on Thursday, March 17, 2011
Antiguamente, ser abuelo era tenido como signo de gran cariño y de respeto dentro de la familia más extensa que entonces existía, y también era sinónimo de distinción, de sabiduría y de alta consideración por parte de toda la sociedad. El abuelo era visto entonces algo así como portador de los valores esenciales de la familia, de las tradiciones y de las buenas costumbres que iban así pasando de padres a hijos y nietos, enlazando las sucesivas generaciones. Y se les consideraba también como un valiosísimo depósito de experiencias, de sabios consejos y de remedios y soluciones para afrontar los diversos problemas surgidos en la vida real dentro de las relaciones tanto familiares como sociales. Y es que, las personas y los pueblos que no respetan a sus mayores, en este caso a los abuelos, ni siquiera se respetan a sí mismos, porque un país que no valora su pasado, lo mismo que un individuo que no honra sus raíces, sus vínculos de sangre, pues difícilmente puede mirar hacia su futuro y honrarse ellos mismos. Y ahora, en demasiados casos, es casi consustancial con nosotros mismos la indiferencia y pérdida de estima, de reconocimiento y consideración hacia los abuelos incluso por los propios hijos y nietos. Y ello se cree que sucede así por la pérdida y menoscabo general que, a todos los niveles, están sufriendo los valores esenciales que siempre fueron elemental norma de conducta y soporte básico sobre el que se han apoyado la familia y la sociedad en todas las épocas pasadas.

Y es este un aspecto sumamente importante en las familias. Porque, ¿quién no recuerda de la época ya lejana en la que fuimos niños aquella imagen siempre cercana, bonachona, cariñosa, tolerante y tierna de nuestros abuelos? Y es tan intenso y tan verdadero el cariño de los abuelos hacia sus nietos, que con frecuencia se suele decir por ellos mismos que quieren tanto o más a éstos que como en su día quisieron a sus hijos cuando eran pequeños. Uno piensa que quizá no sea eso del todo cierto, porque un hijo es el vínculo más fuerte de sangre que une a las personas dentro de la familia. Y, aunque son dos cariños probablemente igual de intensos, ambos son luego distintos por su propia naturaleza. Lo que sucede es que los nietos son para los abuelos algo así como un refresco de nuevas sensaciones y de renovados sentimientos de cariño, precisamente cuando comienzan a sentir cierto vacío por parte de los hijos cuando éstos ya se emancipan, se independizan y se van haciendo más distantes a medida que ellos van también formando su propia familia y les va naciendo su nuevo cariño y nuevas preocupaciones de padres por sus hijos.

Les ocurre también a los abuelos que ven en sus nietos el recuerdo que sobre ellos más se va a prolongar en el tiempo por ley natural de vida, porque normalmente van a durar más para recordarlos durante más tiempo que sus propios hijos. Y, asimismo, ven los abuelos en sus nietos la necesidad que éstos tienen cuando son pequeños de protección y de dedicarles los mejores cuidados y los muchos mimos, que sus hijos ya no necesitan por ser mayores; mas ese mejor trato, quizá más tierno, más tolerante y menos severo de los abuelos con los nietos que cuando tenían la responsabilidad de criar a sus hijos, pueden tenerlo ahora con los nietos al no alcanzarles ya la responsabilidad directa que en su día les obligaba para con sus hijos, y también por aquello de que los abuelos comenzamos a entrar en el declive de la edad, cuando ya uno va estando de vuelta de todo en la vida y comienzan a relajarse el más firme carácter y la intolerancia anteriores en los planteamientos y en las actitudes de cara a darles una esmerada educación, formarlos y educarlos dentro de un ambiente de absoluto cariño, pero, a la vez, bajo los principios de responsabilidad, entrega y dedicación al estudio y buenas costumbres.

Pero es lo cierto que esa situación de mayor tolerancia, de cariño más tierno y hasta de disimulada complicidad que suele darse entre abuelos y nietos, pues resulta que, en esta sociedad cada vez más laica, más consumista, más materialista y de progresiva pérdida de los valores en que vivimos, pues con mayor frecuencia se ve luego truncada por esa realidad tan compleja, tan lamentable e incluso en ocasiones tan enconada de ira que suele darse en los actuales matrimonios, como es la ruptura conyugal de los padres de los niños. Y eso resulta ya de por sí tan traumático y doloroso para los hijos pequeños, sobre todo cuando la separación o el divorcio tan frecuentes no se hacen de forma civilizada o de mutuo acuerdo, como que esa situación suele utilizarse por el cónyuge que tenga la guarda y custodia de los hijos como arma arrojadiza para chantajear y vengarse del otro cónyuge que no la tiene, negándose entre ambos el régimen de visitas a los hijos no ya solamente entre ellos mismos, sino que en bastantes ocasiones el problema trasciende igualmente a los abuelos, a pesar de que lo más probable es que ninguna culpa hayan tenido en las desavenencias matrimoniales. Y, a juicio de quien escribe, esa es una crueldad inhumana e injusta que jamás deberían sufrirla como problema añadido ni los abuelos ni los nietos, y a la que los Tribunales de Justicia se han encargado de poner ya coto en numerosas sentencias, reiteradas y constantes, que han llegado a constituir un amplio acervo jurisprudencial del Tribunal Supremo, que insistentemente ha venido aplicando el derecho al régimen de visitas de los abuelos a los nietos, principalmente, desde sus sentencias de 7-04-1994, 11-06 y 17-09-1996, 11-06-1998 y Auto de 3-05-2000, entre otras muchas, y de los demás órganos judiciales. . Y, además, esa es también la doctrina que emana del espíritu de la Convención de las Naciones Unidas sobre el menor, ratificada por España.

