on Saturday, April 21, 2012
II FORO LIDERAZGO EMPRESARIAL Y HUMANISMO
Santo Domingo de Silos, 19 y 20 de Abril 2012


HUMANIZAR NUESTRA SOCIEDAD: COMPROMISO Y RESPONSABILIDAD
Por Alberto de Zunzunegui

En la edición precedente de este mismo foro, cerraba mi intervención con la anécdota atribuida al extravagante e ingenioso filósofo griego Diógenes, que buscaba la virtud en la pobreza y por ello era conocido por vivir en la calle como un vagabundo… Pues bien, me vais a permitir que hoy también comience con una anécdota atribuida a otro gran filósofo griego, en este caso Sócrates, quien pasaba igualmente una gran parte del tiempo en la calle, si bien no tanto por vivir en la pobreza, como por escapar -el pobre- de su vocinglera y malhumorada esposa Jantipa, a la sazón mujer de fuerte carácter. Precisamente y con los años, el propio Nietzsche atribuiría a Jantipa el mérito de haber convertido a Sócrates en un insuperable orador pues, para evitar estar en su casa, el desgraciado filósofo terminó vagando por las calles, conversando con todo aquel que acertaba a pasar a su lado. 

Un día, extenuado por la irrefrenable e insoportable verborrea de Jantipa, Sócrates se sintió necesitado de respirar un poco de aire fresco y a la par dar tregua a su espíritu, de natural sereno. Salió al umbral de su casa y se sentó en un escalón a contemplar el atardecer, mientras respiraba de nuevo. Pero Jantipa, enfurecida por haberse quedado con la palabra en la boca, salió detrás de Sócrates y le vació sobre la cabeza un enorme barreño de agua sucia. Sin moverse del sitio, Sócrates siguió contemplando la puesta de sol, no sin comentar:

- Después de tanto tronar, no es extraño que haya terminado lloviendo…

TOMAR CONCIENCIA DE LA REALIDAD

Regresando ya al presente desde la lejana Grecia, efectivamente, después de tanto tronar, no es extraño que haya terminado lloviendo -diluviando- sobre nuestras cabezas. En realidad, ha sido necesario que nuestra irresponsabilidad arrojara varios barreños de aguas estancadas sobre nuestras vidas, para que al final nos hayamos empezado a dar cuenta, que los truenos no son sino los heraldos de la tormenta y que para respirar aire puro no sólo es importante observar lo que tenemos por delante, sino mirar bien lo que dejamos atrás.

Al margen de esta pincelada de humor y de las cuestiones relativas a las inclemencias meteorológicas, a nadie se nos escapa que la situación es extremadamente grave. Y pese a que en esta ocasión mi intención no es abundar en la cruda realidad, por ser de todos sobradamente conocida, lo cierto es que creo que no estaría de más tener presentes algunos datos para no perder de vista la trascendencia de lo que esta pasando y lo que ello implica para miles –para millones- de seres humanos.

Más allá de esa anunciada y manifiesta crisis de valores, de ese retroceso de nuestra parte más humana; más allá de la inquietud o de lo que podamos opinar quienes tratamos de encontrar respuestas haciéndonos un sinfín de preguntas; más allá de la erudición de quienes dedican su vida al conocimiento para tratar de saber algo más, o de ese sentido común que guía nuestra razón, está la dura, fría y en este caso triste realidad, que es lo que al fin y al cabo levanta el acta notarial de nuestras acciones en la vida. En este caso, quizás para dar fe de nuestra falta de fe, no ya respecto a una determinada religión, sino en la propia esencia del genero humano. 

Frente a lo verdadero y ante esa realidad, con frecuencia erigimos desde nuestra inconsciencia y lo que fue, esa otra realidad, la inventada, la del mañana que nunca llega; la realidad que esperamos, la que anhelamos; la que nos desespera y por la que morimos, mientras creyéndonos vivos esperamos ya muertos… Expresado en palabras de Shakespeare, "esa engañosa palabra -mañana, mañana, mañana-, nos va llevando por días al sepulcro, y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa".

Así y en lo que a la realidad de España (1) se refiere:

La renta disponible por persona cayó cerca de un 9% entre 2007 y 2010.
Aumento de la desigualdad; el mayor de entre los 27 estados de la UE y cinco veces superior a la media.
Importante destrucción de empleo y aumento del número de parados, casi un 23% para 2011, la tasa más alta de la UE (media inferior al 10%) 
El 50% de esos desempleados lleva un año o más buscando trabajo.
Tendencia al alza de que el parado sea la persona principal del hogar.
Recortes en derechos sociales básicos, como la educación o la sanidad.
Fracaso escolar del 28%.
Un 22% de los hogares se sitúan por debajo del umbral de pobreza (7.800 Euros por persona), una de las más elevadas de la UE (sólo nos superan Rumanía y Letonia)
Aumento de la pobreza en hogares con sustentadores jóvenes y con menores.
Hay un 3,3% de hogares sin ingresos, es decir 580.000 hogares y una tercera parte sufren dificultades para llegar a fin de mes.
En el año 2010 se produjeron 100.000 ejecuciones hipotecarias.
En el 2010 la cifra de personas en riesgo de pobreza era de 11.675.000, es decir, el 25,5% de la población. Se calcula que en 2011 esta tasa ha aumentado en algo más de un punto.
Y como resultado de todo ello, se constata una acusada pérdida de bienestar.

Por descontado, los datos para el resto del mundo y para cientos de millones de personas, las cifras son todavía más escalofriantes y sin lugar a dudas podemos considerar que vivimos en un entorno privilegiado. La distancia que nos separa de ellos, en cuanto a riqueza o sufrimiento, es infinitamente mayor que la contenida en los pocos kilómetros que nos separan de esa otra orilla del Mediterráneo. 

Pero aún sintiéndonos afortunados y considerando que nuestros problemas pertenecen a un rango manifiestamente inferior, no se nos escapa que durante las últimas décadas y en particular en estos últimos años de crisis, un cierto sentimiento de infelicidad y de inquietud creciente ha ido calando en todos nosotros. Como si de agua esparcida sobre tierra porosa se tratase, esos sentimientos han ido permeando paulatinamente las diferentes capas que componen nuestra indiferencia, hasta llegar a lo más profundo de nuestro ser y terminar anegando nuestro corazón e incluso en algunos casos –para quien todavía la conserva- nuestra conciencia. Quizás el juicio implacable del tiempo y la razón, han terminado por hacer válida una vez más, aquella frase que nos dejara nuestro querido Ángel Ganivet, “nuestra fuerza está en nuestro ideal con nuestra pobreza, no en la riqueza sin ideales”.

