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on Monday, December 16, 2013
La víspera de Reyes de hace 300 años en la preciosa casona del Fontanet, situada a caballo entre Monforte del Cid y Novelda que, aún hoy, conserva su señorío y buen estado de conservación, todo era bullicio y algarabía. El tiempo amenazaba lluvia y doña Violante se había puesto de parto. La noble señora había casado en segundas nupcias con Don Bernardo, también viudo, aportando entre los dos varios hijos a su nuevo estado, pero este pequeño que peleaba ahora por asomarse al mundo, era el primer hijo del actual matrimonio, ansiado y esperado con renovada ilusión en su madurez, y al que aún seguirían otros dos; Margarita y Bernardo, que habría de nacer ya fallecido su progenitor.

Las mujeres de la familia aguardaban pacientes en la planta baja rezando por el feliz desarrollo del parto, no sin dejar de probar las deliciosas rosquillas regadas con el oloroso anís de la casa. Los hombres apuraban sus cigarros en la espaciosa sala, ojeando a través de los balcones de hierro forjado el tiempo cambiante, y hablando de mil y un asuntos, mientras escuchaban el silbido del viento, el crepitar de la lumbre y las subidas y bajadas de las mozas con toallas, ungüentos varios y risas entrecortadas.

A pocos kilómetros de esas tierras duras del Vinalopó, las playas de Alicante veían embravecerse por momentos la mar Mediterránea en un cambio de humor inusitado. Ella de por sí tan serena, tan suave, tan calmada, parecía querer extenderse entre olas de romería por los campos cercanos hasta llegar a la casa solariega, para dejar su beso enamorado en la cuna de un niño, que ya hombre, se adentraría en sus aguas, marinero de soles y de lunas, descubridor de rutas y pescador de ensueños imposibles que, solo su inteligencia preclara unida a su constancia y dedicación absolutas, llegarían a convertir en realidad.

Pasó Jorge su niñez feliz y acomodada, le gustaba la gramática y por ella parecía que se iba a decantar, pero la vida tiene sus caprichos no siempre gratos y, al morir su padre prematuramente, fue su tío Cipriano, Caballero de la Orden de Malta, quien lo llevó con él a Zaragoza para que ingresara, con tan solo doce años en esa Orden religiosa y militar. Allí se formó durante cuatro largos cursos de esfuerzo y sacrificio que incluyeron su  embarque en galeras, emblemáticos navíos del mediterráneo que desde la batalla de Lepanto surcaban sus  aguas, costeando con maestría y facilitando el apresamiento de los piratas berberiscos que se multiplicaban por doquier en aquellos tiempos.

Al cumplir los dieciséis regresó a España y comenzó en Cádiz sus estudios en la Real Compañía de Guardias Marinas, reservada por aquel entonces a los nobles e hijosdalgos. Durante varios años recibió formación militar realizando prácticas de armamento, construcción naval y maniobras que combinaba con estudios de Matemáticas, Geometría, Trigonometría, Cosmografía, Náutica, Fortificación y Artillería, amenizados con clases de danza, esgrima e idiomas. ¡No podemos olvidar que estamos inmersos en pleno siglo de la Ilustración!

Aprobados las disciplinas correspondientes, Jorge embarcó en los buques de la Armada durante un largo período, participando en cuatro campañas contra los berberiscos; en la batalla de Liorna, en la reconquista de Orán y en la campaña de Napoleón. Fue entonces cuando decidió contra viento y marea, que la mar sería la más fiel y única compañera de vida, a la que amaría con devoción.

Una epidemia de tifus a punto estuvo de mandarlo al otro mundo cuando apenas contaba veinte años de edad, pero una vez restablecido, la mente inquieta y privilegiada del joven oficial de marina, espoleada por el ansia de saber, buceaba en los textos científicos con acendrada curiosidad. Si la mar era su pasión, la tierra y su mágico entorno de múltiples luminarias desconocidas ocupaba gran parte de su estudio y dedicación.

Por aquél entonces, y debido a que la hipótesis del inglés Newton del achatamiento de los polos terrestres comenzaba a ser fuertemente rebatida por los astrónomos franceses, la Academia de ciencias de Paris decidió tomar cartas en el asunto, ya que el exacto conocimiento de la forma y dimensiones de la tierra tenía un alto interés para la navegación y la cartografía, entre otras materias, por lo que propuso acometer dos expediciones. Para la primera, que había de llevarse a cabo en el Virreinato del Perú, hubo de solicitar del monarca español Felipe V autorización para enviar un equipo de expertos científicos galos que dieran comienzo a  los trabajos de medición de un gran arco de meridiano en la línea ecuatorial en América del Sur, en el actual Ecuador. Al tiempo que otra segunda se dirigiría a Laponia, para efectuar idénticos trabajos cerca del círculo polar procediendo a contrastar posteriormente ambos resultados.

Aceptó el monarca, a condición de que dos españoles se unieran al proyecto y, tras intensas deliberaciones, los guardiamarinas Antonio de Ulloa y Jorge Juan y Santacilia fueron los elegidos. De esta manera nuestro alicantino partió de nuevo allende los mares, con la ilusión propia de los pocos años, y sin pensárselo dos veces, ignorando las penalidades que habría de soportar en un arduo trabajo de investigación, a menudo interrumpido por los requerimiento del Virrey para que Ulloa y él mismo se ocuparan de la defensa de las costas del Pacífico frente a los ataques de la flota inglesa. Cerca de nueve años duró este cometido, que sin duda fue el reto científico más relevante y original de mediados del siglo de las Luces, mientras que la expedición a Laponia apenas invirtió tres años y confirmaba la tesis de Newton de que la Tierra era, efectivamente, una esfera achatada por los polos.

A su regreso, habiendo informado al Marqués de la Ensenada de sus logros y, tras recibir el encargo del Ministro de escribir los nueve tomos de las “Observaciones Astronómicas y Phisicas, hechas de orden de su Magestad en los reynos del Perú. De las quales se deduce la figura, y magnitud de la Tierra, y se aplica a la navegación”, mientras que su compañero Ulloa se encargó de otros cuatro sobre la Relacion Historica,Geográfica y Etnográfica del Viage a la America Meridional, decidieron publicarlo de forma conjunta, aun antes de que los eruditos franceses terminaran sus informes y así, este episodio de la vida de Jorge Juan daría origen a la relación prolongada con el Marqués de la Ensenada, Consejero real y a la sazón ministro plural de Hacienda, Guerra y Marina e Indias, que supo ver en el joven investigador una serie de cualidades que sobrepasaban el terreno científico y marinero, lo que tendría una relevancia significativa en el desarrollo personal y profesional del insigne noveldense.

El preclaro Ensenada conocedor de que la Marina era la clave para el dominio colonial español y la defensa de las costas peninsulares ante los ataques británicos y franceses, puso las bases para la recreación de la armada española que, en la primera mitad del siglo XVIII, mostraba una situación penosa, sin apenas recursos y con buques insuficientes y envejecidos, e impulsó a su vez el comercio con las colonias de América. Decidido a acabar con el monopolio de Indias, y eliminar la abusiva corrupción del mundo colonial con una serie de reformas. Conocedor de que este empeño naval precisa para su desarrollo del conocimiento y la aplicación de cuantas novedades y adelantos técnicos circularan por Europa, sobre todo aquellos que tuvieran relación con la mejora y modernización de la Armada y de sus arsenales, solicitó la colaboración de Jorge Juan al que envía a Londres en una misión de auténtico espionaje industrial, para que recabe los informes pertinentes y conozca a fondo a los mejores técnicos navales del momento.

Como anticipándose a las obras de Le Carré el ilustre marino, ahora espía, contó en Londres con instrucciones secretas, textos cifrados, identidades falsas y toda una serie de artimañas y tretas con las que consiguió información detallada de las máquinas de vapor y planos completos de piezas de buques puesto que Juan había constatado que los barcos ingleses eran más ágiles y veloces, necesitaba aplicar a las naves patrias el estudio y conocimiento de las mismas elaborando un nuevo método de construcción de buques, fundamentado no sólo en la práctica sino en el cálculo matemático y en los principios de la Física aplicados al desplazamiento de los barcos en el agua.

