on Saturday, April 16, 2011
" Te he puesto en el centro del mundo para que puedas mirar más fácilmente a tu alrededor y veas todo lo que contiene. No te he creado ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, para que seas libre educador y señor de ti mismo, y te des por ti mismo tu propia forma. Tú puedes degenerar hasta el bruto o, en libre elección, regenerarte hasta lo divino. Sólo tú tienes un desarrollo que depende de tu voluntad y engendras en ti los gérmenes de toda vida" .

Giovanni Pico della Mirandola, Conde de Concordia, es el prototipo de hombre del Renacimiento. En una época de cambios profundos, en una época en la que la historia corría más deprisa que los hombres, en una época marcada por lo nuevo, hacía falta un joven audaz y valiente, capaz de interiorizar, no sin esfuerzo, el tiempo que le tocó vivir. Pico vivió sus 31 años con apasionada intensidad, razón por la que su corta vida le deparó éxitos y fracasos, amores y desamores, momentos de euforia y de paz, calumnias y amistades, envidias y reconocimientos… Es la factura que tuvo que pagar por ser un hombre de su tiempo.

En Pico se entrecruzan la Escolástica y la Modernidad, la Religión y la Filosofía, la Retórica y la Ciencia, la nostalgia caballeresca y el honor nobiliario. Pero es un cupidus explorator, como él mismo se autodenomina, un amante de la verdad y un incansable defensor de la concordia de los saberes. Eugenio Garin, uno de sus comentadores más importantes, califica su obra como un «canto de paz» en los albores de la modernidad, un intento de síntesis entre la pia philosophia y la docta religio.

Pico pertenece a ese humanismo creador del siglo XV —no al humanismo de gabinete del XVI— por varias razones. Porque tuvo la osadía de convocar un gran “concilio filosófico” y presentar en Roma 900 tesis para ser disputadas. Porque con la Oratio, que debía introducir las tesis, fue capaz de trasladar el humanismo filosófico y retórico al plano metafísico del hombre creador. Porque llevó a cabo en su Heptaplus toda una reinterpretación cosmológica del Génesis. Porque denunció en una inmortal carta a su amigo Ermolao Barbaro los excesos de la retórica hueca. Porque disputó contra las falsas doctrinas astrológicas en sus Disputationes adversus astrologiam divinatricem. Porque buscó incesantemente la “paz filosófica” y la “concordia religiosa” en el De ente et uno. Porque supo compartir, como pone de manifiesto su Commento ai Salmi y su Commento al Pater Noster, los intereses mundanos con la interioridad profunda de la fe. Porque, en definitiva, resucitó el eterno tema del amor con singular belleza en su Commento alla Canzone d'amore. Por todo ello, no extraña que Tomás Moro considerara a Pico paradigma del hombre moderno.


1. Vida y obras

El 24 de febrero de 1463 nace Giovanni Pico della Mirandola en Ferrara (Italia). Sexto hijo de Gianfrancesco I y Giulia Bioardo, tomará los títulos de Conde de Concordia y Príncipe de Mirandola. A los cuatro años queda huérfano de padre.

Estudia Derecho Canónico en Bolonia y Humanidades en Ferrara. En otoño de 1480 viaja a Padua, donde en un ambiente aristotélico y averroísta, conoce a Elia del Medigo. Ese mismo año hace un breve viaje a Florencia, allí entra en contacto con Marsilio Ficino, traductor de Platón al latín, con Angelo Poliziano, traductor de la Ilíada, y con el poeta Girolamo Benivieni.

Un año más tarde vuelve a Mirandola. Allí se hace muy amigo del fraile predicador Girolamo Savonarola. Entre 1482 y 1483 recibe en Pavía un curso de Retórica y de lógica matemática inspirado en la tradición ockhamista de Oxford. Posteriormente reside en Florencia.

El 3 de junio de 1485 envía a Ermolao Barbaro la carta De genere dicendi philosophorum y en julio se traslada a París para estudiar en la Sorbona.

En marzo del año siguiente tiene una aventura sentimental con Margherita, esposa de Giuliano de Mariotto de Medici. Inicia en Perugia la composición de las Conclusiones y del Commento alla canzone d'amore.

En verano de 1486 estalla la peste en Perugia y se traslada a Fratta donde acaba las Conclusiones y compone la Oratio, que se publicarán a final de año. En noviembre llega a Roma y es bien acogido por el papa Inocencio VIII a quien presenta su proyecto de convocar un “concilio” filosófico internacional, una suerte de gran disputa entre todos los sabios de la época sobre cuestiones filosóficas, cosmológicas y teológicas.

El 13 de marzo de 1487 el papa suspende la disputa, con el documento Cum ex iniuncto nobis, y crea una Comisión pontificia compuesta por dieciséis miembros y presidida por el obispo de Tournai, J. Monissart.

La Comisión condena trece tesis. El 31 de mayo Pico publica la Apología y el 6 de junio, el papa, mediante el Superioribus mensibus, instituye un tribunal inquisidor con dos jueces para el caso Pico. El 31 de julio, Pico se retrae de las tesis condenadas. El 4 de agosto, el Et si iniuncto nobis del papa prohíbe todas las tesis y ordena destruir las copias. La persona de Pico no es condenada. En noviembre, Pico se dirige a París. Un mes más tarde el papa ordena su arresto.

En febrero de 1488 es arrestado y recluido en Vincennes por orden del rey. Al mes siguiente es puesto en libertad. En junio se establece en Florencia en la villa Querceto cedida por Lorenzo de Medici. Ese mismo verano publica el Heptaplus. 

En 1491 redacta De ente et uno. Viaja a Venecia con Poliziano con el fin de conseguir libros para la biblioteca de los Medici. A finales de año, renuncia al principado de Mirandola y vende algunos bienes. Se construye una villa en Corbola, cerca de Ferrara.

El 18 de junio de 1493, mediante el documento Omnium Catholicorum, el papa Alejandro VI absuelve totalmente a Pico. En septiembre redacta el testamento dejando los bienes inmuebles al hospital de Santa Maria Nova de Florencia y la biblioteca a su sobrino Anton Maria.

En octubre de 1494 Pico enferma y muere el 17 de noviembre. Algunos allegados sospechan que fue asesinado.


2. En vísperas de la modernidad

El ambiente cultural en el que aparece la figura de Pico della Mirandola se ha dado en llamar Renacimiento. El Renacimiento (siglos XV y XVI) es una etapa de tránsito entre la edad Media y la Modernidad, y como tal tiene un carácter crítico con la primera y propedéutico respecto a la segunda. Más incluso que una época, el Renacimiento son unos hombres: Ficino, Leonardo, Poliziano, Nicolás de Cusa, Erasmo… que crearon una nueva atmósfera, en la cual respiró Giovanni Pico della Mirandola.

2.1. La “ratio dicendi”

La carta que el 3 de junio de 1485 Pico dirige a su amigo Ermolao Barbaro (1453-1493), conocida con el título De genere dicendi philosophorum, (Sobre la forma de hablar de los filósofos), representa el fin del periodo de formación de Pico y el inicio de su labor literaria, que presenta un programa claro: ser un filósofo y un defensor de la filosofía, buscando siempre la unidad del pensamiento humano.

Pico no duda en denunciar los excesos retóricos de sus contemporáneos, si tras el maquillaje lingüístico no se encuentra una profunda filosofía. “No muestra humanidad el que atropella el buen estilo, pero tampoco es hombre el que está limpio de filosofía”, dice. No carga contra la retórica sin más, sino contra esa pseudo-retórica que lleva a la degeneración de la “palabra separada” y contra los despreciadores de la “lingua parisiensis”, del latín sin adornos en que se manifestaron los escolásticos. Acude en defensa del pensamiento que no necesita de ornamentos para resplandecer y de la dignidad de toda investigación. Admira la fuerza de persuasión de su amigo, pero le recrimina que llame a los escolásticos, con los que ha andado estudiando seis años, “bárbaros, sórdidos, rudos e incultos”:

«Admirable de decir es la fuerza que tienes para persuadir, y cómo te las arreglas para llevar el ánimo del que te lee allí donde quieras. Lo he experimentado, ya siempre, pero más en tu última epístola a mí, en la que, arremetiendo contra los bárbaros filósofos, los pones, en el aprecio del vulgo, de sórdidos, rudos, incultos, que ni viven en vida ni después de muertos viven, y si ahora viven es para pena y escarnio. Tanto me turbó, tal vergüenza me dio, tanto me pesó de mis estudios, ya llevo seis años andando con ellos, que nada querría menos que el haber desperdiciado tanto trabajo en cosa tan sin sustancia, haber perdido, digo, mis mejores años andando con Tomás, con Juan Escoto, con Alberto, con Averroes, haber malgastado tantas vigilias con las que, en el mundo de las bellas letras, podría quizá ahora ser algo» [Pico 1984: 144].

A Pico le seducen los bellos bordados de la retórica, pero le interesa más la verdad. Opone la “scientia rerum” a la “scentia nominum” y el oficio de retórico al oficio de filósofo. El quehacer del primero estriba en “mentir, engañar, acorralar, embaucar”, no siendo sino “pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento”, el del filósofo, en cambio, va directo a “conocer y demostrar la verdad a los demás”. El joven conde, que en 1485 se encuentra estudiando filosofía escolástica en París, admira el estilo argumentativo de los “celebratissimorum Parisiensium disputatorum”, sobre todo, porque a los filósofos les interesa más el qué que el cómo, el contenido que la forma. Cree más importante cuidar que no se extravíe la razón que velar por un discurso bello. Por eso expulsó Platón a los poetas de su sociedad perfecta. Muchos mantienen que, en materias filosóficas, convencen más las palabras desnudas que los discursos opulentos; no obstante, el estilo que requiere la filosofía no fluye del jardín de las Musas, sino del tenebroso antro donde se esconde la verdad

«Que al ver Platón que tal armonía se destruía muchas veces en su República por la teatralidad y fantasía de los poetas, los expulsó a todos y confió a los filósofos el oficio de gobernar, y luego, si por afán de discursear, imitaban éstos a los poetas, mandaba a los mismos filósofos al destierro» [Pico 1984: 150].

Algunos intérpretes han visto en esta crítica a la retórica una forma de defensa de la “verdad desnuda”, de la verdad pura, sin adornos ni metáforas, propia del racionalismo. Sin embargo, Pico parece permanecer en un punto medio entre el filósofo “bárbaro” y el elocuente puro.

«Así yo, para hacerte salir a la defensa de la elocuencia, arremetí contra ella más de la cuenta, contrariando algo mi sentir y mi natural; que si yo pensara que habían de despreciarla o postergarla los bárbaros, no me hubiera pasado en cuerpo y alma a ésta, como hice ha poco, digo, a las letras griegas, a tu nunca bastante alabado Temistio. Aunque diré con libertad lo que siento, me revuelven el estómago ciertos gramáticos que, no bien han encontrado un par de etimologías verbales, de tal modo alardean, lo trompetean, lo pasean jactanciosos, que en modo alguno muestran intención de ser tenidos por filósofos» [Pico 1984: 156].

Pico se convierte así en un acérrimo defensor de la filosofía y piensa que los pomposos retóricos de su tiempo la despreciaban. Estos falsos filósofos, pensando más en la ganancia y en su propia ambición, prostituyen la verdadera filosofía en aras de su provecho y convierten en mercenario el cultivo de la sabiduría. En el fondo, proclaman y piensan que no vale la pena filosofar, porque no está en su ánimo abrazar el conocimiento de la verdad por sí misma sin buscar ni esperar recompensas.