Buen ejemplo de lo que se aduce se tiene en dicho Auto de 3-05-2000, cuyo relato fáctico se refiere a la prohibición que a una menor había impuesto su padre de entrevistarse y continuar manteniendo relaciones familiares con los abuelos maternos, por el simple hecho de que se hallaba separado de la madre de la niña y sin que para ello mediara otra causa alguna, ya que como único motivo de tal prohibición, se aducía por parte del padre que no debía obligarse a la niña a cumplir con el derecho de los abuelos a entrevistarse con ella, sino que debía ser la nieta la que libremente decidiera si quería mantener o no tales relaciones familiares con los abuelos. Sin embargo, a instancia de éstos, el Tribunal Supremo se pronunció en todos los casos en el sentido de que es el interés superior del menor, como principio inspirador de todo lo relacionado con él, lo que vincula al Juez, a todos los poderes públicos e incluso a los padres y a los ciudadanos. O sea, que es aquello que más interese al menor lo que ha de prevalecer y ser tenido en cuenta como bien jurídico más necesitado de protección; cuya doctrina jurisprudencial, lógicamente, lleva necesariamente aparejada una más favorable situación para los hijos menores de edad de matrimonios desavenidos que quizá puedan así encontrar en las relaciones con sus abuelos la estabilidad y el buen ejemplo que muchas veces no pueden tener tras la ruptura de la convivencia conyugal de los padre; cuyo cariño, calor familiar, buenos consejos y especiales atenciones de los abuelos tan importantes son para el desarrollo integral de todos los niños en esa temprana edad en la que todo tanto se les graba.

Pero es que, además, con independencia de lo que digan las normas reguladoras y las sentencias de los Tribunales de Justicia, en materia familiar se tiene luego también lo que es la figura entrañable de los abuelos, que unen luego también a su dulzura de trato familiar ese caudal tan rico de experiencias y de sabidurías acumulado que los mayores poseen, y que a través de ellos se van transmitiendo a las sucesivas generaciones. Por eso, los abuelos son también algo así como profesores eméritos de las cosas de la vida y de las relaciones familiares, que sería muy conveniente valorar bastante más, como elemento que cohesiona la estructura familiar y que luego redundaría en favor de la sociedad en general. Quitarle a un niño la posibilidad de recibir el tierno cariño y el caudal tan grande de la sabiduría y la experiencia que pueden aportarle sus abuelos, además de crearles a abuelos y nietos uno de los mayores traumas, es privar al menor de uno de los bienes más grandes que se pueden tener dentro del desarrollo integral del niño. O, al menos, quien tiene hoy la dicha de poder disfrutar, sin traba alguna, de un ramillete de cuatro preciosos nietos (dos niños y dos niñas), que le roban a uno los cinco sentidos y que, a su vez, también goza de poder ver la felicidad de los padres de los pequeños que adorando a los niños, pues, así, necesariamente se siente obligado a expresarlo tal como lo vive.

Por Antonio Guerra Caballero


on Saturday, March 12, 2011
 "Es necesario colocar el bien supremo en un lugar tan elevado que ninguna fuerza humana pueda derribarlo: allí donde no tengan acceso ni el dolor, ni la esperanza, ni el temor, ni cosa alguna que pueda causar deterioro en los atributos del sumo bien". Séneca

La corriente revolucionaria y reivindicativa que esta sacudiendo el norte de África en las últimas semanas, no es algo casual o sobrevenido de forma repentina. Independientemente de que en algunos casos pueda haber intereses ocultos, una cierta organización o determinada premeditación, que puedan estar contribuyendo a impulsar todo ese movimiento social, lo que verdaderamente moviliza al conjunto de una sociedad es un profundo sentimiento de frustración, la pobreza y las condiciones precarias en la que viven la mayoría de las personas que la componen, la limitación de las libertades personales y una manifiesta sensación de injusticia. Cuando confluyen esas variables, el orden social y el sistema establecido terminan siendo insostenibles, de forma que, antes o después, se colapsan y acaban siendo sustituidos por nuevas formas de ordenamiento político y social.

Aparentemente, en nuestra acomodada sociedad occidental y particularmente en España, las cotas de prosperidad económica y de libertad alcanzadas son de las mayores que podemos encontrar en nuestro planeta y sin duda nuestras condiciones de vida son, con diferencia, netamente superiores a las que podemos observar en otras muchas regiones del mundo y en particular respecto al norte de África.  Sin embargo, al profundizar algo más en el asunto y si nos paramos a reflexionar y a estudiar las cifras estadísticas, es relativamente fácil constatar que la nuestra, todavía dista mucho de ser una sociedad de verdaderas libertades, la injusticia sigue estando presente y la crisis económica esta provocando que los índices de pobreza sean cada vez mayores. De hecho, y respecto a esto último, los datos son estremecedores:

  • En la UE hay cerca de 20 millones de niños en riesgo de pobreza y 80 millones de pobres, de los que más de 9 millones corresponden a nuestro país.
  • El 22,7% de la población en España esta por debajo del umbral de pobreza, más de 10 puntos por encima de la media de la UE. 
  • La tasa de riesgo de pobreza infantil es del 24%, la de los ancianos un 28% y la de las mujeres de un 30%
  • En España casi 2 millones de niños viven en hogares con riesgo de pobreza.
  • Casi el 60% de los hogares españoles tienen dificultades para llegar a fin de mes.
  • En las cárceles españolas hay cerca de 80.000 reclusos; en el año 2001 la cifra era de 47.571, es decir, casi se ha duplicado en los últimos 10 años.
  • La cifra de parados ya se aproxima en España a los 5 millones, lo que supone una tasa cercana al 21%, más del doble de la media de la Unión Europea. 

