on Friday, April 1, 2011
" Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor" .


BIOGRAFÍA

1. Aurelio Agustín nació el año 354 d.c.en Tagaste, ciudad situada en la antigua provincia romana de Numidia (conocida en la actualidad como Souk Ahras, en Argelia). Hijo de Patricio, un pequeño propietario rural, y de Mónica, nació en el seno de la familia con una posición económica desahogada, aunque no exenta de esporádicas dificultades económicas, lo que le permitió acceder a una buena educación. Sus primeros estudios los realizará en Tagaste, continuándolos, el año 365, en la cercana ciudad de Madaura (aunque se verá obligado a interrumpirlos el año 369 por dificultades económicas); a partir del año 370 estudiará en Cartago, dedicándose principalmente a la retórica y a la filosofía, destacando de una manera especial en retórica, y encontrando dificultades en el aprendizaje de la lengua griega, que nunca llegó a dominar. 

2. Pese a los esfuerzos de su madre, Mónica, que le había educado en el cristianismo desde su más tierna infancia, Agustín llevará en Cartago una vida disipada, muy alejada de las pretensiones de aquella, orientada hacia el disfrute de todos los placeres sensibles. En esa época convivirá con una mujer (cuyo nombre no nos revela en sus Confesiones, pero que pudo haberse llamado Floria Emilia) con la que mantendrá una relación apasionada y con la que tendrá un hijo, Adeodato, el año 372. "En aquel mismo tiempo tenía yo una mujer, no que fuese mía por legítimo matrimonio, sino buscada por el vago ardor juvenil escaso de prudencia; pero era una sola, y le guardaba también fidelidad: queriendo saber por experiencia propia la diferencia que hay entre el amor conyugal pactado mutuamente con el fin de la procreación, y el pacto de amor lascivo, en el cual suele también nacer algún hijo contra la voluntad de los amantes, aunque después de nacido los obliga a que le tengan amor."

3. La lectura del Hortensio de Cicerón le causara una honda impresión que le acercará a la filosofía, adhiriéndose a las teorías de los maniqueos, hacia el año 373. Luego de un año en Tagaste, donde enseñará retórica, regresa a Cartago, donde abrirá una escuela en la que continuará sus enseñanzas hasta el año 383 en que, tras el encuentro con Fausto de Milevo, a la sazón el más destacado representante del maniqueísmo norteafricano, decepcionado, abandonará el maniqueísmo.

4. Ese mismo año se trasladará a Roma, y luego a Milán, donde enseña retórica. De nuevo la lectura de Cicerón, ya abandonado el maniqueísmo, le acercará al escepticismo de la Academia nueva, hasta que escucha los sermones del obispo de Milán, Ambrosio, que le impresionarán hondamente y le acercarán al cristianismo. En este período descubre también la filosofía neoplatónica, leyendo las traducciones que había hecho de Plotino al latín Mario Victorino,y le también las epístolas de San Pablo.

5. En el año 386 se convierte el cristianismo. Ese mismo año se establecerá en Casiciaco, cerca de Milán, con su madre, su hijo y algunos amigos, y comienza a escribir sus primeras Epístolas. El año siguiente se bautiza en Milán y opta por una vida ascética y casta. Tras la muerte de su madre, se traslada a África el año 388, estableciéndose en Tagaste donde fundará un monasterio en el que permanecerá hasta el año 391. Dicho año se trasladará a Hipona, (actualmente Annaba, también en Argelia), ciudad cercana a Tagaste, en la costa, donde será consagrado sacerdote por el obispo Valerio. Allí fundará otro monasterio, en terrenos cedidos por el obispo, desarrollando una fecunda actividad filosófica y religiosa, destacando el carácter polémico contra las diversas herejías (donatistas, pelagianistas...) a las que se enfrentaba el cristianismo, y que San Agustín consideraba el principal problema con el que habría de enfrentarse.

6. El año 396 es nombrado obispo auxiliar de Hipona por Valerio, pasando a ser titular tras la muerte de éste. En los años 418 y 422, en plena descomposición del imperio tras el saqueo de Roma por Alarico, participa en el concilio de Cartago y continua su activa producción filosófica y religiosa que abarcará más de 100 volúmenes, sin contar las Epístolas y Sermones. El año 430, estando sitiada Hipona por las huestes de los vándalos de Genserico, morirá, poco antes de que la ciudad fuera completamente arrasada. 


OBRAS

San Agustín ha dejado una obra inmensa de la que citamos a continuación algunos de sus títulos más significativos. Algunas fueron elaborados en varios años, por lo que se da la referencia del año en que se inician. 

386 Contra Academicos, De Beata Vita, De Ordine, De inmortalitate animae.
388-391 De libero arbitrio, De vera religione, De quantitate animae, De Magistro, De Musica, De moribus Manichaeorum, De Genesi contra Manichaeos.
391-400 De duabus animabus, Disputatio contra Fortunatum, Psalmus contra parte Donatum, Contra Adimantum Manicheum, De Mandacio, De Continentia, De Doctrina Christiana.
400 Publicación de las "Confesiones". De Trinitate (15 libros, concluida en el 416).
401 De Genesi ad litteram (12 libros).
410 De Urbis excidio (sermón elaborado tras el saqueo de Roma).
413 De civitate Dei (22 libros, terminada en el 426).
415 De natura et gratia contra Pelagium.
417 De Gestis Pelagii.
418 De gratia Christi et pecato originali.
419 De anima et eius origine, De gratia et libero arbitrio, Ad Valentinum, Retractationes.


OBRAS EN INTERNET

En el sitio Sant'Agostino encontrarás las obras de San Agustín en Latín y en otras lenguas, entre ellas el español (los textos empleados para la versión española pertenecen a la edición de la Biblioteca de Autores Cristianos). 

Las obras completas de San Agustín se pueden leer en francés en la sección "Bibliothèque" de la web de la Abadía de Saint Benoît de Port-Valais. 


EL CONTEXTO HISTÓRICO

La actividad filosófica de San Agustín se desarrolla en la segunda mitad del siglo IV y el primer cuarto del siglo V, un período en el que el Bajo Imperio romano está sometido a fuertes tensiones internas y a la presión de las tribus bárbaras, que terminarán por provocar el desmoronamiento de la parte occidental de forma definitiva a finales del siglo V.

Constantino I, convertido al cristianismo tras haber ganado una batalla contra Majencio, en la que había pedido ayuda al Dios de los cristianos (según relata Eusebio en "El sueño de Constantino"), fue el primer emperador cristiano. Constantino I establecerá una dinastía que, excepto en el caso de Juliano, favorecerá el desarrollo del cristianismo. Con el Edicto de Milán, del año 313, el cristianismo queda despenalizado y los cristianos adquieren cada vez mayor poder y protagonismo en la vida pública romana, llegando algunos a formar parte del círculo de colaboradores de Constantino I, quien concede privilegios a la Iglesia, hace donaciones y apoya la construcción de templos cristianos. El mismo Constantino I convocará un concilio, el de Nicea (el año 325), en el que se fijarán algunos de los dogmas fundamentales del cristianismo y se condenará el arrianismo. Le sucedieron sus tres hijos: Constantino II, Constante y Constancio II, que se vieron envueltos en crímenes contra sus familiares para asegurar la línea sucesoria, tras lo cual se dividieron entre ellos el Imperio. Tras sus respectivas muertes, Juliano (llamado "El apóstata" por los cristianos), hombre culto y sabio, que era primo de Constancio II, que había sido nombrado césar el 355, al mando de la Gallia, (un año después del nacimiento de Agustín), se hace con el poder de todo el Imperio el año 361, y comienza su lucha en pro del reestablecimiento de las tradiciones culturales romanas, no con persecuciones sangrientas contra los cristianos, sino recurriendo a argumentos y prácticas razonables. Ordenó la reconstrucción de los templos paganos y favoreció el retorno de quienes se había exiliado por motivos religiosos. Retiró a la Iglesia los privilegios concedidos por sus antecesores y prohibió algunas actividades a los cristianos, como la de impartir docencia como preceptores. Sin embargo no consiguió frenar lo que se mostraría como el avance imparable del cristianismo. Tras diez años de gobierno, morirá el 363, en el transcurso de una campaña contra los persas.

Le sucederá Joviano, uno de sus generales, que ejercerá el poder de todo el Imperio durante sólo un año, al fallecer el 364. El ejército, que ya había intervenido en las decisiones sucesorias en el poder con anterioridad, ganando peso político a lo largo del siglo, aclamará como su sucesor a Valentiniano I, quien gobernará del 364 al 375, pero al comienzo de su mandato cederá el mando de la parte oriental a su hermano Valente, quien gobierna del 364 al 378. Valentiniano I será sucedido tras su muerte, el 375, en la parte occidental por su hijo Graciano, y Valente, en la parte oriental, por Teodosio I, el año 379. Graciano, favorecedor de los cultos cristianos, gobernará hasta el 383, año en que morirá asesinado por miembros del ejército del usurpador Magno Máximo, que dominaba Britannia y la Gallia y contra el que Graciano había emprendido una campaña militar. A Graciano le sucederá Valentiniano II, hermanastro suyo más joven que él, pero dado que la parte occidental se encontraba bajo el mando del usurpador Magno Máximo, Valentiniano II se dirige a Constantinopla, pidiendo ayuda a Teodosio I. Éste emprende una campaña conta Magno Máximo, derrotándole el año 388 y condenándolo a muerte. Valentiniano II toma el poder de la parte occidental y gobernará hasta el año 392, en que será asesinado, víctima de una conjura.

