on Tuesday, December 13, 2011
Puede decirse que desde las culturas de la Antigüedad hasta la pre-modernidad en los siglos XVI y XVII, en los que con el Renacimiento irrumpe el racionalismo científico,  se percibía todo lo existente como una totalidad que abarcaba en una unidad triádica lo divino y trascendente, el mundo circundante y el valor de lo estético. Otra  forma de decir lo mismo es afirmar que hasta la irrupción de la modernidad racionalista, el hombre pre-moderno poseía una verdadera cosmovisión de la realidad de carácter holístico, o sea que percibía lo existente como un todo integrado en todas sus partes, de modo que en su perspectiva de las cosas la creencia religiosa, el conocimiento pragmático y racional y el valor de la belleza conformaban un conjunto totalmente integrado.

Fue así que en el mundo occidental la Edad Media será la última etapa histórica en que el hombre occidental dispondrá de una auténtica cosmovisión. Basta tener presente cómo durante la Alta y Media medievalidad, un monumento tan emblemático de la época como eran las catedrales góticas, éstas resultaban ser la expresión tangible de una cosmovisión  enraizada en perspectiva cristiana.

En efecto, cada catedral gótica era en sí un todo comprensivo desde las agujas que coronaban las torres de las catedrales, cuya atrevida esbeltez expresaba el afán espiritual del hombre de ascender hasta las alturas de lo infinito; la complejidad estructural del edificio en sí, una síntesis de todos los conocimientos y técnicas en el arte de la construcción eclesial, y finalmente recursos estéticos como la luz coloreada de los grandes vitrales, la belleza de la ornamentación al exterior y al interior del templo, o la belleza pictórica o escultural de las imágenes sagradas, eran elementos que a modo del sello de lo estético ayudaban a conformar su unidad con la espiritualidad del alma cristiana, y  con el conocimiento arquitectónico de la época.

Pero ya en los siglos XVII y XVIII de la Ilustración en que la razón definitivamente había cobrado clara hegemonía sobre la creencia religiosa, el sabio de la época si bien no se interesaba mayormente en ser versado en la teología o en la doctrina cristiana, sin embargo supo devenir en el tipo enciclopedista de la época, lo cual implicaba el dominio de todas las ramas del conocimiento formal de ese entonces. En otras palabras el campo epistemológico se mantenía organizado en un único conjunto orgánico de todos los campos de  lo cognoscitivo.

Pero con el desarrollo fulgurante de la ciencia y de la tecnología, los estudiosos se vieron obligados cada vez más a la ‘especialización’ en sólo algunos de los  ramos que comprendía el conocimiento científico, de modo que el todo del conocimiento empezó a sufrir una seria desmembración de su otrora organicidad del enciclopedismo. Así, el campo de lo científico se redujo a una serie de verdaderos compartimientos estancos.

Este proceso de creciente fragmentación del conocimiento llevará a que ciertas áreas específicas del saber cobrarán preponderancia sobre otras, por ejemplo, la física y la química se imponen a todas las otras ramas científicas, e igualmente desde Adam Smith  y Karl Max, la economía y la política devienen en los nuevos evangelios que regirán toda la actividad humana. Pero el reduccionismo dará otro paso más con las modernas ‘ideologías’ de derecha e izquierda, tan proclives las mismas al fenómeno del ‘fundamentalismo’, y que se da cuando se asume cierta perspectiva económica o política como el súmmum de esos dos campos, craso error como es el de reducir el todo a una parte del mismo. Lo ideológico será siempre una visión necesariamente parcial,  y que prescinde de toda referencia a esa unidad triádica propia de toda cosmovisión auténtica, la unidad de lo espiritual, del conocimiento y de lo estético.


on Thursday, December 8, 2011
Hacía un sol radiante y calentito en esa mañana de noviembre. En los últimos tiempos, el otoño madrileño había desaparecido sin dejar rastro, pasábamos del calor extremo al frío invernal sin solución de continuidad, pero este año, en que la crisis lo congela todo, han vuelto las mañanas soleadas, como queriendo aportar un soplo de calor a nuestras sufridoras almas, e incluso en este puente largo de diciembre, continuamos despertando con un sol dispuesto a templar los días festivos propicios al encuentro, al paseo, a la charla y ¿por que no? a la meditación. 

Salí temprano porque quería saborear una exposición que se acababa de inaugurar al aire libre, en una de las hermosas zonas de mi Pozuelo. Cuando llegué, aún eran pocos los viandantes que recorrían el Bulevar, y su paso era apresurado, pero cuando iban acercándose a la “zona mágica”, aminoraban la marcha y comenzaban a fijarse en esa nube de enormes carteles sembrados a  ambos lados de la Avenida de Europa llenándola de luz. Cientos de niños preciosos, alegres y llenos de vida les sonreían, nos sonreían  a todos con sus ojitos achinados y empapados de amor. En cada cartel, el padre o la madre del pequeño, había escrito unas frases que tan sólo pretendían comentar momentos o circunstancias de sus vidas, y acercarse a nosotros para darnos a conocer toda la ternura que proporciona vivir con un hijo síndrome de Down, para que nuestro desconocimiento no alzara barreras absurdas, y para asegurarnos que la felicidad que irradiaban esas instantáneas era compartida por ellos en una explosión de cariño que, acompañada de sacrificio y entrega, dan el más especial de los sentidos a esto que llamamos vida.

Fui mirando y remirando  cada una de estas fotografías en las que los más peques  parece que nos observan curiosos y cercanos; asomando dulcemente la cabecita por la cuna, o apoyada la boquita ávida en el  pecho de la madre, o los que acompañados de un hermano o de dos, o de sus padres, y ya mayorcitos, nos cuentan algún instante de su vida: una guapísima niña con un sombrero cloche y un collar de perlas; o el chiquillo que te señala con el dedo, en ningún caso acusador; aquél otro gastándonos una broma; y ese de allá  sacando la lengua mientras, a su lado, otra muñeca vestida de blanco nos tira un beso y... ¡Qué sé yo, la de amigos que hice aquella mañana! 

Despacio, muy despacio fui acercándome  y alejándome de  cada una de esas miradas porque hubiera deseado no olvidar a ninguna jamás y, cuando quise darme cuenta,  habían pasado dos horas y allí seguía, acompañada ya de muchas buenas gentes, sin poderme marchar.

Mas allá de un rostroes el nombre de la exposición, y me parece muy acertado, porque a partir de estos rostros queda mucho por ahondar y por explicar sobre estas familias a las que la naturaleza, sin previo aviso, les concedió un hijo que, por  un cromosoma de más, iba a producir una revolución integral en su vida y en  la de los suyos para siempre. Imagino, si es que desde fuera se puede imaginar, como habrán sido los primeros momentos de todos y cada uno de estos padres y madres al conocer la realidad. La duda, el desaliento, el sentimiento de culpa, el miedo; la angustia; el desamparo y la inmensa tristeza que les embargaría, hasta asimilar en la cuantía debida lo que les acababa de ocurrir. Y ahora, al verlos sonreír junto a sus hijos sé que, contra viento y marea, han echado mano de todo lo noble y bueno que hay en el ser humano y aquí están felices, aun siendo conscientes de la ingente tarea que les queda por sobrellevar.

Pero... ¿Cómo nació esta exposición? En el año 2009, Eva Snoijink, una joven y prestigiosa fotógrafa holandesa, especializada en instantáneas infantiles, tuvo la brillante idea de acercar a los niños Down a sus conciudadanos y, todavía hoy, sigue recorriendo su país con sus más de cien carteles, hurgando en  las conciencias y haciendo que miles de ojos se abran a un problema que ha estado demasiado tiempo a oscuras y a unos rostros que, no hace tanto tiempo, procuraban ocultar. 

Hasta España llegan noticias del éxito que la idea de la señora Snoijink ha tenido entre el pueblo holandés y la Comisión infantil de la Fundación Síndrome de Down, conoce y se  entusiasma por la idea hasta tal punto que, ni cortos ni perezosos, proponen hacer algo semejante con nuestros niños y, tras mucho esfuerzo, contando con diferentes patrocinios y superando cualquier obstáculo ¡Si sabrán ellos lo que es superar! han conseguido ofrecernos una parte íntima de sus vidas y afectos y ,al igual que Eva, van a llevar la sonrisa de sus hijos por toda España, para que no haya nadie de nuestro país que permanezca indiferente y tomemos conciencia de que precisan de cualquier ayuda que les podamos brindar, porque tras esos rostros hay un sin fin de necesidades y  problemas internos y externos que, con la colaboración de todos, deberíamos ser capaces de solventar.

Pasé del corazón a mis asuntos, volví a casa y abrí el ordenador y, casi sin pensar, me encontré en el blog de Jan, ese amigo desconocido, que me va contando tiernamente el día a día de su niño Down. Entré después en la web de la FSDM, bucee entre sus páginas por un mundo del que tanto desconocía y al que me acababa de incorporar. Abrí después nuestro blog de Humanismo y Valores y aquí  me aguardaba, sin saberlo, el sentido artículo de Yago sobre Marta. ¡De propósito no habría salido mejor!

Me levanté en silencio y busqué, en mi cajón de los paraísos perdidos, la letra de aquella dulcísima canción de amor que Víctor Manuel les dedicó, y que yo conservo desde hace tantos años. Sentí ciento treinta y dos sonrisas a mi lado y así comencé a tararear para todas ellas muy bajito...

... ella le regala alguna flor
y él le dibuja en un papel
algo parecido a un corazón.
¡Sólo pienso en ti! 

