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on Sunday, June 26, 2011
"No busquemos solemnes definiciones de la libertad. Ella es sólo esto: Responsabilidad". George Bernard Shaw

Supongo que realmente eso nunca ha sido así, o no del todo, pero hasta donde alcanza mi memoria, hubo un tiempo en que cuando uno paseaba por el campo –cazando, montando a caballo, en moto o simplemente andando- lo que se percibía era una reconfortante y manumisora sensación de libertad, que entraba a raudales por los cinco sentidos: el olor de los pinos, las jaras, tomillos o espliegos; el canto estridente y nervioso de las urracas, contrapuesto a la cadente y sosegada llamada del cuco en primavera; el vuelo alborotado de la perdiz roja o el majestuoso y sentenciador de un águila, la cálida luz de una puesta de sol o el brillo de un frío amanecer invernal; el sabor dulzón de un tallo de junco, o el amargo y persistente de una bellota; la sensación única de caminar por la nieve en el silencio de un bosque, o la de la hierba de una pradera rozando nuestra espalda. Todo invitaba a sentirse en comunión con el mundo, con la naturaleza, con la vida, mientras se podía llegar a sentir, al menos por un instante, esa energía invisible que todo lo abarca y de la cuál formamos parte.

Poco a poco y de forma casi imperceptible fueron llegando las leyes, las normas, las prohibiciones, los guardas, las multas, las vallas... Supongo que en parte todo ello era necesario, pues a medida que eran más los que se acercaban al campo, disminuía la cultura y la formación de quienes lo hacían. Latas, bolsas, actitudes descuidadas, falta de respeto por los habitantes del agro... incendios, furtivismo, sobre-explotación, degradación... Probablemente el campo no habría soportado toda esa presión sin esa merma de libertades, sin esas normas, sin esas puertas, sin toda esa vigilancia.

Con todo, lo triste es que a lo largo de todo este proceso apenas se ha tratado de educar seriamente a la sociedad, o cuando se ha intentado era más en base a un decálogo normativo y superficial, que a una verdadera formación en determinados principios. Es más fácil prohibir que regular; prohibir que educar; prohibir que enseñar valores. El respeto por el mundo que nos rodea y por todos los seres vivos es algo que debe acompañar al ser humano desde su más tierna infancia. No se puede tirar una lata al campo porque nos lo prohíban o nos sancionen, ni siquiera porque no sea biodegradable o porque no este de moda, sino porque nuestras normas de conducta, nuestra educación y nuestro respeto por la naturaleza y los demás, deberían hacer que semejante acción resultara sencillamente insoportable para nuestra conciencia.

Al final, lo que se esta consiguiendo es apartar a la sociedad del campo; alejar al ser humano de la naturaleza, pues lo que resulta hoy en día insoportable es la sensación de ser permanentemente observado y que el acto más sencillo –dar un paseo por el campo- dependa de normas, regulaciones, vallados, pago de entradas, lectura de infinidad de carteles con advertencias, disposiciones legales y un largo etc. que nos hacen sentir de cualquier manera, menos en libertad. Si además uno pretende hacerlo sobre una moto -o cualquier otro tipo de vehículo-, se convierte directamente en delincuente en la mayor parte de nuestro estado, tal y como se deriva de la Ley 10/2006 de 28 de abril, por la que se modifica la Ley 43/2003 de 21 de noviembre, de Montes. En dicha ley quedan prohibidos o limitados de forma drástica, tanto el acceso al monte de vehículos a motor, como incluso el de las propias personas... salvo en aquellos casos que determinen las Administraciones Públicas, que además podrán cobrar por ello.