2.2. El amor platónico

En marzo de 1486, a su vuelta de París, rapta a su amada Margherita, esposa de Giuliano de Mariotto. La aventura, que no deja de tener visos caballerescos, aunque acaba con la dama devuelta a su marido, supone un escándalo que afectará profundamente al joven conde. A pesar de que “el rapto de Helena” no pudo rememorarse, parece que la experiencia le ayudó a dedicarse por entero a la meditación y el estudio. En esta época prepara las 900 tesis y redacta el Commento alla Canzone d'amore de Girolamo Benivieni.

Este texto muestra que Pico no fue ajeno a la “resurrección platonizante” que se estaba produciendo en Italia y, sobre todo, en Florencia. En 1469 apareció el Comentario al Banquete de Platón del platónico Marsilio Ficino (1433-1499), obra en la que acuña la expresión “amor platónico” basándose en la diferencia entre “amor simple”, que se da cuando el amado no ama al amante, y “amor mutuo o recíproco”. Ficino entiende el amor como “amor divino”, cuya meta es la unión con Dios.

Es quizás en el Commento donde encontramos al Pico más platónico, fuertemente influenciado por Ficino, que retoma el eterno tema del amor. Fiel al maestro griego, interpreta el amor como Eros, como anhelo nostálgico que hace que el hombre llegue a la posesión de sí mismo a la vez que asciende hacia la unión con el Ser Supremo. Pico distingue tres momentos inseparables: el amor inicial y terreno, el conocimiento y el amor pleno. Sin amor, que impulsa al conocimiento, sería imposible este camino ascendente hasta la morada eterna.


3. El humanismo de la libertad

3.1. La “Disputa”: el proyecto de una vida

La corta vida de Pico della Mirandola gira en torno a un proyecto que jamás vio la luz. Se trata de la célebre “Disputa” que propuso a sus contemporáneos, con el fin de discutir públicamente 900 tesis de omni re scibili, o Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae nongentae in omni genere scientiarium, (900 tesis sobre todo el saber o Novecientas conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas en todo género de saberes), redactadas por él mismo. A los 24 años estaba Pico dispuesto a defender 400 conclusiones de diversos autores: escolásticos, árabes, Platón, Aristóteles, neoplatónicos, pitagóricos, caldeos y, como colofón, 47 proposiciones cabalísticas. A estas 400 tesis ajenas añadió 500 propias, “secundum opinionem propriam”, sobre todas las ramas del saber. El contenido de la “Disputa” pretendía ser una recopilación exhaustiva de todo aquello que se podía concluir sobre todos los conocimientos habidos hasta el momento. Aunque solamente fueron impugnadas trece proposiciones, la prudencia del papa Inocencio VIII condenó el proyecto (1487) para evitar una confrontación quizás innecesaria.

Esta “Disputa” dice mucho de la personalidad intelectual de su autor. El propio programa encierra cierta dosis de eclecticismo y pone de manifiesto que Pico respira ya un cierto ambiente precartesiano.

En primer lugar, muestra a un hombre de carácter abierto, amante de la verdad por encima de todo y de dilatados conocimientos filosóficos, desde la sabiduría oriental hasta la cumbre de la escolástica; un perfecto hombre de su tiempo, prototipo del humanismo renacentista, incansable buscador de la verdad por entre los signos que ha ido dejando la humanidad a lo largo de su historia.

Lo que en segundo lugar llama la atención de este proyecto es la convicción de su autor del origen oriental de la filosofía griega. Pico considera a Zoroastro y a Orfeo padres y fundadores de la filosofía antigua.

En tercer lugar, el autor de la “Disputa” no puede disimular cierta influencia del pensamiento neoplatónico. En la Oración preliminar propone el itinerario para llegar a la perfección del hombre, según el modelo de la vida angélica, en tres momentos: la filosofía moral “lavará” los “pies” y las “manos” del alma —potencias vegetativas y sensitivas respectivamente—; la dialéctica y la filosofía natural calmarán, la una «las tropelías de una razón nutrida de incoherencias verbales», y la otra «las discordias de la opinión»; por último, la teología nos otorgará el verdadero sosiego y la paz firme, de este modo, «después de haber lanzado (el alma), por virtud de la moral y la dialéctica, todas sus inmundicias, tras haberse embellecido con las diversas partes de la filosofía como con un atuendo de corte, y haber coronado los dinteles de las puertas con las guirnaldas de la Teología, descienda el Rey de la gloria, quien, viniendo con el Padre, ponga en ella su morada» [Pico 1984: 114]. Tampoco puede Pico ocultar, unido a su neoplatonismo, una buena dosis de misticismo, como se muestra en su visión de la felicidad plena del hombre: «convertidos en encendidos Serafines, fuera de nosotros, henchidos de Divinidad, no seremos ya nosotros mismos, seremos Aquel mismo que nos hizo» [Pico 1984: 116].

Por último, uno de los objetivos de la “Disputa” será lograr, como no podía ser menos para un perfecto renacentista, la eternamente deseada conciliación entre Platón y Aristóteles. Pero el proyecto del Conde de la Concordia se quedó en eso —lo que también es propio del espíritu de su tiempo—: en un gran proyecto de concordia no sólo entre los dos pensadores griegos, sino también entre Tomás de Aquino y Escoto, y entre Avicena y Averroes. No en vano, su contemporáneo Marsilio Ficino lo llamaba “Dux Concordiae”.

3.2. Objeciones a la “Disputa”

Pico resume en la Oratio, con la que iba a prologar la “Disputa” —que analizaremos en el apartado siguiente— las objeciones que recibió su proyecto. Por una parte, hay quienes no aprueban que se discuta en público de temas doctrinales. Llevar “a la calle” los problemas de la filosofía, como pretendió el conde filósofo, era considerado vana erudición y ostentación impropia de un pensador. Quizá permanece aún la mentalidad de que es indigno para la filosofía abandonar el pedestal académico. Por otra parte, la poca edad del joven conde se veía como un impedimento para poder llegar a las profundidades del saber humano tal y como él pretendía. Como en todas las épocas, también en el Renacimiento permanece cierta desconfianza y recelo hacia la juventud. Quizá Pico fue también prematuro en su tiempo. Por último, no se admite que un sólo hombre pueda abarcar todas las cuestiones que él se proponía defender sin caer en la superficialidad. Tal vez no está asumida todavía la individualidad filosófica frente a colegialidad de la Escolástica.

«Hay quienes no aprueban todo este género de disputas y de debatir en público temas doctrinales, afirmando que es más para la pompa vana del ingenio y la ostentación del saber que para el aumento del conocimiento. También hay quienes, sin reprobar este género de ejercicios, de ninguna manera lo aprueban en mí; que yo a mi edad, a mis veinticuatro años, haya osado proponer tal Disputa sobre altísimos misterios de la Teología cristiana, sobre pasajes profundísimos de la Filosofía, de disciplinas desconocidas, y esto en una celebérrima Urbe, ante una lucidísima asamblea de doctísimos varones, a la vista del senado apostólico. Otros todavía, concediéndome esto, que baje a la Disputa, no acceden a que abarque las novecientas cuestiones, incriminándome, tanto la superficialidad y ambición, como el emprender lo superior a mis fuerzas» [Pico 1984: 122].

En respuesta a estas objeciones Pico utiliza tres argumentos. Todos los filósofos de todos los tiempos han disputado, porque estaban convencidos de que por medio de la disputa era como se accedía al conocimiento de la verdad. Así como con el ejercicio gimnástico se robustecen los músculos, de igual manera las fuerzas del espíritu se tornan más fuertes y lozanas en la palestra literaria.

Pico pide que se le juzgue por el éxito de la contienda dialéctica y no por su edad. Además no ve nada malo en embarcarse en lindes de esta naturaleza porque de ellas nunca se sale derrotado, pues el perdedor resulta siempre enriquecido por la sabiduría de los contrincantes.

Para el pensador italiano lo que él propone no es sino lo que han hecho los grandes filósofos: leer y revolver toda clase de escritos por extraños y antitéticos que parezcan con el fin de sacar la verdad que ellos contienen. Por eso Pico no se adscribe a ninguna escuela y se empeña en mantener el carácter abierto de la “Disputa”, porque nunca hay que despreciar opinión alguna por equivocada que parezca, pues incluso el error sirve para confirmar la verdad. Un espíritu así es digno de ocupar un puesto de honor entre los hombres de su tiempo.

«Movido yo por estas razones, quise traer a cuento las opiniones, no de una en particular (como hubiera agradado a algunos), sino de cualesquiera escuela o doctrina, a fin de que, con el cotejo de muchas y con la discusión de las más variadas filosofías, luciera más claro a nuestras mentes aquel fulgor de la verdad, del que habla Platón en sus Cartas (Carta VII, 341d), como el Sol naciente emergiendo de las profundidades. ¿Qué sería si sólo tratáramos de la filosofía de los latinos, de Alberto, de Tomás, de Escoto, de Egidio, de Francisco y de Enrique, omitiendo a los filósofos griegos y a los árabes? Siendo así que toda la sabiduría derivó a los griegos de los bárbaros, y de los griegos a nosotros» [Pico 1984: 127-128].

3.3. La Oratio De hominis dignitate

No sólo la vida de Pico della Mirandola, sino su obra toda gravita en torno a ese gran proyecto. Uno de sus escritos más famosos, conocido como la Oratio De hominis dignitate, (Discurso sobre la dignidad del hombre), no es otra cosa que el discurso preliminar de presentación de las 900 tesis. Esta obrita es como un pequeño espejo que, si se toma la distancia oportuna, es capaz de reflejar la fachada entera de una catedral: en ella está contenido el pensamiento de Pico. Aparte de la exquisitez literaria, destaca el novedoso tratamiento de la libertad y la dignidad del hombre que lleva a cabo Pico al comienzo de la Oratio. Quizás por esta razón, a partir de la edición de Basilea de 1557 aparece con el título que hoy conocemos.

Esta obra se centra en dos temas: la consideración del hombre como centro del universo creado y la búsqueda de la concordia del pensamiento. A pesar de que hay quienes piensan, como W. G. Graven, que la Oratio tiene un alcance meramente retórico y que trata más sobre la dignidad de la filosofía que sobre la dignidad del hombre [Graven 1984], esta obrita representa todo un canto a la libertad y a la dignidad humanas, todo un “humanismo de la libertad”. Por todo esto, no es exagerado afirmar que la Oratio De hominis dignitate de Pico della Mirandola es el verdadero “manifiesto del Renacimiento”.

El antecedente más próximo de esta obra mirandoliana puede ser el De dignitate et excellentia hominis, (Sobre la dignidad y excelencia del hombre), de Gianozzo Manetti publicado en 1452. Allí Manetti opone el mundo de la naturaleza al mundo del espíritu. Sería como un presagio de la ruptura moderna entre naturaleza y cultura. Sin menoscabo de la obra de Gianozzo Manetti, la Oratio de Pico tiene una riqueza, una profundidad y, sobre todo, una originalidad de difícil parangón.

Pero, ¿cuál es la originalidad de Pico della Mirandola? No radica, obviamente, en la búsqueda que emprende de lo distintivo, digno y maravilloso que hay en el hombre, sino en que lo encuentra en la libertad y además en un concepto “moderno” de libertad. Decimos “moderno” —y no sin reservas—, porque en Pico tenemos el primer pensador que define al hombre en términos de libertad, aunque no llegue a especificar este concepto con las notas de autonomía o emancipación.

