquier otro tipo) no es sino una derivación de semejante tendencia individualista, pues en su centro se halla siempre la divinización del individuo, aun cuando se trate del macro-individuo colectivo. Este radical y corrosivo individualismo, sea cual sea la modalidad que presente, es el que está llevando al abismo a Europa y al Occidente.

Construcción de la Persona

Cualquier intento de superar la decadencia actual y dar respuesta a la terrible crisis que sufrimos ha de iniciarse en el ámbito de la vida personal.

Aquí está la clave de todo. La construcción o regeneración de la Comunidad y de la Cultura debe empezar por la construcción del hombre, la edificación de la Persona. No será posible avanzar en la empresa regeneradora o revolucionaria constructiva y positiva mientras no se hay emprendido esta labor, ardua y exigente, pero al mismo apasionante, la más fascinante que pueda imaginarse.

La superación del actual desorden requiere, como primer paso, como condición imprescindible y sine qua non, la superación del desorden interno (e incluso externo) que cada cual porta en su propio vivir personal (que más bien es anti-personal o des-personal, pues resulta gravemente despersonalizante). Lo prioritario es la edificación y renovación de nuestra propia persona, la formación y articulación de nuestro propio mundo personal. Una tarea que hay que tomarse muy en serio y que nos afecta a todos sin excepción. En este sentido, constituye un imperativo de la mayor altura y relevancia el formarse, el cultivarse, el darse una buena y sólida cultura, el trabajarse de forma metódica y con una estricta disciplina.

Cobra aquí una importancia capital la Cultura como camino para la forja de la persona, como vía para la formación de un ser humano integral, como conjunto de medios que permite formar hombres y mujeres íntegros, cabales, dueños de sí mismos, capaces de afrontar su vida y su destino con dignidad, libertad y nobleza. Capaces asimismo de forjar un mundo mejor, por su sentido del deber, del honor y de la responsabilidad.

Pero la Cultura únicamente puede ejercer de forma plena y eficaz esa función formadora o edificadora de la Persona cuando es concebida de manera integral, holística y completa, como un todo que abarca al ser humano en su totalidad, en cuanto ser compuesto de cuerpo, alma y espíritu. No se puede desconocer ninguna de estas tres dimensiones del ser humano si queremos lograr nuestro pleno desarrollo personal, consiguiendo la unidad y la armonía en nuestra propia vida. La Cultura nos ayudará a dar unidad a esas dimensiones que conforman nuestro ser.

El trabajarnos y cultivarnos debería ser nuestra primera preocupación, pues ahí están los cimientos sobre los que luego construir un proyecto serio, digno de ser tenido en cuenta y que pueda verse coronado por el éxito.

Para poder arreglar los problemas de la sociedad, primero tendremos que haber arreglado nuestros propios problemas personales. Para hacer algo digno y valioso hay que empezar por poner orden en el propio caos y desequilibrio personal, superar la propia incultura y poner fin a la anarquía mental, intelectual y anímica (temperamental, emotiva, sentimental, instintiva) en que solemos estar instalados, generalmente con una considerable dosis de satisfacción y autocomplacencia (encantados de habernos conocido y creyéndonos superiores a los demás, considerándonos poco menos que la élite del futuro).

¿Qué vamos a poder construir, realizar o conquistar en el plano político o social si somos unos ignorantes, si tenemos graves problemas psicológicos, si padecemos una total falta de madurez y de solidez interna? ¿Qué podremos dominar o liderar, si nos dominan nuestras emociones, si somos esclavos de nuestros estados de ánimo y de nuestras pulsiones más elementales?

La falta de una adecuada formación, la carencia de esa formación integral a la que hemos aludido, es fuente de problemas de toda índole. Sobre todo de problemas y males que arrancan de la mente, que afectan al alma o psique individual, y que desgarran desde dentro al individuo, produciendo fatales secuelas que luego no pueden menos de proyectarse al entorno en el que uno se mueve. Aquí está el núcleo del problema con el que tantas veces nos topamos, la causa o raíz de tantos fracasos, de tantos abandonos, de tantas decepciones y de tantos conflictos.

Lo que falla siempre, en el fondo, es la persona, el individuo, el sujeto concreto. Y falla precisamente por no haberse hecho auténtica persona, por haber quedado en cuasi-persona, en persona fallida, en persona sin hacer o a medio hacer.

Quien adolece de falta de formación o cultivo personal, quien no se halla suficientemente formado o cultivado, no estará en modo alguno preparado para afrontar los difíciles retos que plantea un momento histórico sumamente crítico como este que actualmente atravesamos y, por ello, difícilmente podrá ser un elemento valioso en ninguna empresa de reconstrucción que requiera un especial empeño combativo. Una era tan problemática como esta del Kali-Yuga en que nos encontramos --y además en su fase álgida, más destructiva-- nos somete a tremendas tensiones, nos expone a grandes peligros y tentaciones, y nos obliga por tanto a un mayor esfuerzo formativo.

Si hablamos, por ejemplo, de reconstruir la Comunidad, hay que partir de una verdad incontestable: la verdadera Comunidad empieza por uno mismo. Si queremos avanzar hacia el ideal de la realidad comunitaria, tendremos que comenzar por construir nuestra propia realidad personal. No será posible construir nada mientas nuestra propia vida íntima esté desintegrada, empobrecida, sin cultivar y sin formar, vacía de valores y de contenido. Como decía Emanuel Mounier, es “imposible llegar a la Comunidad esquivando a la Persona, asentar la Comunidad sobre otra cosa que personas sólidamente constituidas”.