Con todo, lo que verdaderamente contrasta con estos datos y constituye una verdadera aberración es el hecho innegable de que no es tanto un problema de falta de riqueza, o incluso de distribución de la misma –al menos sobre el papel-, sino de la pésima gestión durante las dos últimas décadas que las administraciones locales, regionales y nacionales han hecho de ingentes cantidades de recursos económicos, que en una importante proporción han sido dilapidados, empleados en triviliadades o en proyectos de más que dudosa utilidad, o cuya principal utilidad era de carácter electoralista, sin que además existiera una adecuada planificación a medio y largo plazo.

A ello habría que añadir el continuo desvío de las importantísimas sumas de dinero que terminan colándose por el sumidero de la corrupción. Así y según las Memorias 2010 de la Fiscalía Anticorrupción, durante los últimos 10 años en España se han sustraído 4.158 millones de Euros por casos de corrupción, es decir casi 700.000 millones de Pesetas… Cifra en la que todavía no se computan los últimos casos que están apareciendo, como el tema de los ERES de Andalucía, que ya se estima en cifras próximas a los 700 millones de Euros. Y estos son los casos de los que se tiene constancia, pero como la misma fiscalía cita “es de todos conocido que un número indeterminado de acciones criminales realmente ejecutadas, delitos o faltas según su entidad, nunca llegan a conocimiento de los órganos encargados de su persecución y por tanto nunca pueden ser computadas a efectos estadísticos en los estudios y valoraciones”.

Al final y en esencia, el problema es que de alguna manera seguimos inmersos en un régimen feudal, disfrazado, eso sí, de democracia. Un régimen en donde el ejercicio de la violencia, la injusticia y la rapiña se lleva a cabo de manera mucho más sutil, pero en el fondo casi de forma tan injusta y esclavizante como la que podía existir en nuestra sociedad hace 700 años. Como ya apuntaba Platón, “La obra maestra de la injusticia es parecer justa sin serlo”.

En ello influye el ínfimo nivel moral e intelectual que de un tiempo a esta parte demuestran tener la mayoría de nuestros políticos y gobernantes. No sólo eso, sino que poco a poco se han ido convirtiendo en una clase privilegiada, que generalmente vive de espaldas a la sociedad que se supone representan. Una casta arraigada al margen del resto de la sociedad y sin duda muy por encima del nivel económico de la mayoría, como lo demuestran tanto las diferencias toleradas y consentidas en lo que se refiere a las condiciones salariales y de acceso a la pensión de jubilación, como la sensación de impunidad frente a las leyes a las que, en cambio, si deben someterse el resto de los ciudadanos. Leyes que además se perciben muchas veces como injustas e inadecuadas y que con frecuencia se adentran claramente en el ámbito de la libertad individual, para restringirla a unos mínimos que empiezan a ser asfixiantes.

Junto a ello, una de las causas más directas e importantes de esa sensación de asfixia, es que para que las administraciones puedan mantener su nivel de gasto desaforado, para mantener el tren de vida de los políticos, o para tapar los agujeros que toda esa deficiente gestión va dejando tras de sí, no queda más remedio que recurrir –igual que en la edad media-, a un aumento exagerado de la presión fiscal sobre los ciudadanos y a un empobrecimiento de su calidad de vida, que de nuevo se maquilla y ampara tras algunas leyes cuyos principios inspiradores se supone que son otros. El problema es que cada vez queda menos que exprimir de esos bolsillos y las condiciones de vida empiezan a ser realmente duras para una buena parte de nuestra sociedad.

Entre otras cosas, porque el liberalismo desmedido, el consumismo desproporcionado, la especulación inmobiliaria y las veleidades de la banca, han acabado con la independencia económica de la mayoría de los españoles, convirtiéndonos en esclavos del dinero. Un dependencia que día a día se acentúa y condiciona buena parte de nuestra vida, hasta el punto de poner en peligro nuestra felicidad, las metas personales en lo que a realización y espiritualidad se refiere, la libertad e incluso los propios valores sobre los que, al menos en un principio, se habían asentado todos esos derechos que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra historia y que hoy vuelven a estar en claro retroceso.

Ante este panorama podemos seguir mirando para otro lado; podemos seguir asistiendo a los espectáculos que nos abstraen de la realidad; podemos seguir viviendo de fútbol y de farándula iletrada, amoral y chabacana; podemos seguir consumiendo sin medida, de forma irresponsable y por encima de nuestras verdaderas posibilidades y de las de nuestro planeta; podemos seguir viviendo de prestado, de lo que no tenemos o de espirales especulativas; podemos seguir consumiendo riqueza para subvencionar lo injustificable y maquillar gestiones deficientes y deficitarias de las administraciones públicas; podemos seguir alimentando esas cifras de pobreza, fracaso escolar, paro y población reclusa. Podemos seguir exprimiendo los bolsillos de los ciudadanos, hasta que ya no quede nada más que exprimir. Podemos seguir insultando a la esencia misma de la vida con las espeluznantes cifras del aborto: entre 1994 y 2008 se produjeron 20.635.919 de abortos en Europa y 1.106.743 en España. Podemos seguir pateando los valores, trastocando la esencia del concepto de justicia y legislando para recaudar o con las miras puestas en las urnas, en contra de la razón, la inteligencia y el sentido común...

Podemos seguir engañándonos… Pero me temo que no podremos eludir por mucho más tiempo las responsabilidades y las consecuencias que todo ese despropósito mantenido en el tiempo conlleva. El modelo no es sostenible y al igual que en el norte de África, al final terminará por colapsarse… en realidad ya ha comenzado a hacerlo y es tan sólo una cuestión de tiempo el que podamos asistir a la desaparición de este modelo social irresponsable, ilógico, antinatural, corrupto, injusto, esclavizante y deteriorado, que nos ha llevado a una absoluta pérdida de referencias adecuadas y a una crisis de aquellos valores que hicieron posible construir el estado de bienestar… de bien estar. Entre otras cosas, porque la inmensa mayoría ya no esta bien; ya no se siente bien.