Pico se pregunta qué es lo que hace que Mercurio afirme: «¡Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre!». Y responde que no radica la dignidad del ser humano tanto en su altura ontológica —ya que hay seres superiores al hombre, como los ángeles—, cuanto en el lugar central que ocupa en la Creación, desde donde puede admirar toda la obra:

«Concluido el trabajo, buscaba el Artífice alguien que apreciara el plan de tan grande obra, amara su hermosura, admirara su grandeza. Por ello, acabado ya todo (testigos Moisés y Timeo), pensó al fin crear al hombre» [Pico 1984: 104].

Dado su puesto privilegiado en el centro de la creación, el hombre es, para Pico, un universi contemplator, un contemplador del universo.

3.4. El fundamento divino de la libertad

La dignidad del hombre no hay que buscarla en lo que es (esencia), sino en la capacidad de hacerse, en la posibilidad que tiene el ser humano de llegar a ser lo que quiera. Más aún, para Pico, la dignidad tiene su causa en Dios, creador de un ser extraordinario, por “indefinido”, capaz de devenir lo que él mismo se propone. Veamos lo que nuestro autor pone en boca del propio Creador:

«No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección. Para los demás, una naturaleza contraída dentro de ciertas leyes que les hemos prescrito. Tú, no sometido a cauces algunos angostos, te la definirás según tu arbitrio al que te entregué. Te coloqué en el centro del mundo, para que volvieras más cómodamente la vista a tu alrededor y miraras todo lo que hay en ese mundo. Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión» [Pico 1984: 105].

El resto de la creación tiene marcado su destino, tiene una naturaleza fija, salvo el hombre. La grandeza del ser humano tiene su origen en esta libertad, que le hace superior incluso a los propios ángeles, cuya elección una vez tomada es inamovible. Esta tesis de la superioridad del hombre sobre los ángeles no era compartida por el pensamiento escolástico, para Tomás de Aquino, por ejemplo, los ángeles tienen libre albedrío y, además, «en ellos es más sublime que en los hombres, puesto que es más sublime su entendimiento» [S.Th., I, 59, 3].

Ningún autor hasta entonces había pensado la libertad tan de raíz, pues no se trata de una libertad para obrar, sino, más bien, para ser o hacerse.

3.5. La teoría de las “posibilidades germinales”

De entrada, parece que el pensamiento de Pico raya el existencialismo. Si el hombre se va haciendo a base de actos libres, ¿quiere ello decir que en sí el hombre no es nada, sólo una “posibilidad vacía”? El mismo Pico introduce una aclaración importantísima: «Al hombre, en su nacimiento, le infundió el Padre toda suerte de semillas, gérmenes de todo género de vida» [Pico 1984: 106]. Por tanto, no es que el hombre carezca de naturaleza, no puede mantener esta tesis un filósofo creacionista, como es Pico, sino que es «un animal de naturaleza multiforme y mudadiza» [Pico 1984: 107]. Esta doctrina, que podríamos llamar la teoría de las “posibilidades germinales”, distancia a nuestro autor de un cierto existencialismo ateo al estilo sartriano.

Para el filósofo italiano no es menor mérito del Creador haber hecho un ser con una naturaleza, se podría decir “sin terminar”, que haberlo creado libre. La naturaleza maleable del hombre encierra un sinfín de posibilidades que él puede desarrollar gracias al don de la libertad. Puede llegar a ser tanto el más perfecto de los seres como descender hasta lo más ínfimo, porque el que está llamado a la perfección, es también el que, desoyendo ese clamor divino —libremente, porque no se puede hacer de otra manera—, se convierte en el más indigno. Así, escribe Pico:

«Lo que cada cual cultivare, aquello florecerá y dará su fruto dentro de él. Si lo vegetal, se hará planta; si lo sensual, se embrutecerá; si lo racional, se convertirá en un viviente celestial; si lo intelectual, en un ángel y en un hijo de Dios» [Pico 1984: 106].

Aunque capaz de todas las posibilidades, el hombre mirandoliano ha de aspirar a lo más alto, ya que la Divinidad lo ha hecho digno de ello:

«Que se apodere de nuestra alma una cierta santa ambición de no contentarnos con lo mediocre, sino anhelar lo sumo y tratar de conseguirlo (si queremos, podemos) con todas nuestras fuerzas. Desdeñemos lo terrestre, despreciemos lo celeste y, finalmente, dejando atrás todo lo que es mundo, volemos hacia la corte supermundana próxima a la divinidad augustísima» [Pico 1984: 108].

Engelbert Monnerjahn resume el concepto de libertad de Pico en tres rasgos. El primer rasgo distintivo de la libertad piciana es la indeterminación: el hombre es un ser de infinitas posibilidades. El segundo es la libre elección: Pico pone el acento en la capacidad que tiene el hombre de elegir libremente. El tercer rasgo de la libertad es para Monnerjahn su carácter creador: el hombre, gracias a su capacidad de libre elección, se va creando a sí mismo en cuanto va forjando su propio destino. Estos tres rasgos definen a la perfección lo que nuestro autor entiende por libertad [Monnerjahn 1960].

3.6. Naturaleza y libertad

La tesis neoplatónica del puesto privilegiado del hombre en la Creación —«en la frontera de dos mundos»— no solamente la hace suya Pico, sino también muchos pensadores escolásticos. Pico coincide con San Anselmo en considerar que la libertad configura la dignidad del hombre. Sin embargo, según se ha visto más arriba, se puede entrever ya en el pensador renacentista un cierto divorcio entre naturaleza y libertad propio de la modernidad. La noción de “naturaleza”, tal y como parece entenderla él, sería lo “fijo”, lo “contraído dentro de ciertas leyes prescritas con anterioridad”, y, por lo tanto, contrapuesta a la libertad.

La libertad para Pico parece repudiar la “naturaleza”. Si el hombre tuviera una “naturaleza fija” no podría hacerse por su propia decisión, no sería libre. Esta concepción, casi imperceptible en De hominis dignitate, produce una disonancia respecto a la filosofía escolástica que él tanto admiraba. Para los «bárbaros pensadores», lejos de ser términos contrarios, la libertad es propia de la naturaleza humana, se podría decir que la libertad es “natural” al hombre y, por tanto, no le repugna una cierta forma de necesidad. De esta manera, para Tomás de Aquino, por ejemplo, la dignidad emana de la naturaleza racional del hombre, no de la libertad —con independencia de la naturaleza—, como parece que ocurre en el planteamiento piciano.

Como signo ineludible del comienzo de la Modernidad, Pico della Mirandola comienza a distanciarse de la doctrina escolástica de la distinción e interrelación entre télesis y boúlesis, según palabras de Juan Damasceno, o entre voluntas ut natura y voluntas ut ratio, según la nomenclatura de Tomás de Aquino; es decir, entre el momento constitutivo de la voluntad como tendencia al bien universal y el momento de la libertad como indiferencia hacia el bien particular finito. Nuestro autor las confunde; de esta manera reduce toda la voluntad humana a voluntas ut ratio y no percibe que la voluntas ut natura es su condición de posibilidad. Este reduccionismo da lugar a un quiebro que origina una nueva forma de concebir al hombre: la voluntad debe elegir sin ningún punto de referencia fuera de sí misma, entonces no le queda otro remedio que considerarse a sí misma como absoluto. El desarrollo de esta tesis será tarea de la filosofía moderna posterior; el resultado: la ética autónoma, preludio de una futura destrucción de la moral. Entonces, la dignidad de la persona será algo que no está dado, sino que habrá que conquistar o construir, tarea que se propondrán pensadores como Nietzsche o Marx.

Esta escisión entre naturaleza y libertad puede ser causada por la aproximación, perceptible ya en Pico, a un cierto univocismo que será asumido plenamente en la filosofía natural moderna —especialmente a partir del mecanicismo cartesiano—. Es evidente, pues, que la noción piciana de naturaleza ya no es aristotélica. La noción de naturaleza ha perdido la analogía, de tal manera que resulta difícil hablar ahora de “naturaleza racional” y de “naturaleza libre”.

Entre la tradición y la nueva época que se abría ante sus ojos, Pico della Mirandola pronunció la palabra “libertad” en un dolce stil nuovo.


4. Protología sapiencial

En el verano de 1489 Pico publica su obra filosóficamente más sistemática: el Heptaplus: de septiformi sex dierum geneseos enarratione, (Heptaplus: sobre la septiforme explicación de los seis días de la creación), que dedicará a Lorenzo de Medici. Dividida en siete partes, y cada parte en siete capítulos, esta obra representa la interpretación piciana de los seis días de la creación, un auténtico comentario al comienzo del Génesis, una actualización personal de la cosmología platónica y la creación de una Cristología original. Él mismo afirma que su objetivo es «interpretar sin ayuda alguna de los precedentes comentadores la creación entera del mundo, no en un solo sentido, sino más bien en siete».

Aquel interés renacentista por recuperar lo antiguo se transforma en Pico en una atracción por el origen, en una protología sapiencial, que busca la comprensión del mundo a partir de Dios. Según Eugenio Garin, en el Heptaplus encontramos al Pico más auténtico.

4.1. El cuarto mundo

La visión cosmológica mirandoliana es radicalmente neoplatónica. Mantiene el esquema circular: las criaturas surgen del Creador y a Él retornan. El primer estado es de unión con Dios, el segundo de salida, el tercero de vuelta y el último y definitivo de feliz reunión. Como los números que cuanto más se alejan de la unidad tanto más aumenta su multiplicidad, asimismo, las criaturas, cuanto más alejadas se encuentran del Creador, tanto más imperfectas son. Este alejamiento queda desdoblado en tres mundos: el mundo inteligible o angélico, como primera hipóstasis del Uno, el mundo celeste de los astros, y el mundo terrestre o sublunar de las cosas materiales. En este tercer plano vive el hombre, cuya extraordinaria realidad le hace formar un cuarto mundo. Estas tres escalas se ordenan de mayor a menor perfección. El cuarto mundo, el hombre, perteneciendo al más alejado y es, como consecuencia, el que hace retornar todo al Uno.

Aquí radica el puesto central que tiene el hombre como mediador de todo lo creado, como medio entre Dios y el universo. El hombre, por ser imagen de su Creador, comparte con Él lo que Pico denomina la «mutua continentia mundorum». Ambos, Dios por ser el origen y el fin de todo y el hombre por ser «príncipe y cabeza» del universo y ser espiritual a la vez que material, contienen en sí la naturaleza de los tres mundos. Es en este sentido en el que hay que entender al hombre como microcosmos y como ser radicalmente libre, tal y como se ha visto ya.

La idea clásica del hombre como microcosmos se convierte en el Renacimiento en un lugar común. Sin embargo, el sentido y profundidad que le otorga Pico al ligarlo a su concepto de libertad y al conjugarlo con su visión cosmológica no tiene parangón en su época. El hombre es un universo en pequeño, porque el universo es un hombre en grande, en el cuarto mundo que es el hombre se encierran los otros tres. Esta visión dinamista del universo, junto a un panpsiquismo cósmico según el cual nada en el universo carece de vida, sitúan al intrépido conde en los orígenes mismos del pensar filosófico, en el centro mismo de la investigación presocrática.

No parece exagerado considerar al hombre, dada su función mediadora, como un “dios terreno”. La capacidad que tiene el hombre de amar le dota de un puesto privilegiado en el cosmos. Porque el amor, como el Eros platónico, produce el movimiento del conocimiento y consuma la unión con Dios. El esquema mirandoliano del conocimiento, movido por el amor, es también platónico. En el conocimiento humano se distinguen tres grados: sensus, ratio e intellectus. Gracias a este último, el espíritu se conoce a sí mismo y, conociéndose a sí mismo, conoce todo lo demás. Aquí está bebiendo Pico de la teoría agustiniana de la iluminación, pero él va mucho más allá. Si el conocimiento del mundo se da a través de la autoconciencia, no es descabellado pensar en un antecedente de Descartes. Estamos a las puertas de la modernidad y Pico se encuentra en el umbral. El antropocentrismo que comparte nuestro autor con sus contemporáneos representa el prólogo de una nueva época que iniciará su revolución con el giro gnoseológico del cogito, ergo sum.