Nuevamente Teodosio I marcha contra los usurpadores, venciéndoles el año 394 y quedando en sus manos todo el Imperio hasta su muerte, el año siguiente: 395. Tras su muerte, el imperio será de nuevo repartido entre sus dos hijos: Honorio en occidente (gobernará hasta el 423) y Arcadio en Oriente (gobernará hasta el 408). Honorio, a su vez, será sucedido por su sobrino Valentiniano III (tras una regencia de su madre, Gala Placidia, hasta su mayoríade edad) en la parte occidental, quien gobernará hasta el 455. En la parte oriental, Arcadio será sucedido por su hijo Teodosio II, quien gobernará hasta el 450.

Teodosio I, llamado el Grande, había promulgado el año 380 un edicto que proclamaba el cristianismo como la única religión del Imperio romano, prohibiendo los Juegos Olímpicos y cerrando todos los templos paganos, siendo muchos de ellos destruidos por los cristianos. 

Teodosio I es considerado por muchos historiadores como el último verdadero emperador romano ya que, tras su muerte, la decadencia del imperio parece ya imparable y la incapacidad de sus gobernantes para hacerle frente, manifiesta. A los conflictos internos, derivados de la degradación económica, constante a lo largo del siglo, se suman las luchas internas y la fragmentación del poder político y el aumento del poder y protagonismo del ejército (son muchos los rebeldes y usurpadores que, a lo largo del siglo, se hacen con el poder en provincias o en amplias zonas del imperio), a lo que hay que sumar las invasiones de los pueblos bárbaros, que ocupan amplias regiones del norte, de forma no violenta, primero, pero con violencia y crueldad extrema posteriormente, ocupando la Gallia y entrando en Hispania. 

Más sangrante resulta el hecho de que estas tribus estaban "romanizadas" y habían abrazado el cristianismo. El año 410 las tropas visigodas de Alarico arrasarán Roma. En los años siguientes, ni las fronteras ni amplias zonas internas del imperio podrán ser ya controladas por las tropas, y diversas tribus bárbaras (vándalos, suevos, alanos, burgundios, godos, visigodos, etc.) se instalarán en sus territorios de forma estable y duradera, además de atacar y arrasar algunas de ellas amplias zonas del norte de África.

Tras la muerte de Teodosio I, pues, la parte occidental del imperio se ve inmersa en un periodo turbulento que conduce al establecimiento y consolidación de los estados germánicos, que llegarán incluso con sus tropas a África, en donde arrasan varias ciudades (como es el caso de Hipona, el 430, año en que muere San Agustín, o el de Cartago, tomada probablemente sin ofrecer resistencia el 439) y ocuparán Italia, donde el 455 vuelven a arrasar Roma.

Desde entonces, el poder real de los emperadores de occidente sería escaso, estando sometidos al de los líderes de los bárbaros, verdadero poder en la sombra. El año 476, Rómulo Augusto, (al que los romanos pusieron el diminutivo de Augústulo en son de burla por su nulo poder real), usurpador del último emperador legítimo de occidente, Julio Nepote, fue depuesto por Odoacro. Es la fecha que se considera como la oficial del fin del imperio romano occidental ya que, aunque Julio Nepote sería reestablecido en el poder por Odoacro, sólo lo sería nominalmente, viviendo en realidad exiliado en Dalmatia, (donde moriría el 480, asesinado por sus propios soldados) y quedando el gobierno en manos de Odoacro.

El Imperio Romano oriental, por su parte, sobrevivirá todavía mil años más, conocido con el nombre de Imperio Bizantino, hasta su derrota ante los turcos en 1453, fecha en que toman su capital, Constantinopla. 


EL CONTEXTO SOCIOCULTURAL 

A partir del siglo III la sociedad romana entrará en una fase de crisis económica casi permanente, que llevará al empobrecimiento de la población. La ausencia de conquistas que provean de recursos económicos, el aumento de los gastos del Estado, debido a la burocratización y al aumento de las exigencias de las castas militares, las guerras civiles en relación con las luchas por el poder, que asolan los cultivos y reducen la producción, sumadas a la inseguridad de las calzadas, provocan un descenso del comercio interior y de la industria, que se quiere combatir con medidas que no harán sino agravar sus consecuencias: el aumento de impuestos, la regulación de los precios, las devaluaciones de la moneda e incluso la acuñación de moneda fraudulenta.

Por otra parte, el colapso del esclavismo, al encarecerse el precio de los esclavos debido a la ausencia de conquistas, conducirá a la implantación del colonato, con la consiguiente ruralización de la sociedad, dejando de tener la distinción entre esclavos y libres la importancia de épocas anteriores. Los colonos eran arrendatarios de tierras, por las que debían entregar al propietario o latifundista una parte de la cosecha; algunos colonos eran campesinos libres empobrecidos que cedían sus tierras al latifundista, incapaces de hacer frente a los pagos de impuestos; otros eran antiguos esclavos, liberados a cambio de asumir esa nueva forma de trabajo. El latifundista poseía así grandes extensiones de terreno y una amplia masa de colonos que trabajaban para él; a menudo disponía de ejército privado propio para mantener la seguridad en sus tierras; otros cobraban impuestos a sus colonos; en definitiva, una estructura de protección y servidumbre que prefigura el posterior feudalismo. Así, se reforzaban las diferencias sociales, que eran muy acentuadas, y que a menudo fueron causa de revueltas y conflictos. La distinción entre hombres libres y esclavos, debido a la pérdida de relevancia del papel que estos representaban en las nuevas condiciones, se reemplazará por la distinción entre Honestiores y Humiliores, que se había establecido al menos un siglo antes (con efectos jurídicos acerca de la variación de las penas a que se podría someter a las personas según el grupo al que pertenecieran).

Entre los Honestiores se incluían a las personas de rango superior, ya por el rango social que ocupaban o por la nobleza de su origen, es decir, entre quienes detentaban el poder económico y político. Entre los Humiliores se incluían a los demás estratos sociales, los plebeyos y categorías inferiores, en definitiva, a los trabajadores. Así, la estructura social se simplifica, en consonancia con las transformaciones económicas y políticas de la época.

El papel del senado durante el Bajo Imperio tiende a hacerse meramente testimonial, así como el de la asamblea. El poder recae sobre el emperador que gobierna de forma absolutista. Los senadores sólo matienen su poder e influencia en el ámbito local, pero no consiguen volver a tener el protagonismo de los tiempos de la República. Aumenta, sin embargo, el poder de la Iglesia, debido a las prerrogativas concedidas, como las donaciones por parte del estado y la exención de impuestos; junto con donaciones particulares y otras procedentes de testamentos algunas diócesis se convertirán en propietarios latifundistas equiparables a los de mayor poder. Es una época también en la que se desarrolla el monacato, que tanta importancia tendrá a lo largo de la Edad Media.

En lo que respecta al arte y a la arquitectura, la importancia del cristianismo dará lugar a la construcción de numerosas iglesias, baptisterios y basílicas. Entre ellas destacan las de Santa Sabina y la de los santos Cosme y Damián. También destacará la elaboración de mosaicos con motivos religiosos y esculturas. Las iglesias se construyen siguiendo la estructura de las iglesias romanas, de planta rectángular con dos o cuatro naves, preferentemente; pero también de planta circular, como la de S. Constanza.

En la poesía escrita en Latín destacarán Nemesiano, con sus cuatro églogas llamadas "Bucólicas", Claudio Claudiano (que fue poeta oficial de la corte de Honorio), con obras como la "Gigantomaquia" y el "Rapto de Proserpina", Macrobio, con los siete libros de la "Saturnalia" y su comentario a "El sueño de Escipión" de Cicerón, y Rutilio Namanciano, con el poema "Su regreso". En cuanto a la poesía en griego, destacrán Nonno, con el poema épico "Las dionisíacas" y Museo, autor de "Hero y Leandro". Entre los poetas cristianos cabe destacar a Ausonio, con las "Parentalia" y "Centón nupcial" y a Prudencio, con obras como "Cathemerinon" (Libro de los himnos) o la "Psychomachia" (Batalla de almas), en la que las virtudes y los vicios, personificados, combaten por el alma humana.


EL CONTEXTO FILOSÓFICO 

El ascenso del cristianismo a lo largo del siglo IV, primero con su despenalización y el reconocimiento de su actividad, por parte de Constantino I, y más tarde con su proclamación como religión única del Imperio, por parte de Teodosio I, irá modificando el panorama intelectual y filosófico del Bajo Imperio, tanto en la parte oriental como en la occidental.