Porque por encima de todo, nuestra infelicidad no procede únicamente de la constatación de una miserable realidad económica, sino de nuestra propia miseria espiritual, ahora más que nunca insatisfecha ante la debacle del imperio de lo material, diluido ante nuestros ojos, para demostrar su volatilidad. Eso si que es lo verdaderamente real y lo que, consciente o inconscientemente, amenaza cada mañana nuestra felicidad. Y es que más grave aún que la económica, la política o la social, lo es la crisis de nuestra propia individualidad insatisfecha, atenazada aún más por esa crisis de lo trascendental y el abandono de la religión. Un problema que supo reflejar Miguel de Unamuno en su obra  Del Sentimiento Trágico de la Vida, “a Dios no le necesitamos ni para que nos enseñe la verdad de las cosas, ni su belleza, ni nos asegure la moralidad con penas y castigos, sino para que nos salve, para que no nos deje morir del todo. Y este anhelo singular es, por ser de todos y de cada uno de los hombres normales, universal y normativo”.

PESE A TODO, SONREIR

Pero si había comenzado hoy con humor, no era solamente por tratar de ganaros una sonrisa o por intentar conseguir esa comunión que debe establecerse entre el orador y el público, sin duda deseable, sino porque todos y cada uno de nosotros necesitamos –con urgencia- empezar a sonreír. Sonreír frente a las dificultades y el infortunio; sonreír ante las desgracias propias y ajenas; sonreír frente a nuestra estupidez y soberbia. Sonreír ante la vida… incluso cuando ésta nos alza la voz. 

Y nadie vaya a pensar que sonreír es cosa poco atenta, trivial o burlesca, porque son la inteligencia y el momento los que establecen la diferencia entre lo propio y lo impropio y no solamente el gesto. Algo que ya supo entender Erasmo de Rotterdam quien para su renacer del hombre sentenciaba “reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos”… o hasta el grave e irrepetible Leonardo da Vinci: “si es posible, se debería hacer reír hasta a los muertos”… y así de inmortal dibujo a su Gioconda, pues todavía sigue sonriendo, indiferente al público y ajena al tiempo.

Pero para sonreír desde el respeto, de manera consciente e inteligente -pues la sonrisa sin inteligencia o inoportuna es cosa necia y poco recomendable-, lo primero que necesitamos es comprender el proceso; entender si no en su totalidad, al menos una parte esencial de la vida. Saber, al menos, que lo que nos ocurre es consecuencia de nuestros propios actos o inacciones, de nuestras decisiones, no de una fuerza desconocida, misteriosa, ininteligible, esotérica o malintencionada; no es la caprichosa fortuna o el azaroso infortunio quienes nos han conducido hasta la postración de nuestra humanidad. No; no hay una causa exógena. 

Esa es la buena noticia y lo que nos debería de ayudar a sonreír: somos nosotros quienes tenemos el control de nuestra vida, al menos mientras hacemos uso de ella. A partir de ahí, el segundo motivo para sonreír sería aceptar que los problemas y el sufrimiento forman parte intrínseca de la existencia; comprender que hasta la más dura realidad conlleva como compensación un hermoso aprendizaje. Una lección vital que nos humaniza y nos permite comprender mejor a nuestros semejantes a través de nuestro propio dolor, que en esencia es similar al que pueda padecer cualquier otro ser humano. Y desde esa perspectiva, cobran verdadero sentido las palabras del maestro Séneca: “no te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu; piensa en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cuál giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueran los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un ser humano”. 

Y también las palabras del poeta libanés Khalil Gibran: “el pesar y la pobreza purifican el corazón del hombre, aunque nuestras mentes débiles no ven nada de valor en el universo, salvo la comodidad y la felicidad”.

O las de nuestro Hernando de Acuña, dirigiéndose en su soneto Al Rey nuestro Señor: “más cuanto el mal esta más encumbrado, Y el mundo aprueba más lo que debiera tenerse por infamia y maleficio; Tanto merece ser más estimado el virtuoso obrar,  pues ya no espera la virtud premio, ni castigo el vicio".

Cuanto más pretendamos eludir esta cuestión, cuanto más pretendamos escapar al sufrimiento, más sufriremos por ello, entrando así en un círculo vicioso, cuya consecuencia será un enorme pesimismo existencial y un derrotismo instalado en nuestra vida de forma permanente. En definitiva, como señalaba Nietzsche, “no hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada”. A lo que yo añadiría: y si es posible, sonríe.

RESPONSABLES DE NUESTRA PROPIA VIDA

Somos nosotros quienes nos hemos dado el mundo que habitamos, si no en su primigenia creación, si como usufructuarios del mismo. Somos nosotros quienes lo alteramos, quienes lo modificamos, quienes creamos las condiciones bajo las que se desarrolla nuestra vida en sociedad y quienes establecemos la relación con el propio medio, bajo unas determinadas normas de uso. La ausencia de sensación de responsabilidad es la que hace que seamos incapaces de corregir nuestros actos o inacciones. Pero para actuar de manera responsable debemos tomar conciencia de nuestra propia realidad, de nuestra importancia, de nuestra unicidad y exclusividad. En definitiva, somos nosotros los únicos y últimos responsables de todo aquello que acontece a lo largo de nuestras vidas. Somos todo lo que SOMOS y cada uno de nosotros ES sin excepción. Esa es la esencia que aquel beréber romanizado, Publio Terencio, supo condensar en una de las frases que mejor podrían resumir lo que significa el humanismo:  “homo sum, humani nihil a me alienum puto” –hombre soy; nada de lo humano me es ajeno- 

Esa capacidad de ser, unida a la disponibilidad de aquello que somos, configuran el marco de libertad que se nos ha concedido por derecho propio, por más que las dimensiones del mismo no sean iguales para todos los habitantes del planeta, ni semejantes en todos los lugares. El gran humanista Pico Della Mirandola, trataba de explicar así el papel del ser humano en la Creación: "te he puesto en el centro del mundo para que puedas mirar más fácilmente a tu alrededor y veas todo lo que contiene. No te he creado ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, para que seas libre educador y señor de ti mismo, y te des por ti mismo tu propia forma. Tú puedes degenerar hasta el bruto o, en libre elección, regenerarte hasta lo divino. Sólo tú tienes un desarrollo que depende de tu voluntad y engendras en ti los gérmenes de toda vida" . 