4.2. Cristología mirandoliana

Pico no abandona nunca el punto de vista cristiano. Aunque su juvenil atrevimiento y sus ansias de conocimiento le lleven a no despreciar ninguna de las fuentes de la sabiduría humana, nuestro autor es un pensador profundamente religioso. Por eso, su visión cosmológica no sólo está influenciada por el estudio de la Cábala, a la que fue introducido por Elia del Medigo, y por los esquemas neoplatónicos que estaban resurgiendo en aquellos momentos, sino también, y especialmente, por las ideas cristianas que Pico vivía con extraordinaria profundidad. No hay que olvidar su esfuerzo por unir la filosofía y la Revelación.

El puesto privilegiado del hombre como cuarto mundo sólo lo puede mantener gracias a la especial ayuda del Hijo de Dios encarnado. Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, aparece como «lazo y nudo del universo», verdadero intermediario entre Dios y los hombres, síntesis suprema de toda la humanidad. Gracias al Dios que ha tomado la forma humana, puede el hombre ser regenerado, volver a nacer como un “hombre nuevo” y merecer así el Cielo.

La Encarnación, como hecho central de la religión cristiana, se torna para Pico en una de las fuentes de la sabiduría necesaria para explicar el microcosmos humano y el macrocosmos universal. Por eso, la verdad de la Encarnación no es solamente religiosa, un dogma de fe, sino, ante todo, un presupuesto imprescindible para poder mantener todo el pensamiento antropo-cosmológico mirandoliano.

Cristo es el eslabón que hace posible que la cadena cósmica se cierre. Él es el elemento que falta en el neoplatonismo. Es el Logos: por Él y en Él creó Dios-Padre todo y, gracias a Él, todo lo creado puede retornar a su origen. Cristo no tiene solamente una función soteriológica, como salvador del hombre, sino también una función cósmica total. En Él y por Él alcanzan el hombre y el conjunto del cosmos su perfección, su culminación.

La meditación teológica mirandoliana se completa con el Commento ai Salmi, Comentario a los Salmos, a parte del Commento al Pater Noster. Durante su retiro en Florencia, e introducido en la lengua hebrea, Pico se dedicó al Salterio. El comentador se pone en la persona de David y entra en diálogo directo con Dios invocando su eterna misericordia. En todo el Commento hay un tono de meditación teológica de alguien que tiene gran familiaridad con Dios. En el Comentario al Salmo XV vuelve a aparecer el tema de la gratuidad de la redención ya presente en el Heptaplus: el hombre no puede ascender a Dios por sus solas fuerzas, sino que es Dios quien lo atrae y se entrega por medio de la Gracia. Sólo así el hombre puede pasar de la esclavitud del pecado a la libertad verdadera (Salmo L). También resurge el tema de la Luz divina impresa en la luz del intelecto humano como huella de la divinidad y el lugar central que ocupa Cristo en el universo creado (Salmo XVII).


5. La Unidad Suprema

Quizá la teología de Pico no goce de un lugar central en su obra; no obstante, lo impregna todo, de tal manera que bien se le puede considerar como un pensador religioso. Dios es la Unidad Suprema, pues, como afirma en su breve tratado De ente et uno de 1491, Dios no es Ente, sino Super-Ente, la plenitud de ser, y le compete el apelativo de Uno, por cuanto es todas las cosas que son.

«Así es Dios, que es la plenitud del ser, que es sólo por sí y por el cual todas las cosas, sin intermediario, pasan al ser. Según esta razón, pues, decimos verdaderamente que Dios no es Ente, sino Super-Ente, y que hay algo superior al Ente, a saber, Dios mismo, y por darle la apelación de Uno admitiremos, en consecuencia, que el Uno está por encima del Ente. Llamamos entonces a Dios Uno, no tanto enunciando lo que es, cuanto el modo como es todas las cosas que son (quomodo sit omnia quae sunt) y cómo todas las otras cosas son por él» [Pico 1984: 167-168]

Las cuestiones que afronta en este opúsculo no son nuevas para el conde filósofo, pues conocía la Quaestio de ente et essentia et uno de Elia del Medigo, había leído el De ente et essentia de Tomás de Aquino y estaba familiarizado con el Parménides, el Sofista y el Filebo de Platón, los comentarios de Simplicio a Aristóteles y el De uno rerum principio de Ficino.

5.1. Amor y conocimiento

La búsqueda de la verdad que con gran apasionamiento llevó a cabo Giovanni Pico della Mirandola se confundió prácticamente ya en su origen con la búsqueda de Dios. Búsqueda que la cifrará en su conocimiento. Qué y cómo podemos conocer al Ser Supremo será la pregunta de la teología mirandoliana. Su existencia no plantea especiales problemas, ya que, siguiendo a San Anselmo, es evidente para todos. En cambio, aunque sabemos que existe, eso no es lo mismo que conocerlo: su esencia se nos escapa continuamente. Lo primero que tenemos que hacer ante el conocimiento de Dios es reconocer socráticamente nuestra propia ignorancia. Dios es infinito y nosotros finitos, Él eterno y nosotros temporales, su esencia nos transciende de tal manera que nos resulta inefable. A pesar de ello, no podemos dejar de intentar conocer al Ser más incognoscible.

Para el joven filósofo, vale más amar a Dios que conocerlo; sin embargo, preferimos la vía del conocimiento a pesar de tener conciencia de su inefabilidad y saber que sin amor jamás lo encontraríamos. La escala del conocimiento de Dios culmina, paradójicamente, con el desconocimiento absoluto. Por tanto, Dios no es, como afirma San Anselmo, el ser mayor que el cual no cabe pensar otro, sino, más bien, el ser infinitamente más grande que todo lo que pueda ser pensado.

5.2. Los cuatro grados de ascenso al conocimiento de Dios

Superando la teología negativa de los teólogos medievales y con signos de misticismo, Pico nos enseña la escala hasta la morada oculta del Ser Supremo, hasta la “tiniebla” en que Dios habita.

El primer grado de nuestra escala consiste en el conocimiento de que Dios no es cuerpo ni forma del cuerpo. Este es como un conocimiento previo, pues aplicar a Dios la forma corpórea, como hicieron los epicúreos, o identificarlo con el alma del universo, como creían los egipcios y Varrón el teólogo, no puede tener otra consecuencia que la idolatría. Quines tales cosas afirman no han dado ni tan siquiera el primer paso en el conocimiento divino. Se trata, en definitiva, de la purificación de los nombres divinos de las imperfecciones de la cosa significada.

El segundo grado de conocimiento nos lleva a negar de Dios la pluralidad de perfecciones particulares, pues Él las posee todas en perfecta unidad y simplicidad. En las cosas se encuentran las perfecciones divididas y multiplicadas; en cambio, Dios las une en sí y las reúne en una única perfección. En este grado descubrimos que las perfecciones se dan reunidas en Dios porque se encontraban en Él antes que en las criaturas.

Ya en el tercer grado, detectamos la insuficiencia de todos los nombres que damos a Dios. Su esencia infinita es inefable, no puede ser encerrada en ningún nombre, es lingüísticamente inexpresable. El mismo Dionisio Areopagita, afirma Pico, después de todos los argumentos que usó, acaba reconociendo que «no hay lenguaje de Él, ni nombre, ni ciencia, ni es tinieblas ni luz, ni error ni verdad, ni hay de Él en absoluto afirmación o negación» [Pico 1984: 174].

Por fin, el último grado, lejos de ser la culminación de la escala, la claridad plena, la visión y la posesión cognoscitiva perfecta del Creador, representa la aceptación de la evidencia de la impotencia humana. Es en el cuarto grado donde llegamos a descubrir la ininteligibilidad divina. Es, por tanto, el más sabio quien más se interna en la ignorancia. Cuando comenzamos a vislumbrar que su esencia se encuentra sobre todo nombre y sobre toda razón, es justamente cuando no la conocemos en absoluto. De esta manera, dice el príncipe de la Mirandola, entramos en la «luz de la ignorancia» y quedamos «cegados por la tiniebla del resplandor divino». Como el intrépido prisionero de la caverna platónica que, desligado de las cadenas trepa hacia lo sublime y es cegado por la luz y sus ojos entran en tinieblas, de esta manera el hombre que llega al cuarto grado del conocimiento divino no puede sino llenarse de oscuridad. Los ojos del prisionero podrán acostumbrase a la luz y al cabo ver con claridad; no así el teólogo mirandoliano, pues envuelto en tinieblas sólo puede exclamar con el profeta David: Tibi silentium laus, (El silencio es tu alabanza). Aquí puede entenderse la afirmación de Henry De Lubac sobre el proyecto que lleva a cabo Pico en De ente et uno: «Una filosofía racional coronada por la mística» [De Lubac 1974].

5.3. La concordia entre Platón y Aristóteles

El tratado De ente et uno surge ante la discusión que se había iniciado en Florencia entre los Platónicos (defendidos por Ficino y Lorenzo de Medici) y los Aristotélicos (entre los que se encontraba Angelo Poliziano que durante el curso 1490-91 estaba explicando la Ética aristotélica). Ficino proponía un platonismo abarcador que pretendía armonizar el pensamiento de San Agustín y los padres de la Iglesia con las corrientes plotinianas y las místicas arábiga y cristiana. Poliziano, y también Pico, no estaban de acuerdo con estos planteamientos. El conde de Concordia disentía profundamente del planteamiento mismo de la disputa, pues estaba convencido de la concordancia entre Platón y Aristóteles (Platonis Aristolelisque Concordia). Pensaba que todos los que piensan que Aristóteles disiente de Platón, disienten igualmente de él.

«Y como los que piensan que Aristóteles disiente de Platón disienten igualmente de mí, que me empleo en dar una filosofía que concuerda a los dos, me rogabas te dijera cómo se defiende en aquel tema a Aristóteles, y cómo concuerda con su maestro Platón. Dije entonces lo que me vino a la mente, más bien en confirmación de lo que tú respondiste en la disputa aduciendo algo nuevo. Pero se ve que no te basta. Me pides ahora que, aunque voy a escribir más detenidamente en la Platonis Aristotelisque Concordia que ahora estoy dando a luz, toque en un breve comentario aquello que entonces hablé libremente sobre esta cuestión» [Pico 1984: 159-160].

Para afrontar uno de los grandes retos al que se enfrentaron los hombres del Renacimiento, como era eliminar las diferencias entre académicos y peripatéticos, Pico se propuso leer a Platón a través no sólo de Plotino y Proclo, como era lo normal en el momento, sino también a través de Aristóteles y de los teólogos medievales. De esta manera, el Dux Concordiae cree poder conseguir la “paz filosófica” que tanto deseaba su época.

La discordia entre platónicos y aristotélicos no era en aquellos tiempos un simple disenso, sino toda una verdadera acusación de impiedad contra Aristóteles. Para los platónicos el estagirita coloca a Dios en el mismo plano que los demás entes, no lo considera como Super Ens; se le acusa de inmanentismo. En cambio, los académicos mostraban que su maestro sostenía la superioridad del Uno sobre el Ente. Pico es la voz apaciguadora en la lucha entre dos escuelas, mejor dicho, entre dos tradiciones filosóficas.