¡Hey!, sólo pienso en ti
juntos de la mano, se les ve por el jardín
no puede haber nadie en este mundo tan feliz
¡Sólo pienso en ti!

Por Elena Méndez-Leite


Nota: La Exposición “Más allá de un rostro” está situada en el Bulevar de la Avenida de Europa de Pozuelo de Alarcón hasta el próximo día 20 de diciembre 

on Monday, December 5, 2011
"La verdad de nuestra fe se vuelve objeto de ridículo entre los infieles si cualquier católico, no dotado con el aprendizaje científico necesario, presenta como dogma lo que el escrutinio científico demuestra falso".


PERFIL BIOGRÁFICO

Santo Tomás de Aquino nace en el castillo de Roccaseca (Italia) el año 1225. Hijo de los condes de Aquino recibe la primera educación religiosa y científica en la abadía de Montecasino, para pasar después a la universidad de Nápoles. Allí el contacto con fray Juan de San Juliano fue causa de que, a sus dieciséis años, frecuentase la comunidad de los hermanos predicadores, siendo el principio de su vocación a la vida apostólica. A los diecinueve años ingresa en la Orden de Predicadores. Esta opción juvenil de Sto. Tomás deberá ratificarla más de una vez; primero, frente a su aristocrática familia que, de novicio, le secuestra y le pone en calabozo durante seis meses en el castillo de Roccaseca; y, posteriormente, frente a los maestros de París, que no le permiten la docencia en la universidad por su condición de fraile mendicante.

Por indicación de Fray Juan Teutónico, Maestro de la Orden, termina sus estudios en París y Colonia, bajo la guía de Fray Alberto Magno, quien le convence de la necesidad de profundizar en Aristóteles, el filósofo de la razón, la razón es don de Dios y a él debe ordenarse.

A los treinta y dos años Tomás de Aquino es maestro de la cátedra de teología de París. En Tomás, la Palabra de Dios en la Escritura tiene la primacía sobre las otras ciencias, y hace de la oración la fuente más fecunda de sus investigaciones. Mientras permanece en París, Tomás y los hermanos Predicadores elaboran en comunidad filosofía y teología, para después hacerla presente en la universidad. Escribe muchas obras que destacan por su profundidad, admirando a maestros y estudiantes por la claridad, la distinción, la sutileza y la verdad con que procedía en la explicación de tantas y tan distintas materias, como son de ver en los cuatro grandes libros que escribió sobre el Maestro de las Sentencias. En estos años dio de sí tales muestras arguyendo, discutiendo y respondiendo que, según el sentir de la universidad, sólo Dios podía dar tanto ingenio, y así era en verdad. Por toda Europa volaba su fama, llevada por los que de todas partes iban a estudiar a la Sorbona y luego regresaban a sus tierras cantando la sabiduría del maestro.

Después de París, impartiría docencia en Roma y en Nápoles, dejando entre otras muchas obras la Suma Teológica.

Santo Tomás de Aquino murió en la abadía de Fossanova el día siete de marzo de 1274 cuando iba de camino al concilio de Lyon. Fue canonizado el dieciocho de julio de 1323 por Juan XXII. San Pío V, el once de abril de 1567, lo declaró Doctor de la Iglesia. León XIII, el cuatro de agosto de 1880, lo proclamó patrón de todas las universidades y escuelas católicas.

SEMBLANZA ESPIRITUAL

Alternó la enseñanza con la predicación. Actuó con eficaces intervenciones ante la curia pontificia ea favor de los mendicantes. Destacó por su gran candor de vida y una fiel observancia de la vida conventual. La misión de la Orden, es decir, el ministerio multiforme de la Palabra de Dios en la pobreza voluntaria, en él se centró en una continua dedicación al trabajo teológico; investigar incansablemente la verdad, contemplarla con amor y entregarla a los demás en escritos y en la predicación directa. Empleó su capacidad totalmente al servicio de la verdad, ansioso de encontrarla, recibiéndola de donde quiera que viniese y participarla a los demás.

Tuvo siempre un comportamiento humilde y cordial. Su obra demuestra la estrecha coherencia entre la razón humana y la divina revelación.

Santo Tomás de Aquino fue devotísimo de Cristo Salvador, especialmente de la cruz y de la eucaristía, que exaltó en sus composiciones litúrgicas para la fiesta del Corpus Christi. Tuvo una ferviente devoción filial a la Madre de Dios, la Virgen María.

MAESTRO DE VIDA ESPIRITUAL

Santo Tomás de Aquino es más conocido como gran intelectual que como místico[1]. Es cierto que el acercamiento a sus obras desanima a gran parte de los lectores porque descubren en ellas un exceso de intelectualismo. En sus escritos es raro encontrar confidencias de su propia experiencia espiritual[2]. Su lenguaje es sobrio y, con frecuencia, demasiado especulativo, ajeno al lenguaje tan afectivo de la mayoría de los místicos. Sin embargo, esto no impide que podamos seguir hablando de él como gran maestro de vida espiritual, tanto por el ejemplo de su vida como por la doctrina que enseña. Así lo entendieron en la historia los grandes místicos que se inspiraron en él: Juan de Ruysbroeck, el autor anónimo de La nube del no saber, san Juan de la Cruz, Edith Stein y Manuel García Morente entre otros. Las enseñanzas del Doctor Angélico no quedaron encerradas en las aulas, sino que, de la pluma de algunos de sus discípulos –como Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas– generaron un dinamismo capaz de rescatar la dignidad pisoteada de los indígenas del continente americano.

En estas breves páginas nos vamos a limitar a evocar algunas vivencias y reflexiones del maestro Tomás en las que se transparenta su experiencia del misterio.

Notas:

[1] Cf. Jean-Pierre Torrell, Saint Thomas d’Aquin, maìtre spirituelle. Initiation 2, Fribourg-París 1996, p. V; William Johnston, Teología mística. La ciencia del amor, Barcelona 1997, p. 59.
[2] Cf. Lope Cilleruelo, O.S.A., La literatura espiritual en la Edad Media, VV.AA., Historia de la Espiritualidad I, Barcelona 1969, p.748.

LA PASIÓN POR DIOS

Dios fue siempre la gran pasión de Tomás. Ya desde niño, siendo oblato en la abadía de Montecasino, les preguntaba a los monjes benedictinos: ¿Quién es Dios? Tomás descubrió con el paso del tiempo que esa es una pregunta clave, pero difícil de contestar. Por eso consagró su vida a responderla, siendo consciente de que toda respuesta humana es incompleta, aunque no inútil, pues en ella se juega la salvación. Él sabía que podemos responder a esa pregunta de dos formas bien distintas. La mejor respuesta viene de la vida, de la experiencia. Por eso nos recuerda, convencido de su verdad, la frase magistral del Pseudo Dionisio Areopagita, padre de la mística, quien hablando de su presunto maestro dice: Hieroteo es docto no sólo porque sabe, sino también porque experimenta lo divino. Experimentar lo divino es antes que nada un don de Dios que crea en el ser humano una cierta connaturalidad con él. Ese don de Dios, esa gracia, no arrasa la libertad humana; al contrario, la aumenta, pues nuestras acciones son más nuestras cuando las recibimos enteramente de Dios. Por este camino, cualquier viejecilla cristiana supera con su fe el conocimiento de Dios alcanzado por los filósofos anteriores a la encarnación de Cristo[1]. Es el conocimiento que brota del amor; cuanto más se ama a Dios mejor se le conoce y mayor felicidad produce ese conocimiento. A Dios –nos dice Tomás– no se accede por pasos corporales, porque él está en todas partes, sino por la mente y el corazón. De este mismo modo nos alejamos de él[2].

Pero también reconoce que se puede responder a esa misma pregunta por otro camino más costoso: el estudio. No es el estudio del ateo ni del agnóstico ni del indiferente; es el estudio del creyente que busca y se preocupa por entender lo que cree. ¿Por qué indagar por el camino del estudio? ¿No bastaría con conocer a Dios por la gracia, puesto que a través de ella alcanzamos un conocimiento superior? Tomás responde a estas cuestiones diciendo que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona[3]; la gracia, por tanto, no hace inútil ningún esfuerzo humano. Éste es uno de los adagios más esenciales y quizás más citados de su obra. La importancia de este principio es central, pues su olvido en la historia del cristianismo ha sido fuente de todos los desequilibrios tanto en el pensamiento como en la acción[4].

Cuando, mediante el estudio, analizamos atentamente la realidad y nos remontamos a su origen, podemos descubrir que Dios existe, es decir, que él es la causa de todo (vía afirmativa); cuando percibimos la diferencia que hay entre Dios y todo lo demás, descubrimos que Dios no es nada de lo que ha sido creado (vía negativa); cuando afirmamos que él es la causa de todo, descubrimos que está por encima de todo (vía de la preeminencia)[5]. Pero el conocimiento de Dios que alcanzamos por la gracia es más profundo. No obstante, incluso por la gracia seguimos sin saber qué es Dios; por eso nos unimos a él como a algo desconocido[6]. Dadas las limitaciones de nuestro conocimiento, Tomás no dudará en afirmar que a Dios es mejor amarle que conocerle[7]. El amor mismo es ya conocimiento[8]. No hay contradicción aquí con el famoso adagio que enseña que nada puede ser amado si no es previamente conocido, pues una persona puede ser perfectamente amada sin ser perfectamente conocida; y algo semejante ocurre cuando se ama a Dios[9].