Si queremos que nuestra sociedad sea verdaderamente sostenible, deberemos recuperar la mesura, la buena gestión de las administraciones, el control del gasto. Deberemos erradicar la corrupción, controlar la especulación y volver a unos impuestos razonables y razonados. Deberemos terminar con la política de la subvención y el subsidio fácil e injustificado, apoyando por el contrario a la investigación, a lo que verdaderamente constituye y forma parte de nuestra cultura y a las iniciativas empresariales serias y respaldadas por estudios de viabilidad equilibrados. Deberemos conseguir que las leyes nos vuelvan a hacer más libres, en lugar de sentirnos más esclavos ante su presencia. Deberemos volver a valorar el esfuerzo, el tesón, la habilidad, el arte, la maestría, el afán de superación, el conocimiento, el sentido común. Deberemos mejorar nuestro sistema educativo, como uno de los mejores instrumentos para impulsar el conocimiento y el pensamiento crítico. Deberemos proteger a la familia, como la institución social más importante, núcleo de solidaridad social esencial y elemento fundamental en la transmisión de valores. Deberemos superar la crisis de liderazgo que nos atenaza y llevar también a la política el concepto de excelencia. Volver a lo ejemplarizante, a lo que puede ser ensalzado desde el humanismo y los valores esenciales... Volver a inspirarnos en la inteligencia y en el amor, los dos principios universales que deberían impulsar y presidir todos nuestros actos.

Por el contrario, un modelo social en donde todo ello se ha convertido en una desventaja competitiva, en una pesada mochila que algunas personas parecen llevar a cuestas, en algo que rara vez se recompensa o que se recompensa en mucha menor medida que lo opuesto, es un modelo social insostenible y avocado al fracaso; a su desaparición; a su colapso. Un modelo social basado en el economicismo, que recompensa todo aquello que llama la atención, “vende” y genera beneficios materiales, todo lo que incrementa los índices de audiencia, las discusiones y la polémica de corrala o simplemente por el hecho de ser basto, grosero, provocativo, novedoso, escandaloso, alterador del orden, fácil o parte de una moda e independientemente de cualesquiera aspectos éticos y morales, es un modelo que lleva escrita su fecha de caducidad.

Si queremos que nuestra sociedad sea verdaderamente sostenible deberemos invertir ese perverso modelo, ese insostenible proceso involutivo, de forma que lo atractivo, lo que llame la atención, lo que venda, lo que convoque a los medios de comunicación, lo que obtenga minutos en la televisión, lo que sea ensalzado, deseado, transmitido, comunicado, valorado y recompensado; lo que enseñemos a nuestros hijos, lo que quede como legado para las generaciones venideras, lo que nos permita, en definitiva, evolucionar hacia un mundo mejor, sea todo aquello que hace mejores a las personas y no justamente lo contrario. Como nos recuerda Aristóteles, "La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía".

Para ello es muy posible que debamos renunciar a algunas cosas y sobre todo recuperar ese sentido común y esas referencias que nunca deberíamos haber extraviado. A cambio obtendremos un modelo de sociedad sostenible y por encima de ello, las condiciones para que las personas puedan buscar esa paz interior que no tiene precio y que debería ser el verdadero y último objetivo de toda sociedad. Una paz que por momentos nos aproxime a una felicidad que no dependa exclusivamente de lo material y que nos ayude a profundizar en esa espiritualidad que debería guiar siempre los pasos del ser humano. Nos queda mucho –muchísimo- por recorrer, pero me gustaría pensar que cada día estamos un poco más cerca por el simple hecho de caminar en la dirección adecuada.

on Thursday, March 10, 2011
Había una vez, en las lejanas tierras de Asia Central, al no­roes­te de Kabul, un hermoso valle al pie de las montañas del Indu Kux. En sus riscos de arena rojiza brillaban al sol los filones de plata, entremezcla­dos con la riqueza mineral del cobre, el plomo el cinabrio el cinc y el azufre que, en silen­cio, envi­dia­ban las irisaciones mágicas de los rubíes del vecino Badas­chan. Del Indu Kux nacían numerosos ríos que rega­ban generosa­mente sus campos de trigo y saciaban la sed de los tamarindos los álamos, las zarzamoras, los sauces, pinos y plátanos que poblaban los bosques cercanos, por los que paseaban leones y leopar­dos, tigres, osos, hienas y chacales, mientras se oían las risas chi­llonas de los monos jaraneros que , a cientos, saltaban de rama en rama  por la espesura. 

Como la región era paso obligado entre la India y el Golfo Pérsico, muchos eran los que contaban ,a su regreso, las expe­riencias allí vividas. Enterados así los Superiores budistas hindúes de la existencia de este lugar privilegiado, envia­ron a sus monjes para que construyeran en aquel paraíso un lugar de reposo y ora­ción, en el que los integrantes de las cara­vanas que empren­dían la Ruta de la Seda, pudieran descansar sus maltrechos huesos y elevar sus oraciones a Buda. Así pues, desde el siglo II y a lo largo de los siglos III y IV de nuestra era, aquellos hombres excavaron la roca edificando un total de 10 monasterios y habilitando innume­rables cuevas, que llegaron a alojar a más de 5.000 monjes. Fueron aquellos misioneros los que decidieron levantar dos esta­tuas inmensas que pudieran ser distinguidas como puerto de claridad desde la lejanía, por los peregrinos que hacia allí se acerca­ban. Pidieron ayuda a los nobles campesinos afga­nos, que hubie­ron de abandonar por algún tiempo su tarea de cazado­res, ocupar a las mujeres en las tareas del laboreo, y dejar descan­sar a sus halcones, para prestar el sudor de sus brazos a tan magna tarea. Una vez cavados los impresio­nantes nichos que habían de albergar las efigies de los dioses, talla­ron en la piedra las estatuas. No les pareció suficiente su imponente tamaño, habían de esculpir manos que acogieran, ojos que miraran, cubriendo luego  sus cuerpos divinos de fastuosos ropajes tallados en la piedra, sober­bias túnicas de aire grie­go, como aquellas que la tradi­ción atribuía a Alejandro el Grande, cuan­do, al frente de sus tropas, cruzó los desfiladeros cercanos de Kodxak y Cha­wack. Terminada la talla, las recubrieron de estuco y las pintaron. El Buda grande, de más de medio centenar de metros, sería el Buda rojo, como los rubíes de Badaschan, el Buda de menor tamaño se teñiría de azul, el añil de los cuen­tos.