La Persona viene a ser una comunidad en pequeño, una micro-comunidad, de la misma forma que es un micro-cosmos. Debe estar articulada internamente como una auténtica comunidad: constituyendo un todo orgánico y jerárquico, guiado por sólidos principios y asentada en altos valores éticos, con unidad y armonía entre todas sus partes. Pero todo esto es inviable, completamente irrealizable, sin una paciente y profunda labor cultural, formativa y educadora (auto-educadora). Ya Platón nos enseñó que el hombre es un Estado, una República o una Polis, en escala reducida, que después ha de proyectar su propia constitución comunitaria personal al Todo que configura la comunidad política.

Si las cosas están hoy día muy mal, si discurren por cauces tan preocupantes y funestos, es en gran parte debido a nuestras propias deficiencias, a nuestros errores y defectos personales. Por nuestra incapacidad y nuestra deficiente cualificación, somos responsables de lo que está pasando y de lo que va a pasar. Si nuestra sociedad se desintegra, si España, Europa y el mundo llevan la marcha que llevan, es porque no hemos sabido maniobrar como es debido para contrarrestar tal evolución. Y si no hemos sabido hacerlo, si no hemos acertado a realizar la acción o actividad que serían necesarias, es porque nuestro estilo vital, nuestra manera de ser, de actuar y de comportarnos dejan mucho que desear.

Urge tomar conciencia de tal realidad y obrar en consecuencia, con el máximo rigor, con valentía y decisión. Hay que corregir todo cuanto tenga que ser corregido y aprender cuanto haya de ser aprendido. Tenemos que emprender la indispensable labor cultural, educativa y formativa de nosotros mismos si queremos tener un legítimo protagonismo en las vicisitudes de nuestra época, dar una respuesta adecuada a los problemas de la sociedad en que vivimos y cumplir con nuestro deber en el momento histórico presente.


on Tuesday, September 18, 2012
La dama de hierro alemana, Frau Angela Merkel, llegó a Madrid en un día soleado y veraniego. Así hacía pensar la toma televisiva en las escaleras del Palacio de la Moncloa y el tentativo de hacer sombra a sus ojos con la mano. Como si fuera un “a tus órdenes, Mariano, aquí estoy”. Pero de eso nada, ya que la canciller Merkel expresó gran satisfacción y afirmó que “no había venido a decir a España qué reformas tenía que hacer”. Bueno, Achtung, ya lo ha dicho por activa y por pasiva, seria y sonriente, enfadada y relajada, sentada y de pie. La letra de la partitura en su lieder económico ya se lo han aprendido los líderes políticos en Atenas y Roma, París y Bruselas. Por la cuenta que les trae en términos de rentabilidad política y económica en sus respectivos países. 

Nadie quiere que las aspas de los molinos de viento se paren y en el arranque giren en dirección opuesta. Los roces y malhumores están perfectamente maquillados detrás de las sonrisas de rigor y de la aparente informalidad oficial. Para algo sirve el aguarrás herbal del protocolo y el agasajo verbal de la diplomacia. Una breve visita, sin pernoctar en la capital, respaldada por la presencia de una nutrida orquesta de financieros y empresarios dispuestos a hacer negocios y establecer acuerdos. Una especie de Wall Street, construida cuidadosamente a medida, para apoyar, defender y proteger los buenos propósitos de la canciller alemana. Todo para que la soga al cuello no nos la aprieten demasiado, como lo han hecho hasta ahora, siguiendo el compás y la batuta de Frau Merkel, y así podamos respirar mejor y más holgadamente, ahora que el verano pliega sus velas y llegan los primeros días del otoño. Es hora de labrar el terreno, preparar la siembra y esperar a recoger buena cosecha. Pero esos tiempos son muy largos, requieren gran dosis de paciencia y exigen la capacidad de no rendirse ante los primeros vientos fríos, evitando que las heladas invernales empeoren el terreno intricado y resbaladizo de las relaciones internacionales en la EU. Aunque los mandamases digan que hay que impulsar y salvar el euro, que todos rememos en la misma dirección y que vamos a resolver los problemas económicos, el mensaje que percibe la ciudadanía no es exactamente el que pretenden transmitirnos los líderes políticos. ¿Europa a dos velocidades? No hace falta ninguna declaración oficial, las dos velocidades es una realidad y con toda probabilidad se introducirán otras marchas en los próximos años. Quizás “la madre de todos los problemas” sea el hecho de que la economía y los mercados se han apoderado del sillón de mando en los países de la  UE, no dejando coger el volante a la política insobornable, a la ética iluminada y a la democracia ponderada.

Llevamos meses de sofoque económico, de recortes puntiagudos y de embestidas europeas que al final del día, ni solucionan los problemas, ni nos dejan despegar. Todo ello influye en el humor de los ciudadanos que se vuelven más egoístas, más criticones y menos solidarios, aunque parezca lo contrario. Uno oye decir: “¿Por qué tenemos que ayudar a los emigrantes si los indígenas de aquí no tienen trabajo? ¿Porqué nos preocupamos de los pobres en la otra cara del mundo cuando los tenemos entre nosotros?”. Son síntomas preocupantes de una sociedad que se siente malherida, golpeada, resentida. Esto no es ideología barata y pasajera, sino una cruda realidad que tiene caras y rostros en los cuatro puntos cardinales de nuestro país. Las turbulencias políticas, la inflación ética y los ríos revueltos de la economía no ayudan en modo alguno a la construcción de la convivencia cívica, de la democracia efectiva y de la libertad responsable.