La libertad de transitar por los espacios naturales no es algo que se nos deba de conceder por la gracia de una administración que regula y normaliza, sino que es un derecho que todos tenemos y que deberíamos poder ejercer –libremente- desde el respeto y la responsabilidad que significa esa libertad. La norma nos hace obedientes o nos somete, pero no necesariamente responsables. Quien no esta acostumbrado a hacer uso de su libertad, termina por desconocer cómo debe manejarla y qué hacer con ella cuando, antes o después, la alcanza. Si nos apartan del campo, difícilmente aprenderemos a amarlo, a valorarlo y a respetarlo, pues solo se valora, ama o respeta, aquello que nos resulta cercano, familiar y próximo a nuestros más íntimos sentimientos... ¿se podrá defender en el futuro algo que no se valora?... ¿algo que apenas tiene algún significado sentimental para nosotros?... Lo dudo. Y lo que es más importante todavía, si nos apartan del campo, nos habrán arrebatado una de las mejores y mayores escuelas de en donde aprender lo que significa la libertad y la responsabilidad.

Si soy lo que soy, si siento algo por el mundo que me rodea, si aprecio la vida o si me puedo considerar una persona sensibilizada por todo aquello que concierne a la naturaleza o a otros seres humanos, es porque desde pequeño he tenido la posibilidad de vivir y ser educado en la libertad de andar por el campo o la montaña. También en la del mar. Sin duda, todo aquello contribuyó también a despertar en mi el sentido de la responsabilidad y me ayudó a comprender que nada puede compararse con la sensación de sentirse libre.

Si seguimos sometiéndonos al imperio de la ley, la regulación, la norma y la prohibición, en lugar de al de la educación, la formación, el respeto y los valores, un día habremos olvidado cómo deberíamos comportarnos en el ejercicio de nuestra libertad... cómo deberíamos comportarnos en ausencia de todas esas leyes y normas. Nada hay que el hombre aprecie más que sentirse dueño de su propio destino. Nada hay más sensato que saber vivir con responsabilidad. Si nos siguen arrebatando ambas posibilidades, algún día no muy lejano nos veremos obligados a reclamar aquello que por derecho nos pertenece. Y ese día saldrán del corral borregos o bestias, pues nuestra humanidad quedó olvidada cuando decidieron apartarnos del campo.

Por Alberto de Zunzunegui

on Wednesday, June 8, 2011
Decía Luis Chamizo, el poeta más representativo de la expresión del deje que tiene el habla extremeño, que “los campos de la patria chica y la madre de los hijos son lo mesmo (lo mismo). Y es que, la tierra que nos vio nacer, el solar querido donde la apacible virtud meció de niños nuestra cuna, ese es uno de los vínculos más fuertes y que mayores sentimientos nos despierta a las personas, junto con el del cariño de la propia familia. Por eso a buena parte de los humanos nos sucede luego que hay varias cosas que nadie nos las puede tocar, que son nuestra tierra, nuestra familia y nuestra honra. La propia tierra, porque fue la primera que nos dio cobijo, también en la que dimos nuestros primeros pasos, la que desde la niñez nos fue dando configuración y arraigo a través del entorno, de la familia, de los amigos de la infancia y de las demás personas que nos han rodeado en esa corta edad en la que tanto se graban las cosas. Así es como nos nacieron las primeras sensaciones, las costumbres, las tradiciones, el apego hacia el lugar,  la forma de ser, de sentir y de pensar. Esa fue la razón de que otro gran poeta muy amante de su tierra y de la naturaleza, pero esta vez andaluz, Antonio Machado, también nos dejara dicho aquello que: “No hay persona bien nacida que no ame a su pueblo”. Y es por ello, que hoy voy a referirme a algunos de los muchos encantos que tiene siempre Extremadura, pero más todavía en la primavera.

Cuando llega la primavera, los campos extremeños estallan de luz y de colores, sobre todo, cuando el mes de marzo ha sido lluvioso como ha ocurrido este año, que el paisaje aparece todo vestido con sus mejores galas verdes, presentando una panorámica de contrastes maravillosos que hacen impresionante su belleza. Por todas partes predomina en estas fechas el color verde de la hierba, que parece como si tuviéramos tendida ante sí una alfombra del mismo color a los pies tendida. Ese color verde, salpicado de las distintas tonalidades del color de las flores, se hace todavía más pronunciado y omnipresente por la frondosidad que presentan las sementeras, entre las que destacan los crecidos trigales, que en esta época comienzan ya a mostrarse inflamados de espigas granando que se ondean y se mecen  presentando un fenómeno parecido a las olas del mar, al impulso de la brisa primaveral que deliciosamente las vemos ondeando pareciendo que unas vienen y otras van.