Así, pese a la pervivencia de las escuelas filosóficas tradicionales, el acoso al paganismo por parte de los cristianos y la destrucción de sus templos y símbolos culturales irá poniendo en primer plano un tipo de reflexiones centradas casi en exclusiva sobre problemas morales, doctrinales y teológicos propios de la religión cristiana, cambio del que el mismo San Agustín es un claro exponente: inicialmente seguidor de Epicuro, se hace maniqueo y luego se convierte al cristianismo, desde donde combate contra las "herejías" y la filosofía "pagana". No es de extrañar, pues, que la mayoría de los nombres que podamos asociar a la actividad filosófica de finales del siglo IV y siguientes, con pocas excepciones, como la de Juliano, nos remitan a padres de la iglesia posteriormenter santificados: San Ambrosio, San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio Niseno, San Juan Crisóstomo y San Jerónimo, entre los más destacados, seguidores, muchos de ellos, de las enseñanzas de Orígenes, que había sido uno de los más destacados representantes de la Escuela de Alejandría. Su actividad se encaminaba no sólo a polemizar con la sabiduría clásica, sino también a combatir las numerosas variantes del cristianismo (como el arrianismo, el nestorianismo, el donatismo, el monofisimo, el gnosticismo, entre las más destacadas, y que tras su derrota fueron clasificadas de herejías) estableciendo una dirección doctrinal que prevaleció posteriormente, con ligeras modificaciones de segundo orden, durante los siglos posteriores, llegando muchas de ellas hasta la actualidad.


EL CRISTIANISMO Y LA FILOSOFÍA 

1. La relación de los primeros pensadores cristianos con la filosofía fue compleja. Mientras unos mostraron su hostilidad hacia la filosofía, considerándola enemiga de la fe, otros vieron en la filosofía un arma para defender con la razón sus creencias religiosas. Las características de la filosofía griega, que los latinos no hacen sino seguir, no permitían espera una fácil síntesis entre ambas. El planteamiento griego del tema de Dios, por ejemplo, se limitaba a su interpretación como inteligencia ordenadora, como causa final, o como razón cósmica, tal como aparece en Anaxágoras, Aristóteles y los estoicos, respectivamente. Los cristianos, sin embargo, por Dios entenderán un ser providente, preocupado por los asuntos humanos; un ser encarnado, que adopta la apariencia humana con todas sus consecuencias; un ser creador, omnipotente, único, pero también paternal. Y resulta difícil, por no decir imposible, encontrar tal visión de Dios en ningún filósofo griego.

2. No menor dificultad representa la adecuación de la noción de verdad del cristianismo a la de la filosofía griega; el origen divino de la verdad hace, para los cristianos, de su verdad, la verdad, a secas. Esta postura difícilmente se puede reconciliar con la tendencia griega a la racionalidad y su aceptación de los límites del conocimiento. También en el caso del hombre se parte de concepciones distintas; para los cristianos el hombre ha sido hecho a imagen de Dios y, dotado de un alma inmortal, su cuerpo resucitará al final de los tiempos (lo que supone una concepción lineal de la historia, opuesta a la concepción cíclica de los griegos), uniéndose a aquélla, siendo juzgado y mereciendo una recompensa o un castigo por su conducta (lo que supone las nociones de culpa o pecado y arrepentimiento o redención).

3. A pesar de estas dificultades, los pensadores cristianos encuentran con el platonismo (y con el neoplatonismo, pero también con algunas teorías estoicas) algunas coincidencias que les animan a inspirarse en dicha corriente filosófica para justificar, defender, o simplemente comprender su fe. Entre ellas, merecen destacarse el dualismo platónico, con la distinción de un mundo sensible y un mundo inteligible, y la explicación de la semejanza entre ambos a partir de las teorías de la imitación o la participación; la existencia del demiurgo, entidad "configuradora" del mundo sensible, (lo que, para los cristianos, lo acercaba a la idea de "creación"); y la idea de Bien, como fuente de toda realidad, identificada con la idea de Uno, lo que se interpretaba como una afirmación simbólica del monoteísmo y de la trascendencia de Dios.

4. También respecto al hombre, la afirmación de su composición dualista, alma y cuerpo, y la afirmación de la inmortalidad del alma se consideraron apoyos sólidos para la defensa de las creencias cristianas; pero también la afirmación platónica de un juicio final en el que se decide el posterior destino de las almas, aunque chocaran con el platonismo tanto la afirmación cristiana de la resurrección de los cuerpos como la de la creación del alma, inmortal, sí, pero no eterna. ingenerada.

5. Cuando San Agustín comienza la elaboración de su síntesis filosófica parte ya de una previa adaptación de la filosofía al cristianismo realizada por los pensadores cristianos de siglo III, fundamentalmente. En su obra analizará los distintos sistemas filosóficos griegos mostrando una especial admiración por Platón (pese a que, al parecer, sólo conocía el Fedón y Timeo), recibiendo una fuerte influencia del neoplatonismo así como del estoicismo, del que aceptó numerosas tesis, aclarándonos, de este modo las influencias recibidas. Por el contrario el epicureísmo, el escepticismo y el aristotelismo serán objeto de rechazo. La magnitud, la profundidad y, no obstante, la novedad de su obra le convertirán en el pensador más relevante del cristianismo, ejerciendo una influencia continuada a través de los siglos en el ámbito del cristianismo.


LA FILOSOFíA DE AGUSTÍN: LA RAZÓN Y LA FE 

No hay una distinción clara entre razón y fe en la obra de San Agustín, lo que marcará el discurrir de todo su pensamiento. Existe una sola verdad, la revelada por la religión, y la razón puede contribuir a conocerla mejor. "Cree para comprender", nos dice, en una clara expresión de predominio de la fe; sin la creencia en los dogmas de la fe no podremos llegar a comprender la verdad, Dios y todo lo creado por Dios (la sabiduría de los antiguos no sería para él más que ignorancia); "comprende para creer", en clara alusión al papel subsidiario, pero necesario, de la razón como instrumento de aclaración de la fe: la fe puede y debe apoyarse en el discurso racional ya que, correctamente utilizado, no puede estar en desacuerdo con la fe, afianzando el valor de ésta. Esta vinculación profunda entre la razón y la fe será una característica de la filosofía cristiana posterior hasta la nueva interpretación de la relación entre ambas aportada por santo Tomás de Aquino, y supone una clara dependencia de la filosofía respecto a la teología.


El conocimiento.

1. Aunque sin llegar a elaborar una teoría del conocimiento San Agustín se ocupará del problema del conocimiento, tratando de establecer las condiciones en las que se puede dar el conocimiento de la verdad, según el ideal cristiano de la búsqueda de Cristo y la sabiduría.

2. Ante el desarrollo del escepticismo defendido por la Academia nueva, con cuyas tesis había simpatizado anteriormente, San Agustín considerará fundamental la crítica del mismo. Niegan los escépticos la posibilidad de alcanzar certeza alguna. Ante ello San Agustín replica afirmando la necesaria certeza de la propia existencia: ¿puedo razonablemente dudar de mi existencia, aun suponiendo que todos mis juicios estuvieran siempre equivocados? No, dice San Agustín, ya que aun en el caso de que me engañarse no dejaría de existir (al menos el juicio "si fallor, sum" sería siempre verdadero, asegurando la certeza de mi existencia); pero la certeza es triple, ya que el hombre existe, vive y entiende.

3. En ese conocimiento cierto que tiene la mente de sí misma y por sí misma, en la experiencia interior, asentará San Agustín la validez del conocimiento. Así, no puedo dudarde la certeza de los principios del entendimiento, como el principio de no contradicción; ni de la certeza de las verdades matemáticas. Tampoco puedo dudar de la certeza de la realidad exterior, en la que vivo. No obstante la mente, buscando la verdad en sí misma, se trascenderá a sí misma al encontrar en ella las ideas, verdades inmutables que no pueden proceder de la experiencia.

4. Distinguirá San Agustín varios tipos de conocimiento, asegurada su posibilidad: el conocimiento sensible y el conocimiento racional; el conocimiento racional, a su vez, podrá ser inferior y superior. El conocimiento sensible es el grado más bajo de conocimiento y, aunque realizado por el alma, los sentidos son sus instrumentos; este tipo de conocimiento sólo genera en mí opinión, doxa, tipo de conocimiento sometido a modificación, dado que versa sobre lo mudable (puede observarse la clara dependencia platónica del pensamiento agustiniano); al depender del objeto (mudable) y de los sentidos (los instrumentos) cualquier deficiencia en ellos se transmitirá al conocimiento que tiene el alma de lo sensible. El verdadero objeto de conocimiento no es lo mudable, sino lo inmutable, donde reside la verdad. Y el conocimiento sensible no me puede ofrecer esta verdad.