Las fuerzas decaídas y los recursos menguados de una nación no pueden flaquear y disminuir todavía más por la tensión social, la irritación juvenil y la incertidumbre cotidiana. Ha llegado la hora de desmelenar la política y convertirla en espacio ético para la respuesta eficaz a los problemas de la sociedad. Si de las instituciones del Estado y del debate político no nacen soluciones viables y concretas, la política se ha desvirtuado, languidece, se ha deteriorado y va de capa caída. A los ciudadanos nos cuesta descifrar el discurso político porque vemos el universo social empedrado de grandes palabras, elocuentes declaraciones y magníficos propósitos. Por no hablar de improperios, rabietas y acusaciones. Pero a la hora de la verdad, la senda estrecha se está transformando en un profundo y amenazante desfiladero. No obstante, sigo esperando y creyendo en la capacidad de los líderes políticos para afrontar serenamente los retos y resolver con acierto los desafíos. Tengo que decir que la sensación generalizada de los ciudadanos es que la política (gestión de la “polis” en su acepción original griega) se ha trasformado en un aparente y duro forcejeo entre tendencias opuestas, cuando en realidad todos están comiendo la miel del mismo tarro y gozando de los mismos privilegios. 

El acoso de la crisis y su penosa salida del acoso no son solamente una cuestión de rebajar el déficit, pagar las deudas y crear empleo, sino de moldear, elaborar y forjar, sin mas tardar, un clima político saneado que haga posible el alcance real de esas metas. Hay demasiados partidismos, muchos tapujos ocultos y un sinfín de trapos sucios en la política actual. El ciudadano de a pié no entiende muy bien cómo funciona la justicia cuando los políticos son protagonistas. Uno espera que llegue el día en que la clase política tenga que dar cuentas ante la justicia de la mala gestión (robo, malversación, corrupción, chantajes, prebendas, tramas, enredos, falsificación de cuentas, apaños, estafa, etc.) en el gobierno del país. Veremos hasta dónde llega la Ley de Transparencia y si hay cotos cerrados con los carteles como “seguridad”, “reservado”, “secreto”, “confidencial”. ¿Sabremos algún día los miles de propiedades e inmuebles que posee el Estado, a qué están destinados y qué beneficios proporcionan? Si lo publicaran en edición livre de poche, se convertiría en un bestseller,  Hacienda haría un buen negocio y sería una buena resolución para la educación del Estado. No creo que todo sea trigo limpia y agua cristalina en la gestión y administración del patrimonio estatal, que en definitiva es el patrimonio de la nación y por lo tanto de los ciudadanos y ciudadanas de este país. Porque, si la democracia y la justicia no iluminan al Estado, pondremos hilo de espino para que sean solamente los privilegiados los que se enteren de los bienes de la nación. ¿Se gestiona y administra con transparencia, justicia y ética el patrimonio de los ciudadanos?  Como nos dicen que se “toca el fondo de barril” y “no hay pasta” etc., pues las instituciones del Estado tendrán que hacer un esfuerzo suplementario para hacer fructificar, controlar y mejorar la administración del patrimonio nacional. ¿Es esto pedir peras al olmo? Pues sinceramente no lo creo que lo sea si hablamos de un Estado de derecho y se nos cae la baba de orgullo nacional cuando pronunciamos esas palabras. Las reformas, de las que tanto se habla, también tienen que ver con el uso de las palabras y la explicación del contenido de las expresiones que se han convertido casi es eslóganes. Lo malo está en que si preguntas no siempre obtienes respuesta y lo peor es cuando buscas una explicación y te contestan que “todo está claro”. Sí, como una noche sin luz ni luna. 

Personalmente, lo de “la inmunidad parlamentaria” me huele a chamusquina y suena a mis oídos como un pisoteo insolente a la ética, a la democracia y a la justicia. Y más cuando nos referimos a las naciones que se precian, jactan y enorgullecen del desarrollo, de la libertad, de la justicia y del Estado de derecho. ¿Me habré equivocado? Expreso libremente una opinión personal y no creo ser el único en hacerlo. Sigo preguntándome: ¿Por qué los garantes institucionales de la justicia tienen miedo a sentarse en un tribunal de justicia, si están limpios de paja y polvo? Entonces, comencemos por las reformas serias en las instituciones (¿No hablan de reformas estructurales?) y a exigir ética, seriedad y responsabilidad a los que debaten el camino a seguir, votan las leyes y nos gobiernan. Porque el primer peldaño de un estado democrático es que ante la justicia todos los ciudadanos y ciudadanas, sin excepción alguna, sean iguales ante la ley.  Sin la brújula de la ética en el ejercicio de la política más que soluciones seguiremos viendo el laberinto de enjuagues y trampas, asistiendo al enredo de amaños y trapisondas, presenciando la confección de remiendos, parches y camuflajes. 

Los hábiles bolseros y astutos corsarios del norte ya han hecho las gangas a costa del azote malsano y feroz de la crisis, que ha dejado las espaldas dobladas, maltrechas y doloridas a Grecia, Italia, Portugal y España. La Corte Suprema de Alemania condenó al Deustche Bank en 2011, obligándole a indemnizar a los clientes por el engaño y la estafa de los derivados. Por lo tanto no todo es agua de rosas y lavanda de primavera en el país del wurst y de las kartoffel. En la era telemática los millones viajan y se mueven a la velocidad de la luz. De un lado para otro. Muchos acaban en guaridas montañosas, otros en cuevas marítimas y demasiados en paraísos tropicales. Como siempre, arrimándose al sol que más calienta. Solamente de España han salido, con viaje low cost, mas de 226.000 millones de euros en lo que llevamos de año. A los entendidos y expertos no les entra el tartamudeo cuando nos dicen, que diariamente 1.200 millones de euros “se fugan” de nuestro país, en “busca de trabajo” allende el Pirineo. Así pueden aliviar “los problemas del paro” y ayudar el flujo del cash en otros países europeos, como en la hermética Schweiz y en la trabajadora Deutschland. Para unos el engranaje grasiento y la polea vertical de la crisis los ha dejado vilmente colgados del madero. Sin embargo, para otros las luces variopintas de la crisis les trajeron el alba de un brillante y perenne amanecer. Brillo y lustre para unos, estropajo de alambre en la mano para otros. 