Notas:

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, “Exposición del símbolo de los Apóstoles”, Escritos de catequesis, Madrid 1975, p. 31.
[2] Cf. Id., Suma de teología, I, q. 3, a. 1, ad 5 (en adelante citaremos esta obra indicando solamente la parte mediante números romanos, omitiendo el título y el autor).
[3] Id., q. 1, a. 8, ad 2.
[4] Cf. Guy Bedouelle, A imagen de santo Domingo, Salamanca 1996, p. 54.
[5] Cf. I, q. 12, a. 12c.
[6] Id., a. 13c.
[7] Id., q. 82, a. 3c.
[8] Id., In Ioanem, cap. 15, lect. 3, nª 2018.
[9] Cf. I-II, q. 27, a. 2, ad 2.

LA CARIDAD

Tomás es consciente de que la vida espiritual consiste principalmente en la caridad; sin ella no existe vida espiritual. De este modo identifica la vida espiritual con la perfección de la caridad[1]. Pero, ¿en qué consiste la caridad? Siguiendo el desarrollo de su pensamiento encontramos numerosas afirmaciones que van perfilando su concepción del amor. Influenciado por Aristóteles, define el amor como desear el bien a alguien. Pero este amor no se limita al mero deseo o al sentimiento, sino que empuja a esforzarse y trabajar para que ese deseo se convierta en realidad. El amor es definido igualmente como fuerza de unión que une a la persona que ama con la persona amada, hasta el punto de que esta última es tratada y considerada como si fuera un segundo yo. Esto mismo se aplica al amor de Dios: su amor es fuerza que une, respetando siempre la alteridad, es decir, sin destruir en absoluto a las personas amadas[2]. La mística cristiana se distingue radicalmente de otras místicas porque en ella la plenitud no se alcanza mediante la disolución del sujeto en un todo divino.

Inspirado en el lenguaje místico del Pseudo Dionisio, Tomás define también el amor como salida, como éxtasis o como éxodo; el amante sale de sí mismo para instalarse en la persona amada, en el sentido de que busca el bien de la persona amada y se esfuerza por procurárselo como si se tratara de sí mimo. Esto se aplica también a Dios: por su amante bondad, sale fuera de sí para crear todos los seres, y permanece fuera cobijando la creación entera con su providencia[3]. Desde la eternidad todas las criaturas están en Dios como amadas, aunque el amor de amistad se reserva únicamente para los seres racionales.

Tomás entiende igualmente el amor como la principal pasión y como la fuente de todas las demás pasiones, incluso del odio. El amor brota únicamente de la atracción que provoca el bien en los seres. Pero hay que distinguir dos clases de amor: el amor de concupiscencia o de deseo y el amor de amistad. En ambos casos hay salida hacia fuera de uno mismo, pero la finalidad de esta salida es muy diferente en un caso y en otro. En el primer caso es una salida para volver de nuevo sobre sí. Se sale atraído por el bien que se encuentra en las personas y en las cosas, y una vez que uno se ha apropiado de ese bien se retorna sobre sí. En cambio en el amor de amistad se da una salida sin retorno, se sale no para apropiarse de los bienes ajenos sino para compartir el propio bien y para buscar el bien del otro. El amor de concupiscencia es ambivalente, aunque no siempre es malo desde el punto de vista ético. No es malo cuando, por ejemplo, se dirige a las cosas que necesitamos para cubrir las necesidades más elementales de la vida. Pero cuando se dirige a las personas, se convierte en una forma restringida del amor, porque tiende a relacionarse con ellas en función del propio yo, de las propias necesidades y deseos. Es un amor parcial, porque sólo tiene en cuenta una parte del otro, y siempre en la medida en que beneficia al propio yo. Es un amor incompleto, porque deja en la sombra una gran parte del otro. Es un amor funcional, y puede conducir al egoísmo, a la posesión y a todas las demás formas de inmoralidad[4].

En cambio, el amor de amistad se caracteriza por el olvido o el abandono de sí. Entre los rasgos esenciales de un amor así, Tomás señala en primer lugar la benevolencia o el deseo de hacer el bien a alguien por sí mismo, no por la utilidad o el placer que proporciona. Cuando amamos a alguien de este modo buscamos su bien antes que el nuestro, nos alegramos de su dicha antes que del bien que produce en nosotros su amistad. Un segundo rasgo es la reciprocidad. La benevolencia por sí sola no abarca toda la amistad. Puede existir benevolencia sin reciprocidad; podemos desear el bien a una persona sin ser correspondidos por ella o incluso sin desear ser correspondidos. Pero el amor no queda satisfecho si no desemboca en la reciprocidad, en la comunión de la amistad. El tercer rasgo consiste en la necesidad de que exista una cierta semejanza o igualdad entre los amigos, que haga posible el intercambio recíproco y la conversación familiar de la amistad, pues nuestro afecto hacia las otras personas surge cuando descubrimos o simplemente presentimos una semejanza de pensamientos, sentimientos, ideales,…

Tomás define la caridad como una cierta amistad con Dios, como una unión afectiva y recíproca que presenta todas las características de una verdadera amistad. Esta definición se apoya en la autoridad del evangelio de san Juan, donde Jesús les dice a sus discípulos: ya no os llamo siervos sino amigos (15, 15). La benevolencia con Dios se ejerce interesándose en primer lugar por su propio bien personal, amando lo que él ama, queriendo lo que él quiere, alegrándonos de la dicha de la que él goza, poniéndonos enteramente a su servicio. Dios, por su parte, no puede dejar de corresponder a ese amor que él mismo ha suscitado, buscando nuestro bien y ofreciéndonos su amistad. Nosotros nunca podremos corresponder al don de Dios con una reciprocidad exacta. Aunque en realidad no es la reciprocidad exacta del don lo que hace vivir a la amistad. Dios no espera recibir primero para amar ni para dar. Los amigos no dan jamás para recibir, sino que dan porque aman. Dios ama por la alegría de amar; ama más porque tiene más para dar[5]. Quien tiene caridad ama por amor; esa es la finalidad más legítima de la caridad. De ahí deduce el Aquinate que la caridad consiste más en amar que en querer ser amado. Respecto a la tercera condición, es decir, la semejanza, Tomás está convencido de que la amistad reside en una cierta igualdad, porque es imposible que la amistad pueda surgir entre dos seres muy diferentes. Por eso, para que la amistad entre Dios y la humanidad fuera más íntima, Dios se hizo hombre, dado que la amistad es algo natural entre los seres humanos. De este modo hemos conocido a Dios visiblemente, para serconducidos al amor del Invisible[6]

Tomás establece un orden en el amor. Dado que Dios es el fundamento de la caridad misma, hay que amar a Dios más que a uno mismo. El amor a Dios abarca también al prójimo, porque no amamos realmente a Dios si no amamos lo que él ama. Pero, inspirándose en el libro del Levítico (19, 18) y en el evangelio según san Mateo (22, 39), defiende la concepción aristotélica de que la amistad con nuestros semejantes no consiste en otra cosa que en extender al amigo el amor que uno siente por sí mismo. De este modo la raíz de esta amistad y lo que la dinamiza es el amor que sentimos por nosotros mismos. Este amor es el modelo y el alimento de la amistad. Pero este “yo” que hay que amar más que al amigo se refiere al “hombre espiritual” del que habla san Pablo en sus cartas; por eso, este amor de amistad no renuncia a soportar cualquier sufrimiento o incluso a dar la vida, si es necesario, en beneficio del amigo[7].

Tomás repite con insistencia que la caridad desemboca en oración y contemplación, y a su vez éstas acciones hacen crecer la misma caridad.

Notas:

[1] Cf. Id., De perfectione vitae spiritualis, cap. 1.
[2] Cf. I, q. 20, a. 1, ad 3.
[3] Cf. Id., a. 2, ad 1.
[4] James McEvoy, “Amitié, attirance et amour chez S. Thomas d’Aquin”, Revue Philosophique de Louvain 91 (1993) 391.
[5] Cf. H. D. Noble, L’amitié avec Dieu. Essai sur la vie spirituelle d’après saint Thomas d’Aquin, Lille-Paris-Bruges 1927, pp. 12-13.
[6] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, Madrid 1953, cap. 54.
[7] Cf. II-II, q. 26, a. 4, ad 2.

LA ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN

Todos sus biógrafos coinciden en presentar a Tomás como un hombre de profunda oración, como un gran contemplativo que supo alternar el estudio y la oración, haciendo del estudio oración y de la oración estudio[1]. Fray Reginaldo, su secretario y amigo íntimo, quien cuidó de él como una nodriza, nos cuenta que “antes de ponerse a estudiar, sostener una discusión, enseñar, escribir, o dictar, recurría a la oración en secreto, con frecuencia deshecho en lágrimas. Si alguna duda se le ofrecía, interrumpía el trabajo mental para acudir nuevamente a sus plegarias”. Por tal comportamiento, este mismo personaje llegó a afirmar que su sabiduría no procedía ni de su ingenio ni de su estudio, sino que la suplicó a Dios por medio de la oración.

Hay una anécdota emotiva que nos permite penetrar en la sensibilidad religiosa de Tomás; cuenta su biógrafo Guillermo de Tocco que en la oración de Completas, durante el tiempo de Cuaresma, cuando se cantaba el responsorio Media vita[2], no podía contener el llanto al llegar a las palabras: No nos rechaces en la vejez, cuando nos van faltando las fuerzas no nos abandones, Señor. Estas palabras del responsorio están inspiradas en el Salmo 70, 9. Tomás retoma estas mismas palabras al comentar la sexta petición del Padrenuestro que dicen: no nos dejes caer en la tentación. Sus lágrimas parecen expresar el deseo ardiente de llegar a la contemplación de Dios, deseo sobre el que tanto escribió, y el temor de verlo debilitarse con la pérdida del vigor juvenil[3].