5. El conocimiento racional, en su actividad inferior, se dirige al conocimiento de lo que hay de universal y necesario en la realidad temporal, y es el tipo de conocimiento que podemos llamar ciencia (como los conocimientos matemáticos). Ese tipo de conocimiento depende del alma, pero se produce a raíz del "contacto" con la realidad sensible, siendo ésta la ocasión que permite que la razón origine tales conocimientos universales.

6. El conocimiento racional, en su actividad superior, es llamado por San Agustín sabiduría; es el auténtico conocimiento filosófico: el conocimiento de las verdades universales y necesarias, las ideas, siguiendo a Platón. Hay, pues, una gradación del conocimiento, desde los niveles más bajos, sensibles, hasta el nivel más elevado, lo inteligible, la idea: "Las ideas son formas arquetípicas o esencias permanentes e inmutables de las cosas, que no han sido formadas sino que, existiendo eternamente y de manera inmutable, se hallan contenidas en la inteligencia divina" (Quaestio XLVI, De ideis, 2).

7. Las ideas se encuentran, pues, en la mente de Dios. ¿Cómo se alcanza el conocimiento de las ideas? Dado su alejamiento de lo sensible, realidad en la que se encuentra el hombre, las ideas sólo se pueden conocer mediante una especial iluminación que Dios concede al alma, a la actividad superior de la razón. El verdadero conocimiento depende, pues, de la iluminación divina. ¿Cómo interpretar esta iluminación? Según la llamada interpretación ontologista la iluminación significaría que el alma contempla directamente las ideas o esencias en la mente divina, lo que plantea problemas teológicos, dado que de alguna manera el alma contemplaría la esencia divina.

8. Otras intrpretaciones conciben la iluminación como un poder que Dios concede a la razón, una virtud especial por la que el alma queda capacitada para alcanzar por sí misma las verdades eternas, pero que el alma no posee por naturaleza. Para otros la explicación nos la daría el símil que establece Platón entre el sol y el Bien: la idea de Bien ilumina todas las demás realidades permitiendo que sean captadas (presentándose así como la fuente del ser  y del conocimiento).


Antropología y  Psicología.

1. El ser humano es un compuesto de cuerpo (materia) y alma (forma). Por supuesto que la realidad más importante es el alma, dentro de la más estricta tradición platónica, concibiendo el cuerpo como un mero instrumento del alma. El alma es una sustancia espiritual y, tal como nos la presenta Platón en el Fedón, simple e indivisible. Asume todas las funciones cognoscitivas de las que la más importante será la realizada por la razón superior, ya que tiene como objeto la sabiduría (y es en ella en donde se da la iluminación). Además de las funciones propias de la inteligencia le corresponden también las de la memoria y la voluntad, adquiriendo ésta última un especial protagonismo en su pensamiento, al ser considerada una función superior al entendimiento.

2. El alma es inmortal, pero a diferencia de lo que ocurría en el platonismo no es eterna. Los argumentos para defender la inmortalidad proceden del platonismo: siendo el alma de naturaleza simple no puede descomponerse, ya que no tiene partes; por lo que ha de ser indestructible, inmortal. Por lo que respecta a la explicación de su origen San Agustín oscila entre dos posiciones: el creacionismo y el generacionismo o traducianismo. Según la primera Dios crearía el alma con ocasión de cada nuevo nacimiento de un ser humano (lo que plantearía problemas a la hora de explicar el pecado original ¿Crearía Dios almas imperfectas, manchadas por el pecado original?).

3. Según la otra teoría el alma se transmitiría de padres a hijos al ser generada por los padres, igual que éstos generan el cuerpo (de este modo se podría explicar la transmisión del pecado original, pero plantearía el problema de la unidad y simplicidad del alma individual ¿Transmitirían los padres una parte de su alma a sus hijos? ¿Quedaría entonces la suya fragmentada? etc.)


Dios.

1. El tema que más ocupa a San Agustín es el tema de Dios. Su filosofía es predominantemente una teología, siendo Dios no sólo la verdad a la que aspira el conocimiento sino el fin al que tiende la vida del hombre, que encuentra su razón de ser en la beatitud, en la visión beatífica de Dios que alcanzarán los bienaventurados en la otra vida, para cuya obtención será necesario el concurso de la gracia divina.

2. San Agustín no se preocupa, sin embargo, de elaborar pruebas sistemáticas de la existencia de Dios, aunque propone diversos argumentos que ponen de manifiesto su existencia, haciéndolo con esa estricta intención. Entre ellos se encuentran los que, a partir del orden observable en el mundo, concluyen la existencia de un ser supremo ordenador, o los basados en el consenso, que recalcan la universalidad de la creencia en dioses por parte de todos los pueblos conocidos.

3. También encuentra a Dios en el interior del hombre, a donde San Agustín acostumbra a dirigirnos para encontrar en nosotros la verdad. Es precisamente por ese camino por el que vamos a encontrar la que suele considerar con propiedad la demostración de la existencia de Dios a partir de las ideas o verdades eternas: el fundamento de tales verdades inmutables no puede estar en las cosas creadas, que son cambiantes, sino que ha de estar en un ser inmutable y eterno, a su vez, es decir, en Dios.

4. Respecto a la creación, es el resultado de un acto, libre, de Dios. No obstante, las esencias de todas las cosas creadas se encontraban en la mente de Dios como ejemplares o modelos de las cosas, tanto de las creadas en el momento original como de las que irían apareciendo con posterioridad, es decir, de todo lo posible, pero no existente todavía. Es el llamado ejemplarismo, que se complementa con la teoría, de origen estoico, de las rationes seminales. Los seres materiales se componen de materia y forma, pero no todos han sido creados en acto desde el principio del mundo. En el momento de la creación Dios depositó en la materia una especie de semillas, las rationes seminales, que, dadas las circunstancias necesarias, germinarían, dando lugar a la aparición de nuevos seres que se irían desarrollando con posterioridad al momento de la creación.

5. En el acto de la creación Dios crea, pues, unos seres en acto y otros en potencia, como rationes seminales, por lo que todos los seres naturales habrían sido creados desde el principio del mundo, aunque no todos existirían en acto desde el principio.


Ética y política. 

1. La ética agustiniana, aunque inspirada directamente por los ideales morales del cristianismo, aceptará elementos procedentes del platonismo y del estoicismo, que encontramos también en otros aspectos de su pensamiento. Así, compartirá con ellos la conquista de la felicidad como el objetivo o fín último de la conducta humana; este fin será inalcanzable en esta vida, dado el caracter trascendente de la naturaleza humana, dotada de un alma inmortal, por lo que sólo podrá ser alcanzado en la otra vida.

2. Hay aquí una clara similitud con el platonismo, mediante la asociación de la idea de Bien con la de Dios, pero prevalece la inspiración cristiana al considerar que la felicidad consistiría en la visión beatífica de Dios, de la gozarían los bienaventurados en el cielo, tras la práctica de la virtud. Además, hay que tener en cuenta que es necesaria la gracia de Dios para poder alcanzar tal objetivo, lo que hace imposible considerar la salvación como el simple efecto de la práctica de la virtud, (entre otras cosas por la imperfección de la naturaleza humana que supone el pecado original), y planteará no pocos problemas teológicos, recurrentes a lo largo de la historia del cristianismo.

3. Respecto al problema de la existencia del mal en el mundo (si Dios es la suma Bondad ¿por qué lo permite?) la solución se alejará del platonismo, para quien el mal era asimilado a la ignorancia, tanto como del maniqueismo, para quien el mal era una cierta forma de ser que se oponía al bien; para San Agustín el mal no es una forma de ser, sino su privación; no es algo positivo, sino negativo: carencia de ser, no-ser. Todo lo creado es bueno, ya que el ser y el bien se identifican.

4. En cuanto a la sociedad y la política, San Agustín expone sus reflexiones en La ciudad de Dios, obra escrita a raíz de la caída de Roma en manos de Alarico y de la desmembración del imperio romano. Los paganos habían culpado a los cristianos de tal desastre, argumentando que el abandono de los dioses tradicionales en favor del cristianismo, convertido desde hacía tiempo en la religión del imperio, había sido la causa de la pérdida del poder de Roma y de su posteiror destrucción. En esa obra San Agustín ensaya una explicación histórica para tales hechos partiendo de la concepción de la historia como el resultado de la lucha de dos ciudades, la del Bien y la del Mal, la de Dios y la terrenal, de la luz y de las tinieblas.

5. La ciudad de Dios la componen cuantos siguen su palabra, los creyentes; la terrenal, los que no creen. Esa lucha continuará hasta el final de los tiempos, en que la ciudad de Dios triunfará sobre la terrenal, apoyándose San Agustín en los textos sagrados del Apocalipsis para defender su postura. De hecho, la oposición señalada será utilizada posteriormente para defender la prioridad de la Iglesia sobre los poderes políticos, exigiendo su sumisión, lo que ocurrirá en la alta edad media. Asegurada esa dependencia, San Agustín aceptará que la sociedad es necesaria al individuo, aunque no sea un bien perfecto; sus instituciones, como la familia, se derivan de la naturaleza humana, siguiendo la teoría de la sociabilidad natural de Aristóteles, y el poder de los gobernantes procede directamente de Dios.



on Sunday, March 27, 2011
La angostura y pobreza de nuestros conceptos a menudo nos impiden ser flexibles en el diálogo y comprender a los demás. Con frecuencia en los debates públicos, por ejemplo, unos acusan de intolerantes a quienes consideran injustificables sus ideas o actitudes. «Tú eres dueño de sostener las ideas que desees, pero no intentes imponerlas a los demás». «Nadie te obliga a cambiar de opinión ni actitud. Pero es demasiado pretender convertir en exigencia pública lo que es una mera convicción o creencia privada».