En otro orden de cosas adquirió también matrices para elaborar tipos de imprenta, consiguió la fórmula del lacre, y hasta detalles técnicos de la fabricación del paño inglés. Adquirió libros e instrumental científico para el Colegio Imperial de Madrid; la Academia de Guardias Marinas de Cádiz; el Colegio de Cirugía de esa ciudad y otras varias instituciones. Pero su logro más audaz fue la contratación de técnicos y especialistas en construcción de buques y otros elementos, como jarcias o lonas, a quienes trasladó a España con sus familias, y con su ayuda escribió en Madrid el Nuevo método de construcción naval, en el que aplicó, además, sus conocimientos de mecánica, hidráulica y cálculo diferencial e integral.

Será con el resultado de esta exhaustiva investigación de Juan, como Ensenada proyecte y haga realidad la construcción de una flota española digna, con un aumento de más de 60 navíos de línea y 65 fragatas, y un incremento del Ejército de tierra en 186.000 soldados y de la Marina en 80.000.

En 1750 a su regreso de Gran Bretaña nuestro ilustre marino pasó unos años en Ferrol, Cádiz y Cartagena donde planeó y construyó distintos arsenales y constantes fueron sus viajes por toda la península, revisando yacimientos mineros, y complejos siderúrgicos que compatibilizaba desde 1751, con sus tareas de capitán de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz. Ya en 1753 creó, el Observatorio Astronómico gaditano, concebido como institución aneja a la Academia para el adiestramiento e instrucción de los cadetes.

El respaldo de Ensenada, otorgándole plenos poderes para dirigir la actividad docente de la Academia, permitió a Jorge Juan poner en práctica todas las reformas proyectadas, redactar e imprimir en ella nuevos manuales y textos científicos sin necesidad de obtener la censura previa, siendo su Compendio de Navegacion para el uso de los Cavalleros Guardias Marinas, publicado en 1757, el primer libro salido de dicha imprenta. Otras obras de nuestro sabio insigne fueron Disertacion sobre el meridiano de demarcacion entre los dominios de España y Portugal, también en colaboración con Ulloa. Noticias secretas de América, y su obra cumbre en dos volúmenes; Examen Maritimo Theórico Practico, o Tratado de Mechanica aplicada á la Construccion, Conocimiento y Manejo de los Navios y demas Embarcaciones. Todas ellas fueron conocidas y valoradas más allá de nuestras fronteras, lo que le valió ser nombrado miembro de distintas Academias de Alemania, Francia, Gran Bretaña y Suecia entre otras, mientras que, por fortuna, también fue profeta en su tierra y en 1754 se le nombró ministro de la Real Junta de Comercio y Moneda; en 1765, académico honorario de la Academia de Agricultura de Galicia; al año siguiente embajador extraordinario ante el Sultán de Marruecos, firmando en 1767 el primer Tratado de Paz y Comercio que la Corona española establecía con un país musulmán, y ese mismo año alcanza el honor de ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

De regreso a la Corte, en 1770, fue nombrado director del Real Seminario de Nobles de Madrid, donde permaneció hasta su  cristiana y dolorosa muerte en 1773.

No abundan las referencias sobre la personalidad de Jorge Juan Santacilia, pero resultan enriquecedoras las consideraciones que hizo de él su discípulo Benito Bails pocos años después de su muerte  y que rezan así:

"Era de estatura y corpulencia medianas, de semblante agradable y apacible, aseado sin afectación de su persona y casa, parco en el comer, y por decirlo en menos palabras, sus costumbres fueron las de un filósofo cristiano. Cuando se le hacía una pregunta facultativa, parecía en su ademán que él era quien buscaba la instrucción. Si se le pedía informe sobre algún asunto, primero se enteraba, después meditaba, y últimamente respondía. De la madurez con que daba su parecer, provenía su constancia en sostenerlo. No apreciaba a los hombres por la provincia de donde eran naturales; era el valedor, cuasi el agente de todo hombre útil.”

En 1790 Carlos III, el mejor alcalde de Madrid, comenzó la fundación del Real Observatorio matritense que Jorge Juan había considerado imprescindible para el control del extenso imperio de ultramar. Convencido el rey de su utilidad, encargó la construcción de un telescopio reflector al astrónomo músico y descubridor del planeta Urano, el alemán William Herschel, así como el diseño del edificio que Villanueva acometió en las cercanías del Parque del Retiro, enviando a su vez a diferentes astrónomos a países como Francia y Gran Bretaña, cuyos observatorios llevaban en funcionamiento desde el siglo XVII, para que profundizaran en los conocimientos apropiados al futuro desempeño de sus funciones. Jorge Juan había conseguido así su último propósito, aun cuando ya no pudiera verlo.

Recientemente en Madrid y con motivo de los actos conmemorativos de su III Centenario, en el Cuartel General de la Armada, cerca de la calle que lleva su nombre y presidido por el Almirante General Jefe de Estado Mayor de la Armada, ha tenido lugar una hermosa ceremonia castrense en la que un puñado de civiles, hombres y mujeres de bien, han jurado lealtad hasta la muerte a la Bandera de España. En el emotivo Homenaje a los Caídos mientras se escuchaba en impactante silencio los acordes del himno “La muerte no es el final”, he recordado con lágrimas en los ojos a Jorge Juan Santacilia, el hombre sabio que abandonó sus tranquilas tierras alicantinas para, aliento tras aliento,  desprenderse de todo lo que  no fuera entregar su vida y obra al noble empeño de engrandecer su patria. 

Por Elena Méndel-Leite

Documentación:


on Tuesday, October 22, 2013
Conocí a Isabel hace ya tiempo, por cuestiones laborales, el día en que cumplió cien años. Nunca, hasta aquel momento, había tenido ocasión de felicitar a nadie en su centenario, y reconozco que, aunque me causaba cierto pudor invadir su intimidad en tan señalada fecha, acudí a su hogar con un respeto infinito y una alegría que a mí misma me chocaba, puesto que yo no sabía nada de ella ni de los suyos y, sin embargo, deseaba vehementemente encontrarme con aquella mujer, quizá porque por entonces se me estaban cayendo, uno a uno, casi todos los palos del sombrajo y, sin saber por qué, comenzaba a ser consciente de que algo en mí iba muriendo, poco a poco. Sentía la necesidad de fundirme en un abrazo con esta mujer, como si de ese modo pudiera encontrar la fortaleza necesaria, para seguir viviendo, al igual que ella, silenciosa y dulcemente, un puñado de  años más.

En los días previos a esta visita repasé en algunos viejos textos los acontecimientos más significativos de la época en que Isabel había venido al mundo, porque  la memoria flaquea y quitando el, por entonces, tan traído y llevado centenario del cine, apenas contaba con datos frescos para comprender como habrían sido los primeros caminos en los que, mi desconocida amiga, había comenzado su peregrinar. Soy consciente de que la vida de cada uno raras veces tiene que ver con lo que sucede a cuatro manzanas, pero necesitaba un escenario para comenzar.

Aquel siglo que fuera concebido como el de las grandes esperanzas rebosante de sabios, filósofos, escritores y artistas como nunca antes se había visto, había traído al mundo la terrible primera guerra mundial, el crack del 29, el terror de Hitler, el lanzamiento de la bomba atómica, Vietnam, Ruanda, los Balcanes y la guerra interminable del Oriente Próximo. “Sangre sudor y lágrimas!”.

Sea como fuere, fui pespunteando en mi cabeza los acontecimientos de  aquel fin de siglo en España donde sin salir de casa, los carlistas revoltosos se habían levantado en armas, mientras que en la lejana Cuba, miles y miles de nuestros compatriotas habían muerto en una guerra absurda y cruel, como crueles y absurdas serían en mayor o menor medida todas las guerras que, desde dentro o desde fuera, irían amargando algunas etapas negras de la vida de Isabel.