Ya sabemos de memoria que somos la Kriseland Spanien para la UE y que tenemos großen Finanzierungsprobleme. Pero eso no nos quita la dignidad como ciudadanos y ciudadanas, ni tampoco nos doblega en nuestra innata capacidad de superación. Lo que es cierto es que ya nos vamos hartando de las consignas europeas que llegan como dardos envenenados, sobre todo a los países del sur de Europa: España, Portugal, Italia y Grecia. No somos “un país jungla” en el que solo reina la juerga, impera el desmadre y rige el desbarajuste. Tampoco somos naciones (las del sur) a las que se puede tratar con reprimendas financieras, broncas políticas y zurras económicas. Si el BCE, o el EZB como le llama Frau Merkel, es una noble y solvente institución europea, venga sin demora a solucionar los problemas económicos y las dificultades financieras de los estados miembros de la UE. De una vez para todas, ya que los juegos malignos del sudoku bancario han acabado por volvernos tarumba. Sin rezos ni jaculatorias, sin promesas edulcoradas, ni esclavitudes humanitarias. 

Es evidente que la ética elemental y la gestión transparente piden seriedad, condiciones y plazos. Esto lo entiende el último de la clase. Para todo hay condiciones. Hasta cuando te toca el gordo: si no presentas el billete no cobras y si presentas una fotocopia tampoco cobras. Lo mismo ocurre cuando vas a un comedor de la Caritas: que por lo menos te pongas en la fila. Por lo tanto, los políticos sabios y sesudos que andan zarandeando al rescate y pataleándolo para que no se admitan condiciones, deberían otear el horizonte y percatarse de que las condiciones son parte esencial de todo quehacer humano. Es algo así como el que dice: quiero viajar, pero no quiero moverme; quiero ver la tele, pero no quiero encenderla; quiero respirar, pero seguiré tapándome la boca y las narices.  

Sin embargo, no queremos que nos abran die koffer y llegue la riada dorada de millones de euros a nuestras costas, laderas y colinas. Entendemos que el BCE no es el marktplatz de las vacas locas, ni el suk del regateo económico. Tampoco deseamos que el rescate del BCE se convierta en una limosna denigrante, ni en una ayuda maldita. El Presidente Mariano Rajoy en su entrevista en TVE (lunes 10 de septiembre) dijo: “el BCE ha abierto la ventanilla”. Por lo tanto, la petición de rescate no nos tiene por qué llenar de vergüenza, término que no parece estar muy de moda, ya que en política hay muchas burbujas y difícilmente se admiten clara y llanamente los fallos, los errores y las meteduras de pata. Habrá que esperar para ver el número que nos toca y dirigirnos a “la ventanilla” correspondiente. Pero la petición del rescate podría tener ineludibles costes políticos y ser interpretada como un rotundo fracaso del Gobierno, con el peligro de que la bancada de los opositores se alzase como un furibundo tifón democrático. 

Comprendemos que los requisitos exigidos no tienen que transformarse en una trampa letal y mortífera, que lejos de ofrecer una solución válida y una vía eficaz para la economía, fuertemente resentida, el paro rampante y el empleo juvenil, se conviertan de noche a la mañana en una rabiosa y furibunda mordedura, que nos desgarre ulteriormente y dé al traste con todas las expectativas de recuperación. 

Siempre me ha extrañado que nunca hemos oído hablar de la apatía institucional en la UE, cuya obligación ética (¿o no hay ética en política?) era analizar sumariamente lo que estaba ocurriendo en los mercados y examinar sin retraso las andaduras de la economías nacionales en los últimos años. Esto hubiera ayudado a tomar las medidas necesarias para que “los recortes” no sigan abrumando, arrinconando y ahogando a millones de personas en la UE. La dignidad de los estados europeos, plasmada en la vida de cada ciudadano y ciudadana, no puede permitir ser tratados a patadas y a empujones. Como si fuéramos borregos o solamente números de los censos nacionales. No nos hemos de extrañar que haya mucha voces antieuropeas Esta no es una crítica negativa de las instituciones europeas, ni una acusación contra la UE. Creo hacerme eco de la frustración diaria, incrustada en la vida de miles de ciudadanos europeos de todos los niveles sociales, para quienes el espectro de la pobreza, del desencanto y de la desgana ha entrado ya por el umbral de sus domicilios familiares. Parece que nos da vergüenza hablar de los millones de europeos que viven por debajo del umbral de la pobreza. ¿O es que no son ciudadanos de esa Europa Unida que, nos dicen, hay que preservar, construir y cimentar? El fogonazo incandescente de la crisis económica nos ha ofuscado la mente y trastornado el alma. Queremos darle lustre y sacar brillo a los viejos zapatos, pero quizás convendría mirar a las suelas y ver si están en buen estado. No vaya a ser que resbalemos, nos demos de bruces y nos hagamos daño porque las suelas estaban desgastadas, agujereadas y perforadas. Cuando es solamente la economía a regir los destinos de los pueblos, difícilmente progresarán los derechos, funcionará la ética, habrá espacio para la democracia. Será difícil, complicada y trabajosa la consolidación de la buena política como instrumento que refuerce en todo momento la dignidad de cada persona, por encima de toda diferencia. Y la diversidad, en su imponente abanico de colores y expresiones, es uno de los ingredientes fundamentales y de las características esenciales de la humanidad. 