Frases de este tipo se dicen a menudo como algo consabido e incuestionable. Por si fuera poco, a todo el que muestra entusiasmo al defender una convicción se le reprocha que pretende «imponerla» a otros de forma intolerante.

Sentir entusiasmo por algo significa que uno se ve muy enriquecido por ello y desea conservarlo como una fuente de plenitud y felicidad. Defenderlo no significa imponerlo, sino querer vivirlo y compartirlo con otras personas. Ese deseo no tiene carácter coactivo, sino participativo. Un valor no se impone nunca; atrae. Quien participa de algo valioso tiende naturalmente a sugerir a otros que se acerquen al área de imantación de tal valor. El resto lo hace el valor mismo, que, si tienen la sensibilidad adecuada, acaba atrayéndolos.

Quien se entusiasma con algo que juzga valioso y lo defiende tenazmente, sin duda está dispuesto a cambiar de opinión si alguien le convence con razones de que se trata de una ilusión falsa. Entusiasmarse no equivale a exaltarse. Si pienso que la vida humana merece un respeto incondicional, de forma que cualquier problema que se suscite por la vida naciente ha de ser resuelto sin ponerla en juego, y manifiesto esa convicción en privado o en público, no soy intolerante con quienes opinen de otro modo.


CUÁNDO ES VÁLIDO UN PUNTO DE VISTA

Existen varias formas de tolerancia. En el plano fisiológico, tolerar indica que se soporta un dolor o una incomodidad, significa aguantar. En el trato personal hay también varias formas: pensemos por ejemplo en la relación de un padre con un hijo que pasa las noches fuera de casa y llega de madrugada; para evitar una confrontación lo tolera, transige.

Finalmente, en el terreno de las ideas y opiniones, cabe preguntarse si, para ser tolerante, hemos de aceptar todas las opiniones que puedan verterse en un debate. Hoy suele considerarse obvio e incontrovertible que toda opinión es digna de respeto y se tacha de intolerante a quien afirme lo contrario. ¿Es justo tal reproche?

Una opinión es respetable, honorable, digna de estima, si responde al papel de una persona en su comunidad. Al hablar, actuar, escuchar, escribir o realizar cualquier acción dirigida a los demás, debemos cuidar que nuestra actividad colabore a la edificación de la vida común. A menudo se dice que cada uno ve la realidad desde su propia perspectiva y aporta siempre un punto de vista peculiar, tan válido como el de cualquier otro el llamado perspectivismo. En un plano de la realidad esto es verdad, en otros no.

Si dos personas contemplan una sierra desde vertientes distintas, tendrán vistas diferentes y ninguna podrá considerarse la única aceptable y válida. Ambas obtendrán escorzos igualmente legítimos y fecundos en orden a un conocimiento completo de esa realidad.

Pero ascendamos a un modo de contemplación más complejo, por ejemplo, el estético. Aquí, las condiciones son más sutiles. Necesitamos una preparación adecuada para que nuestra experiencia estética sea auténtica.

Muchos podemos contemplar El entierro del Conde de Orgaz, la genial pintura del Greco. Las diferentes perspectivas serán justas, pero la visión estética del cuadro sólo vendrá de quien previamente haya cultivado su sensibilidad. ¿Por dónde empezar a contemplarlo? ¿Qué función artística ejercen el amarillo sulfuroso del manto de san Pedro y el azul del de María? ¿A qué responde que el artista acumule varias cabezas de caballeros castellanos por encima de la de san Agustín?

Los legos en estética no sabrán contestar estas preguntas. No cabe decir que cualquier forma de ver el cuadro es igualmente válida. Y no nos tacharían de intolerantes por sostenerlo.

Aunque en gustos no hay nada escrito, es cierto que el gusto necesita cultivarse. Si una persona formada estéticamente emite un juicio sobre una obra de arte, su opinión estará mejor fundamentada aunque contradiga la nuestra.

Por eso es justo no prestar oídos a quien, carente de toda sensibilidad estética, manifiesta aversión hacia una obra de calidad. Lo respetaremos, pero evitaremos dedicar tiempo a un juicio poco serio y mal fundamentado. Los distintos aspectos de la vida exigen cumplir determinadas exigencias, de lo contrario, no se logran ciertos objetivos en cuanto a conocer, sentir, amar y crear.

Para dialogar, lógicamente, deben cumplirse los requisitos de todo diálogo auténtico, distinto de dos monólogos alternantes. Si al hablar conmigo alguien me encuentra agresivo, impaciente, poco o nada acogedor, tendrá derecho a abandonar la conversación. No podré acusarle, por ello, de intolerante.

Sin embargo, hoy es frecuente oír: «esta es mi opinión, mi verdad, usted quédese con la suya». Con ello se da por supuesto que la verdad es relativa a cada sujeto porque depende de él. ¿Es esto aceptable? La creatividad artística arroja luces al respecto, veamos por qué.


CREATIVIDAD COLECTIVA

A solas, nadie puede ser creativo. Aun la persona mejor dotada del universo debe contar con realidades distintas y, en principio, externas, extrañas, ajenas. Al entrar en relación colaboradora con ellas, dejan de ser distantes, ajenas y extrañas para tornársele íntimas, sin dejar de ser distintas. Con ello se instaura un campo de juego entre nosotros, y surge el sentido y la belleza.

La belleza del Partenón se alumbra cuando una persona sensible a los valores artísticos entrevera su ámbito de vida con el de esa realidad. La belleza no se halla en la obra ni en el sujeto. Surge dinámicamente entre ambos cuando se da una donación mutua de posibilidades. La belleza debe ser considerada, por tanto, un fenómeno relacional, no relativista.

Quien no vive el arte de forma relacional no entra en el campo de juego donde se alumbra la belleza. Decirlo es constatar un hecho que responde a una ley del desarrollo humano, la ley de la dualidad: «Toda forma de creatividad humana es siempre relacional; requiere dos o más realidades que entren en colaboración».

La creatividad siempre es abierta, relacional, dialógica. No lo olvidemos, porque esa ley de la naturaleza nos da una clave para entender a fondo, lúcidamente, lo que es e implica la verdadera tolerancia.

La auténtica tolerancia no es mera permisividad; no implica indiferencia ante la verdad y los valores; no supone aceptar la verdad de cada uno ni su forma propia de pensar por el hecho de pertenecer a una generación u otra; no se reduce a afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no se les preste la menor atención.

Quien se proclama respetuoso con otra persona sin prestar la debida atención para descubrir la parte de verdad de su discurso es indiferente, no tolerante, que supone una actitud muy distinta: respetar al otro, estimarlo.


SEPARAR EL TRIGO DE LA PAJA

Para ser tolerantes debemos partir de una convicción decisiva: la inteligencia humana es portentosa, sobrecogedora, pero limitada. Dada su condición temporal, el ser humano no puede encontrar la verdad toda, aunque sí toda la verdad específica de algo. De modo semejante a como puedo encontrar en la calle a Juan, pero no a Juan con la diversidad de vertientes que implica. Cierto, cuando saludo a Juan veo toda su persona no sólo sus manos o sus ojos, pero no su persona en su trama entera de implicaciones. Necesito más de un encuentro para conocer los diversos aspectos de su personalidad.

No llegamos a la verdad de repente ni a solas, se requieren diversos contactos con cada realidad, en distintos momentos y lugares, necesitamos complementar nuestros esfuerzos y perspectivas. Tanto más, cuanto mayor sea la riqueza y complejidad de la realidad que deseamos conocer.

Con este convencimiento, no sólo aguantaré a quien defienda una posición distinta de la mía, sino que agradeceré que converse conmigo y pondré empeño en descubrir lo que pueda ofrecerme de valioso. Así, la discusión no degenerará nunca en disputa.

En la antigua Roma, discutir era mover el cedazo para separar el trigo de la paja. Disputar no es buscar la verdad, sino el propio enaltecimiento. En la auténtica discusión se concede al otro un espacio de libertad para moverse con holgura y mostrar la posible razón que le asiste.

En la disputa no se atiende a la posible validez de otras opiniones; se defiende la propia como cuestión de honor, con una fiereza que no es tenacidad sino terquedad. Por eso degenera rápidamente en fanatismo. Si quiero ser fiel a una doctrina o conducta y defenderla con entusiasmo, debo estar dispuesto a asumir lo que otras posiciones puedan encerrar de relevante para la vida de todos.