Tomás fue un enamorado de la cruz y de la eucaristía. Cuando estaba escribiendo la tercera parte de la Suma de Teología, que trata sobre la pasión y resurrección de Cristo y sobre los sacramentos, pasaba largas horas de oración ante el crucifijo. Después de haber escrito sobre un asunto difícil referente a la eucaristía se fue a la Iglesia, se arrodilló ante el crucifijo, colocó su cuaderno ante su divino Maestro y comenzó a orar con los brazos en cruz. En cierta ocasión, el sacristán de la iglesia de San Nicolás de Salerno, Fray Domingo de Caserta, lo sorprendió en oración y oyó una voz procedente del crucifijo que le decía: “Tomás, has escrito muy bien sobre mí; ¿qué recompensa quieres por tu trabajo?” Y Tomás respondió sin pensarlo dos veces: “¡Sólo a ti, Señor!” (non nisi te, Domine!). Esta respuesta coincide plenamente con su doctrina sobre la oración y sobre la esperanza, donde se expresan los anhelos más profundos del corazón humano. El Aquinate enseña que en nuestra oración debemos pedir principalmente nuestra unión con Dios, o a Dios mismo, pues no hay que esperar de Dios algo que sea menor que Dios[4].

Tomás fue un enamorado de Cristo, al que encontró a diario en la eucaristía. Todos los días celebraba temprano la misa, ayudado por su secretario y amigo Fray Reginaldo, y participaba en otra misa ayudando a éste. En sus escritos habla de la eucaristía como la expresión más grande de la amistad de Cristo con los suyos, pues es propio de los amigos convivir juntos. La eucaristía es para él igualmente el gesto más grande de la caridad de Cristo y el alimento de nuestra esperanza, porque en ella se da una unión muy familiar entre Cristo y nosotros[5]. Esta importancia de la eucaristía en su vida se refleja en la composición del oficio litúrgico de la fiesta del Corpus, donde no habla simplemente de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, sino de recibir al mismo Cristo e incluso a Dios[6]. Los himnos y las oraciones que compuso son de un gran lirismo poético y manifiestan una gran ternura mística (Lauda Sion, Pange lingua,…). Sin duda, su oración más bella a Cristo en la eucaristía es el Adoro Te[7], compuesto en su lecho de muerte. Es un poema profundo, teológico, en el que Tomás se dirige a Cristo para cantarle su amor; le implora y le suplica como el buen ladrón; le expresa su deseo más profundo de vivir siempre con él y contemplarle cara a cara. Ese deseo se hizo todavía más vivo cuando recibió su última comunión. Así lo expresan sus mismas palabras: “Te recibo, precio de la redención de mi alma, viático de mi peregrinación; por amor a ti estudié, velé y trabajé. Te prediqué, te enseñé y nunca dije nada contra ti, a no ser por ignorancia, pero no me empeño en mi error; si he enseñado mal acerca de este sacramento o sobre cualquier otro, lo someto al juicio de la santa Iglesia romana, en cuya obediencia salgo ahora de esta vida”.

Toda la obra y la vida del Doctor Angélico fue un esfuerzo por buscar a Dios a través del estudio y la contemplación y por comunicar a los demás el resultado de este esfuerzo, convencido como estaba de que es más perfecto iluminar que lucir, comunicar lo contemplado que contemplar solamente[8].

Notas:

[1] Santiago Ramírez,  Introducción general, Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, Madrid 1947, tm. I, p. 63.
[2] Reproducimos aquí el comienzo de este responsorio, tomándolo del Propio de la Orden de Predicadores, p. 1377: En mitad de la vida estamos ya en la muerte, ¿en quién, Señor, buscaremos ayuda, sino en ti, que justamente te aíras por nuestros pecados? *Santo Dios, santo fuerte, santo y misericordioso Salvador, no nos dejes en manos de la amarga muerte.
[3] André Duval nos ofrece otra interpretación de estas lágrimas. Fray Tomás llora porque se siente conmovido ante la indecible ternura de Dios hacia la humanidad. Sus lágrimas expresan también una serie de sentimientos contradictorios que brotan de lo más profundo de su alma, como la tristeza, la compasión y la alegría; tristeza ante el temor de la muerte; compasión ante la dolorosa pasión de Jesús; alegría muy dulce porque a través del grito de angustia del Salvador se hizo posible el encuentro de la humanidad con Dios nuestro Padre. Cf. “Les larmes de frère Thomas”, La vie spirituelle 147 (1993) 721-725.
[4] Cf. II-II, q. 17, a. 2c.
[5] Cf. III, q. 75, a. 1c.
[6] Cf. Jean-Pierre Torrell, “Adoro Te la plus belle prière de saint Thomas”, Recherches Thomasiennes. Études revues et augmentées, Paris 2000, p. 372.
[7] Transcribimos el texto del Propio de la Orden de Predicadores. Liturgia de las horas, Roma 1988, p. 1795, corrigiendo el primer verso según el texto establecido por R. Wielockx (separamos los versos por una línea oblicua y las estrofas por dos): Te adoro con fervor, Verdad oculta,/ que estás bajo estos signos escondida,/ a ti mi corazón se rinde entero/ y desfallece todo si te mira.// Se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto,/mas tu palabra engendra fe rendida:/  cuanto el Hijo de Dios ha dicho, creo/ pues no hay verdad como la verdad divina.// En la cruz la deidad estaba oculta,/ aquí la humanidad está escondida,/ y ambas cosas creyendo y confesando,/ pido yo cuanto el buen ladrón pedía.// No veo, como vio Tomás, tus llagas,/ mas por su Dios te aclama el alma mía:/ haz que siempre, Señor, en ti yo crea,/ que espere en ti, que te ame sin medida.// Oh memorial de la muerte de Cristo,/ oh pan vivo, que al hombre das la vida:/ concede que de ti viva mi alma,/ que guste de tu celestial delicia.// Jesús mío, pelícano piadoso, con tu sangre mis impurezas limpia,/ que ya una gota de tu sangre puede,/ salvar al mundo entero del pecado.// Jesús, a quien ahora miro oculto,/ cumple, Señor, cuanto mi alma ansía:/ mirar, feliz, tu rostro descubierto/ y en visión clara siempre contemplarte. Amén.
[8] Cf. II-II, q. 188, a. 6c.

Por Fr. Manuel Ángel Martínez de Juan O.P.
Fuente: ORDEN DE PREDICADORES (DOMINICOS)

on Sunday, December 4, 2011

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es. 
Jorge Luis Borges



¿QUÉ ES EL DESTINO?

Al reflexionar sobre la cuestión del Destino, surgen inevitablemente una serie de preguntas a las que tenemos que tratar de responder de forma clara y lúcida: ¿Qué es en realidad el Hado o Destino? ¿Cómo se ha de entender este concepto tan decisivo para el humano vivir, que tanto ha preocupado a los hombres en todas las culturas y en todas las épocas?

El concepto de “destino” se presta a ser interpretado en varios sentidos, todos los cuales suelen aparecer con frecuencia tanto en el lenguaje coloquial como en la terminología filosófica, literaria o religiosa. Podemos distinguir cinco significados principales, o más usuales, los cuales, lejos de ser contrapuestos, se complementan, estando estrechamente conectados:

1) Fuerza, Poder o Ley de origen sobrehumano y trascendente que dirige nuestra existencia: el Hado o Sino, el Fatum de los romanos, la Moira o Eimarmene de los griegos, el Wurd o Wyrd de los antiguos germanos, el Ming de la tradición china. Se corresponde asimismo con los conceptos de Karma y Dharma de la cultura indo-aria (tradiciones hindú y budista). Se trata de un Poder al que nadie puede escapar y cuya acción determina la sucesión de los acontecimientos que se producen en la vida de cada ser humano.

El Destino viene a identificarse, o a relacionarse de forma muy estrecha, con la Providencia divina, la Prónoia de la Stoa (el Estoicismo greco-romano, que ve en el Destino una expresión del Logos divino). En la cultura china, sobre todo en la filosofía confuciana, el Destino aparece como “Mandato del Cielo” (Tien-Ming). En la doctrina cristiana el Destino o Hado suele ser concebido como Fuerza que está al servicio de Dios, siendo el instrumento de su Providencia y Sabiduría para regir la marcha del Universo. De ahí que el Dante, en su Divina Comedia, use la expresión il fato di Dio (“el hado de Dios”), señalando que es inútil tratar de oponerse a los designios del Hado y subrayando la gran sabiduría que encierran tales designios.

2)  Lo que ocurre en la vida de los seres humanos, con independencia de su voluntad, de sus planes y deseos. El conjunto de los sucesos y acontecimientos, favorables o desfavorables, que van ocurriendo en nuestra existencia, a veces de forma imprevista y repentina, con importantes repercusiones de todo tipo. Y, de manera especial, lo que tiene forzosamente que ocurrir, queramos o no, nos guste o nos disguste, dadas determinadas condiciones (hereditarias, temperamentales, biológicas y biográficas, morales, históricas, ambientales, cósmicas). Es decir, el conjunto de circunstancias propicias o adversas con que un individuo o un grupo humano tienen que enfrentarse a lo largo de su devenir terreno, sin que puedan evitarlo, al menos en apariencia y a primera vista. En este sentido se suele usar, en lengua española, la expresión “lo que nos envían los hados”.