En la otra cara de la moneda, se dibujaba la efigie de una nueva Constitución y en un Madrid en relativa calma, se comenzaba a hablar de su zona Oeste como nuevo pulmón de la Capital. Los nombres de María Guerrero, Albéniz, Benavente, Galdós, Benlliure, Machado o Azorín, sin ir más lejos, no formaban parte aún de ninguna enciclopedia, porque eran sencillamente,  los de gente próxima, jóvenes emprendedores y deseosos de triunfar.

Cuando Isabelita iba a cumplir once años oía, sin apenas escuchar, que en el patio todos hablaban y no paraban de un acontecimiento feliz, y al igual que mucho después Madrid  se engalanara para la boda de nuestro Príncipe en el Palacio Real, en tropel acudieron entonces los madrileños a las puertas de Los Jerónimos, invadiendo calles y plazas, para ver a su Rey, en el día de su boda, sin saber que Mateo Morral tenía sus propios y nefastos planes. ¡Vaya susto, señor!

De Santander llegaron los primeros tranvías eléctricos que comenzaban su recorrido por los madriles sin tenerlas todas consigo; se creaban los primeros clubes de fútbol, y la historia de amor de las mil y una noches entre nuestra Anita Delgado y el Maharajá de Kapurtala enternecía a todas las jovencitas de la ciudad. Se inauguró la Plaza de toros de Vista Alegre y apareció el fotógrafo y la cocina eléctrica y la radio -.su radio-,… ¡y aquella espantosa guerra que no acaba nunca y ,por fin, la paz ¡Quiera Dios que definitivamente instalada! y la tele, y luego el viaje a la luna y… De todos esos acontecimientos y de cuantos se fueron sucediendo a lo largo y ancho de estos cien años, esos que han ido formando parte de la historia oficial y oficiosa ¿Cuántos conoció y cuántos ignoró nuestra buena Isabel, cuántos de ellos formaron parte integrante, o al menos, quizá sin que ella lo advirtiera, tuvieron algo que ver con su propia vida?

Porque las vidas privadas de cuantos vamos haciendo la pequeña historia de cada día tiene, como decía, poco que ver con los eventos magnificentes, tanto para bien como para mal, pero sus consecuencias a menudo sí que influyen en nuestro devenir cotidiano, y, sobre todo, no podemos evitar que nuestra existencia sufra cambios traumáticos si nuestro país se ve arrasado por un cataclismo, sea de la índole que sea aunque, a pesar de todo, la mayoría sobreviven… sobrevivimos.

¿Cómo puede producirse el milagro de adaptación de un ser humano a los extraordinarios cambios que han ocurrido en el siglo pasado y en el actual.  Ese milagro capaz de conseguir que alguien siga conservando ese aspecto, de dulce indiferencia, de comprensión infinita que tantas veces había visto en mis mayores y que ahora mostraba Isabel, sentada apaciblemente al abrigo de las faldas de su mesa camilla, desde la que hacía años contemplaba calmas y tormentas con su toquilla de punto y su sonrisa de andar por casa?

Desafortunadamente de Isabel solo conocí unos pocos detalles, demasiado pocos y demasiado insignificantes. Era pequeña, limpia y enternecedora, aunque firme y despierta a la vez. Su tono de voz era fresco y sorprendentemente jovial amable y rotundo. Había trabajado todos y cada uno de los días de su existencia “aunque ahora, hija mía sólo soy un trasto viejo”. Tenía trece bisnietos que venían a hacerla arrumacos y la llenaban de besos. Estaba rodeada del cariño de los suyos y los que la conocían bien aseguraban que, a pesar de su edad, no tenía pelos en la lengua. Confiaba en Dios y cada día le pedía salud para todos y que todos fueran buenos ¡Ahí es nada!

No pude hablar mucho más con ella porque la casa estaba a rebosar, pero el abrazo si que se lo di y bien largo… me hubiera gustado volver una tarde cualquiera y otra y otra y que me contara cosas de su vida, de esas que nunca podré encontrar en las hemerotecas. Ella me dijo “venga cuando quiera, esta es su casa”… y lo bueno es que se notaba que lo decía de verdad. Pero… no pudo ser.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones porque estoy convencida de ello. Lo importante  no es lo que somos o lo que tenemos, sino los seres humanos que vamos encontrando y perdiendo en algún cruce del camino. Aquellos que permanecen ya siempre en nuestro recuerdo porque fueron capaces de darnos aliento, ternura, bondad o amor.

Por Elena Méndez-Leite

on Monday, September 9, 2013
Así, a primera vista, parece el nombre de una cupletista de principios del siglo veinte, o de un nuevo virus de la gripe que amenaza con amargarnos el próximo invierno. Pero… nada más lejos de la realidad. CORA es el acrónimo de la Comisión -diseñada por la Vicepresidenta del Gobierno- para elaborar el informe de la Reforma de las Administraciones Públicas y, por extensión, del documento presentado en sociedad a finales del pasado junio. Más de dos mil folios y doscientas recomendaciones que, tras la adaptación de las leyes oportunas, pueden convertirse en eficaces medidas a aplicar.

Entre los invitados al “evento”, figuran, los miembros de las siete subcomisiones encargadas de los distintos apartados objeto de estudio, y de su Consejo Asesor, en el que han estado representados: el Defensor del Pueblo; las organizaciones empresariales y de empleados públicos: el Consejo de Consumidores y Usuarios, la Asociación de Trabajadores Autónomos, el Instituto de Empresa Familiar, el Consejo Superior de Cámaras de Comercio y la Asociación Española de Empresas de Consultoría, además se ha contado con un buzón de participación ciudadana abierto para la ocasión, para que el pueblo llano participara, de algún modo, con sus ocurrencias, sugerencias y aportes varios.

Con el concurso de todos ellos se ha elaborado un informe que parte de la experiencia y conocimientos de la Administración y la Función Pública en los últimos 35 años, en los que no cabe duda de que se ha se ha dado un salto positivo el cual, en muchas materias, constituye un modelo a imitar para otros países. No obstante, Los miembros de la CORA y cuantos en la sombra han dedicado cientos de horas a desmenuzar carencias, duplicidades, despilfarro, ineficacia y obsolescencia de nuestras Administraciones Públicas, a través de un maratoniano esfuerzo y una exhaustiva revisión de organismos, -listados interminables; comprobación de datos; operaciones aritméticas; comparativas con otros entes públicos del entorno europeo; y revisión en profundidad de la legislación actual-, han  sabido reconocer errores y han puesto en pie una tormenta de ideas,  que presentan como “la radiografía más minuciosa y reformista de nuestro sector público en décadas”, y no andan descaminados.

Vaya por delante que el Consejo de Estado ha emitido un duro informe sobre una de las medidas adoptadas: el Anteproyecto de Ley de la Reforma de la Administración Local, en el que el régimen de competencias municipales establecido, plantea dos cuestiones espinosas:  de una parte la regulación aplicable al coste estándar  que resulta insuficiente y debe por ello explicitarse y, de otra, el posible cuestionamiento de la garantía institucional de la autonomía local consagrada en el artículo 140 de la Constitución. Quiero creer que ¡por fin! los Ayuntamientos, especialmente los bien administrados, tendrán auténtica presencia, voz y voto en los futuros debates para clarificar, de una vez por todas, esta situación de tenguerengue administrativo del “ni comen, ni dejan comer” en que vienen desarrollando sus actuaciones, inmerecidamente. con más pena que gloria.

Y dicho esto, dejemos  que la Justicia se encargue de poner en su sitio a los facinerosos de distinto pelaje y condición que se han infiltrado ignominiosamente en la vida pública, porque la piedad con el malo es crueldad con el bueno, y vayamos a este informe cuyo resumen de 250 folios he leído con atención puesto que ayuda a comprender -no a justificar-, que más que el pillaje, el latrocinio o la mala voluntad, han sido la ineficacia y la inercia, las causas de que, no sé si por mirar hacia otro lado o porque los asuntos urgentes impedían acometer los necesarios, la situación haya ido deteriorándose oculta por una falsa bonanza económica que hinchaba la amenazadora bola de nieve hasta convertirla en el alud que nos arrastraría a todos sin remedio.