Para tolerar es decisivo comprender que el dominio y posesión sólo se dan en el plano de los objetos y los procesos fabriles, no en el de las realidades superobjetivas (ámbitos) obras de arte, personas, instituciones, valores. En este nivel, las experiencias no son de tipo lineal, sino reversibles. El intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella; no la domina ni es dominado por ella.

En las experiencias reversibles nadie domina, porque el dominio es muy pobre en cuanto a creatividad. Todos desean, más bien, configurar y ser configurados. Buscan tener autoridad [1] , no simple mando. Esta es la actitud tolerante por excelencia. En un diálogo, el verdadero conversador no intenta dominar, sino perfeccionar su propia mente y actitud ante la vida exponiendo sus puntos de vista y acogiendo atentamente otras perspectivas distintas.

La cuestión decisiva será, en consecuencia, descubrir cómo convertir nuestra existencia en una trama de experiencias reversibles. Para lograr esta meta se requiere seguir un proceso formativo en cinco fases que esbozo a continuación [2] .


5 FASES DEL PROCESO FORMATIVO

1. Distinguir entre objetos y ámbitos

Una persona no es sólo su cuerpo. Es un centro de iniciativa; con deseos, ideas, sentimientos, proyectos; crea vínculos de todo orden; asume su destino; presenta una vertiente objetiva, corpórea, pero supera toda delimitación; abarca cierto campo en diversos aspectos: biológico, estético, ético, profesional, religioso Es todo un «ámbito de vida» o, dicho con la filosofía actual, es un «ser-en-el-mundo» que para desarrollarse y ser creativo necesita las posibilidades que le ofrece el entorno.

Quien acepta la realidad como un gran campo de posibilidades donde ha de crecer como persona, se esfuerza por conceder a cada realidad todo su rango. Distingue, por ello, cuidadosamente los «objetos» y los «ámbitos». Objeto es una realidad mensurable, situable, ponderable, delimitable, asible Un ámbito es una realidad que abarca cierto campo en diversos aspectos, capaz de ofrecer y recibir posibilidades.

Esta distinción es decisiva para comprender a fondo la vida humana y la educación en la tolerancia, porque los ámbitos hacen posibles las experiencias reversibles, entre las que descuellan las experiencias de encuentro.

2. Asumir la importancia de la creatividad

Las experiencias reversibles son muy importantes en la vida humana porque implican siempre alguna dosis de creatividad: el poeta troquela el lenguaje y el lenguaje nutre al poeta, el intérprete configura la obra musical y esta modela su actividad El hombre madura como persona a medida que realiza más experiencias reversibles y menos experiencias lineales que van del sujeto al objeto y suponen que el primero se imponga a la realidad circundante.

Al estudiar a fondo estas experiencias se advierte la posibilidad de convertir lo distinto-distante en distinto-íntimo, y resolver el problema de conjugar la libertad y las normas, la autonomía y la heteronomía. Como cuando se memoriza una canción y se repite una y otra vez, fraseándola de modo diferente y cambiando el ritmo, hasta que se siente como una voz interior. La canción sigue siendo distinta, pero ya no es distante, ni externa, ni extraña. Constituye un impulso íntimo que sirve de norma de acción y de cauce a la libertad interpretativa.

Al hacerse cargo, íntimamente, de la importancia de las experiencias reversibles para la vida, se descubre la inagotable fecundidad de la forma relacional de pensar. La belleza de una canción o un poema no reside en el poema mismo (lo que sería una interpretación «objetivista»), ni en el sujeto que lo interpreta (interpretación «subjetivista» o «relativista»;brota en el acto de ser interpretados; es fruto, por tanto, de la interacción fecundadora de objeto y sujeto, vistos ambos como fuentes de posibilidades.

El pensamiento relacional no fija la atención en el objeto ni en el sujeto; mantiene la mirada en suspensión para verlos a ambos en la relación que los une y enriquece mutuamente.

Esta atención comprehensiva es capaz de ver como perfectamente lógicas ciertas características de nuestra vinculación a los demás que a menudo se consideran «paradójicas». Léase con atención el texto siguiente, escrito por un eminente psicólogo. Tras destacar tres pares de conceptos «paradójicos» (fuerza-debilidad, identidad-diferencias, singularidad-universalidad), escribe:

“Te reconozco, acepto y respeto como un tú personal y por eso me siento «fuerte» para tolerarte, aun a riesgo de aparecer «débil», en ocasiones, ante los demás o ante ti; pero, a la vez, yo no puedo renunciar a que tú me reconozcas, me aceptes y me respetes como persona y me toleres-soportes igualmente. Y si yo te acepto en tus diferencias y singularidades, es porque me sitúo en un espacio de identidad humana y de valores universales, que las asumen-trascienden a la vez; pero entonces, aun en el caso de que tu intolerancia no lo reconociese, mi actitud tolerante es capaz de estar en permanente apertura en ese punto de encuentro humano, arquetípicamente «inmanente» y que «nos trasciende» a ambos”. [3]

3. Entreverar ámbitos

El fruto de las experiencias reversibles es el encuentro, acontecimiento que está en la base de todo proceso humano de desarrollo. El encuentro no viene dado por la mera vecindad física; supone un entreveramiento de dos realidades que no son meros objetos, sino ámbitos. Entreverarse significa ofrecerse mutuamente posibilidades de acción y enriquecerse.

Para realizar un auténtico encuentro deben cumplirse diversas condiciones: adoptar una actitud de generosidad, respeto y estima; abrirse al otro con actitud de disponibilidad, vibrar con él, es decir, mostrar auténtica simpatía; ser veraz, sincero, fiel, paciente, tenaz…; compartir ideales elevados.

Estas son también condiciones de la creatividad toda forma humana de creatividad se da a través de algún tipo de encuentro, por eso vale denominarlas virtudes: modos de comportarse que hacen posible y fácil crear encuentros, es decir, formas valiosas de unidad.

4. Rechazar el vértigo de la fascinación

El proceso que conduce al encuentro es llamado desde antiguo «éxtasis», ascenso a lo mejor de sí mismo. Este acontecimiento el encuentro puede ser anulado por la entrega al «vértigo», un proceso de fascinación que no exige nada al hombre, le promete todo y acaba quitándoselo todo. El vértigo de la ambición de poder y dominio parece garantizar una posición de supremacía y acaba asfixiando a quien se entrega a su embrujo [4] .

5. Descubrir la riqueza

Quien sigue el proceso que lleva al encuentro va descubriendo por sí mismo la riqueza que encierran para su vida las distintas formas de unidad. Este descubrimiento le hace ver con toda sencillez la fecundidad que presenta una conducta ética recta, ajustada a las exigencias de la realidad. Tal fecundidad se debe a los valores, que no son otra cosa más que posibilidades de actuar con pleno sentido. Y como los auténticos valores atraen, no procede imponer su realización, y tanto más cuanto más altos son. Con razón afirmó Tertuliano que «no es propio de la religión obligar a la religión».

Comprender a fondo este proceso constituye además un foco de luz para orientar rectamente la propia vida e interpretar qué ocurre en la sociedad contemporánea.


LA TOLERANCIA SE DA EN EL ENCUENTRO

La verdadera tolerancia implica una forma de encuentro. No es sólo aguantarse mutuamente para garantizar un mínimo de convivencia. Va más allá: intenta captar los valores positivos de la persona tolerada a fin de que ambas se enriquezcan.

Esta forma de entender la tolerancia sólo es posible si se ha cultivado el arte de jerarquizar debidamente los valores. Cuando se considera que el encuentro presenta un valor altísimo porque permite al hombre alcanzar el ideal de la unidad se está en disposición de dialogar con personas o grupos que sostienen ideas y conductas distintas, incluso extrañas a las propias.

El valor supremo, el que decide nuestra conducta, no viene dado en este caso por el carácter confiado de lo que nos es próximo y afín, sino por la capacidad de crear auténticas formas de encuentro y buscar la verdad en común. Esta búsqueda y ese encuentro exigen respeto, entendido positivamente como estima, aprecio del valor básico del otro, en cuanto persona, y de los valores que pueda albergar. Esa estima se traduce en colaboración, oferta de posibilidades en orden a un mayor desarrollo de la personalidad.

Quien de verdad es tolerante no es un espíritu blando que se pliega ante cualquier idea o conducta porque en el fondo no se compromete de verdad con ninguna. Es una persona entusiasmada con ciertos principios, orientaciones e ideales que defiende con vigor. Sabe que la vida es un certamen y compite con fuerza, pero acepta gustosamente al adversario y se esfuerza por verlo en toda su gama de implicaciones y matices.

Lo contrario de este modo de ver comprehensivo y respetuoso es el reduccionismo, que rebaja a las personas y grupos a algo poco relevante o incluso aversivo. Tal envilecimiento es el presupuesto para el ataque. Se dice que los boxeadores, antes del combate, no quieren oír nada relativo a la vida personal de su contrincante. Es comprensible: para atacar necesitan reducirlo a mero adversario, a obstáculo en el camino del triunfo.