Bajo esta perspectiva, el destino, el hado o los hados, se nos presenta en principio como algo anterior y superior a la voluntad humana, algo que al individuo o grupo en cuestión le viene dado de forma ineludible, aunque su voluntad sí pueda en un momento posterior aceptar libremente ese destino y adherirse a lo que el mismo implica o, por el contrario, rechazarlo y tratar de oponerse a él. En el primer caso, tenemos lo que los romanos llamaban el amor fati, “el amor al destino”, la actitud que lleva a una afirmación decidida de lo que la realidad nos trae y de lo que el destino reclama de nosotros, cobrando así la vida un valor de empresa, de reto y proyecto con una honda significación, de misión creadora y redentora.

Y aquí surge la pregunta: ¿por qué me ocurre a mí esto que me ha pasado?, ¿tiene algún sentido tal circunstancia que parece puramente casual y azarosa?, ¿qué significa este hecho o acontecimiento con el que me encuentro, probablemente sin quererlo o sin haberlo buscado, incluso habiendo hecho todo lo posible por evitarlo?

3)  Camino, llamada y misión. El camino que tenemos que seguir en esta vida. La  senda que a cada uno le marcan las estrellas (para decirlo con lenguaje poético). La llamada que nos muestra una senda vital, que nos convoca a un apasionante e ineludible quehacer. La voz interior que nos impone una empresa, misión o tarea a realizar. El camino que cada cual tiene destinado o reservado. Aquello para lo que hemos nacido, a lo que estamos llamados, para lo que hemos venido al mundo: algo que es anterior a nuestra decisión individual y está por encima de nuestro yo contingente y efímero (nuestra voluntad o nuestros deseos egoístas). La ocupación o misión que hemos de desempeñar en la vida y a través de la cual nos realizamos plenamente como personas.

El concepto de destino va aquí unido a la idea de vocación, aquella tarea a la que nos sentimos llamados (de vocare, “llamar”; the Calling, die Berufung). La función a la que Dios te llama al darte el ser y la vida. El puesto y lugar que corresponde a cada ser humano dentro del Orden universal (de forma semejante a como se habla de “destino” para indicar el puesto que ha de ocupar un funcionario, un militar o un sacerdote, con el rango, la responsabilidad, la función y el cometido que tal destino lleva consigo). El destino viene a ser, en tal sentido, el sitio que cada uno tiene asignado en el conjunto de la Creación, en la jerarquía de los seres y en la gran sinfonía cósmica.

Las preguntas que, a este respecto, se hace la persona inteligente, sensible y responsable, serán de esta índole: ¿porqué y para qué he venido a la vida?, ¿cuál es la misión o tarea que tengo que desempeñar, si es que tengo alguna?, ¿qué estoy destinado o llamado a hacer en este mundo?

4)  Fin al que tendemos, horizonte al que estamos abocados  (destino = destinación). El Destino como meta o punto de llegada. Lugar hacia el cual uno se encamina, el norte hacia el que dirige sus pasos y en el que tiene puesta su mirada. Al igual que la palabra “destino” se utiliza para hablar del término o punto final de un viaje (“el destino de un vuelo”, “el destino de un tren o de un barco”, “viajar con destino a tal o cual ciudad”, “llegar a destino”), puede emplearse también para aludir al fin último de la vida humana, la culminación de la existencia o el puerto de arribo para nuestra singladura vital.

En una línea semejante, la voz “destino” sirve para indicar el lugar adonde se envía algún objeto (“este paquete o esta carta va con destino a Londres”), así como la finalidad o uso que se pretende dar a una cosa, el fin al que se destina (así, por ejemplo, “¿cuál es el destino que vas a dar a esta silla?”). En todos estos casos aparece de forma clara y dominante la idea de finalidad, de fin, de motivación, de propósito y objetivo final.

El destino se refiere, bajo este aspecto, al objetivo del vivir humano, la razón de ser y finalidad de nuestra vida, su meta última, el fin al que estamos llamados y hacia el que debemos tender por nuestra propia naturaleza. El blanco hacia el que disparamos la flecha de nuestro ser, la diana hacia la cual vuela directo el dardo de nuestro proyecto vital. El punto central, idealmente elevado y situado en la distancia, que nuestra mente y nuestra actividad tienen como objetivo; un punto arquetípico, capaz de despertar fe y esperanza, cuyo poder de atracción moviliza todas nuestras energías.

Mi destino es la alta meta que orienta mi quehacer existencial, mi norte, mi norma o ideal de perfección, el faro que me guía; un faro y un norte sin cuya luz, sin cuyo estímulo formativo o forjador, sin cuya presencia sublime y lejana, me perdería en el laberinto de la existencia.  

5) Lo que a cada cual acecha en la incertidumbre del porvenir (aspecto éste que no es sino una variante o derivación del 2º punto). Es decir, la suerte o fortuna que se esconde tras el enigmático velo del tiempo y que nos saldrá al paso a medida que vayamos avanzando en la vida. No en vano, las voces equivalentes a “suerte” y “fortuna” en la mayoría de las lenguas europeas resultan sinónimas de “destino”, “sino” o “hado” (Los en alemán, lot en inglés, sort en francés, noodlot en holandés, öde en sueco, skæbne en danés y soartǎ en rumano). Bajo esta perspectiva, el destino puede ser contemplado como el lote que a cada uno le ha tocado en la lotería de la vida.

A este significado de  la voz “destino” va inseparablemente ligado, a su vez, lo que cada uno de nosotros va haciendo con su vida y que nos condicionará en el futuro, determinando así la suerte mejor o peor que nos esté reservada. Todo lo cual suele designarse, siguiendo la terminología oriental, como el karma que uno siembra y cosecha en su andadura vital: el buen o mal karma que cada cual arrastra o tendrá que arrastrar en lo sucesivo. Es decir: la carga inevitable (positiva o negativa) acumulada del pasado y la que va acumulándose ahora, en el presente. Dicho de otro modo: los frutos, dulces o amargos, liberadores o esclavizadores, que vamos recogiendo sin cesar y tendremos inevitablemente que recoger en su día como consecuencia de nuestras ideas, decisiones, acciones, hábitos y actitudes.

Desde este punto de vista, brotan los interrogantes que nos suelen atormentar tan a menudo y que nos generan gran inquietud: ¿qué suerte me reserva el futuro?, ¿qué porvenir me espera?, ¿cuál será la desgracia o ventura a la que estoy destinado?, ¿qué será de mí y de los míos el día de mañana?, ¿podré tener una existencia dichosa y feliz?, ¿lograré cumplir la misión que me ha sido encomendada?

En los textos literarios, en las obras de pensamiento y en los tratados de espiritualidad, cuando aparece el tema del Destino los autores suelen referirse a uno u otro de estos significados. Lo cual, sobre todo en lo que se refiere a las exposiciones doctrinales o sapienciales, explica las diferencias en el enfoque y el tratamiento del asunto, así como las posibles discrepancias en las conclusiones a las que llegan o en las enseñanzas que nos trasmiten.

Todas estas significaciones se entrecruzan en la vivencia integral y profunda del Destino, ya sea el destino personal de cada individuo o el destino de un pueblo, de una nación o de una cultura. No se puede prescindir de ninguna de ellas si queremos comprender a fondo la vida humana, su realidad y su sentido.

Lo importante es que sepamos encontrar el adecuado engarce entre esos diversos aspectos del misterio que encierra el Destino, sabiendo valorar en su justa medida cada uno de ellos. De tal engarce, que tiene mucho de sabiduría, dependerá la felicidad y el éxito que cosechemos en nuestra vida. Sólo entendiendo bien las múltiples facetas del Destino y armonizándolas en una elevada visión de unidad podremos evitar las dos erróneas actitudes ante el destino, que son el fatalismo y el pasotismo tan necio como superficial, el determinismo ciego y la banalidad apática o desidiosa ignorante de esta profunda realidad.

Por Antonio Medrano

on Friday, December 2, 2011
En Liberia, junto a Sierra Leona y Costa de Marfil, llueve torrencialmente de abril a noviembre, por lo que resulta aún más oportuno decir que ha llovido mucho desde que en 1822 comenzaran a llegar hasta sus tierras, en la costa occidental de África bañada por el Atlántico, miles de esclavos liberados por Estados Unidos, a los que la Sociedad Americana de Colonización había enviado para que comenzaran una nueva vida en el Continente del que –ironías de la vida- sus ancestros habían salido rumbo a la esclavitud. 

Los habitantes de este país, primero de África en alcanzar la independencia en 1847, tienen, por tanto, unas características que difieren notablemente de las de otros moradores de naciones vecinas. Esta diáspora de hombres y mujeres adultos, educados en América, permanecieron fieles a su trasfondo estadounidense, al tiempo que convivieron con los indígenas de la zona, auténticos africanos cuya organización tribal, cultural y religiosa no tenía nada que ver con la de los nuevos colonizadores. Fue una tarea nada fácil, que propició, durante un largo período, continuos enfrentamientos, hostilidades, e intentos de dominación y sometimiento no siempre pacíficos. 