En el relato de los hechos se van desbrozando, una a una, las carencias en el funcionamiento de los distintos Ministerios y Organismos Públicos; la ausencia de un estricto cumplimiento de los principios de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera en todos los niveles de la Administración; la falta de transparencia y control; las ineficacias y las redundancias; las duplicidades; el exagerado aumento del empleo público, sobre todo de los mal llamados funcionarios, o la no meditada descentralización, que ha contribuido a que entre 1982 y 2012 se hayan creado o sobredimensionado entidades regionales paralelas y que los empleados de las Comunidades Autónomas, que eran prácticamente inexistentes, se hayan multiplicado por 30, mientras casi se cuadruplican los de los Ayuntamientos. En otro orden de cosas, alerta sobre la conveniencia de compartir y no dispersar medios entre las administraciones. ¿A qué santo viene la extendida proliferación de oficinas regionales fuera de nuestras fronteras, o el que haya tantos Defensores del Pueblo como Autonomías. Por qué no centralizar de una vez la contratación de servicios o corregir que nos cueste tanto compartir la conservación de carreteras o la gestión  de centros educativos?

Resulta gratificante entre toda esta maraña, comprobar el sentido común que reflejan las sugerencias que los ciudadanos han ido dejando en el buzón del que hablábamos al inicio de estas líneas, y que consideran de importancia vital acometer. Muchos de ellos se quejan del despilfarro que supone el que les “entretengan” con papeleos inútiles; que deban guardar colas interminables y largas esperas para, entre otras cosas, aportar documentos que ya obran en poder de las distintas administraciones públicas. Se lamentan de que hayan de solucionar laberínticos trámites, y de que no exista un acceso único a la información; de la escasa claridad de normas y mandatos y del pobre funcionamiento de la administración electrónica que, a estas alturas, debiera estar a disposición del usuario las 24 horas de los 365 días del año. Entre los aspectos que consideran evidentemente preocupantes figura el de la réplica de organismos y competencias entre las distintas Comunidades Autónomas por el excesivo crecimiento, la ineficacia, el derroche y la oscura delimitación de competencias que ello supone. Todo ello, figura negro sobre blanco en el informe que nos ocupa, por lo que me congratulo al ver que su voz ha sido escuchada y puesta en valor ya que, curiosamente, coincide con muchas de las deficiencias anotadas por las distintas Subcomisiones de estudio de la propia CORA.

La filosofía del documento final presentado aboga primordialmente por: “Una Administración, una competencia” y “Prestar igual o mejor servicio a menor  coste”. Loables propósitos que se idean pronto pero cuya puesta en práctica conlleva un ímprobo y generalizado trabajo que afecta a todos y cada uno de los trabajadores de la Función Pública y si me apuran mucho a todos los ciudadanos de esta España mía; de esta España nuestra.

A punto de finalizar este comentario  me permito solicitar de quien competa, que todo lo que se refiere a medidas de empleo público se trate hoy y en un futuro próximo con el máximo interés, generosidad y sensibilidad exquisita, por tratarse de decisiones que afectan a seres humanos a los que la situación de deterioro actual ha puesto en un brete complicadísimo y, por ello aunque no sólo por ello, deben contar hoy más que nunca con la mayor consideración y respeto en las cuestiones que les atañen y… no tengo muy claro que se refleje así en el documento.

Y ya por último, les anoto un decálogo de perlas entresacado de  las más de doscientas medidas adoptadas, que les traslado y que, de cumplirse, implicaría ya un notable y positivo esfuerzo de modernidad, eficiencia y progreso. A saber:

  • “Adelgazar la Administración Pública para hacerla más asequible al ciudadano”.
  • “No fijar los presupuestos en función de lo ejecutado el año anterior,  sino en función de lo que realmente se necesite gastar en cada partida”.
  • “Justificar estrictamente las razones que motivan la creación de cualquier nuevo organismo o entidad pública”.
  • “Suprimir Tribunales; Fundaciones; Sociedades Mercantiles; Agencias; Observatorios, Entidades gestoras, y cuantos organismos sean innecesarios, obsoletos o redundantes, mediante la reestructuración y racionalización del sector público empresarial y fundacional”.
  • “Efectuar contratos centralizados con el fin de ahorrar costes”.
  • “Utilizar con total eficiencia y disponibilidad los recursos tecnológicos, ofreciendo altos niveles de calidad en los servicios prestados”.
  • “Aplicar la Ley de Garantía de la Unidad de Mercado, simplificando las trabas administrativas para el acceso y ejercicio de las actividades económicas en las diferentes CC.AA. y la libre circulación de bienes y servicios en todo el territorio nacional“.
  • “Lograr que los títulos que habilitan para el ejercicio de una actividad, o la circulación de un producto, tengan la misma eficacia en todo el territorio nacional”.
  • “Respetar el derecho de los ciudadanos a no presentar documentos que ya obren en poder de la Administración”.
  • “Establecer una serie de obligaciones legales en materia de gestión pública y, en particular, en el manejo de recursos económicos y respeto a la estabilidad presupuestaria, cuyo incumplimiento lleve aparejado un régimen específico de infracciones y sanciones que pueden llegar a la inhabilitación para cargo público”.

Si todo ello así se cumpliere, que el pueblo  soberano lo reconozca, y si no, se lo demande. AMÉN.

Por Elena Méndez-Leite

Fuente: Resumen del Documento de la COMISIÓN PARA LA REFORMA DE LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS.

on Saturday, June 29, 2013
Ése es el lugar. Aunque me aguarden miles de hermosísimos, pintorescos, salvajes, plácidos, extremos, o desoladores parajes por conocer, el único destino al que siempre vuelvo, con emoción renovada, es a Paris, y lo hago convencida de que toda la comedia y la tragedia se inventó allí, en una u otra época; consciente de que tanto la inspiración sublime como el vicio más abyecto han tenido lugar al borde del Sena en distintas noches de luna llena; sabedora de que este ambiente exquisito de la mañana puede convertirse en el centro canalla más tremendo y desolador al ponerse el sol; segura de que a nadie ha de extrañarle que, tanto la literatura como el cine, hayan acudido con tamaña frecuencia a la llamada de esas calles, de ese río, o de ese altivo Molino Rojo, porque Paris siempre será la buhardilla  donde cualquier Olympia que, como Cenicienta haya perdido su mínimo zapato de cristal, puede encontrar un mágico Monet quien, pincel en mano, convierta la sordidez de turbias pesadillas, en el más hermoso e increíble de los sueños.

Me gusta alojarme en Issy les Moulineaux, aunque ahora haya perdido parte de su mimoso encanto pueblerino para convertirse en abanderada de las nuevas tecnologías y, desde la Mairie, después de un croissant que quita el sentido, llegar al centro de Paris, siempre mejor en metro que en el vertiginoso RER, para así ir saboreando el nombre de cada una de las estaciones amigas; Corentin; Porte de Versailles; Convention… hasta llegar, en apenas veinte minutos, a la que casi siempre escojo como cruce de caminos para iniciar mil y una rutas añoradas: Concorde.

Hoy, dando un largo paseo y bordeando las Tuilleries, el Museo del Louvre y el magnífico e imponente Ayuntamiento, he alcanzado la plaza de la Bastilla, donde termina el Canal Saint Martin, para luego recorrer, en sentido contrario sus cuatro kilómetros de restaurantes, bares y tiendas diversas, sin olvidar sus esclusas, ni las curvadas y románticas pasarelas entre árboles frondosos; ni los murmullos de ambiente festivo y jaranero, en una zona cada vez más concurrida y anhelada de la ciudad, que comunica con la Gare du Nord y de l´Est o les Grands boulevards. En menos de veinte años este barrio ha cambiado de raíz, y creo que para bien, porque en medio de un sinfín de locales de moda, permanecen, como testigos mudos de otro mundo perdido, los de siempre; los emblemáticos, como el Hotel du Nord que debe su nombre, y también su pervivencia y condición de monumento histórico al film homónimo, de la trilogía trágica de Marcel Carné, cuya acción transcurre en las habitaciones del mencionado hotel.