La estrategia mirandoliana para limar las asperezas de la contienda se centrará en tres puntos.

En primer lugar, tratará de demostrar que en parte alguna Platón sugiere que el Uno es superior al Ente, sino más bien son iguales. «En el Sofista lo que se afirma es que el Uno y el Ente son iguales, no tanto que el Uno esté por encima del Ente» [Pico 1984: 163]. A la vez que intentará poner de manifiesto que, al igual que el maestro, Aristóteles también cree que Dios está por encima del Ente.

En segundo lugar, Pico nos lleva a la consideración de Dios como Super-Ente, como ser superior a todas las cosas y perfecciones. Es aquí donde introduce los cuatro grados de ascenso al conocimiento divino para demostrarnos que, al fin y al cabo, sobre Dios no podemos decir nada porque cuanto más nos acercamos a Él más lo desconocemos.

Por último, se ha de atender a los cuatro predicados de Dios y de todas las demás cosas por debajo de Él, como son: ente, uno, verdadero y bueno. Teniendo en cuenta que Dios puede ser considerado en sí mismo y respecto a las cosas creadas, podemos afirmar que en la relación entre Dios y lo creado el Uno está por encima del Ente, pero no si lo consideramos en sí mismo. En definitiva, la estrategia de Pico consiste en demostrar que el Uno y el Ente son lo mismo.


6. Magia y astrología

El Renacimiento es época de contrastes y claroscuros. Frente al elogio de los espíritus rebeldes aparece la dureza de la Inquisición; frente a la visión del hombre autosuficiente, una profunda religiosidad; frente a la luz de la razón, las sombras de los saberes ocultos. El racionalismo naciente se ve contaminado de irracionalismos antiguos. Y es justamente en el Renacimiento cuando empiezan a proliferar los mistagogos y los magos, como Giovanni Mercurio de Corregio. Es como si la intensidad de la luz hubiese creado sombras todavía más foscas.

6.1. Hermetismo, magia y método cabalístico

La publicación por parte de Ficino del Poimandres (Pastor de los hombres), serie de escritos que se creían revelaban la secreta doctrina de una deidad fabulosa conocida como Hermes Trismegisto, dio origen a todo un pensamiento esotérico llamado “hermético”. El “hermetismo”, la magia, la astrología y la sabiduría hebrea contenida en la Cábala, creaban un ambiente brumoso de arcanas sabidurías. Pico, como prototipo de su época, no permaneció inmune a sus seductoras doctrinas. En Padua fue iniciado en el conocimiento de la Cábala por el averroísta Elia del Medigo. Después de su aventura con Margherita y con la intención de profundizar en la sabiduría hebrea entró, ya en Perugia, en relación con un judío que utilizaba el nombre de Flavio Mitrídates (Guillermo de Sicilia). Éste le introdujo en la lengua caldea y le rodeó de purificaciones y precauciones misteriosas para mantener en absoluto secreto la sabiduría cabalística.

Este interés de Pico por todas las formas del saber humano, sobre todo, por la magia y la Cábala, no impiden que fuese un encendido enemigo de la hechicería y la astrología. Quizá esto motivó que al final de su vida escribiera las Disputationes adversus astrologiam divinatricem, (Disputas contra la adivinación astrológica). Aquí encontramos a un Pico mucho más equilibrado de lo que su vida y su fama decían de él. Su argumento fundamental para atacar la astrología consiste en demostrar que dicha “ciencia” confunde el plano natural y el plano espiritual. Esta confusión de planos es para Pico un argumento en contra ineludible, porque elimina la libertad humana. No es de extrañar que el incansable defensor de la dignidad y la libertad del hombre repudiara la astrología, porque el hombre —no los astros— se labra su propio destino tal y como mantiene en su Oratio. En este mismo sentido, se le puede considerar incluso un precursor de Kepler y Newton en cuanto mantiene que la naturaleza debe ser interpretada por símbolos físico-matemáticos, no astrológicos.

El gran interés que mostró por los saberes ocultos y en especial por los cabalísticos en modo alguno enturbió la claridad racional de su investigación filosófica, sino que, más bien, la enriqueció. Para Pico la Cábala es, más que un conjunto de doctrinas, una técnica, un método capaz de reducir a la unidad la diversidad de doctrinas tanto religiosas como puramente especulativas, y estaba convencido de que el llullismo, por ejemplo, era un método cabalístico. En el plano teológico, nuestro conde filósofo llega a afirmar que la magia y la Cábala demuestran la divinidad de Jesucristo: «Nulla est scientia quae magis nos certificet de Divinitate Christi quam Magia et Cabala».

6.2. Dos tipos de magia

Pico diferencia dos tipos de magia. El mago que se sirve de las fuerzas sobrenaturales y diabólicas e invoca poderes ocultos constituye la imagen negativa de la magia: la magia diabólica. El concepto de magia que maneja Pico, en cambio, supera esta visión popular. Para él la magia es como un concepto primitivo de ciencia, un saber precientífico que une al hombre con la naturaleza, una suerte de «consumada filosofía natural»: la magia natural, que es lícita y no está prohibida, sino que es «pars practica scienciae naturalis». 

"Son muchas las diferencias entre la magia diabólica (hechicería) y la magia natural. Aquélla es condenada y execrada por la Iglesia y por toda bien establecida república, mientras que ésta es admitida por todo el que esté interesado en las cosas celestes y divinas. La primera es fraudulenta, nula y vana; sin embargo, la segunda es la más alta y santa filosofía, firme, fiel y sólida. A la magia diabólica no se dedicó jamás varón dado a la filosofía y los que la cultivaron siempre la encubrieron por considerarla deshonrosa. A la magia natural, por contra, se dedicaron Pitágoras, Empédocles, Demócrito y Platón y de ella derivó en la antigüedad la gloria del saber" [Pico 1984: 132].

Por estas razones, el filósofo renacentista se muestra defensor de la magia, entendida como él la entiende —como magia natural—, pero enemigo acérrimo de la astrología. Ya hemos visto que la astrología sumerge al hombre en los designios del cosmos y le roba la libertad. Pico no puede aceptar que el hombre quede subsumido por la rueda de los astros, sino que destaca en él la fuerza de su espíritu, gracias al cual es capaz de volar más allá de las estrellas.


7. Conclusión

Pico della Mirandola, junto a otros hombres del Renacimiento, ha tendido el puente hacia la Modernidad. Él está entre dos mundos, entre la tradición y la novedad, en el umbral de dos épocas. Gracias a su juventud pudo soportar la vertiginosa velocidad de cambio que le impuso su época. Murió joven porque un hombre de su tiempo no se podía permitir el lujo de envejecer. Vivió deprisa y pensó con urgencia. Y dejó como testamento nuevos planteamientos llenos de posibilidades.

Pero Pico de la Mirandola fue ante todo un verdadero amante de la sabiduría, un auténtico filósofo que se percató de la crisis filosófica que, a pesar de una gran actividad intelectual y cultural, estaba padeciendo su época. Él sabía que esta precaria situación filosófica tuvo sus orígenes en los ámbitos universitarios de la Escolástica tardía (siglo XVI), más en concreto en las Facultades de Teología, donde se libraba la batalla entre dos grandes sistematizaciones: la de Tomás de Aquino y la de Escoto. El tomismo, que representaba la gran síntesis filosófica del pensamiento medieval cristiano, perdió vigencia al enfrentarse con las tesis escotistas. Las dos escuelas entablaron un violento combate que hizo explosionar la mansión filosófica. El Renacimiento, entonces, se fue modelando a partir de las cenizas de la batalla tardomedieval. Surgieron multitud de escuelas que no pudieron encontrar cimientos firmes y cuya esperanza de vida era proporcional a su fragilidad. Las corrientes filosóficas pasaban con gran rapidez y los hombres del Renacimiento morían jóvenes. Era una época movediza en la que nada podía imponerse como definitivo. Era una época en crisis. La muchedumbre de pensadores que inundaron el Renacimiento dotó a aquella época de un cariz especial y una belleza incontestable; sin embargo, no la sacó de la crisis. Sus esfuerzos chocaron siempre con la pérdida de los cimientos.

Quizá faltó un verdadero amor a la sabiduría, una búsqueda sincera y honesta de las raíces filosóficas más profundas. Quizá se perdió la capacidad de admiración sin la cual no puede iniciarse la filosofía. Pico de la Mirándola pudo ser el hombre que sacara a la época de la crisis, porque vio con lucidez lo que pasaba; sin embargo, su corta vida le impidió erigirse en constructor de un nuevo orden. En su Oratio De hominis dignitate denuncia esta situación. Piensa que los sabios de su época han convertido en mercenario el cultivo de la sabiduría, han prostituido el saber en aras de otros fines. Pico echa la culpa no a los príncipes, sino a los filósofos de su tiempo, porque lo que están, en el fondo, es proclamando que no vale la pena filosofar, porque la filosofía no establece ningún premio ni paga y ellos están más interesados en la ganancia o en la ambición que en abrazar el conocimiento de la verdad por sí misma. Él, en cambio, no se avergüenza de haberse puesto a «filosofar por otra causa sino por el filosofar mismo, ni esperar o buscar de mis estudios y de mis elucubraciones otra recompensa o fruto que el cultivo del espíritu y el conocimiento de la verdad, siempre y en alto grado deseada» [Pico 1984: 121].


8. Bibliografía

8.1. Obras de Pico della Mirandola

8.1.1. Ediciones de las obras completas

Omnia opera, Venecia 1498, 1519. 
Omnia opera, París 1505, 1517. 
Omnia opera, Basilea 1557, 1572, 1601. 
Obras de Pico della Mirandola en tres volúmenes, Edizione Nazionale dei Classici del Pensiero Italiano, por E. Garin, Florencia 1942, 1952. 
Opera omnia, edición facsímil a cargo de E. Garin, Turín 1971. 
Opera omnia, edición en CD-ROM a cargo de F. Bausi, Nino Aragno Editore-Lexis Progetti Editoriali, Roma 2000.

8.1.2. Traducciones castellanas

Comentario de una canción de amor de Girolamo Benivieni, PPU, Barcelona 2006. 
Conclusiones mágicas y cabalísticas (traducción de Eduardo Sierra Valentí), Ediciones Obelisco, Barcelona 19962. 
De la dignidad del hombre. Carta a Hermolao Barbaro y Del ente y el uno (traducción de Luis Martínez Gómez), Editora Nacional, Madrid 1984. 
Discurso sobre la dignidad del hombre (traducción de Pedro J. Quetglas), PPU, Barcelona 2002. 
Discurso sobre la dignidad del hombre (traducción de A. Ruíz Díaz), Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina 1972. 
Oración acerca de la dignidad del hombre (traducción de J. M. Bulnes Aldunate), Ediciones Universitarias, Río Piedras, Puerto Rico 1963. 
Oración acerca de la dignidad del hombre (traducción de G. Ferracane), Florentia Publishers, Boston 1978.