Y por entre los cerros, llanuras, valles, cañadas, eriales y regatos, se percibe también el olor fresco que desprenden la hierba, la exuberante vegetación y el perfume de las flores. Y también se respira en nuestra querida tierra extremeña un ambiente puro, limpio y sano, alejado del mundanal ruido y de la polución atmosférica. Todo ello, en medio de la tranquilidad, quietud y paz que se vive en medio de la soledad del campo y de sus profundos silencios, que sólo se rompen con el trino armonioso de los pajarillos, como cuando entre los árboles y los matorrales revoletean y se oyen el arrullo de la tórtola, el canto de los jilgueros, de las alondras y de los ruiseñores, o también cuando en medio de la hierba fresca cantan los grillos, poniendo todos en el ambiente esas notas melodiosas de alegría, riqueza y colorido que relajan los sentidos y animan el espíritu. Todavía en algunos pueblos extremeños se pueden hoy sentir aquellas antiguas sensaciones vividas de niño de despertarse por las mañanas oyendo cantar al gallo su quiquiriquí anunciador de la madrugada, o al alba a los gorriones y las golondrinas cuando revoleteando por los tejados alegremente pían. Otras veces se ve pacer al ganado  por el campo y por las dehesas, oyéndose el mugido de las vacas, el valido de las ovejas, el sonar de sus cencerros, las carreras juguetonas de los corderos, el relinche de los caballos o el ladrido de los perros. Todas esas cosas son brotes de vida que salen de la  propia tierra extremeña, que a mí me recrean los cinco sentidos y tanto me recuerdan mi época de niño, cuando paseo por los campos de Mirandilla y El Carrascalejo en busca de criadillas, romazas, cardillos o espárragos.

Mas luego están los espacios protegidos y demás parajes naturales con que Extremadura cuenta. Ahí se tienen para acreditarlo el parque natural de Monfragüe en la provincia de Cáceres, verdadera preciosidad de la naturaleza; o el parque de Cornalvo en la provincia de Badajoz, otro encanto natural extremeño; o la belleza sin igual del Valle del Jerte, con la impresionante manifestación de sus cerezos en flor, que durante una semana entran en eclosión dejando todos sus pétalos al descubierto y presentando un paisaje repleto de blancura natural que deja extasiados a quienes lo contemplan. Todos esos lugares de la biodiversidad extremeña presentan toda una gran maravilla en la que la naturaleza se ha combinado para dotar a nuestra tierra de un espectacular encanto y de una singular belleza. Y también están dehesas de Extremadura con sus densos y extensos encinares, que presentan una  vegetación que viene a ser algo así como el pulmón natural por el que los extremeños respiran. Dicen algunos de nuestros socios comunitarios que las dehesas de Extremadura son la reserva ecológica de Europa.

Y Extremadura es también tierra de cielos azules y altos en los que predominan los tonos grisáceos; de horizontes anchos y despejados y de grandes visibilidades en las que la mirada se pierde recreándose en la lejanía hasta llegar allá al infinito donde parecen juntarse el cielo y la tierra. Y hay luego otro aspecto natural que destaca y lo domina todo en Extremadura, y es la intensa claridad que se percibe, producida por ese sol radiante que en cuanto llega la primavera casi siempre luce en todo su entorno. Esa claridad nítida de mi tierra ilumina todo el ambiente y lo transparenta, pareciendo como si los rayos solares esculpieran con su luz las cosas y los objetos para presentarlos más bellos. En Extremadura, en fin, se tiene por estas fechas un encuentro pleno con la naturaleza. Por eso quienes allí lo hemos vivido nos gusta tanto deleitarnos describiéndolo con  nostalgia de cuando de niño lo viví, y todavía hoy lo disfruto por los campos de Mirandilla y Carrascalejo.

Por Antonio Guerra Caballero