Carné, pionero del cine francés, que había iniciado su carrera en el cine mudo como ayudante de dirección de Jacques Feyder, es considerado como el padre del realismo poético y realizador de la película considerada por muchos, junto con “La règle du jeu” de J. Renoir, la mejor cinta de todos los tiempos: “Les enfants du paradis”, que quiere decir, aunque creo que nunca se ha traducido así oficialmente: “Los chicos del gallinero” (acepción vulgar del “paraíso” en las salas teatrales).

Por todos es sabido que fueron unos franceses, los hermanos Lumière, quienes inventaron el cinematógrafo, que no el cine, a finales del XIX. Y que, pocos años después, parisina fue también la empresa de producción de películas de Léon Gaumont, como parisinos fueran  sus rivales en la industria, los hermanos Pathé. Finalmente, y por descontado, a nadie se le oculta que otro francés, Georges Meliès, llegó con su cámara a la luna en 1902 y… casi le salta un ojo.

Ya no es tan sabido que, entre la primera y la segunda guerra mundial, el gran dramaturgo y actor ruso Sacha Guitry, muerto en Paris, llego a rodar más de 30 films, la mayoría de ellos basadas en sus propias obras teatrales, y que otro parisino, Jean Renoir, director, guionista y actor cinematográfico, a más de hijo del sublime pintor, nos dejó una dilatada y espléndida  obra con algunos títulos que algunos consideran precursores del neorrealismo italiano, y a la que el maestro Truffaut acudía con insistente y admirativa frecuencia.

Piano pianito llegamos al final de la segunda guerra mundial y allí nos damos de bruces con esa joya exquisíta del cine a la que aludíamos al inicio de esta colaboración: Les Enfants du paradis, estrenada en 1945. La película de tres horas de duración fue tarea ardua ya que sus 18 meses de rodaje transcurrieron en plena ocupación Nazi, por lo que los exteriores se rodaron en el Midi francés y no en la Capital, donde estuviera el teatro de Funámbulos -uno de los recintos más famosos del Boulevard du Temple, desaparecido a mitad del siglo XIX y situado donde hoy se alza la Plaza de la Republica-, por lo que hubo que construir en la clandestinidad, una a una, todas las piezas de un puzle preciosista, cuyo resultado resulta a todas luces espléndido y conmovedor.

Al inicio de la película, y sólo con el plano general de una larga avenida abarrotada de gente de variopinto pelaje compuesto por gente festiva, artistas, curiosos, mendigos, vendedores ambulantes, mimos, carteristas, jóvenes atractivas y descaradas, petimetres, forzudos, echadores de cartas y un largo etcétera, que dan vida a un imponente fresco del Paris populachero y vitalista de la época, -principios de 1800- magistralmente elaborado.

Más tarde la acción se sitúa en un escenario, con la finalidad de establecer un nexo de  unión entre el teatro hablado y el mimo, y en distintos habitáculos donde se van narrando las peripecias vitales de Garance, el más bello personaje de la gran actriz parisina Arletty, inventado por el guionista Jacques Prévert para dar mayor consistencia y cohesión a la narración de la vida y amores de Jean-Gaspard Debureau, el famosísimo mimo del siglo XIX, que reavivó de manera magistral el arte de la pantomima, interpretado en el film, con impecable dominio y ternura, por Jean Louis Barrault.

Acompañan a la pareja protagonista actores de la época, de la talla de María Casares Pierre Brasseur y Fredérick Lemaître junto a una multitud de figurantes que dan cuerpo a las distintas escenas y situaciones en las que el público amante del teatro y, de manera muy especial y creíble los ocupantes histriónicos y vociferantes del famoso “paradis” de la sala teatral, se incorporan a la representación con su actuación coral.

A lo largo de sus tres horas de duración, se suceden amores y desamores; triunfos y fra-casos; bondad y crueldad; esperanza y desesperación; fealdad y belleza; inocencia y per-versión; gratitud y miseria; crimen y castigo y, al final de la historia como al final de la vida,  no queda ya la menor sombra de duda, de que el mundo de los silencios encierra una locuacidad que supera con creces el ruido ensordecedor e inútil de las falsas, taimadas y engañosas palabras...

Marcel Carné describe admirablemente el ambiente y los personajes  así como los cambios que el tiempo y las circunstancias van produciendo en ellos; los encuentros y desencuentros entre vida y teatro o entre sueño y realidad, con un meticuloso estudio de caracteres, que el concurso del espléndido reparto protagonista ayuda a perfilar.

Años después el Director francés se trasladaría a Hollywood donde llegó a trabajar, mano a mano, nada menos que con Billy Wilder pero… eso es otra película aún sin estrenar.

París permanece vivo y medio despierto en estas primeras horas de la tarde, el rumor del agua, va diluyendo mi recuerdo de aquellos pioneros en un mundo romántico, difícil y rebosante de emoción. Aún no hace frío. Las hojas muertas se esparcen por doquier en este otoño mágico parisino, y la Piaf, Montand y Aznavour acuden a poner banda sonora a mi regreso a través de las amplias avenidas de esta ciudad exquisitamente diseñada por la mente impecable y lúcida del barón Haussman, donde espero volver mientras me quede un aliento de vida.

¡Es una cuestión de amor!

Para más información: www.marcel-carne.com  

Por Elena Méndez-Leite



on Friday, May 31, 2013
Fotografía: Rafa Llano
"Escribir es soñar con las manos"
Desde hace muchos años se ha empleado esta locución para dar a entender que se está en plena posesión del conocimiento de un idioma, vernáculo o no. Generalmente, exceptuando al pretencioso de turno, no es el propio interesado sino los demás quienes lo emplean, puesto que los que han dedicado tiempo, capacidad y empeño a la noble tarea de bucear en los entresijos de una lengua, eluden el uso del pomposo sustantivo “dominio” sustituyéndolo por adverbios tales como correcta o fluidamente, acompañados de los verbos hablar y/o escribir.

Quienes estamos habituados a la lectura de currículos varios advertimos el cambio que se ha producido en su redacción en los últimos años. A mediados del siglo veinte los aspirantes a cualquier puesto enumeraban, especificaban y hasta aportaban pruebas evidentes de cuantos méritos les adornaban, mientras que –siempre como coletilla final- incluían de manera poco clara, y casi timoratamente, su nivel de capacidad en uno o varios idiomas extranjeros.  

Quizá debido en parte a nuestro perfil netamente europeo y, más recientemente, a la situación de crisis de nuestro país, en la actualidad las tornas han cambiado y se hace un énfasis evidente en todo lo que respecta al nivel de conocimiento que el individuo en cuestión tiene de otra u otras lenguas. Curiosamente ni entonces ni ahora me he encontrado con que en alguno de estos documentos “el abajo firmante” indicara si conocía en profundidad y convenientemente su propia habla, no sé si dando por sentado que así era, o que para él carecía de importancia el dato. 

Repasando los planes de estudio anteriores e incluso actuales, comprobamos que el aprendizaje de nuestra lengua castellana se ha considerado como asignatura temporal, es decir: durante los primeros años se profundiza en ella, después se tiene por aprendida y aprehendida, y aquí paz y después gloria. Craso error puesto que el lenguaje infantil es elemental, breve e insuficiente y necesita irse desarrollando paulatina y amorosamente junto al propio crecimiento del pequeño, que no será pleno si carece de la riqueza de expresión de cada palabra que le vaya siendo precisa en las distintas etapas de su vida, a más de que el lenguaje es algo vivo y, por tanto, en permanente evolución, por lo que solo con un estudio exhaustivo y reciclado de nuestro léxico podremos acceder en plenitud a las distintas materias de formación, para así transmitir después nuestros conocimientos de forma clara y concisa haciéndonos entender  con facilidad y soltura.