8.2. Estudios

Cassirer, E., Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento, Emecé Ed., Buenos Aires 1951. 
Colomer, E., De la Edad Media al Renacimiento. Ramon Llull, Nicolás de Cusa, Juan Pico della Mirandola, Herder, Barcelona 1975. 
—, Pico della Mirandola ayer y hoy, «Razón y Fe», 169 (1964), pp. 9-24. 
Dresden, S., Humanismo y Renacimiento, Guadarrama, Madrid 1968. 
Dulles, A., Princeps concordiae. Pico della Mirandola and the scholastic tradition, Cambridge M. (Harvard) 1941. 
Garin, E., Educazione umanistica in Italia, Laterza, Bari 19707. 
—, Giovanni Pico della Mirandola. Vita e dottrina, Le Monnier, Firenze 1937. 
—, La revolución cultural del renacimiento, Crítica, Barcelona 1981. 
—, L'umanesimo italiano, Laterza, Bari 199011. 
—, Medievo y Renacimiento: Estudios e investigaciones, Taurus, Madrid 1973. 
Goñi, C., Pico della Mirandola, Ediciones del Orto, Madrid 1996. 
Graven, W. G., Pico della Mirandola, Il Mulino, Bolonia 1984. 
Kristeller, P. O., El pensamiento renacentista y sus fuentes, F.C.E., México 1982. 
de Lubac, H., Pic de la Mirandole. Etudes et discussions, Aubier-Montaigne, Paris 1974. 
Monnerjahn, E., Giovanni Pico della Mirandolla. Ein Beitrag zur philosophischen Theologie des italienischen Humanismus, Franz Steiner, Wiesbaden 1960. 
di Napoli, G., Giovanni Pico della Mirandola e la problematica dottrinale del suo tempo, Desclée, Roma, 1965. 
—, La teologia di Pico della Mirandola, «Studia Patavina», 1 (1954), pp. 174-210. 
Raspanti, A., Filosofia, Teologia, Religione. L'unità della visione in Giovanni Pico della Mirandola, Edi Oftes, Palermo 1988. 
Santidrián, P. R., Humanismo y Renacimiento, Alianza, Madrid 1986. 
Tugnon, G., Introduzione al Discorso sulla dignità dell'uomo, Editrice La Scuola, Brescia 1987. 
VV.AA., L'opera e il pensiero di Giovanni Pico della Mirandola nella Storia del umanesimo, Convegno Internazionale, Mirandola, 15-18 sett., 1963, 2 vols., Istituto Nazionale di Studi sul Rinascimento, Florencia 1965.

Por Carlos Goñi Zubieta, Doctor en Filosofía, Profesor de Filosofía e Historia de la Filosofía en Bachillerato. Lleida (Cataluña), España 
Fuente:  PHILOSOPHICA 

 
El término enseñanza, que se utiliza con frecuencia como sinónimo de educación, es tan sólo parte de ella, por lo que olvidar esta premisa quizá sea la causa de la falta de buenos modales que nos ha zarandeado en los últimos tiempos.

La enseñanza es la acción y efecto de enseñar, de instruir; la educación también lo es, pero además incluye en su definición y previamente, la palabra "crianza", que significa urbanidad, atención y cortesía.

Hoy por hoy, y desde hace más años de los que sería de desear, parece como si consideráramos cursi o trasnochado el practicar las más elementales reglas de las buenas maneras, y la convivencia se va volviendo áspera, difícil, y hasta en ocasiones amarga.

Durante muchos años hemos estado luchando por conseguir un país en el que las clases sociales fueran igualándose; en el que la excelencia no sólo viniera de cuna sino de los propios méritos y de que el esfuerzo de cada individuo fuera capaz de hacer realidad esa hermosa expresión que reza: “Cada uno es artífice de su fortuna”. Poco a poco lo vamos consiguiendo pero me preocupa que esta igualdad venga dada a la baja, es decir: que vayamos quedándonos con lo que resulta más fácil, más ramplón y grosero, y descuidemos el afán de superación que ya sólo parece importar en las actividades deportivas. ¡Y menos mal que ahí aún se mantiene!

Ahora que hay tantos días dedicados a infinidad de objetivos yo propondría dedicarlos todos a ser educados con nosotros mismos y con los demás, a volver a enseñar, a aprender y a practicar, paso a paso, todas esas pequeñas actitudes que facilitan las relaciones entre los seres humanos, propician la cordialidad, y en definitiva hacen la vida más agradable sin el menor desembolso. ¡Lo cual, en los tiempos que corren tiene su mérito!

Hay tantas cosas que podemos asimilar sin gran esfuerzo, que parece mentira que las despreciemos con el partido que luego podríamos extraer de ellas. Necesitaríamos muchas páginas como ésta para completar la tarea, pero no está de más que iniciemos un esbozo, y como lo importante para solucionar los problemas es evitar que se produzcan, comencemos por asegurar que el uso de la cortesía y de la urbanidad no nos traerá jamás ninguno, su carencia sí.

¿Y que son, en definitiva, la cortesía y la urbanidad?

La cortesía es respeto, tolerancia y amabilidad para con los demás, es saber esbozar una sonrisa amplia sin temor alguno a que merme nuestro concepto de la seriedad. Una cara adusta no tiene por qué significar una mayor valía, sin embargo puede contribuir a cerrar puertas, a agriar situaciones embarazosas y, sin ninguna duda, no ayuda nunca a mejorar las relaciones humanas.

La persona cortés no tiene por serlo qué convertirse en la princesa de pitiminí. Lo cortés no quita lo valiente, por lo que no debemos pensar que quien practica los buenos modos, devendrá en un ser melifluo o débil. No hay mejor capacidad de mando ni mayor muestra de energía que el que sabe ejercitarlos, dominando la prepotencia, anulando la fuerza de la sinrazón y ejercitando la consideración y el respeto.

Si esperamos a ocasiones complicadas o esporádicas para mostrar nuestros buenos modos, jamás llegaremos a conseguir la adecuada educación. Por ello, sería bueno que intentáramos cada día practicar en casa o en el trabajo -en las mil y una ocasiones, aparentemente insignificantes que se nos van presentando en el trato cotidiano con la familia, los amigos o los simples compañeros- ese saludo a tiempo, esa deferencia, esa afabilidad. En definitiva, esa muestra de interés por los demás. No solo ganarían su aprecio, sino, y lo que es más importante, ganarían la propia estima. Un comportamiento correcto es la mejor ayuda para generar confianza en uno mismo.

Seguramente un individuo cortés no conseguirá la gloria por serlo, pero sí la aceptación. Un prepotente maleducado quizá llegue a lograrla, pero disfrutará de ella más solo que la una.

La urbanidad implica al propio individuo, aunque afecte también a su relación con los demás, porque urbanidad es nada más y nada menos que el saber ser y el saber estar, sea cual sea la situación que se nos presente, y eso implica muchos cuidados, mucha atención y, sobre todo, mucha práctica.

Podíamos comenzar por preguntarnos si sabemos escuchar, preguntar, vestir, comer, saludar, despedirnos, disculpar y disculparnos, jugar, reír, llorar, hacer regalos, hablar por teléfono, asistir a una fiesta, invitar a alguien, rechazar o aceptar su invitación, ir en coche, tomar copas, felicitar, no hacer chapuzas...etc., etc., Seguro que a bote pronto la respuesta sería "pues vaya una cosa, eso lo sabemos todos". Yo respondería que no, que la mayoría de las veces sabemos la letra, pero no la música, que todavía nos falta mucho por aprender en esas pequeñas actividades cotidianas y que aun cuando parezca poco importante, según sea el modo que empleemos en llevarlas a cabo, variará enormemente el resultado final de todas y cada una de ellas.

Algún día quizá sigamos hablando de este tema que hoy he querido comentar, porque todavía estamos a tiempo de corregir lo que de malo hacemos unos y otros y valorar lo bueno que podríamos lograr, y porque esta mañana me han soltado tres tacos sin venir a cuento; no he conseguido que nadie respondiera e mis ”buenos días” en el ascensor; me han gritado al oído, del que gracias a Dios aún no me resiento; a un compañero de mesa le he visto al masticar hasta los malos pensamientos; he intentado hablar por teléfono con alguien que se ha pasado media mañana comunicando; no he podido ver la televisión porque un vecino estaba martirizando su trompeta con más ruido que acierto mientras emitían un coloquio en el que se quitaban la palabra unos a otros superponiendo las voces en un guirigay incomprensible y, para rematar, alguien me ha regalado un marco de cristal exactamente igual al que me regaló el año pasado....En fin que hay algunos días en los que parece que te persigue un tuerto y se echan aún más de menos las buenas maneras. Y así, sencillamente, se lo quería contar.

Por Elena Méndez-Leite


on Friday, April 15, 2011
Maquiavelo fue un agudo observador de su tiempo y por encima de las críticas que puedan hacerse a su pensamiento político, fue capaz de describir con acierto la terrible naturaleza humana: “...Se puede decir de los hombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan lo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia; y mientras les haces favores son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida y los hijos cuando la necesidad está lejos; pero cuando ésta se te viene encima vuelven la cara. Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. La naturaleza de los hombres es contraer obligaciones entre sí tanto por los favores que se hacen como por los que se reciben...”
 
 

Precisamente, la mayor aportación de Maquiavelo a la historia del pensamiento fue, probablemente, su capacidad para identificar toda esa parte negativa, ese lado oscuro del hombre y reconocer en ello una parte inherente a la realidad, que afectaba a la política, al ordenamiento de una sociedad y a los propios gobernantes. A Maquiavelo le preocupaba ante todo la obtención y la conservación del poder y para ello argumenta que el hombre de estado debe poner a disposición de la consecución de dicho objetivo, todos sus talentos y capacidades… incluidos los que le proporciona su lado oscuro, como aquellos que estarían basados en el uso de la astucia, el engaño o la fuerza. Así, no duda en castigar la traición de la forma más dura “el que quiere ser tirano y no mata a Bruto y el que quiere establecer un Estado libre y no mata a los hijos de Bruto, sólo por breve tiempo conservará su obra”; en recurrir al uso de la hipocresía, “un príncipe jamás predica otra cosa que concordia y buena fe… y es enemigo acérrimo de ambas, ya que, si las hubiese observado, habría perdido más de una vez la fama y las tierras”, "... yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”; o simplemente dejar a un lado la moral y valerse de cualquier método si con ello se conserva el orden establecido y el poder:  "...haga, pues, el príncipe lo necesario para vencer y mantener el estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos..."

En el fondo y por más que todo ello pueda repugnar o ser contrario a los valores esenciales, no deja de tener razón Maquiavelo cuando afirma que lo práctico, para alcanzar o mantener el poder, pueda llegar a ser el asesinato, la guerra, el uso de la fuerza, la astucia o el engaño. La realidad, la triste realidad, nos enseña que, en efecto, así ha venido siendo a lo largo de la historia, e incluso, casi 500 años después de que el florentino dejara todo ello plasmado en “El Príncipe”, todavía continúa siendo así en muchos lugares del planeta… y en muchos otros se maquilla bajo el término oscuro y ambiguo de “razón de estado”. Maquiavelo describió al hombre y a la política tal y como eran, tal y como son, no cómo deberían ser.
 
Por descontado, ello implica separar la moral, la ética e incluso la religión de la política. Al margen de la trascendental discusión sobre principios y valores que ello implica, la realidad es que normalmente sucede de esa manera y eso es lo que supo ver, en toda su crudeza, el humanista florentino. En su contexto histórico, dio las pautas para que el gobernante transitara de forma práctica por el camino fácil, por el más eficaz en aquellos momentos, sin contemplar cualesquiera otros principios éticos o morales… lo que no implica que Maquiavelo no los tuviera, ya que en todo caso era perfectamente consciente de la diferencia entre el bien y el mal. “Simplemente” y en favor de esa eficacia a la hora de gobernar un estado, se limita a dejar la moral a un lado, separándola de la política: "...El príncipe no debe preocuparse de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el estado"… "Es mejor que el Príncipe sea considerado mezquino, ya que la avaricia es uno de los vicios que sostendrán su régimen”… "La crueldad esta bien usada cuando se la emplea una sola vez por la necesidad de afianzar el poder y después no se repite..."