Desde su independencia, ha sufrido golpes de estado, elecciones fraudulentas, dos guerras civiles que han asolado el país durante quince años, y el gobierno de un dictador sanguinario, Charles Taylor, actualmente procesado por crímenes contra la humanidad. La situación seguía por tanto sin presentar un panorama consolador, hasta que una liberiana y economista de Harward: Ellen Johnson-Sirleaf, madre de cuatro hijos y abuela de ocho nietos, luciendo un físico mayestático y la elegancia natural de las liberianas con sus enormes turbantes de colores vivos, puso coto al perpetuo desmán.  Johnson, había trabajado para el City Bank y el Banco Mundial, fue encarcelada en los ochenta por enfrentarse al régimen de otro nefasto presidente, Samuel Doe;  a punto estuvo de ser asesinada por los esbirros de Taylor y vivió exiliada durante más de diez años en Nairobi y en Washington. Con 30 años de actividad pública, ha sido ministro de hacienda de su país y se la conoce por su fuerte carácter, suavizado por lo que sus conciudadanos llaman “sentido maternal” de hacer política. Esta espléndida mujer con una sonrisa amplia que no la abandona, le metió un gol al mejor futbolista de la historia liberiana, y contrincante electoral, George Gweah, y ganó legítimamente los comicios de 2006, convirtiéndose así en la primera mujer presidenta de un país africano.

En tiempos de paz, Liberia, es un  lugar  de contrastes, con tierras arenosas, pantanos y manglares en su parte baja; bosques vírgenes con árboles de caucho, higueras y caobas en la intermedia, y zonas montañosas en su parte alta. Vive principalmente de la pesca, de la agricultura, de la minería del hierro y de la elaboración del látex. En la actualidad intentan poner en pie su comercio exterior, hacer frente a una deuda de más de tres mil quinientos millones de dólares, traer el abastecimiento de agua y de la electricidad a la capital, y levantar unas ciudades arrasadas en las que las chabolas se enseñorean del paisaje. Con una tasa de desempleo de más del 85 %  y la amenaza de los cantos de sirena del tráfico de cocaína y de diamantes de Sierra Leona, la ingente labor del gobierno de la Señora Jonson-Sirleaf va propiciando la paz de su nación y los derechos humanos contra viento y marea, entretejiendo, sin prisa pero sin pausa, como esas famosas colchas guateadas que las mujeres liberianas elaboran desde tiempo inmemorial, el tejido social que facilite el futuro progreso de un país que llegó a sus manos desangrado, explotado y mísero. 

En toda esta tarea ha contado con la magnífica colaboración de  Leymah Gbowee, su joven ayudante de 39 años, terapeuta, trabajadora social y madre de seis hijos, que ha vivido en Monrovia  desde los diecisiete años, aunque actualmente reside en Accra, capital de Ghana.

Gbowee, junto a Freemant, como presidentes de las dos diferentes iglesias luteranas, de la capital, organizaron en 2002, la WIPNET -Red de Mujeres por la  Consolidación de la Paz-. En los inicios de la Asociación, la activista fue convocando, dialogando y convenciendo a las mujeres cristianas y musulmanas de la importancia de una contestación femenina, pacífica y permanente contra las armas y en pro de los derechos humanos. Acudían cada mañana  al mercado del pescado y allí cantaban todas juntas por un mundo mejor. Más tarde, sin acepción de raza o condición, las mujeres se reunían en distintos lugares, siempre vestidas de blanco, con sus enormes tocados, para rezar conjuntamente siempre en favor de la paz, y todas ellas  se negaron a mantener relaciones con sus maridos,  hasta que no  dejaran las armas, en una original huelga de sexo. Meses más tarde emitieron una declaración de intenciones que presentaron al presidente Taylor, en los siguientes términos. 

"En el pasado estábamos en silencio, pero después de haber sido asesinados, violados, deshumanizados, e infectados con enfermedades; de ver a nuestros niños huérfanos y a nuestras familias destruidas, la guerra nos ha enseñado que el futuro está en decir NO a la violencia y SÍ a la paz! No cederemos hasta que ésta prevalezca".

Tras innumerables acciones de protesta pacífica, este Movimiento puso fin a la guerra civil de Liberia en 2003, y propició las condiciones para que Ellen Johnson Shirleaf llegara a la Presidencia.

Lejos de allí, al sur de Arabia, se encuentra la República de Yemen, uno de los países más pobres de Oriente Próximo que, en su día, formó parte de los califatos árabes. Con una cultura y tradición digna de los cuentos de las mil y unas noches; una historia de leyenda salpicada de riquísimas civilizaciones, y tremendos periodos de guerras intestinas y divisiones entre el norte y el sur  alcanzó, a finales del pasado siglo, lo que algunos consideraron como su definitiva reunificación. 

Desde hace treinta y dos años el tirano Alí Abdulah Saleh, gobernaba este país, con más de  veinte millones de habitantes en su mayoría musulmanes, dispuesto a aprobar las pertinentes disposiciones que le permitieran, no sólo perpetuarse en el poder, sino dejar a su propio hijo como “legítimo heredero”, pero los yemeníes, que habían sufrido dos guerras civiles y vivían en paupérrimas condiciones con más de un cincuenta por ciento de paro, consideraron llegado el momento de terminar con tantos años de desmanes y tiranía, provocando manifestaciones callejeras durante más de diez meses, y obligando al Consejo del Golfo a exigir la dimisión de su presidente refugiado en Riad, donde, hace unos días, firmó por fin su renuncia y el traspaso de poder acordado con los 6 representantes del Consejo del Golfo.

Y... ¿Quién estuvo al frente de las primeras manifestaciones no armadas que tienen su origen en 2007? La periodista yemení Tawakul Karman, de 32 años, madre de tres hijos, defensora de los derechos humanos y  líder del movimiento Mujeres Periodistas sin Cadenas

Aliada de Estados Unidos en la lucha antiterrorista, acude cada martes a la plaza de Sanáa, capital de la Nación para protestar pacíficamente ante la sede del gobierno y promover la utilización, para estos fines, de los medios de comunicación social y las redes, en un país en el que más de cinco millones son pobres y la mitad de ellos analfabetos.

Karman ha sido encarcelada en varias ocasiones, porque desde 2004 se niega a cubrir su cuerpo, su rostro  y sus ideas con el niqab. Su frase preferida es “Las mujeres tenemos que dejar de sentirnos como parte del problema y comenzar a ser parte de la solución”mientras afirma que no cejara en su empeño hasta conseguir un Yemen libre, democrático y en paz. Son ya diez meses de echarse a la calle y siguen las protestas. Simultáneamente son cientos los muertos y desaparecidos e innumerables los heridos, y las guerrillas entre chiíes y salafistas  convierten a Yemen en un barril de pólvora a punto de explotar.

Hasta aquí la durísima experiencia vital de tres damas ilustres en tres rincones de la orilla negra de lo que algunos llaman civilización y por la que,  al otro lado del mundo  en la ciudad de Oslo, el próximo 10 de diciembre se les hará entrega del más hermoso de los Premios Nobel a cada una de ellas: Ellen Johnson-Sirleaf, Leymah Gbowee y Tawakul Karman, tres madres coraje a las que casi nadie conocía y que llevan media vida acunando en su regazo, junto a sus hijos, a la paloma herida de la paz. 

Por Elena Méndez-Leite

on Tuesday, November 29, 2011
Amar y sufrir es, a la larga, la única forma de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón


Siempre he pensado que hay cosas que deberían ser preservadas del paso del tiempo y normalmente el consenso en este sentido suele ser amplio, especialmente en lo que se refiere a las grandes creaciones del hombre, como sin duda los son toda esa infinidad de grandes obras relacionadas con el arte, la música, la literatura o la arquitectura. 


Sin embargo, con frecuencia nos olvidamos que las mayores realizaciones de nuestra especie son aquellas más directamente relacionadas con la parte emocional de la vida; con aquello que nos caracteriza y nos hace distintos a las demás especies del reino animal y que, precisamente, por su intangibilidad suelen pasar desapercibidas o son difíciles de conservar. Realizaciones que corresponden al ámbito de lo cercano o de lo cotidiano; de aquello que realizamos sencillamente porque es nuestro deber, o porque el destino así lo ha querido, pero que no por ello resultan menos admirables que aquellas que realizamos por vocación o placer. Miles, millones de obras de arte esculpidas a golpe de corazón, valentía, tesón, abnegación o generosidad, que a diario y desde los primeros tiempos lleva a cabo el ser humano desde el anonimato y a través del día a día. Pequeñas grandes realizaciones, que por su bondad, verdad o belleza deberían ser proclamadas a los cuatro vientos... o quizás, efectivamente, mantenidas en el anonimato de la intimidad, pero igualmente dignas -o quizás aún más- de ser preservadas como legado inseparable, inalienable e imperecedero de nuestra humanidad y de todos esos héroes desconocidos que día a día plantan cara a la vida, desde actitudes verdaderamente ejemplarizantes.

Y de entre las que me son familiares o he tenido la oportunidad de conocer, siempre recuerdo las líneas que recibí, hace ya tiempo, de un buen amigo, al que siempre he sentido particularmente cercano por su calidad humana y por esa grandeza de espíritu que caracteriza a los mejores ejemplares de nuestra especie. En ellas, me hablaba -nos hablaba-, desde la angustia, la proximidad, la sinceridad y la valentía, de la vida misma; de la cara que muestra cuando nos alza la voz, o cuando el destino nos recuerda su intransigente obcecación, siempre dispuesto a cambiar nuestros planes, a trastocar nuestras ilusiones o a reírse en nuestra cara de esa torpe prepotencia, con la que a veces nos disfrazamos, en un vano intento por escapar de la realidad. 