ATENERSE A LA REALIDAD

De aquí que cultivar el «pensamiento débil» sin hondura ni la debida fundamentación, aceptar el «relativismo cultural» rehuir a compromisos firmes al pensar que todo punto de vista es igualmente válido, fomentar el escepticismo negar la posibilidad de alcanzar la verdad y exaltar el subjetivismo recluir al hombre a su soledad no ponen las bases de una mayor tolerancia; al contrario, avivan la intolerancia y el dogmatismo.

Sólo si reconozco, con Gabriel Marcel, que «lo más profundo que hay en mí no procede de mí», y me esfuerzo por clarificar la verdad de cuanto me rodea y la mía propia, supero el ansia de dominar que inspira las diversas formas de opresión dictatorial.

Es muy peligroso para toda sociedad carecer de convicciones sólidas por falta de capacidad para ahondar en la realidad o de voluntad para hacerlo debido a ciertos prejuicios antimetafísicos o como se dice hoy enfáticamente «posmodernos». La única garantía de libertad interior para hombres y pueblos viene dada por la decisión de atenerse a la realidad que nos sostiene a todos.

Renunciar a la metafísica al estudio de la realidad es alejarse de nuestras raíces y quedar desvalidos ante el poder del más fuerte. Los castillos de bellas palabras acerca de la solidaridad y la tolerancia edificados por los partidarios de una vida intelectual «débil» se vendrán abajo con un simple golpe de astucia por parte de los prestidigitadores de conceptos. La actitud de tolerancia y solidaridad sólo puede ser estable cuando conocemos las exigencias de nuestra realidad personal y decidimos cumplirlas.

En esta línea se mueve el dirigente político y pensador Václav Havel cuando escribe: «No debería existir un abismo entre la política y la ética. () La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando el hombre comienza a tolerar el mal».

Una sociedad que descuida la educación de las personas en la creatividad y los valores no puede ser tolerante. Este tipo de formación exige el previo cultivo de las tres cualidades básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud y profundidad. Bien entendida, la tolerancia implica madurez espiritual, y esta no se logra con el mero exigir unos «mínimos de convivencia».


ANTÍDOTOS CONTRA LA MANIPULACIÓN

A este concepto de tolerancia como voluntad de buscar la verdad en común se opone la manipulación, que tiende a anular en las personas la capacidad de pensar por propia cuenta. Mientras que la tolerancia construye al promover el poder de iniciativa de los demás en cuanto a pensar y decidir, la manipulación destruye, porque juega con los conceptos y las palabras, lo tergiversa todo, siembra el desconcierto en las personas y las priva de libertad interior.

Para enfrentar con éxito la manipulación, debemos recurrir a tres medidas:

Estar alerta y saber qué es manipular, quién manipula, para qué y cómo lo hace.

Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando el lenguaje de modo preciso.

Desarrollar nuestras posibilidades creativas en todos los órdenes: deportivo, ético, estético, profesional, religioso

Necesariamente, estas tres medidas culminarán en un cambio de actitud ante la vida y, por tanto, en un cambio de ideal. El ideal del dominio y la posesión debe ser sustituido por el ideal de servicio.

Charles Chaplin, dotado de poderosa intuición, subraya la necesidad de superar la práctica ambiciosa de la manipulación mediante la adopción de una actitud tolerante.

Después de encarnar papeles antagónicos un judío perseguido y «el gran dictador», el genial cineasta acaba convirtiendo al dictador en el portavoz de un mensaje de esperanza. No habla desde el rencor producido por los trágicos sucesos de los Doce Años. Se expresa desde ese lugar secreto donde habita lo mejor del ser humano, la capacidad de perdón, la preocupación por abrir a todos los pueblos vías de dignidad y felicidad.

«No pretendo gobernar ni conquistar a nadie proclamó Chaplin. Me gustaría ayudar, si fuera posible, a judíos y gentiles, negros y blancos». No reclama venganza contra los culpables del horror de los campos de exterminio. Pide unidad, unión en la lucha por «un mundo mejor en que los hombres estarán por encima de la codicia, del odio y de la brutalidad». Para ello debemos elevar el espíritu, situarnos en un nivel superior de pensamiento y de conducta.
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[1] Recuérdese que autoridad proviene del latín augere (promocionar), del que se deriva auctor y auctoritas.

[2] Una exposición amplia de estas fases puede verse en mi obra Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores. BAC. Madrid, 1999. O también Cómo lograr una formación integral. San Pablo. Madrid, 1997 y Manual de formación ética del voluntario. Rialp. Madrid, 1998.

[3] Antonio Vázquez Fernández. «Educación para la paz, la tolerancia y la convivencia» en Tolerancia y fe católica en España. Universidad Pontificia. Salamanca, 1996. pp. 210-211.

[4] Cfr. Inteligencia creativa Op. cit.


Por Alfonso López Quintás, 10 septiembre, 2003
Fuente:  REVISTA ISTMO

on Thursday, March 24, 2011
A veces me pregunto cómo es posible que los jóvenes no se rebelen contra la imagen que de ellos ofrecen muchos medios de comunicación. El caso es que su imagen queda siempre por los suelos, ya que ligan a la juventud con todos los registros posibles del desencanto: violencia, alcohol, drogas de diseño, uso irresponsable del sexo y un único y continuado afán por pasárselo bien. Esta pátina hedonista en la que destaca la falta de responsabilidad ha deformado una etapa de la vida por la que han suspirado todos los hombres sabios de la tierra desde la antigüedad hasta nuestros días, convencidos de que es durante la juventud cuando se forjan los auténticos valores que dan sentido al resto de nuestros días.

Hace unas semanas me topé con un viejo misionero que había vuelto a España después de treinta años ininterrumpidos en las selvas de Burundi. Su regreso tenía como propósito encontrar fondos para construir una escuela. “He visitado numerosos colegios e institutos”, me confesaba, “con la nostalgia de cuando yo me sentaba en aquellos mismos pupitres”. Fue el ímpetu de su juventud el que le empujó —después de escuchar el testimonio de otro anciano misionero— a dejarlo todo para jugarse la vida a una carta en el continente africano. “Sin embargo, en esta ocasión no he encontrado un solo chaval que sueñe con hacer de su vida una aventura. Sólo les interesa lo inmediato, lo seguro, su bienestar. A lo máximo que aspiran es a disfrutar del fin de semana, de las vacaciones”, se sinceraba.

El religioso les había relatado, con todo lujo de detalles, su experiencia en primera persona durante el genocidio de los Grandes Lagos, cuando pese al riesgo que corría decidió jugar su destino junto a la población masacrada. “Pensé que les interesaría conocer cómo hemos logrado superar el odio, pero no. La mayoría de los chicos y chicas que me escuchaban estaban pendientes del reloj”.

La juventud es la puerta de entrada a la edad adulta y en ella nos demoramos más o menos tiempo, dependiendo de numerosos factores que adelantan o retrasan el enfrentamiento con una realidad que, muchas veces, tiene poco que ver con el mundo idealizado en el que tanto tiempo estuvimos detenidos. Tal vez por eso, como me recordaba el misionero, en los países pobres la juventud apenas dura unos años mientras que en occidente se extiende durante buena parte de la vida.

La juventud es una catarsis sobre la infancia, porque nos desvela un mundo nuevo y cegador más allá del velo de la inocencia. Los jóvenes descubren una realidad en la que también hay matices oscuros que antes ni siquiera imaginaban. Al mismo tiempo, se saben dueños de una libertad que no es fácil aprender a manejar.

El joven suelta la mano del niño que fue al tiempo que el corazón le reclama ideales que den contenido a su existencia. A la fuerza quiere convertirse en voz de la justicia, en herramienta para la solidaridad, en consejero de sus amigos… Considera que esas metas son las únicas que de verdad merecen la pena. Es entonces cuando busca líderes que las representen. Porque la juventud no deja de ser un periodo de aprendizaje en el que son básicos unos referentes adecuados.

Quizás sea este el problema al que se enfrentó el misionero de Burundi: la mayoría de los jóvenes con los que se encontró carecen de esos referentes, más allá de un jugador de fútbol que se ha convertido rápidamente en millonario o de una estrella del show business que muestra una vida de cartón piedra. A fin de cuentas, la juventud actual se desenvuelve en un periodo incierto: en muchos hogares falta la figura paterna e incluso la materna por la desestructuración familiar y por las dificultades para conciliar trabajo y hogar. Muchos adolescentes llegan del instituto a una casa desierta en la que la única compañía es un televisor que no respeta horarios para menores.