Una libertad no siempre aceptada, con frecuencia mal entendida y casi siempre desaprovechada… pero libertad, al fin y al cabo. Una libertad que se condensa y cobra forma en nuestra VOLUNTAD,  para terminar convertida en una herramienta con la cual poder tallar no sólo nuestra incompleta, inacabada y a veces deforme figura, sino con la que labrar y sembrar el mundo para hacerlo más transitable. Un utensilio con el que poder facilitar la vida a nuestros semejantes, haciéndola más llevadera… y mal empleada, también un arma peligrosa, no sólo por su poder para acabar con otras vidas, sino porque en nuestra infinita torpeza, con frecuencia es nuestra propia vida la que se convierte en la primera víctima de una voluntad destructiva; en este caso auto-destructiva. Hasta tal punto es tan nuestra y propia del ser humano esa libertad y esa voluntad, que infinidad de sabios la han defendido y aclamado desde el principio de los tiempos. Entre ellos Fray Diego de Estella, que desde su franca percepción nos recuerda que “de ninguna cosa es el hombre señor, sino de su propia voluntad, la cuál es reina y princesa en el reino del alma, y de tal manera es libre y señora, que no se puede entender cómo la voluntad sea voluntad y no sea libre”.

Junto a ese regalo de libertad, a cada ser humano -sin excepción- se nos ha concedido un lienzo diferente, en donde poder dibujar la obra de nuestra propia vida. Lo que varía, además del entorno que nos ha correspondido por mano del azar o del destino, son las técnicas utilizadas, la gama y calidad de pinturas que tenemos a nuestro alcance, el juego de brochas y pinceles… y el tamaño del lienzo, definido por el mayor o menor grado de libertad de la que podamos disponer. Y al igual que ocurre con la pintura que se exhibe en museos y galerías, la calidad, el resultado final, la menor o mayor valía de la obra expuesta, no vendrá determinada únicamente por la técnica, los colores o el tamaño del lienzo, sino por la maestría y capacidad artística del creador, por su genialidad, por su dedicación, por el trabajo, la pasión y el amor por el arte, reflejados en ese cuadro. ¿Cuántos carboncillos sobre un pequeño papel no superaron a los más exagerados murales y gotelés millonarios?... ¿Quién puede tasar el valor artístico de un lápiz, de una tiza, de un pincel, de un dedo bien utilizado?... ¿Quién se atrevería a descartar a un verdadero artista por carecer de una pared sobre la que pintar, cuando a diario vemos cómo se destrozan a nuestro alrededor cientos de ellas, en nombre del arte y la cultura, o de una libertad mal entendida y peor expresada? Quizás fue esa interpretación del arte, en su relación con la vida, lo que también llevara a Ganivet  a plasmar en su Idearium: “la síntesis espiritual de un país es su arte. Pudiera decirse que el espíritu territorial es la médula; la religión, el cerebro; el espíritu guerrero el corazón; el espíritu jurídico la musculatura; y el espíritu artístico como una red nerviosa, que todo lo enlaza, lo unifica y lo mueve".

Y si bien a cada uno de nosotros nos tocará pintar sobre el lienzo que nos haya correspondido -en función del marco de libertad en que nos desenvolvemos y de acuerdo a los útiles y técnicas a nuestro alcance-, el hecho innegable e invariable es que todos plasmaremos algo sobre ese lienzo. Incluso quien pretendiera dejarlo en blanco, en un vano intento por escapar a la RESPONSABILIDAD y el COMPROMISO que implica el mero hecho de vivir, antes o después terminará arrebatando la virginidad a ese cuadro, pues los trazos quedan marcados tanto por lo que hacemos, como por lo que dejamos de hacer en nuestra vida y lo uno y lo otro, tiene consecuencias para nosotros y para otros seres humanos. Como también escribía Shakespeare en su Julio César, "en las cosas humanas hay una marea que si se toma a tiempo conduce a la fortuna; para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas”.

Buscar una explicación a las causas que han hecho posible esta realidad no es tarea sencilla, pero lo importante no es tanto el por qué, sino tomar conciencia de que la RESPONSABILIDAD es exclusivamente nuestra. Con todo y para los que tratan siempre de encontrar respuestas, quizás fue Ortega y Gasset uno de los que mejor supo comprender el problema y hoy sigue siendo válida la explicación que nos daba en La Rebelión de las Masas: “esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre-masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral alguna… Si dejamos a un lado todos los grupos que significan supervivencias del pasado –los cristianos, los idealistas, los viejos liberales, etc.- no se hallará entre todos los que representan la época actual uno solo cuya actitud ante la vida no se reduzca a creer que tiene todos los derechos y ninguna obligación… Cualquiera sustancia que caiga sobre un alma así dará el mismo resultado y se convertirá en pretexto para no supeditarse a nada concreto”.

DEL YO AL NOSOTROS: EL BIEN COMÚN

Otro motivo para sonreír desde la serenidad, es aceptar que no siempre lo que nos han enseñado es lo correcto, que lo aprendido no tiene por qué ser por definición lo más adecuado, que la nuestra no es la única cultura existente o ni siquiera necesariamente la mejor. Debemos potenciar nuestra capacidad de analizar aquello que nos rodea, de pensar por nosotros mismos; desarrollar el PENSAMIENTO CRÍTICO, la HUMILDAD y abrirnos a otras posibilidades, incluso a la MODIFICACIÓN DEL PARADIGMA SOCIAL. La evolución se basa, precisamente, en el cambio, no en la inmovilidad y lo mismo sucede con el aprendizaje: conocemos a través de la acción y la experiencia. Siguiendo con Ortega y Gasset, nos continúa recordando: “el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer en la humanidad es que está en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”.

Y uno de los mayores errores que como civilización hemos cometido es pensar en términos absolutamente mercantilistas, en ese egoísmo exacerbado en que ha devenido un liberalismo mal entendido, cuyo última consecuencia ha sido el individualismo más absoluto y la exaltación absurda y miope del Yo. Jacinto Benavente lo dejó plasmado en su ácida poesía El Meeting de la Humanidad:

En el "meeting" de la Humanidad,
millones de hombres gritan lo mismo:
¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo...!
¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo...!
¡Cu, cu, cantaba la rana;
cu, cu, debajo del agua...!
¡Qué monótona es la raza humana!
¡Qué monótono es el hombre mono!
¡Yo, yo, yo, yo, yo!
Y luego: A mí, para mí;
en mi opinión, a mi entender.
¡Mi, mi, mi, mi!
Y en francés hay un "Moi"!
¡Oh!, el "Moi" francés, ¡ése sí que es grande!
"¡Monsieur le Moi¡"
La rana es mejor.
¡Cu, cu, cu, cu, cu!
Sólo los que aman saben decir ¡Tú!