Desde hace mucho tiempo me hago tres preguntas: ¿Qué recortes ha hecho el Parlamento Europeo en Bruselas y Estrasburgo en materia de gestión, viajes y administración? (1). ¿Qué recortes ha habido en los sueldos, dietas, jubilaciones, desplazamientos y privilegios de los miembros del Parlamento Europeo? (2). ¿Qué recortes se han llevado a efecto en las instituciones europeas como el BCE, el Consejo de Europa, la Comisión Europea, etc. (3). Algo parecido deberíamos preguntarnos sobre España para ver hasta qué punto los recortes han afectado a las instituciones: sueldos, dietas, coches oficiales, subvenciones, viajes,  jubilaciones, vacaciones, ordenadores, móviles, tabletas, viviendas, despachos, ayudantes,  privilegios de la más variada índole. Es en esta partida donde el ciudadano de a pie quiere ver implementada seriamente “la fórmula de los recortes”. No lo tomen en serio, pero, entre nosotros: ¿Fichan los diputados en el Congreso y los senadores en el Senado? ¿O es “entrada libre” y “salida libre”, un poco como la “barra libre”?. Causa una mala impresión  y desagrada todavía más ver los escaños vacíos, y no sólo, mientras un diputado o diputada habla ante la Cámara. Me he preguntado muchas veces sobre la responsabilidad de los que ocupan el hemiciclo. Conocemos la respuesta tangencial: “se trabaja en comisión”, “el trabajo real se hace en….”, etc. etc. Todo eso está muy bien, pero entonces habría que hacer “reformas estructurales” que afecten también a la institución del Congreso en su forma y manera de gestionarlo más eficazmente. 

Ah!, y se me olvidaba hacer otras tres preguntas en materia de recortes: ¿Necesitamos realmente el Senado? (1). ¿Necesitamos un número tan elevado de diputados en el Congreso cuando tenemos 17 Parlamentos autonómicos? (2). ¿Necesitamos todo el tinglado institucional de ministerios y tribunales, consejos y grupos, comisiones y subcomisiones, diputaciones y ayuntamientos para gestionar, administrar y gobernar la nación, y sobre todo para solucionar adecuadamente y resolver dignamente los ingentes problemas del país? (3). Las preguntas no tienen por qué ofendernos o amedrentarnos, si de verdad creemos en la inteligencia, la libertad y la dignidad del ser humano. He puesto esas preguntas sobre el tapete ya que nos hablan de “reformas estructurales”, que supongo también incluyen las instituciones fundamentales del Estado. Si los que utilizan esa terminología tienen en la mente sólo la economía y la banca, entonces lo más oportuno y apropiado sería hablar de “reformas económicas”. Como siempre, la dignidad del ciudadano exige que los gobernantes  le expliquen el contenido de las palabras, sin que constantemente tenga que tocar el picaporte de las instituciones. Exponer las leyes con claridad y explicar las decisiones sin rodeos es un ejercicio, no solamente idóneo y saludable para la democracia, sino también esencial y necesario para la libertad y convivencia de los ciudadanos.  

La finalidad de la breve visita de Frau Merkel era entrevistarse con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Hasta aquí todo liso, llano y fiel al guión establecido. Alles Ordnung. Fotos, declaraciones ad hoc, sonrisas de luna llena y un sobrio Mittag essen que preveía el Protokoll hispano alemán. Toda la preocupación se centraba en el ruidoso universo de la Bolsa, con sus altibajos monetarios a los que nos tiene tan acostumbrados. Siglas, números, códigos, nombres, tabletas, teléfonos. Todos que miran a lo alto como si estuvieran esperando noticias del Curiosity, el robot marciano, que se está poniendo las botas de sacar fotos, o esperaran con ansiedad el maná celestial del eurorescate. Esa palabra mágica, rescate, ha entrado de gran protagonista en el vocabulario del S. XXI sin haber pasado por la Biennale de Venecia o la Pasarela de Cibeles. Pero ahí está, como el nuevo astro para iluminar agujeros, fosas, cunetas, pozos, recodos, barrancos, ayuntamientos, autonomías y ministerios. Porque sino te rescatan, ya no tienes protagonismo mediático, se olvidan de ti en los diarios y no te buscan con lupa para llevarte a algún plató televisivo. Tú te empeñas en seguir nadando al estilo mariposa, de aquí por allá,  pensando que estás en los Juegos Olímpicos de London 2012, pero te olvidas que Frau Merkel y sus risueños acólitos con gafas Dolce & Gabana nos tienen cogidos por el cuello y atados de pies y manos. Claro, en cuanto a economía se refiere. Tendrás que cambiar la tradición, porque esta vez  Spain no puede ser different. Y como vivimos en la época de la “sin vergüenza”  (¿Os acordáis de aquello de No War?, pues parece que eres como los demás y no es así Spain, esta vez, no puede ser different. Estamos acorralados y apabullados. Nos han puesto el cinturón bien apretado en la garganta. Lo del rescate a mi me recuerda otros términos como, naufragio, tragedia, katastrophe, desastre, salvamento, ruina, siniestro, emergencia, salvamento, liberación, socorro, trasfusión, ayuda, ambulancia, sirenas. Un poco de todo eso hay en el término “rescate”. Lo vemos en las expresiones populares: “lo han rescatado”, “pagamos el rescate”, “se ha salvado por pelos”, “lo han liberado”, “salió incólume”, “le llevaron a reanimación”, “le rescataron los bomberos”, “la unidad de salvamento rescató a inmigrantes de la patera”, “lo rescataron en el mar”, “no pudieron rescatarle debido a la avalancha de nieve”, “los secuestradores piden el pago del rescate”. Por lo tanto tenemos muchos ejemplos que nos ilustran la refinada entretela de esa palabra que pone nerviosos a los gobiernos de la UE. 