Muchos de cuantos comenzaron el trabajo no llegaron a ver culmi­nada su obra pero, al fin, llegó el día en que desde la leja­nía aquella mágica visión podía contemplarse, y cuantos se acer­caban al valle de Bamiyán admiraban extasiados el milagro de los majes­tuoses dioses, puestos en pie, guar­dan­do la puerta de su cueva, dominando el paisaje, mirando desde las cuencas potentes de sus ojos la fe del caminante, al resguardo de las crueles tor­men­tas de nieve en el invierno, y a altura conve­niente para evitar la incle­mencia de los cincuen­ta grados de calor que el sol dejaba en el valle durante la época de estío. La piedad de propios y extraños, peregrinos de aquellos caminos, agradecía su presencia. Les atribuían poderes benéficos de paz espiritual y prosperidad en sus trueques, y alentaban su fe religiosa. Los monjes, por su parte, curaban las enferme­dades de alma y cuerpo y, así, este valle se fue poblando de visitan­tes que mostraban su gratitud cubriendo a ambos dioses de es­plen­dorosas joyas. Allí perma­necie­ron las dos imágenes durante milenios de vino y rosas, allí se encontraban hasta hace unos años, impasibles, mudos, expectantes.

La humanidad avanza ¿o retrocede? En nombre de otra fe, hace más de diez siglos, habían mutilado las manos y las piernas de los budas; su altar y su cobijo fue utilizado en la pasada centuria como almacén de misiles; los campos de trigo intermi­na­bles se cubrieron de opio y hachis asesinos, hasta llegar al momento en el que los chacales y lobos que antaño la pobla­ron pacíficamente dieron paso a otras fieras más dañinas que, con disfraz de hombre, expandieron el horror indes­criptible en el que desde hace ya demasiados años, se debate el pueblo afgano,­ víctima de un fanatismo tremendo, inex­plicable.

Fue en otro mes de marzo de hace ahora diez años, cuando supimos que todas las imáge­nes de Afganistán iban a ser destruidas, y nadie en todo este llamado civilizado mundo fue capaz de impedirlo ¿y aún nos extraña? Sabíamos, ya que los enemigos eran colgados como trofeos de guerra en la boca de sus cañones; que sus propios hermanos eran ahorcados en la plaza pública a la vista de propios y extraños; que había más de 800.000 minas ente­rra­das segando cada año la vida de más de 8.000 afganos y sembran­do los caminos de cientos de mutila­dos. Sabía­mos también, por activa y por pasiva, que las mujeres vivían enfundadas en la cárcel de tela del Burkha maldi­to de por vida, que miles de ellas enloquecían de sufrimiento, y que otras tantas se suici­daban, hartas de frío, de terror y de hambre. Que las escue­las estaban cerra­das, y los niños que, a duras penas, sobrevivían, deambu­laban por las calles tuberculo­sos, asmáti­cos, y mal nu­tri­dos, sin tener derecho a asis­tencia médica, como sus abuelas, como sus madres- Lo sabíamos pero....!No hícimos nada! 

Este el suma y sigue de aquella historia que comenzó en las serenas colinas del Hindu Kush hace ya miles y miles de años y en su espanto seguirá si no lo impide nadie, En la actualidad nobles expertos de la UNESCO  reúnen cuidadosamente los pedazos de aquella tropelía para estudiar la posibilidad de su reconstrucción, magna tarea que alabamos pero...¿Hasta cuando deberemos estar cosiendo heridas de fanatismos de uno u otro signo y restaurando en años lo que la metralla tarda segundos en destruir?  Sigue habiendo demasiados errores y  horrores que claman justicia mientras nosotros desde la lejanía  miramos hacia otro lado sabedores de que la inhumanidad es nuestro patrimo­nio.¡Que Yahvé, Buda o Alá nos amparen, si así puede ser!    

Por Elena Méndez-Leite


on Sunday, March 6, 2011
Durante los últimos días estamos asistiendo a hechos sangrientos por actos atroces que inicialmente comenzaron siendo cometidos en Libia por el régimen de Gadafi contra personal civil indefenso, por el único motivo de que se manifestaran públicamente pidiendo derechos que son fundamentales para los seres humanos, y también completamente normales en los países democráticos y civilizados, con ocasión de la ola general de protestas que últimamente se vienen dando en países árabes; cuyos acontecimientos han desembocado posteriormente en toda una guerra civil de la población civil contra toda una maquinaria de guerra en poder del régimen libio. Y si bien toda clase de guerras deben ser condenadas con la más enérgica protesta  firme determinación, porque en sólo se producen muertes, destrucción, sacrificios, hambre y toda clase de penalidades, cuando se trata de guerras civiles, los conflictos armados aun resultan ser más crueles e inhumanos, porque son los mismos compatriotas los que entran en lucha armada los unos contra los otros, muchas veces poniendo frente a frente y matándose padres, hijos, hermanos, etc, por simples diferencias ideológicas, tal como les ocurrió a los españoles en nuestra guerra de 1936-1939, de fatídico recuerdo, y esperemos que también de acaecimiento irrepetible, porque la paz es el bien más grande que las personas tenemos, junto con la vida y la libertad.