Como ejemplo de esa exaltación del Yo en detrimento del Nosotros –y del propio Yo- y de cómo nuestros esquemas mentales no siempre tienen por que ser los más acertados e incluso con frecuencia nos traicionan, podría valer la experiencia vivida por un antropólogo occidental en África. Al parecer, el investigador propuso un juego a los niños de una tribu sudafricana, perteneciente a la cultura Xhosa: depositó un cesto de frutas junto un árbol y les dijo a los niños que el primero que llegara se quedaría con todas las frutas. Cuando dio la señal para que se iniciara la carrera, todos los niños se cogieron de la mano y cuando se aseguraron de que todas las manos estaban entrelazadas, corrieron juntos… y juntos llegaron hasta el árbol, en donde todos, sin excepción, disfrutaron del contenido de aquel cesto. Cuando él antropólogo les preguntó por qué habían hecho tal cosa, si uno solo podría haberse llevado todas las frutas, le respondieron: ¡UBUNTU! y le le explicaron qué cómo iba a ser posible que uno sólo de ellos pudiera estar contento, si todos los demás estaban tristes. En la cultura Xhosa, ubuntu significa: “yo soy porque nosotros somos”. (2)

Y es que esa misma conciencia que nos descubre la realidad y el sentimiento de ser responsables de nuestras propias vidas, nos debería de encaminar hacia un sentimiento algo más amplio, el de la CORRESPONSABILIDAD, que es que el trasciende el propio YO –a través de su conocimiento y de su aceptación- y nos conduce hasta el NOSOTROS. Una corresponsabilidad basada en la respuesta que damos a la llamada de otro ser humano, que en realidad no deberíamos esperar a tener que escuchar para ser movidos a la acción, puesto que la necesidad, en base a la dureza de la vida que señalaba algo más arriba, es ininterrumpida y permanente.

Para ello debemos rechazar esa concepción utilitarista de la vida, la cosificación de los seres humanos que nos rodean, para convertirlos en iguales y establecer con ellos una relación desde esos planos de igualdad. Martin Buber, una de las figuras más importantes del siglo XX en el ámbito de la educación, destacó que era precisamente en la relación y en el diálogo Yo-Tú frente al monólogo Yo-Ello en donde sucumbían la mayoría de las relaciones humanas (3). Según Buber, la clave reside en encontrar un equilibrio entre el individualismo extremo –el hombre ante sí mismo- y la perspectiva colectiva –que no tiene en cuenta a la persona, sino únicamente a la sociedad- y para ello resulta esencial el concepto de INCLUSIÓN: sentirse uno mismo y al mismo tiempo sentir al otro en su propia singularidad. Y más allá de ello, en el plano de lo espiritual, nuestro encuentro con Dios también discurre a través del conocimiento y el reconocimiento de nuestros semejantes, pues tal y como señala: "la palabra de una persona que desea hablar con un ser humano sin hablar con Dios es incompleta, pero la palabra de alguien que desea hablar con Dios sin el hombre, sencillamente es inexistente".

Y en una línea similar, Santiago Ramón y Cajal también nos recuerda que “en la naturaleza no hay superior ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Esas jerarquías que nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento, las miramos únicamente en relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque todos resultan igualmente necesarios”.

Es ese concepto de BIEN COMÚN, que incluye la corresponsabilidad hacia los otros seres humanos, el que constituye la esencia del Cristianismo y lo que podemos encontrar como base de la mayoría de las grandes culturas y religiones que haya podido crear el hombre. Quizás porque su universalidad se fundamenta en algo mucho más primitivo, como fueron aquellas primeras comunidades colaborativas de homínidos, cuyo proceso de humanización más importante fue la toma de conciencia de su propia existencia y con ella, de la responsabilidad y el compromiso con el grupo como base de la supervivencia del mismo, lo cuál también incluía la propia.

UN COMPROMISO BASADO EN EL AMOR

El compromiso con el ser humano, con lo que somos, con el propio planeta y con las otras personas –con el bien común-, implica ELECCIÓN, PERSEVERANCIA, probablemente SACRIFICIOS, CAMBIOS y COHERENCIA con uno mismo. Seguramente también VALENTÍA. 

Un compromiso que debería empezar también por recuperar esa relación primigenia con la naturaleza, SACRALIZANDO nuevamente el planeta que habitamos, puesto que de él depende nuestra supervivencia… y la de quienes deberán heredar nuestro legado. Nadie puede abrogarse la facultad de destruir algo de cuya propiedad carece, pues tan solo somos usufructuarios de un planeta que por derecho pertenece, no ya a toda la humanidad -incluso a la venidera-, sino a cada uno de los seres vivos que lo habitan.

La base de ese compromiso, lo que nos permite establecerlo, cimentarlo, consolidarlo y cumplir con ello, es esa capacidad de amar que los seres humanos llevamos impregnada en nuestra más elemental estructura genética. Una cualidad que nos distingue sobre cualquier otra especie conocida y que Fray Diego de Estella suplo plasmar con singular belleza: “si quisieras que nos salváramos por las limosnas, no se salvarían los pobres, porque no tienen de qué hacer limosna. Si en los ayunos estuviera nuestra salud, no se salvaran los enfermos y flacos. Si en la doctrina y sabiduría, ¿qué hicieran los simples y los que poco saben? Si en la virginidad, ¿en qué esperaran los casados? Y si en la pobreza, ¿qué hicieran los ricos? Y así de todas las otras cosas. Muchos se podrían excusar y así quedarían excluidos de la bienaventuranza. Más del amor, ¿quién se excusará? ¿Quién legítimamente será excluido? Todos te pueden amar, Señor, y a sabios y no sabios, a ricos y pobres, a chicos y a grandes, a mozos y viejos, a hombres y mujeres y a todo estado y a toda edad es común el amor. Porque ninguno es flaco, ninguno es pobre y ninguno es viejo para amar”. 