Si la llegada de Frau Merkel ha despertado mucho optimismo, tenemos que recordar que también ha levantado muchas ampollas, aunque haya subido la Bolsa a la azotea y haya bajado la prima de riesgo a la entreplanta. Las heridas dolorosas aparecen en la vida de millones de ciudadanos en paro, en miles de familias con escasos recursos, en miles de jubilados con pensiones mínimas. Y sobre todo, en miles de jóvenes para quienes los nubarrones del desempleo cubren de pesadumbre y llanto el horizonte del futuro. Porque en la madre patria no encuentran, ni ocupación, ni trabajo, ni futuro. Esa es la cruda realidad que no debemos cansarnos de repetirla hasta que veamos soluciones factibles y eficaces. No eslóganes roñosos, palabras huecas y enunciados de fiambre. Alemania está dispuesta a recibir ingenieros, programadores cualificados y técnicos de ordenadores que vengan de España o de otros países. Esa avalancha de gente joven, ambiciosa, preparada, capacitada y dispuesta a lo que sea, le cubre las espaldas, le asienta los lomos y le abre la senda del futuro a Frau Merkel y a sus sucesores. La historia se repite en todas partes y basta releer la historia de la Alemania de la posguerra para entender el éxodo y la emigración de miles de jóvenes de muchos países del mundo en busca del “oro” en Alemania. Hoy parece que “la ventanilla” está abierta, pero no sabemos para cuanto tiempo. Ventiscas, aguaceros y tormentas podrían llegar en cualquier momento en la UE. Los paraguas que tenemos difícilmente podrían soportar la lluvia torrencial de los euro-recortes que se lleva todo río abajo. Los únicos que se verían contentos son los reptiles y tiburones, que son todo terreno, es decir nadan lo mismo en seco que en mojado. Pero mejor allí donde las aguas son turbias y barrosas, lugar preferido de los reptiles de fondo. Mientras tanto sigue la movida de los euro-recortes, en espera de un otoño caluroso y de un invierno caliente. Cómo ha cambiado el clima en los últimos años.

Por Justo Lacunza Balda, en exclusiva para HUMANISMO Y VALORES.

on Sunday, September 16, 2012
En estos tiempos de cambios continuos, uno se va acostumbrando y desacostumbrando a las cosas, sin apenas percibirlo. Todo va adquiriendo un tinte de provisionalidad, que no sé si es bueno o no, pero que en algunas ocasiones amedrenta, por la fugacidad y banalidad de mucho de lo que emprendemos.

Así las cosas, no es raro que se esté produciendo un desapego hacia todo y hacia todos; un ensimismamiento general; un egoísmo a ultranza, disfrazado torpemente de competitividad; un diálogo absurdo hombre-máquina, en el que millones de ojos se estrellan cada día frente a gélidas pantallas varias, desde las que establecemos contacto con seres más o menos desconocidos del resto del planeta, mientras cada vez resulta más difícil cruzar miradas o palabras con nuestro vecino, perder -que es ganar- una horas de charla: de cambio de impresiones; de vida propia, gestual, auténtica y no computerizada.

En este ir y devenir apresurado, se van quedando por el camino partes significativas de nuestra vida, sin que hagamos la menor mueca y, sobre todo, sin que seamos capaces de entender, que si ahora su utilidad es nula, tiempo hubo en que nos sirvieron con eficacia, y deberíamos, al menos, despedirnos de ellas emocionadamente, detenidamente, valorando lo beneficioso que puede resultar su sustitución, sin que ello implique el desprecio por lo que significó en otra época, lo que ahora ya no es de utilidad. 

El tiempo pasa y nos pasa y ya hace trece años que uno de los vocablos más utilizados por nosotros, se convirtió tan solo en una entrada más en los diccionarios, envuelta con ese apelativo lleno de nobleza pero tristón, de "antiguo". Hablo, efectivamente, de nuestra peseta, que murió a los ciento treinta y un años, sin que hubiera nadie que pagara por ella  ni tan siquiera una esquela en el ABC.

Así, a primer golpe de vista, no hemos caído en la cuenta de que nuestro lenguaje, también sufrió algunas modificaciones cuando hizo su aparición definitiva el flamante euro. Eran innumerables las expresiones y los giros acuñados en torno a esta castiza, pobretona y dicharachera moneda, que entraron, con más pena que gloria en la jubilación; esa residencia de ancianos entrañables que alberga también a sus hijos; los cuartos, los reales, las perras -gordas o chicas- y los duros, que con tanta gracia incorporaron nuestras gentes al lenguaje popular español.

Ya nadie trabaja por unas cochinas pesetas, aunque la mayoría no gana ya ni cuatro cuartos. No encontramos a alguien que sea más salado que las pesetas, como tampoco decimos ya para zanjar discusiones: para ti la perra gorda o que te den dos duros. Por supuesto, tampoco recomendamos a nuestros hijos que miren por la peseta, al igual que ya no venden regaliz a perra chica la tira. Estos y otros giros, unos desaparecidos y otros a punto de desaparecer, fueron olvidados en un plis plas  sin que, por el momento, el saber y el sabor popular haya sido capaz de sustituirlos por otros, para que las nuevas generaciones gocen de sus propias expresiones y puedan hacerlas tan suyas, como aquellas lo fueron nuestras.

Lo curioso de este cambio, es que ahora que la peseta ya no esté en circulación, es cuando comenzamos a valorar la importancia que tuvo en este camino que ha desembocado en la moneda común, y quizá, por una vez, seamos capaces de reconocer, que la lucha por conseguir ganarnos unas pesetas más con ímprobo esfuerzo, llenó noblemente nuestra vida y la de quienes nos precedieron, poniendo los cimientos de esta apasionante pero dificilísima  aventura en la que, pueblos distintos y distantes nos embarcamos juntos.

Se abrió entonces ante nosotros, un camino que se vislumbraba lleno de posibilidades, al tiempo que se eliminaban muchas de las fronteras que tanto dolor y muerte habían propiciado en el pasado, y que dificultaban la vía al conocimiento y al respeto mutuo.