Esta clase de atrocidades represivas y sangrientas contra la población civil y contra personas indefensas, lo mismo que los genocidios o crímenes contra la humanidad, siempre fueron condenables e incluso perseguidos por la Sociedad Internacional, sobre todo tras la II Guerra Mundial se crearon algunos tribunales penales para juzgar esta clase de delitos, como los que dieron lugar a los célebres juicios de Nüremberg y de Tokio, o los más recientes celebrados para juzgar los crímenes cometidos en la guerra genocida de Ruanda y los constituidos para castigar las limpiezas étnicas llevadas a cabo en la antigua Yugoslavia (Bosnia, Kosovo, etc.). Pero esos tribunales de entonces ni eran permanentes ni tenían jurisdicción internacional, sino que se trataba de los llamados tribunales “ad-hoc", es decir, creados para juzgar casos concretos y determinados. Por eso, la comunidad internacional venía estando muy necesitada de poder contar con un órgano permanente de justicia transnacional que estuviera mundialmente reconocido y legitimado para juzgar y hacer ejecutar lo juzgado en cuanto a esta clase de ilícitos penales, sobre todo, teniendo en cuenta  la creciente amplitud que se ha venido dando en esta clase de delitos tal como lo acreditan las reiteradas violaciones de los derechos humanos en países inmersos en conflictos bélicos o en los que han gobernado regímenes antidemocráticos, entre otros, Vietnam, Camboya, Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador, Irak, Togo, Liberia, Nigeria, El Congo, Angola, etc., de tal forma que desde hace unos 50 años se han dado en el mundo unos 250 conflictos con violencia, que han ocasionado unos 130 millones de víctimas, la mayoría de ellas personas inocentes e indefensas que han sufrido terroríficas crueldades como, por poner sólo algún ejemplo, ser arrojados vivos en alta mar o asesinar a mujeres embarazadas o con hijos pequeños para quedarse con ellos, sin que todavía se sepa el paradero de muchas de esas pobres víctimas.

Bien podría decirse que hasta el año 2003, venía dándose en toda la comunidad internacional la impunidad penal general, tanto formal como sustancial, habida cuenta de que no existía ningún órgano de justicia supranacional que pudiera juzgar a los culpables de haber cometido graves delitos contra la humanidad, como son los de genocidio, crímenes de guerra, torturas, exterminio, violaciones, etc; de manera que quienes perpetraban tales delitos tan execrables, con frecuencia se amparaban en el llamado “principio de territorialidad” de las leyes penales, en virtud del cual se establece como límite de la competencia de un Estado para juzgar el territorio que queda dentro de sus fronteras, no pudiendo más allá de las mismas aplicar sus leyes penales ni sobre personas extranjeras que no residan en su territorio, a excepción del denominado “ius personae”, o sea, el derecho que sí puede aplicarse a nacionales del Estado de que se trate aun cuando estén fuera de su país. De esa forma, los responsables de crímenes que se caracterizan por haber empleado una extremada violencia o crueldad inhumanas, pues no podían ser juzgados penalmente en cuanto se ponían fuera del alcance del país en el que hubieran cometido tales delitos, al no existir un tribunal penal con competencia y jurisdicción internacional que pudiera juzgar tan graves conductas, pues si bien ya estaba creado el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, el mismo sólo tiene competencias para dirimir controversias entre Estados que voluntariamente se sometan a su jurisdicción y no tiene facultades para juzgar a las personas.

Pues bien, para  colmar esa laguna jurídica y dar respuesta a ese vacío penal y a la impunidad de que gozaban quienes cometían tan abominables crímenes, vino a constituirse el 11-07-2003 el Tribunal Penal Internacional (TPI), que está formado por 18 jueces (11 hombres y 7 mujeres), y que  tomó posesión en La Haya (Holanda), habiendo sido el acto solemnemente presidido por la reina Beatriz de los holandeses y el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, con la asistencia de 550 invitados entre los que figuraban Jefes de Estado, Jefes de Gobierno, Ministro y demás personalidades. No obstante, hay que aclarar que la creación del TPI tuvo ya lugar el 17-07-1998, en virtud del llamado Estatuto de Roma firmado entonces por 120 países reunidos en conferencia internacional, habiendo sido sólo 7 países de los asistentes los que entonces se negaron a firmarlo. El Estatuto de Roma ha sido después ratificado por 90 países, siendo dicha ratificación la que produce los efectos jurídicos y fuerza de obligar a los países signatarios. Sin embargo, aunque contando con esa anuencia, el Tribunal tiene ya el reconocimiento y la legitimación internacional suficientes, aun cuando es muy significativo y lamentable que, de momento, se hayan negado a formar parte del mismo países con tanto peso como los EE.UU, Rusia, China, Japón, Israel, Irak, etc. Por lo que respecta a España, figura entre los países que en 1998 firmaron la creación y, luego, por Ley Orgánica 6/2000, de 4 de octubre, se autorizó la ratificación de dicho Estatuto de Roma.

Lo anterior significa que, a partir del 1-07-2004,  la jurisdicción es efectiva con carácter permanente y universal, con la sola excepción, claro está, de aquellos países que no hayan suscrito el Tratado. El Tribunal no juzga a los Estados, sino solamente a las personas e incluso a las aforadas que desempeñen algún cargo relevante, y lo hará de forma subsidiaria a las jurisdicciones nacionales, o sea, que sólo actuará cuando el Estado competente no lleve a cabo la investigación o juicio, aunque también aquél puede intervenir si estima que un proceso nacional no cumple con las garantías reconocidas por el Derecho Internacional. Los 18 jueces ejercerán sus funciones durante 9 años, bajo los principios de independencia e imparcialidad, sin que puedan ser perturbados o presionados en el ejercicio de tales funciones. Y los delitos a los que se extiende su competencia para juzgar serán los siguientes: Genocidio. Crímenes de guerra, incluidos los cometidos en conflictos internos. Crímenes de lesa humanidad, como exterminio de civiles, torturas, violaciones, esclavitud, racismo o “apartheid”. Y los llamados de agresión, como esclavitud sexual, prostitución forzada, etc.