Por ello, desde el realismo o desde esa “realpolitik” y en su sentido más pragmático e inmediato, resulta difícil criticar el pensamiento político de Maquiavelo, al que cabe atribuirle un innegable sentido práctico y una razonable eficacia, especialmente trasladado al contexto histórico de la Italia y la Europa renacentistas. Pero paralelamente, si profundizamos en esas implicaciones éticas y morales, tampoco resulta difícil inferir que una sociedad que acepta que sus gobernantes y sus líderes puedan recurrir a lo inmoral o a los antivalores para llegar al poder o para conservarlo, es una sociedad en la que esa misma inmoralidad y esos mismos antivalores terminarán permeando al resto de la población en su conjunto, lo que a su vez trastoca los principios inspiradores, no ya únicamente del llamado “juego político”, sino de los propios valores y del código moral de dicha sociedad, que de esta forma acaba perdiendo las referencias que en su día la inspiraron y la hicieron posible.

En ese escenario las personas –y por extensión las empresas y las instituciones- acaban haciendo uso de esa misma practicidad a la hora de conseguir sus propias metas, de forma que incorporan en su sistema de valores morales el concepto de que “el fin justifica los medios”, que simplificando es como a la postre se ha venido a resumir el pensamiento de Maquiavelo. Es más; el propio poder –y por tanto el dinero, que es el camino por excelencia para obtenerlo en nuestras sociedades economicistas y materialistas- termina convirtiéndose así en un fin en si mismo, olvidando incluso que para Maquiavelo el fin no era únicamente la obtención o la conservación del poder, sino el orden social y la prosperidad.

En una sociedad referenciada con un sólido código ético, cabe la posibilidad de que quien se lo salte adquiera una cierta ventaja competitiva sobre los demás. Pero en una sociedad en donde la mayor parte de la población no observa ese código ético, la ventaja competitiva desaparece, puesto que la mayoría goza de esa misma posibilidad y por lo tanto ya no es tal. En esas condiciones, lo único que cabe esperar es una escalada generalizada de la vileza y de las peores pasiones, como el único medio para alcanzar el poder, o simplemente para destacar sobre los demás, social o económicamente, algo que forma parte de las inclinaciones naturales del ser humano y que por lo tanto es inevitable que ocurra. Llegados a este punto, el modelo social comienza a colapsarse, puesto que no es posible –por definición- que sobreviva una sociedad allí donde no existen unos mínimos valores sociales: orden, unidad, sentido del deber, educación, cultura, compromiso, respeto, lealtad o patriotismo, entre otros.

Este es, precisamente, el punto en el que se encuentra la sociedad occidental: el principio de su colapso, a consecuencia de un envilecimiento generalizado. Si queremos evitar que ello ocurra y construir un mundo mejor y más justo, tendremos que empezar por reconocer, aceptar e identificar nuestras peores pasiones, las cuáles -nos guste o no- van a estar presentes en nuestras vidas, o en el mejor de los casos, en las de quienes nos rodean. Junto a ellas, cohabita en nosotros, con mayor o menor intensidad, esa necesidad de reconocimiento social, de que nos admiren, de alcanzar metas y cimas que nos hagan sentir realizados y a la vez, que nos confieran un cierto poder o ascendente sobre los demás y que también contribuya a garantizar, de alguna manera, nuestra supervivencia. Ese espíritu de competitividad, presente también en la naturaleza y que sin duda forma parte de la vida, si es debidamente canalizado y esta adecuadamente inspirado y referenciado no tiene por que ser algo destructivo o negativo. Al contrario, puede ser motor de superación y progreso, no ya sólo hablando en términos globales, como especie o como sociedad, sino a nivel personal y en el ámbito de lo individual e incluso en lo espiritual.

De la misma manera, también debemos asumir que la ecuanimidad, la observancia de códigos de honor, vivir en valores, tener principios éticos y morales y seguir el principio universal del amor al prójimo, implica normalmente, casi inevitablemente y en lo que a nuestra actual sociedad se refiere, un camino mucho más difícil y una clara desventaja competitiva. Una situación de la que otros seres humanos, en la plenitud del uso de su parte más oscura, se aprovecharán y utilizarán en su favor, en detrimento nuestro. Al menos ese será el escenario más habitual y cercano a la realidad, hasta que seamos capaces de conseguir que la mayoría de las personas estén igualmente inspiradas por esos principios.

Por ello, si nuestra sociedad fuera capaz de invertir el modelo, es decir que la ventaja competitiva fuera la parte más bondadosa del ser humano, los valores, los principios éticos y morales y no lo contrario, habríamos dado un gran paso evolutivo, precisamente porque en ese caso la postura práctica que hubiera defendido Maquiavelo habría sido con toda probabilidad la contraria. Si para obtener y conservar el poder se hiciera necesario poseer una serie de valores éticos y morales y una cierta excelencia, porque así lo exigiera la sociedad en su conjunto, incluso en base a leyes que así lo determinaran, Maquiavelo habría propuesto una línea diferente de actuación, cuyo fin sería el mismo… pero los medios para conseguirlo serían distintos. De esta manera, lo que se produciría sería una escalada generalizada de lo bueno, de aquello que nos hace mejores, de nuestra generosidad, de los aspectos más positivos del ser humano. Y lógicamente, el liderazgo social estaría en manos de aquellas personas que destacaran sobre las demás en estos aspectos... y no en lo antagónico.

Son, por lo tanto, esos parámetros, esa unidad de medida, los que debemos modificar y los que deberían calar en nuestra sociedad si verdaderamente queremos un mundo mejor. Ello es posible, tal y como puede observarse, ya que desde un punto de vista histórico los conceptos morales y los principios inspiradores del modelo social han ido evolucionando y lo que antes era aceptado sin demasiados reparos, como por ejemplo la esclavitud, la tiranía, el asesinato o la guerra, hoy es manifiestamente rechazado, al menos de una manera formal e incluso legal, por más que en ocasiones se siga llevando a cabo de una forma mucho más sutil. En todo caso, ello indica que el ser humano camina hacia delante, por más que por cada dos pasos en la buena dirección, demos uno en la contraria.

Si para Maquiavelo moral y política fueron términos antagónicos que fue necesario disociar, el ser humano debería ser capaz de construir su futuro sobre la base de que no sólo deben ir estrechamente unidos, sino que la política y por tanto toda la ordenación del estado, no puede concebirse si no es bajo una sólida perspectiva ética, que es la que desde ese momento debería inspirar la moral de esa sociedad, la propia finalidad de la política y los medios que se utilizan para alcanzar unos y otros objetivos. Esto es algo que ya supo ver Tomás Moro, coetáneo de Maquiavelo que, desde una posición opuesta, escribía por aquellos mismos años lo siguiente: “El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral”. O con igual rotundidad y mayor detalle: “En efecto, vivir uno entre placeres y comodidades, mientras los demás sufren y se lamentan a su alrededor no es ser gerente de un reino, sino guardián de una cárcel. ¿No será siempre inepto un médico que no sabe curar una enfermedad sino a costa de otra?  Lo mismo se ha de pensar de un rey que no sabe gobernar a sus súbditos sino privándolos de su libertad.  Reconozcamos que un hombre así no vale para gobernar a gente libre. ¿No tendrá que hacer primero corregir su soberbia y su ignorancia?  Con esos defectos no hace sino granjearse el odio y el desprecio del pueblo.  Viva honestamente de lo suyo, equilibre sus gastos y sus entradas: así podrá corregir cualquier desorden.  Corte de raíz los males, mejor que dejarlos crecer para después castigarlos.  Que no restablezca las leyes en desuso ahogadas por la costumbre, sobre todo, las que abandonadas desde hace mucho tiempo, nunca fueron echadas en falta. Y nunca, por este tipo de faltas, pida nada que un juez justo no pediría de un particular por considerarlo cosa vil e injusta”.
 
Con todo, nadie puede negar la importancia y el sentido práctico del pensamiento político de Maquiavelo, aunque sólo sea por la capacidad que tuvo para observar la realidad de lo que acontecía en el juego político y cuáles eran y siguen siendo, algunas de las pasiones que subyacen en el corazón de los hombres. Siempre habrá quien desee el poder; incluso siempre habrá necesidad de que alguien lo alcance y deba conservarlo, como forma de ordenar y dirigir cualquier asociación de seres humanos, ya que el liderazgo es imprescindible en cualquier ámbito de la vida. Lo que si podemos modificar son los patrones que permiten alcanzar ese poder, haciendo que quienes aspiran a él deban, de entrada, desterrar de su comportamiento toda actuación que no este debidamente referenciada en los valores esenciales -el Bien, la Verdad y la Belleza-, e inspirada en los dos grandes Principios Universales: la Inteligencia y el Amor, que a partir de ese momento serían los únicos medios posibles para alcanzar cualquier meta social, política o económica de relevancia.

Desde esa perspectiva si podríamos decir abiertamente que “El fin justifica los medios”… siempre que los medios también sean parte de nuestra virtud y un fin deseable en sí mismo.

Por Alberto de Zunzunegui


on Thursday, April 7, 2011
Nunca me han gustado las fechas señaladas de antemano para conmemorar, festejar o dolerme de algo. Me parecen forzadas y por ello me cuesta encontrarles su auténtico sentido. Este disgusto se acrecienta, si cabe, cuando la fecha conmemora a la mujer trabajadora. Reconocer todo lo que aún queda por hacer, y aplicarse a ello, para que ese 52% de seres humanos que puebla la tierra goce de los mismos derechos y esté sujeto a los mismos deberes -y no a más- que el otro 48% me parece fundamental todos y cada uno de los días del año, no un día aislado, y me lo parece porque forma parte de una más de las injusticias, de la falta de solidaridad, de los contrasentidos que han ido heredándose a lo largo de los siglos de generación en generación. Cada vez que tengo noticia de alguno de ellos, se exacerba mi instinto de rebeldía ya corra el mes de marzo, el de noviembre o el de junio. No obstante, cualquiera que sea el objetivo, hay que saber escoger las armas adecuadas al entorno, al momento y a las circunstancias. Es cierto que políticamente sería cuando menos chocante no adherirse a esta Conmemoración Internacional, lo que no se me alcanza es que la forma de manifestar esta adhesión sea aquí y ahora la oportuna, la sensata, la que más nos conviene dada nuestra precaria situación.

Entre los miles de actos, festejos, reuniones, adhesiones, misivas, ágapes, charlas y conferencias, es muy posible que con tanta prédica algo quede, pero quizá fuera más positivo y duradero que todo el dinero y esfuerzo que se derrocha en esta fecha fuera aplicado a becas de estudio, asistencia sanitaria, asesorías jurídicas, psicológicas o de otro tipo... y en lo demás, a seguir con el trabajo de cada día que no está nuestra pobre España para perder más horas laborales, y como no arrimemos el hombro a remediar tanto desastre como nos han propiciado, ya no habrá injusticias con unos o con otros porque todos, mujeres y hombres, estaremos mal, rematadamente mal.