Es ese compromiso, basado y expresado a través del AMOR y realizado en base a esa INTELIGENCIA vital igualmente imprescindible, el que nos debería permitir recuperar nuestra parte más humana, humanizando con ello a toda nuestra sociedad, de dentro hacia afuera y de abajo hacia arriba, pero también impulsándola y derramándola desde la responsabilidad que implica el liderazgo. Un compromiso que nos permita: 

Humanizar la familia, como pilar esencial de la sociedad y foco del amor más genuino y elemental, rescatándola del papel secundario que se le ha pretendido asignar o de su devaluación progresiva.
Humanizar la educación infantil, enseñando que educar en valores es la mejor garantía para conseguir con el tiempo una sociedad verdaderamente humana, haciendo del proceso educativo algo permanente y motivando para el auto-aprendizaje y la auto-perfección.
Humanizar la universidad y las escuelas profesionales, que desde el rigor y la verdad, deberían desarrollar nuestras mejores capacidades antes que alterarlas, contribuyendo a formar personas y no meros engranajes de un mecanismo económico, o competidores insaciables.
Humanizar la cultura, para promover y distinguir aquello que verdaderamente lo sea, evitando la confusión y limitando la mercantilización excesiva de lo inconsistente, para no sólo ser consumidores de cultura, sino ante todo, asimiladores de cultura. 
Humanizar la empresa, cuyo principal objetivo debería ser prestar un servicio a la sociedad y no exclusivamente perseguir el máximo beneficio, entendiendo que quienes en ellas trabajan son, ante todo, personas y no simples factores productivos.
Humanizar los medios de comunicación, y en particular la televisión, mediante la sensibilización y la concienciación sobre su capacidad de influir positiva o negativamente en la sociedad, revisando qué, para quién, de qué manera y con qué objetivo se comunica.
Humanizar los espacios públicos, haciéndolos accesibles para todas las personas, incluidas las que puedan tener carencias o dificultades y creando entornos que contribuyan activamente a desarrollar nuestro bienestar, tanto el físico como el espiritual. 
Humanizar la política, instaurando también para esta profesión el concepto de excelencia y haciendo de ella una actividad noble, con personas debidamente formadas -especialmente en valores humanos- y enfocada hacia el servicio a la comunidad, hacia el bien común, por encima del cualquier egoísmo o individualidad.
Humanizar la sanidad, tratando no sólo que sea universal, sino que considere a los pacientes como personas y que este basada en el respeto y la dignidad. El trato humano no puede depender exclusivamente de la voluntad o el sacrificio del personal médico y sanitario, sino que el propio sistema debe de propiciarlo y valorarlo.
Humanizar la ley, partiendo de la premisa elemental de que las leyes deberían estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las leyes. No se pueden utilizar las leyes para cubrir o encubrir los dislates, los errores y los intereses espurios de quienes gobiernan.
Humanizar la justicia, haciendo que la misma sea de verdad igual para todos y garantizando su independencia, su imparcialidad y sobre todo, su humanidad. Nada hay más inhumano que la injusticia y la impunidad de quienes atentan contra la vida, el bienestar y la felicidad de las personas o el bien común.
Humanizar la religión, conteniendo los excesos de formalismo y una rigidez no siempre coherente con la realidad social, o incluso con la esencia del mensaje que se pretende divulgar y que no hacen sino devaluar su validez y enmascarar la trascendencia de la propia espiritualidad.
Humanizar, en definitiva, nuestra actitud ante la vida y ante los demás, a los que deberíamos entender como iguales, como personas y no como piezas de un tablero a las que utilizamos exclusivamente para conseguir nuestros propios fines.

Para llevar a cabo ese compromiso, además de revisar nuestra capacidad para amar a otras personas, de recuperarla, motivarla y fomentarla, deberemos seguir creyendo en el ser humano y en nuestra propia humanidad. No ya como algo que permite desarrollar nuestra individualidad desde la comprensión de lo que somos y desde la comprensión de las otras individualidades que componen la humanidad, sino como un todo entrelazado, del cuál formamos parte. Una parte irrepetible y esencial. 

Y si empezaba esta intervención con un pequeño cuento, quisiera terminar con una gran poesía de Ángela Figuera, cuyo título es, precisamente, Creo en el Hombre:

Porque nací y parí con sangre y llanto;
porque de sangre y llanto soy y somos,
porque entre sangre y llanto canto y canta,
creo en el hombre.

Porque camina erguido por la tierra
llevando un cielo cruel sobre la frente
y el plomo del pecado en las rodillas,
creo en el hombre.

Porque ara y siembra sin comer el fruto
y forja el hierro con el hambre al lado
y bebe un vino que el sudor fermenta,
creo en el hombre.

Porque se ríe a diario entre los lobos
y abre ventanas para ver los pinos
y cruza el fuego y pisa los glaciares,
creo en el hombre.

Porque se arroja al agua más profunda
para extraer un náufrago, una perla,
un sueño, una verdad, un pez dorado,
creo en el hombre.

Porque sus manos torpes y mortales
saben acariciar una mejilla,
tocar el violín, mover la pluma,
coger un pajarillo sin que muera,
creo en el hombre.

Porque apoyó sus alas en el viento,
porque estampó en la luna su mensaje
porque gobierna el número y el átomo,
creo en el hombre.

Porque conserva un cajón secreto
una ramita, un rizo, una peonza
y un corazón de dulce sus letras,
creo en el hombre.

Porque se acuesta y duerme bajo el rayo
y ama y engendra al borde de la muerte
y alza a su hijo sobre los escombros
y cada noche espera que amanezca,
creo en el hombre.

Muchas gracias.

Por Alberto de Zunzunegui

Notas:
(1) Datos recogidos en el INFORME FOESSA 2012, Exclusión y Desarrollo Social
(2)  No he podido constatar que la historia –encontrada en Internet- sea cierta, pero si la veracidad del término UBUNTU, ampliamente estudiado y su significado para la etnia Xhosa “yo soy porque nosotros somos”. Las principales fuentes consultadas son entre otras, las siguientes:  Win van Binsbergen, UBUNTU and the Globalisation of Sothern Africa Thought and Society, y Dorothy R. Jolley, UBUNTU a Person is a Person. También existe una importante fundación que promueve esa filosofía tradicional contenida en el término UBUNTU: The South African Ubuntu Foundation, creada por Kevin Chaplin y cuyo Patrono es Desmond Tutu, que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1984.
(3) Kalman Yaron, Martin Buber, publicado inicialmente en Prospects: the quarterly review of comparative education (Paris, UNESCO: International Bureau of Education), vol. XXIII, no. 1/2, 1993, p. 135-146.  

on Saturday, April 14, 2012
Érase una vez un mes de abril de hace cincuenta y cuatro años. Mordehai Buchmann ve pasar las horas de esta nueva primavera en la que está a punto de nacer su hijo, un niño judío que llega al mundo en Bucarest, una ciudad doliente y cansada, como el mismo Mordehai. ¡Cuantas horas de sufrimiento ha tenido que soportar este periodista rumano para poder escapar vivo de los campamentos nazis! Intenta imaginar como será la criatura cuya llegada espera con tanta ansia. Algún día, cuando el dolor se haya suavizado por el paso de los años, es posible que pueda  contarle la historia de estos últimos tiempos en los que el mundo dio tantas vueltas que, en una de ellas y para sobrevivir al horror, hubo de cambiar hasta su nombre. Ahora el judío Mordehai Buchmann, ha muerto. Para el resto de su vida él será conocido por todos como Ion Mihaileanu, el guionista de una emblemática película “Duminica le ora 6”.