En resumen, el tan necesario y deseado TPI es ya un hecho que está ahí. A partir de 2004, puede decirse que existe ya una justicia penal internacional, de forma que las violaciones de los derechos humanos que son capaces de cometer quienes no tienen escrúpulos ni les corroe para nada la conciencia de cometer  crímenes tan reprochables y reprobables que repugnan a cualquier persona de bien, pues tendrán en lo sucesivo que írselo ya pensando más despacio. Sin embargo, a juicio de quien escribe, se echa muy de menos la no extensión de dicha jurisdicción penal universal a los delitos de terrorismo y de narcotráfico, en tanto en cuanto los mismos están siendo cometidos en la actualidad a nivel internacional y mediante organizaciones que también suelen ser internacionales, además de la enorme alarma social tanto nacional como mundial que producen al estar cobrándose numerosas vidas humanas y a base de tanta violencia inútil e innecesaria, los primeros a través de ese terror que tanta muerte y desolación está produciendo, y los segundos mediante el envenenamiento con sustancias tóxicas que tantos sufrimientos, angustias  y efectos inducidos perversos han de sufrir los drogadictos y el resto de la sociedad. En todo caso, se piensa que, en general, ya podemos decir que los derechos fundamentales de las personas y de la humanidad están hora más protegidos y mejor salvaguardados, porque con la entrada en funcionamiento del nuevo TPI, la impunidad que hasta 2003 se ha venido dando puede haber llegado a su fin.  

Y, en el caso de los dirigentes más destacados del régimen libio, el Consejo de Seguridad de la ONU ya aprobó, por unanimidad, que el Fiscal General de la Corte Penal Internacional, el argentino Luis Moreno Ocampo, investigue sobre los presuntos delitos que pudiera haber cometido contra su pueblo Muamar el Gadafi, quien ya anteriormente no tuvo el menor escrúpulo en mandar cometer el ataque terrorista del vuelo 103, de la compañía  “Pan Am”, cuando sobrevolaba el espacio aéreo de Lockerbie (Escocia), con varios cientos de personas civiles que eran totalmente inocentes; y también se propone investigar a varios de sus hijos y a algunos ministros y personalidades del régimen. Con ello, sería la segunda vez que dicho Fiscal abre una investigación de tal naturaleza, toda vez que ya en 2005 investigó presuntos crímenes de guerra en Darfur (Sudán), aunque también ha llevado a cabo investigaciones en Afganistán, Colombia, Costa de Marfil, Georgia, Gaza, Kenia, República Centroafricana y Uganda. Y, según se cree, es hora ya que se comience a poner coto a las muertes, represiones, sufrimientos y trato inhumano que reciben algunos pueblos por sus propios dirigentes.

Por Antonio Guerra Caballero


on Friday, March 4, 2011
Reseña Literaria: "HUMANISMO: LOS BIENES INVISIBLES",  de Juan Luís Lorda. Editorial RIALP.

 El objetivo de Juan Luis Lorda, sacerdote, Doctor en Teología y profesor de Teología dogmática y Antropología cristiana, es ayudar a cultivar el espíritu en todas sus dimensiones: inteligencia, voluntad y afectividad. Tuvo su origen en un curso orientado a universitarios, por lo tanto se ha escrito con sencillez y claridad. Temas como la cultura, la inteligencia, la belleza, el amor, la amistad, la honestidad, el sentido del humor, la elegancia… son reflejados con abundantes detalles prácticos.

El libro de Lorda, trata sobre la cultura y la educación desde un punto de vista cercano. Sus reflexiones sobre lo que es el humanismo y la cultura y lo que ésta conlleva en la educación y en la búsqueda de la verdad y la belleza, son concisas y se acompañan de claros ejemplos, donde se transmite la diferencia entre impartir conocimientos y educar, leer un periódico o un revista especializada, de simplemente hablar o dar un discurso, de la elegancia o de la esencia misma de la belleza.

En el inicio del libro el autor subraya que la inteligencia necesita, además de conocimientos, metodología y sabiduría para contestar las preguntas esenciales que todo hombre debe hacerse a lo largo de su vida: de dónde venimos, a dónde vamos, dónde está la felicidad y cómo afrontar el sufrimiento y la muerte. Cultivar el corazón incluye querer con sinceridad e integridad. Pero esto debe hacerse desde la disciplina personal, la honestidad, la humildad y un claro orden de amores. En la vida, el ideal de ser humano nunca lo encontramos de forma conjunta, para ello es preciso cultivar las humanidades. Pero los bienes del espíritu no pueden cultivarse con fines egoístas, sino como servicio y gratitud hacia los demás.

Lorda termina su tratado sobre el humanismo con la referencia bibliográfica a cincuenta libros sabios y que aunque imprescindibles, no están todos los que son, pero son todos los que están.

Un libro interesante, práctico y escrito de forma sencilla para una gran diversidad de público.

Por Martín Hernández-Palacios

on Wednesday, March 2, 2011
Acaparando la gama de los ver­des, los árbo­les que ignoran aún que son hermo­sos, se balancean sin rubor a mi paso, y las pupilas se me vuel­ven tor­pes, inca­pa­ces de abarcar esa explosión de la natu­raleza que me con­vierte en especta­dor privilegiado de una existencia en paz y en abundan­cia que se me concedió, sin merecerlo, por ese azar misterioso del destino que a unos deposita al nacer en la orilla negra, y a otros en la blanca.