Quizás su historia no sea especial, mejor o diferente a otros millones de situaciones similares, que a diario se suceden en todos los rincones del planeta. Vicisitudes comunes -que no vulgares-, escritas con la tinta invisible del anonimato o la normalidad, que la pluma que narra nuestras vidas recoge cada vez que se sumerge en el tintero de la realidad. Pero es una de esas historias que por su proximidad -y ahí es donde precisamente radica su belleza-, merece ser preservada y contada desde estas páginas, para recordarnos de dónde venimos, quiénes somos y a dónde vamos... Y que lo que hace excepcional al ser humano no son únicamente sus grandes obras, sino precisamente su propia y cotidiana humanidad.

Por Alberto de Zunzunegui



“MARTITA ES SíNDROME DE DOWN”
Por Yago

Cuando me comentaron, textualmente, que intentara “desnudar mi alma” a través de este artículo me pareció, cuando menos, una tarea imposible. No por no querer hacerlo, pero soy consciente de mis limitaciones y entre ellas la de mi capacidad para plasmar hasta ese punto y además mediante la escritura, mis emociones. Pero me animé a escribirlo pensando en que si podía compartir con alguien mi experiencia, nuestra experiencia, ya sería útil.

Otro tema que me preocupó sabiendo, además, que otros testimonios versarían también sobre enfermedades fue que personalmente he acuñado una particular visión del “Síndrome de Down” y que podría, quizá, chocar a otras personas. Soy consciente de que el Síndrome de Down no deja de ser una enfermedad e incurable. Pero yo no me siento ante una enfermedad. Tanto por motivos que desarrollaré más tarde como porque en nuestro caso Martita no necesita de medicación especial alguna, no padece cardiopatías o problemas pulmonares como otros niños Down, no me siento viviendo las mismas situaciones ni emociones como cuando en otras ocasiones me he encontrado ante otras enfermedades como el Cáncer, por ejemplo, con la sensación de estar ante una enfermedad radical y extrema en demasiadas ocasiones. 

Creo, por lo que acabo de comentar, que son experiencias distintas en muchos aspectos, implican decisiones, planteamientos y situaciones bastante diferentes. Ante un Cáncer incurable me he sentido radicalmente vendido, atado de pies y manos, En cambio con “Mi Síndrome de Down”, lo reconozco, estoy planificando desde el primer día y pensando en el mañana. 

Pero que duda cabe que en cualquier caso todas estas enfermedades implican un antes, un durante y un después en las emociones, los sentimientos, las ilusiones, los planes... y en múltiples planos, tanto a título personal, como pareja, como familia, profesionalmente. En definitiva suponen un giro brusco, vertiginoso, Y todo ello pese a saber que existen, que están ahí y que acechan de mil maneras, con mil formas y con las que más pronto o más tarde todos tenemos que “lidiar”. Uno espera, inconscientemente, no tener que vivir nunca situaciones extremas, especialmente aquellas relacionadas con la salud. Ni aunque como leeréis más adelante uno pudiera estar “algo” preparado para ello. 

A pesar de mi particular visión desearía que mi relato, que mi testimonio, no se interprete en ningún momento como una comparación, ni en alcance, ni en emociones o sentimientos, con otras enfermedades o situaciones. Vaya por delante mi respeto y solidaridad por cualquier situación personal que lejos de suponer una buena noticia nos preocupe o agobie en extremo como las enfermedades. Y especialmente las más duras de ellas, las incurables y degenerativas, como las que también y desgraciadamente acabamos de vivir recientemente en nuestra familia. 

Por todo lo anterior espero que entienda, que me permita, quién lea estás líneas que hable de síndromes y enfermedades. Vaya mi agradecimiento por ello.

Finalmente quisiera, egoístamente pero con todo el cariño del mundo, utilizar este artículo como homenaje a muchas personas que nos han acompañado desde el nacimiento de Martita y gracias a las que, sin duda, hemos podido llegar hasta aquí y podemos continuar pensando en un futuro lleno de ilusiones y esperanza, en las mejores condiciones tanto anímicas como materiales, para seguir disfrutando de Martita, de su cariño, de su compañía.

ESTAMOS EMBARAZADOS!!!!!

Mi nombre es Yago y esta maravillosa noticia de la llegada de Martita fue igualmente recibida con toda la ilusión por Marta, mi mujer. Nuestro primer embarazo. Pero estábamos lejos de lo que creíamos que el destino nos deparaba.

Comentaba antes que uno podía estar “algo” preparado, aparentemente, para ciertos temas. Creo que es interesante que os comente algunas cosas que han influido en mí antes de ser padre de Martita. Surge este apunte porque soy hijo de neurólogo y he convivido con el Síndrome de Down, entre otros síndromes y enfermedades, desde que tengo recuerdo. 

La dedicación de mi padre, su extremo cariño a su profesión y los muchos años en los que llevo viendo como su vocación se transformaba en cariño para con sus pacientes y sus familiares, indiferentemente,  desarrollaron en mí de una manera silenciosa e inconsciente lo que más tarde he comprendido que ha sido un regalo de incalculable valor: el respeto por quienes no eran, aparentemente, tan afortunados o eran, simplemente, distintos.

Estoy convencido de que más allá de su pundonor personal, la raíz verdadera de la vocación de mi padre, lo que le ha guiado siempre, ha sido su constante búsqueda de la mejor forma de ayudar a minimizar, cuando no solucionar, “las adversidades” que se habían de una u otra manera cruzado en la vida de otros. 

Síndromes de Down, parálisis cerebrales, epilepsias y un largo rosario de síndromes y enfermedades. Y detrás, más allá de los nombres y apellidos de quienes descubrieron todas y cada una de las enfermedades y síndromes conocidos, los nombres y apellidos de los pacientes, madres, padres, hermanos, abuelos, familiares que han coincidido con él en tantos años de dedicación. Dedicación siempre apoyada en la admirable actitud de mi madre, donando, cediendo generosamente su tiempo y su propia dedicación para que mi padre pudiera, también, compartir lo mejor de su vocación profesional junto con su otra vocación como es su propia familia. 

Gracias Mamá, gracias Papá por inculcarnos valores, algunos sin apenas mencionarlos y a través de actitudes la mayor parte de las veces, que solo con el paso de los años y de acontecimientos especiales, como el nacimiento de Martita entre otros, he sido capaz de poder apreciar en su magnitud real.

Vienen a mi recuerdo algunos de los muchos pacientes de mi padre que he conocido por teléfono, en el hospital, en la consulta, en casa. Pero quiero hacer especial mención a otra Martita, paciente de mi padre, y a sus padres y su hermana mayor. No faltó Navidad en la que se acercaran a casa para agradecer a mi padre sus esfuerzos para ayudar a mejorar la calidad de vida de su Martita y directamente la de ellos. Curiosamente, años después, yo pasaría a ser un nuevo “Padre de Martita”.

Volviendo a nuestro embarazo, ambos teníamos en ese momento 34 años, todo transcurría normalmente hasta que un día a través de las ecografías detectaron que al parecer la placenta de Marta no conseguía alimentar bien a Martita. Decisión: esperar a que Martita hubiese crecido lo suficiente, cesárea y todo solucionado.

Fantástico. Nervios. 2 de Abril de 2.001, Lunes. Día de la cesárea. Marta había dormido en el hospital y a primera hora estaba todo programado. Lástima, al ser cesárea no me permiten estar en quirófano. Pasillo. Que lento corre el tiempo. Un medico que sale, otro entra. ¿Y de mis chicas, qué?. Por fin. Todo bien. Efectivamente Martita tiene poco peso y deberá estar en incubadora hasta que consiga cogerlo. 960 gramos tienen la culpa. Menos que un paquete de azúcar!!!. Pero todo bien. Hay que llamar a todo el mundo, Hay que hacer papeles. ¿En que planta están las incubadoras?. ¿En que habitación Marta?. Para ser Lunes, cuantas emociones nuevas. Nuevas y maravillosas.

Martes, todo bien. Miércoles, ¿qué pasa?. Algo no va bien. Algo no va bien porque lo siento, no porque nadie me lo diga. Cojo la mano de Martita, me agarra, es guapísima. ¿Alguien lo dudaba?. Voy a ver a Marta. Como rápido, Subo. Bajo. Que pasillos tan largos!!!!. Que ascensores tan lentos!!!. Espero la hora para poder entrar en la Sala de incubadoras. Vuelvo a ver a Marta a su habitación. Pero algo no va bien. Miro, miro y miro a Martita. Algo me está llamando la atención, pero no sé que es. Es algo que sé que he visto antes, que sé lo que es, pero....

Jueves. Empiezo a preguntar. No hay respuestas. O sí, en los gestos, las caras de algunos. Tres turnos de enfermeras, médicos, nervios. ¿Me estaré volviendo loco?. ¿Qué pasa?. ¿Qué me pasa?.

Mientras yo vivía lo que en ese momento creía mi única y propia paranoia, mi padre, años de profesión por medio y miles de casos vistos, estudiados, revisados, buscaba junto a mi madre que algunas posibles evidencias, apenas imperceptibles, no confirmaran lo que otras pruebas científicas, que llevan su tiempo, finalmente confirmarían. El tiempo, seguro, se debió parar desesperadamente también para ellos.

Martita no mostraba signos característicos de los Síndrome de Down. El caso de Síndrome de Down menos evidente que caía en las manos de mi padre. Que ironía, ¿no?. La pregunta clave, al menos para mí, surgió cuando mi padre se interesó sobre un familiar de Marta, abuela o bisabuela, a quién él recordaba vagamente que se había mencionado en alguna ocasión y que era Filipina. ¿Filipina?.

Eso era lo que estaba viendo sin ver, que me miraba sin mirar y que tantas y tantas veces había visto. Los ojos, un pelín más rasgados, característicos de los Síndrome de Down y que apenas se percibían en la preciosa y diminuta carita de Martita y de sus 960 gramos.