De pronto, nuestro pequeño país, el pequeño país de muchos hombres y mujeres de bien, se extendía y agigantaba por los cuatro puntos cardinales, enriqueciéndose con la suma de todas las capacidades que los europeos iban a aportar, aunque no sé si éramos lo suficientemente conscientes del esfuerzo que, cada uno de los integrantes de esta unión habíamos de hacer, para que de verdad funcionara. No son las liras, los marcos, los francos, los escudos, las libras o las pesetas, las que unen ni separan pueblos, por más que hayamos convertido nuestra historia en un manual de economía. Eso queda muy bien para los grandes tratadistas y el juego político. Lo que de verdad acerca o aleja, lo que en definitiva construye o destruye, somos los seres humanos, uno a uno, codo con codo, ilusión con ilusión, alma con alma. ¿Alguien lo duda después de contemplar el espectáculo fantástico de ese grupo de hombres que, haciendo filigranas con un balón, encandilan, emocionan y alegran a toda una nación esquilmada y demasiado entristecida hace ya tiempo? 

Hasta el momento parece que hemos sobrehilado nuestra unión con una brillante aunque engañosa moneda, pero lo que también ha quedado dolorosamente demostrado es que tenemos un angosto y espinoso camino que recorrer hasta reforzar a modo las puntadas, aprendiendo a conocer nuestras similitudes y diferencias, respetando nuestra idiosincrasia, valorando nuestras especificidades positivamente, y aprendiendo, sin posible ayuda del ordenador, esa materia tan difícil, que se llama convivencia.

Después de este empacho de penosos resultados económicos, en el que unos y otros nos han sumergido, llegamos a la conclusión de que las gentes y los pueblos de Europa somos, ya de por sí, tan varios, que el ejercicio de nuestra propia aceptación en lo diverso, debiera haber sido el mejor entrenamiento para los dificilísimos partidos que se nos avecinaban, y no fue así, tuvimos que presentarnos a una final sin conocer a los contendientes, ni los campos de juego, ni los árbitros con los que habríamos de enfrentarnos, ni tan siquiera la duración de la contienda. Nunca fue más olvidado nuestro refrán: “Antes de tomar casa donde morar, mira su vecindad”.

A la vista de la insostenible situación creada, en la que no sólo parece de ciencia ficción abonar nuestra deuda, sino, y lo que es peor, el simple pago del interés nos está llevando a la ruina, no son pocas las voces que plantean hoy la vuelta de la peseta como remedio a tanto desmán y derroche que va descubriéndose poco a poco para desesperación de tirios y troyanos, yo dejo aquí la idea sin más pretensiones porque… economistas tiene la santa madre patria.

Mucho me temo que ya sea tarde para aplicar tamaña medida, pero aún estamos a tiempo de emprender la ardua tarea de procurar una comunión, que no se base, tan solo, en la aceptación de esa moneda, que nunca en tan poco tiempo hizo a tantos tan pobres, sino en la convicción de que nuestras capacidades individuales, y características -que nunca debieron ser olvidadas ni preteridas-, unidas a las de los demás pueblos que ahora conforman este enorme mapa común, posibiliten un mundo mejor para todos y una historia hermosa que poder contar en distinta lengua y en idéntico tono a nuestros nietos cuando, dentro de unos años, les hablemos de que hubo un tiempo en que antes de que España ganara deportivamente todos los triunfos habidos y por haber, empleábamos una moneda humilde  que fue primero de plata, después de bronce, casi  rubia, y luego, al hacerse mayor, encogió, encaneció y aún diminuta, siguió siendo entrañable, y fue nuestra amable, aunque escasa, compañera durante media vida.

Por Elena Méndez-Leite

on Saturday, August 25, 2012
Areté: excelencia, virtud, dignidad, honor.
"La economía como esencia de la vida es una enfermedad mortal, porque un crecimiento infinito no armoniza con un mundo finito". Erich Fromm

Recientemente leía un interesante artículo firmado por Martín Mucha, aparecido en la edición de EL MUNDO del pasado día 18 de agosto, en donde recordando la idea de Platón de El Gobierno de los Mejores, se presentaba una lista de catorce brillantes personalidades, todos procedentes del mundo empresarial, a modo de lo que podría ser la candidatura perfecta para formar un gobierno ideal. En realidad, lo que me llamó la atención es que en esa lista no se hubiera incluido también a candidatos procedentes de otras disciplinas. Tal y como dejara plasmado en La República el propio Platón, a su juicio Los Mejores, los llamados a gobernar, no eran los comerciantes o los mercaderes, ni siquiera los más adinerados o poderosos, sino los sabios y los filósofos; aquellos mejor facultados para encarnar las virtudes cardinales: prudencia, valor, templanza y justicia. De ello dan testimonio las propias palabras del filósofo: "A menos -proseguí- que los filósofos reinen en las ciudades o cuantos ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se encaminan separadamente a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciudades, ni tampoco, según creo, para los del género humano; ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra" (Platón. La República, libro V).

Sin embargo y en descargo del autor de dicho artículo, a quién además agradezco sinceramente el haber propiciado esta reflexión, es importante señalar que el planteamiento es muy común, puesto que lo llevamos implícito en nuestra propia cultura, empeñada en asociar y equiparar el éxito en la vida al éxito económico; empeñada en asociar la capacidad de generar riqueza y triunfar en el ámbito empresarial, con la justicia, la inteligencia o la sabiduría, olvidando que el limitado alcance de esos conceptos así planteados, es una de las principales causas de nuestra desgracia y de los males que afligen a la humanidad. 

Por ello y al margen de cualquier valoración respecto a los candidatos propuestos, y aceptando que sin duda la elección de esos magníficos profesionales pueda ser realmente acertada aplicada al ámbito empresarial o incluso como respuesta a la situación de crisis económica que vivimos, considero que el éxito en dicho entorno puede ser un claro indicador de la capacidad de una persona en relación a ese ámbito específico, pero me resisto a aceptar la idea de que ello sea considerado, de manera implícita, como la mejor garantía para conseguir una sociedad más próspera, más justa, o más humana. Entre otras cosas, porque ello no implica NECESARIAMENTE que también puedan atesorar esas otras virtudes -prudencia, templanza, valor y justicia-, o que ese éxito profesional o económico se haya logrado bajo la estricta observancia de los preceptos de la ética y los valores humanos. Un estado no es una empresa, ni el objetivo de una sociedad puede ser la maximización de beneficios, entre otras cosas porque aspectos como la justicia, las libertades, los derechos de las personas, la solidaridad o la eficacia de las políticas sociales, no pueden ser evaluados únicamente desde una perspectiva económica. Y mucho menos todavía, la parte espiritual o trascendente de la vida.