No voy a hacer ahora una relación, de las cosas materiales de las que usamos y abusamos los de la orilla amable de la vida; ni de la cantidad de sofis­ticados inventos de los que dispone­mos a capricho. No voy tampoco a pretender que, arre­glemos todas las trope­lías del mundo, pero me duele el alma del bien que no hago, y es por eso por lo que quiero habla­ros, a cora­zón abierto, de que es demasiado injusto que nosotros disfrutemos de cuanto tenemos, aceptán­dolo como si nos fuera debido, sin adver­tir que hay tantos seres que nada tienen, y que al paso que vamos, nada ten­drán. Nunca es tarde, si la dicha es buena. A mí este mundo se me va esca­pando de las manos, pero sé que llegará pronto a las vues­tras y confío, ilusionada, en que seáis capa­ces de contri­buir a mejo­rar este planeta, que no es para todos del mismo azul.

Por ello vuelvo a hablar hoy de este pueblo saharaui que posee uno de los valores más hermosos de la condición humana, la forta­leza de espíritu del que cree en sí mismo y lucha por volver a su tierra -¡ay su arena!-, logrando sobrevivir a fuerza de trabajo y dignidad. Voy a habla­ros de la espléndida sonrisa de unos niños que nacieron en la zona más despiadada del de­sierto del Sahara, a la que sus padres -¡ay esas benditas muje­res saha­rauis!- han domeñado, hacién­dola habita­ble, cons­truyen­do con sus propias manos y pies, escue­las, hospi­tales, huertos, y vivien­das, organi­zando pueblos y ciudades, que en nada se parecen a las nuestras, pero que están en pie como sus hom­bres, activos, vigi­lantes, firmes en la escasez, celosos de su fe y de sus costumbres, sin perder la esperanza de volver a esa pa­tria, que al otro lado del muro -porque aún quedan muros-, les vio nacer.

Estos niños no saben lo que es abrir un grifo de agua caliente para lavarse cada mañana, se sorprenderían del funcionamiento del ascensor, soportan un calor asfixiante durante el día, y un frío extremo durante la noche, para ellos la lluvia es el mejor de los regalos, son escasas las verduras y frutas que han saboreado, los árbo­les son para ellos, como mucho, láminas de un libro. Jamás han pisado un parque; no han escuchado el zumbido de las abejas, el canto de las cigarras, y muy escasos pájaros revolotean a su alrededor, la mayoría de ellos no sabe lo que es el mar; no han ido ni una vez al cine, ni a un estadio de fútbol; se sor­prende­rían, no ya de bañarse en una piscina, sino tan sólo de sumer­girse en una bañera; no han pisado un centro comercial, ni un quiosco de helados; no sabrían abrir una neve­ra, ni echar la llave a una puerta; desconocen el rugir de una motoci­cleta, el ruido de los patines deslizándose sobre el asfal­to, el bullicio de una cafetería en una tarde de in­vierno y el frescor bajo la sombrilla en una terraza de verano; no pueden comprar, por su cuenta y riesgo, una postal, ni chuches, ni siquiera un globo de colores o una caja de rotula­dores para dibujar los sueños.

A pesar de ello, son niños guapos, alegres, sanos de alma y de cuerpo, curiosos y despiertos, que estudian -el español se imparte como segunda lengua en sus escuelas-, cantan, bailan ríen, y sonríen, sobre todo sonríen, porque se sienten queri­dos, prote­gidos, y viven tan felices sin todas esas cosas que os he enume­rado, y de otras miles que podría apuntar.

Algunos de esos chavales, un puñado de ellos y siempre diferen­tes, visitan cada año nuestro pueblo, y ojalá sean cada vez más los que disfru­ten sorprendidos de todo cuanto tenemos a nuestro alcance, los que convivan con nosotros, los que se entiendan con vosotros, nues­tros hijos, y reinventen, sin saberlo, la fraternidad, consiguiendo, en unos cuantos días, lo que, tras treinta años, los mayores no hemos sido capaces de lograr. Pero eso no es bastante, cada vez es mayor la penuria en la que viven, y nosotros no podemos quedarnos impasibles y dejarlos marchar sin más. Debemos poner los medios para que su situación mejore, para proporcionarles medicinas, alimentos y artículos de primera necesidad, hay que saber prescindir de tanto como nos sobra, y ayudarles a lo largo del año, porque su situación se deteriora más y más.

No es suficiente que vuelvan a sus campamentos del Sahara herma­no, con la misma sonrisa que traje­ron al llegar, ni que enseñe­n a los compa­ñeros que allí queda­ron, las nuevas pala­bras y las nuevas can­ciones que han aprendi­do, ni que se entre­mezclen los ecos del caste­llano y el hasanía, que nunca debieron desentrelazarse

Es preciso que aquí no cejemos hasta que las dos orillas de este mundo injusto se puedan igualar y si no son blancas, que al menos sean grises pero compartidas, solo así podremos alzar la mirada y sintiéndonos libres, sonreír en paz.

Por Elena Méndez-Leite

on Tuesday, March 1, 2011
HUMAN PLANET es una magnífica y espectacular colección de vídeo clips realizados por la BBC, que nos permiten conocer mejor el planeta que habitamos, poniendo de relieve la capacidad del ser humano para adaptarse al entorno en el que vive y su instinto de supervivencia.

Éste es el vídeo de presentación, pero en su página web  podréis encontrar otros muchos, cuidadosamente realizados, clasificados por temas, habitats, estaciones y países, entre otros.  En ellos se percibe por todas partes la calidad habitual de las producciones de la BBC y en particular la de la fotografía, que es de una excelente factura, asi como las increíbles tomas con cámaras aéreas y subjetivas, en muchos casos inéditas y que nos invitan a descubrir nuestro entorno desde un ángulo diferente y nuevo para nuestros ojos.

Una página que nos permite adentrar la mirada en el mundo que habitamos y en los diferentes pueblos, razas y culturas que configuran la excepcional especie del ser humano.

Absolutamente recomendable (gracias, Mario).



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