Fenómenos de masas como las dos entregas de “High school musical” demuestran que los jóvenes se entusiasman cuando les presentamos personajes en los que se pueden ver justamente representados. Estas películas para la televisión de la factoría Disney han desbordado los mejores augurios de la multinacional norteamericana, que ha encontrado un filón despreciado por otras cadenas. Llegada la hora de elegir, muchos jóvenes prefieren divertirse con una pandilla en la que reina el espíritu de lucha a la hora de conseguir una meta atractiva (cantar y bailar en la fiesta de fin de curso del instituto), por más que para lograrlo deban superar numerosas dificultades, desde las malas artes de algunos de sus compañeros a la burla de aquellos a quienes les cuesta reconocer un talento singular como el del protagonista, capaz de jugar al baloncesto como el mejor, cantar, bailar y enamorarse de la alumna tímida, recién llegada al high school.

La ventaja de este tipo de películas frente a las series en teoría “diseñadas” para jóvenes, es que los estereotipos no tiran a la baja, es decir, que los líderes a admirar, los referentes, no son muchachos indolentes, mal hablados, desapasionados y conflictivos, sino todo lo contrario, lo que confirma una preocupación ya manifestada en algunos países anglosajones y en la vecina Francia a la hora de recuperar lo que conocemos como “valores tradicionales” en la escuela y la familia.

La educación en el esfuerzo y el respeto, el principio de autoridad, la responsabilidad personal o el regreso a los buenos modales no corresponden a una época pasada, arcaica, superada, sino que son los armazones indispensables para que el joven pueda adquirir seguridad en un mundo desconcertante por la rapidez con la que suceden todo tipo de acontecimientos. Las viejas virtudes de la antigua Grecia —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— siguen vigentes hoy en día. Es más, son los valores sobre los que el joven desea construir su propia vida.

Por Miguel Aranguren, publicado en ÉPOCA en abril 2008.

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on Tuesday, March 22, 2011
Como ya casi me paso de la madurez física -de la otra, que más quisiera yo-, podría hablaros del sin fin de maestros que he  conocido en mi vida. La mayor parte de ellos forman parte de  los maestros ciruelas; esos que no saben leer y ponen escuela. Tan solo un puñado muy escogido, tanto en la ficción como en la realidad, permanecen en mi recuerdo como tales.
 
Entre los maestros de "mentirijillas" de mi infancia hay dos que se adueñaron de mi corazón que, dicho sea de paso, se lleva fatal con mi raciocinio. Uno de ellos estaba interpretado por Aldo Fabrizzi y el otro por Cantinflas. Cada uno de ellos pertenecen a lo que hoy se ha dado en llamar antihéroes. Uno era fofo y con ojos de huevo, el otro ridículo y raído. Los dos para mí tiernos, entrañables con un sentido del humor y de la tragedia tan especiales que nunca consiguieron provocar en mí risas ni lágrimas, pero me mantuvieron siempre en ese espacio mágico que media entre la sonrisa y el suspiro. Aún hay un tercero que se convertía, por obra y gracia del celuloide, de sabio atómico en alumno-maestro de la inolvidable escuela de "Calabuch"; Edmund Gwenn, espléndido actor aunque hombre regordete y aparentemente insignificante conseguía robarle protagonismo, lo que hoy se llama "chupar cámara", a la maestra titular interpretada por Valentina Cortesse, sin más artilugios que la fuerza de su humanidad y unas cuantas sonrisas. Hubo otros maestros o profesores más o menos inolvidables en el cine de mis tiempos mozos. Deborah Kerr en "El rey y yo"; John Mills en "Que grande es ser joven"; Peter O´Toole en "Adios, Mr. Chips", toda una legión de estrictos jesuitas en las películas intimistas francesas, quizá mejor logrados pero que no permanecen en mi recuerdo ni para bien ni para mal. Y ya en épocas cercanas el inolvidable Fernan-Gómez de “La lengua de las mariposas” de José Luis Cuerda.
 
De todos los demás seres humanos que han sido o han pretendido ser mis maestros guardo una memoria casi fotográfica y, a pesar del tiempo transcurrido, todos ellos, según fuera su comportamiento, tienen un lugar en mi corazón con su correspondiente etiqueta de disculpa, comprensión o gratitud. Lo más triste es que, después de tantos años, a ninguno de ellos muertos o vivos les propondría -ahora se dice absurdamente "nominar", que no es más que dar nombre a una persona o cosa- para el Oscar de la Academia, porque me educaron para un mundo inexistente y no se preocuparon de enseñarme a vivir.
 
Cuando, tras muchos años de ignorancia, he conseguido descubrir que "solo sé que no sé nada" y cuando más falta me hace, no tengo maestro alguno a mi alcance que me ayude a superar este trance. Me queda, sin embargo, el enorme consuelo de saber que mis hijos, y tantos otros hijos han tenido y tienen, espléndidos seres humanos como maestros-amigos a los que siempre recordarán. Me queda, además, la esperanza de que mis nietos, y tantos otros nietos, no tengan que recurrir al cine para guardar memoria de un buen profesor, y de que alguien con buen sentido logre llevar a cabo la redacción de una buena Ley de Educación, milagro que todos esperamos desde la noche de los tiempos.
 
Y como el cine ha sido tema recurrente en estas líneas,  hay algo que quiero deciros solo a vosotros y confidencialmente. Hay un ser especial y magnífico que me acompañó, y me acompañará durante todos los días de mi vida. Sabía de ella casi tanto como de cine. Nunca intentó ser mi amigo pero ni un solo día dejó de ser mi padre. Lo poco que soy se lo debo a él. De lo mucho que quiso que fuera y no fui, solo yo soy responsable. Nadie pretendió nunca enseñarme menos. De nadie he aprendido más que de él. Llevo grabado en el alma el hermoso ejemplo de su silencio. ¡Él, que dominaba siete idiomas, medía siempre sus palabras! En alguna ocasión ya he dicho que me enseñó a  valorar, como de puntillas y sin querer, lo preciosa que es la vida. Fue él quien me adiestró en la difícil tarea del diálogo y de la comprensión; quien me proporcionó los primeros libros; quien me aficionó al estudio de otras lenguas; quien me animó en mis primeros escarceos en la poesía; quien, desde que era una mocosa, me hablaba como si fuera un premio nobel. De este maestro vocacional aprendí todo lo que sé de bueno y nada de lo que la vida me ha ido enseñando de malo. Este maestro mío, ingeniero industrial por más señas, tuvo muchas más penas que alegrías. Gozó de una precaria situación. Trabajaba en una empresa familiar que le explotaba sin miramientos y escribía o traducía hasta altas horas de la madrugada para que su mujer y sus hijos pudieran tener, sin caprichos, todo lo mejor. En mi recuerdo y en mi presente, vengan bien o mal dadas, siempre encuentro un lugar para la sonrisa y la disculpa, no porque yo sea más o menos benevolente, sino, porque cuando era niña y más lo necesitaba, ese maestro de maestros supo inculcar en mi ánimo y sin pretenderlo lo único realmente importante. Ahora ya no sé como se define. Antes lo llamábamos... amor.

Por Elena Méndez-Leite
 
 
on Friday, March 18, 2011
Reseña Literaria: "MEMORIAS Y DESAHOGOS",  de Amando de Miguel.


El sociólogo Amando de Miguel se confiesa en estas interesantes memorias, escritas a la edad de 73 ya que el protagonista nació en 1937. En lo concerniente a la presentación del libro se nota que INFOVA ha realizado una edición de calidad, en la que cabe resaltar papel y originales dibujos y diseños que ilustran el mismo, me parece muy buena la idea de que el texto tenga como fondo algunas fotos que acompañan al libro, el ensayo tiene múltiples fotografías del autor y de los protagonistas. Lo primero que cabe destacar de esta obra es que Amando de Miguel escribe con sinceridad, que se agradece pues se confiesa en muchos ámbitos, especialmente en lo referente a sus relaciones familiares y en el papel axial que juega su madre en su vida.

Comienza el sociólogo hablando de los duros años de la posguerra y de la vida en el pueblo zamorano de Pereruela donde vio la luz el ilustre intelectual.

Como vivimos en una sociedad muy confortable conviene reflexionar sobre la dureza de la vida hace no tantos años. Prosigue el autor con la emigración de su padre a San Sebastián, donde tuvieron que ingeniárselas para sobrevivir.

El retrato de la vida escolar de Amando es una interesante descripción de cómo era la vida infantil en la época y del tipo de educación que recibió, en líneas generales la Iglesia sale bien parada en este capítulo, De Miguel nos habla de su formación universitaria, de sus opiniones sobre los profesores y de su etapa de Estados Unidos dónde amplió sus estudios.

El libro es de fácil lectura y va ganando conforme se va leyendo, el autor confiesa su admiración por Pío Baroja y Cela. Dedica algunas páginas a analizar su propio estilo de escribir, que a mi juicio abusa de las frases cortas. Es un ensayo que conviene leer con el diccionario cerca, ya que la gran cultura del autor conlleva la utilización de palabras que, al menos para mí, resultaron desconocidas y que paso a enumerar: Trebejo (juguete), iatrofobia (fobia a los hospitales), mancera (esteva del arado), lábil (frágil, caduco, débil), hipocorístico (dicho de un nombre que en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como denominación cariñosa, familiar o eufemística).

Por Martín Hernández-Palacios 



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