Aún hay otro matiz que se debería corregir en este mal llamado día de la mujer trabajadora. Si es que hay que conservarlo, se podría suprimir lo de "trabajadora". El hombre y la mujer, ambos a dos (exceptuando algunos ¿"privilegiados"?), han trabajado juntos o separados, en acuerdo o desacuerdo, con afán o sin interés, eficazmente o con indolencia desde que el mundo es mundo, por lo que no resulta adecuado utilizar el epíteto so pena de -en pro de la igualdad- instaurar el "día del hombre trabajador". Para mayor abundamiento, este vocablo tiene hoy en día una connotación de producción y salario por lo que supone una discriminación negativa para ese enorme grupo de mujeres que, deseándolo y habiéndose preparado duramente para ello, no han conseguido aún una colocación digna y forman parte de esa legión de seres humanos que guardan cola -según dicen los expertos, si se pusieran todos ellos en fila llegarían hasta Maastrich- y que no reciben el nombre de trabajadores sino de parados. Supondría también un agravio comparativo para aquellas féminas que, queriéndolo o no, trabajan denodadamente y de sol a sol en hogares más o menos confortables sin percibir la más mínima retribución económica y en ciertos casos ni tan siquiera la gratitud, la consideración o el respeto debido. Mujeres heridas de palabra o de obra, mujeres despreciadas, menospreciadas o amedrentadas e, incluso, mujeres satisfechas por desempeñar el papel de su elección porque, a pesar de todos los sinsabores, se sienten identificadas con su labor. Para terminar, no podemos olvidar que en ese día se denuncian una serie de carencias que no solo tienen que ver con el trabajo por tanto, si incluimos trabajadora tendríamos que añadir: discriminada, sojuzgada, infravalorada, maltratada, peor retribuida, acosada, violada...etc., etc.

Entrando de lleno en el origen del problema que ha dado tristemente lugar a que, al menos un día al año, nos acordemos de la problemática femenina, no veo mejor solución para ir aliviándolo que, sin olvidar el enorme esfuerzo de cuantos hombres y mujeres se han dejado la piel en el empeño, volver los ojos hacia la familia, porque en ella y a su debido tiempo es donde hay que ir plantando la semilla de los valores fundamentales entre los que se encuentra el respeto al ser humano en su integridad.

Sabiendo además que somos una nación de recursos escasos, exaltemos la justicia, la solidaridad, el propio esfuerzo, la honestidad y la igualdad sin practicar la zancadilla, el desprecio, el enriquecimiento indebido, la ley del mínimo esfuerzo y la discriminación entre unos y otros. Porque si no, en lugar de conseguir una sociedad de mérito, haremos méritos para cargarnos nuestra sociedad.

Ahora por ejemplo, en este gélido mes de marzo, podríamos aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y charlar con los más pequeños, sobre el "Día de la mujer", recibir sus impresiones y transmitirles las nuestras, desarrollando en ellos la imagen de que cada ser humano es único e irrepetible no por el sexo al que pertenezca, sino por el hecho de serlo. Quizá así lográramos evitar esta conmemoración, y que llegara el momento en que todos los días del año no fueran ya ni de ella ni de él, sino nuestros, y a su vez fuéramos capaces de borrar el sentimiento negativo y triste de que los hombres y mujeres estamos, dolorosamente, condenados a entendernos.

Por Elena Méndez-Leite


on Tuesday, April 5, 2011
" La vida de quienes preparan con gran esfuerzo lo que poseerán con un esfuerzo mayor es desgraciadísima. Con gran trabajo consiguen las cosas que quieren, con ansiedad mantienen las que han conseguido, entretando no hay ningún cálculo del tiempo, de ese que no va a tornar nunca más" .


Reseña Literaria: "INVITACIÓN A LA SERENIDAD. LECCIONES PARA EL HOMBRE OCUPADO", de Lucio Anneo Séneca.



De vez en cuando conviene volver a los clásicos para aprender de sus magistrales lecciones, esto es lo que nos propone Séneca para mejorar. La mayor parte del ensayo la dedica el hispano a hacer referencia a la importancia de aprovechar el tiempo, así afirma "no tenemos un corto tiempo, sino que perdemos mucho", "no recibimos una vida breve sino que la hacemos breve, y no estamos faltos de ella, antes somos despilfarradores". El libro es de fácil lectura y desarrolla cuarenta reflexiones. Nos alienta a desconectar de vez en cuando " "no hay que tener la mente en una tensión constantemente", "hay que mezclar y alternar cosas; la soledad y la compañía de la multitud".  

Cada uno de los análisis de Séneca nos invita a profundizar en la estrategia diaria y en la meditación, justo lo que habitualmente no se hace.

En el apartado en el que critica la envidia, nos da su fórmula de lucha contra la misma "No envidies a quienes son superiores a ti: las cosas que parecían más excelsas se derrumbaron", por otra parte debemos tener en cuenta que aquellos a quienes una suerte desdichada los colocó en la incertidumbre, estarán más seguros rebajando su soberbia ante situaciones por sí soberbias.

 En un divertido capítulo el autor analiza la genialidad y el éxito, para ello se apoya en los griegos que decían "alguna vez incluso estar loco es agradable", o demuestra su admiración por Platón, de quien afirmaba "en vano ha golpeado las puertas poéticas el que está cuerdo". Al ser un tratado de filosofía los consejos las reflexiones nos llueven cada vez que pasamos una página, nos invita a tener personalidad, a no estar siempre pendientes de las opiniones de los demás; nos pide que abramos las puertas de nuestro interior "tú nunca te has dignado a mirarte, ni a escucharte".
 
Este es un ensayo que anima a los viven con la máscara permanente a quitársela: "no es grata y segura la vida de quienes viven siempre bajo una máscara". Se aprende mucho con este libro, de cuyo autor dijo Nietzche que era un "torero de la virtud". Por mi parte, comparto los deseos de Marina y "espero que el lector se haga adicto a la deslumbrante prosa de Séneca". No olvidemos que Gracián se inspira en muchas sentencias de Séneca al igual que le sucedió a Quevedo. 

Por Martín Hernández-Palacios


on Saturday, April 2, 2011
"-Hijos, en realidad, todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él -decía don José-. Algunos pensaréis que eso es bien fácil, pero en realidad no es así. A veces el camino que nos señala el señor es áspero y duro. En realidad eso no quiere decir que ése no sea nuestro camino. Dios dijo: Tomad la cruz y seguidme". Miguel Delibes, de su obra "El Camino" .


En aquella mañana de invierno de 1993, que se presentaba menos inclemente de lo acostumbrado, aún se podían ver algunas hojas salpicando las ramas de los frutales. Las aceras, tras varios días de lluvia, mostraban sus adoquines pulcros y aseados. Un sol tempranero y calentito se asomaba entre dos nubes gordezuelas que habían preferido su compañía a la de sus ruidosas hermanas de tormenta, mientras la ciudad comenzaba a desperezarse entre el olor a churros, a pan recién hecho, a café y a tostadas con mantequilla. que iba extendiéndose deliciosamente por doquier. En esa hermosa mañana, Valladolid aún no sabía que Campanilla, última portavoz del país de los cuentos y sucesora de tantos y tantos ilustres "voceros" habidos desde tiempos de Mari Castaña o de Calleja, había acudido a despertar a Peter Pan para comunicarle que el abuelo Miguel, por fin, había obtenido el premio Cervantes.
 
-No me molestes Campanilla. Miguel no necesita más premios, ni aún siendo ése. Son los demás los que necesitan un premio como Miguel, aunque todavía no lo sepan.
 
Como A Peter Pan a mí también me parecía irrelevante que D. Miguel hubiera ganado un premio más, fuera el que fuese, porque ese reconocimiento, no sé si más tardío que aparatoso, significaba ahora que sentía viejo y cansado, una sucesión de homenajes; llamadas; cenas; entrevistas y demás fastidios, al margen de un montón de duros que, sin duda, le proporcionarían una mayor tranquilidad pero que, desde luego, no acrecentarían su ilusión ni darían lugar a grandes cambios de vida, como sucedió con aquél bendito Nadal. ¡Aquél sí que la cambió para bien!
 
Ahora ya hacía casi veinte años que se había abandonado a la costumbre de seguir viviendo y luchando por otros y para otros. Casi veinte años dando primero y recibiendo después, el amor y el cuidado de Miguel, de su segunda Ángeles, de Germán, de Elisa, de Juan, de Adolfo y de Camino y, algún tiempo después, de quienes supieron amarles, amándole a él a través de ellos.
 
Luego aparecieron los nietos.- esos retoños tiernos que, entre sonrisas, le pedían -sin saber aún que pedirle eso a él es más que un privilegio-, que les contase un cuento. Casi veinte años escribiendo y describiendo la vida de los demás para dejar de pensar en lo que ahora hubiera podido ser la suya con ella a su lado porque... si estuviera Ángeles otro gallo, o mejor, otra alondra les cantara, entonces sí que este premio hubiera sido mucho más que "un bonito remate a su vida de escritor". Hubiera sido un comienzo, una revolución, una disculpa para que su señora de rojo volviera a remozar la casa, rebuscara en cada mercadillo, regateara otra vez con los prenderos y con ese ojo que tenía enseñado a mirar, convirtiera esos dineros en algo que para él tuviera auténtico sentido. ¡Ay, si ella estuviera...! "nos bastaría mirarnos y sabernos. Nada importarían los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde". El abuelo Miguel y la abuela Ángeles estarían juntos, sabedores de que la felicidad es eso y, a su vez, que eso y solo eso es más que suficiente.
 
Hoy hace ya muchos años de aquél premio y ahora que ya nos dejó, Valladolid y lo que llamamos "el mundo entero", que no es sino un cachito de nada perdida en el espacio, sabe de sobra quien es D. Miguel y al cumplirse el primer año de su partida se han escrito cientos de artículos en su honor. Muchos han leído sus obras por primera vez, otros se alegran de haberlas conocido, saboreado y disfrutado en sazón. Es casi seguro que volveremos a ver en televisión "Los santos inocentes". Recordarán algunos a esa gran señora de la escena que en el 79 pasó cinco horas con Mario y ya nunca lo pudo olvidar. Vendrá la Marce a preguntar a la Desi si el aniversario es de D. Eloy o de D. Miguel; se acercará prudente y sigilosa, como siempre, la Sra. Molina para preguntar si aún es posible que "La guerra de papá" tenga segunda parte. Habrá quien hablará de caza o de pesca como si supieran lo que dicen, y hasta hay quien ha puesto de moda liar los cigarros porque en España ha vuelto la crujía una vez más. Alguno, hasta intenta copiar esa sonrisa de pícaro-buenazo que no se le despinta a D. Miguel y muchos, ahora que ya somos del todo europeos, se acuerdan de aquello que él contaba sobre la estupidez de Papini o sobre las extrañas camas de Alemania, y la escasez de pan. Muchos se escapan tímidamente por el camino que, generosamente, podría recuperar del celuloide Ana Mariscal. Otros aprenden de su maestría el difícil arte de pegar la hebra o el de perder por esos mundos un año de su vida, con la escopeta al hombro entre siestas con viento sur. Habrá quienes emprenderán dos viajes en automóvil para acercarse, sin ruido, a la primavera de Praga, y es seguro que no se hallará en todo el norte de Castilla una ardilla más roja ni un ciprés más alargado que los que él hizo suyos. En todos los rincones se habla de D. Miguel no como de el loco sino como de el novelista que descubrió América; del hombre que tenía cuerpo de álamo y madera de héroe y que, para disimular su condición de príncipe destronado al ausentarse involuntariamente, su señora de rojo sobre fondo gris, un buen día de marzo, ahora hace un año, se agarró a su querida bicicleta, volvió a revivir su vida al aire libre y despacio, muy despacio, se fue a buscar con su premio Cervantes en el alma, ese espacio bendito de los campos donde se esconden para todos, menos para él, los mil y un personajes de tantas y tantas benditas historias que D. Miguel Delibes nos contó, nos cuenta y nos seguirá contando cada día, ahora ya acompañado de Ángeles, que nunca más lo volverá a dejar.
 
Por Elena Méndez-Leite