Medio siglo después, aquel niño se ha convertido en un afamado director y guionista cinematográfico que, huyendo de la dictadura de Ceausescu, recaló en Israel y finalmente se exilió en Francia. Allí empieza a colaborar como ayudante, y luego como co-guionista, con  prestigiosos directores, incluido nuestro Fernando Trueba, hasta  que a sus treinta y cinco años filma y firma su primer largometraje “Traidor” (Trahir, 1993); en esta cinta encierra al protagonista, escritor disidente del régimen comunista, entre los muros de una terrorífica y claustrofóbica cárcel de su Rumania natal. Radu modela a un esplendido ser humano, que intenta no ceder en sus planteamientos, evitar la delación y sobrellevar sus penosas condiciones, escribiendo hasta con las uñas por las paredes de su celda, hasta que la tentación va haciendo mella en su espíritu…

Cinco años más tarde nos presenta su segunda película: ”El Tren de la vida” (Train de vie,1998). En esta ocasión aborda de frente el problema del Holocausto a través del horror  propiciado en las pequeñas ciudades de la Europa del Este por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de judíos organiza un convoy que simula un tren de prisioneros, para escapar del terror y del exterminio del pueblo, en una increíble mezcla de dramatismo, comedia y poesía que hace que, inevitablemente, nuestro recuerdo vuelva a Ion Mihaileanu y a sus demonios familiares.

“Vete y vuelve” (Va, vis, et deviens, 2005), es un canto de amor filial en el que, ante la atroz injusticia que desgarra al tercer mundo, se van superponiendo los sentimientos en una batalla silente entre  la amargura, la renuncia, la ternura y el dolor. La belleza de las imágenes y la magnífica puesta en escena, se apodera de tal manera de propios y extraños que nos encontramos formando parte de un mundo en el que la calidad humana de los personajes y los auténticos valores que impregnan sus vidas nos contagian, nos emocionan y nos hacen vibrar. La historia se desarrolla en los años ochenta del siglo XX cuando, a instancias de EEUU e Israel, se pone en marcha la “Operación Moisés”, cuya finalidad es llevar a los judíos etíopes (los llamados falashas) a Israel, librándoles así de la muerte, ya sea por enfermedad, por agotamiento o por la hambruna que padecen en el campamento sudanés, en el que malviven junto a miles de refugiados de diversas etnias y países africanos. Una madre cristiana, ante la posibilidad de salvar a su hijo de nueve años, le convence  para que haciéndose pasar por judío etíope se una a  la expedición, y se  libre así de una muerte más que probable. El pequeño llega como huérfano a la Tierra Prometida, intenta olvidar quien y cómo fue su vida anterior y, día tras día, va integrándose con gran dificultad en un mundo nuevo, y descubriendo las dulzuras y amargores de su nueva situación, mientras que, noche tras noche, al contemplar la luna, mantiene un monólogo con aquella madre que fue capaz de apartarlo de ella para que pudiera sobrevivir…

Y de repente se produce lo que, en principio, parece un cambio de registro, y en 2009 Mihaileanu nos traslada de Moscú a Paris para que escuchemos la hermosa interpretación de Tchaikowsky que el antiguo director del Bolschoi de Moscú, en compañía de los que fueran antiguos músicos, nos tiene preparado en el  teatro del Châtelet  parisino. Y, en un abrir y cerrar de ojos, organiza “El concierto”, una película increíble y mágica en el que la comedia, la tragedia, la fantasía y la ilusión nos hacen llorar y reír, al tiempo que  un puñado de comediantes excelsos se adueñan de la escena y de nuestros corazones, haciendo creíble un sinsentido hermoso que, como los cuentos de antes, colorín colorado, tiene un soberbio final. 

Para terminar, resulta curioso que un judío describa de forma tan autentica y documentada la   problemática que aborda “La fuente de las mujeres” (La source, 2011). Mihaileanu afirma cuando le preguntan sobre ello que “Judíos y árabes proceden de la misma raza semítica. Cuando se intenta hablar de la belleza de una cultura que no es la propia pero que tiene unas, raíces, una música, unos alimentos, y una forma de vida común, a nadie puede extrañarle que un judío describa con tanta pasión y nostalgia una hermosa historia de amor, dolor y superación entre seres humanos, sean árabes, cristianos o judíos”.

“Las mil y una noches”, fueron los cuentos que una mujer inventó cada noche  para poder ver amanecer al día siguiente, y sirve magníficamente de hilo conductor del mensaje que Milhaileanou traslada a todas las la mujeres árabes: El valor que supone para su integración  el saber hacerse escuchar, su voz ha de ser la provocación para que, a través de muchas primaveras árabes, lleguen a alcanzar su completa liberación.  

El papel primordial del amor y la comprensión de un hombre: su marido, facilita que la bella Leïla se decida a incitar, contra viento y marea, la rebelión de las ciudadanas de un pequeño y aislado pueblo, en el que para conseguir llenar sus cubos de agua deben ser ellas las que a diario suban y bajen la pedregosa y reseca montaña, donde se ubica la única fuente de la localidad, mientras que los hombres, en su mayoría inactivos y perezosos, permanecen charlando en sus casas al resguardo del ardiente sol. La idea de comenzar una huelga en la que se niegan a mantener relaciones con sus maridos hasta que no faciliten la llegada del agua al  pueblo, es el “leitmotif” de esta comedia costumbrista y colorista que, al tiempo que nos deja su profundo mensaje, nos provoca la sonrisa una y otra vez. El film está basado en un hecho real y el escenario escogido es impecable, como lo es también la interpretación del grupo de mujeres rebeldes.

Hasta aquí el trabajo de un guionista y director cinematográfico que nació en Rumanía, pero que, sin duda, es un ciudadano del mundo, capaz de comprender el sufrimiento y los anhelos de otras razas y otros pueblos, y de denunciar las injusticias sean del signo y del color que sean. En todas y cada una de sus películas, este realizador se muestra comprometido con unos valores universales en los que cree y por los que lucha con la mejor herramienta que tiene, conoce y domina. 

No sé si Ion Mihaileanu sigue vivo, pero estoy convencida de que el hijo que esperaba con tanta ilusión en aquel mes de abril de hace cincuenta y cuatro años  es un bendito judío rumano que va por este mundo haciendo el bien. ¡Shalom!