La capacidad de generar riqueza, de optimizar recursos, de crear puestos de trabajo, de producir ingresos para el estado o de dar beneficios económicos en un proyecto empresarial, es sin duda algo de gran importancia, digno del mayor respeto y una virtud deseable en cualquier persona o sociedad. Sin embargo, ello no debería de constituir un fin en sí mismo, ni tiene por qué ser a la fuerza sinónimo de otras tantas virtudes, capacidades o valores, como la honestidad, la honorabilidad, la bondad, la abnegación, la generosidad, la sensibilidad o la espiritualidad. De hecho éstas últimas virtudes también podrían concurrir, aumentando todavía más el mérito, las capacidades y la ejemplaridad de esas personas, acercándolas al concepto de excelencia... o por el contrario, ni siquiera estar presentes, como ocurre con demasiada frecuencia. Lamentablemente a nuestro alrededor tenemos numerosos ejemplos, que invitan a disociar algunos de esos conceptos y abundan los individuos que para alcanzar el éxito profesional, social o económico, no han necesitado contar con esos valores, o incluso los que, para lograrlo, no dudaron en desembarazarse del pesado lastre de la conciencia. 

Por descontado, ello no significa que ese pudiera ser el caso de los líderes mencionados en el artículo y, desde una perspectiva profesional, insisto en que se trata sin duda de una magnífica selección de candidatos, que seguramente podría liderar con éxito cualquier proyecto empresarial o económico. Incuestionablemente, todos ellos son brillantes en su área de trabajo o conocimiento -he tenido la oportunidad de compartir tertulia o foro con alguna de esas personas y seguramente también podría ser considerada un ejemplo en lo que se refiere a valores humanos-, pero ello no implica forzosamente que además pudieran liderar una sociedad en todas sus facetas, en donde lo economico siempre será un aspecto esencial y necesario, pero nunca debería constituir la principal o única referencia. El ejemplo es cercano y la constatación del error una realidad.

Deberíamos recordar que esta crisis no es sólo producto de una mala o nefasta gestión económica -que también-, sino que fundamentalmente tiene su origen en un retroceso de la ética y los valores, frente al egoísmo más profundo, el materialismo desmedido, un consumismo exacerbado y un economicismo antagónico con los valores humanos esenciales. Una crisis gestada en el seno de una sociedad plagada de tecnócratas, pero que paradógicamente poco a nada parecen conocer de lo que realmente importa, o de las consecuencias de mantener en el tiempo actitudes equivocadas y errores de bulto, no ya únicamente desde la perspectiva económica, sino simplemente desde el punto de vista humano. De hecho y salvo contadas y meritorias excepciones, resulta poco creíble que muchos de esos magníficos y brillantes economistas, expertos en finanzas, políticos e incluso periodistas, que hoy nos explican desde los medios de comunicación qué deberíamos de hacer para salir de la crisis, no hayan sido conscientes de lo que se avecinaba y no hubieran denunciado antes una situación tan manifiestamente incompatible con el más elemental sentido común. Lo siento, pero la lógica no soporta tamaña incongruencia y más bien invita a pensar que lo ocurrido también tiene que ver con una actitud sumisa, acomodada, inductora, propiciadora y hasta directamente participativa -especialmente en beneficios- de muchos de ellos, más que con la ignorancia, la inocencia o el desconocimiento sincero.

Por todo ello, creo que esa lista estaría bastante más completa si también se hubiera incorporado a ella a otras personas cuyo principal éxito, referencia o ejemplaridad proviniera del terreno de la cultura, el arte o la ciencia; de la ética, los valores humanos o la espiritualidad. Personas de gran valía y profunda sabiduría, cuyo reconocimiento podría -por qué no- estar precisamente derivado de un claro y manifiesto desapego o desinterés por el dinero, la economía o el ámbito empresarial y financiero. 

Si queremos un mundo mejor, no bastará con enderezar la economía y volver a pensar en generar riqueza: habrá que preguntarse también a qué precio ético la generamos y a costa de qué valores la producimos. No bastará con reducir las cifras de parados: habrá que preguntarse también si los empleos son dignos, si contribuyen a una adecuada calidad de vida y si el sacrificio y el esfuerzo que exigen a cambio, se corresponde con la retribución y el nivel de felicidad percibidos. No bastará con escapar de la recesión y volver a cifras de crecimiento positivas; habrá que preguntarse si el planeta y el resto de seres humanos que lo comparten podrán seguir soportando nuestra forma de vida y ese crecimiento sostenido en el tiempo. Deberemos preguntarnos, en definitiva, no sólo por la sostenibilidad económica del sistema, sino si humanamente también es sostenible.  Ese es realmente el terreno perdido que debe recuperar nuestra sociedad de cara a esa regeneración que tantos consideran necesaria, pero para la que, al menos aparentemente, seguimos empeñados en mantener el mismo modelo equivocado que nos ha conducido hasta la situación actual.

Si queremos saber cuál sería el Gobierno de los Mejores, primero deberíamos definir cuál es el modelo de sociedad al que aspiramos y sobre qué valores queremos construirla. Quizás entonces sabríamos contestar a dos preguntas previas esenciales: ¿los mejores para qué?... ¿los mejores para quién?

Por Alberto de Zunzunegui