De las otras lenguas españolas ¿qué podríamos decir? En lugar de propiciar su estudio favoreciendo el aprendizaje y análisis comparativo de todas y cada una de ellas, se utilizan como arma arrojadiza para emponzoñar sentimientos, sembrar discordias, y originar falsas enemistades entre los españoles de bien. ¡Que necedad! Y en lo que a otras hablas de fuera de nuestras fronteras se refiere, hasta hace escaso tiempo eran asignaturas complementarias, o simplemente “Marías” ¿Conocen ustedes a algún alumno a quien le preocupara una mala calificación en lengua extranjera más que una en matemáticas o física? Solo el pensarlo provocaría hilaridad, y quizá esa poca relevancia que se le concedía en la formación integral del educando haya sido la culpable del empobrecimiento de nuestros idiomas; del uso de un vocabulario tan escaso como nunca antes se había visto; del abuso de frases malsonantes que, haciendo caso de omiso de la advertencia sabia por proverbial de que “más vale taco bien echado que Padrenuestro mal rezado”, amargan cualquier conversación; del desconocimiento, cuando no de la desaparición del rico caudal de expresiones tan notable en el uso verbal de nuestro entorno; de las patadas a la prosodia tan habitual en comentaristas y conferenciantes, y de la proliferación de palabros inventados al buen tuntún que se van adentrando en el lenguaje habitual sustituyendo a hermosas expresiones hoy perdidas entre las páginas de nuestra mejor literatura, condenadas a la obsolescencia y a la incomprensión de las nuevas generaciones.

Para mayor inri en medio de esta torpeza de léxico contemplamos el avance imparable de los multimedia. Nuestra juventud se ha asido a ellos con verdadera fruición. El uso masivo de artilugios cada vez más completos y sofisticados -magníficos por otra parte para un sin fin de aplicaciones-, ha propiciado con la brevedad de sus mensajes la supresión de letras, tildes, y otros signos de puntuación, por lo que a menudo nos vemos obligados a descifrar estos jeroglíficos del siglo XXI, para los que ya existen hasta diccionarios explicativos de dichas grafías comprimidas cuya traducción es un auténtico ejercicio de estulticia. En lo que a Internet se refiere, va resultando cada vez más complicado para el resto de las lenguas sobrevivir, ante la invasión de términos sajones o siglas y otras lindezas, en las que apenas sin darnos cuenta nos vamos adentrando, arrinconando nuestra propio idioma, eliminando de un plumazo sinónimos y antónimos, locuciones y otras artes retóricas que puedan alargar más de la cuenta cualquier comunicación. Ha quedado desterrado todo aquello que traduzca en aumento del gasto pecuniario el lujo de hablar y escribir bien. En este sentido si alguna carencia duele más en la multitud de campañas publicitarias llevadas a cabo en los distintos países europeos para el buen desarrollo de nuestra unión, ninguna me ha parecido más atroz que el descuido por no decir el olvido y el desamor por los ricos y variados lenguajes de sus miembros. Se aboga por inculcar en las mentes juveniles la idea de que basta conocer unas cuantas palabras que nos permitan la comunicación elemental con otros pueblos, y hasta he llegado a leer que la expresividad gestual de los ciudadanos de países mediterráneos hace prácticamente innecesario el empleo de un idioma extranjero, cuando de todos es sabido que la comunicación oral cuenta entre sus más fieles defensores a cuantos nacimos a orillas del Mare Nostrum.

¡Que poco interés por descubrir los orígenes, evolución y desarrollo de la expresión oral y escrita, que escasa promoción de la riqueza que encierran; que necio abandono de tan hermosísimo medio de relación. En esta época de vorágine en la que nos ha tocado vivir tendemos a la superficialidad en todo y a la profundización en nada. Con cuánta frecuencia, sin embargo, nos martillean los oídos con una loa nefasta sobre la rapidez como símbolo de eficacia: Aprenda ingles en tres semanas, hable francés sin esfuerzo, método simple para aprender chino en quince días y otras perlas por el estilo ¿No nos parecería una aberración escuchar anuncios publicitarios del tipo: Hágase ingeniero en este fin de semana, o prepare su oposición mientras navega por Punta Cana. ¿Cuándo vamos a ser capaces de valorar las distintas disciplinas de formación de un modo lógico, razonable y entrelazado y sin menosprecio de ninguna de ellas?

Dicho todo esto, no es menos cierto que aun contamos con expertos lingüistas, traductores e intérpretes que aportan el lujo de sus conocimientos a las diferentes tareas que acometen. Aún no son tantos como sería de desear pero bienvenidos sean porque propician el conocimiento y la valoración mutua, la tolerancia, -que no la permisividad- la formación intercultural de los pueblos y el éxito de las relaciones internacionales, a la vez que contribuyen a enriquecer nuestro horizonte aportando a su vez la exacta adaptación de tantas obras literarias que llegaban a nuestro espíritu mutiladas por versiones imperfectas convirtiéndose, en el peor de los casos, en burdas parodias del original. 

Sigamos siendo optimistas, poco a poco se van poniendo pilares para remediar nuestras carencias, y ahora resulta gratificante ver en las escuelas de primaria a los pequeños que empiezan a familiarizar su lengua de trapo con el sonido de otros idiomas, como resulta también consolador comprobar que la palabra esfuerzo vuelve a formar parte integrante de nuestro vocabulario. Ya es hora de que se derrumbe, de una vez por todas, el muro de la facilidad, del todo vale, del miedo torpe a la renuncia y al sacrificio. Solo caminando por el auténtico sendero de una sociedad de mérito y progreso en la que a cada cual se le exija poner toda la carne en el asador podremos conseguir justificadamente el ansiado premio. Creo que no habría gran dificultad en gritarlo a los cuatro vientos, porque cualquiera que sea el idioma del que lo escuche estoy convencida de que sabrá entenderlo.

Por Elena Méndez-Leite

on Wednesday, May 8, 2013
Aquel quince de abril de 1963 era lunes. Al parecer un lunes sin más, laborable, primaveral y soleado como tantos otros del año. Precisamente el día anterior había sido el aniversario de la muerte de Lincoln, y faltaban pocos meses para que el mundo se paralizara de terror al presenciar, atónito e impotente ante las pantallas del televisor, el tiroteo y muerte en blanco y negro de otro atractivo Presidente americano, joven, eficaz  y luchador que, no hacía tanto, salía airoso de uno de los más terribles episodios de la llamada guerra fría que a punto estuvo de mandarnos a todos al garete, y que fue  conocido popularmente como “ el asunto de los misiles cubanos”.

El Papa bueno, y además valiente, acababa de publicar la que sería su última encíclica “Pacem in Terris”, que no solo hablaba de paz, sino de justicia social, derechos laborales, presencia de la mujer en la vida pública y un largo etcétera de asuntos aún pendientes pero no por ello menos necesarios  para la convivencia entre seres humanos, y que no estaría de más releyéramos en estos turbulentos tiempos del nuevo siglo en el que el exclusivo y excluyente protagonismo de ruina económica y de quiebra de valores que nos toca vivir, nos hace olvidar otras épocas duras y difíciles en las que a fuerza de ilusión, empeño y sacrificio conseguíamos cada día y entre todos rehacer los pedazos de una España mermada y sufrida, silenciosa en su tarea cotidiana de reinventar la concordia y conservar la paz.

A España llegaba precisamente ese lunes el embajador de Estado Unidos ante la Onu Adlai Stevenson, quien había jugado un importante papel en la crisis de los misiles antes mencionada, y mientras, las gentes hablaban del pabellón español que el arquitecto Carvajal diseñaba para la Feria de Nueva York que, a bombo y platillo, se inauguraría el año próximo; o de los nuevos estudios de Televisión Española levantados en las afueras de Madrid,- para más señas en Prado del rey, Pozuelo de Alarcón-, para sustituir al modesto chalet del Paseo de la Habana de entrañable recuerdo.