Por Elena Méndez-Leite

on Thursday, April 12, 2012
"No se llega a gran hombre si no se tiene el coraje de ignorar una infinidad de cosas inútiles". Carlo Dossi

"El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario". Benjamin Franklin

En España hay una exaltación permanente de lo inútil: cosas, cargos, prebendas, estamentos y personas. Así difícilmente podremos superar la crisis económica y mucho menos la social o la política que también estamos padeciendo. Una situación insostenible, que va dejando un reguero de desolación y pobreza a su paso, inferida como consecuencia de esa crisis más profunda, que tiende a ocultarse o que muchos siguen sin querer ver, que es la referida a los valores humanos más elementales. Unos valores que han terminado compartiendo fosa común con lo espiritual, que en buena medida también ha quedado medio enterrado bajo el peso del materialismo iridiscente, que nos ha tenido obnubilados y enganchados al dios Euro. Un nuevo becerro de oro; una feráz ubre a la que muchos hubieran querido seguir amorrados, sin importar si algún lechón se quedaba sin ser amamantado, o si moría en algún rincón de inanición. Había abundancia... para casi todos. Y por más que en el casi cupiesen varios cientos de millones de seres humanos, los gruñidos y el arruar de la piara no dejaban escuchar nada más, aunque fuera el llanto de un niño.

Ahora necesitamos con urgencia un lider para reconducir la situación y, por lo tanto, que nuestro Presidente sea, por fin, un verdadero hombre de estado. Un Presidente ejemplar, que asuma debidamente la responsabilidad que aceptó y juró con su cargo, o que, en caso contrario, renuncie al puesto, si por algún motivo creyera que le viene grande; que también es de grandes hombres saber renunciar a aquello para lo que no están capacitados. España no podría soportar por otros cuatro años más a otro iluminado accidentado o a otro Presidente por accidente; y los españoles tampoco. Ni siquiera podríamos soportarlo cuatro meses o cuatro semanas más.

Es hora de coger el timón con mano firme y poner rumbo hacia la razón, guiados por el sentido de la responsabilidad y el compromiso. Basta ya de vaguedades; basta ya de medias verdades; basta ya de incompetencia, irresponsabilidad, despropósitos, cosas inútiles, mediocridades, bandazos y estacazos a la ética y los valores. Basta ya de que los políticos, unos y otros, vayan a lo suyo o a por lo suyo, a cambio de lo nuestro. Basta ya de sacrificar el bien común al goce de unos pocos.

Somos una gran nación, que produce magníficas personas en cada una de sus villas, pueblos, ciudades y regiones; en cada uno de sus rincones sin excepción. También en cada una de sus diecisiete comunidades, no sea que alguno tenga que reivindicar su presencia, por no sentirse aludido al hablar de España. Pero lo que ahora toca, más allá del color de la bandera, del acento o la lengua, más allá del egoísmo, el provincianismo, el regionalismo o el nacionalismo absurdo, insostenible, insolidario e innecesario, es demostrar nuestra gallardía. O nos unimos y empujamos todos a una, mano con mano, codo con codo, hombro con hombro, o nos hundimos todos sin remisión. Algunos se iran al fondo aferrados, enredados y amortajados con sus banderas comunitarias, como un sentido homenaje a lo absurdo. Al llegar al lodo terminarán formando un colorido arrecife multicolor, a modo de eterno monumento a la necedad.

Mantenerse a flote no será fácil y tampoco librarse del lastre de lo inútil, pero en todo caso y para conseguirlo hace falta mantener la unidad, en base a un verdadero liderazgo y a la debida potestad para llevar a cabo las decisiones que se tomen. Una potestad que, voluntaria y democráticamente, los españoles hemos concedido a nuestro Presidente, bien porque nos lo pidiera él con insistencia, bien porque no hubo mejor opción; en todo caso, ostenta esa capacidad por aclamación popular y por designación de las urnas. Ahora le toca a él demostrar que además de potestas dispone de auctoritas y asumir la responsabilidad que le corresponde, con la integridad y la grandeza que debería tener todo verdadero hombre de estado. Si lo hace, el deber de todos los demás será seguirle, pues nos guste o no, navegamos en el mismo barco. De ahí la necesidad, entre otras cosas, de establecer un gran pacto de estado y terminar con lo inútil o lo superfluo sin más dilación. No hay más tiempo para zarandajas, veleidades o medias tintas.

Por descontado, la inmensa mayoría, incluso aquellos que públicamente siguen sin reconocerlo, somos conscientes de las dificultades y del inmenso páramo sembrado de sal que su predecesor nos ha dejado. Un erial que abarca no solamente lo económico, sino también lo social, lo político, lo cultural y sobre todo lo humano. Pero podemos, debemos y queremos salir de esta situación. No estamos dispuestos a dejarnos llevar por la sinrazón o el abatimiento y además... no tenemos otra alternativa.

Quizás no lo consigamos todos y sin duda será mucho lo que tendremos que dejar por el camino, pero al menos la mayor parte se habrá salvado. Y el que quiera ver, descubrirá que en medio de las dificultades y el dolor, también habremos sido recompensados, pues pocas cosas hay de mayor valor en la vida que la superación y poder aprender de nuestros errores o de las dificultades, en este caso para recuperar la parte de humanidad perdida. Un aprendizaje que también debería servir para cambiar el modelo social, que es lo que, precisamente, daría algún sentido a todos esos miles -millones- de vidas rotas, cuyo sacrifico no habrá sido en vano.

Ponga el timón a la vía y navegue, Señor Presidente; navegue a rumbo con decisión, inteligencia, honestidad y valentía... o terminará formando parte del inmenso monumento a lo inútil en que se habrá convertido España. 

Por Alberto de Zunzunegui

on Monday, April 2, 2012
"Quizá la obra educativa que más urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles". Ramiro de Maeztu

Hablábamos ayer de la triste y creciente problemática de unos padres maltratados por sus hijos y, días más tarde, leo que se ha creado un centro especial de acogida, dirigido por profesionales cualificados, para el tratamiento y recuperación de esos jóvenes difíciles con el fin de lograr su futura reinserción en la sociedad.  ¡Bienvenido sea! 

Pero lo que ha llamado más mi atención es que, llegado el fin de semana y en un programa de televisión, dan cuenta de una actuación, de tintes mucho más positivos, de la que yo no tenía noticia, y que se conoce con el nombre de UNIVERSO UP; universidad de padres.

Ideada por un eminente sociólogo de formación humanista, esta Fundación sin ánimo de lucro, que viene funcionando como tal desde 2010, tiene como objetivo asesorar a los progenitores durante el proceso educativo de sus hijos, e informarles de los recursos disponibles para cumplir eficazmente con su tarea, al tiempo que van creando una comunidad familiar que intercambia problemáticas y experiencias similares. En su página web, vienen definidos los recursos y materiales que esta universidad, exclusivamente on-line, proporciona para desarrollar una autentica “Educación para el talento”, eje del modelo que allí se propone.