Finalmente el Lunes siguiente, día 9, todo se confirmaba. Llevaba demasiados días, horas, minutos, de tensión. Es fácil imaginar lo duro que fueron esos días. Viajando, emocional y vertiginosamente en algunas ocasiones o lentamente y entre lágrimas otras, desde la ilusión de que finalmente las noticias fueran las mejores hasta imaginar cómo decirle a Marta, que Martita, nuestra Martita, era Síndrome de Down.

Volviendo al Lunes 9, iba de camino hacia la habitación de Marta, una vez más por un largo, largísimo, pasillo cuando, pese a estar en el mismo hospital en el que trabajaba y estaba en ese momento mi padre, sonó una llamada suya en el móvil. Tal y como le había pedido me llamó nada más conocer los resultados. Creo recordar la conversación, o al menos parte de ella, de manera bastante textual: 

- Yago, se confirma. 
- ¿Pero es ya seguro?. 
- Yago, han hecho la prueba dos veces. Lo siento.

Si hubo más conversación no la recuerdo. Enfilé el pasillo, abrí la puerta de la habitación de Marta con la conversación aún repitiéndose en mi cabeza y le cogí la mano. Había estado intentando darle a Marta durante la última semana lo mejor de mí mientras esperaba que todo quedara en nada. Marta notó, automáticamente, que nada bueno iba a decir. Estaba sentada en un sillón: 

- Sabes, ….los ojitos de Martita, los ojitos rasgados de Martita... Martita es Síndrome de Down.

Aunque yo era consciente de lo que Síndrome de Down significaba para mí, para Marta era, en ese momento y lejos de nomenclaturas y de mi experiencia personal, la peor de las noticias. Era consciente del shock que con esta noticia estaba provocando pero solo años después, una vez más, he sido consciente del alcance real y repercusión que produjo la noticia en Marta. 

Añadí a Marta: 

- Lo importante es que nosotros dos estemos juntos y solo así podremos con todo.

Sé que Marta piensa también así. Y de que ha intentado, también, que sea así. Pero Martita es Síndrome de Down y Marta sigue aún desgarrada por el impacto de esta noticia. Yo también, pero cada uno pese a intentar hacerlo lo mejor posible lo siente y vive, lógicamente, a su manera. Es imposible ponerse, realmente, en la piel de una madre sin poder serlo. 

Aún después de confirmar que Martita era Síndrome de Down por ese porcentaje, a veces  ínfimo, de posibilidades que hay en todas las cosas, buenas o malas, positivas o negativas, cuando esa posibilidad lleva tu nombre escrito y te toca, te toca y la estadística, los porcentajes, dejan de tener sentido.

¿Y AHORA, QUÉ?

Pues empezaba el primer día de una nueva vida. ¿Por donde empezar a ordenar nuestro universo vuelto del revés, agitado, vapuleado? 

Honestamente, hemos sido muy afortunados ya que desde el primer momento contamos con todo el afecto y apoyo de la familia, amigos, médicos y enfermeras del hospital, tanto a título profesional como personal, pues todos nos dedicaron sus mejores sonrisas, miradas de cariño, silencios afectuosos, invitaciones para hablar con una enfermera que tenía también una hija Down y suma y sigue de un sin fin de muestras de cariño y apoyo.

Nos hicimos las pruebas para ver si el origen radicaba en alguno de nosotros dos, certificamos la posibilidad de tener más hijos si queríamos que así ocurriera en un futuro, pasamos muchas semanas a caballo entre casa y el hospital mientras Martita crecía en la incubadora, buscamos una casa cerca del Colegio María Corredentora pensando en el futuro de Martita, hablamos, leímos y nos informamos de lo que realmente significaba Síndrome de Down, su presente, su futuro, posibles enfoques, decisiones a tomar. Recuerdo todo como si estuviéramos dentro de una gigantesca lavadora girando a diez mil revoluciones.

Y en medio de toda esta agitación los padres de Marta junto a su abuela, comentando por lo importante de su decisión pero de la manera más desprendida y generosa posible, nos hicieron partícipes de su decisión de trasladarse a Madrid para que pudiéramos contar, en nuestra nueva y forzada reorganización y siempre que así lo consideráramos, con su cercanía, cariño, presencia y apoyo. Buscaron solución a su trabajo, renunciaron a su entorno de toda la vida, hicieron participes y aliados a la familia que dejaban para poder ayudarnos en nuestra “nueva” vida. Gracias, de corazón. Lo que Martita es hoy se debe en gran parte a su esfuerzo y dedicación.

Comenzaron las primeras sesiones de estimulación, los primeros contactos con muchos profesionales que ayudaron a Martita, a nosotros, a vivir nuestra nueva situación. Son muchos y citaré a la Fundación Síndrome de Down de Madrid en un intento de no olvidar a nadie y agradecerles que aparte de enseñar, por primera vez y en muchos órdenes de su vida a Martita, nos ayudaran igualmente a nosotros desde cero como a ella. Aunque sería más justo y exacto decir que a Marta y a mí nos ayudaron desde menos que cero.

En ese camino y con esta ayuda, la de familiares y amigos, decidimos tener un segundo hijo, Jaime. Otro regalo. Pudimos recomponer muchas cosas rotas dentro de nosotros, como persona, como pareja. Aún nos queda mucho camino que recorrer, cada uno, como pareja, como familia, pero las bases son cada vez más sólidas. Las diez mil revoluciones se han atenuado, hemos crecido, madurado, y aún quedan y quedarán.

Natación, psicomotricidad, ballet o logopedia son algunas de las actividades que están ayudando a Martita, y a nosotros, a conseguir el 100% de su 100%. Somos afortunados ya que contamos, en esta etapa en que escribo, con la experiencia de los magníficos profesionales del colegio María Corredentora, y dormimos tranquilos conocedores de su compromiso con la educación especial.

Pese a ese primer barniz que personalmente tenía me costó mucho entender que mi objetivo era conseguir ese 100% del 100% de Martita. Con ello rompí parte de la rabia que sentía por que Martita era Síndrome de Down. Básicamente era pura impotencia. Como cualquier padre desearía que Martita no fuera Síndrome de Down, Y mucha de mi rabia venía originada por las cosas que entendía ella no va a ser, o a vivir. Pero ella es feliz. Mi inicial enfoque erróneo basado en el planteamiento de vida que yo haya podido querer para ella no es suficiente para que, por su forzada ignorancia, le pueda provocar infelicidad alguna. 

No diré, como por otro lado he escuchado de otros padres y no pocos, que llego a sentir alegría porque mi hija sea Síndrome de Down. Siento alegría por su vitalidad, por sus travesuras, por su cariño, por sus muestras de afecto, por sus canciones, por sus bailes. Pero no dejo de ser consciente de que es Síndrome de Down. Como dijo un publicista y me encanta: Down, Up!!!!. Pero Down, añado yo en mi interior.

Quiero lo mejor para Martita y para nosotros y creo que la vía correcta es aceptar de realidad, y ello no implica olvidar que es Síndrome de Down.

Me duele, aún, cuando alguien menciona que “son angelitos”. Me duele cada vez que un padre aleja a sus hijos de Martita  como si algo contagioso tuviera. Me duele cuando recuerdo el año de ¿integración? que Martita tuvo que pasar en un Colegio mientras cumplía los 5 años, edad mínima para poder acceder a una educación especial y orientada para ella. Una legislación hecha a espalda de las necesidades de muchas discapacidades, las intelectuales especialmente, junto a la mala fortuna de un claustro y una profesora insensible y amoral en lo personal, es obvio y fácil imaginar su categoría profesional, “regalaron” a Martita una depresión y una inmedible por nadie valoración de la posible perdida de alguna posibilidad de alcanzar su 100% real. 

Pero soy un padre orgulloso, como el que más, tanto de Martita como de Jaime. Intento sacar de cada uno lo mejor, Nunca he comparado. Reconozco que aún lloro, intento que sea  a solas, desconociendo habitualmente el motivo real. Pero lloro pensando en Martita. Lloro pensando, como decía antes, en que debo, debemos, aceptar la situación, crecer y madurar con ella.

Está claro que debo seguir trabajando en encontrar el equilibrio entre mis emociones, mis ilusiones y la realidad de Martita. Aún hay bastante de esa impotencia, mía y solo mía que no de Martita, sobre lo que podría ser o me gustaría que pudiera ser. Pero bueno, estamos en ello, palabra.

Sé que por pedir no hay problema. Pero, de verdad, cuando pienso en Martita, Jaime, Marta, mis padres, mi hermana, mis suegros, mi familia, mis amigos y la gente que tenemos la suerte de tener alrededor sé que soy egoísta si no valoro lo que tengo. Pero soy humano e imperfecto. Y muy consciente de que no vale como excusa. Que he de seguir luchando por intentar equilibrar todas las pequeñas y grandes balanzas que la vida nos va poniendo por delante. Balanzas que a veces incluyen Síndrome de Down, o enfermedades, o buenas noticias, o malas. 

He intentado, si no desnudar mi alma, si al menos dejar el máximo de piel posible en estas líneas. 

Y no sería este esfuerzo totalmente sincero si dejara de expresar a Marta mi agradecimiento, cariño y admiración por Martita y Jaime, por su labor como madre y por su intento constante de buscar su equilibrio y nuestro equilibrio pese a las muchas piedras, más grandes y más pequeñas, compartidas en unas ocasiones y más personales en otras, con las que ha de vivir, con las que hemos de vivir.