Por nuestras tierras del norte, ese mismo 15 de abril, el movimiento Embata presentaba el primer partido político abertzale que sería disuelto once años después, y el Nodo nos mostraba, a toro pasado, el Paseo de las Ramblas, al que los barceloneses se acercaban multitudinariamente el Domingo de Ramos para escoger y comprar en los puestos del tradicional mercado de palmas  provenientes de Elche, aquella que en forma lisa, rizada o de solapa, pequeña, grande o mediana, con motivos florales, o cualquier otro que la imaginación de los ilicitanos hubiera podido fabricar, les acompañara y fuera bendecida en la Misa dominical, y colocada después en los balcones, engalanados así  para recibir una vez más las procesiones de Semana Santa 

Sin embargo, todo eso eran noticias que poco interesaban aquel día a nuestros protagonistas en la bendita tierra valenciana que les vio nacer. Aquél, no solo era para ellos un Lunes de Pascua, festivo y jacarandoso, radiante de luz. Aquella era, nada más y nada menos, que la fecha  de su boda, una boda deseada, querida y preparada con ilusión alegría, esperanza y esa extraña mezcla de ansiedad y temor ante un futuro por tejer en el que el destino  jugaría también su propio, misterioso e inevitable papel.

Concha abrió los ojos y de un salto se plantó en mitad de la habitación. No era un sueño. Allí estaba su vestido de novia, sus zapatos de satén y el velo de tul desmayado en la cómoda como sin querer. Entró en el baño humeante y el olor a lavanda envolvió cada uno de los poros de su piel joven caliente y morena. Ya despierta y sonriente entró en la cocina donde  una cohorte de mujeres parlanchinas trajinaba los desayunos o maquillaba y vestía a las mujeres de la familia. Reían nerviosas las solteras, y sonreían cómplices las casadas, mientras la abuela, que ya apenas oía y la Tata que no paraba de llorar, preparaban vasos de Cola-Cao; untaban la nata de la leche recién hervida sobre el pan tierno, lo espolvoreaban de abundante azúcar y se lo ofrecían a los chiquillos, que iban apareciendo adormilados, a medio vestir o a medio peinar, escondiendo las manos llenas de petardos, que el tío Rufo les acababa de dar.

En casa de Vicente, los hombres  sentados en el comedor en mangas de camisa, daban buena cuenta del almuerzo. No faltaba nunca en casa de los Sanchís el embutidito de Onteniente, los tomates carnosos, la tollina de sorra del Cabañal, los dátiles, las hogazas recién salidas del horno, el pan quemado, las rosquilletas y los dulces; los buñuelos; las valencianas, las ensaimadas, el bizcocho de Doña Matilde, el café humeante y las jícaras de jugo de naranja junto a alguna botella de anisete, que acompañaban cada uno de los festejos que, ya en vida del bisabuelo Pacorro, se celebraran ruidosamente en aquel hogar. En el día de hoy las risas, y los chascarrillos al novio se multiplicaba en un ambiente de franca camaradería y cordialidad. Matilde -madre y madrina-, iba y venía, pendiente del reloj, rellenando tazas, trayendo tostadas y sacando sillas,  hasta que dieron las diez en el viejo carillón de la antesala.

“Chente -susurró a su hijo- avisa que quien quiera comulgar tiene que terminar ya el desayuno,  que yo me voy arreglar. No le gustaba nada a la buena señora ese modernismo que había desterrado de un plumazo el reglamentario ayuno de “toda la vida” de 12 horas antes de  la Comunión. Aceptaba que los demás lo practicaran pero, eso sí, sin pasarse de rosca que para eso estaba ella allí.

Entre dimes y diretes  las horas iban pasando. Nervioso y puntual Vicente, ofreció el  brazo a su madre y ambos bajaron al patio donde varias vecinas esperaban desde hacía rato. Su padre salió del imponente automóvil del tío Paco para abrir la puerta a la madrina y al novio. Eran las once y media del primer día del resto de una vida que sería larga y fructífera, pero eso… lo sabría Vicente muchos años  después.

Curiosamente, Concha llegó al Patriarca sin la tardanza propia del caso, tan solo cinco minutos después de que lo hiciera el novio. La Plaza rebosaba de pamelas, tocados, sedas, plumas y adornos multicolores, las alhajas robaban destellos al sol de mediodía y el aroma de Valencia, que de indescriptible duele, inundaba la mañana abrileña. Cientos de personas risueñas y en franca algarabía abrían sus brazos para saludar a unos y a otros y lentamente iban llenado la Iglesia.

La habitual penumbra del Colegio Seminario del Corpus Christi, “su” Patriarca en el que tantas veces Concha se refugiaba, había desaparecido con el fulgor de cientos de luces prendidas para la ceremonia. Ciertamente había perdido esa intimidad de la que ella solía gozar pero la belleza de los murales espléndidos; la bóveda que los cobijaba; la barandilla de bronce que daba acceso al altar y sobre todo su querido lienzo de La Última Cena se mostraban en todo su esplendor.

La joven se sujetó con fuerza al brazo de su padre aspiró profundamente y notó que algo no había cambiado esa mañana, como casi siempre, olía dulcemente a incienso. Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron amorosamente con los de Jesús de Nazareth a los acordes de la sempiterna marcha nupcial de Mendelsohn.

15 de abril de 2013: Santos Anastasia y Telmo.

Aunque todos con sus mejores galas, no habría más de cuarenta personas esperando en la estrecha acera de la Avenida del Puerto valenciana. Un incesante ir y venir de coches y el paso apresurado de los viandantes indicaba que aquella hermosa mañana de abril no tenía en sí nada que la hiciera parecer festiva. También era lunes, pero no de Pascua, y la fecha seguía siendo 15 de abril.

Concha y Vicente llegaron a la Iglesia minutos antes de comenzar la ceremonia. Ella comentó: “¡Quien lo habría de decir, nos casamos en la Iglesia del Patriarca fundada por Juan de Ribera, y cincuenta años después estamos ante esta pequeña Iglesia de San Juan de la Ribera! ¿Qué os parecen las cosas que trae la vida?”.

Todos cupieron en el Altar sabiamente dispuesto por el Párroco-amigo con la ayuda de hijos y nietos. Cuando se hubieron acomodado los presentes, entraron Concha y Vicente caminando juntos por el pasillo de la iglesia vacía, a los acordes de la marcha nupcial. Ella más hermosa si cabe que hacía cincuenta años, con la cabeza inclinada como una novia tímida y enamorada, Él con esa mirada franca abierta y un pelín irónica a la ya que nos tiene acostumbrados. El silencio se podía cortar con un cuchillo y la emoción contenida iba formando parte de la ceremonia como una invitada más. Sus tres nietos se intercalaron entre ellos, sus hijos a la derecha del altar, y en breves instantes se resumieron cincuenta años de luchas, de esfuerzos, de entregas, de renuncias, de amor inmenso, de llantos y de risas; de “si no te quisiera tanto” y” de ya no puedo más”… Pero habían podido. Allí estaban las dos generaciones que ellos trajeron al mundo y cuidaron luego con el mayor esmero permitiendo que en el momento oportuno echaran a volar. Allí estaban presentes en su corazón los suyos que ya partieron y los que seguían con ellos y entonces, sólo entonces, fueron conscientes de su reciedumbre y de lo arduo de la tarea que acababan de culminar.

Concha levantó la cabeza y miró a Vicente. Ahí empezaba el resto de su vida, una vez más. El Sacerdote decía: ”…y a los Santos patronos Anastasia y Telmo”. Los dos sonrieron. Habían conseguido llegar a celebrar este día único y hermoso y después de cincuenta años multiplicando panes y peces, ya nadie podría separarlos, y juntos beberían por siempre el vino santo de Caná.

Por Elena Méndez-Leite

on Friday, March 29, 2013
Había pasado más de una hora lluviosa desde que el humo blanco anunciara la buena nueva. La Plaza de San Pedro era un hervidero de paraguas multicolores bajo los que aguardaban los rostros esperanzados de cientos de seres humanos que alzaban los ojos, impacientes por ver abrirse las puertas del balcón por el que haría su aparición el nuevo Obispo de Roma y Guía espiritual de la Iglesia Católica.