Cada padre/madre-alumno debe matricularse en la fecha que se fija en la web y seguir un curso de diez meses de duración, en el que “acompañado” de un tutor y  formando parte de un aula que compartirá con otros padres, en función de la edad del hijo al que desean educar, irá pasando por  diferentes módulos de aprendizaje teórico y práctico.

Cuentan también con una interesante Revista digital bimensual, accesible a los no registrados, y en su hemeroteca se puede disfrutar de autorizadas, amenas y siempre útiles colaboraciones y entrevistas sobre temas educativos, legislativos,  psicológicos, sociológicos etc.,

Y, como si algún duende oculto se hubiera propuesto ponerme al día en las múltiples herramientas disponibles para convertirse en padres de primera, esta misma tarde se cierra el cupo con la explicación más o menos detallada que, desde un programa de radio hacen, sobre otra escuela de papás primerizos, que han “abierto” en un prestigioso hospital público madrileño en la que, antes de volver a casa con su bebé, enseñan a padres y madres los pasos convenientes de carácter higiénico-sanitario-nutricional para ir superando el, al parecer, difícil retorno al hogar con el nuevo vástago.    

Dicho todo esto, reconozco que me cuesta trabajo aceptar que haya padres que precisen “volver al cole” para poder cuidar y educar a sus retoños, desde el cambio de pañales hasta más allá de la pubertad, pero la realidad es que la demanda de estas clases sobrepasa la oferta, y los comentarios de quienes han acudido a ellas son positivos y gratificantes, así que nada de rasgarse las vestiduras y juzgar las vidas ajenas, y sí el mayor de los respetos para toda conducta que implique el esfuerzo de mejorar nada más y nada menos que por y para los propios hijos.

Pero… siempre hay un pero, y no puedo dejar de preguntarme el porqué de esta situación que se va generalizando. Para mí tengo que, sin darnos cuenta, hemos ido cambiando la estructura familiar, los hábitos de convivencia y la asunción de responsabilidades de tal manera que, como dijera un notable político andaluz hace años: “A esta España no la conoce ya, ni la madre que la parió". 

Nadie puede negar que este mundo es como es porque los seres humanos se reproducen, en mayor o menor medida y porque todos los padres, llegado el momento y casi sin excepción, se han ocupado de procurar a sus hijos amor, atención, ternura, cobijo, cuidado y alimentos en el inicio de sus vidas, mientras iban atendiendo a su proceso evolutivo dotándoles de los medios de educación y formación que sirvieran para desarrollar sus cualidades y capacidades, y así labrarse un futuro personal y profesional, a poder ser, de igual o mayor calidad que el que ellos tuvieron. 

Afortunadamente esta conducta generosa y entregada de los padres permanece inmutable, aunque el escenario y los comparsas de la comedia han ido mudando con los tiempos y el progreso, que tanto de bueno ha  traído, nos va dejando, día a día, un poco  más huérfanos, un poco más solos, y con un absurdo, pero temible y dañino,  complejo de  culpabilidad.  

Nunca se ha hablado tanto de valores y nunca se han menospreciado más. Hemos pasado por una larga etapa de bonanza económica en la que el consumo arrinconaba la apetencia de bienes que no fueran materiales. El espíritu de sacrificio sólo se valoraba en el aspecto deportivo puesto que sin él no se accedería a los puestos pioneros que son los que dan dinero. Los libros se sustituían por diferentes máquinas cada vez de mayor potencia y más precio. Las pandillas de niños alegres ya no se veían por las calles porque se encontraban frente al ordenador colgando en las redes sociales miles de correos apresurados, y chateando en la soledad de la habitación con fotos descoloridas de amigos virtuales, mientras que ambos padres, llegaban a casa rendidos porque necesitaban ganar, ganar y ganar y, además, debían atender, prácticamente sin ayuda, a todas las necesidades del día a día de sus hijos, por lo que luego, noche tras noche, se acostaban vencidos por otra data exhaustiva en la que no había habido tiempo más que para trabajar. 

Esos deberían haber sido los tiempos en que las distintas administraciones públicas,  en lugar de derrochar a manos llenas en faraónicos proyectos inútiles e incluso vergonzantes, se hubieran dedicado a paliar las carencias privadas en temas de tanta trascendencia como es el de la educación y la conciliación, pero sólo obtuvimos promesas imposibles y “vuelva usted mañana” y hoy vemos, con tristeza, aunque sin perder la esperanza, que  hemos de sacarnos las castañas del fuego que provocaron, si queremos aspirar a un lejano futuro mejor.

El escenario se ha  reducido, en el mejor de los casos, a la habitación de cada cual. Nadie sabe quien es el vecino del quinto, ni conoce a los comerciantes del barrio, y cuando sale a la calle para pasear a su perro, apenas queda alguien a quien saludar.

Sabido es que, desde hace tiempo, en casa ya no caben los abuelos, ni siquiera la tía Petra, así que la opción, en caso de apuro, es trasladar a los niños a sus domicilios, con toda la parafernalia, para pasar el o los días, y recogerlos luego, a la salida del trabajo o al llegar del viaje que propició la mudanza. Un “¿Se han portado bien?“, y un:” Gracias madre”, cierran cada una de esas etapas, sin diálogo, sin relación, sin alegría... y vuelta al come come de la culpabilidad.

Creo que no es justa esta situación. Tenemos que esforzarnos para ayudar a cambiarla, y quiero comenzar por romper una lanza por todos esos miles de padres que cumplen con su deber extraordinariamente, aunque no sean conscientes de ello y se recriminen por no llegar a la excelencia que pretenden en beneficio de sus hijos. 

De poco han servido tantas inútiles leyes de educación que por el mundo han sido, ni el complejo entramado que conforma el proceso educativo si, entre todos los agentes implicados, no hemos conseguido ayudar a nuestros hombres y mujeres a encontrar una adecuada armonización entre los innumerables deberes que atenazan sus vidas.

Mientras haya padres que, paralizados por el miedo, se ven apremiados a tirar la toalla indefensos ante unos jóvenes tiranos, debiendo alejarse de sus hijos para evitar males mayores o, en el caso más benigno, cuando ciertos progenitores han de volver al colegio para poder acometer adecuadamente el cuidado y la educación de sus pequeños, algo está funcionando mal en este sistema y, mejor antes que después, tenemos que exigir responsabilidades, hallar la solución al problema y, sobre todo liberarlos, de una vez por todas, de este doloroso, injusto, inmerecido y absurdo sentimiento de culpabilidad.

Por Elena Méndez-Leite