Curiosamente todos los rostros parecían contentos a pesar de desconocer quién iba a calzar, a partir de ahora, las sandalias del Pescador. En verdad pensé, ésta no es una elección al uso. La mayoría de los presentes habría sido bautizada, pero muchos de ellos a duras penas cumplirían con los Mandamientos de la Iglesia. Escasamente un puñado de los presentes conseguiría algún beneficio material fuera quien fuese el elegido; nadie de entre ellos habría podido votar a su candidato favorito; ninguno era conocedor de su programa de actuaciones; no habían visto su rostro repetido hasta la saciedad en los medios de comunicación ni habían escuchado sus promesas, y ni tan siquiera conocían a sus adversarios, si es que los tenía; no contaban por tanto con el menor dato orientativo que justificara su permanencia allí en medio de aquel gentío en esa tarde de perros, ni mucho menos era fácil de entender que todos ellos compartieran esa sensación de paz interior, de alegría compartida, de ilusión colegiada que se mascaba… pero allí estaban.

Como hace tiempo que he descubierto que hay pocas cosas tan breves como la vida misma, disfruto presenciando los acontecimientos trascendentes, únicos e irrepetibles, antes de que me los cuenten. Y me dirán ustedes, ¿irrepetible un cónclave? Pues sí,  porque aunque  ya han sido varios los que han tenido lugar durante mi paso por este mundo, en cada uno de ellos ha variado el paisaje y el paisanaje y, sobre todo, mi circunstancia y yo nunca hemos sido los mismos. Por tanto allí estaba ahora frente al televisor y mientras aguardaba, me entretenía en rodar mentalmente mi propia película en cinemascope y technicolor en la que veía a Jesús, con el que me había cruzado hacía apenas unos meses por las calles de Jerusalén, elaborando junto al Padre y al Espíritu -Misterio de misterios de nuestra fe- aquel primer cónclave en lo más profundo del corazón. ¿Por qué decidiría nombrar a Pedro, sabiendo que a las primeras de cambio le traicionaría? ¿En qué medida aceptarían los primeros cristianos el cambio de líder? ¿De qué manera conseguiría Dios que aquel puñado de pescadores y campesinos seguidores del Maestro fueran capaces de hacer germinar una semilla que no ha cesado de crecer, contra viento y marea y a pesar de todos los pesares, a lo largo y ancho de  más de dos mil años?…

En el siguiente plano fueron apareciendo, como en un fantasmagórico collage, posiblemente entresacado de las pinturas de los clásicos; de nuestra riquísima imaginería o de los filmes más o menos afortunados de las Semanas Santas de mi infancia, los rostros desdibujados de los cientos de pontífices que dejaron para bien, y en más de una triste ocasión para mal, su impronta en la historia terrenal y divina de la cristiandad. Cuando por fin mi imaginación descansaba del variopinto recorrido en la figura familiar y querida del Padre amigo Juan XXIII, un enorme griterío me sacó de mi ensimismamiento y lo primero que alcancé a escuchar fueron las palabras del anciano cardenal protodiácono francés: “Vocabor Franciscus”. Me había perdido todos los datos previos, pero los tres Franciscos; Javier, Borja y el Poverello me eran tan familiares como el pasillo de casa; había estado en Asís poco antes del fatídico terremoto, y la región de las Marcas tan cercana a Umbría me es tan querida como el Sansebas de mi alma. Así, mientras ese flash se hacía hueco en mi mente se asomó al balcón la figura nívea, serena, de apariencia sencilla e intrascendente del nuevo Papa que, según se aproximaban las cámaras, crecía en humanidad dejando asomar una sonrisa abierta sin ambages ni artificios, y volví a disfrutar en lo más profundo de mi alma de aquella sensación de cercanía de mi niñez, cuando las páginas de huecograbado de ABC exportaron desde Italia la sonrisa de Angelo Roncalli, aquella sonrisa que fue capaz de inundar de bondad y ternura los mejores años de nuestra vida. ¡No podía creer que aquello se había vuelto a producir una vez más!

Han ido pasando los días y he podido comprobar con una alegría hoy ya razonada, motivada y no por ello menos sentida que, en estos momentos en los que humana y materialmente somos tan deficitarios; en los que todo un sistema establecido parece venirse abajo; en los que el relativismo moral, el laicismo radical, y la debilidad de la fe, alejan a Europa de las raíces cristianas haciendo crujir los cimientos de una civilización que amenaza ruina, nos llega desde Argentina un hijo de emigrantes italianos que, huyendo de pompas y boatos y desafiando todos los estúpidos estándares establecidos, nos pide humildemente que recemos por él; abraza a propios y extraños, se honra con su pobreza, predica la alegría y el optimismo a los cuatro vientos y dedica su primera alocución a predicar la bondad y la fraternidad entre los hombres mientras que sin el menor empacho, pronuncia desde el primer púlpito del mundo ¡POR FIN! esa palabra de la que tantos tienen miedo o les provoca un pudor absurdo: TERNURA.

Estamos malacostumbrados a la prepotencia de quienes nos gobiernan en casa y en la ajena, a las predicas ex cátedra de todos esos que en muchos casos no pasan de  maestrillos ciruela. Nos abruma al excesivo buen concepto que de sí mismos tienen los políticos; los empresarios, los sindicatos, los divos de cualquier ramo, incluida la parte non sancta y reprobable de nuestra iglesia, empecinados todos en sus errores sin reconocer jamás que ninguno está en posesión de la verdad absoluta y que nadie de entre ellos podría arrojar la primera piedra. Así que resulta espectacular comprobar el éxito mundial que este mensaje humilde ha producido en tirios y troyanos. Sin duda éramos muchos, incluso sin ser conscientes de ello, los que estábamos sedientos de sencillez, de razón, de fe, de esperanza y de caridad, virtudes que en modo alguno están reñidas, sino todo lo contrario, con la capacidad, la espiritualidad, el buen hacer, la preparación, la profunda formación o el nivel de inteligencia de nuestro recién entronizado Pontífice.

Hoy que hasta las torres más altas han caído, yo estaba necesitada de esa bondad, como creo que lo están muchos de cuantos a mi lado, creyentes o ateos, andando como bola sin manija, sobrellevan un calvario provocado por otros en algarabía, y sufrido por ellos en silencio. El mundo precisaba de esta revolución pastoral que se anuncia ya en los primeros  gestos del Papa criollo, tendentes a procurar que los predicadores sigan los pasos de la figura evangélica de Cristo, no esperando a que las gentes entren en las iglesias sino saliendo a buscarlas por calles y plazas, como Él hiciera en Jerusalén, como Bergoglio repitiera en su Argentina natal,  pobre y entregado pero sereno y valiente.

Hoy entiendo con rara nitidez, la renuncia de nuestro Papa emérito así como el ”no tengáis miedo“ de Juan Pablo II con su mensaje de santidad, eucaristía, reconciliación, importancia de la gracia y anuncio de la palabra. Cobran otra dimensión los textos del sabio Papa emérito y se descubre el hilo de una madeja eficazmente tejida y devanada más allá de nuestro humano intelecto, y hasta comprendo la ironía del desastre de que no haya habido un solo acierto en los diferentes pronósticos leídos y escuchados sobre el perfil del que había de ser el nuevo Pontífice. Decididamente esta no es una elección al uso.

A estas alturas deben ser ya muy pocos los que ignoren la vida y milagros del Papa Francisco, que no será primero hasta que llegue el segundo. Ha habido una avalancha de información que conviene saborear despacio separando la paja del trigo. Comienzan a aparecer publicaciones de sus entrevistas más notables; sus frases más señaladas, su biografía pública y privada; sus filias y sus fobias.

Nos va, dejando pistas de su futura actuación tanto en sus palabras como en sus silencios. No es fácil olvidar su desprecio por el obispo infiel al que niega hasta el favor de una mirada, como no lo es, el respeto palmario por todos y cada uno de los miembros de la prensa que han cubierto su entronización, cuando casi solicita su permiso para ofrecerles su afecto y su oración interior por temor a herirlos, para no lastimarlos...

Dios escribe derecho en renglones torcidos. No sé de qué manera lo ha sabido pero el caso es que contra todo pronóstico, nos ha traído a Francisco quien, abriendo de par en par el balcón de su sonrisa, ha hecho que nos sintamos queridos y respetados, y que vuelvan a recobrar su auténtico sentido las benditas palabras del Padrenuestro, porque somos conscientes, maravillosamente  conscientes, de que no estamos huérfanos.

Por Elena Méndez-Leite